viernes, 22 de mayo de 2026

La ruina de la civilización antigua - Guglielmo Ferrero

Título: La ruina de la civilización antigua
Autor: Guglielmo Ferrero
 
Páginas: 164
 
Editorial: Siruela
  
Precio: 16,95 euros 
 
Año de edición: 2023

La caída de Roma. El fin del mundo clásico. La llegada de los bárbaros. Pocos acontecimientos históricos han atraído tanto la atención. Se siguen estudiando las razones de la desintegración de un imperio que dominó durante siglos gran parte de Europa, el norte de África y el Oriente Próximo. Roma supo integrar bajo leyes comunes a los pueblos más diversos e hizo una aportación decisiva a la cultura occidental. El imperio romano parecía eterno, tranquilamente mecido por las aguas tibias del Mediterráneo. Pero a finales del siglo V el occidente europeo era una ruina humeante y despoblada. Otros pueblos ocuparon el solar romano. Empezaba la larga noche medieval. Como recuerdos melancólicos de un pasado glorioso quedaron las ruinas, que aún hoy impresionan al viajero.

El historiador italiano Guglielmo Ferrero publicó La ruina de la civilización antigua inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial. Durante un período de angustia para Europa, que el sabio italiano compara con la crisis del siglo III que marcó el comienzo de la decadencia romana. Así que Ferrero se muestra partidario del axioma de que la historia es maestra de la vida. De ella pueden sacarse lecciones provechosas para el presente. 

Hasta el año 235, en que fue asesinado el emperador Alejandro Severo, el mundo clásico, asegura Ferrero, estaba intacto. Claro que había señales premonitorias de la crisis: crecían los precios, los bárbaros presionaban en las fronteras, el ejército interfería cada vez más en la política y el senado perdía poder. Pero Roma seguía siendo Roma. Un imperio fuerte, temido y orgulloso. Cuando comenzó la anarquía fue el principio del fin.  

Para el autor, el gran problema de Roma fue una crisis política que aniquiló los fundamentos constitucionales del imperio. En el siglo I y II el senado era una institución respetada por todos. También por los emperadores. Un emperador podía ser elegido por el ejército, pero la legitimidad siempre la recibía del senado. Las reglas estaban claras, la élite gobernante era reducida y la cultura politeísta grecolatina no era cuestionada. El imperio romano no era una monarquía absoluta, sino un reparto pragmático del poder entre el emperador y las élites senatoriales, provinciales y locales. La sucesión de los emperadores no era hereditaria. El emperador era el primer ciudadano y debía someterse a las leyes. Se trataba, en fin, de una república aristocrática. 

Con Septimio Severo, a principios del siglo III, el emperador se va convirtiendo en un monarca despótico de tipo asiático. El senado acabará siendo una cáscara vacía. El ejército nombra y depone emperadores cuando le viene en gana. Comienza un período de anarquía. A lo largo de 50 años, entre el 235 y el 285, un huracán de guerras civiles (todos querían ser emperadores), invasiones bárbaras y rebeliones sociales acaba con el mundo clásico. 

La crisis material viene acompañada de la crisis moral. El politeísmo estatal entra en crisis y progresan los cultos orientales, sobre todo el cristianismo. Como una termita, los cristianos, cada vez más numerosos, minan los fundamentos de la sociedad clásica. El universalismo moral cristiano es contrario al exclusivismo romano, basado en la separación drástica entre civilizados y bárbaros. La religión era para los romanos una institución estatal más. Debía contribuir a la estabilidad. Los emperadores no soportaban la polémica religiosa, ni los dogmas. Los cristianos, divididos en diversas sectas enfrentadas entre sí, contribuyeron a la desintegración general. 

Las ciudades pequeñas se despueblan. Las élites tradicionales son aniquiladas. Tremendas pestes diezman a la población. La cultura romana se evapora. Diocleciano y Constantino, a principios del siglo IV, reflotan una sociedad barbarizada convirtiendo el imperio en una monarquía absoluta y burocrática. El final, aunque lento, fue inexorable. 

Guglielmo Ferrero destaca la importancia del principio de autoridad en la supervivencia de las sociedades. Las instituciones necesitan ser legítimas: aceptadas mayoritariamente por la sociedad, que las reconoce y considera como propias. Esto es clave para la pervivencia de cualquier estado. En definitiva, la fuerza moral es esencial. De esa fuerza emana la autoridad, que es contraria a la arbitrariedad. Las instituciones apoyadas exclusivamente en la fuerza bruta acaban siendo efímeras. Cuando Roma perdió su moral, las instituciones se secaron como árbol sin raíz, aunque la agonía durara siglos.

Como liberal, Ferrero apuesta claramente por un modelo constitucional y de reparto del poder. El abuso de la fuerza sin autoridad condujo a Roma al desastre. Este librito es de lectura apasionante. Habla de la Roma tardía, pero también del tiempo en que fue escrito y de los que vengan. Recomendable. 

Guglielmo Ferrero

Guglielmo Ferrero (1871-1942) fue un historiador italiano nacido en la localidad de Portici, cerca de Nápoles. Estudió derecho en Pisa, Bolonia y Turín. Educado en el positivismo, fue discípulo de Cesare Lombroso, con cuya hija se casó. Viajó extensamente por Europa. Entre 1901-1907 publicó su monumental Grandeza y decadencia de Roma. También escribió alguna novela. 

Pero su libro más importante, considerado como uno de los clásicos de la ciencia política, es Poder. Los genios invisibles de la ciudad (1942). De ideas liberales, los fascistas pusieron a Ferrero bajo arresto domiciliario. En 1929 se exilió en Suiza, en donde dio clases en la Universidad de Ginebra. En 1939 visitó en su exilio a Manuel Azaña, con quien tenía amistad. El profesor Ferrero falleció en Mont Pèlerin en 1942. 

Publicado por Alberto. 

jueves, 21 de mayo de 2026

Los recuerdos del viejo Jack - Wendell Berry

Título: Los recuerdos del viejo Jack
Autor: Wendell Berry
 
Páginas: 180
 
Editorial: Chai Editora
  
Precio: 21 euros 
 
Año de edición: 2026
 
Pocos libros con capaces de evocar una forma de vida y una cultura con la fuerza que lo hace esta poderosa novela, aparecida originalmente en 1974 y recientemente publicada en castellano por Chai Editora, un sello dedicado al descubrimiento y traducción de narrativa contemporánea de todo el mundo.
 
Ambientada en 1952, en el pueblo imaginario de Port William, situado en el más profundo Kentucky, esta bonita novela nos cuenta el último día en la vida de Jack, un viejo granjero de la vieja escuela, un hombre de palabra, honesto, leal y trabajador, respetado por todos, que se ha arruinado más de una vez y ha tenido que volver a empezar casi desde cero, que una vez estuvo a punto de convertirse en un hacendado, pero tuvo mala suerte y perdió su oportunidad por una tontería. El hombre vive en un pequeño hotel muy especial, que en realidad es una residencia de ancianos y pasa el día entre el porche del establecimiento, la barbería, un banco al sol que suele estar vacío y el colmado del pueblo, rememorando su vida. Así nos vamos enterando de su historia, de las peripecias que pasó y de las mujeres que amó: Ruth, una cabeza rubia en la iglesia de la que se enamoró, pero luego el matrimonio no funcionó bien, se desilusionó cuando «descubrió con consternación que Jack andaba sin calcetines en verano y dormía en camisa en invierno»; Clara, su hija, de la que se distanció cuando creció, y Rose, su amante apasionada y su tierra prometida. De cómo conoció al  que llegó a ser su mejor amigo, Will Wells y cómo lo perdió, y mil episodios más, a cual más sabroso.
 
Pero el tema de estas páginas es un modo de vida de otra época, el de los granjeros de pocas palabras, gente de fiar, estoicos y sufridos, chapados a la antigua, supervivientes en su particular arcadia que se fajan ante los sinsabores de la existencia y lo encajan todo con serenidad. Un ambiente en el que se valora la habilidad de cada uno para las tareas del campo y para sacar adelante una propiedad; un mundo en el que el prestigio entre pares lo es todo y en el que cada día trae un nuevo afán.
 
Una novela del Oeste diferente, que sabe a verdad, realista y escrita con compasión, que contrapone el apego a la tierra, las tradiciones y las costumbres antiguas, el valor de la pertenencia a una comunidad solidaria y la identidad rural al progreso acelerado y voraz, al llamado desarrollo sostenible un oxímoron como otro cualquieray a la economía faústica que promete un paraíso y entrega a cambio un infierno. Se hace hincapié en las tareas comunitarias, el trabajo gozoso, la diferencia entre el trabajo esperanzado y el trabajo desesperado, el esfuerzo y el sacrificio, y también en los bailes de los sábados.
 
El lenguaje es sencillo y de una curiosa belleza, que sabe a pura autenticidad. El ritmo es moroso, tranquilo, la narración se remansa como un río tranquilo y la lectura resulta relajante sin llegar a ser pesada. Abundan los capítulos que comienzan presentando a un nuevo personaje, que en principio no tiene nada que ver con el hilo de la narración... hasta que se conecta con la historia principal. El texto está lleno de frases redondas como sentencias, de las que se recuerdan durante mucho tiempo, como éstas, por ejemplo: «Jack conoce a Ben Felter desde hace casi cuarenta años y nunca lo ha visto ni apresurado ni enfadado», «Después de haber vivido lo suficiente, uno muere y eso está bien», «Soy como un perro viejo. En mi cabeza no hay más que sopa y alguna que otra mosca», «Ese es el orden que conoce: la necesaria relación entre el trabajo y el hombre», «Las miradas silenciosas que se cruzaban los unían y los separaban a la vez», «... se había convertido en un hombre cuya presencia modificaba el comportamiento de los demás», «La ignorancia moderna consiste en la creencia de la gente de ser más inteligentes que su propia naturaleza. En la arrogancia de no creer nada que no puedas comprender y de no valorar nada que no puedas vender», «Hijo, ¿le debes algo a alguien? Pues mientras le debas algo, no vales nada», «Sé lo que un hombre puede hacer en un día», «Si vas a hablar conmigo, tendrás que usar los pies».
 
Una novela con encanto, conmovedora y auténtica como un trago de agua fresca. Muy bien escrita y plagada de personajes bien caracterizados. Un libro de mucha calidad que, en realidad, sospechamos que retrata al hombre que le gustaría ser al autor, algo así como su ideal: un granjero estoico y trabajador, respetado en su comunidad. Tal y como está el mundo, no es un mal plan de vida.
 
La estupenda versión española del original en inglés es obra de Vincenzo Perna,  
 
Wendell Berry (Henry, Kentucky, 1934) es un granjero y escritor estadounidense. Hijo de un abogado y productor agrícola, tanto la familia de su padre como la de su madre han tenido granjas en el Condado de Henry durante al menos cinco generaciones. Estudió e hizo un máster sobre Literatura Inglesa en la Universidad de Kentucky, donde conoció al también escritor Gurney Norman.
 
Realizó un curso de escritura creativa en la Universidad de Stanford y publicó su primera novela, Nathan Coulter, a los 26 años. Al año siguiente consiguió una beca Guggenheim para escribir. Viajó por Francia e Italia. Ha enseñado inglés en la Universidad de Nueva York y escritura creativa en la Universidad de Kentucky. A los 31 años compró una finca de 50 ha y desde entonces se dedica a cultivarla tierra, los animales y a escribir. Se ha manifestado muy activamente en contra de la Guerra de Vietnam, la pena de muerte y a favor de causas ecológicas.
 
Ha publicado 16 volúmenes de narrativa, 36 ensayos y 27 libros de poesía.
 
Wendell Berry
 
Publicado por Antonio F. Rodríguez.