He aquí una novela
prácticamente desconocida, pese a su
extraordinaria calidad literaria. El cura de Almuniaced fue
publicada por vez primera en 1950. Su autor, José Ramón Arana, era un
exiliado de la Guerra Civil. En España no pudo editarse hasta 1979. La
historia que cuenta es de una sencillez engañosa. No importa tanto lo que
sucede, el estallido de la guerra en un remoto pueblo aragonés, como la
borrasca que se desata en el alma atormentada de Mosén Jacinto, el cura.
Así que la fuerza del relato reside en el
intimismo ardiente, un angustioso mar de dudas, en donde el espíritu del
sacerdote bracea para no ahogarse. El paisaje interior contrasta con el
exterior: la dura existencia aldeana, los abusos de los caciques que enfurecen
al buen sacerdote, las gentes de la aldea con su miserias e ilusiones, el ritmo
impasible de la naturaleza. La monotonía de la vida rural se repite día tras
día en un entorno sin cambios. Es la intrahistoria. La historia acabará por
irrumpir con toda su fuerza. El cura deberá enfrentarse a un mundo
nuevo entre dudas desgarradoras.
Mosén Jacinto es, como buen aragonés, un tipo
de una pieza. Hombre justo, bueno y colérico. El pueblo le quiere y él quiere a
su pueblo. Cuando llega la Segunda República los campesinos ya no agachan
la cabeza como antes. Se despiertan esperanzas dormidas durante mucho tiempo,
pero no muertas. Ha llegado el momento de los cambios. El cura lo entiende,
aunque rechace el anticlericalismo republicano. Tiene sus zozobras, pero en el
fondo detesta a los anteriores amos, con su religiosidad falsa y acomodaticia, la
ausencia de verdadera caridad, la preocupación exclusiva por el ritual externo
y el olvido de las sencillas virtudes evangélicas.
Las fuerzas vivas del pueblo no son tontas.
Advierten la reticencia del cura y lo detestan. Claro que intentan disimular
con la mueca verdosa de la hipocresía. Para ellos don Jacinto es un viejo
estúpido que pretende hacerse querer por los enemigos del orden y la propiedad.
Sueñan con vengarse: un cruel escarmiento para que todo siga como siempre.
Cuando viene la guerra, los ricos escapan como alma que lleva el diablo. Pero
Mosén Jacinto no les sigue. No está con ellos. Se queda en su lugar y con los
suyos. Con su pueblo. Y que sea lo que Dios quiera.
El cura de Almuniaced alterna con gran
acierto los soliloquios y sueños del sacerdote con los acontecimientos
exteriores que sacuden su conciencia. Mosén Jacinto es un personaje hondamente
unamuniano. Las dudas que lo torturan son muy parecidas a las del gran pensador
vasco. La aspiración cristiana a la eternidad que inevitablemente colisiona con
la urgencia de las contingencias mundanas. La religión íntima y personal en
conflicto con el aparato eclesiástico. La zozobra como fuente de clarividencia
espiritual. El reposo en el seno de la naturaleza frente a los cambios de la
historia. Las costumbres que fecundan la placidez de la vida. El fondo
intrahistórico del pueblo español manifestado a través de sus tradiciones
inmemoriales: fiestas, romances, supersticiones. La necesidad de separar la
religión de la política (pero, ¿es eso posible?). La importancia de la fe
viva, que duda, frente al dogma petrificado y muerto. La religión alternativa
de los no creyentes (los anarquistas, en este caso).
El estilo de Arana es excelente: expresivo,
castizo y rotundo. Frases repletas de lirismo y cortadas de manera perfecta.
Magníficas descripciones. Reiteración del sonido de las campanas para crear un
ambiente pleno de sugerencias (como la fuente de Bécquer). Brillantes diálogos.
El relato posee una gran belleza formal. Baste con este botón de muestra:
«La tarde era gozosamente azul, sin una
nube. Pasaban los santos trompicando en las piedras, astillándose a
cada tirón, mudos, con pesadez de tronco. Vióles la carne apolillada, llena de
manaderos de serrín muy pálido; los ojos ciegos, hincándose en el polvo y en el
azul con la misma obsesionante fijeza; las frentes duras, rebotadoras; los
muñones sin sangre...».
Cualquier lector recordará sin duda Réquiem por un campesino español o San Manuel Bueno, mártir, memorables
historias con las que El cura de Almuniaced está íntimamente
emparentado. En conclusión, una pequeña obra maestra que merece ser leída y
hasta releída, tal es su categoría ética y estética.