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| Ernesto Sabato |
El
arte de escribir poco
Siempre fui severo conmigo mismo. He tratado de
evitar eso que podríamos llamar, en sentido un poco irónico, la literatura por
la literatura, los juegos de palabras. De cualquier manera, hace tiempo que
dejé de escribir. Fue en 1979, cuando quedé mal de la vista. Para entonces ya
había publicado tres novelas, otras quedaron nonatas o fueron quemadas; desde
chico fui medio incendiario, pirómano, me producía cierta satisfacción quemar
todo. Cuando llegaron los problemas con la vista, como todas las cosas malas
traen siempre su lado bueno, decidí que me iba a dedicar a la pintura, que fue
siempre mi otra gran pasión.
La pintura me ha ayudado a vivir más; la estoy
viviendo con mucha alegría, hasta el punto de que acabo de cumplir ochenta y
seis años y me siento muy fuerte y contento pintando. La pintura —aunque sea
expresionista y tenga mucho que ver también con el inconsciente, como la mía—
es más sana que la literatura, puedo asegurarlo porque he hecho las dos cosas.
Recomiendo pintar a la gente que está muy cansada; hombres de negocios, por
ejemplo: que dejen los negocios y se ocupen de vivir más años. Hay una alegría
en el color, y el inconsciente es tan útil como el sueño. He hecho algunos
retratos de grandes escritores, tres o cuatro: Dostoievsky, Kafka… El de
Dostoievsky me satisface bastante porque se aprecia un poco la criminalidad que
había en él.
De cualquier manera, volviendo a mi escritura,
quedaron tres novelas y varios libros de ensayo que giran en torno a un solo
problema: la deshumanización de la humanidad. Esta humanidad técnica y
tecnócrata, el mundo con sus industrias y poluciones, trastornando los ríos y
mares y las especies animales. La gente dice «vaya a tal parte, que se puede
comer buen pejerrey», pero lo cierto es que no hay buen pejerrey en ninguna
parte del mundo, están contaminando los mares con ácido sulfúrico, ácido
nítrico, mercurio, plomo… Más bien habría que comer poco y tomar poco porque
está todo arruinado, y desgraciadamente creo que es ya algo irreversible. Puede
pensarse que peco de pesimismo, pero yo no lo creo. Lo cierto es que este mundo
que ha deificado la técnica es terrible; quizá estemos a tiempo de parar el
proceso, pero lo veo muy difícil.
He escrito desde chico y he escrito de grande
para no morirme; es decir, creo que el arte es una gran ayuda para soportar
muchas cosas crueles de la existencia, de uno mismo y de la humanidad en
general. Mis libros son difíciles, duros, pero al mismo tiempo se encuentran
sumergidos en una cierta atmósfera de optimismo. No es que deliberadamente me
proponga ser optimista, creo que más bien el mundo actual es propenso al
pesimismo e incluso al nihilismo, y son dos peculiaridades que no me gustan.
Hay que luchar siempre contra viento y marea, y no dejarse arrastrar por el
pesimismo.
Escribo lo indispensable, no creo en la
cantidad. Creo que, si un escritor no puede decir en uno, dos o tres libros
todo lo que se refiere al bien y al mal, a la esperanza y a la desesperación,
al destino de la humanidad, a los grandes problemas éticos y espirituales, no
va a ganar nada escribiendo más y más libros como si fuesen papel moneda,
depreciando el valor en oro de ese libro que podría ser único. Tenemos el
ejemplo de los grandes escritores: lo que escribe Cervantes es El Quijote; lo
demás son pequeñas obras que se hacen lateralmente. Dante escribió La Divina
Comedia y punto. En latín escribe un tratado que se refiere a problemas
teológicos, pero el libro que va a quedar, el que se va a leer siempre es La
Divina Comedia, escrita en el buen romance, la lengua del pueblo.
Me fascinan los escritores que han conseguido
decir en un solo libro cosas importantes y decisivas. San Juan de la Cruz lo ha
dicho todo en muy pocas páginas. En el caso de un poeta, se pueden decir en
veinte páginas cosas memorables. La novela es diferente, pero tampoco hay que
excederse y escribir mil páginas. En definitiva, no creo en la cantidad: me
parece que hay pocas cosas que decir y que hay que decirlas con las palabras
más escuetas y menos pretenciosas, al alcance de cualquier ser humano.
Me levanto generalmente a las cinco de la
mañana, a veces a las cuatro, veo amanecer, los árboles —vivo rodeado de
árboles en una vieja quinta, y está lindo el amanecer—, todo ese tipo de cosas,
los pájaros… Estoy tratando de terminar Antes del fin, que es algo así como una
memoria, pero no en el sentido de «día tal: me levanté, hice tal cosa…». Hay
escritores a los que les gusta hacerlo así, pero yo no pertenezco a esa raza,
me aburren mucho esas cosas. El título se presta a varias interpretaciones.
¿Antes del fin de qué? De esta civilización, de la deshumanización del hombre.
¿Luchar para qué? No sabemos si es posible detener este proceso de avance hacia
lo mecanizado, hacia lo deshumanizado.
Desde luego, no creo que yo vaya a transformar
el mundo, pero los libros se leen e influyen. Me da mucha alegría cuando voy
por la calle y un hombre, una mujer o un muchacho me hablan sobre mis libros. Y
las cartas que me escriben me han hecho meditar acerca de esta fantasía
delirante y malévola que es el progreso, esos edificios cada vez más altos,
cada vez más deshumanizados, que consiguen que la gente no se conozca entre sí.
En palabras de Schopenhauer —que a su vez se basó en un razonamiento del gran
filósofo italiano del siglo XVIII, Giambattista Vico— «hay épocas de la
historia en que la reacción es progresista y el progreso es reaccionario». Es
una gran frase, una gran verdad. Yo creo que en estos momentos es positivo ser
reaccionario en el buen sentido de la palabra, no en el sentido de atrasado, o
de enemigo de todo. Me estoy refiriendo a la necesidad de parar el progreso.
Antes del fin es y no es un texto
autobiográfico: hay memorias, recuerdos, pero también sueños y momentos de gran
soledad. Es un libro bastante raro. Hay, por ejemplo, cosas que escribo al
levantarme —antes del amanecer—, muy nocturnas, inescrutables incluso para mí
mismo, mientras que cuando sale el sol uno se empieza a poner un poco menos
recóndito, la luz siempre sirve para algo. Pero también la oscuridad sirve, y
de ahí la importancia de los sueños. Los sueños no mienten nunca; todos somos
mentirosos de alguna manera durante el día, no solamente los escritores y los
negociantes. En cambio, cuando se sueña se suelen decir grandes verdades.
No creo adecuado aplicarme la palabra
«intelectual». El intelectual no trabaja nada más que con el intelecto; un
matemático, por ejemplo, sólo trabaja con la razón pura; el teorema de
Pitágoras no lo inventó Pitágoras en un rapto poético, es algo cerebral. Y lo
cerebral es bueno y es malo, porque en mi opinión lo más importante del ser
humano está del cerebro para abajo. La corteza cerebral es útil para demostrar
teoremas, yo mismo lo he hecho alguna vez: en cierta época de mi vida, cuando
era físico—matemático, trabajé sobre radiactividad. Después me di cuenta de que
esas investigaciones estaban conduciendo a un desastre que no tiene nombre y me
incliné hacia el otro lado, el del arte, que desde chico me gustó.
La pintura y la literatura son humanas, y no se
hacen con la corteza cerebral, sino de la corteza cerebral hacia abajo. Creo
que fue Pascal quien apuntaba hacia «les raisons du coeur», las razones del
corazón. Desde hace tiempo, desgraciadamente, está de moda poner por encima de
todo la ciencia y la técnica, que en su estado más puro tienen cierta
hermosura, pero que son terribles y han conducido a este mundo a la
destrucción; porque vivimos en un mundo en destrucción que, si se ha de salvar,
será mediante una vuelta a los grandes principios de la condición humana,
desterrados en las inmensas ciudades.
Si se incendia un apartamento en Buenos Aires,
y uno necesita que alguien le ayude a apagarlo, ¿quién sabe quién vive en el
primer piso, en el segundo? En los pueblos no sucede lo mismo: uno es el Tito,
el otro es el Negro…, hay todavía humanidad. Yo me fui de Buenos Aires hace
cincuenta y tres años a vivir a un pueblo cercano, donde siempre hay gente
dispuesta a ayudar. No es que no crea que la condición humana es siempre más o
menos la misma, pero se hace peor en la ciudad.
Las razones de la cabeza no me parecen
fundamentales: creo que la humanidad aguanta por las razones del corazón. Lo
intelectual está bien para, pongamos, crear la teoría de la relatividad, pero
nadie espera que con la teoría de la relatividad se vaya a mejorar la especie
humana, al contrario, pueden suceder cosas terribles… Yo estudié física y
matemáticas, sí, y luego lo abandoné todo. Me di cuenta de que el mundo había
ido empeorando por culpa de la ciencia. «Ciencia» es hoy una palabra desdichada
que yo evito; si no fuese por ella, no tendríamos este mundo mecanizado. Los
aparatos que llegan a cualquier rincón del mundo, todas esas personas que
escuchan la radio o la televisión nos dejan ver que la técnica tiene sus
ventajas, pero no por ello podemos idealizar la ciencia y la razón pura, que no
son humanas.
Un hombre puede tener un pequeño almacén en el
que vender cositas, y tener amigos, y vivir más o menos modestamente; ser
amable si es posible, tratar de ayudar… Ésas son las cosas que deberían
enseñarse, pero la gente cree que lo que hay que enseñar son logaritmos.
Conozco a muchas personas que saben lo que es un logaritmo y son una porquería;
he hecho el doctorado en matemáticas, de manera que puedo permitirme el lujo de
decir esto. Se ha deificado a la ciencia. Yo no creo que Einstein fuera una
mala persona, con su melena y todos esos atributos ante los cuales la gente cae
de rodillas. Pero ya no se inclinan, en cambio, ante un sabio en el sentido
antiguo de la palabra, un sabio analfabeto, puesto que en las viejas culturas
casi todos lo eran.
En los pueblos aún se puede encontrar un hombre
de edad, analfabeto, que tiene sabiduría en el sentido grande de la palabra,
sabiduría sobre la vida, la muerte, la felicidad, el infortunio… Eso es
sabiduría, sagesse, que no es el conocimiento de poder manejar una tabla
de logaritmos. ¿Cómo nadie en su sano juicio puede pensar que sea bueno saber
manejar una tabla de logaritmos?
No digo con esto que la ciencia abstracta sea
deplorable. Tiene su belleza intelectual, cierto; hay teoremas y teorías —de
matemática pura, de física pura— de una gran belleza. La relatividad, por
ejemplo, es una belleza intelectual, pero con eso no se vive ni se muere.
Prefiero las cosas humanas a los aparatos.
No entiendo tampoco que se progrese gran cosa
haciendo un viaje a Marte, un planeta que está fotografiado y que es horrendo.
Comprendo que, por ejemplo, en verano, si se tiene algo de dinero, se vaya a la
playa, pero, ¿a Marte? Hay que estar loco. Y, ciertamente, abundan mucho los
locos en la ciencia. Imagínese que yo estoy por morirme, cosa que puede ocurrir
en cualquier momento, y viene un buen amigo a susurrarme al oído, mientras
estoy yo tratando de vivir todavía un poquito más, «Ernesto, ¿sabés que se acaba
de descubrir un nuevo satélite en Saturno?». Sé la respuesta que le daría,
aunque no la voy a decir por educación.
Los nueve meses que pasé dedicado al trabajo
que realizó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP)
para investigar los crímenes y las torturas que se cometieron durante la
dictadura militar fueron un período triste y duro. A mí, en calidad de
presidente de la Comisión, me caían todos los rayos, amenazas de todo tipo,
también contra mi familia. Fue un período muy grave, pero muy positivo en
muchos sentidos, porque las cosas graves —incluso las que pueden parecernos
atroces— son siempre también educativas. El largo proceso militar, en el que se
torturó y asesinó a alrededor de 30.000 seres humanos —de los cuales tres cuartas partes eran
muchachos idealistas en el mejor sentido de la palabra—, es un crimen atroz que
no se podía aceptar de ninguna manera, y la Comisión hizo mucho en ese sentido.
Sufrimos, pero fue algo positivo: condenaron a los culpables, algunos a prisión
perpetua.
Aunque después el presidente Alfonsín —a quien
aprecio mucho y es un gran demócrata, pero quizá demasiado bueno para combatir
estos males— dijo que era preferible volver a la paz y se hizo eso que se llamó
la Amnistía General, que nos amargó muchísimo. Creo que fue una debilidad por
su parte aceptar interrumpir lo que mucha gente estaba deseando que se hiciera,
fue como echar sobre el asunto un manto de olvido y hay cosas que ni se pueden
ni se deben olvidar. El caso es que así sucedió y se concedió la amnistía:
gravísimo error. Nos ha traído, en cambio, una gran esperanza ver que los
procesos que se vieron interrumpidos en Argentina se están llevando adelante en
países como Italia o España.
Alfonsín es una gran persona, un hombre
excelente que vive tan pobre y tan honestamente como cuando subió a la
presidencia, y eso ya es mucho decir. Tuve varias conversaciones privadas con
él, cuando fui presidente de la comisión CONADEP, y le pedí que no aflojara.
Pero había muchas fuerzas que deseaban poner fin a todo aquello, sobre todo los
que eran culpables, y Alfonsín, tal vez por su bondad, cedió. Puedo decir que
no lo hizo por cobardía, porque no es cobarde, sino porque de verdad piensa que
era preciso cubrir de olvido lo que pasó, aunque desde luego yo no estoy de
acuerdo. Creo que el castigo forma parte de la justicia; no creo —supongo que
porque no soy demasiado bueno— que se deba dejar en libertad a gente que ha
torturado.
Ernesto Sabato, 1999
Publicado por Antonio F. Rodríguez.