jueves, 19 de julio de 2018

Siete cuentos morales - J. M. Coetzee


Título: Siete cuentos morales
Autor: J. M. Coetzee

Páginas: 128

Editorial: Random House

Precio: 15,90 euros 

Año de edición: 2018

El último libro publicado en España de Coetzee es una verdadera golosina. Un librito de siete cuentos escritos por su heterónima Elizabeth Costello, siete piezas sutiles, aparentemente muy sencillas hasta la trivialidad y sin embargo, escritas con una endiablada habilidad para encender en la mente del lector un dilema ético, agudo y punzante, tan equilibrado y bien planteado que no es nada fácil decantarse por una de las dos posturas que se proponen en cada caso.

¿Tiene derecho el dueño de un perro guardián especialmente fiero a asustar a una chica que pasa por delante de su verja todos los días?¿tiene ella derecho a exigir que no la hagan sentir miedo, miedo real, cada día cuando anda por la calle?

Solo es un ejemplo, pero sirve de muestra para hacerse idea del tipo de dilemas cotidianos que plantea este librito singular, problemas éticos, es decir de comportamiento, relacionados con la compasión, la empatía, la solidaridad y los afectos y sentimientos interpersonales.

Un texto de los que vale la pena leer por muchos motivos, entre otros porque nos interpela con cuestiones que nos siguen interpelando después de acabar y cerrar el libro: ¿de qué sirve la belleza realmente?¿el contacto con la belleza nos hace mejores?¿todos nacemos con la capacidad de sentir empatía y podemos optar por cultivarla o dejar que se marchite?¿es una decisión personal de cada uno?¿o forma parte de nuestro carácter y solo podemos influir en él indirectamente y con un esfuerzo titánico?

Otra cualidad que admiro en Coetzee es su concisión radical, su amor por la exactitud extrema, que persigue en todos sus escritos. Y sin embargo, su literatura resulta extremadamente sensible, conmovedora y sugerente.

Este libro será un verdadero deleite para quienes gusten de las cuestiones éticas, pero más interesante aún si cabe lo será para quienes tengan la atención y a perspicacia necesarias para valorar y disfrutar el enorme talento con el que este sudafricano plantea de modo convincente y persuasivo el punto de vista de cada personaje. No me gustaría tenerlo en un juicio como abogado de la parte contraria.

Un libro único que bien puede servir para conocer la esencia de este escritor absolutamente genial, si es que queda alguien por ahí que todavía no ha tenido ocasión de leer alguno de sus libros. Es un autor necesario en los tiempos que vivimos.

John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) es licenciado en matemáticas y en lengua inglesa por la universidad de su ciudad natal. Trabajó como programador informático a la vez que iniciaba su carrera literaria y posteriormente se dedicó a la enseñanza en lengua y literatura inglesa. Ha sido profesor de literatura en varias universidades y tiene las  nacionalidades australiana y sudafricana.

Es profesor de literatura, escritor, traductor, lingüista, crítico literario, vegetariano, abstemio y muy celoso de su vida privada. Una de las figuras más importantes de la literatura de su país, en sus obras, con una fuerte carga metafórica, ataca el sistema del apartheid y profundiza en sus consecuencias negativas para la sociedad. Ha ganado varios premios, entre ellos el Booker Price en dos ocasiones y el Premio Nobel de Literatura en el 2003.
                 
J. M. Coetzee con 14 y con 74 años

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

miércoles, 18 de julio de 2018

El vestido azul - Michèle Desbordes


Título: El vestido azul
Autora: Michèle Desbordes

Páginas: 146 

Editorial: Periférica

Precio: 16 euros 

Año de edición: 2018

Cada cierto tiempo el lector tiene la suerte de encontrar una novela realmente buena, como un tesoro hallado por casualidad entre una montaña de páginas y más páginas. Ese es el caso de «El vestido azul», un libro cuya belleza me ha sacudido y me ha dejado temblando de placer. Pero empecemos por el principio.

Dashiell Hammet cuenta las cosas tan directamente y tan deprisa que a veces las neuronas que leen llegan al final de la frase, antes de que las neuronas que se dan cuenta de lo que pasa y se identifican con los personajes sean conscientes de que les han pegado un tiro o un puñetazo en el estómago. El efecto es tremendo. La literatura de lo directo. La acción a todo trapo. Cuando hay mucho movimiento, queda muy bien.

Y hay otros autores que explotan con sabiduría la magia de decir las cosas indirectamente, por medio de largas digresiones que van dando vueltas alrededor de lo que quieren decir, sin llegar a mencionarlo nunca directamente, mediante  frases muy largas que se detienen en lo aparentemente circunstancial. Proust  y otros artistas del circunloquio, envuelven al lector, ocupan su mente con multitud de detalles y lo embarcan en un largo viaje hasta su terreno, lo transportan a otro sitio, detienen casi la acción y le hacen sentir algo, o al menos evocan el recuerdo o la sensación de un sentimiento.

Bryce Echenique llama a esa manera de escribir literatura sentimental y este texto es un buen ejemplo. Publicado en francés en el 2007 y ahora en español por primera vez, no se entiende porque han pasado once años para que se traduzca al castellano. 

Es una novela intensa, que cuenta la historia de Camille Claudel, la hermana del poeta Paul Claudel, el católico, al que de niña estaba muy unida, la escultora que fué durante algunos años amante, colaboradora íntima y modelo del gran Auguste Rodin. La mujer que fué diosa, venus, heroína y arquetipo para uno de los genios de la escultura, que llenó sus figuras con su cuerpo y su cara, iluminándolas de ternura durante una época. Ella tenía diecinueve años y él, cuarenta y tres.

 Camille Claudel trabajando en su taller

Ella era también una gran escultora y su amor, clandestino. Ella fué rechazada por su familia y señalada por posar desnuda para un hombre casado, pero ellos estaban ferozmente enamorados y les daba todo igual. Pero entonces se relacionó sentimentalmente a Rodin con otra mujer y Camille le abandonó bruscamente, se encerró en sí misma, acabó teniendo una crisis y siendo internada en el manicomio de Montdesvergues, de donde ya no salió en treinta años, a pesar de su recuperación. En esas tres décadas, su hermano Paul la visitó siete veces; ella tenía la costumbre de pasar horas sentada en una silla esperando su visita.
 
Camille Claudel, ya mayor, esperando a Paul

La historia es impresionante, profunda, llena de matices, pero en vez de contarla linealmente y escribir una novela clásica, Desbordes se centra en esas horas de espera en las que una mujer envejece sentada en una silla cerca de la puerta, esperando una visita y comienza a evocar, a imaginar, a recordar... y lo hace tan bien que levanta una obra formidable, emocionante y bellísima, lírica y delicada, rematada de manera genial. Una verdadera maravilla. y un libro entre un millón. Una obra sensacional que os recomiendo que leáis, a ver qué os parece la literatura sentimental. Tiene su punto.

Michèle Desbordes (Saint-Cyr-en-Val, 1940-2006) fué una escritora y bibliotecaria francesa, famosa por un libro sobre Leonardo Da Vinci, titulado La Demande, que ha resultado multipremiado. 

Después de estudiar Literatura en la Universidad de la Sorbona, fué bibliotecaria en varias universidades y finalmente fué nombrada en 1994 Directora de la Biblioteca de la Universidad de Orléans. Ha publicado poesía y narrativa.

Michèle Desbordes

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

martes, 17 de julio de 2018

Cuando sale la reclusa - Fred Vargas


Título: Cuando sale la reclusa
Autora: Fred Vargas

Páginas: 408

Editorial: Siruela

Precio: 20,85 euros 

Año de edición: 2018

Me gusta mucho el género negro en literatura, pero curiosamente no había leído nada hasta ahora de esta autora francesa. Me llamó la atención que le otorgaran el PremioPrincesa de Asturias de Literatura de este año y por ello indagué un poco en la red.

«Cuando sale la reclusa» es su novela decimocuarta y la novena protagonizada por el comisario Jean-Baptiste Adamsberg, con un método de investigación un poco peculiar, basado en su propia intuición y pasado. Además de esta serie, hay otra colección de novelas protagonizadas por los tres evangelistas, detectives aficionados con diferente formación académica.

La novela, de la que no conviene dar demasiados detalles, tiene una trama bastante compleja y es, en mi opinión, la historia de una venganza. De hecho, uno de los colaboradores del comisario, Danglard, recuerda en un momento dado que en la mitología griega la joven tejedora Arachné fue transformada en araña por la diosa Atenea como venganza.

En esta novela aparecen los temas que interesan a la autora: el mundo de los animales, la arqueología (la autora es arqueozoóloga), la literatura (hay muchas citas a lo largo del texto) y la psicología.

Por otro lado el dominio del lenguaje y el retrato psicológico de los diferentes personajes hacen que sea una novela apasionante.

Curiosamente el seudónimo de Fred Vargas hace referencia al personaje de María Vargas, interpretado por la actriz Ava Gardner en el film «La condesa descalza». 

Fredericke Audoin-Rouzeau, nacida en París en 1957, nombre a menudo escrito por error «Audouin-Rouzeau», es la hija de Philippe Audoin, escritor surrealista próximo a André Breton. Tiene por hermano al historiador Stéphane Audoin-Rouzeau, especialista en la Primera Guerra Mundial y codirector del centro de investigación de la «Historial de laGrande Guerre», que es quien le inspiró el personaje de Lucien Devernois.

Arqueozoóloga e historiadora de formación, escribió en el año 2003 una obra científica sobre la peste negra, titulada «Les Chemins de la peste, le rat, la puce et l'homme». Su primera novela recibió el premio del Festival de Cognac en 1986.

Sus novelas policiacas han recibido numerosos premios, entre ellos el Prix Mystère de la critique (1996 y 2000), el Gran Premio de Novela Negra del Festival de Cognac (1999), el International Dagger (tres veces consecutivas), el Trofeo 813 a la mejor novela en francés y el Giallo Grinzane (2006). Ha sido traducida a múltiples idiomas con un gran éxito de ventas en todo el mundo. Algunos de sus libros se han llevado al cine y adaptado a la televisión. 

Fred Vargas

Publicado por Ana Domingo.

lunes, 16 de julio de 2018

Hecho en Saturno - Rita Indiana


Título: Hecho en Saturno
Autora: Rita Indiana

Páginas: 146 

Editorial: Periférica

Precio: 17 euros 

Año de edición: 2018

Acaba de publicarse en español la cuarta novela de esta brillante creadora dominicana, que lo mismo publica poesía, que escribe letras y ritmos para renovar el merengue o termina novelas rompedoras como ésta, moderna, original y bien escrita al mismo tiempo.

Lo primero que llama la atención es que Indiana tiene una voz popia llena de personalidad, descarada, moderna y arrolladora, con la que construye novelas sorprendentes y torrenciales, sobre temas con fundamento, en este caso el mito de Saturno, el padre que devora a sus hijos por miedo a que le destronen. 

Sobre esa idea y con el paisaje generacional de los hijos de las revolucionarios de los años 60, guerrilleros simbolizados por el Che, cuenta una historia de desamparo y un intento de redención. El protagonista, Argenis, llega a Cuba para desengancharse de la droga y someterse a una cura de desintoxicación pagada por su padre. Un símbolo de esa generación de latinoamericanos que oyeron siendo niños que sus padres estaban haciendo la revolución y cambiando el mundo, y ahora se ven obligados a habitar un mundo devastado y lleno de cenizas, descreído y sin oportunidades.

El protagonista se presenta al lector como alguien degradado y erosionado por la vida, y poco a poco uno ve cómo quienes le rodean están igualmente degradados o quizás incluso más. Es difícil encontrar buenas noticias en el mundo que nos rodea.

Todas esas ideas y varias más se mezclan en esta novela magistral, protagonizada por los hijos abandonados de la revolución, posmoderna, llena de fuerza, provocadora y original, sólida y convincente.

Un novela redonda y vanguardista con la que Indiana consolida una carrera de escritora contundente e indiscutible. Muy buena

Rita Indiana (Santo Domingo, 1977), escritora, merenguera y cantante bilingüe, nació en una familia de sopranos famosos, poetas y próceres de la patria. Leía desde muy pequeña la mitología griega, los libros de Alejo Carpentier, de Carson McCullers y de Mark Twain. A los 14 años decía que de mayor quería ser escritora, a los 21 publicó su primer libro de relatos, «Rumiantes», y a los 24 su primera novela, «La estrategia de Chochueca».

Luego vendría la música, el componer temas que modernizan el merengue con su banda, «Los misterios», novelas rotundas, como «Papi» (2005) y«La mucama de Omicunlé» (2015), que me encantó, y el convertirse en una de las mujeres más influyentes en el mundo de la cultura latina.

En este enlace podéis leer los artículos que ha publicado en El país y que me parecen muy buenos, vale la pena leerlos. Lesbiana militante, vive actualmente en Puerto Rico con su pareja. en el 2011 dejó la música porque «no podía manejar la fama, la jodienda y el afoque como dicen en Santo Domingo».

A pesar de eso, su figura me recuerda a la de Miguel Bosé, delgada, guapa, andrógina y sexualmente poco convencional, madura, inteligente, algo provocadora y con una carrera como vocalista basada más en las letras y la producción que en una voz maravillosa.
  
Rita Indiana

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 15 de julio de 2018

El anillo - Elena Garro

https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/fotos.php?nota=1288200
Elena Garro (foto Archivo Sigo Nuevo)

Elena Garro (Puebla, 1916-1998), esposa de Octavio Paz, fué una periodista y escritora mexicana de fuerte personalidad, precursora del realismo mágico. Hija de español y mexicana, de pequeña quería ser bailarina o general. Por suerte para nosotros, acabó siendo escritora.

Estudió Letras Españolas en la Universidad Nacional Autónoma de México, pero no acabó la carrera porque se fugó y se casó con Octavio. Con 21 años viajó a la España de 1936 acompañada de su marido, al Congreso Internacional de escritores antifascistas.  

Escribió obras de tatro de un solo acto, novelas y relatos, frecuentemente alrededor del tema de la marginación de la mujer en la cultura mexicana, la libertad femenina y la libertad política. Rechazaba la etiqueta de realismo mágico porque sostenía que era mercantilista y además el realismo mágico era la esencia de la cosmovisión indígena y por lo tanto, nada nuevo bajo el sol.

La figura de su marido la eclipsó casi completamente, sin embargo está considerada como una de las más grandes escritoras mexicanas. Un periodista ha resumido así su figura: «Una niña traviesa, una esposa dorada, una amante epistolar, una periodista combativa, una pensadora de derecha que hablaba como dirigente de izquierda, una espía, una tránsfuga, una vieja señora de los gatos, todo eso y más hay en el morral de Elena Garro»

Para más detalles sobre su vida, véase este artículo. Os dejo uno de sus cuentos, una tragedia mexicana.


El anillo

Siempre fuimos pobres, señor, y siempre fuimos desgraciados, pero no tanto como ahora en que la congoja campea por mis cuartos y corrales. Ya sé que el mal se presenta en cualquier tiempo y que toma cualquier forma, pero nunca pensé que tomara la forma de un anillo. Cruzaba yo la Plaza de los Héroes, estaba oscureciendo y la boruca de los pájaros en los laureles empezaba a calmarse. Se me había hecho tarde. “Quién sabe qué estarán haciendo mis muchachos”, me iba yo diciendo. Desde el alba me había venido para Cuernavaca. Tenía yo urgencia de llegar a mi casa, porque mi esposo, como es debido cuando uno es mal casada, bebe, y cuando yo me ausento se dedica a golpear a mis muchachos. Con mis hijos ya no se mete, están grandes, señor, y Dios no lo quiera, pero podrían devolverle el golpe. En cambio con las niñas se desquita. Apenas salía yo de la calle que baja del mercado, cuando me cogió la lluvia. Llovía tanto, que se habían formado ríos en las banquetas. Iba yo empinada para guardar mi cara de la lluvia cuando vi brillar a mi desgracia en medio del agua que corría entre las piedras. Parecía una serpientita de oro, bien entumida por la frescura del agua. A su lado se formaban remolinos chiquitos.

“¡Ándale, Camila, un anillo dorado!” y me agaché y lo cogí. No fue robo. La calle es la calle y lo que pertenece a la calle nos pertenece a todos. Estaba bien frío y no tenía ninguna piedra: era una alianza. Se secó en la palma de mi mano y no me pareció que extrañara ningún dedo, porque se me quedó quieto y se entibió luego. En el camino a mi casa me iba yo diciendo: “Se lo daré a Severina, mi hijita mayor”. Somos tan pobres, que nunca hemos tenido ninguna alhaja y mi lujo, señor, antes de que nos desposeyeran de las tierras, para hacer el mentado tiro al pichón en donde nosotros sembrábamos, fue comprarme unas chanclitas de charol con trabilla, para ir al entierro de mi niño. Usted debe de acordarse, señor, de aquel día en que los pistoleros de Legorreta lo mataron a causa de las tierras. Ya entonces éramos pobres, pero desde ese día sin mis tierras y sin mi hijo mayor, hemos quedado verdaderamente en la desdicha. Por eso cualquier gustito nos da tantísimo gusto. Me encontré a mis muchachos sentados alrededor del corral.

—¡Anden, hijos! ¿Cómo pasaron el día?

—Aguardando su vuelta —me contestaron. Y vi que en todo el día no habían probado bocado.

—Enciendan la lumbre, vamos a cenar.

Los muchachos encendieron la lumbre y yo saqué el cilantro y el queso.

—¡Qué gustosos andaríamos con un pedacito de oro! —dije yo preparando la sorpresa—. ¡Qué suerte la de la mujer que puede decir que sí o que no, moviendo sus pendientes de oro!

—Sí, qué suerte… —dijeron mis muchachitos.

—¡Qué suerte la de la joven que puede señalar con su dedo para lucir un anillo! —dije.

Mis muchachos se echaron a reír y yo saqué el anillo y lo puse en el dedo de mi hija Severina. Y allí paró todo, señor, hasta que Adrián llegó al pueblo, para caracolear sus ojos delante de las muchachas. Adrián no trabajaba más que dos o tres veces a la semana reparando las cercas de piedra. Los más de los días los pasaba en la puerta de “El Capricho” mirando cómo comprábamos la sal y las botellas de refrescos. Un día detuvo a mi hijita Aurelia.

—¿Oye, niña, de qué está hecha tu hermanita Severina?

—Yo no sé… —le contestó la inocente.

—Oye, niña, ¿y para quién está hecha tu hermanita Severina?

—Yo no sé… —le contestó la inocente.

—Oye, niña, ¿y esa mano en la que lleva el anillo a quién se la regaló?

—Yo no sé… —le contestó la inocente.

—Mira, niña, dile a tu hermanita Severina que cuando compre la sal me deje que se la pague y que me deje mirar sus ojos.

—Sí, joven —le contestó la inocente. Y llegó a platicarle a su hermana lo que le había dicho Adrián.

La tarde del siete de mayo estaba terminando. Hacía mucho calor y el trabajo nos había dado sed a mi hija Severina y a mí.

—Anda, hija, ve a comprar unos refrescos.

Mi hija se fue y yo me quedé esperando su vuelta sentada en el patio de mi casa. En la espera me puse a mirar cómo el patio estaba roto y lleno de polvo. Ser pobre, señor, es irse quebrando como cualquier ladrillo muy pisado. Así somos los pobres, ni quién nos mire y todos nos pasan por encima. Ya usted mismo lo vio, señor, cuando mataron a mi hijito el mayor para quitarnos las tierras. ¿Qué pasó? Que el asesino Legorreta se hizo un palacio sobre mi terreno y ahora tiene sus reclinatorios de seda blanca, en la iglesia del pueblo y los domingos cuando viene desde México, la llena con sus pistoleros y sus familiares, y nosotros los descalzos, mejor no entramos para no ver tanto desacato. Y de sufrir tanta injusticia, se nos juntan los años y nos barren el gusto y la alegría y se queda uno como un montón de tierra antes de que la tierra nos cobije. En esos pensamientos andaba yo, sentada en el patio de mi casa, ese siete de mayo. “¡Mírate, Camila, bien fregada! Mira a tus hijos. ¿Qué van a durar? ¡Nada! Antes de que lo sepan estarán aquí sentados, si es que no están muertos como mi difuntito asesinado, con la cabeza ardida por la pobreza, y los años colgándoles como piedras, contando los días en que no pasaron hambre”… Y me fui, señor, a caminar mi vida. Y vi que todos los caminos estaban llenos con las huellas de mis pies. ¡Cuánto se camina! ¡Cuánto se rodea! Y todo para nada o para encontrar una mañana a su hijito tirado en la milpa con la cabeza rota por los máuseres y la sangre saliéndole por la boca. No lloré, señor. Si el pobre empezara a llorar, sus lágrimas ahogarían al mundo, porque motivo para llanto son todos los días. Ya me dará Dios lugar para llorar, me estaba yo diciendo, cuando me vi que estaba en el corredor de mi casa esperando la vuelta de mi hijita Severina. La lumbre estaba apagada y los perros estaban ladrando como ladran en la noche, cuando las piedras cambian de lugar. Recordé que mis hijos se habían ido con su papá a la peregrinación del Día de la Cruz en Guerrero y que no iban a volver hasta el día nueve. Luego recordé que Severina había ido a “El Capricho”. “¿Dónde fue mi hija que no ha vuelto?” Miré el cielo y vi cómo las estrellas iban a la carrera. Bajé mis ojos y me hallé con los de Severina, que me miraban tristes desde un pilar.

—Aquí tiene su refresco —me dijo con una voz en la que acababan de sembrar la desdicha.

Me alcanzó la botella de refresco y fue entonces cuando vi que su mano estaba hinchada, y que el anillo no lo llevaba.

—¿Dónde está tu anillo, hija?

—Acuéstese, mamá.

Se tendió en su camita con los ojos abiertos. Yo me tendí junto a ella. La noche pasó larga y mi hijita no volvió a usar la palabra en muchos días. Cuando Gabino llegó con los muchachos, Severina ya empezaba a secarse.

—¿Quién le hizo el mal? —preguntó Gabino y se arrinconó y no quiso beber alcohol en muchos días.

Pasó el tiempo y Severina seguía secándose. Solo su mano seguía hinchada. Yo soy ignorante, señor, nunca fui a la escuela, pero me fui a Cuernavaca a buscar al doctor Adame, con domicilio en Aldana 17.

—Doctor, mi hija se está secando…

El doctor se vino conmigo al pueblo. Aquí guardo todavía sus recetas.

Camila sacó unos papeles arrugados.

—¡Mamá! ¿Sabes quién le hinchó la mano a Severina? —me preguntó Aurelia.

—No, hija, ¿quién?

—Adrián, para quitarle el anillo.

¡Ah, el ingrato! y en mis adentros veía que las recetas del doctor Adame no la podían aliviar. Entonces, una mañana, me fui a ver a Leonor, la tía del nombrado Adrián.

—Pasa, Camila.

Entré con precauciones: mirando para todos lados para ver si lo veía.

—Mira, Leonor, yo no sé quién es tu sobrino, ni qué lo trajo al pueblo, pero quiero que me devuelva el anillo que le quitó a mi hija, pues de él se vale para hacerle el mal.

—¿Qué anillo?

—El anillo que yo le regalé a Severina. Adrián con sus propias manos se lo sacó en “El Capricho” y desde entonces ella está desconocida.

—No vengas a ofender, Camila, Adrián no es hijo de bruja.

—Leonor, dile que me devuelva el anillo por el bien de él y de toda su familia.

—¡Yo no puedo decirle nada! Ni me gusta que ofendan a mi sangre bajo mi techo.

Me fui de allí y toda la noche velé a mi niña. Ya sabe, señor, que lo único que la gente regala es el mal. Esa noche Severina empezó a hablar el idioma de los maleados. ¡Ay, Jesús bendito, no permitas que mi hija muera endemoniada! Y me puse a rezar una Magnífica. Mi comadre Gabriel, aquí presente, me dijo: “Vamos por Fulgencia, para que le saque el mal del pecho”. Dejamos a la niña en compañía de su padre y sus hermanos y nos fuimos por Fulgencia. Luego, toda la noche Fulgencia curó a la niña, cubierta con una sábana.

—Después de que cante el primer gallo, le habré sacado el mal —dijo.

Y así fue, señor, de repente Severina se sentó en la cama y gritó: “¡Ayúdeme, mamacita!”. Y echó por la boca un animal tan grande como mi mano. El animal traía entre sus patas pedacitos de su corazón. Porque mi niña tenía el animal amarrado a su corazón… Entonces cantó el primer gallo.

—Mira —me dijo Fulgencia—, ahora que te devuelvan el anillo, porque antes de los tres meses habrán crecido las crías.

Apenas amaneció, me fui a las cercas a buscar al ingrato. Allí lo esperé. Lo vi venir, no venía silbando, con un pie venía trayendo a golpecitos una piedra. Traía los ojos bajos y las manos en los bolsillos.

—Mira, Adrián desconocido, no sabemos de dónde vienes, ni quiénes fueron tus padres y sin embargo te hemos recibido aquí con cortesía. Tú en cambio andas dañando a las jóvenes. Yo soy la madre de Severina y te pido que me devuelvas el anillo con que le haces el mal.

—¿Qué anillo? —me dijo ladeando la cabeza. Y vi que sus ojos brillaban con gusto.

—El que le quitaste a mi hijita en “El Capricho”.

—-¿Quién lo dijo? —y se ladeó el sombrero.

—Lo dijo Aurelia.

—¿Acaso lo ha dicho la propia Severina?

—¡Cómo lo ha de decir si está dañada!

—¡Hum!… Pues cuántas cosas se dicen en este pueblo. ¡Y quién lo dijera con tan bonitas mañanas!

—Entonces ¿no me lo vas a dar?

—¿Y quién dijo que lo tengo?

—Yo te voy a hacer el mal a ti y a toda tu familia —le prometí.

Lo dejé en las cercas y me volví a mi casa. Me encontré a Severina sentadita en el corral, al rayo del sol. Pasaron los días y la niña se empezó a mejorar. Yo andaba trabajando en el campo y Fulgencia venía para cuidarla.

—¿Ya te dieron el anillo?

—No.

—Las crías están creciendo.

Seis veces fui a ver al ingrato Adrián a rogarle que me devolviera el anillo. Y seis veces se recargó contra las cercas y me lo negó gustoso.

—Mamá, dice Adrián que aunque quisiera no podría devolver el anillo, porque lo machacó con una piedra y lo tiró a una barranca. Fue una noche que andaba borracho y no se acuerda de cuál barranca fue.

—Dile que me diga cuál barranca es para ir a buscarlo.

—No se acuerda… —me repitió mi hija Aurelia y se me quedó mirando con la primera tristeza de su vida. Me salí de mi casa y me fui a buscar a Adrián.

—Mira, desconocido, acuérdate de la barranca en la que tiraste el anillo.

—¿Qué barranca?

—En la que tiraste el anillo.

—¿Qué anillo?

—¿No te quieres acordar?

—De lo único que me quiero acordar es que de aquí a catorce días me caso con mi prima Inés.

—¿La hija de tu tía Leonor?

—Sí, con esa joven.

—Es muy nueva la noticia.

—Tan nueva de esta mañana…

—Antes me vas a dar el anillo de mi hija Severina. Los tres meses ya se están cumpliendo.
Adrián se me quedó mirando, como si me mirara de muy lejos, se recargó en la cerca y adelantó un pie.

—Eso sí que no se va a poder…

Y allí se quedó, mirando al suelo. Cuando llegué a mi casa Severina se había tendido en su camita. Aurelia me dijo que no podía caminar. Mandé traer a Fulgencia. Al llegar nos contó que la boda de Inés y de Adrián era para un domingo y que ya habían invitado a las familias. Luego miró a Severina con mucha tristeza.

—Tu hija no tiene cura. Tres veces le sacaremos el mal y tres veces dejará crías. No cuentes más con ella.

Mi hija empezó a hablar el idioma desconocido y sus ojos se clavaron en el techo. Así estuvo varios días y varias noches. Fulgencia no podía sacarle el mal, hasta que llegara a su cabal tamaño. ¿Y quién nos dice, señor, que anoche se nos pone tan malísima? Fulgencia le sacó el segundo animal con pedazos muy grandes de su corazón. Apenas le quedó un pedazo chiquito de su corazón, pero bastante grande para que el tercer animal se prenda a él. Esta mañana mi niña estaba como muerta y yo oí que repicaban campanas.

—¿Qué es ese ruido, mamá?

—Campanas, hija…

—Se está casando Adrián —le dijo Aurelia.

Y yo, señor, me acordé del ingrato y del festín que estaba viviendo mientras mi hijita moría.

—Ahora vengo —dije.

Y me fui cruzando el pueblo y llegué a casa de Leonor.

—Pasa, Camila.

Había mucha gente y muchas cazuelas de mole y botellas de refrescos. Entré mirando por todas partes, para ver si lo veía. Allí estaba con la boca risueña y los ojos serios. También estaba Inés, bien risueña, y allí estaban sus tíos y sus primos los Cadena, bien risueños.

—Adrián, Severina ya no es de este mundo. No sé si le quede un pie de tierra para retoñar. Dime en qué barranca tiraste el anillo que la está matando.

Adrián se sobresaltó y luego le vi el rencor en los ojos.

—Yo no conozco barrancas. Las plantas se secan por mucho sol y falta de riego. Y las muchachas por estar hechas para alguien y quedarse sin nadie…

Todos oímos el silbar de sus palabras enojadas.

—Severina se está secando, porque fue hecha para alguien que no fuiste tú. Por eso le has hecho el maleficio. ¡Hechicero de mujeres!

—Doña Camila, no es usted la que sabe para quién está hecha su hijita Severina.

Se echó para atrás y me miró con los ojos encendidos. No parecía el novio de este domingo: no le quedó la menor huella de gozo, ni el recuerdo de la risa.

—El mal está hecho. Ya es tarde para el remedio.

Así dijo el desconocido de Ometepec y se fue haciendo para atrás, mirándome con más enojo. Yo me fui hacia él, como si me llevaran sus ojos. “¿Se va a desaparecer?, me fui diciendo, mientras caminaba hacia delante y él avanzaba para atrás, cada vez más enojado. Así salimos hasta la calle, porque él me seguía llevando, con las llamas de sus ojos. “Va a mi casa a matar a Severina”, le leí el pensamiento, señor, porque para allá se encaminaba, de espaldas, buscando el camino con sus talones. Le vi su camisa blanca, llameante, y luego, cuando torció la esquina de mi casa, se la vi bien roja.

No sé cómo, señor, alcancé a darle en el corazón, antes de que acabara con mi hijita Severina…

Camila guardó silencio. El hombre de la comisaría la miró aburrido. La joven que tomaba las declaraciones en taquigrafía detuvo el lápiz. Sentados en unas sillas de hule, los deudos y la viuda de Adrián Cadena bajaron la cabeza. Inés tenía sangre en el pecho y los ojos secos.

Gabino movió la cabeza apoyando las palabras de su mujer.

—Firme aquí, señora, y despídase de su marido porque la vamos a encerrar.

—Yo no sé firmar.

Los deudos de Adrián Cadena se volvieron a la puerta por la que acababa de aparecer Severina. Venía pálida y con las trenzas deshechas.

—¿Por qué lo mató, mamá?… Yo le rogué que no se casara con su prima Inés. Ahora el día que yo muera, me voy a topar con su enojo por haberlo separado de ella…

Severina se tapó la cara con las manos y Camila no pudo decir nada.

La sorpresa la dejó muda mucho tiempo.

—¡Mamá, me dejó usted el camino solo!…

Severina miró a los presentes. Sus ojos cayeron sobre Inés, esta se llevó la mano al pecho y sobre su vestido de linón rosa, acarició la sangre seca de Adrián Cadena.

—Mucho lloró la noche en que Fulgencia te sacó a su niño. Después, de sentimiento quiso casarse conmigo. Era huérfano y yo era su prima. Era muy desconocido en sus amores y en sus maneras… —dijo Inés bajando los ojos, mientras su mano acariciaba la sangre de Adrián Cadena.

Al rato le entregaron la camisa rosa de su joven marido. Cosido en el lugar del corazón había una alianza, como una serpientita de oro y en ella grabadas las palabras: “Adrián y Severina gloriosos”.

Publicado por Antonio F. Rodríguez .