lunes, 9 de marzo de 2026

Una joven en Tokio - Aki Shimazaki

Título: Una joven en Tokio
Autora: Ali Shimazaki
 
Páginas: 184
 
Editorial: Tusquets
 
Precio: 18,50 euros 
 
Año de edición: 2025

Tras Suzuran y Luna llena, Aki Shimazaki continúa su acercamiento a la familia Nire en la breve novela Una joven en Tokio, tercera entrega de su nueva pentalogía, publicadas todas por Tusquets Editores. En esta ocasión, la autora centra la narración en Kyoko, la hermana mayor a la que ya conocemos de las novelas anteriores. Joven intelectual, dinámica, culta, profesional y muy guapa, Kyoko resulta un imán para los hombres. Es una secretaria de dirección extremadamente eficaz y un auténtico epítome de la mujer independiente en el Japón cada vez más occidentalizado de nuestros días. Su vida está plenamente entregada a la compañía estadounidense en la que trabaja, un entorno en el que se siente feliz y desde el que tiene ocasión de visitar algunas de las ciudades más importantes del mundo como Berlín, Moscú, Nueva York... Sin embargo, la marcha de su jefe y la llegada de un nuevo superior, más joven, provocarán un pequeño terremoto en su vida que terminará afectando también a otras facetas, especialmente a la sentimental.

La novela profundiza, sobre todo, en los aspectos liminares del choque entre la mujer japonesa contemporánea y la mujer japonesa tradicional, más orientada al matrimonio y a la búsqueda de un marido como meta vital. La familia de Kyoko insiste en presentarle posibles parejas, organizar encuentros o concertar citas, incluso en forma de reuniones de hombres y mujeres que cenan, charlan o bailan con la esperanza de encontrar el amor. Pero Kyoko no está interesada en ese camino. De hecho, de algún modo se siente incapaz de amar o, quizá, presiente que su verdadero amor todavía no ha llegado.

Shimazaki vuelve a demostrar su habitual maestría a la hora de narrar de forma fluida y serena, sin sobresaltos aparentes, una vida ordinaria llena de matices extraordinarios. Como en otras de sus novelas, el leve desliz de un descubrimiento o el sobresalto de un hecho imprevisto sirve como detonante para narrar aquello que más interesa a la autora: las zozobras del espíritu ante lo imprevisible. Desde esta perspectiva, la incertidumbre se convierte casi en un monstruo mitológico contra el que luchan los personajes de Shimazaki. Vencer esa incertidumbre y regresar a la paz espiritual o mental constituye, en el fondo, la senda que va pavimentando —adoquín a adoquín— el camino de sus novelas.

Como siempre, la autora japonesa residente en Canadá y que escribe en francés, consigue acompañar al lector hasta el interior mismo de la historia. El lector se convierte en un observador silencioso que forma parte de la trama sin llegar nunca a ser un intruso. Shimazaki logra que nos sintamos cercanos a sus personajes, extraordinariamente humanos, a veces terriblemente solos y siempre frágiles.

Dentro de la pentalogía dedicada a la familia Nire, Una joven en Tokio cumple además una función de ampliación del mosaico narrativo que la autora va construyendo libro a libro. Cada volumen se centra en un personaje distinto, pero todos se entrelazan mediante pequeños secretos familiares, silencios heredados y revelaciones tardías que, poco a poco, reconfiguran la historia de la familia. Este mecanismo narrativo, tan característico de esta escritora, invita al lector a recomponer el conjunto como si se tratara de un delicado rompecabezas emocional.

También aquí vuelve a aparecer uno de los rasgos más reconocibles de la escritura de Shimazaki: su estilo depurado y minimalista. Con frases breves y una aparente sencillez narrativa, la autora logra transmitir emociones complejas y explorar con gran sensibilidad los conflictos entre tradición y modernidad, identidad personal y expectativas sociales. El resultado es una narrativa íntima y delicada que convierte pequeños gestos cotidianos en momentos de revelación.

Después de leer Una joven en Tokio, quedan aún más ganas de continuar con las dos novelas que completan la pentalogía.

Aki Shimazaki

Aki Shimazaki (Gifu, Japón, 1954) escribe y publica en francés desde 1991, una década después de trasladarse a Montreal, ciudad en la que reside actualmente y donde ha trabajado también como traductora. Su obra, caracterizada por una prosa breve, depurada y de gran sensibilidad psicológica, ha sido reconocida con algunos de los galardones más prestigiosos de la literatura canadiense, como el Premio Ringuet (2000) de la Academia de las Letras de Quebec o el Premio L’Algue d’Or.

A lo largo de su carrera ha desarrollado varios ciclos narrativos formados por novelas breves e interconectadas. En España, su obra ha sido publicada por Tusquets Editores, que ha editado títulos como SuzuranLuna llena Una joven en Tokio, todas reseñadas en este blog. Anteriormente ya había llegado al lector español gracias a Editorial Lumen, que reunió varios de sus ciclos en volúmenes como El quinteto de Nagasaki (2018) y El corazón de Yamato  (2019). También Nórdica Libros ha publicado diversas entregas de su narrativa breve, entre ellas Azami, el club de Mitsuko (2023), Hozuki, la librería de Mitsuko (2017) o Suisen, el gato de Gorô (2023), consolidando así la presencia de la autora en el panorama editorial español.

Publicado por José Ángel Gayol. 

domingo, 8 de marzo de 2026

Los lanceros del Himalaya

No, no es la imagen del rodaje de una película, es una imagen real y actual. En ella puede verse a un grupo de soldados chinos entrenándose en la montaña con escudos antidisturbios y lanzas. ¿Por qué? Porque en la frontera chino-india está prohibido el uso de armas de fuego a menos de 2 km de distancia de la Línea de Control Real (LAC), una línea límite provisional y de trabajo que evidencia la falta de acuerdo en muchos puntos de la frontera.

China e India mantienen disputas fronterizas desde hace mucho tiempo, pero desde 1996 los soldados defienden sus territorios con lanzas, palos y piedras, ya que ambos países firmaron un acuerdo para evitar una escalada armamentística en la zona. Hay que recordar que los dos tienen armamento nuclear.

La frontera de marras tiene unos 4000 km de longitud, atraviesa el Himalaya y está considerada la más peligrosa del mundo. Los problemas provienen de las líneas fronterizas definidas por las autoridades coloniales británicas, que no tuvieron en cuenta ni límites naturales y etnográficos ni el acuerdo de las poblaciones de ambas partes. La LAC fue establecida tras el alto al fuego de la guerra sino-india de 1962, que dejó varios miles de soldados muertos de amos bandos. En esa guerra, China ocupó zonas que todavía reclama la India. Esa línea no fue aceptada por ambos países hasta 1993. Y lo más curioso es que a las dos potencias nucleares les interesa enfrentarse a palos; los dos países quieren dejar claras sus pretensiones y defender lo que consideran sus territorio, pero no les interesa entrar en guerra.

En este vídeo puede verse un combate peculiar que tuvo lugar en 2020, con el resultado de más de 20 muertos en cada bando.


Publicado por Antonio F. Rodríguez.

sábado, 7 de marzo de 2026

Un error judicial - Roberto Arlt

 

Un error judicial

De pronto, el señor Roeder, levantándose de entre el círculo de herederos que escudriñaban el semblante de la señora Grummer, exclamó:

―Sí, ¡usted es la ladrona!

La señora Grummer, una anciana de sesenta años, al escuchar a Roeder se echó a llorar. Las lágrimas corrían por su ruinoso rostro amarillo; pero el señor Roeder, impasible, continuó:

―Señora… de la caja del finado Rumpler faltaban veinte mil pesos. Del libro de «haberes» ha sido arrancada la hoja donde figuraba la cantidad de acciones que Rumpler había comprado al frigorífico «El Triángulo», ¡y qué casualidad!, hoy un agente de investigaciones, al revisar el baúl que usted tenía depositado en la casa de la señora Gaster, encuentra una boleta de depósito por veinte mil pesos.

Un círculo de cabezas canosas y rostros ceñudos escuchaba con ansiedad al señor Roeder.

Roeder, comerciante en cereales, había sido nombrado depositario por los parientes de Rumpler, el día que este había fallecido, de lo que quedaba como posible herencia, pues los negocios de este estaban un poco embrollados. El mismo día, al hacer el arqueo de caja, Roeder descubrió que faltaban veinte mil pesos. Lo que no podía comprobar era si lo defraudado consistía en dinero o valores negociables.

La excajera de Rumpler se mesaba desesperadamente el cabello con sus manos resecas.

Quería huir, proclamar con alaridos inmensos su inocencia; arrodillarse frente a Roeder, que antes la llamaba «una buena mujer», para convencerlo de que no era una ladrona; pero inútil todo, porque a medida que examinaba los rostros de los parientes, comprendía que estos la habían condenado ya.

Quince días antes de fallecer Rumpler, Anastasia Grummer había cumplido veinte años de trabajo en la perfumería. Ya no era empleada de él, sino su casi socia. Y esa atmósfera de odio que ahora la estrangulaba con manos visibles, provenía de los parientes ancianos que deseaban saciar el odio que le tuvieron a Rumpler en ella, y todo por un legado de diez mil pesos que en testamento le dejó, aparte de un reconocimiento de deuda que ascendía a varios miles de pesos.

Otro de los herederos hizo uso de la acusación. Era estudiante de derecho y el único joven entre los silenciosos ancianos.

―¿De dónde salen entonces esos veinte mil pesos que usted tiene depositados en el banco?

―Los gané en la lotería hace tres años.

Carcajadas coléricas acogieron esta respuesta.

―Sí; con el señor Rumpler jugamos hace tres años un billete entero. La mitad de lo ganado fue para mí.

―¿Y cómo hace ocho días que usted los ha depositado en el Banco?

―Los había prestado a mi sobrino…

Grave se levantó el señor Broquin Rumpler. Hacía muchos años que trabajaba de peletero y había redondeado una fortuna. Dijo:

―Esta señora Grummer tiene respuesta para todo. Las tachaduras y asientos arbitrarios que ha hecho en los libros explica que le fueron ordenados por Rumpler… Rumpler le debe… Rumpler le deja herencia… Rumpler ha trabajado y regalado su dinero a la señora Grummer. Perfectamente. Como nosotros no creemos todo esto, es mejor que usted, señora, trate de convencerlo al juez.

Era ya la una de la madrugada, y Ernesto Goice, sentado frente a su escritorio, pensaba en el terrible destino de su tía Anastasia Grummer. Él sabía perfectamente que la tía Anastasia era inocente; pero, ¿cómo demostrarlo? Todas las apariencias estaban contra ella. Libros mal llevados, asientos falsos a hoja desaparecida. Y ahora, para colmo, la tía Anastasia, aniquilada por el golpe, no recordaba detalles que pudieran aclarar su situación. Y como de costumbre, su pensamiento se volvió hacia el señor Roeder, el depositario de las llaves. Le era odioso sin saber por qué.

El reloj marcaba la una y treinta. Goice se detuvo un instante frente al escritorio, luego apoyó la frente en el vidrio de la ventana y esta frescura le pareció que aclaraba sus ideas. Y se dijo:

―Si yo salvo a tía, podré casarme… pero ¿cómo salvarla? Sin embargo, ese Roeder…

Y otra vez sus ojos se detuvieron en el escritorio. Esta vez se asombró. Allí en medio del escritorio, había una página arrancada a un libro que él había comprado: un curso de electricidad.

―Pero, ¿por qué he arrancado esa hoja? ―se preguntó.

Picado por la curiosidad se acercó. La página cortada del libro traía unas fórmulas que le interesaba recordar. Pero él no acostumbraba arrancar las hojas de los libros, y pensó que estaba un poco afiebrado. Luego se asomó otra vez a la ventana. Y de pronto, sus ideas se aclararon.

Eso es: el que arrancó la hoja del libro de Rumpler lo hizo porque en ella había cosas que le convenía recordar o hacer desaparecer. A mí me ha pasado lo mismo ahora. Freud tiene razón cuando interpreta los sueños. Yo estaba soñando. El único que puede haberla amaneado es Roeder. Pero ¿qué había anotado en esa hoja? ¿Dinero? No. ¿Las acciones? ¿Por qué no? Han quedado sesenta mil pesos en acciones…

Súbitamente una gran alegría congestionó el semblante de Goice. Indudablemente, el ladrón era Roeder; pero había que demostrarlo. Caviló un instante; dio varias vueltas entre sus manos a la hoja del curso de electrotécnica, y, sonriendo, se fue a la cama. Roeder era el ladrón. Estaba seguro de ello.

Pocos días después, en varios periódicos dedicados a especulaciones bursátiles, se leía este aviso:

«Se gratificará a quien informe qué personas compraron acciones del frigorífico “El Triángulo” entre los días 8 y 11 de agosto».

Al tercer día de publicarse el aviso, Goice recibió la visita de un dactilógrafo. Este le comunicó que el día 8 de agosto su patrón Broquin Rumpler…

―¿Cómo ha dicho? ―interrumpió Goice.

Sí. Broquin Rumpler compró en doce mil pesos veinte acciones de mil pesos al señor Roeder.

―¿Y cómo lo sabe usted?

―Porque hice el cheque. El señor Roeder llegó a las siete de la noche…

―Pero ¿usted no sabe que Broquin Rumpler es pariente del difunto Rumpler?

―No. Solo sé que me ha echado a la calle porque Roeder le dijo haberme encontrado conversando con su sobrina.

―¿Y cómo reparó usted en que eran acciones de «El Triángulo»?

―Porque Broquin Rumpler se hizo firmar un recibo en el cual constaba eso.

―Perfectamente, amigo…

―Aloisi… Ernesto Aloisi…

―Bueno, amigo Aloisi, todos estos datos que usted me ha dado le serán gratificados, por lo menos, con mil pesos, pero, en tanto, vayamos a los tribunales. Todo esto es necesario contárselo al juez.

Y Roeder fue detenido en la mañana del mismo día en que el fiscal del crimen solicitaba tres años de cárcel para Anastasia Grummer.

El cerealista quiso negar su participación en el delito, pero cuando se le presentó el recibo firmado a Broquin Rumpler, recibo que se le secuestró, Roeder, llorando, confesó su situación.

Había perdido mucho dinero, etc., etc… y Broquin Rumpler, para quedarse con la parte de la anciana, lo había obligado a sustraer las acciones.

Tres días después, Anastasia Grummer salía de la cárcel. Y las primeras palabras de Goice, el pícaro, fueron:

―Tía… necesito diez mil pesos para casarme, ¿podés regalármelos?

Anastasia Grummer miró la puerta de la cárcel que se cerraba a su espalda, y dijo:

―Hijo, estoy cansada ya… y quiero que todo lo mío quede para tu futuro hijo. Cásate nomás…

Roberto Arlt,  1927

Publicado por Antonio F. Rodríguez.