La caída de Roma. El fin del mundo clásico. La llegada de los bárbaros. Pocos acontecimientos históricos han atraído tanto la atención. Se siguen estudiando las razones de la desintegración de un imperio que dominó durante siglos gran parte de Europa, el norte de África y el Oriente Próximo. Roma supo integrar bajo leyes comunes a los pueblos más diversos e hizo una aportación decisiva a la cultura occidental. El imperio romano parecía eterno, tranquilamente mecido por las aguas tibias del Mediterráneo. Pero a finales del siglo V el occidente europeo era una ruina humeante y despoblada. Otros pueblos ocuparon el solar romano. Empezaba la larga noche medieval. Como recuerdos melancólicos de un pasado glorioso quedaron las ruinas, que aún hoy impresionan al viajero.
El historiador italiano Guglielmo Ferrero publicó La ruina de la civilización antigua inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial. Durante un período de angustia para Europa, que el sabio italiano compara con la crisis del siglo III que marcó el comienzo de la decadencia romana. Así que Ferrero se muestra partidario del axioma de que la historia es maestra de la vida. De ella pueden sacarse lecciones provechosas para el presente.
Hasta el año 235, en que fue asesinado el emperador Alejandro Severo, el mundo clásico, asegura Ferrero, estaba intacto. Claro que había señales premonitorias de la crisis: crecían los precios, los bárbaros presionaban en las fronteras, el ejército interfería cada vez más en la política y el senado perdía poder. Pero Roma seguía siendo Roma. Un imperio fuerte, temido y orgulloso. Cuando comenzó la anarquía fue el principio del fin.
Para el autor, el gran problema de Roma fue una crisis política que aniquiló los fundamentos constitucionales del imperio. En el siglo I y II el senado era una institución respetada por todos. También por los emperadores. Un emperador podía ser elegido por el ejército, pero la legitimidad siempre la recibía del senado. Las reglas estaban claras, la élite gobernante era reducida y la cultura politeísta grecolatina no era cuestionada. El imperio romano no era una monarquía absoluta, sino un reparto pragmático del poder entre el emperador y las élites senatoriales, provinciales y locales. La sucesión de los emperadores no era hereditaria. El emperador era el primer ciudadano y debía someterse a las leyes. Se trataba, en fin, de una república aristocrática.
Con Septimio Severo, a principios del siglo III, el emperador se va convirtiendo en un monarca despótico de tipo asiático. El senado acabará siendo una cáscara vacía. El ejército nombra y depone emperadores cuando le viene en gana. Comienza un período de anarquía. A lo largo de 50 años, entre el 235 y el 285, un huracán de guerras civiles (todos querían ser emperadores), invasiones bárbaras y rebeliones sociales acaba con el mundo clásico.
La crisis material viene acompañada de la crisis moral. El politeísmo estatal entra en crisis y progresan los cultos orientales, sobre todo el cristianismo. Como una termita, los cristianos, cada vez más numerosos, minan los fundamentos de la sociedad clásica. El universalismo moral cristiano es contrario al exclusivismo romano, basado en la separación drástica entre civilizados y bárbaros. La religión era para los romanos una institución estatal más. Debía contribuir a la estabilidad. Los emperadores no soportaban la polémica religiosa, ni los dogmas. Los cristianos, divididos en diversas sectas enfrentadas entre sí, contribuyeron a la desintegración general.
Las ciudades pequeñas se despueblan. Las élites tradicionales son aniquiladas. Tremendas pestes diezman a la población. La cultura romana se evapora. Diocleciano y Constantino, a principios del siglo IV, reflotan una sociedad barbarizada convirtiendo el imperio en una monarquía absoluta y burocrática. El final, aunque lento, fue inexorable.
Guglielmo Ferrero destaca la importancia del principio de autoridad en la supervivencia de las sociedades. Las instituciones necesitan ser legítimas: aceptadas mayoritariamente por la sociedad, que las reconoce y considera como propias. Esto es clave para la pervivencia de cualquier estado. En definitiva, la fuerza moral es esencial. De esa fuerza emana la autoridad, que es contraria a la arbitrariedad. Las instituciones apoyadas exclusivamente en la fuerza bruta acaban siendo efímeras. Cuando Roma perdió su moral, las instituciones se secaron como árbol sin raíz, aunque la agonía durara siglos.
Como liberal, Ferrero apuesta claramente por un modelo constitucional y de reparto del poder. El abuso de la fuerza sin autoridad condujo a Roma al desastre. Este librito es de lectura apasionante. Habla de la Roma tardía, pero también del tiempo en que fue escrito y de los que vengan. Recomendable.
Guglielmo Ferrero (1871-1942) fue un historiador italiano nacido en la localidad de Portici, cerca de Nápoles. Estudió derecho en Pisa, Bolonia y Turín. Educado en el positivismo, fue discípulo de Cesare Lombroso, con cuya hija se casó. Viajó extensamente por Europa. Entre 1901-1907 publicó su monumental Grandeza y decadencia de Roma. También escribió alguna novela.
Pero su libro más importante, considerado como uno de los clásicos de la ciencia política, es Poder. Los genios invisibles de la ciudad (1942). De ideas liberales, los fascistas pusieron a Ferrero bajo arresto domiciliario. En 1929 se exilió en Suiza, en donde dio clases en la Universidad de Ginebra. En 1939 visitó en su exilio a Manuel Azaña, con quien tenía amistad. El profesor Ferrero falleció en Mont Pèlerin en 1942.



