lunes, 19 de octubre de 2026

La Prisión General de los gitanos - Antonio Zoido

Título: La Prisión General de los gitanos
Autor: Antonio Zoido
 
Páginas: 304
 
Editorial: Almuzara
   
Precio: 21,95 euros 
 
Año de edición: 2025
 
Este sesudo, documentado y revelador ensayo histórico aborda un genocidio hasta ahora inexplicablemente olvidado, que ya retrató Raúl Quinto en su novela Martinete del rey Sombra (2023): la Prisión General de los gitanos decretada en 1749 por el rey Fernando VI, injustamente llamado «el Justo». Si Quinto nos regaló una estupenda novela histórica, muy bien documentada y fundamentada, Zoido nos ofrece ahora este ensayo, prolijo, riguroso y contrastado, que argumenta  que ese terrible episodio pudo ser en buena parte la causa de la pena negra, el fatalismo y las duquelas que han sido la base y el origen del flamenco desde su aparición. No en vano la obra se subtitula «el origen de lo flamenco».
 
Corrían por entonces vientos de Ilustración, modernidad y progreso. A los próceres españoles de entonces, especialmente al todopoderoso Marqués de la Ensenada y la jerarquía eclesiástica, les pareció que los gitanos, vagos, maleantes y reacios a someterse a las leyes terrenales y a las divinas —ni iban a misa ni les gustaba el catecismo—, eran un obstáculo serio para la regeneración de la patria. Ya desde su llegada a la península en 1499, los llamados egipcianos habían sufrido pragmáticas sucesivas que coartaban sus libertades: se les había prohibido tener caballos, vestir como cristianos, vivir en el campo, vivir en las ciudades y por último se les había conminado a establecerse en 17 ciudades concretas. Incuso, se llegó a mandarles a galeras como forzados y a acusarles injustamente de antropofagia. Un hostigamiento legal similar al que sufrieron moros y judíos, y que también finalizó de manera radical.
 
La Prisión General de los gitanos, también llamada Gran Redada, fue una operación bien planificada y coordinada en la que participó todo el ejército, de manera que en tan solo 16 días fueron apresados unos 12.000 gitanos, se suspendió el refugio en sagrado, y se separó a los hombres y a las mujeres para que no pudiesen reproducirse, y así exterminarlos. A los primeros se les envió a trabajos forzados a los astilleros y a las minas de Almadén, y a las segundas, junto con los niños, a trabajar tejiendo y como obreros en las fábricas, en Málaga, Valencia y Zaragoza, siempre en condiciones penosas.
 
El plan resultó ser un éxito a medias, por la fuga de gitanos para reunirse con sus familias, las huelgas de brazos caídos y los motines, lo que, unido a la destitución del Marqués de la Ensenada, facilitó que Carlos III acabase en 1763 con la pesadilla mediante un indulto. Habían pasado 14 años tremendos, que dejaron una honda huella en el alma gitana.
 
Zoido analiza en detalle los antecedentes, las causas, el desarrollo y las consecuencias de tan tremebunda operación, a través de documentos inéditos y testimonios históricos, con rigor y precisión, en un texto detallado, muy completo y sólidamente fundamentado, que incluye una selecta bibliografía al final. El estilo es claro y permite separar fácilmente los hechos demostrados de las valoraciones del autor.
 
En suma, un ensayo histórico clave para entender nuestro pasado. La crónica prolija y documentada de un intento de genocidio olvidado, paradójicamente cometido bajo el imperio de la Ilustración, y de la lucha denodada y resiliente de un pueblo para sobrevivir y conservar su identidad. Un episodio profundamente traumático que contribuyó decisivamente al nacimiento de una forma de expresión artística de nuestra cultura especialmente significativa. Un arte que representa la voz ancestral y desgarrada de Andalucía, cargada de historia y sentimiento.
 
Antonio Zoido (Monesterio, Badajoz, 1944) es un historiador y escritor español. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid y en Filosofía por la Universidad Gregoriana de Roma. En 1971 fue condenado en un Consejo de Guerra a 5 años de cárcel y en el Tribunal de Orden Público, a 3, por su activismo antifranquista y en defensa de las libertades. Cuando salió de prisión, cofundó el Partido del Trabajo de España, del que fue secretario general en Andalucía durante 4 años. 
 
En 1981 dejó la política activa y fundó, junto a otros editores, Editoriales Andaluzas Unidas, donde se encargó de dirigir la Biblioteca de la Cultura Andaluza hasta 1985. Ha publicado varias obras como Viaje al centro de la Cultura Andaluza , Los hijos de Platón, El dorado zumo de la pena y Los pobres de Zeus. Ha traducido del italiano El flamenco y los flamencos, del profesor Mario Penna y actualmente forma parte de la comisión asesora de la Enciclopedia General de Andalucía .
 
Antonio Zoido
 
Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

domingo, 18 de octubre de 2026

La cabra del señor Seguin - Alphonse Daudet

Alphonse Daudet (1840-1897)

La cabra del señor Seguin

—¡Siempre serás el mismo, mi pobre Gringoire! ¡Cómo! Te ofrecen un puesto de cronista en un buen diario de París y tienes el aplomo de rehusar… Pero mírate, desgraciado. Mira ese jubón agujereado, esas calzas derrotadas, esa cara flaca que pregona el hambre. ¡Ahí tienes, sin embargo, dónde te ha llevado tu pasión por los versos bonitos! He ahí lo que te han valido diez años de servicios leales en las páginas del señor Apolo… ¿No te da, al fin, vergüenza?

¡Hazte cronista, imbécil!, ¡hazte cronista! Ganarás buenos escudos, tendrás tu cubierto en casa de Brébant y podrás aparecer los días de estreno con una pluma nueva en el sombrero.

¿No? ¿No quieres? Pretendes seguir libre a tu modo hasta el fin… Pues bien, escucha un poco la historia de la cabra del señor Seguin. Verás qué es lo que se gana queriendo vivir libre.

El señor Seguin nunca había tenido suerte con sus cabras.

Todas las perdía de la misma manera: un buen día rompían la cuerda y se iban al monte, y allá arriba se las comía el lobo. Ni las caricias de su amo, ni el miedo al lobo, nada las retenía. Se trataba, a lo que parece, de cabras independientes, que querían a toda costa aire libre y libertad.

El bueno del señor Seguin, qué no comprendía en absoluto el carácter de sus animales, estaba consternado. Decía:

—Se acabó; las cabras se aburren conmigo, no conservaré ni una.

Sin embargo, no se desanimó, y después de haber perdido seis cabras de la misma manera, compró la séptima, solo que esta vez tuvo cuidado de buscarla muy joven, para que se acostumbrara mejor a vivir con él.

¡Ah, Gringoire, qué linda era la cabrita del señor Seguin! ¡Qué linda era con sus ojos dulces, su perilla de suboficial, sus pezuñas negras y lustrosas, sus cuernos rayados y sus largos pelos blancos que le hacían una hopalanda! Era casi tan encantadora como el cabrito de Esmeralda, ¿recuerdas, Gringoire? Y luego, dócil, cariñosa, se dejaba ordeñar sin moverse, sin meter la pata en la escudilla. Una cabrita deliciosa…

El señor Seguin tenía detrás de su casa un cercado rodeado de espinos. Allí fue donde instaló la nueva pensionista. La ató a una estaca en el sitio más bonito del prado, cuidando de dejarle mucha cuerda, y de cuando en cuando iba a ver si estaba bien. La cabra era muy feliz y pastaba con tanto gusto que el señor Seguin estaba radiante.

—Por fin—pensaba el pobre hombre—, ¡he aquí una que no se aburrirá conmigo!

El señor Seguin se equivocaba, su cabra se aburrió.

Un día, mirando al monte, se dijo: “¡Qué bien se debe estar allí arriba! ¡Qué gusto brincar en el brezo sin este maldito ramal que te desuella el cuello!… ¡Bien está, para el burro o el buey, pastar en un cercado!… Las cabras necesitan espacio”.

A partir de aquel momento, la hierba del cercado le pareció insípida. Se aburrió. Adelgazó, dio menos leche. Daba lástima verla todo el día tirando del ramal, con la cabeza vuelta en dirección al monte, dilatadas las narices, haciendo “¡Me!…” tristemente.

Bien notaba el señor Seguin que a su cabra le pasaba algo, pero no sabía lo que era… Una mañana, cuando acababa de ordeñarla, la cabra se volvió hacia él y le dijo en su lenguaje:

—Señor Seguin, escuche, languidezco en su casa, déjeme ir al monte.

—¡Oh, Dios mío!… ¡También olla! gritó el señor Seguin estupefacto, y del golpe dejó caer su escudilla; después, sentándose en la hierba, junto a su cabra—: Cómo, Blanquette, ¿quieres dejarme?

—Sí, señor Seguin.

—Tal vez estás atada demasiado corto; ¿quieres que alargue la cuerda?

—No vale la pena, señor Seguin.

—Entonces, ¿qué necesitas?, ¿qué quieres?

—Quiero irme al monte, señor Seguin.

—Pero desgraciada, ¿no sabes que en el monte está el lobo?… ¿Qué barás cuando aparezca?…

—Lo embestiré con mis cuernos, señor Seguin.

—El lobo se ríe de tus cuernos. Me ha comido cabras con más cuernos que tú. ¿Sabes, la vieja Renaude, la pobre, que estaba aquí el año pasado?, una cabra de una vez, fuerte como un macho cabrío, peleó con el lobo toda la noche… después, por la mañana, el lobo se la comió.

—¡Qué lástima! ¡Pobre Renaude!… No importa, señor Seguin, déjeme ir al monte.

—¡Divina bondad!…—dijo el señor Seguin—; ¿pero qué es lo que les pasa a mis cabras? Una más que me va a comer el lobo… ¡Pues no, vaya, te salvaré a pesar tuyo, picara! y para que no rompas la cuerda voy a encerrarte en el establo y allí estarás siempre.

El señor Seguin se llevó la cabra a un establo muy oscuro, cuya puerta cerró con dos vueltas. Desgraciadamente se había olvidado de la ventana, y apenas había vuelto la espalda, cuando la cabrita se marchó…

¿Te ríes, Gringoire? ¡Bueno!, lo creo, tú eres de los de las cabras, en contra del buen señor Seguin. Pronto veremos si te reirás.

Cuando la cabra blanca llegó al monte hubo un deslumbramiento general. Los viejos abetos no habían visto nunca nada tan lindo. Se la recibió como a una pequeña reina. Los castaños se inclinaban a tierra para acariciarla con la punta de sus ramas. La retama de oro se abría a su paso, despidiendo su mejor olor. Toda la montaña la festejó.

¡Piensa, Gringoire, lo feliz que sería nuestra cabra! Ni cuerda, ni estaca… ni nada que la impidiera pastar, brincar a su antojo… ¡Allí sí que había hierba! ¡Hasta por encima de los cuernos, amigo! ¡Y qué hierba! Sabrosa, fina, festoneada, formada por mil plantas… Bien distinta al césped del cercado. ¡Y flores! Grandes campánulas azules, dedaleras de púrpura con sus largos cálices, ¡toda una selva de flores silvestres, rebosantes de jugos embriagadores!…

La cabra blanca, medio borracha, se revolcaba allí dentro, con la patán al alio, y rodaba a lo largo de las pendiente, revuelta con las hojas caídas y las castañas…

Después, de un salto, se levantaba de repente sobre sus palas ¡Hop! y allá va, hacia adelante, a través de los bosques y los bojedales, tan pronto en un pico como en el fondo de un barranco, arriba, abajo, por todas partes… Parecía que había en el monte diez cabras del señor Seguin. Es que la Blanquette no tenía miedo a nada.

Franqueaba de un salto los grandes torrentes, que al pasar la salpicaban de polvo húmedo y de espuma. Después, chorreando toda, iba a echarse sobre cualquier roca plana y se secaba al sol… Una vez, al avanzar al borde de una meseta con una flor de citiso entre los dientes, distinguió abajo, muy abajo, en la llanura, la casa del señor Seguin con el cercado detrás. Esto la hizo llorar de risa.

—¡Qué pequeña!—dijo—. ¿Cómo habré podido aguantar allí?

¡Pobrecilla! Al verse encaramada tan alto, se creía por lo menos tan grande como el mundo…

En suma, fue una buena jornada para la cabra del señor Seguin. Mediado el día, corriendo a derecha y a izquierda, cayó entre un grupo de rebecos que estaban devorando una parra silvestre. Nuestra pequeña viajera vestida de blanco causó sensación. Se le dejó el mejor sitio en la parra, y todos aquellos caballeros fueron muy galantes… Incluso parece—esto para entre nosotros, Gringoire—que un joven rebeco de negro pelaje tuvo la buena suerte de gustar a Blanquette. Los dos enamorados se alejaron por entre los árboles durante una o dos horas, y si quieres saber lo que se dijeron, ve a preguntarlo a los indiscretos manantiales que corren invisibles entre el musgo.

De repente, el viento refrescó. El monte se volvía violeta; era el atardecer…

—¡Ya!—dijo la cabrita—; y se detuvo muy asombrada.

Abajo, los campos estaban ahogados en bruma. El cercado del señor Seguin desaparecía entre la niebla, y de la casita no se veía más que el tejado con un poco de humo. Oyó las esquilas de un rebaño que regresaba, y sintió muy triste el alma… Un gerifalte que volvía, la rozó con las alas al pasar. Tembló… después hubo un aullido en el monte:

—¡Uuuh, uuuh!

Pensó en el lobo; la muy loca no había pensado en él en todo el día. Al mismo tiempo se oyó una trompa muy lejos, en el valle. Era el bueno del señor Seguin que intentaba un último esfuerzo.

—¡Uuuh, uuuh!—hacía el lobo.

¡Vuelve, vuelve!… -gritaba la trompa,

Blanquette tuvo ganas de volver; pero acordándose de la estaca, la cuerda, el seto del cercado, pensó que ya no podría acostumbrarse más a aquella vida y que era mejor quedarse.

La trompa no se oía más…

La cabra percibió tras ella un ruido de hojas. Se volvió y vio en la sombra dos orejas cortas, muy derechas, con dos ojos relucientes… Era el lobo.

Enorme, inmóvil, sentado sobre sus cuartos traseros, allí estaba mirando a la cabrita blanca y saboreándola por adelantado. Como estaba seguro de que se la comería, el lobo no se apresuraba; únicamente, cuando ella se volvió, se echó a reír con maldad.

—¡Ja, ja! La cabrita del señor Seguin—y se pasó la gran lengua roja sobre sus labios resecos.

Blanquette se sintió perdida. Por un momento, recordando la historia de la vieja Renaude, que luchó toda la noche para ser devorada por la mañana, se dijo que tal vez lo mejor sería dejarse comer en seguida; después, sintiéndose arrebatada, se puso en guardia, la cabeza baja y los cuernos hacia adelante, como una valiente cabra del señor Seguin que era… No es que tuviera esperanza de matar al lobo, sino solamente para ver si ella podía resistir tanto tiempo como la Renaude…

Entonces avanzó el monstruo y los pequeños cuernos entraron en juego.

¡Ah, la valiente cabrita! ¡Qué animosa! Más de diez veces, y no miento, obligó al lobo a retroceder para tomar aliento. Durante estas treguas de un minuto, la glotona cogía todavía a toda prisa una brizna de su querida hierba; luego volvía al combate con la boca llena… Esto duró toda la noche. De cuando en cuando, la cabra del señor Seguin miraba las estrellas bailar en el claro cielo y se decía:

—¡Oh, con tal que resista hasta el alba!…

Una tras otra, las estrellas se extinguieron. Blanquette redobló sus embestidas, el lobo sus dentelladas… Un resplandor pálido apareció en el horizonte… Desde una alquería subió el canto de un ronco gallo.

—¡Por fin!—dijo el pobre animal, que solo esperaba al día para morir; y se tendió en tierra, envuelta en su bella piel blanca toda manchada de sangre…

Entonces el lobo se arrojó sobre la cabrita y se la comió.

¡Adiós, Gringoire!

La historia que has oído no es un cuento de mi invención. Si alguna vez vienes a Provenza, nuestros caseros te hablarán muchas veces de la «cabra del señor Seguin, que luchó toda la noche con el lobo, y después, por la mañana, el lobo se la comió”.

—Óyeme bien, Gringoire:

«Y después, por la mañana, el lobo se la comió».

Alphonse Daudet, 1866

Publicado por Antonio F. Rodríguez.