Hoy traigo a este blog un libro muy atrayente y
entretenido, de un género que a mí particularmente me parece difícil: el género
epistolar. En el libro no hay un narrador único, sino varios, todos los redactores
de las distintas cartas que lo componen. La mayoría aluden a un tiempo pasado o
a intenciones para un futuro cercano. Con estas premisas el autor se autoimpone
unas restricciones inflexibles para contar una historia que avance de forma
natural, fluida y no forzada, sólo a través de cartas.
La protagonista, Sybil van Antwerp, es una mujer
mayor adoptada de niña, jubilada, divorciada, con dos hijos y dos nietos, que
ha desarrollado una larga carrera en la judicatura como asistente de un juez,
vive sola en una preciosa casita con vistas al rio y está perdiendo la visión.
Tiene una costumbre desde niña: escribir cartas, es su manera de relacionarse,
la correspondencia es una parte de su vida, su eje, las cartas dicen quién es
ella. Les atribuye ventajas sobre la palabra hablada, como que son meditadas,
sin impulsos, admiten correcciones y ajustes, son más certeras y adecuadas. Las
palabras escritas son inmortales, las pronunciadas o quedan en la memoria o se
las lleva el viento.
Sybil se cartea con bastante gente, en
particular con Rosalie, su amiga de la infancia que, con el paso del tiempo, se
ha convertido en su concuñada y comparten apellido de casadas; también se
escribe con frecuencia con sus dos hijos y con su hermano, los familiares
directos que tiene; asimismo cruza cartas o correos electrónicos con otros
personajes: su vecino, antiguos compañeros de profesión, su médico, la decana
de la facultad a la que quiere asistir como oyente, un muchacho con escasas
habilidades sociales hijo de un juez amigo... un mosaico de personajes con los
que a golpe de correspondencia, paso a paso, se va conociendo la historia de su
vida. Los datos y las personas se van acoplando conforme avanza el libro, en
varias cartas se responden preguntas y a la vez se formulan otras nuevas, y en
algunas se explica algo a otra persona, y por ende, al lector. Sybil guarda las
cartas que recibe, almacena cientos, quizás miles; le agrada pensar que cada
una de ellas tiene continuación en otra carta en alguna parte, que puede ser
otro archivo o una bolsa de basura.
Hay tres sucesos importantes que dejan una
impronta marcada en su vida: la trágica muerte de su hijo a los doce años, unas
cartas inquietantes y acosadoras que hacen referencia a un episodio de su etapa
en el juzgado y el hallazgo en análisis de coincidencias genéticas importantes
con otras personas.
Estamos ante un libro estupendo, que nos habla
de la soledad, la independencia y la fragilidad de las personas, de la red de
apoyo que necesitamos, de la capacidad de cambiar a una edad avanzada y del
consuelo que proporciona la escritura. Recuerda sin duda a la excelente 84, Charing Cross Road de Helene Hanff por la
estructura, toda la historia se da conocer progresivamente a través de múltiples
cartas, aunque en La corresponsal es más
elaborada y compleja. Otro aspecto común entre ambos libros es el tono
desenfadado, casi familiar que la protagonista emplea con un empleado de una
empresa de análisis genético, frente al distinto tono, amable pero profesional,
que recibe en las contestaciones. Excepto en este caso, el tono y estilo de los
distintos personajes escritores de cartas es más uniforme.
Virginia Evans
Virginia Evans nació en 1986 en Carolina del Sur y se crió en Maryland. Es licenciada en Literatura Inglesa por la Universidad de Virginia y obtuvo un máster en Filosofía y Escritura Creativa en el Trinity College de Dublín. Ha desempeñado diversos trabajos: directora del Rotary Club
de su ciudad, administrativa de un cirujano ortopédico, trabajó con un abogado
especialista en bancarrotas y también de barista.
Anteriormente a este libro había escrito otros
siete, el primero a los 19 años, uno de ellos editado de forma independiente,
sin éxito. Esta es su primera novela publicada con la que ha tenido gran éxito
y creo que es el inicio de una carrera prometedora. Su pasión por la literatura
queda reflejada en la obra, ya que cita un buen número, más de veinte obras
literarias la mayoría de autores norteamericanos y algunos británicos, que
comenta la protagonista con su amiga.