Eugenio Noel ocupa un lugar de honor entre los escritores españoles raros y marginales. Furibundo enemigo de toreros, capeas, corridas y demás folklore carpetovetónico, fue un singular personaje trotamundos, un enemigo jurado del flamenquismo, un mesías laico, un soñador con los pies en la tierra y una España nueva, científica y europea en la cabeza. La regeneración de la patria sería posible eliminando la plaga ancestral del flamenquismo. Como epígono de la generación del 98, nuestro hombre sentía en las entrañas, como propios, los problemas de su país: pobreza, subdesarrollo, emigración, abusos. Eugenio Noel era un iluminado. Tenía una misión. Se lanzó como Cristo a los caminos para predicar la buena nueva, arrostrando incomprensiones y hasta algún tortazo.
Escenas y andanzas de la campaña antiflamenca se publicó allá por 1913. El libro es una colección de artículos literarios verdaderamente hermosos y bien escritos. En ellos, Noel nos cuenta sus viajes por toda España. El literato, con su melena, capa y bastón, husmea aquí y allá, se exalta, se amarga, gime por los males de la patria, se sulfura contra la raza vil de toreros, chulos y flamencos, y desea fervorosamente una piel de toro limpia como una patena. Se nos presenta como un tipo insobornable, inasequible al desaliento, sin miedo, ajeno al negocio flamenco, enemigo de los voraces políticos y solidario con los humildes, aun censurando el carácter brutal de sus fiestas. Un Cristo laico que proclama en la plazuela: pueblo español, líbrate de los toreros, levántate y anda. Un profeta, en fin, que clama en el desierto español.
Así que Eugenio Noel asiste a las capeas de Medina del Campo desde un balcón. La ciudad castellana aparece envuelta en una luz polvorienta, verdosa y alucinante. La masa embrutecida ruge por las calles. El más humano es el toro. Un animal pacífico por naturaleza, al que los aficionados torturan hasta volverlo loco. Cuando terminan las fiestas, informan al escritor: todo ha ido bien, únicamente hay que lamentar un muerto y unos cuantos heridos. Barbarie nacional. Noel, de algún modo, se identifica con el toro-Cristo: un inocente apedreado por las turbas. En Valencia se va a la plaza. Allí torea Rafael Gómez «el Gallo». El maestro le brinda la oreja al enemigo de la fiesta, ante el regocijo de unos 18.000 aficionados. Noel la acepta de buena gana y le dedica un artículo al torero. Luego escribe que la oreja de la noble bestia se la comieron tres gatos. Aguafuerte esperpéntico. Olé.
Cementerios, monumentos y grandes hombres. Un periplo español. El trotamundos meditabundo cae en éxtasis contemplando El pensador de Rodin. Visita las tumbas de personajes como Joaquín Costa, el gigante de Graus que soñaba con un cirujano de hierro que cortara de un tajo los vicios nacionales, o Ferrer Guardia, aquel pedagogo revolucionario deseoso de fumigar al clero. La humildad de sus sepulcros simboliza la debilidad del poder civil. Los políticos o banderilleros ocupan en cambio tumbas monumentales. Doloroso contraste. Al vulgo le gusta lo chabacano y rechaza a los verdaderos amigos del pueblo. Pero su ejemplo moral no se perderá. De eso se ocupa (y preocupa) el republicano Noel.
Rechaza el oportunismo de Sagasta en uno de sus mejores artículos. Eleva a cotas inmarcesibles al republicano Salmerón, filósofo y hombre de acción. De Castelar habla bien, pero rechaza la superficialidad de su verborrea decimonónica. La fértil lengua del tribuno no cuajó en una obra sólida. Visita la ciudad de La Coruña. Se asombra de la reciedumbre de la Torre de Hércules, herencia de la vieja Roma. Se entristece con los emigrantes que van a hacer las Américas, sin saber a ciencia cierta dónde está América. Se acerca al taller de los Zuloaga en Segovia: artesanía, viejos lienzos, colores terrosos. En un pueblo de Cantabria valora la agreste belleza de una colegiata románica. Por último, desde la grácil Giralda, contempla el perfil azul y blanco de Sevilla, cuna del flamenquismo. En la catedral hispalense se acerca al catafalco de Colón, que le parece horrible.
Eugenio Noel fue un luchador infatigable por aquello que creía justo. Vivió y murió en la pobreza. De alguna manera, como observó Azorín, admiraba lo que rechazaba. En él se daba la paradoja del ateo que siempre estaba hablando de Dios, aunque fuera para negarlo. Noel odiaba las corridas de toros, pero no se perdía ninguna. Creo que es un autor que merece ser recuperado, dedicarle unas horas y acercarse en su compañía a la España de hace más de cien años.
Eugenio Noel (1885-1936) fue un escritor, periodista y polemista español nacido en Madrid como Eugenio Muñoz Díaz. Su familia era humilde. Logró estudiar gracias a varias familias aristocráticas. A partir de 1909 comenzó su carrera literaria. Estuvo en la guerra de Marruecos. Lo metieron preso por denunciar los privilegios en campaña de duques y marqueses. Hacia 1913 cambió su vida. Según Andrés Trapiello, algo o alguien se le apareció a Noel, encomendándole una misión: desterrar de España los vicios del flamenquismo y la tauromaquia.
Así comenzaron sus campañas antitaurinas, que le dieron una gran fama al revés, como escribió Gómez de la Serna. Viajó por América dando conferencias. Dirigió revistas antitaurinas. Entre sus libros más conocidos se cuentan: Las capeas, España nervio a nervio, Las siete cucas o Diario íntimo. Murió en Barcelona en abril de 1936 en la más absoluta pobreza. El cadáver se extravió en una vía muerta cuando lo llevaban a Madrid. Reposa en el cementerio civil de la capital.



