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| Emilio S. Belaval (Fajardo, Puerto Rico, 1903-1972) |
Tormenta platanera
La tormenta platanera es un viento flojo que no
arrasa ni mata, pero que desaparta a un jíbaro de su rancho. Aquella noche, en
que Isabelo Carrillo la oía silbar, apenas parecía una racha de viento metida
en un carrucho.
La miseria se le ajotó detrás a Isabelo
Carrillo el mismo día que nació. Isabelo Carrillo era un barrigoncito, con el
pelo lacio pegado por el sucio, que se pasó casi toda su niñez callado. El
primer callo lo tuvo a los siete años cuando empuñó el cacharro del agua en un
cañaveral. Se acostumbró a andar entre hombres sometidos a la palabra ruda de
un capataz. El capataz le gritaba a los picadores y los picadores le gritaban a
él. Ambos gritos se perdían en la maraña verde. Si el capataz daba la vuelta el
machete caía al suelo, sin ánimo para cortar, si los picadores se doblaban
sobre los tocones oscuros, Isabelo Carrillo dejaba su cacharro quieto.
Cuando nadie pedía agua, el muchacho se sentaba
en un vagón del desvío a mirar el cuadro que le servía de cuento a su niñez. El
capataz era malo y el jíbaro un hombre perdido en la maraña verde, una mirada
bruta que no se iluminaba ni con el relámpago breve del machete. Además, el
jíbaro tenía esa mansedumbre extraña del peón de cañaveral de mi tierra, una
mansedumbre que es peor que el viento flojo de la tormenta platanera.
En las tardes de sábado, el muchacho iba con
los picadores al batey de la casa de máquina, a buscar su sobrecito y su trago
de mabí picante. A los doce años la peonada le largó el primer trago de ron
para reírse del muchacho. Pero no pudieron reírse porque el muchacho se lo
bebió sin una sola agüera. El gesto le hizo gracia a un compadre grande que le
preguntó:
—¿Aonde duelmes tú, piojoso?
—En un vagón.
—Tráite el lío pa casa. Allí tengo un colgadiso
pa que enganches la lona.
Isabelo Carrillo descolgó su hamaca y se fue al
colgadizo de su compadre grande. Era la primera vez que tenía rancho desde que
le cortaron el ombligo. Por un poco del sobrecito, la mujer de su compadre
grande le ahumó un pedazo más de bacalao. La mujer llegó a tomarle cariño al
barrigoncito porque era agradecido y porque ella no había tenido hijos. El
compadre todavía quería mejor a Isabelo Carrillo. Caminaban juntos para el
trabajo, alzando esa punta de sombra que tiene la madrugada del peón:
—Bonitas que son las estrellas pol la mañana,
Isabelo.
—Pa mí que están muy lejos.
—Mejol pa caminal. Asina nunca se llega —hablaban
poco, pero se entendían muy bien.
Un día un abusón se metió con el muchacho y el
compadre grande le tumbó un brazo de un machetazo.
Por las noches, Isabelo Carrillo mecía su
hamaca en el colgadizo de su compadre grande, con esa caliente calma que tiene
el rancho propio. Aquella era su casa y los tres morirían de viejo. El muchacho
no contaba con la anemia perniciosa que se agazapa entre los pantanos de
nuestra costa cañera en acecho de algún jíbaro de piel blanda. Cuando más
amañado estaba el muchacho, vio venir al peón con la muerte en el entrecejo.
Isabelo Carrillo se puso a mirarle los ojos a
su compadre grande por si tenía algún encargo que hacerle a su compadre chico.
El peón no se atrevía a cerrar los ojos, hasta que el muchacho no viera la
angustia con que muere un pobre que deja rancho puesto a una mujer decente.
Isabelo Carrillo le cerró los ojos al muerto, musitando una promesa.
A la otra madrugada cogió el machete de su
compadre grande y se fue a picar. Las estrellas frías de la madrugada le
parecieron más lejanas que nunca. El capataz aceptó la sustitución del brazo
mozo, para que la viuda no muriera de hambre. Aquella noche el compadre chico
descolgó la hamaca del colgadizo y se fue a dormir a la barbacoa con la
encargada. Llegó a los dieciocho con mujer a su cargo y con un rancho viejo.
Siguió tan callado como siempre, el pelo emplegostado, solo que en la mano
tenía un relámpago que talaba la maraña verde. En el cañaveral aprendió la
trágica mansedumbre que tiene el peón de cañaveral de mi tierra.
Con él la encargada dio hijos, uno, dos, hasta
siete, pero todos morían sin arribo. En cada barranco de Puerto Rico hay tanto
lloro de huerfanitos que un jíbaro no tiene por qué preocuparse si no tiene
hijos. Algún día Isabelo Carrillo estiraría la mano y cogería un barrigoncito,
como su compadre grande lo cogió a él. Isabelo Carrillo salía por la noche a su
batey, a tomarle el barrunto a las estrellas, con la calma lírica que tiene el
aposentado.
El compadre grande de Isabelo Carrillo era un
jíbaro desmemoriado que se olvidó de advertirle a este que el colgadizo había
entrado en el catastro de la colecturía y que no estaban pagas las
contribuciones. Se lo recordó un alguacil, con un papel en la mano.
—Tienes que dejar esta punta, Isabelo.
—¿Pol qué?
—Ahora pertenece al rematista.
Un hombre que tiene un relámpago en la mano no
se asusta por una mudanza. Isabelo Carrillo cogió yaguas, mangle, bejuco y unas
cajas de gas para el piso y paró otro rancho más arriba del catastro.
La mujer es un alma chinchosa, aunque tenga la
chambra prestada y el corazón lleno de gusto. A la encargada no le gustó la
mudanza y de tanto llorar su otro rancho se murió. El compadre chico la llevó a
enterrar; miró al cielo, buscando entre las nubes a su compadre grande para
darle cuenta de que aquella mujer moría sin haberle faltado nunca la obligación
de un barrigoncito agradecido. Isabelo Carrillo no sintió mucho que digamos la
muerte de la melindrosa. Aquella era una encargada de su compadre grande y él
la había alimentado y la había hecho parir siete veces, para que su amigo
pudiera estarse quieto en el cielo, sin temor de que su mujer padeciera de las
dos hambres más feas que tiene una encargada. Ahora él buscaría una mujer en un
velorio o en una rogativa y empezaría de compadre grande, en un rancho más
encaramado.
La muerte es peor que una tormenta platanera
para eso de desapartar a un jíbaro de su rancho; no había quien espantara el
olor de la difunta en el rancho de Isabelo Carrillo. Por las noches los troncos
de las jaguas sueltan un lamento punzante si se rascan su miedo y una mano
invisible forcejea con la pita de la puerta, como si a la difunta le hiciera
falta el calor de su hombre. Cuando una mujer sale chinchosa no deja a su
hombre quieto ni después de muerta. Isabelo Carrillo no esperó a que la difunta
se le colara otra noche en la barbacoa.
Se encontró de nuevo, andando solo por el
camino que le robó su miedo de niño, impelido por el viento platanero que
desaparta al jíbaro de su rancho. Lo malo era que ahora llevaba en el lío lo
peor que puede un hombre cargar en el guacal: un alma de peón. El peón es un
alma humilde y mendiguea hasta que encuentra trabajo.
Se lo dieron en otro cañaveral, donde empezó su
vida de siempre, pero esta vez con puño de compadre grande. Habló con el
capataz lo de hacer un rancho allí, porque él venía de muy lejos:
—Coge una punta de ese monte, siempre que no
cortes los árboles.
Isabelo Carrillo no se hizo repetir la orden.
Le metió mano a su segundo rancho con una voluntad tan terca, que a las tres
noches estaba colgada la hamaca de los cabezales. Había una densa paz en aquel
monte. El susurro de la brisa en la hoja de caña es blando; no tiene el lamento
punzante de las jaguas, ni el forcejeo espectral del viento contra la pita.
Cada domingo Isabelo Carrillo le añadía un nuevo alero a su rancho o apisonaba
un pedazo de su batey o hacía un fogón de barro. El peón se encontró sembrando
un gancho de trinitaria, poniéndole un cajón de pino a la letrina, con un
presentimiento nupcial.
Él le había hojeado una cuñada que gravitaba
sobre otro peón y casi estaban en trato. La apalabrada tenía cara de buena
paridora y todas las tardes se alisaba las trenzas con aceite de coco. Aunque
estaba en los treinta, no se le veía por ningún flanco al ajojotamiento.
Una mujer limpia, que sea bonita además, es una
ganga. A Isabelo Carrillo se le vistió el corazón de enamorado. Su otra junta
fue con una mujer encargada para que muriera en paz su compadre grande. Pero
aquella trenza perfumada con olor de verbena, aquel sobaco de alambre dulce,
era como una pulpa de novia. La jíbara se dio cuenta de que pronto tendría
rancho aparte y se puso a remendar sus camiselas, pasándole una cintita
colorada al pasacintas.
Se personó el capataz con una orden extraña:
—Hay que mudarse, muchachos. La central ha
decidido sembrar hasta acá arriba. El acarreto no cuesta lo que nosotros
creíamos.
—¿Y aonde vamos a vivil nojotros?
—Allá ustedes. La tierra es de la central y
tienen que largarse. Mañana empieza la tumba.
Sentado frente a su rancho, Isabelo Carrillo
vio cómo moría de unos cuantos hachazos de la brigada el rancho donde él había
puesto su nueva voluntad de aposentamiento. El viento en la caña silbaba
mansamente, sin voluntad para quebrar un cañuto. Huyó de la pieza, con dos
sobrecitos dándole vueltas en la mano, para no verle la cara a su apalabrada.
La miseria es peor que una tormenta platanera
cuando se le ajota detrás a un peón. A veces el picador tiene el machete
tumbado hasta que llega la zafra. Hay que dejarse llevar por el viento flojo, a
lo sucusumuco, para no tropezarse con el hambre, en busca de un compadre que le
haya ganado la garata al colector u otro que tenga una batatita a flor de
camino, para darle su tirón. El mendigueo o el hurto no deja que a un peón lo
mate el hambre mientras crece la caña.
Peón sin rancho, machete sin zafra, es el mejor
turista que tiene nuestra tierra. Camina de un lado para otro, mirando al
suelo, por si a alguien se le ha caído un vellón en la carretera. Lástima que
por la noche no encuentre algún mármol de capitolio, o un porche de ateneo, o
un banco de plaza pública donde dormir, para librarse de la llovizna que con su
chin chin malévolo le amarga la noche, a quien tenga que dormir bajo un vagón
de desvío. Isabelo Carrillo miraba a las estrellas humedecidas pensando en su
compadre grande:
—Mientras más lejos, mejol pa caminal; asina no
se llega nunca.
El que trasnocha sabe que no hay momento más
cruel que la noche para acuciarle la orfandad a un hombre, aunque tenga alma de
peón. Isabelo Carrillo tuvo que hacer otro rancho para que no se le congelara
la mantequita de sus coyunturas.
Aquella vez escogió el cascarral más inhóspito
de la cresta, una de esas sínsoras que por la noche las emborrona el cielo.
Allí hizo un rancho enteco, empotrado casi en la laja, con la penca rala y el
bejuco sobraquero que da el altío. Bajar de aquel rancho era un descenso de
media madrugada. El colector lo había dejado fuera de la recaudación y los
capataces ni siquiera miraban para aquel picacho huraño. Un día se presentó el
dueño con una burla en los colmillos:
—Mi amigo, hay que admirar el valor de usted.
—¿Pol qué?
—Vivir aquí es como mudarse al infierno. Puede
seguir usted si gusta; ahora no se me embrave por acá, ¿eh? Yo, a los
embravados, los cazo de lejos, con una escopeta.
El alma de un peón no se embravece ni con la
mordida de un perro mallorquín. Isabelo Carrillo casi se reconcilió con la laja
que circundaba su rancho. Hizo su siembrita, le puso unas duelas a la
conuquera. El ruido agorero de la noche le iba bien a un ánima como la suya,
que había estado callada durante tantos años. Alguna noche de pachorra pensaba
en la apalabrada, pero le remordía condenar a una mujer a caminar tanto por una
acostada con varón. El rancho era el único ojo despierto que tenía aquella sínsora.
La vida llegaba colada por un montón fabuloso de hojas; el viento era fuerte
pero se dormía con el ruedo seco.
Ya le había florecido su primer roncha de
cariaquillo cuando se presentó de improviso, casi sin teñir el cielo, la
tormenta platanera de mi cuento. Por la tarde había habido un poco de lluvia,
de esa lluvia que lava las hojas y bruñe la barranca. Pero ya a flor de noche,
por el páramo marino y por la tierra muerta, las nubes bajaron la tormenta. La
tormenta tiene un olor mugroso que le hincha la nariz al jíbaro; es un vaho
caliente, como si el aire cargara paja y fuera denso al respirar. Bajo la
planta del pie se siente que la tierra aprieta sus entrañas milenarias para que
no le disloquen sus raíces.
El empotrado se amarró la cintura con esa calma
chicha que tiene el jíbaro tormentero. A un nieto de San Ciríaco no le baja los
calzones un vientecito de temporal. Isabelo Carrillo sabía que el huracán
necesita pecho bravo para que el jíbaro amanezca vivo. Atrancó su rancho,
desamarró la soga y descolgó el espadín:
—Agora pues venil, que aquí te espero —le
advirtió el jíbaro al huracán.
Desgraciadamente no era un huracán el que
tocaba a la puerta de Isabelo Carrillo. El huracán pelea con el hombre para
matarlo, le jamaquea el rancho lo mismo que la conciencia, le aluza bien los
ojos, le despierta la mano para que empuñe su destino y cuando pasa, el
tormentero le da gracias a Dios por haberle salvado el pellejo y se siente
fuerte porque él está vivo, mientras a su alrededor están desentrañados hasta
los guayacanes de la tierra. El rancho patas arriba, el río cebado, los árboles
truncos, pero el hombre vivo. Sin embargo, la tormenta platanera es la peor
tormenta que puede azotar a un hombre de esta tierra.
Espera que te espera el viento bravo, que tan
bien le va a la cintura de un hombre, con la nariz abierta y el puño en el
espadín, pasa el jíbaro dos, tres horas, viendo cómo un vientecito mongo lo
desvalija mientras a él se le disuelve el coraje, su ansia de pelea con un
aborrecido que no tiene cuello ni pie, viento jaranero que desgancha la fruta,
desatierra la verdura y agujerea la penca para que el jíbaro abandone su
rancho. El rancho gotea por las mil rendijas que en la vida de un hombre deja
un viento flojo; no hay una sola batata en el bejucal, ni una calabaza en el
cordón, pero todo está vivo para un nuevo empezar, menos el hombre que se
siente muerto y sin gana de remiendo. ¡Tormenta platanera, maldito viento flojo
que ni arrasa ni mata, pero que desaparta a un jíbaro de su rancho! Aquella
noche en que Isabelo Carrillo la oía silbar, en el último rancho que hizo,
apenas parecía una racha de viento metida en un carrucho.
Isabelo Carrillo comprendió que un alguacil sin
cabeza le había dado una nueva orden de partir. Caminando llegó hasta un
arrabal de la ciudad, aplatanado por los cuatro desahucios, sin hembra de axila
dulce ni voluntad para buscarse cobija. ¡Jíbaro platanero en la ciudad es un
peligro para fomentar el turismo! Anda todo el día tras su velloneo,
jeringándole la madre al turista.
Emilio S. Belaval, 1946
Publicado por Antonio F. Rodríguez.