lunes, 6 de abril de 2026

Los cielos retratados - José Miguel Viñas

Título: Los cielos retratados
Autor: José Miguel Viñas
 
Páginas: 304
 
Editorial: Editorial Crítica
 
Precio: 23 euros 
 
Año de edición: 2024
 
Siempre he creído que la historia de la humanidad es esencialmente fractal y que basta estudiar un aspecto concreto cualquiera en profundidad, como el devenir histórico de las entradas de cine, los lavabos, el periódico, el bolígrafo o la bicicleta, para establecer conclusiones generales y obtener resultados llamativos. Pero no había reparado en que, a veces, parece que cuanto más excéntrico e inusual sea el aspecto cultural analizado, más sorprendentes son los hallazgos.
 
Un buen ejemplo de ese aserto es este libro, tan pinturero, divulgativo y científico, que se dedica a analizar las representaciones del cielo en las grandes obras de arte del pasado desde un punto de vista meteorológico, para extraer los más curiosos resultados. El autor, gran divulgador de la meteorología, un día tuvo una inspiración contemplando un cuadro y a partir de ahí, echó a andar una sección en su programa radiofónico titulada «Buscando nubes en el Museo Prado», que luego continuo con «Buscando nubes en el Museo Thyssen» y que se amplió cuando ya se convirtió para él casi en una manía recurrente fijarse en las representaciones del cielo cuando visitaba cualquier pinacoteca.
 
El resultado de casi 20 años de esas pesquisas artístico-meteorolóicas y climáticas es este libro, una verdadera golosina para el intelecto, que mezcla erudición, conocimientos históricos, amor al arte y ciencia. Casi nada. El panorama que se ofrece sobre el tema es bastante completo, ya que a través de 18 capítulos, el autor nos habla de por qué son tan frecuentes e pintura las nubes que parecen de algodón, las dificultades de pintar la nieve, la influencia de las erupciones volcánicas en la obra de artistas como Turner, Van Gogh o Munch, el secreto de los cielos velazqueños, los cumulonimbos de Goya, cómo han pintado los grandes maestros el viento, las vaporosas nieblas de Friedrich, los grandiosos celajes estadounidenses, lo que nos dicen los cuadros del pasado sobre el clima y muchas cosas más, en una deliciosa obra en la que se citan más de cien pintores.
 
El estilo es muy ameno, entretenido. El lenguaje es sencillo, claramente comprensible, pero ciertamente culto y expresivo. El texto está bellamente ilustrado con más de 50 reproducciones en color de otras tantas pinturas, que tienen la calidad suficiente para el fin perseguido. También se incluyen recuadros sobre fondo azul que exponen resúmenes de conceptos meteorológicos necesarios para poder seguir el hilo de los argumentos y explicaciones del texto. La obra cuenta con una introducción, un epílogo, notas, una lista de lecturas recomendadas, una relación de cuadros y un índice de pintores. En este enlace puede leerse un poco del inicio del libro. 
 
En fin, una obra deliciosa, tan estética, técnica y reveladora que es una maravilla. Una lectura extremadamente agradable, con la que se aprende un montón de cosas, tanto de arte, como de historia, como de ciencia. Un texto encantador que nace de un planteamiento brillante conducido por un divulgador nato que sabe muy bien lo que hace y que posee, por suerte para el lector, una amplia cultura. Muy recomendable, sobre todo para hacer un buen regalo.
 
José Miguel Viñas (Madrid, 1969) es físico del aire, meteorólogo y divulgador. Trabaja para Meteored España, una página web dedicada a la predicción y divulgación meteorológica, en el portal www.tiempo.com y es consultor de la Organización Meteorológica Mundial (OMM). 
 
Ha colaborado en varios medios (prensa, radio, televisión e internet) y ha sido profesor de Metereología Aeronáutica, y ha dirigido cursos de verano en la Universidad de Cantabria (2009), Universidad del País Vasco (2016, 2019) y en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (2025)
 
José Ángel Viñas
 
Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

domingo, 5 de abril de 2026

¡Vuela, Paloma! - Leonora Carrington

Leonora Carrington

 

¡Vuela, Paloma!

—Alguien se acerca por el camino. Alguien que viene a verme, alguien a quien no conozco, aunque sólo pueda verlo de lejos.

Me asomé por el balcón y vi que la figura aumentaba rápidamente de tamaño, ya que se aproximaba a gran velocidad. Pensé que era una mujer, por su larga cabellera lacia, que caía sobre la crin del caballo. El caballo era grande, de huesos fuertes y redondeados y pelaje de ese peculiar matiz entre rosa y morado, del color de las ciruelas maduras; ese tono al que llaman ruano. De todos los animales, el caballo es el único que tiene ese color rosado.

La persona que montaba el caballo iba vestida de manera bastante desastrada, me recordaba la lana de una oveja montés. Sin embargo, los colores eran ricos, casi regios, y una camisa dorada era apenas visible entre las crenchas sueltas de lana. Si bien es cierto que al observarla de cerca la camisa estaba algo sucia y llena de agujeros, el efecto general era impresionante.

Se detuvo bajo el balcón y alzó los ojos hacia mí.

—Traigo una carta que requiere inmediata respuesta.

La voz sonaba masculina, así que me quedé con la duda, sin saber de qué sexo era.

—¿Quién eres tú? —pregunté con cautela.

—Soy Ferdinand, emisario de Célestin des Airlines-Drues.

La voz suave del jinete era incuestionablemente de hombre: un olor de heliotropos y vainilla, mezclado con sudor, llegó hasta mi nariz. Me incliné hacia él y, tomando la carta de su mano, aproveché para observar su rostro semioculto. Era muy blanco, con los labios pintados de rojo púrpura. El caballo sacudió su cuello robusto.

«Señora —decía la misiva—, tenga la bondad de ayudarme en mi honda aflicción. A cambio, se enterará de algo muy provechoso para usted. Confíe a mi emisario su honorable persona, así como sus lienzos, pinceles y todo lo que necesita para ejercer su oficio de artista. Le suplico, estimada señora, que acepte mis más profundos y sentidos respetos». Firmado, «Célestin des Airlines-Drues».

El papel de la carta tenía un fuerte aroma de heliotropo y estaba decorado con coronas doradas, atravesadas por plumas, espadas y ramas de olivo.

Decidí ir con el mensajero, ya que la promesa de la carta me interesó mucho, aunque nunca antes había oído hablar de Célestin des Airlines-Drues. No tardé en hallarme sentada en la ancha grupa del caballo, detrás de Ferdinand. Mi equipaje iba amarrado a la montura.

Nos dirigimos hacia el oeste, por una ruta que cruzaba una región agreste, donde abundaban extensos y oscuros bosques.

Era primavera. Del cielo plomizo y cargado cayó una lluvia tibia; el verde de los árboles y del campo era intenso. De cuando en cuando me vencía el sueño y varias veces estuve a punto de caerme del caballo, pero alcanzaba a agarrarme de la ropa lanuda de Ferdinand, quien no parecía preocuparse por mí. Iba pensando en otras cosas y cantando «Suspiros de la rosa moribunda».

Sus pétalos fríos sobre mi corazón
Mis lágrimas ardientes no pudieron calentar
La suave piel de terciopelo de mi rosa
Ay, de mi rosa…

Estas últimas palabras me despabilaron por completo, ya que las gritó sin contemplaciones en mi oído izquierdo.

—¡Idiota! —grité, furiosa.

Ferdinand se rio suavemente. El caballo se detuvo. Habíamos llegado a un patio inmenso, a unos cientos de metros de una casona de piedra oscura y amplias proporciones. El lugar tenía un aspecto tan triste que me dieron ganas de dar media vuelta y regresar a casa. Todas las ventanas estaban tapiadas, no salía ni una voluta de humo de sus chimeneas y había cuervos posados aquí y allá en su tejado.

El patio se veía tan desierto como la casa.

Pensé que había un jardín del otro lado de la mansión, porque vi árboles y el cielo pálido a través de un portón de hierro forjado. El portón era extraño, tenía un ángel gigantesco de hierro forjado, sentado en medio de un círculo, con la cabeza echada hacia atrás en un gesto angustiado. A la derecha, en la parte superior del círculo, una pequeña ola esculpida en hierro fluía hacia la cara del ángel.

—¿Dónde estamos? —pregunté—. ¿Ya llegamos?

—Estamos en Airlines-Drues —respondió Ferdinand, luego de una pausa.

Miró hacia la casa, sin girar la cabeza. Me pareció que esperaba a alguien, algo, que sucediera alguna cosa. No se movió. El caballo estaba quieto, con la vista al frente.

De pronto comenzaron a sonar campanas: en mi vida había oído tal concierto de campanadas. El eco se propagó a nuestro alrededor, por entre los árboles, como un líquido metálico. Los cuervos del tejado, aturdidos, alzaron el vuelo.

Estaba a punto de interrogar a mi compañero de viaje, cuando una carroza tirada por cuatro caballos negros pasó junto a nosotros a gran velocidad, como una sombra fugaz. El carruaje se detuvo frente a la verja de hierro forjado y me di cuenta de que era un coche fúnebre, suntuosamente decorado con follaje y flores en relieve. Los caballos eran de la misma raza que el del heraldo, lustrosos y con silueta redondeada, pero éstos tenían un pelaje negro azulado, como la uva moscatel.

La puerta de la casa se abrió y salieron cuatro hombres cargando un féretro.

El caballo de Ferdinand comenzó a relinchar y los caballos negros contestaron, volviendo sus cabezas hacia nosotros.

Los porteadores del ataúd iban vestidos con el mismo estilo que Ferdinand, la única diferencia era el color de sus vaporosas túnicas: moradas, negras y de un profundo carmesí. Sus caras eran muy blancas e iban maquillados igual que Ferdinand. Todos tenían una cabellera larga, abundante y mal peinada, como pelucas viejas, arrumbadas en un desván durante años.

Apenas había tenido tiempo de observar todo esto, cuando Ferdinand le dio un fustazo a su caballo y salimos a todo galope por una avenida, levantando piedras y polvo detrás de nosotros.

La carrera fue tan veloz que casi no pude mirar a mi alrededor, pero tuve la impresión de que atravesábamos un bosque. Al final, Ferdinand detuvo al caballo en un claro rodeado de árboles. La tierra estaba cubierta de musgo y flores silvestres. Había un sillón a unos metros de nosotros, tapizado de terciopelo verde y malva.

—Desmonte, por favor —indicó Ferdinand—. Coloque su caballete a la sombra. ¿Tiene sed?

Contesté que sí me apetecía algo de beber y me deslicé del lomo del caballo. Ferdinand me ofreció una cantimplora que contenía un líquido muy azucarado.

—Están a punto de llegar —continuó, mirando hacia la espesura del bosque—. Pronto se ocultará el sol. Ponga su caballete aquí, donde va a pintar el retrato.

Mientras me dedicaba a instalarlo, Ferdinand le quitó la brida y la silla al caballo y se echó en la tierra, con el caballo junto a él.

El cielo se volvió rojo, amarillo y malva, luego la luz fue disminuyendo y comenzó a llover, con goterones que caían sobre mí y sobre el lienzo.

—Ya llegaron —afirmó de pronto, en voz alta.

Pronto el claro se llenó de gente que llevaba velos y lucía más o menos como los porteadores del féretro. Eran alrededor de cuarenta personas, que formaron un amplio círculo en torno de mí y de la butaca. Hablaban entre sí en voz baja y de vez en cuando alguno de ellos lanzaba una carcajada estridente.

Poco después se oyó una voz alta y clara detrás del círculo:

—Así, Gustave. No, no, no, amigo mío, más a la izquierda…

—Quién iba a pensar que fuera tan pesada —susurró otra voz—. Y eso que no estaba gorda.

Las risas sonaban como balidos de ovejas y, mirando a mi alrededor, tuve la vívida impresión de que me rodeaba un rebaño de extrañas ovejas vestidas para un tétrico ritual.

Parte del círculo se hizo a un lado, y los cuatro hombres que ya había visto entraron de espaldas, transportando el ataúd.

Un hombre alto y delgado los siguió, hablando con voz alta y clara.

—Pónganla junto al sillón. ¿Ya lo perfumaron?

—Sí, señor des Airlines-Drues, siguiendo sus órdenes.

Observé atentamente al caballero. No podía ver su cara, aunque sí distinguía una de sus blancas manos, haciendo ademanes como la trompa de un elefante. Llevaba una inmensa peluca negra, cuyos rizos tiesos caían hasta sus pies.

—¿Ya llegó la pintora?

—Sí, señor, aquí está.

—Eso veo. Ha sido muy amable, estimada señora, en honrarnos con su visita. Sea bienvenida.

Se acercó a mí y apartó los mechones que ocultaban su cara. En efecto, era la de una oveja, pero cubierta de tersa piel blanca. Sus labios negros eran muy delgados y extrañamente móviles. Le estreché la mano con cierta repugnancia, porque era demasiado suave.

—Admiro tanto su trabajo —murmuró monsieur des Airlines-Drues—. ¿Cree poder conseguir un parecido perfecto en su retrato? —dijo, señalando el ataúd, que ya estaba abierto.

Dos hombres sacaron el cadáver de una joven. Era hermosa y tenía el cabello negro, sedoso y abundante, pero su piel ya estaba fosforescente, luminosa, levemente amoratada. Me llegó cierto olor desagradable. Al ver que arrugaba la nariz involuntariamente, en la cara de monsieur des Airlines-Drues se dibujó una encantadora sonrisa de disculpa.

—Es tan difícil separarse de los restos de los seres amados… adorados —explicó—. Estaba seguro de que usted lo comprendería. Mi esposa murió hace un par de semanas, y con este clima tan húmedo y pesado que hemos tenido… —concluyó la frase con un gesto de sus bellas manos—. En suma, mi estimada señora, le ruego que sea tolerante. Ahora me voy, para que pueda concentrarse en su arte.

Saqué los colores presionando los tubos de óleo en mi paleta y comencé a pintar el retrato de madame des Airlines-Drues.

Los seres ovejunos que me rodeaban comenzaron el juego de volar palomas: “Vuela, paloma, vuela; vuela, oveja, vuela; vuela, ángel, vuela…”.

El atardecer se había vuelto interminable. La noche, que había parecido inminente, no cayó, y la luz mortecina del claro me seguía bastando para pintar. No me di cuenta sino hasta más tarde que esa luz encerrada en el círculo de árboles provenía del cuerpo de madame des Airlines-Drues. El resto del bosque estaba en completa oscuridad. Estaba tan absorta en pintar que no me di cuenta de que llevaba un buen rato a solas con la muerta.

Me sentí satisfecha con el retrato, retrocedí unos pasos para ver la composición en su conjunto. La cara del lienzo era la mía.

No daba crédito a mis ojos. Sin embargo, al comparar el modelo con el retrato, no cabía duda de su fidelidad. Mientras más miraba el cadáver, más sorprendente era el parecido con esos pálidos rasgos. Sin embargo, sobre el lienzo, el rostro era incuestionablemente el mío.

—El parecido es extraordinario; la felicito, estimada señora.

La voz de monsieur des Airlines-Drues me llegó por sobre el hombro izquierdo.

—Son exactamente las doce del día, pero en este bosque el sol no atraviesa la vegetación. Además, el arte es magia que disuelve las horas, de modo que un día parece un instante, ¿no es así, mi querida señora? ¿Cree poder terminar el retrato sin modelo? Como usted comprenderá, mi pobre esposa lleva muerta tres semanas. Debe ansiar el bien merecido reposo… No es frecuente que alguien deba trabajar incluso tres semanas después de su propio fallecimiento.

Dejó escapar una risilla para subrayar su chiste.

—Puedo ofrecerle una habitación agradable y bien iluminada en Airlines-Drues. Permítame llevarla en mi coche.

Seguí a la enorme peluca ambulante como una sonámbula.

El estudio era una amplia habitación, con un enorme armario que ocupaba la pared del fondo. La habitación había sido lujosa alguna vez, pero las colgaduras de seda bordada estaban ahora desgarradas y llenas de polvo, los muebles delicadamente tallados ya estaban rotos y la hoja de oro se había desconchado en varios sitios. Varios caballetes de gran tamaño, en forma de cisnes o sirenas, se alzaban aquí y allá, como esqueletos de otros seres. Las arañas habían tejido sus telas entre ellos, dando al estudio un aspecto fosilizado.

—Éste es el estudio de madame des Airlines-Drues. Aquí fue donde murió.

Me puse a curiosear en el armario, en el que se amontonaba gran cantidad de prendas de vestir, pelucas y zapatos viejos en total desorden. Parecían elegantes disfraces y algunos me recordaron al circo.

—Seguramente jugaba a disfrazarse cuando estaba sola en su estudio; se dice que le gustaba actuar.

Entre mis interesantes descubrimientos, no fue menor el de su diario, encuadernado en terciopelo verde. Llevaba su nombre en la primera página, escrito con una letra cuidada, pero curiosamente infantil: «Agathe des Airlines-Drues. Favor de respetar este libro, su contenido está destinado únicamente a Eleanor». Y al pie su firma.

Comencé a leer.

Querida Eleanor:

Cuánto vas a llorar cuando leas este cuaderno. He perfumado sus páginas con pachulí, para que me recuerdes más. Nuestros recuerdos más intensos son de perfumes y olores. A pesar de todo, pensar en eso me alegra y me gustaría que lloraras mucho.

Hoy es mi cumpleaños y, por supuesto, también el tuyo. Qué divertido que seamos de la misma edad. Me encantaría verte, pero ya que no es posible, te contaré todo en este diario, todo. (¡Dios mío, si Célestin pudiera oírme!). El matrimonio, por supuesto, es algo espantoso; sobre todo el mío. Mi madre me escribió: «Estoy tejiendo algunas cositas para ti, o más bien para alguien muy cercano a ti, mi niña. Para una criaturita que seguramente no tardará en llegar».

¡Ay, Eleanor, primero tendré un hijo de una de las sillas en mi estudio que de Célestin! Imagínate que en mi noche de bodas me acosté en la enorme cama con dosel y cortinas de color rosa ácido. Al cabo de más de media hora, la puerta se abrió y vi una aparición: un ser vestido con plumas blancas y alas de ángel. Me dije: «Seguramente me voy a morir, porque aquí viene el Ángel de la Muerte».

El ángel era Célestin.

Se desvistió y tiró su traje emplumado al piso. Estaba desnudo. Si las plumas eran blancas, su piel lo era todavía más, de un blanco cegador. Creo que se lo había pintado con pigmentos fosforescentes, porque brillaba como la luna. Llevaba medias azules con rayas rojas.

—¿No te parezco hermoso? —preguntó—. Dicen que lo soy.

Yo estaba demasiado fascinada para contestar.

—Mi querida Agathe —continuó, mirando su imagen en el espejo —, como ves, ya no estás entre campesinos… (Aquí me llaman madam).

Volvió a ponerse sus plumas y alas. De repente sentí mucho frío y los dientes me castañeteaban.

Y ahora, pon atención, Eleanor: mientras más miraba a Célestin, más ligero me parecía, ligero como una pluma. Empezó a caminar por la habitación de una manera extraña. Sus pies parecían rozar cada vez menos el suelo. Luego comenzó a deslizarse desde la puerta hasta el pasillo. Me levanté y fui corriendo hasta la puerta. Célestin se desvaneció en la oscuridad… Sus pies ya no tocaban el piso… Estoy absolutamente segura de lo que te cuento. Batía sus alas muy lentamente, pero… ¡ya ves cómo arrancó mi matrimonio!

No vi a Célestin durante una semana. Ni a nadie más, excepto un viejo sirviente, llamado Gastón, que me traía de comer, siempre cosas dulces. Me la pasaba en mi estudio, donde he seguido viviendo desde entonces. Estoy tan triste, Eleanor, tan triste, que mi cuerpo se ha vuelto transparente de tantas lágrimas que he derramado. ¿Es posible disolverse en agua sin dejar rastro? Estoy sola tanto tiempo que he desarrollado una especie de enamoramiento de mi imagen en el espejo. Pero, Eleanor, lo peor de todo es que últimamente me cuesta cada vez más verme en el espejo. Sí, es horrible, pero es verdad. Cuando me miro en el espejo, mi cara se ve borrosa. Y creo… no, estoy segura de que puedo ver los objetos que están detrás de mí a través de mi cuerpo.

Ahora mismo estoy llorando tanto que no puedo ver la página en la que escribo. Cada día, Eleanor, me desvanezco un poco más, aunque nunca me ha gustado más ver mi rostro. Trato de pintar mi retrato, para tenerme cerca un poco más, ¿entiendes? Pero no puedo, me eludo.

Y hay algo más: los objetos a mi alrededor se están volviendo terriblemente claros y vívidos, mucho más vivos que yo. Comprenderás que esté asustada. Mira, las sillas en esta habitación son muy viejas, igual que los demás muebles. Pues la semana pasada vi un pequeño brote verde en una de estas viejas sillas, como los que aparecen en los árboles al llegar la primavera. Y ahora… es horrible: ¡el brote se ha convertido en una hoja, Eleanor!

Unos días más tarde:

El estudio está lleno de brotes. Todos los muebles tienen yemas verdes, muchas sillas tienen ya hojas, frágiles hojitas de un verde tierno. Es absurdo ver salir esas hojas jóvenes de unos muebles tan viejos y polvorientos.

Vino Célestin. No se dio cuenta de nada, pero tomó mi cara entre sus manos tan suaves… demasiado suaves. Y dijo:

—Siempre serás una niña, Agathe. Mírame, soy un jovenzuelo, ¿no crees? —luego se levantó y se echó a reír, con una aguda carcajada—. ¿Haces funciones teatrales para ti sola?

Eso no es cierto, Eleanor… Solamente me pongo disfraces para hacerme más sólida, más sustancial, para no… ya sabes lo que iba a decir.

—Agathe, cuando eras pequeña, ¿alguna vez jugaste vuela, paloma, vuela? —Célestin me hizo esa extraña pregunta mientras se miraba en el espejo. Le respondí que era un juego que me divertía mucho de niña.

Para entonces, la habitación se había llenado de extraños seres vestidos como ovejas. Pero estaban desnudos, Eleanor, sus ropas no eran más que lana. Todos eran hombres, pintados como rameras.

—Los corderos de Dios —dijo Célestin.

Nos sentamos en torno a una mesa redonda, y de pronto aparecieron unos veinte pares de manos por entre los mechones de pelo. Noté sus uñas barnizadas, pero muy sucias. Las manos eran pálidas y grisáceas.

Todo eso no fue más que una impresión momentánea, pues yo no tenía ojos más que para las manos de Célestin. Te juro, Eleanor, que sus manos chorreaban de humedad, y eran tan, pero tan suaves, y tenían un color muy peculiar, como de madreperla. Él también se miraba las manos, con una sonrisa secreta.

—¡Vuela, paloma, vuela! —gritó, y todas las manos se elevaron, agitándose como si fueran alas. Mis manos también aletearon.

—¡Vuela, oveja, vuela! —exclamó Célestin, y las manos se estremecieron sobre la mesa, pero no se levantaron.

—¡Vuela, ángel, vuela!

Hasta ese momento, nadie cometió un error.

De pronto, la voz de Célestin se elevó en un grito agudo y terrible.

—¡Vuela, Célestin, vuela!

Eleanor, querida Eleanor, sus manos…

El diario de Agathe se interrumpía bruscamente en ese punto.

Me volví hacia su retrato: el lienzo estaba en blanco. No me atreví a mirar mi cara en el espejo. Sabía lo que iba a ver: ¡mis manos estaban tan frías!

Leonora Carrington, 1986

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

sábado, 4 de abril de 2026

La librería Balqís se traslada de nuevo

La librería Balqís, el mítico establecimiento especializado en obras sobre Oriente Próximo y África, acaba de mudarse de nuevo. No debe de ser fácil encontrar un buen acomodo para una librería así. Ahora está en el barrio de Arganzuela, en la calle Baños de Montemayor, 7, haciendo esquina con la calle Arganda, cerca de la Glorieta de Embajadores, a 13 minutos andando. Ésta es la web de la librería.


Es un local amplio, luminoso, con dos grandes escaparates y una sala de exposiciones en el sótano que vale mucho la pena visitar. Se trata de un lugar encantador, donde se encuentran títulos difíciles de conseguir y es casi imposible salir sin haber comprado tres o cuatro libros. Además, organiza conciertos de música tradicional, recitales, presentaciones de libros y una larga lista de actividades. Allí tuve la suerte de asistir a la presentación de Tánger. Un viaje de ida, a cargo de la autora, Mónica López y de Gonzalo Fernández Parrilla. Un encuentro muy especial. Por cierto, Balqís es el nombre en árabe de la legendaria Reina de Saba, una figura histórica conocida por su sabiduría, riqueza y poder.

Sin duda, es una de mis librería favoritas. Os recomiendo pasar por allí de vez en cuando. No os váis a arrepentir y seguro que compráis algo.

Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

viernes, 3 de abril de 2026

Los dioses tienen sed - Anatole France

Título: Los dioses tienen sed
Autor: Anatole France
 
Páginas: 260
 
Editorial: Mondadori
 
Precio: 10 euros 
 
Año de edición: 1990

El gran escritor francés Anatole France, ganador del premio Nobel en 1921, fue muy popular en vida: traducido, leído y admirado. Se le consideraba sin discusión como uno de los grandes de las letras francesas. Pero, como tantas veces ocurre, tras su muerte se le olvidó e incluso denostó: pasó a ser un representante del pasado, un burgués cínico y hasta conservador que se hacía pasar por progresista sentando sus reales en los sillones académicos más encopetados. La nueva generación devoró a Anatole France. Después de tantos años, pese a todo, este autor sigue vivo. No es una reliquia. Sus mejores libros siguen diciéndole algo al lector de hoy día. Es un clásico algo marginal. Y es que los buenos escritores logran casi siempre sobrevivir a los vaivenes caprichosos de la fama. 

Los dioses tienen sed, publicada en 1912, es quizá la obra maestra de Anatole France. Se trata de una magistral novela histórica que transcurre en París durante los años de 1793 y 1794. El período más duro de la Revolución Francesa. El terror. Cuando, como alguien escribió, las cabezas caían en el cesto con el mismo sonido de las pizarras de las casas al desprenderse los días de viento. Los dioses tienen sed de sangre. Exigen sacrificios humanos, en los dos sentidos. Los enemigos de la revolución deben morir. Los revolucionarios deben sacrificarse por la causa de la república hasta la muerte. Hay momentos históricos que exigen lo imposible. La existencia de las personas corrientes se ve envuelta en un torbellino de acontecimientos. Muchos inocentes acaban zarandeados y pisoteados. Hasta que amaina la tormenta y todo parece volver a la calma. Sin embargo, las cosas han cambiado para siempre. 

El protagonista de Los dioses tienen sed es un pintor de segundo orden discípulo del gran David. El joven Evariste Gamelin cree en la revolución con una fe absoluta, que llega hasta el fanatismo y la crueldad. Alrededor de Evariste pululan una serie de personajes inolvidables. Recordemos algunos. Un aristócrata liberal que ahora sobrevive fabricando títeres. Profundamente tolerante, ateo, piensa en el pasado, cuando en la vieja Francia las cosas parecían estar en orden. Como buen materialista y determinista es un fatalista que no se hace ilusiones. Resulta inútil enfadarse con los átomos. Su nostalgia carece de odio. Protege a un pobre fraile barnabita con quien mantiene elegantes discusiones dentro de la más absoluta caballerosidad. El ateo y el religioso son supervivientes natos que se agarran a la última tabla mientras pueden. Unidos por una idéntica vulnerabilidad. Son, quizá, exponentes de las ideas tolerantes del propio Anatole France

Claro que otros personajes están arrebatados por la fiebre revolucionaria. El desgraciado Evariste es un creyente devorado por la pasión cuyos esfuerzos sobrehumanos acaba en la inhumanidad: los extremos se tocan. Hay quien se deja arrastrar de buen grado por la fiebre del momento y quien es arrastrado contra su voluntad. No es fácil juzgar quiénes tienen razón y quiénes no y además tampoco importa demasiado. Las urgencias del momento superan las pequeñas tragedias individuales. Las revoluciones son así. Eso tienen de terribles y grandiosas. 

Anatole France describe brillantemente escenas emblemáticas de la Revolución Francesa, de las que se quedan grabadas en la memoria. Una sesión del club de los jacobinos en donde domina la oratoria seca y arrebatada del controvertido Robespierre, el sumo sacerdote del republicanismo radical. Las canciones revolucionarias a la luz de las antorchas, el culto a los héroes y los mártires, la nueva religión de la patria, la clausura de las iglesias (tenebrosos antros de superstición para los jacobinos), el tribunal revolucionario, con el tétrico fiscal Fouquier-Tinville, que manda sin inmutarse a cientos de infelices a la guillotina. Los vociferantes sans-culottes con una cabeza clavada en una pica. Las viejas deslenguadas que no se sacan la pipa de la boca. Los niños harapientos que espían cada tumulto. Los amenazados que sobreviven escondidos hasta que pase el huracán. La Revolución Francesa fue el nacimiento del mundo contemporáneo. No fue un parto fácil, ni podía serlo. Corrió la sangre. Entre bastidores, aguardando su momento, frotándose las manos, permanecía la burguesía, favorecida por el cataclismo social revolucionario. 

La mirada de Anatole France en Los dioses tienen sed es irónica, distanciada y tolerante. Nos viene a decir que por debajo de los grandes acontecimientos bulle el hormiguero humano, compuesto por millares de vidas individuales que capean los temporales como pueden y a las que debemos intentar comprender antes de apresurarnos a censurar. Evariste Gamelin no es un monstruo. Cree con fervor. Es un verdadero revolucionario, austero y puritano. Pero también está dispuesto a sacrificar a otros en el altar de los dioses sedientos. Verdugo y mártir.  

En definitiva, una novela magistral sobre un momento irrepetible. Anatole France escribió un libro emblemático. Quizá una de las mejores novelas históricas que he tenido la ocasión de leer. El estilo de France posee una gran fuerza expresiva. Resulta elegante, ligero, escéptico, aunque no pierde en ningún momento la simpatía humana. Disfruten con esta novela porque merece la pena. 

Anatole France

Anatole France (1844-1924), pseudónimo de François-Anatole Thibault, fue un escritor francés nacido en París y ganador en 1921 del premio Nobel de literatura. Su padre era un librero especializado en libros y folletos sobre la Revolución Francesa y contagió la pasión bibliófila a su hijo. Estudiante en colegios católicos, el joven Anatole se convirtió en bibliotecario del Senado francés en 1876, a la vez que hacía sus pinitos como poeta y periodista.

Pero fueron sus novelas las que le dieron justa fama. Estaban escritas en un elegante estilo considerado como exquisitamente francés por los críticos de su tiempo. Anatole France era políticamente de izquierdas. Siempre apoyó las causas progresistas (separación entre la iglesia y el estado, humanización de las prisiones, oposición al antisemitismo). Al final de su vida se acercó al Partido Comunista Francés. Anatole France falleció con 80 años sin abjurar de su ateísmo.

Publicado por Alberto.