La mujer de la arena
es quizá la novela más
conocida del escritor japonés Kōbō Abe.
Se publicó en 1962. Fue llevada al cine con gran éxito en 1964. Cuenta una
historia que se mueve entre el existencialismo, el absurdo y el erotismo.
Cualquier lector recordará sin duda a Kafka
o Beckett. Alguien cae en una trampa
de la que es imposible salir. Poco a poco se va hundiendo. El último rayito de
luz acaba por apagarse. Cuando el absurdo es movido por una lógica implacable e
ininteligible el resultado es una sorda desesperación. El final es el principio
porque ya nada tiene sentido. Solo queda morderse las uñas agazapado en un
rincón. La mujer de la arena
es a la novela lo que el Perro
semihundido de Goya a
la pintura: una representación única de la soledad radical.
El
argumento es el siguiente: un tipo de treinta años, maestro de profesión,
decide pasar unos días de vacaciones en la costa. Es entomólogo aficionado. Así
que se dispone a cazar insectos en unas dunas cerca del mar. Las sombras se
recortan bajo un sol de fuego. Hace calor. Advierte que escondido entre los
montículos de arena hay un extraño pueblo. Parece pobre, sin vida. Sin embargo,
está habitado. Un viejo lo observa con atención desde la distancia. El
entomólogo se queda parado al lado de una profunda oquedad ovalada: en el fondo
del pozo hay una extraña vivienda. El viejo se acerca con desconfianza. Cree
que el desconocido es un funcionario del gobierno. El visitante le saca de su
error. El anciano, tras consultar con otros del pueblo, le ofrece dormir en la
casa hundida en la sima de arena. Por una cuerda el viajero baja a lo profundo.
La casa está habitada por una joven. Al día siguiente, la cuerda ha
desaparecido.
La
arena es inexorable. Cae sin cesar sobre la casa. Lenta, pesada, agobiante.
Cada grano de arena es como una gota de tiempo que aparece y desaparece. Los
días son como granos de arena. Cada día es idéntico al anterior y al siguiente.
Luis Cernuda escribió que el tiempo
es un blanco desierto ilimitado. Algo similar sucede en el fondo del pozo de
arena.
En
ese inimaginable habitáculo deben convivir dos personas. La mujer es
silenciosa, lánguida y parece resignada con su suerte. El entomólogo,
desesperado, busca infructuosamente una salida de su prisión. Pide
explicaciones a la mujer. No las obtiene. Le exaspera la tranquilidad aturdida
de la joven, por cuya piel sedosa y apetecible se desliza con parsimonia la
arena. Cada día hay que trabajar retirando la arena para evitar ser engullidos.
El tiempo se condensa en un presente sin fin ni esperanza muy parecido a la
muerte en vida.
De
La mujer de la arena caben
muchas lecturas, como es de esperar. La sencillez del estilo de Kōbō Abe contrasta con la complejidad
de fondo. La novela es en esencia una alegoría acerca de la fugacidad del
tiempo que entierra a los hombres solitarios. El hombre y la mujer de la arena
son insectos que se afanan en una pelea perdida de antemano: quitar arena para
que vuelva a caer. Una tarea repetitiva, ímproba y sin sentido. El tiempo
fluye, no para, al igual que la arena, símbolo de la desintegración de todo lo
que existe. Así que La mujer de la
arena puede entenderse como una mezcla de Gregorio Samsa, el escarabajo
kafkiano, con el mito de Sísifo.
Desde luego, el porqué, la razón última, se nos escapa, al igual que la arena
se pierde entre los intersticios de los dedos. Desde la sima solo se ve un
pedazo angosto de cielo. Pobre esperanza.
Recomiendo
vivamente la lectura de esta novela. Hay pocos libros que describan
con tanta precisión una situación angustiosa. Kōbō Abe analiza con frialdad
científica a sus dos personajes. Su pluma es como el alfiler de entomólogo del
desgraciado maestro. Dos vidas vegetan bajo la arena: una mujer misteriosa y
seductora; un hombre anónimo cuya desaparición pasará desapercibida. Quizá la
gran protagonista sea la arena: seca, inanimada, muerta. Un designio ciego e
impersonal mueve a la arena que cae y cae sobre los hombres. Hasta que un día
desaparecen. Creo que La mujer de la
arena es un gran libro.
Kōbō Abe
Kōbō Abe
(1924-1993) fue un polifacético escritor japonés nacido en Kita, hoy un barrio de la metrópolis de
Tokio. Abe creció en Manchuria, donde su padre era médico.
En 1948 se doctoró en medicina, siguiendo el ejemplo del progenitor. Pero le
atraían las letras y no las recetas. Empezó escribiendo poemas. Luego pasó a
las novelas y cuentos. En 1951 le concedieron el prestigioso Premio Akutagawa, el galardón literario
más prestigioso de Japón.
En 1962 publicó su obra maestra, la novela La mujer de la arena, que fue
llevada al cine por el director de vanguardia Hiroshi Teshigahara en 1964. La
película, de extraordinaria belleza estética, ganó el Premio del Jurado en el Festival de Cannes. Kōbō Abe, también cineasta, es uno de
los escritores más reconocidos de Japón
por sus fábulas literarias con un fuerte contenido surrealista y crítico.
Falleció con 68 años.