domingo, 22 de marzo de 2026

La confesión - Guy de Maupassant

Guy de Maupassant

La confesión 

Todo Véziers—le—Réthel había asistido al duelo y al entierro del señor Badon—Leremince, y las últimas palabras del discurso del delegado de la Prefectura se grabaron en la memoria de todos: «¡Era un modelo de honradez!»

Modelo de honradez lo había sido en todos los actos apreciables de su vida, en sus palabras, en su ejemplo, en su actitud, en su comportamiento, en sus negocios, en el corte de su barba y la forma de sus sombreros. Jamás había dicho una palabra que no encerrara un ejemplo, jamás había dado una limosna sin acompañarla con un consejo, jamás había tendido la mano sin que pareciera una especie de bendición.

Dejaba dos hijos: un varón y una hembra; el hijo era diputado provincial, y la hija, casada con un notario, el señor Poirel de la Voulte, una de las más encopetadas damas de Véziers.

Se mostraban inconsolables por la muerte de su padre, pues lo amaban sinceramente.

En cuanto terminó la ceremonia, regresaron a la casa del difunto y, encerrándose los tres, el hijo, la hija y el yerno, abrieron el testamento que debían conocer ellos solos, y sólo después de que el ataúd hubiera recibido tierra. Una anotación en el sobre indicaba esta voluntad.

Fue el señor Poirel de la Voulte quien rompió el sobre, en su calidad de notario habituado a estas operaciones, y, ajustándose las gafas en la nariz, leyó, con su voz apagada, habituada a detallar los contratos:

Hijos míos, queridos hijos, no podría dormir tranquilo el sueño eterno si no les hiciera, desde el otro lado de la tumba, una confesión, la confesión de un crimen cuyos remordimientos han desgarrado mi vida. Sí, he cometido un crimen, un crimen espantoso, abominable.

Tenía yo entonces veintiséis años y hacía mis primeras armas en el foro, en París, llevando la vida de los jóvenes de provincias que van a parar, sin relaciones, sin amigos, sin parientes, a esa ciudad.

Tuve una amante. Mucha gente se indigna ante esa mera palabra, «una amante», pero hay seres que no pueden vivir solos. Yo soy de esos. La soledad me llena de una terrible angustia, la soledad en el hogar, junto a la chimenea, por la noche. Me parece entonces que estoy solo en la tierra, espantosamente solo, pero rodeado por vagos peligros, por cosas desconocidas y terribles; y el tabique que me separa de mi vecino, de un vecino al cual no conozco, me aleja de él tanto como de las estrellas que vislumbro desde mi ventana. Me invade una especie de fiebre, una fiebre de impaciencia y de temor; y el silencio de las paredes me asusta. ¡Es tan profundo y triste ese silencio de la habitación donde uno vive solo! No se trata solamente de un silencio en torno al alma, y cuando un mueble cruje, uno se estremece, hasta lo hondo del corazón, pues no espera el menor ruido en ese tétrico albergue.

Cuántas veces, nervioso, atemorizado por esa inmovilidad muda, no me habré puesto a hablar, a pronunciar palabras, sin orden ni concierto, para hacer ruido. Mi voz entonces me parecía tan extraña que también me daba miedo. ¿Hay algo más espantoso que hablar solo en una casa vacía? La voz parece de otro, una voz desconocida, que habla sin motivo, con nadie, en el aire vacío, sin ningún oído que la escuche, pues ya se sabe, antes de que se escapen en la soledad del piso, las palabras que van a salir de la boca. Y cuando resuenan lúgubremente en el silencio, ya sólo parecen un eco, el eco singular de palabras pronunciadas muy bajito por el pensamiento.

Tuve una amante, una joven como todas esas jóvenes que viven en París de un oficio insuficiente para alimentarlas. Era dulce, buena, sencilla; sus padres vivían en Poissy. Ella iba a pasar unos días en su casa de vez en cuando.

Durante un año viví bastante tranquilo con ella, decidido a abandonarla cuando encontrase una señorita que me agradara lo bastante para casarme. Le dejaría a la otra una pequeña renta, puesto que está admitido, en nuestra sociedad, que el amor de una mujer debe pagarse, con dinero cuando es pobre, con regalos cuando es rica.

Pero he aquí que un día me anunció que estaba encinta. Quedé aterrado y percibí en un segundo todo el desastre de mi existencia. Se me presentó la cadena que arrastraría hasta mi muerte, por todas partes, en mi futura familia, en mi vejez, siempre: cadena de la mujer ligada a mi vida por el niño, cadena del niño que habría que criar, vigilar, proteger, al mismo tiempo que me ocultaba de él y lo ocultaba al mundo. Mi espíritu quedó trastornado con la noticia; y un confuso deseo, que no formulé, pero que sentía en mi corazón, a punto de mostrarse, como esa gente escondida detrás de las cortinas esperando a que le digan que aparezca, ¡un deseo criminal vagó por lo más hondo de mi pensamiento!

—¿Y si ocurriera un accidente? ¡Hay tantos de esos pequeños seres que mueren antes de nacer!

¡Oh! Yo no deseaba la muerte de mi amante. ¡Pobre chica, la quería mucho! Pero deseaba, quizás, la muerte del otro, antes de haberlo visto.

Nació. Tuve una familia en mi apartamiento de soltero, una falsa familia con un hijo, una cosa horrible. Se parecía a todos los niños. Yo no lo quería. Los padres, ya saben, sólo aman más adelante. No tienen la ternura instintiva y violenta de las madres; es preciso que el cariño se despierte poco a poco, que su espíritu vaya cobrando afecto mediante los lazos que se anudan cada día entre los seres que viven juntos.

Transcurrió un año más; yo huía ahora de mi casa, demasiado pequeña, donde tropezaba a cada paso con pañales, con mantillas, con calcetines del tamaño de guantes, con mil cosas de todas clases dejadas en un mueble, sobre el brazo de un sillón, en todas partes. Huía sobre todo para no oírlo gritar, pues gritaba a cada momento: cuando lo mudaban, cuando lo lavaban, cuando lo tocaban, cuando lo acostaban, cuando lo levantaban, sin cesar.

Había entablado algunas amistades y encontré en un salón a la que sería madre de ustedes. Me enamoré y el deseo de casarme con ella despertó en mí. La cortejé; la pedí en matrimonio; me la concedieron.

Y me encontré cogido en una trampa: Casarme, teniendo un hijo, con aquella joven a la que adoraba. O bien decir la verdad y renunciar a ella, a la felicidad, al futuro, a todo, pues sus padres, personas rígidas y escrupulosas, no me la hubieran entregado, de haberlo sabido.

Pasé un horrible mes de angustias, de torturas morales; un mes en el que me obsesionaron mil ideas espantosas; y sentía crecer en mi interior el odio contra mi hijo, contra aquel pedacito de carne viva y chillona que obstaculizaba mi camino, cortaba mi vida, me condenaba a una existencia en la que no podía esperar nada, sin todas esas vagas esperanzas que constituyen el encanto de la juventud.

Pero he aquí que la madre de mi compañera cayó enferma, y me quedé solo con el niño.

Estábamos en diciembre, hacía un frío terrible. ¡Qué noche! Mi amante acababa de marcharse. Yo había cenado solo en mi angosta sala y entré despacito en la habitación donde el pequeño dormía.

Me senté en un sillón al amor de la lumbre. El viento soplaba, hacía crujir los cristales, un viento seco de helada, y yo veía, a través de la ventana, brillar las estrellas con esa luz aguda que tienen en las noches gélidas.

Entonces, la obsesión que me perseguía desde hacía un mes penetró de nuevo en mi cabeza. Mientras yo seguía inmóvil, descendía sobre mí, entraba en mí y me consumía. Me consumía como consumen las ideas fijas, como los cánceres deben consumir las carnes. Estaba allí, en mi cabeza, en mi corazón, en mi cuerpo entero, me parecía; y me devoraba, como hubiera hecho un animal. Yo quería expulsarla, rechazarla, abrir mi pensamiento a otras cosas, a esperanzas nuevas, como se abre una ventana al viento fresco de la mañana para expulsar el aire viciado de la noche; pero no podía, ni siquiera un segundo, hacerla salir de mi cerebro. No sé cómo expresar esta tortura. Me roía el alma; y yo sentía con un espantoso dolor, un verdadero dolor físico y moral, cada una de sus dentelladas.

¡Mi existencia estaba acabada! ¿Cómo saldría de esta situación? ¿Cómo retroceder, y cómo confesar?

Y yo amaba a la que iba a convertirse en madre de ustedes con una pasión loca, que el insuperable obstáculo exasperaba aún más.

Una cólera terrible crecía dentro de mí, me oprimía la garganta, una cólera que rozaba con la locura… ¡con la locura! ¡Sí, estaba loco aquella noche!

El niño dormía. Me levanté y lo miré dormir. Era él, aquel aborto, aquella larva, aquella nadería lo que me condenaba a una infelicidad sin remedio.

Dormía con la boca abierta, enterrado bajo las mantas, en una cuna, junto a mi cama, ¡donde yo no podría dormir!

¿Cómo realicé lo que hice? ¿Acaso lo sé? ¿Qué fuerza me empujó, qué maléfico poder me poseyó? ¡Oh! La tentación del crimen me llegó sin que la sintiera anunciarse. Recuerdo solamente que el corazón me latía espantosamente. Latía con tanta fuerza que lo oía como se oyen unos martillazos detrás de los tabiques. ¡Sólo recuerdo eso! ¡Mi corazón latía! En mi cabeza había una extraña confusión, un tumulto, un desorden de toda razón, de toda sangre fría. Estaba en una de esas horas de pavor y de alucinación en las que el hombre ya no tiene conciencia de sus actos ni rige su voluntad.

Levanté suavemente las mantas que tapaban el cuerpo de mi hijo; las eché a los pies de la cuna, y lo vi, desnudo. No se despertó. Entonces me dirigí a la ventana, despacio, muy despacito, y la abrí.

Un soplo de aire helado entró como un asesino, tan frío que retrocedí ante él; y las dos velas palpitaron. Y me quedé de pie junto a la ventana, sin atreverme a darme la vuelta, como para no ver lo que ocurría a las espaldas, y sintiendo sin cesar deslizarse sobre mi frente, sobre mis mejillas, sobre mis manos, el aire mortal que seguía entrando. Esto duró mucho tiempo.

No pensaba en nada, no reflexionaba en nada. De repente una tosecita hizo que un horrible escalofrío me recorriera de pies a cabeza, un escalofrío que siento aún en este momento, en la raíz de los cabellos. Y con un movimiento asustado cerré bruscamente las dos hojas de la ventana, y después, volviéndome, corrí hacia la cuna.

Él seguía durmiendo, con la boca abierta, completamente desnudo. Toqué sus piernas; estaban heladas, y las tapé.

Mi corazón de pronto se enterneció, se rompió, se llenó de piedad, de ternura, de amor hacia aquel pobre inocente que había querido matar. Besé un buen rato sus finos cabellos; y después volví a sentarme ante el fuego.

Pensaba con estupor, con horror, en lo que había hecho, preguntándome de dónde provienen esas tormentas del alma en las que el hombre pierde toda noción de las cosas, toda autoridad sobre sí mismo, y actúa con una especie de enloquecida embriaguez, sin saber lo que hace, sin saber a dónde va, como un barco en un huracán.

El niño tosió una vez más, y me sentí desgarrado hasta el fondo del alma. ¿Y si se muriese? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué sería de mí?

Me levanté para ir a mirarlo; y, con una vela en la mano, me incliné sobre él. Al verlo respirar con tranquilidad, me serené; pero tosió por tercera vez; y sentí tal sacudida, hice tal movimiento de retroceso, como cuando estamos trastornados ante la vista de algo horroroso, que dejé caer la vela.

Al ponerme en pie tras haberla recogido, me di cuenta de que tenía las sienes bañadas en sudor, ese sudor caliente y helado al mismo tiempo que producen las angustias del alma, como si algo del espantoso sufrimiento moral de esa tortura inefable que es, en efecto, ardiente como el fuego y fría como el hielo, transpirase a través de los huesos y de la piel del cráneo.

Y me quedé hasta que se hizo de día inclinado sobre mi hijo, calmándome cuando estaba un buen rato tranquilo, y traspasado por abominables dolores cuando una débil tos salía de su boca.

Se despertó con los ojos rojos, la garganta obstruida, un aire doliente.

Cuando entró mi asistenta, la envié en seguida a buscar un médico. Llegó al cabo de una hora, y pronunció, tras haber examinado al niño:

—¿No habrá cogido frío?

Me puse a temblar como tiemblan las personas muy viejas, y balbucí:

—No, no creo.

Después pregunté:

—¿Qué tiene? ¿Es algo grave?

Respondió:

—Aún no lo sé. Volveré esta tarde.

Volvió por la tarde. Mi hijo había pasado casi todo el día en una modorra invencible, tosiendo de vez en cuando.

Por la noche se declaró una pleuresía.

Y la cosa duró diez días. No puedo expresar lo que sufrí durante esas interminables horas que separan la mañana de la noche y la noche de la mañana.

Murió.

Y desde… desde ese momento, no he pasado una hora, no, ni una sola hora, sin que el recuerdo atroz, punzante, ese recuerdo que roe, que parece retorcer el espíritu al desgarrarlo, no se agitase en mí como un animal furioso encerrado en el fondo de mi alma.

¡Oh! ¡Si hubiera podido volverme loco!…

El señor Poirel de la Voulte se sacó las gafas con un movimiento que le era familiar cuando había acabado la lectura de un contrato; y los tres herederos del muerto se miraron, sin decir una palabra, pálidos, inmóviles.

Al cabo de un minuto, el notario prosiguió:

—Hay que destruir esto.

Los otros dos bajaron la cabeza en señal de asentimiento. Él encendió una vela, separó cuidadosamente las páginas que contenían la peligrosa confesión de las páginas que contenían las disposiciones sobre el dinero, después las acercó a la llama y las arrojó a la chimenea.

Y contemplaron cómo se consumían las hojas blancas. Pronto no formaron sino una especie de montoncitos negros. Y como se veían aún algunas letras que se dibujaban en blanco, la hija, con la punta del pie, aplastó a golpecitos la ligera costra del papel chamuscado, mezclándola con las cenizas viejas.

Después se quedaron aún los tres algún tiempo mirando aquello, como si temieran que el secreto quemado escapase por la chimenea.

Guy de Maupassant

Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

sábado, 21 de marzo de 2026

Hammershøi. El ojo que escucha - VV. AA.

Título: Hammershøi. El ojo que escucha
Autores: Varios autores
 
Páginas: 232
 
Editorial: Fundacion Coleccion Thyssen-Bornemisza
 
Precio: 38 euros 
 
Año de edición: 2026
 
En el madrileño Museo Thyssen-Bornemisza puede verse hasta el próximo 31 de mayo la primera exposición del pintor danés Wilhelm Hammershøi. Se trata de una amplia muestra de casi cien obras que ofrece una visión cabal de las distintas épocas y estilos del artista. Incluye, retratos, paisajes, interiores y tres autorretratos. Presenta algunas composiciones que evocan a las de Vermeer.
 
Interior
 
Es un pintor que alcanzó un éxito considerable en vida, prácticamente desconocido en España, caracterizado por sus interiores fríos y silenciosos, sus colores opacos y sus gamas de azules, grises, blancos y marrones. La exposición de este pintor me ha encantado por su capacidad de sugerencia, su incitación a la reflexión y su maestría al elegir temas poco convencionales, dotarlos de una profundidad asombrosa. Me ha recordado a veces a Edward Hooper y creo que prefigura claramente algunas obras de Antonio López.
 
Luz solar
 
Merecen mención aparte sus paisajes, dotados de una luz extraordinaria. No incluyo aquí ninguna imagen porque al fotografiarlos se pierde toda la magia que poseen. 
 
Son cuadros en los que unas cuantas pinceladas, una imagen borrosa y poco definida, unos colores opacos, a veces una luz deslumbradora y poco más obligan al espectador a imaginar toda una escena llena de matices y detalles. Aquí os dejo el vídeo de la exposición:
 

En cualquier caso, una exposición imprescindible, para disfrutar durante una hora de un artista genial, muy original y de una técnica depurada. No dejéis de ir a verla. 
 
Wilhelm Hammershøi (Copenhague, 1864-1916) fue un pintor danés. Hijo de un rico comerciante, comenzó a recibir clases de dibujo a los ocho años. Más tarde, ingresó en la Academia de Bellas Artes de Copenhague y completó su formación con varios pintores daneses. Se casó con la hija de un colega, Ida Ilsted, con la que vivió hasta su muerte en Copenhague. Su mujer aparece frecuentemente en sus obras y en las de su hermano, Peter Ilsted
 
Alcanzó un gran éxito internacional muy pronto, pero tras su muerte sus cuadros han ido cayendo en el olvido, quizás debido a que se le consideraba poco vanguardista, demasiado clásico y la modernidad ha despreciado su obra hasta hace pocos años.
 
Wilhelm Hammershøi
 
Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

viernes, 20 de marzo de 2026

Moisés y la religión monoteísta - Sigmund Freud

 
Título: Moisés y la religión monoteísta
Autor: Sigmund Freud
 
Páginas: 208
 
Editorial: Alianza
 
Precio: 12,30 euros 
 
Año de edición: 2015

Sigmund Freud escribió Moisés y la religión monoteísta en un momento de enorme angustia. Europa estaba amenazada por la barbarie nazi y Austria a punto de ser ocupada por los ejércitos de Hitler. En Viena, hogar de Freud, miles de personas, judías y no judías, temían por su suerte. El médico vienés, admirado universalmente, preveía el advenimiento de una era de primitivismo en la que los judíos serían las víctimas propiciatorias. Como judío secular y no practicante, Freud abordó en este libro las raíces religiosas del llamado pueblo elegido. Está formado por tres partes. Las dos primeras se publicaron en una revista austriaca antes de la invasión nazi de 1938. La última parte salió en Londres. Freud se había refugiado en la capital británica, para fallecer allí en 1939. El fundador del psicoanálisis era consciente del carácter hondamente polémico de su estudio, agradeciendo haber podido culminarlo sin impedimentos gracias a la libertad inglesa. La isla era como un oasis en medio de una intolerancia creciente.  

Moisés y la religión monoteísta comienza con una afirmación sorprendente: Moisés, el padre de la religión judía, el hombre que condujo a su pueblo a la tierra prometida de Canaán, el héroe del Éxodo y gran legislador, no era en realidad judío, sino egipcio. La encantadora leyenda bíblica acerca del cesto con el niño recogido del Nilo por la hija del faraón, sugiere sin duda una parte de la verdad, pero no toda. Existen otras leyendas míticas sobre héroes fundacionales que también incluyen lactantes abandonados en las aguas de un río. Basta con pensar en Rómulo y Remo, a la deriva por el Tíber

No. Freud es rotundo. Moisés debía de  ser un egipcio de alta cuna e incluso sangre real. Insiste en un dato para él crucial: el Éxodo podría haber tenido lugar hacia el siglo XIV antes de Cristo. Esta fecha aproximada coincide con el reinado del faraón Akenatón. Como se sabe, este faraón herético se enfrentó con la religión tradicional de Amón, su clero y el politeísmo egipcio plagado de dioses zoomorfos, supersticiones y rituales mágicos. El culto a Atón, en cambio, fue el primer credo monoteísta y universal: existe un Dios único que alumbra a todos a través de los rayos ecuménicos del sol que da la vida. Akenatón fue, por tanto, el verdadero fundador del monoteísmo. Este cambio religioso coincidió con un Egipto engrandecido y convertido en un imperio. Pero aquella revolución religiosa fracasó tras la muerte del faraón. Nunca fue verdaderamente popular entre el pueblo egipcio. El nombre de Akenatón fue proscrito. Las arenas del olvido cubrieron su nombre. 

Moisés, discípulo de Akenatón, le dio a las tribus semíticas de Egipto una nueva fe, una identidad, unas leyes y las condujo por los áridos senderos de la península del Sinaí hacia la tierra prometida. Pero murió violentamente. Quizá porque su credo abstracto era demasiado complejo para un puñado de pastores primitivos. Moisés desapareció para retornar siglos después como padre del pueblo judío. El intermedio fue la religión de Yahvé, un Dios infernal de las profundidades volcánicas, que sin embargo tuvo la virtud de unificar a las dispersas huestes de Israel. Sin embargo, la tradición mosaica, mantenida por los levitas y luego por los profetas, acabaría siendo la fe de Israel: un credo monoteísta basada en un Dios universal sin nombre ni imagen, que hizo un pacto con Israel, el pueblo elegido. La religión mosaica ha permitido a la comunidad hebrea sobrevivir durante milenios. Constituye la raíz del cristianismo y el Islam. 

Freud aplica su escalpelo psicoanalítico a las creencias religiosas. La horda primitiva estaba dominada por un macho poderoso y castrador. Cuando sus hijos le dieron muerte y se lo comieron, fue sustituido en el mando, aunque sus sucesores parricidas le imitaron. Moisés murió a manos del pueblo que él eligió. Pero este aparente final no significó su eclipse, sino el triunfo, ya que la fe monoteísta se conservó en la tradición y acabaría encarnándose en el pueblo de Israel. Lo reprimido siempre vuelve después de un periodo de latencia. Es el esquema clásico del desarrollo de las neurosis. Para el ateo Freud, la religión era la forma colectiva de la neurosis individual: muerte del padre, represión del recuerdo de esa muerte primordial y retorno de lo negado, que del inconsciente vuelve a lo consciente (del ello al yo). La muerte de Moisés no evitó a la larga su hegemonía espiritual. El gran padre acabará confundiéndose con el Dios padre universal, a medida que la religión se intelectualiza y purifica de elementos supersticiosos. El monoteísmo ético es para Freud el eterno retorno del inconsciente reprimido, de ese gran padre castrador proveniente de los albores de la humanidad. 

Moisés y la religión monoteísta es un libro clásico de uno de los mayores sabios del siglo XX. Claro que muchas de las hipótesis de Freud no pasan de ser suposiciones sin quizá la suficiente base empírica. Pero la fuerza de sus explicaciones, la belleza de una prosa impecable en su desnudez analítica y su capacidad de sugerir más allá de lo evidente, penetrando en los rincones más oscuros de la psique, hacen de este librito una joya imprescindible, cuya lectura es obligada para cualquiera. Maravilloso. 

Sigmund Freud (1885, © Museo Freud de Londres)

Sigmund Freud (1856-1939) fue un médico neurólogo austriaco, padre del psicoanálisis y uno de los intelectuales más relevantes del siglo XX. Nació en la localidad de Freiberg, en Moravia, en el seno de una familia de ascendencia hebrea. El segundo nombre de Freud era Salomón, pero él nunca lo utilizó. La familia emigró a Viena y Sigmund estudió medicina en su universidad, sufriendo el antisemitismo, luego amplió estudios en París. En 1881 se licenció como médico. Empezó a investigar diversas patologías, utilizó la cocaína con fines terapéuticos y obtuvo un gran reconocimiento científico. En 1886 se casó y abrió un consultorio médico en Viena, con su correspondiente diván, por supuesto. 

Se convirtió en un reconocido médico que trataba brillantemente las neurosis y los procesos histéricos que sufrían sus pacientes. Pronto ideó un método de investigación conocido como psicoanálisis, sobre la base de la importancia del inconsciente en nuestra mente y la posibilidad de curar los traumas psíquicos y las enfermedades mentales. En 1899 se publicó su libro capital La interpretación de lossueños. Sus ideas comenzaron a divulgarse, convirtiendo a Freud en una celebridad. Tuvo muchos discípulos, como Carl Gustav Jung, Ernest Jones o Alfred Adler. Dentro de la escuela psicoanalítica se desataron cismas, que terminaron a veces en rupturas personales. Freud siguió publicando innumerables artículos y libros. Le encantaba fumar puros y acabó por sufrir un cáncer de paladar que le causó grandes sufrimientos, sin disminuir su vigor intelectual. En 1938 abandonó Viena ante la invasión nazi y se refugió en Londres. Murió en 1939, a los 83 años. 

Publicado por Alberto.