domingo, 3 de mayo de 2026

El muerto insepulto y transeúnte - Manuel Chaves Nogales

Manuel Chaves Nogales

El muerto insepulto y transeúnte

Yo era peluquero y en mi oficio llegué a gozar de una envidiable reputación. Reconozco que jamás tuve ocasión de salir de las modestas peluquerías de los barrios extremos, pero esto no me quita mérito. Debía esa postergación a mi modestia, a mi carácter pusilánime. Nada más. Pero no tenía tampoco mayores aspiraciones.  En mi pequeña barbería me sentía muy a gusto y mi arte la suavidad de mis manos y la dulzura de mis maneras, eran dotes apreciadas en cuanto valían por mis humildes parroquianos. 

Cuando cumplí veinte años, me hicieron soldado, ingresé en el cuartel y pasé días horribles entre aquellos hombres violentos e implacables. Me abrumaban con el peso de armas y correajes,  me rendían con caminatas terribles y ejercicios sin fin y toda mi blandura, mi naturaleza dulzona y aristocrática de oficial de barbería hubo de resentirse gravemente. Cuando se convencieron de que yo no servía para aquel bárbaro ajetreo me mandaron a la peluquería del regimiento donde recobré algo el sosiego. Allí estuve algún tiempo. Todos los soldados reconocieron que yo era un hombre superior por la inusitada suavidad, el miramiento con que rapaba sus testas esquinadas y sus barbas salvajes. Vuelto así a mi elemento me sentí orgulloso de mí mismo y de mi arte.

Pero se declaró la guerra; nos movilizaron y de la noche a la mañana, me encontré sobre el campo de batalla frente a unos feroces enemigos y cargado otra vez con armas y correajes. Allí no había escapatoria; en la guerra la gente no se corta el pelo ni se deja afeitar ―de ello deduzco yo la barbarie de las guerras―, y quieras que no, se empeñaron en hacer un bravo guerrero de un humildísimo rapabarbas. Puse todo mi empeño en conseguirlo, pero no fue dable. 

Así las cosas, nos metieron en fuego por primera vez. Yo iba desde el primer instante más muerto que vivo. Al poco rato de avanzar frente al enemigo, comenzaron a silbar las balas. Un soldado que marchaba junto a mí dió de pronto una zapateta bastante ridícula y se cayó de espaldas echando sangre por la boca No pude ver más; se me cerraron los ojos y así seguí avanzando, a tientas, mientras oía a lo lejos el zumbido de las balas 

De pronto oí un silbido más fuerte que los demás; aquella bala venia por mí. En efecto; sentí un terrible golpe en el pecho y me dí cuenta de que caía mortalmente herido. Unos minutos después yo fallecía; estaba muerto, irremisiblemente muerto. 

Yo me daba cuenta aún de algo de lo que por fuera pasaba, pero por dentro de mí, en los entresijos de mi ser, muerto y bien muerto me sentía. Así estuve varias horas; me preocupaba mucho la posibilidad de que los buitres viniesen a comerme; pero no veía el medio de evitarlo. Indudablemente me comerían. Y vendrían también los cuervos y me sacarían los ojos…

Vinieron unos camilleros y unos médicos. Me recogieron con pocos miramientos y dándome trastazos. Me arrumbaron en un furgón automóvil. iOh si los cadáveres pudiéramos quejarnos!  Cuando ya se disponían a enterrarme, como era su obligación, uno de aquellos médicos estuvo registrándome y atosigándome de una manera cruel. Le oí decir que yo no estaba muerto, cosa que me hizo reír de buena gana para mi calavera, que es como únicamente podemos reírnos los muertos aún no descarnados. Aquel bárbaro insistió en sus masajes, sus inyecciones y sus inhalaciones farigosas hasta hacerme abrir los ojos e incorporarme. Aquello era de una crueldad inaudita pues lo menos que se puede hacer con los muertos es dejarlos descansar en paz.

Obligado fieramente, acosado por todas partes, de tal modo que el mismo médico estaba ya exasperado, me hicieron hablar, no sẻ cómo, pues no recuerdo el caso de ningún cadáver parlante. 

Cuando pude hacer uso de la palabra, la empleé en manifestar a aquellos señores el deseo de reposo eterno que, como buen cadáver tenía. Formulé, pues, la petición de que me enterrasen Para que aquellos caballeros perdiesen las vanas sospechas de que yo estuviese aún vivo.

Estas palabras, sensatas, les dejaron estupefactos y como yo las repitiera muy cuerda y respetuosamente, lo tomaron a mal  y, poniéndome en pie sobre mis inseguras piernas de fallecido,  me  atizaron tal puntapié en el trasero, que yo admití la posibilidad de morirme por segunda vez. 

De entonces acá mi vida de cadáver insepulto y viandante ha sido un verdadero martirio. He escuchado los mayores insultos y he sufrido los castigos más atroces.

Ante mi obstinación en declarar mi estado, se han burlado de mí y me han desmentido categóricamente llamándome impostor. ¡Claro!  Como no he podido sacar la cédula de cadáver que por clasificación me corresponde, nadie me cree. Me han formado consejos de guerra,  me han encarcelado, he sido deportado y últimamente me he visto convertido en quincenario profesional. 

¿Y todo por qué? Por mantener firmemente la íntima convicción de que soy un fallecido; una víctima del heroísmo. Nadie me cree.  Y ahora, en secreto, yo mismo he empezado a dudar. Muerto bien muerto estoy, aunque me hagan andar, hablar y moverme artificialmente. Desasido de todas las cosas de este mundo me hallo y ni voluntad ni amor, ni nada de lo que los vivos tienen he conservado.  Pero de vez en cuando, me asalta una irrefrenable apetencia de callos,  longaniza o chuletas de huerta. Y la verdad, soy el primer cadáver con apetito que conozco.

Esto me hace tener mis dudas.

Manuel Chaves Nogales, 1924

Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

sábado, 2 de mayo de 2026

Anders Zorn - Varios autores

Título: Anders Zorn
Autores: Varios autores
 
Páginas: 312
 
Editorial: Fundación Mapfre
  
Precio: 39,90 euros 
 
Año de edición: 2026

La Fundación Mapfre, en su sede del paseo de Recoletos, acoge una amplia exposición de la obra de Anders Zorn, el pintor sueco más internacional, figura destacada de finales del siglo XIX; está dirigida por Markus Bertsch (Hamburger Kunsthalle) y Casilda Ybarra Satrústegui (Fundación Mapfre).

Autorretrato

Anders Zorn procedía de un entorno humilde de Mora, una pequeña localidad sueca, era hijo natural de una campesina y se crió con sus abuelos. A los quince años se matriculó en la Academia de las Artes de Estocolmo, donde destacó por sus cualidades como dibujante y escultor. Viajó por Europa y visitó varias ciudades, entre ellas Madrid, para aprender de Velázquez; se estableció en París donde tuvo notable éxito, fue nombrado caballero de la Legiónde Honor. Recorrió varias capitales de Europa, viajó varias veces a España y a Estados Unidos con gran éxito y aceptación antes de regresar a vivir a su pueblo natal.


Fue un gran retratista en la línea de sus coetáneos Sargent, Boldini y Sorolla, con el que le unió una gran amistad. Partidario de la pintura al natural y de las figuras espontáneas, también realizó numerosas obras de paisajes del norte y de imágenes costumbristas y de personajes populares.



La exposición es un amplio y muy completo recorrido por la obra de Zorn, organizado en varios apartados: retratos, paisajes, desnudos, escenas locales populares y una muestra de sus obras relacionadas con España. Incluye obras al óleo, grabados de gran calidad y acuarelas; en esta última disciplina se muestra como un auténtico maestro con un gran dominio de esa difícil técnica para superar las dificultades de mezclar colores y corregir fallos; resulta impresionante la calidad de las obras expuestas.

La exposición está abierta hasta el 17 de mayo. Es muy recomendable, no os la perdáis.   

Publicado por John Smith. 

viernes, 1 de mayo de 2026

La mujer de arena - Kōbō Abe

Título: La mujer de arena
Autor: Kōbō Abe
 
Páginas: 248
 
Editorial: Siruela
  
Precio: 19,95 euros 
 
Año de edición: 2025

La mujer de la arena es quizá la novela más conocida del escritor japonés Kōbō Abe. Se publicó en 1962. Fue llevada al cine con gran éxito en 1964. Cuenta una historia que se mueve entre el existencialismo, el absurdo y el erotismo. Cualquier lector recordará sin duda a Kafka o Beckett. Alguien cae en una trampa de la que es imposible salir. Poco a poco se va hundiendo. El último rayito de luz acaba por apagarse. Cuando el absurdo es movido por una lógica implacable e ininteligible el resultado es una sorda desesperación. El final es el principio porque ya nada tiene sentido. Solo queda morderse las uñas agazapado en un rincón. La mujer de la arena es a la novela lo que el Perro semihundido de Goya a la pintura: una representación única de la soledad radical.  

El argumento es el siguiente: un tipo de treinta años, maestro de profesión, decide pasar unos días de vacaciones en la costa. Es entomólogo aficionado. Así que se dispone a cazar insectos en unas dunas cerca del mar. Las sombras se recortan bajo un sol de fuego. Hace calor. Advierte que escondido entre los montículos de arena hay un extraño pueblo. Parece pobre, sin vida. Sin embargo, está habitado. Un viejo lo observa con atención desde la distancia. El entomólogo se queda parado al lado de una profunda oquedad ovalada: en el fondo del pozo hay una extraña vivienda. El viejo se acerca con desconfianza. Cree que el desconocido es un funcionario del gobierno. El visitante le saca de su error. El anciano, tras consultar con otros del pueblo, le ofrece dormir en la casa hundida en la sima de arena. Por una cuerda el viajero baja a lo profundo. La casa está habitada por una joven. Al día siguiente, la cuerda ha desaparecido. 

La arena es inexorable. Cae sin cesar sobre la casa. Lenta, pesada, agobiante. Cada grano de arena es como una gota de tiempo que aparece y desaparece. Los días son como granos de arena. Cada día es idéntico al anterior y al siguiente. Luis Cernuda escribió que el tiempo es un blanco desierto ilimitado. Algo similar sucede en el fondo del pozo de arena. 

En ese inimaginable habitáculo deben convivir dos personas. La mujer es silenciosa, lánguida y parece resignada con su suerte. El entomólogo, desesperado, busca infructuosamente una salida de su prisión. Pide explicaciones a la mujer. No las obtiene. Le exaspera la tranquilidad aturdida de la joven, por cuya piel sedosa y apetecible se desliza con parsimonia la arena. Cada día hay que trabajar retirando la arena para evitar ser engullidos. El tiempo se condensa en un presente sin fin ni esperanza muy parecido a la muerte en vida.  

De La mujer de la arena caben muchas lecturas, como es de esperar. La sencillez del estilo de Kōbō Abe contrasta con la complejidad de fondo. La novela es en esencia una alegoría acerca de la fugacidad del tiempo que entierra a los hombres solitarios. El hombre y la mujer de la arena son insectos que se afanan en una pelea perdida de antemano: quitar arena para que vuelva a caer. Una tarea repetitiva, ímproba y sin sentido. El tiempo fluye, no para, al igual que la arena, símbolo de la desintegración de todo lo que existe. Así que La mujer de la arena puede entenderse como una mezcla de Gregorio Samsa, el escarabajo kafkiano, con el mito de Sísifo. Desde luego, el porqué, la razón última, se nos escapa, al igual que la arena se pierde entre los intersticios de los dedos. Desde la sima solo se ve un pedazo angosto de cielo. Pobre esperanza. 

Recomiendo vivamente la lectura de esta novela. Hay pocos libros que describan con tanta precisión una situación angustiosa. Kōbō Abe analiza con frialdad científica a sus dos personajes. Su pluma es como el alfiler de entomólogo del desgraciado maestro. Dos vidas vegetan bajo la arena: una mujer misteriosa y seductora; un hombre anónimo cuya desaparición pasará desapercibida. Quizá la gran protagonista sea la arena: seca, inanimada, muerta. Un designio ciego e impersonal mueve a la arena que cae y cae sobre los hombres. Hasta que un día desaparecen. Creo que La mujer de la arena es un gran libro.  

Kōbō Abe

Kōbō Abe (1924-1993) fue un polifacético escritor japonés nacido en Kita, hoy un barrio de la metrópolis de Tokio. Abe creció en Manchuria, donde su padre era médico. En 1948 se doctoró en medicina, siguiendo el ejemplo del progenitor. Pero le atraían las letras y no las recetas. Empezó escribiendo poemas. Luego pasó a las novelas y cuentos. En 1951 le concedieron el prestigioso Premio Akutagawa, el galardón literario más prestigioso de Japón

En 1962 publicó su obra maestra, la novela La mujer de la arena, que fue llevada al cine por el director de vanguardia Hiroshi Teshigahara en 1964. La película, de extraordinaria belleza estética, ganó el Premio del Jurado en el Festival de Cannes. Kōbō Abe, también cineasta, es uno de los escritores más reconocidos de Japón por sus fábulas literarias con un fuerte contenido surrealista y crítico. Falleció con 68 años. 

Publicado por Alberto.