sábado, 18 de julio de 2026

Axolotl - Julio Cortázar

Julio Cortázar

Axolotl

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.

En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.

No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.

Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.

Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas… Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.

Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?

Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.

Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía —lo supe en el mismo momento— de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.

Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él —ah, sólo en cierto modo—, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

Julio Cortázar, 1956

Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

viernes, 17 de julio de 2026

Mi idolatrado hijo Sisí - Miguel Delibes

Título: Mi idolatrado hijo Sisí
Autor: Miguel Delibes
 
Páginas: 334
 
Editorial: Destino
   
Precio: 2,7 euros 
 
Año de edición: 1978

De entre los grandes escritores españoles, Miguel Delibes ocupa un lugar muy particular. Se trata de un autor de reconocida calidad que siempre ha tenido innumerables lectores. La categoría literaria no fue en su caso un obstáculo para la popularidad. Se puede extraer de ello una conclusión optimista: los gustos del respetable público no siempre son tan vulgares como pontifican ciertos santones. Miguel Delibes era, por lo demás, un hombre discreto. Vivió en Valladolid. Escribía sobre su tierra: la Castilla mesetaria y desnuda, los pueblos, la gente del campo, los niños y los humildes. Delibes era de ideas liberales. Cristiano. De un humanismo machadiano. Le gustaban la caza, la pesca y la vida familiar. Tampoco su obra tuvo grandes altibajos, ni períodos de silencio creativo. Desde La sombra del ciprés es alargada, su primera novela, ganadora del Premio Nadal en 1947, Delibes fue publicando sus libros a buen ritmo. 

Mi idolatrado hijo Sisí es la cuarta novela del vallisoletano. Se publicó en 1953. A lo largo de tres partes, que transcurren entre 1917 y 1938, nos retrata la vida familiar de Cecilio Rubes. Cecilio es un buen burgués provinciano. Vende bañeras y otros artículos higiénicos. Es un tipo rubicundo, bastante gordo, de inteligencia limitada y comodón. Un perfecto egoísta. Las relaciones con su mujer Adela, tímida y de clase social inferior a la suya, son superficiales. Tiene, por supuesto, una querida. Forma parte de un club con socios tan fariseos como él. La imagen que tiene de sí mismo es bastante equivocada, ya que se considera un hombre inteligente, emprendedor y de ideas brillantes. No es el caso. Cecilio Rubes es un modelo de mediocridad y vulgaridad. 

Mi idolatrado hijo Sisí toca con acierto varios temas: la existencia burguesa, los cambios de la sociedad española a lo largo de dos décadas decisivas y la educación de los hijos. Se pueden comentar brevemente estos tres aspectos. 

Delibes analiza con exquisito detalle los modos y maneras de la burguesía católica en una ciudad que podría ser perfectamente Valladolid. Los rituales sociales que se repiten una y otra vez. Las reuniones entre amigos. Los cafés. El cuplé, que las buenas gentes del momento consideraban como un espectáculo pecaminoso («sicalíptico»). El teatro. El cine, más tarde. Las señoritas tocando el piano. La importancia del qué dirán (el temido escrutinio público en una sociedad cerrada en donde todos se conocen). El exhibicionismo de las cosas que se salen de lo corriente (ejemplo: un automóvil). La religiosidad acomodaticia y cosmética. Las conversaciones triviales. Miguel Delibes demuestra su talento para ofrecernos el retrato preciso de un sector acomodado de la sociedad española de su tiempo. Solo por eso, la novela es magnífica. 

Si la vida es cambio y el cambio es historia, Mi idolatrado hijo Sisí es a su manera una novela histórica. Fuera del apacible universo burgués de los Rubes, la existencia se acelera. El bueno de Cecilio teme que esa gran revolución que ha estallado en Rusia llegue a su ciudad. Es posible que algunos de sus empleados simpaticen con los bolcheviques. Barrunta que los revolucionarios rusos no simpatizan demasiado con los fabricantes de bañeras. Las transformaciones no cesan. Cambia la moda de las señoras. Los coches de caballos empiezan a considerarse como un anacronismo. Cecilio instala en su casa el teléfono. Las imágenes del cinematógrafo empiezan a hablar. La publicidad es cada vez más importante. Las empresas familiares dan paso a las sociedades anónimas. Para alegría de Cecilio Rubes, la higiene se va imponiendo. En fin, de la historia nadie se escapa, ni siquiera en la adormilada Castilla

Delibes, por último, toca el asunto de la educación de los hijos. Cecilio Rubes en principio no quería tenerlos: dan demasiada guerra para su estilo de vida sin compromisos. Pero, claro, cuando su mujer se queda embarazada, cambian sus ideas al respecto. El pequeño Cecilio, apodado Sisí, es un querubín rubio adorado por su progenitor. Lo malcría. El niño crece. Acabará siendo un parásito sin educación. Un señorito que ha heredado todos los defectos de su progenitor y ninguna de sus escasas virtudes. Un ser hueco que busca únicamente satisfacer sus deseos inmediatos. Delibes parece querer contraponer aquí a la familia Rubes con sus vecinos, los Sendín, que son católicos sinceros, cargados de hijos y llevan una existencia esforzada lejos de la vida muelle de los otros. Para mí esta es la parte menos interesante del libro, porque se acerca peligrosamente a la novela de tesis (contra el maltusianismo, en este caso). 

En definitiva, una de las mejores novelas de un escritor de excepción. El estilo es excelente. Un castellano perfecto, depurado, de frases breves y redondas, carente de retórica y que se adapta como un guante a lo que quiere decirse, sin manierismos ni retortijones verbales. Delibes era un maestro y Mi idolatrado hijo Sisí lo demuestra con creces. Recomendable y más que recomendable. 

Miguel Delibes

Miguel Delibes Setién (1920-2010) fue un escritor español nacido en Valladolid. La familia Delibes era burguesa y descendía del compositor francés Léo Delibes. Miguel fue el tercero de ocho hermanos. Luchó durante la Guerra Civil en el bando sublevado. Terminada la contienda, estudió Derecho y llegó a ser en 1943 catedrático de derecho mercantil en la Escuela de Comercio de Valladolid. Publicó su primera novela La sombra del ciprés es alargada en 1947. Luego le seguirán Aún es de día y El camino, una de sus obras maestras. 

A partir de ahí se convirtió en uno de los novelistas españoles más destacados gracias a títulos como Mi idolatrado hijo Sisí, Las ratas, La hoja roja, Cinco horas con Mario, Diario de un cazador, Señora de rojo sobre fondo gris, Los santos inocentes o El hereje. Ingresó en la Real Academia Española en 1975. Aficionado a la vida campestre, cronista impecable de la vida castellana, fue director de El Norte de Castilla, el gran periódico de su ciudad. Delibes falleció en Valladolid en 2010 tras una larga enfermedad. 

Publicado por Alberto.