La edad de la penumbra (2018), de la periodista británica Catherine Nixey, se coloca en la estela dejada por el gran historiador dieciochesco Edward Gibbon: una dura crítica del cristianismo primitivo como responsable de la destrucción del mundo clásico. En su magistral Historia de la decadencia y caída del imperio romano, libro de una elocuencia portentosa, Gibbon cargó contra la patulea de frailes, santos y obispos que aniquilaron la civilización grecorromana en nombre de una fe cristiana intransigente. Así que el sesgo de la Nixey es explícito. Alguien dirá que es un libro tendencioso. Es posible. Pero es interesante, informativo y está muy bien escrito.
Catherine Nixey estudia en esta obra muchas cosas. La iconoclastia de los cristianos más furibundos. El odio por la cultura clásica. El recurso a la violencia de palabra u obra. La repentina conversión de Roma al cristianismo a principios del siglo IV por obra y gracia de Constantino, que provocó un verdadero terremoto moral. La diferencia era insalvable entre la civilización pagana, que aceptaba con naturalidad el pluralismo religioso, y la civilización cristiana, inspirada por una fe excluyente. El resultado fue el hundimiento de la razón antigua. En su lugar triunfó un oscurantismo que derribó templos, mutiló estatuas, quemó libros y censuró escritos. Y es que la verdad no se discute, decían aquellos santos varones cuyas barbas les llegaban hasta el ombligo; la verdad se impone por las buenas o por las malas. Fueron incontables las barbaridades perpetradas por la singular religión del amor. Nixey, en este sentido, no deja títere con cabeza. Los arrebatos de San Agustín, San Cirilo, San Juan Crisóstomo, San Ambrosio o San Martín de Tours son inequívocos.
Así que este libro podría ser rebautizado como la otra cara de la cristiandad antigua. Una historia dolorosa, bastante escamoteada. Para no alargar demasiado esta reseña nos centraremos en tres aspectos especialmente interesantes: la obsesión cristiana por el demonio, el carácter moderado de la persecución romana contra la iglesia primitiva y las críticas de algunos sabios paganos contra la nueva religión.
Los cristianos pensaban que detrás de la religión politeísta estaba el diablo. Los dioses paganos eran demonios. La iglesia no admitía de ninguna manera que su fe fuera compatible con el paganismo. Con los ídolos solo cabía hacer una cosa: destruirlos. Algunos creyentes, como San Antonio, abandonaron la sociedad pagana convirtiéndose en monjes. Las tentaciones, el pecado y la culpa abrasaban la torturada alma de los cristianos. La existencia terrenal no era importante. El cuerpo se despreciaba. Lo verdaderamente decisivo era salvar el alma. Y dar testimonio de la propia fe. Sin miedo a las consecuencias.
Esto llevaba derechamente al martirio. Desde las escabechinas de Nerón en el año 64, los cristianos fueron ciertamente perseguidos. Pero fueron persecuciones por lo general locales y de escasa intensidad. Desde luego, no evitaron la expansión de las iglesias por doquier. La peor de todas fue la persecución de Diocleciano, a principios del siglo IV, inmediatamente antes del triunfo. Los paganos eran menos fanáticos que los cristianos en el aspecto religioso. Las autoridades romanas exigían a los cristianos que hicieran un sencillo sacrificio a las divinidades oficiales, incluido el emperador. Cumplido este requisito, los dejaban en paz. Por lo general, los cristianos se ponían cabezones, rechazaban rendir culto a la religión oficial y acababan ejecutados. El furibundo Tertuliano decía: la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. Tenía razón.
Las autoridades cristianas dispusieron de siglos para eliminar los libros escritos por los intelectuales paganos criticando las pretendidas verdades de la nueva fe. Algunos pocos fragmentos se han conservado en los tratados de apologetas cristianos que se preocupaban de refutarlos. Destaca la polémica anticristiana de Celso y Porfirio. Ponían el dedo en la llaga: el absurdo de un Dios todopoderoso y a la vez personal, la incongruencia de unas penas eternas por pecadillos sin importancia, los milagros, las profecías y el parto virginal, las contradicciones insalvables de los evangelios, el desconcierto acerca de un Dios que se hace hombre para acabar crucificado y anunciar alegremente que volverá o la pretensión de poseer exclusivamente la verdad. Sobre todo, no entendían la negativa categórica de los cristianos a participar en la vida cívica del imperio.
En definitiva, esta mujer ha escrito un libro interesante. Quizá habría que profundizar más en algunas cuestiones y matizar ciertas afirmaciones. El triunfo cristiano fue más una consecuencia que la causa del hundimiento de Roma. Nixey admite que buena parte de la cultura clásica se salvó gracias a los monjes. La iglesia destruyó, cierto, pero también preservó. Pero conservó aquello que le interesaba. Nada más. Por lo demás, ¿qué era ser cristiano en el siglo IV? ¿Cuántos se hicieron cristianos por fe sincera y cuántos por oportunismo o miedo? Son preguntas difíciles de contestar. Ahora bien: los datos reunidos por la autora, procedentes sobre todo de fuentes cristianas, resultan indiscutibles. El paganismo clásico no desapareció como por arte de magia; se le hizo desaparecer por la violencia cuando las autoridades romanas se pusieron de parte de la iglesia. La persecución cambió entonces bruscamente de orientación. Se anunciaba la edad media. Libro sugestivo y recomendable.
Catherine Nixey (1980) es una periodista e historiadora británica nacida en Londres. Su familia era algo peculiar, porque tanto su padre como su madre fueron religiosos: él monje y ella monja. Luego colgaron los hábitos y se casaron. Suele decirse que de progenitores piadosos salen vástagos impíos. El caso es que Catherine estudió Historia Clásica en la Universidad de Cambridge. Trabajó como periodista. En 2018 publicó su polémico libro La edad de la penumbra. En 2024 se editó Herejía. Catherine Nixey está casada y tiene tres hijos. Reside en Londres.



