sábado, 6 de junio de 2026

El Buen Maharajá y los niños polacos

Durante la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética y Polonia firmaron en 1941 el acuerdo Sikorski-Mayski, que suponía la liberación de decenas de miles de prisioneros de guerra encerrados en las cárceles y campos de prisioneros soviéticos. Entre esos presos liberados, había miles de niños, la mayoría huérfanos, pero otros, simplemente habían perdido el contacto con sus padres y no podían encontrarlos. Nadie quería acoger a esos niños los MENA de la época—: la Polonia ocupada por los nazis no los quería, la URSS, tampoco y el resto de potencias, miraba para otro lado.

En esa situación, un barco con unos 700 niños polacos quedó a la deriva en el mar Arábigo. Nadie quería acogerlos. Habían atravesado Irán y habían conseguido embarcarse en un transporte. El Imperio Británico, la potencia dominante en la zona, le cerró todos los puertos de la India. No es nuestro problema, dijeron. Sin comida ni medicinas y casi sin agua, el tiempo se les estaba agotando. 

Pero entonces, la noticia llegó al palacio de Makarpura, en Guyarat (India), la residencia privada más grande del mundo, cuatro veces mayor en superficie que el palacio de Buckingham. El gobernante era Digvijaysinhji Ranjitsinhji Jadeja (1895-1966), Maharajá de Nawanagar, a la sazón uno de los mejores jugadores de críquet del mundo y un cliente habitual de la joyería Cartier de París. A pesar de sus riquezas, era un príncipe menor. Los británicos controlaban los puertos, el comercio y el ejército. Le convenía obedecer y callar. Sus asesores y todo el mundo le decían que convenía no meterse en líos. 

Pero él les dijo: «Los británicos pueden controlar muchas cosas, pero no controlan mi conciencia. Los niños serán bien recibidos en mi palacio». Convenció a la Cruz Roja de que los menores podían ser acogidos en su reino hasta que mejorase la situación y pudiesen volver a su país. Cuando los funcionarios británicos protestaron, les contestó: «Si los fuertes se niegan a salvar a estos niños, yo, el débil, haré lo que ustedes no hacen». Cuando al fin llegaron los críos, los recibió de rodillas para estar a su altura y, con la ayuda de los intérpretes que había conseguido, les dijo: «Ustedes ya no son huérfanos. Ahora son mis hijos. Yo soy su bapu (padre)». 

Y hablaba en serio. Creó una pequeña Polonia en la India. Trajo maestros polacos, cocineros, músicos que les cantasen canciones de su tierra, sacerdotes católicos y médicos que les atendiesen. Creó una biblioteca de libros en polaco. Se aprendió los nombres de todos ellos, los iba a ver a menudo, celebraba sus cumpleaños y trataba de consolarles por todo lo que habían perdido. Hizo todo lo posible para que se sintiesen como en su casa. Allí los chavales disfrutaban de la vida al aire libre, la playa y el clima. Acampaban y jugaban al fútbol, al hockey y al voleibol. Y en Navidad, tenían un árbol y regalos, como en Europa.

Cuando acabó la guerra, tuvieron que volver a Polonía y muchos se fueron llorando. Se convirtieron en médicos, ingenieros, maestros, albañiles... y no olvidaron. En Varsovia hay una plaza que se llama la plaza del Buen Maharajá, hay colegios que llevan su nombre, existe un monumento dedicado a su memoria y el gobierno polaco le concedió la Cruz de Comendador de la Orden del Mérito de Polonia. Aún hoy en día, aquellos chicos bueno, los que viven, ya octogenarios se reúnen y les cuentan a quienes quieran oírles que hubo una vez un príncipe indio que, cuando todos cerraban sus puertas, vio a unos pobres niños en apuros y les dijo «Sois mis hijos». Y el mundo cambió para siempre. 

 
Digvijaysinhji Ranjitsinhji Jadeja, el Buen Maharajá

 Publicado por Antonio F. Rodríguez.