lunes, 20 de abril de 2026

El mundo es ansí - Pío Baroja

Título: El mundo es ansí
Autor: Pío Baroja
 
Páginas: 248
 
Editorial: Alianza
  
Precio: 12,95 euros 
 
Año de edición: 2013 

Pío Baroja solía agrupar sus novelas en trilogías. Esta costumbre no implicaba necesariamente la repetición de personajes (aunque en algún caso sí se da, como en la trilogía de «La lucha por la vida»), sino en un cierto aroma o espíritu común. «Las ciudades» reúne las novelas César o nada (reseñada en este blog), El mundo es ansí y La sensualidad pervertida. Con ellas, Baroja compone un retablo sociológico de los idealistas y los idealismos que movieron a personas de todo el mundo a intentar corregir los males de las sociedades europeas de principios del siglo XX, males existentes aún por desgracia, al menos en parte. El protagonista de César o nada era un hombre liberal y anticlerical, que pretendía una transformación social usando un vehículo político. La protagonista de El mundo es ansí anhela cambiar la sociedad desde lo individual, desde su persona como centro de impulso de una suerte de propaganda por el hecho, a través de la acción directa y del ejemplo. Quizás su naturaleza de mujer le impide una actuación más activa en esferas en las que, en aquella época finisecular y prerrevolucionaria, la mujer tenía más difícil la entrada.

De esta manera, esta novela nos narra la historia de Sacha Savarof, hija de un militar zarista que decide estudiar medicina al tiempo que abraza la causa revolucionaria de socialistas y anarquistas. Idealista e impulsiva, ambiciona una regeneración política y social para Rusia y, por ello, devora libros de teoría marxista y socialista mientras entra en contacto con grupos e individuos de extrema izquierda. En la universidad conoce a Vera Petrovna, ligera y alegre, más preocupada por los trajes y las joyas que por la desigualdad o la injusticia. Práctica y bondadosa, Vera actúa de habitual contrapeso argumentativo al personaje principal, recurso muy propio de Baroja, que utiliza en casi todas sus novelas. Así, las aspiraciones sociales de una dialogan con los intereses mundanos de la otra. De esta manera, el autor retrata ambas posturas y consigue que la historia y el entretenimiento del lector no se detengan, sino que avancen y confluyan en razonamientos y trama.

Y hablando de la trama, si en César o nada, la historia transcurría entre Roma y la localidad ficticia y rural de Castro Duro, en El mundo es ansí Baroja nos lleva a Ginebra y Florencia. Entre ambas ciudades, alejadas de su Rusia natal, Sacha quiere vivir una vida de acción, una vida de altos ideales y pasiones. Sin embargo, no halla nada ni nadie que la conmuevan. De carácter ausente y melancólica, envidia la fuerza de los sentimientos ajenos, la virulencia de las emociones que aquejan a aquellos con los que entabla alguna relación: «Voy, ando de aquí para allá, con el alma vacía de emociones y de pensamientos». Quiere ser importante en el mundo, hacerlo más justo, pero carece del empuje para hacerlo.

La trilogía «Las ciudades» ahonda en cierto carácter humano de quien busca sublimarse, alcanzar un grado más alto de valor personal, o una cierta ética de lo superhumano. Los protagonistas de estas novelas ambicionan crecer en una dirección distinta de la que la sociedad les determina, sin cortapisas ni límites. La protagonista de El mundo es ansí descubre en un momento dado que «todo es crueldad, barbarie, ingratitud». Sacha quiere hurtarse a las trampas del destino y de la vida, y en las páginas de esta deliciosa novela la tristeza, la inevitabilidad de la desgracia, tiñen la vida de una nostalgia fantasmal, por una existencia que nunca tuvo lugar. La tesis de la obra reside en que conviene asumir cuanto antes la ausencia de esperanza. Allí donde César (protagonista de Cesar o nada) creía alzarse por encima de la media, Sacha encuentra que no hay grandeza en la humanidad, solo terror, desgracias, egoísmo, superficialidad, intereses particulares... «¡Cuánto dolor producido a los demás de una manera caprichosa e indiferente!», exclama Sacha Savarof en un momento dado.

Cuando Sacha llega a España, los españoles no escapamos a su escrutinio crítico, y no salimos bien parados. Se nos retrata como culturalmente atrasados, faltos de sentido social, egocéntricos... Además, «los españoles tienen orgullo individual, pero no patriotismo». Parece que a los españoles nos gusta denigrar a España y todo lo que contiene, lo que deja a cada español en una situación de ironía y mordacidad, al entender de Sacha. Visitando Madrid o Sevilla, la rusa irá componiendo un cuadro de caracteres y costumbres ácido e inmisericorde: la manera que tiene Baroja de pensar y exponer España. Libre, sentencioso, entretenidísimo, con soberbio talento narrativo, Pío Baroja nos regala una gozada intelectual y unas horas de amena evasión. Que no es poco.

Pío Baroja

Pío Baroja (1872-1956), novelista español de la Generación del 98, ejerció brevemente como médico rural antes de dedicarse a la literatura. Su obra, de estilo ágil y antirretórico, refleja un pesimismo existencial y critica la España tradicional. Autor de más de un centenar de libros, organizó muchas de sus novelas en trilogías, como «La lucha por la vida», «El mar» o «Las ciudades», que se componen de César o nada, El mundoes ansí y La sensualidad pervertida. Entre sus títulos más célebres figuran El árbol de la ciencia y Zalacaín el aventurero, que encarnan su escepticismo y su exaltación de la acción individual.

Publicado por José Ángel Gayol. 

domingo, 19 de abril de 2026

La historia de Hans el Listo

Hans el listo con su tabla de trabajo

A principios del siglo XX, una época de prodigios e invenciones fantásticas, un caballo recorrió Alemania fascinando con sus habilidades a propios y extraños, a adultos y niños. Le llamaban Hans el Listo (Clever Hans) y era capaz de realizar operaciones matemáticas sencillas, decir la hora, el día que era, distinguir las notas musicales, reconocer las letras y resolver problemas sencillos. 

El caballo era propiedad de Wilhelm von Osten, un profesor de matemáticas y entrenador de caballos aficionado, algo místico y aficionado a la frenología, que le fue enseñando poco a poco las cuatro reglas y algunas habilidades, a veces tan complejas como responder a la siguiente cuestión: «Si el octavo día del mes cae en martes, ¿cuál es la fecha del viernes siguiente?» Hans contestaba dando golpes con el casco en una tabla y las preguntas podían ser tanto orales como escritas.

El caso levantó tal expectación que se formó una comisión investigadora para esclarecer la verdad de todo aquello y, tras múltiples pruebas y ensayos, encontraron que el caballo solo era capaz de responder las preguntas si su entrenador conocía la respuesta y además estaba presente. Concluyeron que von Osten actuaba de buena fe, que había enseñado a su caballo y creía de verdad que era inteligente.  

Y en realidad era un jamelgo muy listo, pero de una forma diferente a la que pensaba su dueño. El caballo era capaz de interpretar el lenguaje corporal y los signos involuntarios de nerviosismo de su amo, y dejaba de dar patadas justo cuando alcanzaba la respuesta correcta. El asunto fue tan sonado que se acuñó la expresión efecto Clever Hans para denominar las situaciones en las que un experimentador contamina involuntariamente un experimento al realizar señales involuntarias sutiles como gestos, posturas, tonos de voz, movimientos corporales, etcétera, que el sujeto de experimentación interpreta correctamente, ya sea consciente o inconscientemente.

Una historia curiosísima, en la que el amo intentó enseñar algo a su pupilo y el alumno, en su afán por complacerle, acabó engañándole, demostrando ser más astuto que él y dejándolo en ridículo.

Hans el Listo

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

sábado, 18 de abril de 2026

Seis poemas de Eloy Sánchez Rosillo

Eloy Sánchez Rosillo

 

Oír la luz

Debo decir que cuando yo era niño

y en el campo veía la densa muchedumbre

de estrellas en los cielos del verano,

además de mirar tanto fulgor,

podía oír la luz: se escuchaba allí arriba

como un rumor de enjambre laborioso.

 

Lejos

Cómo se desdibujan con los años

los detalles precisos de la felicidad:

el verdadero tono de tu voz, los matices

de tu pelo y tu piel bajo la luz dorada

de aquel febrero insólito, el acento

con el que pronunciabas las palabras

mágicas y usuales del amor, tu manera

de reír, de mirarme. El recuerdo aproxima

el agua a nuestros labios, pero el tiempo

no nos deja beber. Tantean los ojos

en la noche cerrada y la memoria es sueño

que sólo vagamente me devuelve tu imagen.

 

Tarde de junio

Ahora, juntos, vivimos la hermosura

de esta tarde de junio,

el fulgor de las horas en que nos entregamos

al conocimiento de la verdad del amor,

a la gran llamarada del encuentro.

Ahora sabemos que toda la alegría

cabe en el mundo breve de esta habitación,

en el espacio ardiente y misterioso

de la cama deshecha.

La luz cansada del atardecer

dibuja sobre el tiempo islas doradas.

En un rincón del cuarto

brilla la enredadera de la música.

Un viento súbito sacude nuestros cuerpos,

y lo olvidamos todo.

Después regresan las miradas lentas,

tanta complicidad, ciertas sonrisas.

Y luego contemplamos en silencio

con qué dulzura va cayendo la noche

sobre la indiferente ciudad que nos rodea.

 

Un vaso de agua

Qué suceso increíble:

llené un vaso de agua y lo alcé hasta mi boca.

Era ya media tarde. Me había detenido

cerca de una ventana, aquí, en mi casa,

en este día tan claro de febrero.

Llegó el vaso a mis labios

y en ese mismo instante lo atravesó de pronto

un haz muy apretado y muy intenso

de luz del sol poniente.

Cuántos asombros. Todo rompió a arder

con lumbre limpia y mágica:

el agua y el cristal, el cuarto entero,

mis ojos y mis manos y mi vida.

Sin dar ni un solo paso estuve en todas partes.

No sé cómo decir lo que ocurrió,

cómo expresar que sucedieron siglos

de redención y bienaventuranza.

Oro licuado y tembloroso el mundo,

astilla viva yo de un súbito diamante.

 

Apunte de una tarde

Que otros canten las armas y a los héroes

los abismos del ser

o la complejidad del universo.

Dejadme a mí que diga la gracia irrepetible

de esta tarde de abril, la efímera hermosura

de la luz, que es mi amiga y que plácidamente

acaricia el papel en el que escribo.

 

Dejo la puerta abierta

Para vosotros, que vendréis al mundo

cuando yo me haya ido,

escribo este poema.

No sé; tal vez un día,

gracias a los azares que entreteje

la vida a cada instante,

os traerán vuestros pasos hasta él.

Dejo su puerta abierta por si acaso

y empiezo a imaginar como certeza

lo que es tan sólo un sueño.

En mi poema puede verse el cuarto

en el que escribo hoy. Entrad, entrad

con toda confianza,

a pesar de mi ausencia.

Y aproximaos al balcón. Transcurre

una tarde hermosísima

de finales de agosto.

Después de tantos días implacables

de luz arrasadora,

el tiempo ha dado un giro inesperado.

Son una bendición para los ojos

estas horas distintas. Se diría

que anda de retirada ya el verano.

Da pena despedirlo

(todo lo que se va nos duele al irse),

pero el cambiar también es alegría.

Por momentos están amontonándose

nubes negras y grises en el cielo

y el viento las trajina y las sojuzga

sin miramiento alguno.

La tarde se oscurece más y más.

Y al fin rompe a llover. Qué maravilla.

Llueve con fuerza, a ráfagas violentas,

y las fulguraciones enlazadas

de incesantes relámpagos

abren paso a los truenos,

que tropiezan y ruedan allá arriba

con estruendo imponente.

Mirad y oled la lluvia,

disfrutad de esta tarde en la que no

podremos estar juntos.

Sabed que la escribí con regocijo.

Y que pensé en vosotros.

 

Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948) es un poeta y profesor de Literatura Española. Hijo de un aparejador, es un lector voraz desde niño. En el colegio cosechaba suspensos, excepto en Lengua, y leía a todas horas. Ha publicado doce libros de poesía con los que ha ganado, entre otros, el Premio Adonais (1977) y el Premio Nacional de la Crítica de Poesía (2005). está considerado como una de las personalidades más destacadas de la lírica española contemporánea. Tiene una página web muy atractiva.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.