viernes, 17 de abril de 2026

La agonía del cristianismo - Miguel de Unamuno

Título: La agonía del cristianismo
Autor: Miguel de Unamuno
 
Páginas: 144
 
Editorial: Alianza
  
Precio: 12,95 euros 
 
Año de edición: 2013 (7ª edición)

El turbulento don Miguel de Unamuno tuvo durante los años veinte un duelo singular con Miguel Primo de Rivera, dictador jerezano de zarzuela, gran jugador, bebedor y parlanchín. Acabó siendo destituido de su rectorado en la Universidad de Salamanca y deportado a Fuerteventura. Se escapó en un velero. Recaló en Francia. Instalado en una buhardilla de París, Unamuno, hombre pasional, se aburría como una ostra entre tantos galos. Se dedicaba a leer, escribir poemas y pasear. Ya se sabe que don Miguel tenía una manera muy curiosa de tratar a los demás: hablaba él y todo el mundo debía escuchar. No dialogaba; monologaba consigo mismo, o, mejor, con sus varios yos, a menudo enfrentados entre sí. Miguel de Unamuno era una contradicción viviente que hacía de sus zozobras espirituales un espectáculo. 

En 1925 publicó en francés un importante ensayo filosófico-teológico con el polémico título de La agonía del cristianismo. No se publicó en castellano hasta 1931. Unamuno explica que para él agonía significa lucha. El cristianismo es una religión agónica porque en el alma del creyente pelean el fuego de la fe con el hielo de la razón. El resultado es una controversia interminable que dura lo que dure la existencia del creyente agonizante. Aquí se aprecian influencias de su favorito Kierkegaard, que decía que la vida es una enfermedad mortal que nos conduce indefectiblemente a la muerte. Pero Unamuno no quería morir sin antes pelear. Contra los demás y contra sí mismo. Era un tipo batallador. Nuevo don Quijote.

Unamuno define según su criterio el verdadero cristianismo. Se trata de una religión universal e individual que se revela en el alma de cada cristiano a través de la gracia. Las obras no son suficientes. La fe es un regalo de la divinidad. Querer creer es quizá signo de que Dios se preocupa por el creyente. Desde luego, el fin de la religión es garantizar la inmortalidad personal. Dios e inmortalidad son intercambiables en Unamuno

El filósofo vasco considera que los únicos cristianos verdaderos eran los eremitas que se retiraban a la más profunda soledad para alcanzar el cielo. El cristianismo está por encima de la historia; es un credo que dice lo siguiente: los hombres viven ciertamente en sociedad; cada hombre, en cambio, muere solo, y la muerte es la suprema soledad. Pero existe el aspecto institucional de la religión: la iglesia. Y la iglesia sí es de este mundo. Las adherencias sociales convierten al cristianismo genuino en otra cosa; por ejemplo: catolicismo o jesuitismo, un negocio como otro cualquiera. 

El cristianismo no es de derechas o de izquierdas, ni patriota ni antipatriota, ni socialista ni antisocialista. Las disputas mundanas entre los hombres son legítimas dentro del progreso histórico. Sin embargo, el cristianismo no se fundamenta en ningún progreso sino en la eternidad. El supuesto cristianismo social es para Unamuno como «química azul», un sinsentido.

Este librito trata de asuntos verdaderamente interesantes, sea el lector creyente, no creyente o agonizante a lo Unamuno. Jesús, para el sabio bilbaíno, fue un judío apocalíptico que esperaba el inminente establecimiento del reino de Dios en la tierra. Su reino no era de este mundo. Quizá ni siquiera creía en la inmortalidad del alma, idea helénica, sino en la resurrección de los cuerpos al estilo hebreo. San Pablo era un fariseo helenizado que «tartamudeaba su poderoso griego polémico» y que convirtió la fe étnica de Jesús en un credo universal, en «donde no hay ni griegos ni judíos», sino hombres a secas. 

También se habla aquí de Pascal, Santa Teresa, León Chestov y del fraile rebotado Jacinto Loyson. Pero, según Unamuno, la tensión agónica del cristianismo prosigue sin tregua en el alma de cada creyente: fe o razón, religión o ciencia, Dios o nada. Este combate agónico entre supuestos contrarios nunca alcanza una síntesis superadora. Unamuno no era precisamente un hegeliano. La vida es una contradicción permanente, lucha, agonía. 

Quien haya leído Del sentimiento trágico de la vida (1913) recordará sin duda motivos que se repiten en esta obra, que no es exactamente un resumen del primero. Lo que hace Unamuno es reevaluar sus pensamientos de una manera más intensa y personal. El estilo es desgarrador, conceptuoso, retórico, a veces difícil. No hay una argumentación racional como tal sino una dialéctica agónica que puede sorprender y hasta molestar al lector. En realidad, esto último es un valor del estilo unamuniano, que nunca deja indiferente, aunque cabe rechazar ciertos arrebatos apasionados y hasta disparatados. En conclusión: un ensayo polémico y genial de uno de los grandes escritores españoles. Recomendable. 

Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno (1864-1936) fue un escritor y filósofo español nacido en Bilbao. Unamuno vivió de niño la última guerra carlista, a la que dedicaría su primera novela, Paz en la guerra (1897). En Madrid estudió filosofía y letras, y se doctoró en 1884 con una tesis sobre la prehistoria de la raza vasca. Hizo oposiciones, empezó a escribir, a traducir y a darse a conocer en el mundillo intelectual del momento. En 1891 ganó la cátedra de griego en la Universidad de Salamanca. Allí se fue a vivir con su mujer Concha Lizárraga. Tuvo nueve hijos. Fue socialista. Le encantaba la polémica. En 1895 publicó En torno al casticismoDel sentimiento trágico de la vida, su principal tratado filosófico, es de 1913, y en 1914 se editó la genial novela, o nivola, Niebla

Unamuno compartió con otros miembros del grupo del 98 la preocupación por España, a la que encontraban alicaída, cejijunta y sin fe. Don Miguel se metió en problemas. En 1914 le destituyeron como rector de la Universidad de Salamanca. Fue aliadófilo y rechazó la dictadura de Primo de Rivera, que lo mandó al destierro. Desde París, Unamuno no cejaba en su lucha por la libertad de España. En 1931 se convirtió en uno de los padres de la Segunda República. Siempre contradictorio, no tardó en desencantarse del nuevo régimen, sin abandonar sus ideas liberales. En 1936 apoyó fugazmente a los sublevados. Horrorizado por la represión, el 12 de octubre de 1936 se enfrentó a brazo partido contra el legionario mutilado Millán-Astray en un mítico incidente: «Venceréis, pero convenceréis». De nuevo destituido del rectorado y confinado en su casa, Unamuno falleció el último día de 1936, hay quien dice que asesinado. 

Publicado por Alberto. 

jueves, 16 de abril de 2026

Una lectora nada común - Alan Bennett

Título: Una lectora nada común
Autor: Alan Bennett
 
Páginas: 128
 
Editorial: Anagrama
  
Precio: 18,90 euros 
 
Año de edición: 2008 (7ª edición)
 
Si los famosos perros de la reina Isabel II de Inglaterra no se hubieran entretenido un día ladrando a la biblioteca móvil que estaba aparcada al lado de las cocinas de palacio, en un patio interior al que la monarca nunca iba, su majestad nunca hubiese conocido a Norman, un pinche de cocina con el vicio de leer compulsivamente, ni hubiese tomado en préstamo una novela por compromiso. Esa casualidad hace que se aficione a la lectura hasta las trancas y dispara una cascada de perturbaciones en la vida cotidiana de Buckingham inesperadas y divertidas.
 
Ese es el planteamiento de esta novelita, sencilla, fácil de leer, llena de ironía y con un sorprendente desenlace, resuelto en la última frase con una insinuación, que deja un excelente sabor de boca. A veces viene muy bien descansar un poco leyendo algún libro como éste, aparentemente simple, casi trivial, pero con más trasfondo de lo que parece y una buena dosis de ironía. Tiene además la virtud de criticar a la corona británica y todo lo que se mueve a su alrededor con elegancia y de manera indirecta,
 
Un libro estupendo, recomendable para todos los públicos, con diálogos jugosos y situaciones más que peculiares. Ofrece un buen catálogo de frases para enmarcar, por ejemplo: «Su trabajo consistía en mostrar interés, pero no interesarse»«En los círculos reales, la lectura no estaba bien vista»«Había adquirido la habilidad de leer y saludar al mismo tiempo»«¿Soy la única que querría echar un rapapolvo a Henry James?»«Creo que me estoy convirtiendo en un ser humano»«A los ochenta años, las cosas no suceden, se repiten».
 
Por otro lado, es curiosa la lista de grandes autores, la mayoría anglosajones, que desgrana el autor, una buena selección que puede servir para repasar hasta qué punto conocemos a fondo la literatura británica. También hay que resaltar el retrato de la vida cotidiana y funcionamiento interno de la monarquía inglesa que realiza el autor. Una descripción ajustada, irónica y muy creíble, que me ha recordado inevitablemente a algunos detalles de The Crown, una de las mejores series televisivas que he visto.
 
En fin, una obra que puede parecer modesta, pero que está basada en una idea feliz y ejecutada con habilidad y mucho oficio. Un texto muy british en el tema, el fondo y la forma. Una novela ligera que gustará a todo el mundo y os arrancará más de una sonrisa. 
 
La excelente traducción del inglés es obra del bilbaino Jaime Zulaika, traductor de inglés y francés, que se atrevería también con el griego y el italiano si le dan una oportunidad.
 
Alan Bennett (Leeds, 1934) es un actor, dramaturgo y novelista británico. Hijo de un carnicero, consiguió una beca para estudiar en la Universidad de Oxford y se licenció en Historia con notas excelentes. Fue profesor de Historia Medieval durante unos años, hasta que decidió que lo suyo era el teatro.
 
Mientras estudiaba, actuó en varias obras y a los 26 años tuvo una actuación muy exitosa, junto a Dudley Moore, en el Festival de Edimburgo. A los 34 años estrenó su primera obra, a la que siguieron muchas otras obras de televisión, teatro y radio, con guiones, cuentos, novelas y muchas apariciones como actor. Empezó a escribir prosa. Ha ganado seis Premios Tony y tres Premios Laurence Olivier con la obra The History Boys, además de una larga lista de premios de narrativa, teatro y televisión.
 
Alan Bennett
 
Publicado por Antonio F. Rodríguez.