El turbulento don Miguel de Unamuno tuvo durante los años veinte un duelo singular con Miguel Primo de Rivera, dictador jerezano de zarzuela, gran jugador, bebedor y parlanchín. Acabó siendo destituido de su rectorado en la Universidad de Salamanca y deportado a Fuerteventura. Se escapó en un velero. Recaló en Francia. Instalado en una buhardilla de París, Unamuno, hombre pasional, se aburría como una ostra entre tantos galos. Se dedicaba a leer, escribir poemas y pasear. Ya se sabe que don Miguel tenía una manera muy curiosa de tratar a los demás: hablaba él y todo el mundo debía escuchar. No dialogaba; monologaba consigo mismo, o, mejor, con sus varios yos, a menudo enfrentados entre sí. Miguel de Unamuno era una contradicción viviente que hacía de sus zozobras espirituales un espectáculo.
En 1925 publicó en francés un importante ensayo filosófico-teológico con el polémico título de La agonía del cristianismo. No se publicó en castellano hasta 1931. Unamuno explica que para él agonía significa lucha. El cristianismo es una religión agónica porque en el alma del creyente pelean el fuego de la fe con el hielo de la razón. El resultado es una controversia interminable que dura lo que dure la existencia del creyente agonizante. Aquí se aprecian influencias de su favorito Kierkegaard, que decía que la vida es una enfermedad mortal que nos conduce indefectiblemente a la muerte. Pero Unamuno no quería morir sin antes pelear. Contra los demás y contra sí mismo. Era un tipo batallador. Nuevo don Quijote.
Unamuno define según su criterio el verdadero cristianismo. Se trata de una religión universal e individual que se revela en el alma de cada cristiano a través de la gracia. Las obras no son suficientes. La fe es un regalo de la divinidad. Querer creer es quizá signo de que Dios se preocupa por el creyente. Desde luego, el fin de la religión es garantizar la inmortalidad personal. Dios e inmortalidad son intercambiables en Unamuno.
El filósofo vasco considera que los únicos cristianos verdaderos eran los eremitas que se retiraban a la más profunda soledad para alcanzar el cielo. El cristianismo está por encima de la historia; es un credo que dice lo siguiente: los hombres viven ciertamente en sociedad; cada hombre, en cambio, muere solo, y la muerte es la suprema soledad. Pero existe el aspecto institucional de la religión: la iglesia. Y la iglesia sí es de este mundo. Las adherencias sociales convierten al cristianismo genuino en otra cosa; por ejemplo: catolicismo o jesuitismo, un negocio como otro cualquiera.
El cristianismo no es de derechas o de izquierdas, ni patriota ni antipatriota, ni socialista ni antisocialista. Las disputas mundanas entre los hombres son legítimas dentro del progreso histórico. Sin embargo, el cristianismo no se fundamenta en ningún progreso sino en la eternidad. El supuesto cristianismo social es para Unamuno como «química azul», un sinsentido.
Este librito trata de asuntos verdaderamente interesantes, sea el lector creyente, no creyente o agonizante a lo Unamuno. Jesús, para el sabio bilbaíno, fue un judío apocalíptico que esperaba el inminente establecimiento del reino de Dios en la tierra. Su reino no era de este mundo. Quizá ni siquiera creía en la inmortalidad del alma, idea helénica, sino en la resurrección de los cuerpos al estilo hebreo. San Pablo era un fariseo helenizado que «tartamudeaba su poderoso griego polémico» y que convirtió la fe étnica de Jesús en un credo universal, en «donde no hay ni griegos ni judíos», sino hombres a secas.
También se habla aquí de Pascal, Santa Teresa, León Chestov y del fraile rebotado Jacinto Loyson. Pero, según Unamuno, la tensión agónica del cristianismo prosigue sin tregua en el alma de cada creyente: fe o razón, religión o ciencia, Dios o nada. Este combate agónico entre supuestos contrarios nunca alcanza una síntesis superadora. Unamuno no era precisamente un hegeliano. La vida es una contradicción permanente, lucha, agonía.
Quien haya leído Del sentimiento trágico de la vida (1913) recordará sin duda motivos que se repiten en esta obra, que no es exactamente un resumen del primero. Lo que hace Unamuno es reevaluar sus pensamientos de una manera más intensa y personal. El estilo es desgarrador, conceptuoso, retórico, a veces difícil. No hay una argumentación racional como tal sino una dialéctica agónica que puede sorprender y hasta molestar al lector. En realidad, esto último es un valor del estilo unamuniano, que nunca deja indiferente, aunque cabe rechazar ciertos arrebatos apasionados y hasta disparatados. En conclusión: un ensayo polémico y genial de uno de los grandes escritores españoles. Recomendable.
Miguel de Unamuno (1864-1936) fue un escritor y filósofo español nacido en Bilbao. Unamuno vivió de niño la última guerra carlista, a la que dedicaría su primera novela, Paz en la guerra (1897). En Madrid estudió filosofía y letras, y se doctoró en 1884 con una tesis sobre la prehistoria de la raza vasca. Hizo oposiciones, empezó a escribir, a traducir y a darse a conocer en el mundillo intelectual del momento. En 1891 ganó la cátedra de griego en la Universidad de Salamanca. Allí se fue a vivir con su mujer Concha Lizárraga. Tuvo nueve hijos. Fue socialista. Le encantaba la polémica. En 1895 publicó En torno al casticismo; Del sentimiento trágico de la vida, su principal tratado filosófico, es de 1913, y en 1914 se editó la genial novela, o nivola, Niebla.
Unamuno compartió con otros miembros del grupo del 98 la preocupación por España, a la que encontraban alicaída, cejijunta y sin fe. Don Miguel se metió en problemas. En 1914 le destituyeron como rector de la Universidad de Salamanca. Fue aliadófilo y rechazó la dictadura de Primo de Rivera, que lo mandó al destierro. Desde París, Unamuno no cejaba en su lucha por la libertad de España. En 1931 se convirtió en uno de los padres de la Segunda República. Siempre contradictorio, no tardó en desencantarse del nuevo régimen, sin abandonar sus ideas liberales. En 1936 apoyó fugazmente a los sublevados. Horrorizado por la represión, el 12 de octubre de 1936 se enfrentó a brazo partido contra el legionario mutilado Millán-Astray en un mítico incidente: «Venceréis, pero convenceréis». De nuevo destituido del rectorado y confinado en su casa, Unamuno falleció el último día de 1936, hay quien dice que asesinado.



