Stephen King se estaba convirtiendo en los años 70 en el rey contemporáneo del horror. Después de años muy duros y sin un duro, a partir del éxito de Carrie (1974), la suerte le sonrió y no ha vuelto a darle la espalda. En ese triunfo tuvo mucho que ver la novela que comentamos hoy, El resplandor, publicada en 1977. El controvertido Stanley Kubrick la adaptó al cine en 1980. El resultado fue una película fría, perfecta, de una fuerza visual increíble, con unas actuaciones sobrecogedoras, cerca de la parodia, pero no demasiado fiel al texto de King. El escritor se picó con el cineasta, empezando una interminable polémica que todavía colea. Tampoco faltaron personajes que para elogiar a Kubrick se dedicaron a denigrar a King: que si era un escritor de tercera categoría, que si Kubrick realizó una obra maestra a partir de un vulgar best seller, que si lo único bueno de la novela era la película. Todo muy injusto.
El resplandor es una de las mejores novelas de Stephen King. Así como suena. Y eso es mucho decir. Cualquier aficionado a la literatura fantástica debería disfrutar de este libro. Por muchas razones: su fuerza imaginativa, el intenso terror que causan ciertos pasajes, la desazón y el pesimismo que desprende, la fabulosa reelaboración del clásico tema de la casa encantada. Estos valores, entre otros, hacen de esta novela un manjar verdaderamente apetecible. En el hotel Overlook se agazapan fantasmas. Los miedos de sus huéspedes hacen que se despierten. Como en una profecía que se cumple, los miedos adquieren realidad. El tormento psicológico y la tormenta exterior que golpea en las ventanas se unen para destruir la cordura. Las buenas historias de terror funcionan así.
El argumento es muy conocido. No es necesario insistir mucho en él. Unas breves pinceladas bastarán. Jack Torrance, escritor fracasado y exalcohólico, recibe la siguiente oferta: él y su familia deben vigilar durante los meses de invierno el gran hotel Overlook, situado en las montañas de Colorado. Quedarán aislados a tres mil metros de altura y entre riscos helados. La soledad es profunda, palpable, apabullante, enervante. Puede poblarse de fantasmas. Circulan todo tipo de historias macabras acerca del lugar. Dice un personaje: todo gran hotel, con su sempiterno ir y venir, posee sus fantasmas. Algo así como los residuos tóxicos que quedan después de tanto trajín. El Overlook custodia sus particulares demonios. Son bastante susceptibles. No les gusta ser molestados.
Pero lo mejor de El resplandor no es la historia de fantasmas, aun siendo buena. Lo verdaderamente magistral es el despiadado análisis que hace Stephen King de una familia norteamericana media al borde del desclasamiento. Quizá se inspiró en algunos episodios autobiográficos. El análisis psicológico de los personajes es prodigioso. Jack Torrance tuvo un padre alcohólico y maltratador. Mala herencia. Es un individuo frustrado y potencialmente peligroso. Se muestra agresivo. No controla bien su volcán interior. No es un monstruo, pero algo dentro de él es monstruoso, y puede despertar, con consecuencias fatales. Wendy, su mujer, tiene miedo. Miedo a su progenitora, a su marido, a su hijo. Miedo a la vida. Miedo a todo. Pero aguanta. Saca fuerzas de la flaqueza. El hijo, Danny, tiene 5 años. Es un niño inteligente. Demasiado imaginativo. Comparte sus arrobos con un amiguito imaginario espeluznante. Tiene la capacidad de leer pensamientos y anticipar el futuro. Poderes psíquicos extraordinarios. En su mente infantil resuena una y otra vez la misma palabra, obsesivamente, como el redoble de un tambor: redrum, redrum...
Queda el hotel. El gigantesco Overlook. Una inmensa masa que aplasta con su densidad de piedra a los pobres mortales que le roban su merecido descanso invernal. El Overlook es una criatura viva. Un monstruo que guarda en sus entrañas laberínticas a otros monstruos menores. A lo largo de sus interminables pasillos se deslizan sombras amenazantes, tintinean las lámparas y se escuchan ruidos amortiguados que ponen los pelos de punta. Cae la noche invernal. Bailan los copos de nieve. Un viento sibilante atraviesa las montañas heladas. Las luces del Overlook se encienden de repente, mientras suena una musiquilla en el salón de baile. Es medianoche. Lean El resplandor e intenten luego conciliar el sueño.
Stephen King (1947) es un escritor norteamericano nacido en Portland, Maine. La familia de King era pobre. El padre los abandonó cuando su hijo tenía dos años. La infancia del futuro rey del escalofrío se centró en películas, novelas y cómics. Stephen consiguió estudiar, se casó y tuvo hijos. No vivían bien. Publicó algunos cuentos en revistas, dio clases, trabajó en una lavandería y se aficionó a la bebida. Un perdedor.
En 1974, el éxito de Carrie, su primera novela, le catapultó a la fama. Dinero, películas y libros, muchos libros, libros a porrillo. Stephen King se ha destacado como el cronista más afortunado de los horrores cotidianos que amenazan a la gente normal. Con una imaginación portentosa, una escritura fácil y un admirable sentido del humor, King es el gran maestro del terror contemporáneo. Un gigante de la cultura popular. Vive en Bangor, Maine, en una mansión victoriana con murciélagos en la puerta de entrada.





