¿Cuál es la magia que
supone la pulsión creativa? ¿Quiénes los señalados para lograrla? ¿Cuántas
vivencias escuchadas, historias leídas, museos visitados, conversaciones
compartidas? Y, sin embargo, allí están los relatos esperando ser contados,
anhelando ser conocidos en toda su crueldad, su furia, su ignominia.
En el peregrinar de
nuestro gran escritor mexicano David Toscana, descubre
un hecho histórico; la batalla
de Klyuch en el año 1014, en plena Edad Media, entre Basilio, emperador de Constantinopla, y el zar Samuel, señor
del pueblo búlgaro. Ellos se habían enfrentado en varias ocasiones y habían
generado una repulsa personal, indigna de sus cargos. Después de la batalla,
perdida por los búlgaros, Basilio
concibe la mayor afrenta para su rival: decide que los quince mil soldados
tomados presos deben ser cegados y, para que puedan retornar a casa, por cada
cien ciegos, dejará a un hombre tuerto para orientar la marcha.
Simplemente de escuchar el
castigo, nos horrorizamos; sin embargo, nos llenamos de vergüenza al reconocer
que hoy, diez siglos después, los seres humanos somos capaces de atroces
fechorías tan indignas como aquéllas.
Toscana es un escritor
meticuloso, cuyo proceso de escritura está sustentado siempre en
investigaciones cuidadosas, en reflexiones profundamente humanas y en una
disciplina creativa encomiable. Es así que al conocer el hecho se preguntó
quién o quiénes habían reseñado tan terrible suceso; su sorpresa fue mayor al
descubrir que, si bien el hecho histórico está constatado en los documentos de
la época, ningún historiador o novelista lo ha tomado como punto de partida
para escribir alguna obra.
Es allí precisamente donde
la genialidad del artista ve una posibilidad única: dar voz a esos hombres
mutilados y por la gracia de un discurso benevolente, permitirles recuperar la
honra y su linaje. La novela, bien sustentada, nos permite conocer y comprender
los campos de batalla de la época, las formaciones de los soldados, las
prácticas militares y la vida sencilla de los hombres y sus villas.
Como una forma de
acercarnos más al relato original, decide numerar los 62 capítulos de la novela
con los caracteres del alfabeto
glagolítico búlgaro, que consta de 40 caracteres, cuyas letras también
representan valores. Es un gesto más de su dedicada manera de construir una
historia.
Lo más importante, lo que
hace de esta una obra de arte merecedora de reconocimientos, sobre todo lo que
invita su lectura, es el profundo sentido de humanidad, su convicción de que la
vida de esos hombres merece ser contada.
El autor convierte una
historia de horror en una narración alegre, esperanzadora y entrañable donde
los ciegos son sujetos concretos con sueños e ilusiones, capacidades y lo más
significativo, redención y dignidad. En lugar de solazarse con el relato
terrible y necesario de la práctica de maese Zósimo, maestro sacaojos, de quien
dice pertenece a «una casta distinta de los torturadores o verdugos, pues su
propósito no es matar ni hacer sufrir, aunque siempre hagan sufrir y a veces
terminen matando»; decide nombrarlos y con ello les regala un destino.
La novela entonces se
convierte en el relato que recupera el sentido de la vida para esos hombres, al
darles voz los construye, al nombrarlos los invita a ser eternos. No hay aquí
preeminencia ni rango, son seres humanos concretos generosos o malvados;
dedicados a sus oficios, soñadores o simples mortales en el día a día de sus
pequeñas vidas que de pronto se llenan de sentido y trascendencia.
Desde Prémeld que
fabricaba muñecas: Kozaro, el escriba; Timotéi, un titiritero improvisado; el
Numerista, que se dedicaba a contar y precisar números y eventos; Aleksi, el
que no supo volver a casa; Igorón, el gigante valiente y ligero que se
convirtió en el estandarte de ese ejército; Apóstol, el espantapájaros ciego de
varias plantaciones; Milko, uno de los que recibieron sus ojos y los cuidaron
hasta su regreso a casa; el panadero Nikifot, hermano de la mujer de Misho, «el de los rojos cabellos, que fue
a la guerra, huyó del campo de batalla y volvió vivo y con ambos ojos a
terminar lo que no había comenzado»; Radislov, el aprendiz de herrero, que
soñaba con hacer la espada más imponente de su tiempo, y de cuya fragua saldría,
decía él la espada del arcángel Miguel; Súndok, el lector; Yanko, el arquero; Bromo, el criador de puercos; Todor
y Seráfim, los hermanos que volvieron a su casa como ciego y tuerto; el judío
Moskono, artesano de la cerámica, y muchos más.
Uno de los relatos más
bellos del libro es el del capítulo 19, en el que se narra la marcha de ese
extraño grupo de valientes: «No hace falta tener ojos para relatar que
andábamos, extendíamos y pisábamos. De haberlos tenido, me pondría a describir
los palacios de aquella ciudad, la muralla, los rostros de la gente; hablaría
del color de sus vestidos, de una mujer adornada […] Por eso, en vez de
entretenerlos con un largo discurso sobre esa primera vez que marchamos sin
ojos, apenas les diré que andábamos con pasos cortos, extendíamos los brazos y
nos pisábamos los talones».
Solo queda disfrutar de la
novela: «Voy a narrar lo que no vi para que lo vea quien me escuche». Una fábula gozosa que nos descubre la
creación literaria, nos invita a conocer la obra de un gran escritor y soñar,
gozar, comprender que la literatura nos regala mundos, espacios, personas y la
posibilidad de lo infinito.