Año de edición: 2003Publicado en el año 2003, el Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo, escrito por la
germanista Rosa Sala Rose, es uno de los mejores libros para entender la
mitología nazi, sus orígenes y sus desastrosas consecuencias. No es nada fácil
resumir en 500 páginas el alucinante panorama simbólico de una ideología que
desencadenó la mayor tragedia del siglo XX. El nazismo tuvo una innegable
capacidad de fascinación. Era un movimiento de masas con una decidida impronta
mesiánica y redentorista, lo que le aproximaba sin duda a los credos
religiosos. De esta forma, como religión política, el nazismo se expresó a
través una larga serie de elementos mitológicos y simbólicos, a menudo de
carácter cuasisagrado, estudiados a fondo en este diccionario: antorcha,
arma milagrosa, Grial, esvástica, Parsifal, sangre y tierra, victoria final o
crepúsculo de los dioses.
Y es que los nazis tenían un paraíso a la
vuelta de la esquina: el reich de los mil años; un mesías: Adolf Hitler (que en algunos momentos especialmente delirantes sustituyó a
Dios); santos y mártires como Horst Wessel o los caídos en el patético putsch
de Múnich en 1923; unos seres demoníacos dedicados a boicotear el
proyecto milenario ario: los judíos y sus instrumentos, como el comunismo, la
masonería o el capital financiero, e incluso un sacramento de comunión
obligatoria: la pureza de la sangre nórdica, única creadora de cultura y formas
perfectas, apolíneas y luminosas (soñar el mito y formar un tipo, decía el
ideólogo Rosenberg). Este abigarrado panorama de creencias irracionales,
teorías pseudocientíficas y oscuras liturgias es el que Rosa Sala desentraña
con gran conocimiento, precisión conceptual y excelente pluma.
Como escribe Rafael Argullol en su prólogo, «lo
valiente es comprender». Comprender implica racionalizar aquello que por
definición es irracional. El nazismo tenía dos caras: por un lado, el
rostro de una ideología moderna y secular de una terrible eficiencia
tecnocrática y destructiva (lo que Sala Rose llama «los vistosos ropajes
de la ciencia»); pero, por el otro, presenta también el aspecto de un culto
místico a la naturaleza entendida al modo darwinista, que se configura en
una cosmovisión dualista, apocalíptica y maniquea, por utilizar de nuevo
palabras de la autora. Así que, ordenados alfabéticamente, se repasan una serie
de jalones para entender la geografía «delirante y perversa» del
nacionalsocialismo. Esas imágenes definieron al credo nazi y representaron su
esencia antes del derrumbe de 1945. Poco queda hoy de todo aquello,
excepto algunas ruinas, libros ilegibles, cuadros malos, esculturas ridículas y
crímenes inolvidables.
Algunos ejemplos. Los nazis creían con fervor
en la victoria final. Claro que a partir de 1943 la tal victoria se daba
de bruces con la cruda realidad: Alemania retrocedía en todos los frentes
y cada noche sus ciudades ardían como antorchas, con lo que perecían miles de
personas. Pero para la religión nazi era impensable que el «bien» (ellos) fuera
derrotado por el «mal» (casi todos los demás, excepto Japón e Italia, hasta la
espantada de 1943). Así que únicamente quedaba creer contra toda lógica,
aguantar y soñar con un milagrito descendido del Walhalla, paraíso
germánico que fue repintado para la ocasión.
Para conseguir la victoria final,
los nazis confiaban en armas milagrosas (nótese la pintoresca mixtura
entre fe y tecnología) que, en el último momento, darían la victoria a
Alemania. Pero las armas milagrosas llegaron tarde y eran demasiado
pocas. Así que, como consuelo, quedaba un final de ópera wagneriana, el crepúsculo
de los dioses, entre nubes de humo, crujir de dientes y millones de
muertos. El perturbado Goebbels llegó a glorificar la misma destrucción de su
país. La escenografía nazi se las arregló para durar hasta que cayó el
telón.
De esta manera, la autora analiza, entre otras
muchas entradas, la curiosa batalla nazi (siempre el belicismo) contra el tabaquismo
(el führer no fumaba, al contrario que sus archienemigos Stalin, Churchill,
y Roosevelt) o la estrambótica oposición al asfalto, que
para los nazis simbolizaba los peligros de la gran ciudad, con su
cosmopolitismo, cabarets y judíos, frente a la pureza rubia del mundo rural,
anclado en tradiciones inmemoriales de sangre y tierra. Frente al
anonimato urbano, el arraigo del terruño. Una idea romántica que hacía furor en
una Alemania cada vez más urbana e industrializada. Frente al ario
rural y campesino estaba el judío cosmopolita, sofisticado y
urbano.
El judío representa en la cosmovisión nazi toda
la suma de errores, horrores y pecados capitales. Lo mismo son comunistas que
capitalistas, reaccionarios que revolucionarios, ricos que pobres. Pero todos
los judíos quieren, al parecer, hacerle la puñeta al señor Hitler y sus
providenciales designios de gloria nórdica. Representan el humanismo
abstracto, la modernidad, frente a la obsesión identitaria y
etnocéntrica característica de los nazis. En definitiva: son el mal.
Aquellos que quieran tener una
visión ordenada del «cuerpo histórico, filosófico y aun psicológico
del nazismo» (Argullol) deberían leer este magnífico libro. Cada entrada del
diccionario lleva a otra y se puede empezar su lectura tanto por el principio
como por el final. El volumen se completa con un glosario de nombres
realmente útil para orientarse entre tantos payasos, locos y asesinos.
Conclusión: una aportación española ya clásica en el inagotable archipiélago
bibliográfico sobre el nazismo. Excelente.