Con Haruki Murakami hay disparidad de
opiniones, quizá inevitables cuando se trata de un escritor de éxito rotundo,
vendido en todos los idiomas y paseado como el último gran representante de la
literatura posmoderna (ahora que lo moderno y hasta lo posmoderno se han
quedado irremediablemente antiguos). Y es que el novelista japonés tiene una
capacidad indudable para reflejar el absurdo, la fragmentación, el aislamiento
y hasta el misterio de las sociedades contemporáneas.
Posee también un saludable sentido del humor
que se mueve entre Groucho Marx y Kurt Vonnegut. En sus libros ocurren cosas
imposibles dentro de un orden delirante que va desvelándose a sus perplejos
protagonistas. El lector se contagia de esta misma perplejidad, pero sigue
adelante, porque Murakami sabe despertar su interés. Claro que muchos buenos
lectores le rechazan como un escritor facilón, falsamente trascendente
y a la moda. En mi opinión, es un buen escritor.
Kafka en la orilla (2006) es una
descomunal novela de casi 600 páginas en donde puede decirse que está todo
Murakami. El argumento es muy difícil de resumir. En realidad, son varias
historias vagamente relacionadas que acaban por encontrarse en el sur de Japón.
El adolescente Kafka Tamura, vecino de Tokio,
que todavía no ha cumplido los 15 años, abandona a su padre, un célebre
escultor que lo trata con frío distanciamiento. Su madre y su hermana lo
abandonaron cuando tenía cuatro años. Como un Holden Caulfield cualquiera, se
lanza a la aventura, animado por un espíritu juvenil insólitamente atormentado.
Acaba trabajando en una maravillosa biblioteca. Durante tres días vive al borde
de un bosque impenetrable. Una extraña noche despierta en un santuario
sintoísta. Conoce a la misteriosa señora Saeki y al bondadoso Oshima. Lee mucho
(desde autores tradicionales japoneses hasta un libro sobre Eichmann). Tiene
una extraña experiencia entre lo sobrenatural y sexual. Una vieja canción
titulada Kafka en la orilla encierra un secreto aparentemente
impenetrable.
Otros personajes hacen el mismo viaje (de
evidentes resonancias simbólicas) que el joven Kafka Tamura. Murakami es un
verdadero maestro a la hora de inventar personajes extravagantes y con una
punta de melancolía. El señor Nakata tuvo de niño una curiosa experiencia en un
bosque. Quedó inconsciente. Despertó cinco días después. Había perdido la
capacidad de leer y escribir. El niño inteligente y prometedor de una ambiciosa
familia pasó a ser el «tonto» que hay que esconder por vergüenza
cuando llegan las visitas. El señor Nakata vive en una perpetua infancia. Una
existencia apagada, modesta y sin pretensiones. Tiene un secreto: es capaz de
comunicarse con los gatos. Conoce la lengua gatuna. En el paraíso perdido de la
infancia todo lo imposible es posible. También a él una fuerza indescifrable le
impulsa en dirección al sur.
Murakami señala la dirección, pero nada más. El
destino, o lo que sea, entrelaza a varias personas dispares. En un momento del
pasado sus existencias se cruzaron. Lo desconocido fue el lazo de unión. Pero
recuperarlo no es fácil. Cada personaje se mueve por un laberinto como si se
tratara de una gallina ciega. Existen pistas, señales y advertencias que se
deben desentrañar para seguir adelante y alcanzar el corazón del enigma.
Es como la vida: se entiende más o menos lo inmediato, pero más allá de eso
está la absoluta incertidumbre acerca del futuro (y del pasado) de cada uno de
nosotros. En cierta medida, Kafka en la orilla es una alegoría acerca de
los misterios que nos envuelven desde la infancia, que se olvidan con la
madurez y que un buen día regresan para maravillarnos (pero la maravilla
encierra también el miedo a lo desconocido).
Caben muchas lecturas de este libro: novela
filosófica, de formación, de iniciación a la vida sexual, fábula sobre la
pérdida de la inocencia, relato fantástico, historia de fantasmas, metáfora
sobre el aislamiento y la soledad o simple divertimento de un autor que
confiesa escribir sobre lo que le da la real gana. A escoger.
Como se ve, Kafka en la orilla no es lo
que se dice una novela corriente. Tiene un desarrollo brillante, alterna con
habilidad los capítulos, nunca muy largos, en los que cada personaje busca, no
encuentra y avanza a ciegas guiado por criaturas entre cómicas y terroríficas
(incluyendo un inefable cazador de gatos ataviado al estilo de Johnnie Walker o
un diminuto Coronel Sanders dedicado a la prostitución). Del cielo pueden
llover caballas, sardinas y sanguijuelas porque sí. La gratuidad del
surrealismo.
Los excelentes diálogos, la fluidez de las
historias, el misterio cuidadosamente velado, la apagada tristeza que alterna
con situaciones hilarantes o crueles, el sinsentido del mundo, en una palabra,
hacen de la novela una mezcla singular de relato iniciático, road movie y
manual de especulaciones filosóficas. Tratándose de Murakami, la música juega
un papel crucial en el ramillete de historias que parsimoniosamente se van
aproximando. En fin, es un libro con encanto, cosa nada fácil de conseguir, si
bien se piensa. Recomendable.