sábado, 12 de septiembre de 2026

Pasa siempre en esta casa - Samanta Schweblin

Pasa siempre en esta casa

El señor Weimer está tocando la puerta de mi casa. Reconozco el sonido de su puño pesado, sus golpes cautos y repetitivos. Así que dejo los platos en la pileta y miro el jardín: ahí está otra vez, toda esa ropa tirada en el pasto. Pienso que las cosas suceden siempre en el mismo orden, incluso las más insólitas, y lo pienso como si lo hiciera en voz alta, de un modo ordenado que requiere la búsqueda de cada palabra. Cuando lavo los platos se me da bien este tipo de reflexiones, basta abrir la canilla para que las ideas inconexas finalmente se ordenen. Es apenas un lapso de iluminación; si cierro la canilla, para tomar nota, las palabras desaparecen. Los puños del señor Weimer llaman otra vez, sus golpes son ahora más fuertes, pero él no es un hombre violento, es un pobre vecino atormentado por su mujer, uno que no sabe muy bien cómo seguir adelante con su vida, pero no por eso deja de intentarlo. Uno que, cuando perdió a su hijo y pasé por el velorio a saludar, me dio un abrazo rígido y frío, y esperó unos minutos conversando con otros invitados antes de volver y decirme casi al oído «acabo de descubrir quiénes son los chicos que vuelcan los tachos de basura. Ya no hay que preocuparse por eso». Esa clase de hombre. Cuando la mujer tira la ropa del hijo muerto en mi jardín él golpea la puerta para recogerlo todo. Mi hijo, que en lo práctico sería el hombre de la casa, dice que esto es algo de locos, y se enfurece cada vez que los Weimer empiezan con este lío ya digamos quincenal. Hay que abrir, ayudar a recoger la ropa, darle al hombre unas palmadas en la espalda, asentir cuando dice que el tema está prácticamente solucionado, que nada de esto es demasiado terrible, y luego, unos cinco minutos después de que se haya ido, escuchar los gritos de ella. Mi hijo cree que ella grita al abrir el placar y encontrar otra vez la ropa del chico. «¿Me están jodiendo? —dice mi hijo en cada nuevo episodio—, la próxima quemo toda la ropa». Corro el pasador y ahí está Weimer con su palma derecha apoyada en la frente, casi tapándose los ojos, esperando mi aparición para bajar el brazo con cansancio y disculparse «no quiero importunarla, pero». Abro y pasa, ya sabe cómo llegar al jardín. Hay limonada fresca en la heladera y la sirvo en dos vasos mientras él se aleja. Por la ventana de la cocina lo veo husmear el pasto y rodear los geranios, donde suelen caer las cosas. Al salir dejo que la puerta del mosquitero golpee, porque hay algo íntimo en esta recolección que no me gusta interrumpir. Me acerco despacio. Él se incorpora con un suéter en la mano. Tiene más ropa apilada en el otro brazo, eso parece ser todo. «¿Quién podó los pinos?», pregunta. «Mi hijo», digo. «Están muy bien», asiente mirándolos. Son tres árboles enanos y mi hijo intentó una forma cilíndrica, un poco artificial pero original, hay que decirlo. «Tome una limonada», digo. Junta la ropa en un solo brazo y le doy el vaso. El sol todavía no quema, porque es temprano. Miro de reojo el banco que tenemos un poco más allá, es de cemento y a esta hora se siente tibio, casi una panacea. «Weimer», digo, porque es más cálido que «señor Weimer». Y pienso: «hágame caso, tire esa ropa. Es lo único que quiere su mujer». Pero quizá sea él el que arroja la ropa y luego se arrepiente, y entonces sea ella la pobre mujer a quien su marido atormenta cada vez que lo ve entrar con esa ropa. Quizá ya intentaron tirar todo en una gran bolsa de consorcio, y el basurero les tocó el timbre para devolvérsela como nos pasó con la ropa vieja de mi hijo, «Señora, por qué no lo dona, si lo subo al camión esto no sirve para nadie», y ahí está la bolsa en el lavadero, hay que llevarla urgente esta semana, no sé, a algún lugar. Weimer espera, me espera. La luz ilumina sus pocos pelos largos y blancos, la barba plateada apenas dibujada en la quijada, los ojos claros pero opacos, muy chicos para el tamaño de su cara. No digo nada, creo que el señor Weimer adivina lo que pienso. Baja un momento su mirada. Bebe más limonada atento ahora a su casa, detrás de la ligustrina que divide nuestros jardines. Busco algo útil que decir, algo que confirme que reconozco su esfuerzo y que sugiera algún tipo de solución, optimista e imprecisa. Vuelve a mirarme. Parece intuir hacia dónde va esta conversación que no hemos empezado, parece animarse a entender. «Cuando algo no encuentra su lugar…», digo, suspendiendo las últimas letras en el aire. Weimer asiente una vez y espera. Dios santo, pienso, estamos sincronizados. Sincronizada con este hombre que diez años atrás le devolvía a mi hijo las pelotas pinchadas, que cortaba las flores de mis azaleas si cruzaban la línea imaginaria que dividía nuestros terrenos. «Cuando algo no encuentra su lugar», retomo mirando su ropa. «Dígame, por favor», dice Weimer. «No sé, pero hay que mover otras cosas». Hay que hacer lugar, pienso, por eso me vendría tan bien que alguien se llevara la bolsa que tengo en el lavadero. «Sí», dice Weimer queriendo evidentemente decir «Continúe». Escucho la puerta de entrada, es un ruido que a Weimer no le dice nada, pero que a mí me indica que mi hijo ya está en casa, a salvo y con hambre. Doy un paso largo hacia el banco y me siento. Pienso que el cemento cálido del banco también sería una bendición para él, y hago lugar para que se sume. «Deje la ropa», le digo. Él no parece tener ningún problema con esto, mira hacia los lados buscando dónde dejarla y pienso, Weimer puede hacerlo, claro que sí. «¿Dónde?», pregunta. «Déjela sobre los cilindros», digo señalando los pequeños pinos. Weimer obedece. Deja la ropa y se sacude el césped de las manos. «Siéntese». Se sienta. Qué hago ahora con este viejo. Pero hay algo en él que me anima a seguir adelante. Algo parecido a tener las manos bajo el agua de la canilla, una calma que me permite pensar las palabras, ordenar los hechos, las cosas que suceden siempre en un mismo orden. La expectativa de Weimer parece crecer, casi se diría que espera una instrucción. Es un poder y una responsabilidad con la que no resuelvo qué hacer. Sus ojos claros se humedecen: la confirmación final de esta sincronización insólita. Lo miro descaradamente, sin dejarle ningún espacio de intimidad, porque no puedo creer que esto esté pasando ni soporto el peso que tiene sobre mí. Senté al señor Weimer y ahora quiero decir algo que resuelva este problema. Bebo el fondo de la limonada y pienso en algún conjuro sonoro y práctico, una consigna que nos beneficie a todos como «cómprele a mi hijo cuantas pelotas le haya desinflado y todo se solucionará», «si llora sin soltar su limonada ella dejará de tirar la ropa», o «deje la ropa sobre los pinos una noche y si amanece despejado es que el problema desaparecerá»; por dios, yo misma podría tirarla a la madrugada mientras me fumo mi último cigarrillo del día. Debería mezclarla con basura para que el hombre del camión no la devuelva, eso mismo hay que hacer con la de mi hijo, urgente esta semana. Decir algo que resuelva este problema, me repito para no perder el hilo. Dije cosas muchas veces y, ya pronunciadas, las palabras ejercieron su efecto. Retuvieron a mi hijo, alejaron a mi marido, se ordenaron divinamente en mi cabeza cada vez que lavé los platos. En mi jardín Weimer bebe el fondo de su vaso y los ojos terminan de llenársele de lágrimas, como si se tratara de algún efecto del limón, y yo pienso que quizá esté muy fuerte para él, que quizá hay un momento en que el efecto ya no depende de las palabras o en el que lo imposible es la pronunciación. «Sí», dijo Weimer hace unos largos segundos, un sí que era un «continúe», un «por favor», y ahora estamos anclados juntos, los dos vasos vacíos sobre el banco de cemento, y sobre el banco nuestros cuerpos. Entonces tengo una visión, un deseo: mi hijo abre la puerta mosquitero y camina hacia nosotros. Tiene los pies descalzos, pisan rápido, jóvenes y fuertes sobre el césped. Está indignado con nosotros, con la casa, con todo lo que sucede siempre en esta casa en un mismo orden. Su cuerpo crece hacia nosotros con una energía poderosa que Weimer y yo esperamos sin miedo, casi con ansias. Su cuerpo enorme que a veces me recuerda al de mi marido y me obliga a cerrar los ojos. Está a solo unos metros, ahora casi sobre nosotros. Pero no nos toca. Miro otra vez y mi hijo se desvía hacia los pinos enanos. Agarra la ropa furioso, junta todo en un único bollo y regresa en silencio por donde vino, su cuerpo ya lejano y pequeño, a contraluz. «Sí», dice Weimer, y suspira; y no es el primer «Sí» repitiéndose. Es un sí más abierto, casi ensoñador.

Samanta Schweblin (Siete casas vacías, 2015)

Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

viernes, 11 de septiembre de 2026

Inglaterra salvaje - Richard Jefferies

Inglaterra salvaje
 
Título: Inglaterra salvaje 
Autor: Richard Jefferies
 
Páginas: 409
 
Editorial: Aristas Martínez
   
Precio: 24,90 euros 
 
Año de edición: 2022

En 1885 el naturalista victoriano Richard Jefferies publicó una extraña novela que puede considerarse precursora de la literatura postapocalíptica: After London. En su momento no tuvo mucho éxito. Pero con los años se ha convertido en un libro de culto. En 2022 fue publicado en castellano con el título de Inglaterra salvaje, traducido por Javier Calvo, quien también ha escrito la excelente introducción. Jefferies escribió una distopía medievalizante. Casi puede considerarse un ensayo sobre el feudalismo. La regresión obsesionaba a los victorianos. Caer desde un nivel elevado de civilización hasta la barbarie. En el siglo XIX se rendía culto al progreso, el fetiche de la época. Inglaterra salvaje plantea en cambio el futuro como un viaje atrás en el tiempo. Javier Calvo la relaciona con otras novelas visionarias como El último hombre (1826) de Mary Shelley, Noticias de ninguna parte (1890) de William Morris o La nube púrpura (1901) de M. P. Shiel

El mundo se ha ido al cuerno como consecuencia de una catástrofe que en ningún momento se explica con claridad. Puede haberse tratado de un apocalipsis cósmico o de cualquier otra cosa. En Gran Bretaña las ciudades han desaparecido, sus habitantes han muerto o han huido y ha dejado de existir la autoridad. Han transcurrido cien años después del desastre. La gran potencia ya no es un orgulloso imperio sino un caótico mosaico de estados microscópicos. La sociedad es rural. Se divide en señores, vasallos y siervos de la gleba. Es por tanto una nueva edad media. La propia geografía de la isla ha cambiado. Los bosques dominan el territorio. Son refugio de bandas de ladrones y de tribus errantes. Los animales domésticos son ahora salvajes. En el centro de Inglaterra hay un enorme lago. De las ruinas de las ciudades abandonadas emanan gases mefíticos. Cunden el aislamiento, la ignorancia y la guerra. 

La imagen que tiene el autor del medievo no es nada romántica ni nostálgica. El conocimiento se ha estancado en esta era de oscuridad. Muy pocos saben leer o escribir. Los adelantos técnicos pertenecen al pasado. Los sofisticados objetos de la «gente de antaño» se conservan como reliquias de un mundo desaparecido. Los estamentos nobiliarios se dedican a la guerra. Hay algunos mercaderes. Los siervos trabajan en el campo. Las aldeas amuralladas están regidas por un orden precario e injusto. El resto es pura naturaleza. Una naturaleza amenazadora: bosques impenetrables, lagos profundos, ríos salvajes, montañas escarpadas. Allí viven los excluidos dedicados al saqueo de los incautos. Nadie se atreve a salir de noche. La gente se acurruca cerca del fuego. En los hogares. Entre las sombras pululan bandidos, asesinos, monstruos, vampiros, brujos y peste. Muchas de estas criaturas son imaginarias. Todo asusta cuando no existen explicaciones racionales. 

El protagonista de la novela es un joven noble llamado Félix Aquila. Se trata de un sujeto al margen de la sociedad en la que le ha tocado vivir. Un outsider. Félix posee una gran inteligencia. Pero es solitario, introvertido y dubitativo. No se reconoce en su mundo y el mundo no le reconoce. Su existencia es la de un intelectual marginado. Las relaciones con su familia son frías y distantes. Está enamorado de una joven dama llamada Aurora. Este hombre amargado no parece en principio nada atractivo. Sin embargo, su desasosiego interior le conduce a la búsqueda del conocimiento. Quiere entender el mundo que le rodea. Investigarlo. Desea salir al exterior para encontrarse a sí mismo y crecer como persona. 

Richard Jefferies escribe sobre su héroe: «en su ensimismamiento, la sutileza de su mente lo enredaba; cuando pasaba a la acción, en cambio, casi siempre obraba correctamente. La acción determinaba sus decisiones». Después de darle muchas vueltas, Félix se embarca en una frágil barca que él mismo ha construido y se adentra en lo desconocido. Su viaje tiene ciertas resonancias simbólicas. La aventura como autoconocimiento del héroe. El peligro templa el espíritu haciéndolo madurar. 

Creo que Inglaterra salvaje es un libro digno de ser leído. Lo que es decir mucho de una novela publicada hace 140 años. Tiene una estructura original. Se divide en dos partes. La primera es un informe histórico acerca de los cambios que sufrió Gran Bretaña después del fin del mundo. Su autor se muestra analítico y cauteloso. Discrepa de otros historiadores. Admite que del pasado se conserva tan poco que por esta razón las afirmaciones lapidarias conducen al error. Precaución. Se nos cuenta morosamente la conquista de la civilización extinguida por parte del bosque. Un manto verde cubre las ruinas. Jefferies era un enamorado de la naturaleza, que en esta novela es una protagonista más. Quizá la gran protagonista. De hecho, buena parte del libro está formado por hermosas descripciones de una naturaleza indómita y peligrosa. La segunda parte, más extensa, es básicamente una entretenida novela de aventuras medievales. Disfruten de esta Inglaterra salvaje como se merece.

 Richard Sefferies
Richard Sefferies

Richard Jefferies (1848-1887) fue un escritor inglés nacido en la localidad de Coate, cerca de la ciudad de Swindon. Era hijo de un granjero. Su casa natal es ahora un museo. Dedicó muchas páginas hermosas a recordar la familia e infancia. Puede decirse que desde niño vivió en contacto con la naturaleza. Le gustaba cazar, pescar y pasear. Se fue transformando en un místico que experimentaba una especie de comunión religiosa inmerso en la vida natural. También enfermó de tuberculosis, lo que acabaría por llevarle a la tumba. Contrajo matrimonio y tuvo tres hijos.

Fue reuniendo sus artículos en varios libros y publicó algunos relatos infantiles. Su Naturaleza cerca de Londres (1883) tuvo gran éxito. Del mismo año es La historia de mi corazón, una autobiografía de gran calidad. Inglaterra salvaje, en cambio, defraudó a la crítica. Richard Jefferies murió con tan solo 38 años. Escritor precursor del ecologismo moderno, en España es casi un desconocido. Hay que descubrirlo. 

Publicado por Alberto.