domingo, 24 de junio de 2018

El discurso de David Foster Wallace

https://www.theguardian.com/books/booksblog/2016/sep/12/david-foster-wallace-my-teacher
David Foster Wallace en el 2003 (foto Nancy Crampton)

Gracias, Luis.

David Foster Wallace (Ithaca, 1962-2008) es un autor de culto. Uno de los escritores estadounidenses más influyentes y respetados, autor de la muy famosa y milenaria (en páginas) novela «La broma infinita» (1996), que me tendré que leer un día de estos. 

Dió un discurso en la ceremonia de graduación del Kenyon College, en Ohio, que me encanta.Vale la pena leer despacio, sin prisa. Aquí os lo dejo.


Saludos y felicitaciones a la generación 2005 del Kenyon College.

Eranse dos peces jóvenes que nadaban juntos cuando de repente se toparon con un pez viejo, que los saludó y les dijo, «Buenos días, muchachos ¿Cómo está el agua?» Los dos peces jóvenes siguieron nadando un rato, hasta que eventualmente uno de ellos miró al otro y le preguntó, «¿Qué demonios es el agua?»

Esto es algo común al inicio de los discursos de graduación en Estados Unidos: el empleo de una pequeña parábola con un fin didáctico. Esta costumbre resulta ser una de las mejores convenciones del género y la menos mentirosa, pero si te has empezado a preocupar de que mi plan sea presentarme como el pez sabio y viejo que le explica a los peces jóvenes lo que es el agua, por favor no lo hagas. Yo no soy el pez sabio y viejo. El punto de la historia de los peces es, simplemente, que las realidades más importantes y obvias son a menudo las más difíciles de ver y explicar. Enunciado como una frase, por supuesto, suena a un lugar común banal, pero el hecho es que las banalidades en el ajetreo diario de la existencia adulta pueden tener una importancia de vida o muerte, o así es como me gustaría presentarlo en esta mañana despejada y encantadora.

Por supuesto que el principal requisito en un discurso como éste es que hable sobre el significado de la educación en Humanidades y que intente explicar por qué el título que están a punto de recibir posee un verdadero valor humano en vez de ser una mera llave para la simple remuneración material. Así que mencionaremos otro lugar común al inicio de los discursos, que la educación en Humanidades no es tanto atiborrarte de conocimiento como “enseñarte a pensar”. Si son como yo fui alguna vez de estudiante, nunca hubiesen querido escuchar esto, y se sentirán insultados cuando les dicen que precisaron de alguien que les enseñara a pensar, porque dado que fueron admitidos en la universidad precisamente por esto, parece obvio que ya sabían cómo hacerlo. Pero voy a hacerme eco de ese lugar común que no creo sea insultante, porque lo que verdaderamente importa en la educación –la que se supone obtenemos en un lugar como éste– no vendría a ser aprender a pensar, sino a elegir cómo vamos a pensar. Si la completa libertad para elegir acerca de qué pensar les parece obvia y discutir acerca de ella una pérdida de tiempo, les pido que piensen acerca de la anécdota de los dos peces y el agua y que dejen entre paréntesis por unos segundo vuestro escepticismo acerca del valor de lo que es obvio por completo.

Les voy a contar otra de estas historias didácticas. Había dos personas sentadas en la barra de un bar en la parte más remota de Alaska. Uno de ellos era religioso, el otro ateo y ambos discutían acerca de la existencia o no de dios con esa especial intensidad que se genera luego de la cuarta cerveza. El ateo contó, «mira, no es que no tenga un real motivo para no creer.  No es que nunca haya experimentado todo el asunto ese de dios, rezarle y esas cosas. El mes pasado, sin ir más lejos, me sorprendió una tormenta terrible cuando aún me faltaba mucho camino para llegar al campamento. Me perdí por completo, no podía ver ni a dos metros, hacía 50 grados bajo cero y me derrumbé: caí de rodillas y recé “Dios mío, si en realidad existes, estoy perdido en una tormenta y moriré si no me ayudas, ¡por favor!”». El creyente entonces lo mira sorprendido: «¡Bueno, eso quiere decir entonces que ahora crees! ¡De hecho estás aquí vivo!». El ateo hizo una mueca y dijo: «No, hermano, lo que pasó fue que de pronto aparecieron dos esquimales y me ayudaron a encontrar el camino al campamento…».

Es fácil hacer un análisis típico en las Humanidades: una misma experiencia puede significar cosas totalmente distintas para diferentes personas si tales personas tienen distinto marco de referencia y diferentes modo de elaborar significados a partir de su experiencia. Dado que apreciamos la tolerancia y la diversidad de creencias, en cualquiera de los análisis posibles jamás afirmaríamos que una de las interpretaciones es correcta y la otra falsa. Lo que en sí está muy bien, lástima que nunca nos extendemos más allá y nos proponemos descubrir los fundamentos del pensamiento de cada uno de los interesados. Y me refiero a de qué parte del interior de cada uno de ellos surgen sus ideas. Si su orientación básica en referencia al mundo y el significado de su experiencia viene «cableado» como su altura o talla del calzado, o si en cambio es absorbida de la cultura, como su lenguaje. Es como si la construcción del sentido no fuera realmente una cuestión de elección intencional y personal. Y más aún, debemos incluir la cuestión de la arrogancia. El ateo de nuestra historia está totalmente convencido de que la aparición de esos dos esquimales nada tiene que ver con el haber rezado y pedido ayuda a dios. Pero también debemos aceptar que la gente creyente puede ser arrogante y fanática en su modo de ver. Y hasta puede que sean más desagradables que los ateos, al menos para la mayoría de nosotros. Pero el problema del dogmatismo del creyente es el mismo que el del ateo: certeza ciega, una cerrazón mental tan severa que aprisiona de un modo tal que el prisionero ni se da cuenta de que está encerrado.

Aquí apunto a lo que yo creo que realmente significa que me enseñen a pensar. Ser un poco menos arrogante. Tener un poco de conciencia de mí y mis certezas. Porque un gran porcentaje de las cuestiones acerca de las que tiendo a pensar con certeza, resultan estar erradas o ser meras ilusiones. Y lo aprendí a golpes y les pronostico otro tanto a ustedes.

Les daré un ejemplo de algo totalmente errado pero que yo tiendo a dar por sentado: en mi experiencia inmediata todo apuntala mi profunda creencia de que yo soy el centro del universo, la más real, vívida e importante persona en existencia. Raramente pensamos acerca de este modo natural de sentirse el centro de todo ya que es socialmente condenado. Pero es algo que nos sucede a todos. Es nuestro marco básico, el modo en que estamos «cableados» de nacimiento. Piénsenlo: nada les ha sucedido, ninguna de sus experiencias han dejado de ser percibidas como si fueran el centro absoluto. El mundo que perciben lo perciben desde ustedes, está ahí delante de ustedes, rodeándolos o en vuestro monitor o en la TV. Los pensamientos y sentimientos de las otras personas nos tienen que ser comunicados de algún modo, pero los propios son inmediatos, urgentes y reales.

Y, por favor, no teman que no me dedicaré a predicarles acerca de la compasión o cualquiera de las otras virtudes. Me refiero a algo que nada tiene que ver con la virtud. Es cuestión de mi posibilidad de encarar la tarea de, de algún modo, saltar o verme libre de mi natural e «impreso» modo de operar que está profunda y literalmente autocentrado y que hace que todo lo vea a través de los lentes de mi mismidad. A gente que logra algo de esto se los suele describir como «bien equilibrado» y me parece que no es un término aplicado casualmente.

Y dado el entorno en el que ahora nos encontramos es adecuado preguntarnos cuánto de este re-ajuste de nuestro marco referencial natural implica a nuestro conocimiento o intelecto. Es una pregunta difícil. Probablemente lo más peligroso de mi educación académica –al menos en lo que a mí respecta– es que tiende a la sobre intelectualización de las cosas, que me lleva a perderme en argumentos abstractos en mi cabeza en vez de, simplemente, prestar atención a lo que ocurre dentro y fuera de mí.

Estoy seguro de que ustedes ya se han dado cuenta de lo difícil que resulta estar alerta y atentos en lugar de ir como hipnotizados siguiendo el monólogo interior (algo que puede estar sucediendo ahora mismo). Veinte años después de mi propia graduación llegué a comprender el típico cliché liberal acerca de las Humanidades enseñándonos a pensar: en realidad se refiere a algo más profundo, a una idea más seria: porque aprender a pensar quiere decir aprender a ejercitar un cierto control acerca de qué y cómo pensar. Implica ser consiente y estar atentos de modo tal que podamos elegir sobre qué poner nuestra atención y revisar el modo en que llegamos a las conclusiones a las que llegamos, al modo en que construimos un sentido en base a lo que percibimos. Y si no logramos esto en nuestra vida adulta, estaremos por completo perdidos. Me viene a la mente aquella frase que dice que la mente es un excelente sirviente pero un pésimo amo.

Como todos los clichés superficialmente es soso y poco atractivo, pero en realidad expresa una verdad terrible. No es casual que los adultos que se suicidan con un arma de fuego lo hagan apuntando a su cabeza. Intentan liquidar al tirano. Y la verdad es que esos suicidas ya estaban muertos bastante antes de que apretaran el gatillo.

Y les digo que este debe ser el resultado genuino de vuestra educación en Humanidades, sin mentiras ni chantadas: cómo impedir que vuestra vida adulta se vuelva algo confortable, próspero, respetable pero muerto, inconsciente, esclavo de vuestro funcionar «cableado» inconsciente y solitario. Esto puede sonar a una hipérbole o a un sinsentido abstracto. Pero ya que estamos pensemos más concretamente. El hecho real es que ustedes, recién graduados, no tienen la menor idea de lo que implica el día a día de un adulto. Resulta que en estos discursos de graduación nunca se hace referencia a cómo transcurre la mayor parte de la vida de un adulto norteamericano. En una gran porción esa vida implica aburrimiento, rutina y bastante frustración. Vuestros padres y parientes mayores que aquí los acompañan deben de saber bastante bien a qué me estoy refiriendo.

Pongamos un ejemplo. Imaginemos la vida de un adulto típico. Se levanta temprano por la mañana para concurrir a un trabajo desafiante, un buen trabajo si quieren, el trabajo de un profesional que con entusiasmo trabaja ocho o diez horas, que al final del día lo deja bastante agotado y con el único deseo de volver a casa y tener una buena y reparadora cena y quizá un recreo de una o dos horas antes de acostarse temprano porque, por supuesto, al otro día hay que levantarse temprano para volver al trabajo. Y ahí es cuando esta persona recuerda que no hay nada de comer en casa. No ha tenido tiempo de hacer las compras esta semana porque el trabajo se volvió muy demandante y ahora no hay más remedio que subirse al auto y, en vez de volver a casa, ir a un supermercado. Es la hora en que todo el mundo sale del trabajo y las calles están saturadas de autos, con un tránsito enloquecedor. De modo que llegar al centro comercial le lleva más tiempo que el habitual y, cuando al fin llega, ve que el supermercado está atestado de gente que como él, que luego de un día de trabajo trata de comprar las provisiones que no pudo comprar en otro momento. El lugar está lleno de gente y la música funcional y melosa hace que sea el último lugar de la tierra en el que se quiere estar, pero es imposible hacer las cosas rápido. Debe andar por esos pasillos atiborrados de gente, confusos a la hora de encontrar lo que uno busca y debe maniobrar con cuidado el carrito entre toda esa gente apurada y cansada (etc. etc. etc., abreviemos que es demasiado penoso) y al fin, luego de conseguir todo lo que necesitaba, se dirige a las cajas que, por supuesto, están casi todas cerradas a pesar de ser la hora punta, y las que están funcionando lo hacen con unas demoras colosales, lo que es enojoso, pero esta persona se esfuerza por dejar de sentir odio por la cajera que parece moverse a cámara lenta, que está saturada por un trabajo que es tedioso, carente de sentido de un modo que sobrepasa la imaginación de cualquiera de los aquí presentes en nuestro prestigioso colegio.

Bueno, al fin esta persona consigue llegar a ser atendida, paga por sus provisiones y escucha que le dicen «que tenga un buen día» con una voz que es la de la muerte. Luego tiene que cargar todas sus bolsas en el carrito que tiene una rueda estropeada e insiste en irse para un costado y hace que el camino hasta el auto lo saque de quicio; luego tiene que cargar todo en el maletero y salir de ese estacionamiento lleno de autos que circulan a dos por ahora buscando un lugar libre ¡y todavía queda el camino a casa!, con un tránsito pesado, lento y plagado de enormes 4 x 4 que parecen ocupar toda la calle, etc. etc. etc.

Todos aquí han pasado por esto, claro. Pero aun no es parte de vuestra rutina de graduados, semana a semana, mes a mes, año a año. Pero lo será. Y cantidad de otras tareas fastidiosas y sin sentido aparente que les esperan. Pero no es este el punto al que me refiero. El punto es que estas tareas de mierda, insignificantes y frustrantes son las que permiten escoger qué y cómo pensar. Ya que debido al tránsito congestionado, o a los pasillos atiborrados de gente con carritos, o a las larguísimas colas, tengo tiempo para pensar y si no tomo una decisión consiente acerca de cómo pensar, de a qué prestar atención, me sentiré frustrado y jodido cada vez que me vea en estas situaciones. Porque el ajuste natural me dice que estar situaciones me afectan a MI. A MI hambre, a MI fatiga, a Mi deseo de estar en casa y me hace ver que toda esa gente se mete en MI camino. Y ¿quiénes son, después de todo? Miren qué repulsivos son, que caras de estúpidos portan, esa mirada de vacas, no parecen humanos, y que enojosos y groseros son hablando en voz alta por sus celulares todo el tiempo. Es absolutamente injusto e incordiante que me encuentre ahí, entre ESA gente.

Y, claro, además, como pertenezco a una clase de gente socialmente más consiente, gente de Humanidades, me parece terrible quedar atrapado en el tránsito de la hora punta entre esos tremendos 4x4, esos cochazos de 12 cilindros que desperdician egoístamente sus tanques de 80 litros de un combustible cada vez más escaso, y puedo asegurar que las calcomanías con los slogans más religiosos y patrióticos están pegados en vidrios de los más enormes, llamativos y egoístas de los vehículos, conducidos por los más horrendos personajes (aplausos y respondiendo a esos aplausos) –¡este no es un ejemplo de cómo debemos pensar, ojo! –, conductores detestables, desconsiderados y agresivos. Y también puedo imaginar cómo nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos van a acordarse de nosotros por derrochar el combustible y probablemente joder el clima, y pensar en lo egoístas y estúpidos que fuimos por permitirlo y como nuestra sociedad consumista es detestable, etc., etc., etc.

Ya pescaron la idea.

Si yo escojo pensar así cuando me encuentro atrapado en el tránsito o en los pasillos de un supermercado, bueno, a la mayoría nos pasa. Porque este modo de pensar es tan automático, tan natural y establecido que no implica ninguna chance ni elección. Es el modo automático en que percibo la parte aburrida y frustrante de la vida adulta, cuando me dejo ir en automático, inconscientemente, cuando me creo el centro del mundo y que mis necesidades y sentimientos inmediatos determinan las prioridades de todo el mundo, que creo gira a mi alrededor.

La cosa es que, claro, hay otras maneras por completo diferentes de pensar acerca de estas situaciones. En ese tránsito entorpecido, con vehículos que dificultan mi avance, puede que, en una de esas horrorosas 4 x 4, haya un conductor que luego de un horrible accidente de tránsito se haya sentido tan acobardado que el único modo de volver a manejar es sintiéndose protegido dentro de uno de esos tanques. O que aquella camioneta que corta mi paso imprudentemente, esté conducida por un padre que lleva a su hijo enfermo o accidentado y se apura por llegar a una guardia médica, o que está en una situación más urgente y legítima que la que yo me encuentro, y que en realidad yo soy el que se mete en SU camino.

O puedo elegir pensar y considerar que todos los que nos encontramos en esa larga cola del supermercado estamos tan aburridos y nos sentimos tan mal como me siento yo y que algunos de ellos probablemente tengan una vida más tediosa y dolorosa que la mía.

De nuevo, por favor, no crean que estoy dando consejos moralistas, o que sugiero el modo en que tienen que pensar ustedes, o que señalo cómo se espera que ustedes piensen. Porque esto que les describo es muy difícil. Requiere de mucha voluntad y esfuerzo y, si son como yo, algunos días no lo lograrán o simplemente se dejarán llevar por la comodidad y falta de ganas.

Pero puede pasar que, si están atentos los suficiente como para darse a ustedes mismos la opción, podrán escoger una manera distinta de percibir a esa gorda, de ojos muertos, sobre maquillada que no deja de gritar a su hijito en la fila. Quizá ella no es siempre así. Quizá lleva tres noches sin dormir sosteniendo la mano de su marido que muere de cáncer de huesos. O quizá esta señora es la misma que ayer ayudó a tu señora a resolver ese horrendo trámite en el Registro Automotor mediante un simple acto de gentileza. Claro, sí, nada de esto es lo habitual, pero tampoco es imposible. Todo depende de lo que uno elija pensar. Si estás seguro de saber exactamente cuál es la realidad y estás operando en automático como me suele suceder a mí, entonces no dejarás de pensar en posibilidades enojosas y miserables. Pero si en realidad aprendes a prestar atención, te darás cuenta de que en realidad hay otras opciones. Vas a poder percibir ese atestado, caluroso, y lento infierno no solo como significativo, sino como algo sagrado, consumido por las mismas llamas que las estrellas: amor, comunión, esa unidad mística que hay bien en lo profundo de las cosas.

No afirmo que esta mística se necesariamente verdadera. Pero lo que sí lleva una V mayúscula es la Verdad de que puedes decidir cómo te lo vas a tomar.

Esto, yo les aseguro, es la libertad que otorga la educación real. Aprender a cómo estar bien balanceado. Y cada uno decidir qué tiene y qué no tiene sentido. Decidir conscientemente qué es lo que vale la pena venerar.

Y he aquí algo raro, pero que es verdad: en las trincheras del día a día de la vida de un adulto, no existe el ateísmo. No hay tal cosa como la «no-veneración». Todo el mundo es creyente. Y quizá la única razón por la que debamos cuidarnos al elegir qué venerar, cualquier camino espiritual –llámese Cristo, Allah, Yaveh, la Pachamama, las Cuatro Nobles Verdades o cualquier conjunto de principios éticos– es que, sea lo que sea que elijas, te devorará en vida. Si elegís adorar el dinero y los bienes materiales, nunca tendrás suficiente. Si elegís tu cuerpo, la belleza y ser atractivo, siempre te vas a sentir feo y cuando el tiempo y la edad se manifiesten, padecerás un millón de muertes antes de que al fin te entierren. En cierto modo, todos lo sabemos. Esto fue codificado en mitos, leyendas, cuentos, proverbios, epigramas, parábolas, en el esqueleto de toda gran historia. El verdadero logro es mantener esta verdad consiente en el día a día. Si elegís venerar el poder, terminarás sintiéndote débil y necesitarás cada día de más poder para no creerte amenazado por los demás. Si elegís adorar tu intelecto, ser reconocido como inteligente, terminarás sintiéndote un estúpido, un chasco, siempre al borde de ser descubierto. Pero lo más terrible de estas formas de adoración no es que sean pecaminosas o malas, es que son inconscientes. Son el funcionamiento por defecto.

Día a día nos vamos sumergiendo en un modo cada vez más selectivo acerca de a qué prestar atención, qué percibir como bueno y deseable, sin siquiera ser conscientes de lo que estamos haciendo.

Y el mundo real no te va a desalentar en ese modo de operar, porque el así llamado mundo real está esculpido del mismo modo, dinero y poder que se regodean juntos en una piscina de miedo y odio y frustración y ambición y adoración al YO. Las fuerzas de nuestra cultura dirigen a estas fuerzas en pos de las riquezas, confort y libertad individual. Libertad para ser los señores de nuestro diminuto reino mental, solitarios en el centro de la creación. Este tipo de libertad es muy tentadora. Pero hay otros tipos de libertad, pero justo del tipo de libertad que es el más precioso no vas a escuchar mucho en este mundo que nos rodea, de puro desear y conseguir.

La libertad que importa verdaderamente implica atención, conciencia y disciplina, y estar realmente interesados en el bienestar de los demás y estar dispuestos a sacrificarnos por ellos una y otra vez en miríadas de insignificantes y poco atractivas maneras, todos los días.

Esa es la libertad real. Eso es ser educado y entender cómo pensar. La alternativa es lo inconsciente, lo automático, el funcionamiento por defecto, el constante sentimiento de haber tenido y perdido alguna cosa infinita.

Yo sé que esto que les digo puede sonar poco divertido y que roza en lo grandilocuente  espiritual en el sentido que un discurso de graduación debe sonar. Lo que quiero que rescaten, del modo en que yo lo veo, es el tema de la V mayúscula de Verdad, dejando fuera todas las linduras retóricas. Ustedes son libres de pensar como quieran. Pero por favor, no tomen este discurso como a un sermón de esos con el dedito apuntando acusatoriamente. Nada de esto tiene que ver con moralidad o religión o dogma ni con las grandes preguntas sobre lo que hay después de la muerte.

La V mayúscula de Verdad se refiere a la vida ANTES de la muerte.

Es acerca de los valores que implica la educación real, que no tiene nada que ver con el acumular conocimiento y sí con la simple atención, atención a lo que es real y esencial, tan oculto a plena vista a nuestro alrededor, todo el tiempo, que tenemos que estar constantemente recordándonos a nosotros mismos, una y otra vez: Esto es agua. Esto es agua. Esto es agua.

Es inimaginablemente arduo de llevar a cabo, estar conscientes y vivos en el mundo adulto, día a día. Lo que trae a colación otro gran cliché archisabido: la educación ES un trabajo para toda la vida. Y comienza ahora.

¡Les deseo que tengan más que suerte! 

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

sábado, 23 de junio de 2018

Cómo el lenguaje conforma nuestro pensamiento


En este fascinante vídeo, Lera Boroditsky explica varios hechos que demuestran hasta qué punto el idioma que hablamos condiciona y forma nuestra manera de pensar. Muy revelador.

Es lo que denomina la Hipótesis de Sapir-Whorf: «La lengua materna de un hablante monolingüe determina completamente la forma en que conceptualiza, memoriza y clasifica la el mundo real que lo rodea».


Publicado por Antonio F. Rodríguez.

viernes, 22 de junio de 2018

La mujer del pelo rojo - Orhan Pamuk


Título: La mujer del pelo rojo
Autor: Orhan Pamuk
 

Páginas: 288
 

Editorial: Random House
 

Precio: 21,90 euros 
 

Año de edición: 2018 

Esta novela, de estructura clásica, gira en torno a cómo dos tradiciones culturales, la occidental europea y la oriental árabe, abordan el problema del parricidio. En occidente, el mito es el de Edipo, el hijo que enajenado e ignorante mata  a su padre y se acuesta con su madre sin saberlo, una historia potente u sobrecogedora, que luego se refinará en el drama de Hamlet; en oriente, un mito similar es el de Rostam, el padre que, también sin saberlo, mata a su hijo Sohrab, oculto bajo un yelmo, en el campo de batalla.  

El filicidio tiene también su historiografía en occidente, Abraham está a punto de cometerlo con su hijo Isaac, pero un ángel detiene su mano a tiempo, y el mito de Saturno devorando a sus propios hijos es uno de los más estremecedores, tal y como refleja el cuadro de Goya.

Pamuk trenza las dos historias, el tema del enfrentamiento entre padre e hijo visto desde los dos puntos de vista y con las dos alternativas finales y construye esta novela sobre el eje central de una gran historia de amor adolescente, la fascinación de un joven por una mujer de pelo rojo que le lleva unos cuantos años.

El escritor turco es un autor de obsesiones, y otros temas típicos en su literatura intervienen también en este cóctel literario de menara secundaria: la historia y evolución de Estambul, los oficios turcos tradicionales, en este caso el de pocero, las relaciones entre los turcos europeístas, nacionalistas e islamistas...

Todo ello envuelto en el brillante papel de celofán del estilo y la manera de contar de este Premio Nobel, amena, seductora y embargante, para cerrar una novela espléndida, que se lee casi de una sentada. Una gran novela, sencilla en su forma y compleja por las profundidades psicológicas que se mueven bajo su superficie.

Orhan Pamuk (Estambul, 1952), Premio Nobel de Literatura en 2006, nació en una familia acomodada, su padre era ingeniero, y empezó a estudiar Arquitectura, pero a los tres años lo dejó para dedicarse por completo a escribir. Más tarde hizo la carrera de Periodismo, pero nunca ha llegado a ejercer. 
                
Estuvo viviendo en Nueva York, trabajando como profesor visitante en la Universidad de Columbia mientras su mujer, la historiadora Aylin Turegün completaba allí sus estudios. Desde entonces ha vivido en Estambul intermitentemente debido a varias polémicas por sus opiniones, con amenazas de muerte incluidas. Sin embargo, es musulmán cultural.  
   
Fue llevado a juicio en el 2004 por «insultar y debilitar la identidad turca» debido a que en una entrevista a un periódico suizo dijo: «En Turquía mataron a un millón de armenios y a 30 000 kurdos. Nadie habla de ello y a mí me odian por hacerlo». Al año siguiente se reafirmó en sus palabras y finalmente un tribunal abandonó el proceso judicial. Desde entonces algunos de sus compatriotas le consideran un héroe y otros, un traidor.

Es uno de mis escritores favoritos y ya ha visitado varias veces este blog. Me encanta cómo escribe, siempre en su mundo, siempre entre Oriente y Occidente, entre el pasado y el futuro, siempre desde la capital turca, la ciudad de los tres nombres, Bizancio, Constantinopla, Estambul. Éste es el enlace de su página web oficial.

Orhan Pamuk

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

jueves, 21 de junio de 2018

Pequeño mundo antiguo - Antonio Fogazzaro


Título: Pequeño mundo antiguo 
Autor: Antonio Fogazzaro
 
Páginas: 640
 
Editorial: Cátedra
 
Precio: 22,25 euros 
 
Año de edición: 2012 

Esta novela, publicada en 1896 y ambientada en los grandes lagos del norte de Italia, es la obra maestra de Fogazzaro y todo un clásico de la literatura italiana. Ambientada uno cuarenta años antes, aparece constantemente como tema de fondo las aspiraciones de independencia de Italia del Imperio austrohúngaro y en ese sentido tiene un cierto aire de obra fundacional, como «Los novios» (1849), de la literatura de ese país.

No llega a tener la altura literaria de la maravillosa obra de Manzoni, pero raya a un grandísimo nivel. Resulta amenísima, tiene personajes inolvidables que actúan a menudo como comparsas cómicas que acompañan a la acción principal y arrancan más de una sonrisa al lector, una mala malísima y una pareja de protagonistas enamorados con personalidades muy marcadas, situados como centro de todo un tratamiento de las desavenencias y los problemas conyugales.

Dos son, a mi modesto entender, los grandes temas que resultan más interesantes de esta estupenda novela: por un lado, el conflicto y choque entre fé y razón, personificados en Fernando, creyente muy emocional e intuitivo, romántico, algo machista e inmaduro, y su amada Luisa, racional, madura, feminista y lúcida; y por otro lado, cómo un gran amor puede verse afectado en una pareja por las diferente filosofía de vida de sus dos componentes. ¿Es suficiente el amor para mantener unido un matrimonio?¿O es necesario coincidir además en un mínimo de principios y valores básicos? y la llegada de la desgracia a un hogar ¿Puede romper la convivencia si no tiene cimientos muy sólidos?¿El amor todo lo vence?¿Cómo es un amor maduro?

Esos aspectos de la vida conyugal, junto con algunas discusiones teológicas muy interesantes, se tratan aquí con profundidad y perspectiva psicológica, en una novela algo barroca, que se demora en la acción y la describe casi en tiempo real, al mismo ritmo que suceden los acontecimientos, con diálogos realistas y creíbles, que proporcionan mucha riqueza de información y hacen avanzar la trama, lo que le da al texto un cierto aire teatral.  

Por otro lado, se trata de una novela histórica en más de un sentido ya que, además de retratar una época, consigue simbolizar la muerte de un viejo orden y el nacimiento de una nación mediante lasperipecias que sufren los protagonistas principales. 

En suma, una obra muy bien escrita, un auténtico clásico italiano que vale la pena conocer y disfrutar, con tintes románticos y muchos detalles costumbristas que hacen de ella un puente desde el Romanticismo hacia el Naturalismo. Muy interesante.
                
https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Isola_Bella.jpg
Isla Bella, en el Lago Maggiore (Foto CC BY-SA Markus Bernet)

Antonio Fogazzaro (Vicenza, 1842-1911) fué un escritor y poeta italiano. Hijo de un industrial, creció en una familia profundamente católica, com prometida con la independia de Italia. Estudió Derecho en la Universidad de Turín; no era un estudiante brillante, sino más  bien un adolescente tímido, retraído y soñador, siempreen las nubes. 

Comenzó a trabajar en un despacho de abogados y a escribir poemas, sin mucho éxito, lo que le llevó a probar suerte con la narrativa. Casi a los 40 años publicó la primera novela de un total de siete que escribió a lo largo de su vida, con éxito  creciente. Finalmente se ha convertido en un clásico.

Acogió «El origen de las especies» (1851) de Darwin con entusiasmo, trató de hacerla compatible con la fé católica e impartió varias conferencias sobre el tema. Acusaba a los darwinistas de estrechez de miras y de suponer que la Iglesia no era  capaz de entender sus teorias. Pero fué precisamente la falta de visión de Roma la que hizo que sus obras fueran inlcuidas en el índice de libros prohibidos.

Antonio Fogazzaro

Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

miércoles, 20 de junio de 2018

Sentido y proyección de la Conquista - Leopoldo Zea

                
Título: Sentido y proyección de la Conquista 
Autor: Leopoldo Zea (editor) 

Páginas: 188 

Editorial: Fondo de Cultura Económica 

Precio: 22 euros 

Año de edición: 1993 

Si los pensamos un poco, nos daremos cuenta de que no sólo Colón descubrió América en 1942, sino que además los españoles la inventaron en cierta medida. Por un lado, no percibieron más que lo que esperaban percibir, incluso al principio creían realmente que eran las indias orientales, y por otro lado, proyectaron en ese nuevo continente todas sus fantasía y leyendas: el dorado, la fuente de la eterna juventud, el país de as amazonas, la Ciudad de los doce Césares...

Este libro recoge esta y otras aportaciones a cual más interesante, de nueve autores destacados, entre los que se encuentran el propio Leopoldo Zea y el español José Luis Rubio Cordón, al siempre difícil y en ocasiones espinoso tema de qué sentido tuvo el descubrimiento y colonización posterior de América por los españoles y qué supuso aquel choque y encuentro entre dos culturas.

El libro está lleno de claves, pensamientos reveladores y puntos de vista muy enriquecedores, hasta el punto de que este volumen me parece un excelente compendio y panorama de las mejores ideas al respecto que qué significó aquel descubrimiento, cuyos eco y consecuencias a veces se dejan oír todavía. 

Planteamientos novedosos, ideas audaces, buenas síntesis y denuncia de clichés erróneos, son cosas que se encuentran entre estas páginas. amenizadas con algunas citas reveladoras, como Los españoles no tratan de encontrar muevas nociones en América, sino confirmar antiguas Leyendas (Lévi Strauss), No se puede entender América si se olvida que somos un capítulo de la HIstoria de las Utopías europeas (Octavio Paz).

Efectivamente, el Descubrimiento de América hizo nacer la utopía como género típico de la edad moderna. La Utopía de Tomás Moro es de 1516. 

Especialmente lúcido me ha parecido el último capítulo del libro, un resumen de las ideas sobre la Historia de Latinoamérica de José Luis Rubio Cordón, que resume varias características que hacen de la colonización llevada a cabo por los españoles un caso único y peculiar:

- Única conquista y colonización con autocrítica. Muy pronto las voces de Fray Bartolomé de las Casas y otros denunciaron los abusos y violaciones de los derechos de los indígenas que se cometían.

- El mestizaje tan intenso que se produjo, quizás el mayor y más amplio proceso de mixtura de dos culturas diferentes.

- Un enfoque humanista, llevado allí fundamentalmente por los jesuitas y otras congregaciones, que crearon una tradición de amor por la libertad e ideales políticos y sociales, que finalmente dió lugar a la Teología de la Liberación.

- Una unificación de prácticamente un subcontinente completo, lo que constituye un caso único en el mundo, no se me ocurre que pueda haber pasado algo parecido en algún otro lugar. Es dió lugar con el correr de los años, al panamericanismo, y a la idea de Patria Bolivariana.

 Un ensayo con el que se aprende muchísimo en poco tiempo, denso y enjundioso en el fondo, pero escrito con amenidad y un ligero espíritu juguetón y atrevido. 
 
Leopoldo Zea (Ciudad de México, 1912-2004), filósofo mexicano, fué uno de los grandes pensadores que concebían la Historia como una disciplina integradora de prácticamente todas las demás ciencias sociales. 

Nació en una familia humilde y trabajó en la oficina de Telégrafos Nacionales para poder costearse sus licenciaturas en Derecho y Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México.Allí impartió clases hasta su fallecimiento, a la edad de 92 años.
  
Leopoldo Zea

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

martes, 19 de junio de 2018

Nocturnos - Kazuo Ishiguro

        
Título: Nocturnos
Autor: Kazuo Ishiguro
              
Páginas: 256
               
Editorial: Anagrama
             
Precio: 9,80 euros 
                 
Año de edición: 2014 

Os presento un libro de relatos cortos, el único editado en español del escritor anglo-japonés Kazuo Ishiguro, hasta ahora el último Premio Nobel de Literatura.

Son cinco historias cortas con un denominador común, la música; están contadas en primera persona por los distintos intérpretes que las protagonizan. El volumen se subtitula «Cinco historias de música y crepúsculo».

En la primera, un guitarrista que toca habitualmente con una de las orquestinas que amenizan los cafés de la Plaza de San Marcos en Venecia conoce a un famoso cantante melódico americano, que le convence para acompañarlo en una serenata nocturna.

El segundo nos lleva a una historia mas sombría: el maltrato psicológico que sufre un joven guitarrista de carácter depresivo y con ansiedad, por parte de una pareja de antiguos amigos hippies que el tiempo ha trasformado en yuppies.

El siguiente habla de otro guitarrista que para preparar su próximo álbum viaja al campo a casa de su hermana para acabar descubriendo su mediocridad y falta de carácter.

En los dos siguientes cambia el instrumento musical, segundo protagonista de las historias. En el cuarto, un saxo con talento pero poco agraciado es convencido para someterse a cirugía estética y cambiar su aspecto radicalmente para relanzar su carrera. Este relato enlaza con el primero porque en la clínica traba amistad con la exmujer del cantante melódico.

En el último reaparece el guitarrista veneciano para introducir la historia de una joven promesa del chelo que recibe clases de perfeccionamiento de una misteriosa mujer.

Los cuentos nos hacen evocar a estrellas del vinilo en ambientes pausados, elegantes, algo decadentes y con un toque de nostalgia. Los personajes son frágiles, están como de paso, son promesas de juventud que no han triunfado o viejas glorias con una carrera que se agota. Siempre está presente la importancia del paso del tiempo y el desengaño que produce la frustración de no alcanzar el éxito; pero la pasión musical de todos los personajes sigue intacta, quizás por eso el autor deja siempre un final ambiguo, abierto a continuar en la imaginación de cada uno. 

Kazuo Ishiguro nació en Nagasaki en 1954 pero su familia se mudó a Inglaterra cuando tenía seis años. Estudió piano de niño y luego Filosofía en la Universidad de Kent y un máster en escritura creativa. Vive en Londres, tiene nacionalidad británica y allí ha desarrollado toda su carera. Guitarrista aficionado, tiene una faceta poco conocida de su actividad: es letrista y compositor de canciones.

Alcanzó pronto el éxito literario y sus primeras novelas ganaron diversos premios en el Reino Unido, pero el gran salto a la fama internacional lo dio con su magnifica novela «Los restos del día». Es un escritor poco prolífico, pero de gran calidad; en español ha publicado siete novelas y este libro de relatos. Su obra se ha traducido a  más de 40 idiomas. Es oficial de la Ordenel Imperio Británico y en 2017 recibió el Nobel de Literatura.

https://www.theguardian.com/books/2014/dec/06/kazuo-ishiguro-the-remains-of-the-day-guardian-book-club
Kazio Ishiguro (Foto David Levene)

Publicado por Cris de la Fuente.