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domingo, 20 de junio de 2021

El mejor futbolista de la historia

 

El Trinche Carlovich

Hace años, en cierta ocasión, un periodista le preguntó a Maradona quién era en su opinión el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos. El Pelusa no lo dudó y respondió: el Trinche Carlovich

Tomás Felipe Carlovich, ampliamente conocido como el Trinche Carlovich, fué un futbolista argentino, nacido en Rosario en 1974, el menor de siete hijos de un fontanero croata llamado Tomás. Era un jugador zurdo, alto, de casi 1,90 m de estatura, delgado, algo displicente y con aire desganado. Jugaba de centrocampista con un ritmo lento, pausado y elegante, pero con un dominio del balón y un virtuosismo nuca visto. El creó el doble caño, la jugada en la que el delantero le pasa el balón entre las piernas al defensor hacia delante y luego otra vez, hacia atrás. Sus pases largos eran siempre precisos y certeros, y en cuanto veía al portero rival adelantado, chutaba desde lejos y metía gol. Se dice que su fútbol era lírico, romántico, el típico juego rosarino, pausado y habilidoso, que luego desaparecería desplazado por el fútbol fuerza.

Era bastante vago, inconstante, entrenaba poco y no concebía el fútbol como una profesión, jugaba para pasárselo bien y prefería irse de pesca o a cazar antes que entrenar. Cuentan que a veces tenían que despertarlo de la siesta para que fuera a jugar, a veces no se presentaba en el campo por cualquier motivo y siempre jugó en equipos de segunda y tercera división porque le gustaba vivir en su barrio de Rosario, el Barrio Belgrano. Era un hombre solitario, de pocas palabras y apegado a sus costumbres. Su equipo de toda la vida fue el Rosario Central y las pocas veces que militó en un equipo foráneo no se mudó de ciudad y tenía que trasladarse 100 o 200 km para jugar.

Al jugar en categorías inferiores donde no se usaban cámaras, hay muy pocas filmaciones de su juego, lo que ha contribuido a forjar su leyenda. Se dice que tiene el récord de la posesión de balón más larga, 10 minutos, que acabaron cuando lo derribaron en falta. En cierta ocasión, lo expulsaron por juego violento y el público armó un escándalo descomunal, porque quería seguir viéndolo jugar. Finalmente, tuvo que ser readmitido.

En su preparación del Mundial de 1974, la selección argentina jugó un amistoso con un combinado de Rosario. Era la época de oro del fútbol rosarino, allí estaban varios jugadores de talento, como un joven Mario Kempes y el zurdo Carlovich. El chico tuvo una actuación extraordinaria, fue el partido de su vida y al llegar al descanso el equipo nacional perdía por 3-0. Entonces el seleccionador argentino, Vladislao Cap, pidió por favor que no sacaran a aquel centrocampista en el segundo tiempo, porque le estaba comiendo la moral a la selección. El partido acabó 3-1.

En 1979 jugó un amistoso con el Atlético Talleres contra el entonces todopoderoso Milan de  Gianni Rivera, Franco Baresi y Fabio Capello. Era un homenaje a los inmigrantes italianos en Argentina. El Mago de Rosario jugó solo el segundo tiempo, pero fué suficiente para darle la vuelta al marcador y que los locales ganaran por 3-2. Luego diría recordando el partido: «Hice lo que me gusta: tocar, meter caños, tirar túneles, como a mí me gusta. Se podía jugar paradito, hacer correr la pelota, así lo dimos vuelta. Le ganamos a esos gringos y eran buenos. Luego me enteré que eran campeones de Italia y no sé qué cosa. La pasé bien, es lo que recuerdo». Se dice que el Cosmos intentó ficharlo como refuerzo, pero Pelé se opuso para evitar comparaciones. Y parece que Menotti le llamó para jugar en la selección argentina, pero se fué de pesca y no pudo volver a tiempo por una crecida del río, o al menos eso dijo él.

Pocos vídeos, unas cuantas fotos... quedan pocos testimonos de aquella figura, pero hay un buen reportaje, un Informe Robinson en el que aparece, ya con unos cuantos años a las espaldas, en este enlace.

Cuando ya era mayor, iba en bicicleta a todos lados. Precisamente, a los 74 años, unos desconocidos le robaron una bici que estrenaba y al tirarlo al suelo, se golpeó en la cabeza contra un bordillo y entró en coma. Murió en el hospital a los pocos días. Al enterarse, Maradona dijo «Con tu humildad nos bailaste a todos, Trinche».

El Trinche Carlovich

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 17 de enero de 2021

La leyenda de Robert Johnson

Robert Johnson

Las desembocaduras de los ríos están llenas de historias, antiguas leyendas y tradiciones que se van sedimentando con la llegada y la mezcla de culturas. Palabras que a menudo tienen ritmo y música, y se convierten en folclore. Así ha ocurrido durante años y años en el último tramo del Guadalquivir, alrededor del Rio de la Plata y en el Delta del Misisipi. Al final del caudaloso río estadounidense nació y se desarrolló el blues, al mismo tiempo que se extendía la leyenda de Robert Johnson, su mítico creador.
 
Johnson era un guitarrista pobre, principiante y no muy bueno. Subía al escenario de algunos tugurios del delta y acababan echándole entre silbidos y protestas. Un día desapareció sin dejar rastro y sus conocidos le perdieron la pista. De pronto, apareció con una guitarra de siete cuerdas, convertido en un virtuoso que producía sonidos increíbles. Con sus larguísimos dedos lograba efectos espectaculares y varios trucos nuevos, como emplear un cilindro de metal engarzado en un dedo con el que pisaba las cuerdas.
 
Dejó grabados solo 29 temas, pero sentó las bases del blues, del rhythm and blues, de la base rítmica del rock e influyó en toda una pléyade de estrellas, desde Bob Dylan hasta los Rolling Stones, pasando por Jimi Hendrix, mano lenta Eric Clapton, Keith Richard, Led Zeppelin y todos los grandes guitarritas de los años 60.
 
El blues es un lamento convertido en música, cantado con estilo sincopado y ligado a la música negra. «Cuando has perdido a tu chica y sabes que no puedes hacer nada por recuperarla, éso es el blues» dijo un famoso bluesman cuando le pidieron una definición. Éste es el tema Sweet Home Chicago grabado por el mismísimo Johnson, el origen de todo:
 

¿Cómo pudo haberse producido una transformación tan completa y súbita? La leyenda dice que se encontró una noche con el diablo en un cruce de caminos e hizo un pacto con él: tener el talento de un genio de la música a cambio de su alma.

Robert Johnson nació en Hazlehurst, un pequeño pueblo en el estado de Misisipi, en 1911 y se sabe poco de su vida. Hijo de un aparcero que trabajaba cultivando algodón y que abandonó muy pronto a su madre, desde muy pequeño aspiró a prosperar y dejar atrás aquella vida tan dura. Le gustaba tocar el arpa de boca y la armónica, pero lo que le volvía loco era la guitarra y no quería que el duro trabajo del campo le estropease aquellos dedos finos y larguísimos con los que rasgeaba las cuerdas. Su padrastro no estaba de acuerdo y después de varias palizas, el chico se fué de casa. Era solo un adolescente.

Comenzó a tocar, con muy poco éxito, en bares baratos y cantinas de poca monta, en los que los negros de las plantaciones se emborrachaban y se divertían. Como no acudían a los templos, en lo que se interpretaba gospell, la música de Dios, todo lo que se oía en esos sitios era música del diablo y era sistemáticamente maldecida por los predicadores.

Vivió todo tipo de aventuras, no era mal parecido y dejó embarazada a una chica muy joven de la que se enamoró. Intentó casarse con ella, pero el padre y su escopeta impidieron que la niña de sus ojos empezase una nueva vida con un descarriado que no era bueno para nada. Así que perdió a su chica y su hijo.

Siguió rodando por los caminos y las cantinas del delta y a los 18 años se casó con Virginia Travis, de 15. Esta vez sí consiguió casarse y al año siguiente la pareja esperaba su primer hijo. Pero cuando volvía de una de sus giras por los pueblos cercanos, se encontró con que el parto se había adelantado, los dos habían muerto y había perdido a su mujer y la criatura. La historia se repetía. Dicen que por eso el blues es tan triste.

Robert Johnson tenía entonces 19 años y decidió refugiarse en la música. Inició una vida frenética y errante, tocando de pueblo en pueblo y aunque era bueno con la armónica, la verdad es que era mediocre como guitarrista. Su vida estaba deshecha y entonces fué cuando desapareció durante un año y pico, con la idea de encontrar a su verdadero padre. 
 
Se dice que una noche se sentó en un cruce de caminos en Clarksdale y empezó a tocar la guitarra. Ese día no andaba muy fino y el sonido era especialmente horrísono, tan terrible que despertó al mismísimo Satanás, que se presentó en toda su gloria para pedirle por favor que dejase de producir aquellos horribles sonidos. Johnson pensó que aquella era su oportunidad y contestó que dejaría de tocar si el demonio le enseñaba cómo hacerlo mejor. Belcebú le dijo que eso sólo lo podía hacer a cambo de su alma y así se cerró el trato.
 
El cruce de las carreteras 49 y 61 en Clarksdale (Misisipi), 
donde se dice que Robert Johnson vendió su alma al diablo
 
En realidad, también hay quien cuenta que ese demonio tenía nombre y era Ike Zinnerman (por cierto, sinnerman significa hombre pecador), un bluesman de Alabama, huraño y solitario, que le enseñó todo lo que sabía y le obligó a practicar sin descanso. Parece que los dos solían tocar en la soledad de los cementerios, sentados en dos lápidas cercanas, para que nadie les molestase y eso puede haber sido parte del origen de la leyenda.

El chico volvió convertido en el rey del blues, un intérprete lleno de talento que revolucionó la música popular para siempre. El cambio fué tan súbito que se empezó a decir que tenía un pacto con el demonio y Johnson alentó esos rumores componiendo más de una letra sobre sus negocios con el maligno.

La historia no acaba bien. Nuestro músico llevaba una vida itinerante de blues, borracheras y mujeres, hasta que encontró la muerte de Greenwood. Parece que tuvo un lío con la mujer de uno de los empleados de un antro en el que tocaba. Una noche, en plena juerga, pidió una botella de whisky y le dieron una con el precinto abierto. Un compañero de jarana, el mítico Sonny Boy Williamson, se la arrebató de las manos y le dijo «Nunca bebas de una botella con el precinto abierto». Johnson la recuperó y le contestó «Nunca me quites una botella de ocho dólares y medio» y se la bebió el sólo. Murió envenenado con naftalina y no se sabe dónde está enterrado, porque hay tres tumbas que reclaman ser la auténtica.

Tenía solo 27 años y hay quien dice que es el primer miembro del llamado «club de los 27», formado por grandes artistas fallecidos a esa edad después de haber conocido las mieles del éxito. La lista es larga e incluye a Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Curt Cobain, Amy Winehouse y así hasta 53 nombres. Ni que decir tiene que la leyenda urbana dice que también llegaron a un acuerdo con Satanás.

Seis meses después de la muerte de Johnson, el empresario John Hammond decidió organizar un concierto en el Carnegie Hall de Nueva York, para dar a conocer aquella música fascinante que hacían los negros del sur. Había escuchado las grabaciones de Robert Johnson y pensó en él como actuación estrella del evento, pero se quedó desolado cuando se enteró de que había muerto. El festival fué todo un éxito y como colofón, se levantó lentamente el telón y apareció... una gramola, que reprodujo uno de los temas del llamado Rey del blues. El impacto fué enorme, la ovación atronadora y la leyenda se engrandeció todavía un poco más: es el único músico que dió un concierto después de muerto y triunfó.
 
Robert Johnson

Durante mucho tiempo se pensaba que las dos imágenes incluidas más arriba eran las dos únicas fotos disponibles de Robert Johnson, hasta que se encontró la instantánea de más abajo.

Robert Johnson
 
De vez en cuando, aparece una foto borrosa y ajada de un guitarrista negro de los años 20 y su propietario asegura que es Robert Johnson, pero finalmente los expertos concluyen que no es así. Parece que, hasta la fecha, estas son las tres únicas instantáneas que nos han llegado del mítico creador del blues.
 
Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 16 de agosto de 2020

El conjuro de las doce palabras redobladas de Jerez de la Frontera

 
Cuenta una leyenda jerezana que cuando uno muere, tiene que pasar por un puente guardado por el demonio para poder llegar al paraíso. El diablo propone a todo el que quiere pasar un acertijo, que solo se puede superar si uno se sabe para contestar a sus preguntas el conjuro de las trece palabras.que es como sigue:
 
Conjuro de las doce palabras redobladas

- Amigo dígame la una.

- Amigo, no soy su amigo, pero se la diré:

Una no es ninguna y siempre la virgen pura.

- Amigo, dígame las dos.

- Amigo, no soy su amigo, pero se las diré:

Dos son las dos tablas de la ley por dónde pasó Moisés por la casa Santa de Jerusalén. Una no es ninguna y siempre la virgen pura.

- Amigo, dígame las tres.

- Amigo, no soy su amigo, pero se las diré:

Tres son las tres Marías. Dos son las dos tablas de la ley por dónde pasó Moisés por la casa Santa de Jerusalén. Una no es ninguna y siempre la virgen pura.

- Amigo, dígame las cuatro.

- Amigo, no soy su amigo, pero se las diré:

Cuatro son los cuatro evangelistas. Tres son las tres Marías. Dos son las dos tablas de la ley por dónde pasó Moisés por la casa Santa de Jerusalén. Una no es ninguna y siempre la virgen pura.

- Amigo, dígame las cinco.

- Amigo, no soy su amigo, pero se las diré:

Cinco son las cinco llagas. Cuatro son los cuatro evangelistas. Tres son las tres Marías. Dos son las dos tablas de la ley por dónde pasó Moisés por la casa Santa de Jerusalén. Una no es ninguna y siempre la virgen pura.

- Amigo, dígame las seis.

- Amigo, no soy su amigo, pero se las diré:

Seis son las seis candelas. Cinco son las cinco llagas. Cuatro son los cuatro evangelistas. Tres son las tres Marías. Dos son las dos tablas de la ley por dónde pasó Moisés por la casa Santa de Jerusalén. Una no es ninguna y siempre la virgen pura.

- Amigo, dígame las siete.

- Amigo, no soy su amigo, pero se las diré:

Siete son los siete sacramentos. Seis son las seis candelas. Cinco son las cinco llagas. Cuatro son los cuatro evangelistas. Tres son las tres Marías. Dos son las dos tablas de la ley por dónde pasó Moisés por la casa Santa de Jerusalén. Una no es ninguna y siempre la virgen pura.

- Amigo, dígame las ocho.

- Amigo, no soy su amigo, pero se las diré:

Ocho son los ocho planetas. Siete son los siete sacramentos. Seis son las seis candelas. Cinco son las cinco llagas. Cuatro son los cuatro evangelistas. Tres son las tres Marías. Dos son las dos tablas de la ley por dónde pasó Moisés por la casa Santa de Jerusalén. Una no es ninguna y siempre la virgen pura.

- Amigo, dígame las nueve.

- Amigo, no soy su amigo, pero se las diré:

Nueve son los nueve meses. Ocho son los ocho planetas. Siete son los siete sacramentos. Seis son las seis candelas. Cinco son las cinco llagas. Cuatro son los cuatro evangelistas. Tres son las tres Marías. Dos son las dos tablas de la ley por dónde pasó Moisés por la casa Santa de Jerusalén. Una no es ninguna y siempre la virgen pura.

- Amigo, dígame las diez.

- Amigo, no soy su amigo, pero se las diré:

Diez son los diez mandamientos. Nueve son los nueve meses. Ocho son los ocho planetas. Siete son los siete sacramentos. Seis son las seis candelas. Cinco son las cinco llagas. Cuatro son los cuatro evangelistas. Tres son las tres Marías. Dos son las dos tablas de la ley por dónde pasó Moisés por la casa Santa de Jerusalén. Una no es ninguna y siempre la virgen pura.

- Amigo, dígame las once.

- Amigo, no soy su amigo, pero se las diré:

Once son las once mil vírgenes. Diez son los diez mandamientos. Nueve son los nueve meses. Ocho son los ocho planetas. Siete son los siete sacramentos. Seis son las seis candelas. Cinco son las cinco llagas. Cuatro son los cuatro evangelistas. Tres son las tres Marías. Dos son las dos tablas de la ley por dónde pasó Moisés por la casa Santa de Jerusalén. Una no es ninguna y siempre la virgen pura.

- Amigo, dígame las doce.

- Amigo, no soy su amigo, pero se las diré:

Doce los doce apóstoles. Once son las once mil vírgenes. Diez son los diez mandamientos. Nueve son los nueve meses. Ocho son los ocho planetas. Siete son los siete sacramentos. Seis son las seis candelas. Cinco son las cinco llagas. Cuatro son los cuatro evangelistas. Tres son las tres Marías. Dos son las dos tablas de la ley por dónde pasó Moisés por la casa Santa de Jerusalén. Una no es ninguna y siempre la virgen pura.

- Amigo, dígame las trece.

- Amigo, no soy su amigo, pero se las diré:

Quién de doce pasa a trece solo el infierno merece.

¡Reviéntate, Diablo!

Una antigua tradición que tiene muchas variantes y, como puede lerse en este enlace, puede ser de origen celta, bretón o persa.
 
Publicado por Antonio F. Rodríguez.