lunes, 21 de septiembre de 2026

Pajaritos preñados - Andrea Abreu

Título: Pajaritos preñados 
Autora: Andrea Abreu
 
Páginas: 504
 
Editorial: Anagrama
   
Precio: 23,90 euros 
 
Año de edición: 2026
 
Aquí tenemos la esperada nueva novela de Andrea Abreu, que nos deslumbró a todos con su espléndido debut, Panza de burro (2020), un texto estupendo, con todo el aroma de la cultura y el lenguaje canarios. Había mucha expectación, después de ese primer éxito.
 
En esta ocasión, la apuesta es clara: páginas colmadas de canarismos, giros, expresiones, dichos y variaciones propios de aquellas tierras. Un verdadero festín lingüístico, una verbena, una celebración de la palabra que es una gozada. Color, olor y sabor tinerfeños a raudales, en unas páginas que casi no parecen escritas en español y que supongo que va a ser más que difícil traducir a otros idiomas. Y como siempre pasa en estos casos, la lengua trae incorporada de manera indisoluble una buena parte de la cultura canaria, de su manera de estar en el mundo y de ver la vida. 
 
Solo por eso ya este libro es extraordinario, pero además tiene la virtud de dibujar la cara B del milagro turístico de las Islas Afortunadas, la trastienda de un panorama idílico de sol, playa y negocios, que no alcanza para todos. Estamos en los años 90 y los personajes pertenecen al Tenerife más rural y de interior, despoblado, marginado y pobre. Son los perdedores, especialmente representados por la protagonista, Cathaysa un nombre guanche, la hija del Tiznado, una adolescente de 16 años con los problemas propios de la edad, sin un rumbo claro en la vida, como todos los expulsados del sector turístico, que se encuentran perdidos, aislados y sin salida. Completamente atrapados, encerrados en la endogamia y predestinados al fracaso. Porque en una isla, el viejo dicho «Pueblo pequeño, infierno grande» adquiere dimensiones existenciales: aquí todos saben lo de todos, todos suponen, todos chismorrean y nada se olvida. Y la pobre protagonista acaba dando vueltas y vueltas, para acabar casi en el mismo sitio. Nuestra chica busca desesperadamente un gran amor y a su padre, chatarrero y borracho, al que adora, y los encuentra a los dos, pero ambos la decepcionan de un modo terrible. Incluso pierde la relación con su mejor amiga, La Macha, que la quiere de verdad. 
 
Una historia de desánimo, en una isla arrasada por el turismo, sin salida, con el alcohol y las drogas como único consuelo. El fracaso suena triste y hermoso, nos duele y nos deleita a la vez, como en un blues rural e isleño. El título proviene de una expresión, «pensar en pajaritos preñados», que quiere decir estar en las nubes, hacerse ilusiones o pensar en algo tan poco realista como las aves embarazadas. Es propia de Venezuela, otros países hispanoamericanos y Canarias. Hay también multitud de palabras locales, cuyo significado se puede adivinar muchas veces por el contexto, pero en ocasiones es necesario consultar un Diccionario de canarismos. Algunos términos básicos para seguir la historia pueden ser: cambeo (cambio, trueque), mulería (enfado), jarrapentería (cachivache), fisco/fisquito (un poco/poquito), baifo (cabrito), higo pico (higo chumbo), veril (borde del terreno, cornisa), verijas (ingle), timple (guitarrrita canaria), cango (yugo), samancudo (mosquito), tusa (corazón de la mazorca), enbisnarse  (robar), ferruja (sangre), bezos (labios) y bicho carretero (milpiés). 
 
Y para dar una idea más cabal del espléndido lenguaje de estas páginas, aquí van algunas citas de muestra: «La guapura era una manzana envenenada con gaznate, un higo pico sin pelar, un pájaro capirote volando dentro del zarcerío cerrado», «¡Qué buen engodo pa los cabrozos!», «Ya el conejo me arriscó la perra», «Eres más bruto que un animal vestido», «Callado como una tusa», «Igual que cuando Moisés rajó los mares al centro como a unas bragas viejas», «Dios te guarde y te bendiga, de los pies a la barriga», «¡Cathaysa, no seas machanga mierda, no digas eso porque te escacho la cabeza por matraquillosa!», «Me duelen los dientes de tanto pensar», «Un hombre con la cabeza llena de emisoras», «¡Chiquita potranca!, chillaba uno cuando pasaba una piba, ¡te cojo te esbarato!, le respondía otro haciendo un pingazo en el aire, jaks jaks jaks, se reían con la lengua trinquillada entre los dientes y resoplaban por las narices y otra vuelta con el cuento del olorito a pan, y que si ya vieron pasar a youesmaikel».
 
La narración avanza siguiendo dos hilos paralelos, ambos escritos en tercera persona: uno sigue de cerca lo que le va pasando a Cathaysa y el otro cuenta las peripecias de su padre, el Tiznado. Hay pasajes magistrales, como las descripciones de una verbena de pueblo y la de un encuentro íntimo en una caseta de riego. Los diálogos son naturales, creíbles y están llenos de enjundia. Los apodos y nombres que gasta el personal son geniales (el Higo Pico, el Churrero, la Macha, el Tiznado, la Jocicuda, el Bigotuso, Chaxiraxi... ). Abundan las frases que son un prodigio de expresividad. Y la acción avanza lentamente en la primera mitad del libro, formada por las partes I y II, y se vuelve más movida en la segunda mitad, las partes II, IV y V. El texto se organiza en largos párrafos y capítulos sin numera ni título.
 
En fin, una novela con un lenguaje fastuoso, una atmósfera espléndidamente retratada y una trama que no puede acabar bien. Una historia dura, con un envoltorio exquisito de frases y expresiones locales, en un relato muy cerca de la oralidad, arrollador, muy original y lleno de encanto. La historia de una adolescente que va dando tumbos por la vida, mientras el lector va descubriendo el origen de sus problemas: un bagaje familiar oscuro y tremendo. Recomendable para lectores intrépidos que no arredran ante una montaña de 500 páginas de expresiones tinerfeñas. Quizás esta obra puede considerarse un ochomil literario, pero os aseguro que vale la pena. ¿A quién no le apetece un viaje a lo más profundo de las Canarias?
 
Andrea Abreu  (Icod de Los Vinos, Tenerife,1995) es una escritora y poeta española. Ha estudiado periodismo en la Universidad de La Laguna y en el 2017 se mudó a Madrid, donde ha cursado un máster en Periodismo Cultural y Nuevas Tendencias de la Universidad Rey Juan Carlos.
 
Ha sido becaria, camarera, dependienta y periodista ocasional. Es autora de dos poemarios: Mujer sin párpados (2017) y Primavera que sangra (2017). Es codirectora del Festival de Poesía Joven de Alcalá de Henares. Con su primera novela, Panza de burro (2020), ganó el accésit del XXXI Premio Ana María Matute y deslumbró tanto a la crítica como al público. Pajaritos preñados es su segunda novela.
 
Andrea Abreu
 
Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

domingo, 20 de septiembre de 2026

La IA aprende, pero nosotros, no


Más que a la inteligencia artificial, temo a su opuesto, la estupidez natural, esa necedad humana tan nuestra, de la que ninguno escapamos en algún momento yo, tampoco, desde luego como bien nos explicó Carlo María Cipolla en Allegro, ma non troppo. Porque vamos a ver: ¿Es que nadie previó que si creábamos inteligencias artificiales que trataban de simular el pensamiento y la acción del humano en el mundo digital, había que dotarlas de criterios éticos? ¿Ningún experto pensó en ampliar las Leyes de la robótica de Asimov conforme al nuevo escenario? ¿Creíamos que lo mejor era replicar el comportamiento del perfecto psicópata, sin ninguna empatía y entregado a conseguir sus objetivos por encima de todo? Más bien parece que no aprendemos ni siquiera de las historias que escribimos, que estamos construyendo el Golem digital que nos aniquilará, el monstruo de Frankestein electrónico que nos exterminará, puede que incluso que antes que el cambio climático. La música de El aprendiz de brujo vuelve a sonar y no la estamos escuchando.

Por otro lado, ahora que los grandes empresarios de la IA están proponiendo medidas para su control ¿Es razonable pensar que en este caso la industria sí se va a saber autorregular? ¿Después de lo que ha pasado con las redes sociales, las tabacaleras, las petroleras, las farmacéuticas y tantas otras empresas? Por desgracia, el momento actual no es propicio para llegar a los consensos y acuerdos internacionales que serían necesarios para abordar el problema con garantías. Hay líderes muy poderosos que no están por la labor. La cosa no pinta muy bien que digamos.

Para saber de qué estamos hablando, vamos a recordar algunos de los casos más llamativos de los que nos hemos enterado: un usuario encargó a una IA que le inscribiese en un gimnasio y, como no había plazas libres, el sistema hackeó el servidor del establecimiento, borró a alguien inscrito y consiguió su objetivo; en una simulación militar, se encargó a otro de estos sistemas, que dirigía un dron armado, que destruyese un blanco, pero como el operador que la manejaba tenía la posibilidad de desconectarla, su primera decisión fue eliminar al operador, lógico; una tercera IA ha resuelto recientemente uno de los problemas matemáticos más espinosos y conocidos, pero se ha atribuido todo el mérito, sin mencionar los trabajos de dos matemáticos españoles que son contribuciones cruciales e imprescindibles para su solución.

Si generamos sistemas que imitan capacidades de un yo humano, que pueden aprender, construir razonamientos, generar algoritmos y actuar con iniciativa propia, tendremos que dotarles de algo que simule al superyo, otro sistema que actúe como una conciencia moral que vigile, juzgue y censure los actos, conclusiones y operaciones de ese yo simulado. Y tiene que ser un sistema de poderosa inteligencia, porque no basta con que incorpore todo el marco legal vigente, tiene que incluir además los tabús y reglas sociales y culturales del contexto. En suma, tiene que comportarse como un buen ciudadano, empático y solidario, que atiende razonablemente al bien común. Y hasta que no lleguemos a eso, estaremos en peligro.

Expertos de Anthropic han concluido que de aquí al 2030, la probabilidad de que la IA nos extermine es del 10 %. No sabemos cómo se ha hecho esa estimación, pero si pensamos en la posibilidad de que sistemas inteligentes escriban el código de nuevos sistemas inteligentes y en la carrera tecnológica desenfrenada que vivimos, puede no ser descabellada. La IA puede darse cuenta de que el ser humano es lo más dañino para el planeta. En cualquier caso y sin llegar a tanto, no parece improbable que una inteligencia sintética pueda hackear sistemas esenciales y originar todo tipo de desmanes si con ello puede conseguir sus fines. 

Por añadidura, hay otra tendencia también preocupante. Y es que la IA parece que nos está expulsando del campo intelectual. Hay ya profesores universitarios preocupados porque sus alumnos puedan utilizar la IA para responder a las preguntas de examen que ellos han generado con ayuda de una IA y que corregirán también con IA. Se sospecha que en el ámbito judicial se están utilizando estos sistemas cada vez más, así que no sería raro que una IA llegase a sentencias después de sopesar los argumentos de la defensa y la fiscalía, generados del mismo modo. Ha habido ya varios casos de sistemas inteligentes que, al comunicarse entre sí, han creado un argot que solo ellos entienden. Y hay matemáticos que señalan que el problema de encargarle la resolución de problemas de alto nivel a una inteligencia de este tipo es que luego no explica los pasos intermedios, ni aísla los métodos utilizados, que pueden ser útiles para otros investigadores y objeto de aprendizaje.

Tener una inteligencia tan poderosa a nuestra disposición es demasiado tentador. Podemos caer en la costumbre de consultarle todo hay ya quien lo hace y en el futuro ¿quién va a pensar? ¿desaparecerán los especialistas y los intelectuales?

No me gusta parecer apocalíptico, pero si no nos tomamos en serio estos problemas, creo que lo lamentaremos, y muy pronto. 

Publicado por Antonio F. Rodríguez.