miércoles, 20 de noviembre de 2019

Historia del silencio - Alain Corbin

 
Título: Historia del silencio
Autor: Alain Corbin

ginas: 146
 
Editorial: Acantilado

Precio: 14 euros
 
Año de edición: 2019
 
Este interesante ensayo, que ya va por la segunda edición en solo unos meses, ganó el Premio Caillois de Ensayo 2016 y la verdad, no me extraña. Más que una historia al uso es un delicioso recorrido por la literatura, el arte y la cultura, desde el Renacimiento hasta nuestros días, en el que se rastrea el significado de silencio y cómo nos relacionamos con él.

El silencio es un evento mágico, es mucho más que la ausencia de ruido y, aunque ahora lo hemos olvidado, en el pasado los occidentales apreciaban la profundidad y los sabores del silencio. El silencio puede estar preñado de palabras, de emoción, de amor, se sobreentendios y de percepciones. Es un espacio fecundo en el que reina lo emocional.
 
En sucesivos capítulos se analiza el silencio en la literatura, en la naturaleza, la búsqueda del silencio, la palabra y el significado del silencio («La lengua del alma es el silencio»),  el silencio y la pintura («La imagen es silencio que habla»), Edward Hopper como pintor del silencio, el silencio en el cine mudo, el silencio y las relaciones sociales, el silencio y las pasiones intensas, como el amor y el odio, y la vertiente trágica del silencio.

Un recorrido erudito, sabio y perspicaz por todos los aspectos de la historia cultural del silencio, una obra muy amena y profunda, manejable porque tiene menos de150 páginas, pero de una brevedad que resulta engañosa. Es tan denso que no se puede leer de una sentada y a matacaballo. Es mejor leer un capítulo al día, como máximo, rumiar su contenido, pensar sobre él, dejarlo posado en la mente para que fermente en recuerdos y sugerencias...

Un libro delicioso, que se disfruta página a página, una verdadera golosina para los amantes de los ensayos.
 
Alain Corbin (Lonlay-l'Abbayé, 1936) es un historiador francés, especialista en lo que ha dado en llamar la historia de las sensibilidades.

Nació en un pequeño pueblo de Normandía porque su padre, un mulato antillano, estaba destinado allí como médico rural. Estudió en un seminario como interno, un establecimiento con una disciplina terrible y se refugió en la lectura.

Devoró la biblioteca del centro y se interesó especialmente por los libros de Historia, así nació su vocación. Estudió Historia en la Universidad de Caen, donde conoció las ideas de y Lucien Febvre, que propugnaba una historia de las mentalidades. Es lo que ha venido haciendo con su historias, que analizan cierto datos sensibles y ciertas sensibilidades cambiantes en el tiempo. 
 
Corbin enseñó historia en la Universidad de París y contribuyó a plantear una nueva historia de los sentidos, de éxito actualmente. Previamente había analizado, desde una perspectiva académica la vida cotidiana de los campesinos. Dirigió una famosa Historia del cuerpo. Es profesor emérito de la Sorbona.

Alain Corbin

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

martes, 19 de noviembre de 2019

El General - B. Traven

 

Título: El General
Autor: B. Traven

ginas: 252
 
Editorial: Grupo editorial Sayrols

Precio: 12 euros
 
Año de edición: 1983 (9ª edición)
                    
Esta estupenda novela, publicada originalmente en alemán en 1939, cuenta la historia de Juan Méndez, un soldado desertor del ejército regular mexicano, que encabeza a principios del siglo XX una revolución en los bosques selváticos del sureste de México, al grito de «¡Tierra y libertad!». Arrastra a un grupo de unos cuantos miles de indios, trabajadores de la caoba, explotados hasta la extenuación, en contra del dictador Porfirio Díaz. Mientras, en el norte también soplan vientos de revolución.

Se enfrentará a los temibles y violentos guardias rurales, al ejército y a los hacendados, utilizando su astucia y sus dotes estratégicas, en un texto muy ameno, penetrante y realista hasta el extremo de que el lector sospecha estar leyendo una historia basada en hechos reales.

¿Es así? ¿estamos ante la historia de un general real? Poco importa, porque aunque sea ficción, este libro respira autenticidad por todos sus poros. La redacción es convincente, realista, detallada e inteligente. El lector sigue la revolución como uno más de los integrantes de la partida. Aquí se ve la importancia de la estrategia en la guerra, lo valioso que es tener tus fuerzas divididas y ocultas, de manera que nadie sepa con cuántos hombres cuentas en realidad, que es esencial disponer de espías e informadores que te traigan información sobre el enemigo, su número y armamento, sus movimientos e intenciones, y sobre todo, lo más importante, saber adivinar qué está pensando el enemigo, para anticiparse a sus planes y sorprenderlo.

Una crónica de una guerra de guerrilleros, capaces de tomar haciendas de 60 000 ha, derrotar fuerzas muy superiores aprovechando las peculiaridades del terreno y con la convicción necesaria para propagar la revolución entre los más explotados. Un libro histórico acerca de una región, Chiapas, que ha conocido varias revoluciones, la última protagonizada en 1994 por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Un libro estupendo, que acaba con una gran batalla y un desenlace inesperado. Una novela que se lee sola, a galope tendido, que se hace corta, muy corta. Es una pena que sea tan difícil de encontrar. Os recomiendo buscarla en bibliotecas, librerías de segunda mano y dónde podáis. Vale mucho la pena. Es una obra extraordinaria. 

B. Traven (¿Chicago o Schwiebus?, 1882/1890-1969) es uno de los pseudónimos (como Traven Torsvan, Hal Croves o Ret Marut) de un misterioso escritor, cuya identidad nunca ha estado del todo clara. Hay quienes dicen que nació en Chicago en 1890 y luego viajó a Alemania. Otros sostienen que fué al revés, que nació en Schwiebus (Alemania), hoy en Polonia, en 1882 y luego viajó a Chicago y a México.

Parece que efectivamente era polaco. Fué primero mecánico montador, luego actor en compañías provinciales y en los teatros municipales de Danzig y Düsseldorf, y finalmente desde 1915, escritor y editor independiente. Editó una revista anarquista y que participó en la fundación de la efímera república soviética de Baviera (1918-1919), administrada por consejos de obreros, campesinos y soldados, borrada del mapa por el ejército alemán.

Huyó a Inglaterra y desde allí a México. Allí conoció a Frida Khalo, Gabriel Figueroa, Diego Rivera y un nutrido grupo de intelectuales. Viviendo en México enviaba sus manuscritos a Alemania y allí se publicaban en alemán. Sus libros tuvieron mucho éxito, sobre todo «El tesoro de Sierra Madre» llevado al cine por John Huston en 1948. Sus obras fueron traducidos a 44 idiomas y le hicieron famoso rápidamente, sin embargo siempre quiso mantenerse en el anonimato («un creador no debe tener más biografía que su obra») y parece que lo consiguió, porque hay pocos datos sobre su vida y lo poco que se sabe es bastante dudoso e incierto.

Hay una interesante página dedicada a Traven, con fotografías y material variado.

B. Traven

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

lunes, 18 de noviembre de 2019

Cuando llega la luz - Clara Sánchez

 

Título: Cuando llega la luz 
Autora: Clara Sánchez 

Páginas: 448 

Editorial: Destino 

Precio: 9,95 euros 

Año de edición: 2017 

«Lo que esconde tu nombre» es la novela más exitosa de Clara Sánchez (Guadalajara, 1955) y no quiso que aquella historia acabara ahí. Sintió que tenía que darles continuidad a sus protagonistas.

Se materializó así esta novela. Y lo hizo de modo que quien no haya leído su antecesora y germen de todo, el popular Premio Nadal antes mencionado, pueda engancharse a esta historia directamente. Aunque yo, que he leído ambas, os animo a que no dejéis de conocer, también, «Lo que esconde tu nombre».

Hay diferencias entre secuela y precuela, incluso en lo que a mi opinión concierne, pero las dos cuentan con gran atractivo narrativo, y no hablemos ya de su trama. Cómo recrea, en nuestros años, la acción de unas personas que ya no deberían de ser capaces de hacer daño.
                  
«Cuando llega la luz» vuelve a ser una novela coral, y Julián y Sandra nuevamente los protagonistas que llevan el peso de la obra. Pero también, se unirá alguna que otra nueva voz a la que Clara Sánchez ha querido dar parte en esta historia. Así, estamos ante la resolución de un nuevo suceso –o más bien de un suceso inconcluso– que en la vejez, los últimos nazis, originan a través de la pluma de la autora.

El haberla leído en noviembre o el haber podido idealizar, con el paso de los años, «Lo que esconde tu nombre», ha hecho parecerme esta obra menos novedosa y luminosa. Es curioso como la literatura puede transmitir este último concepto. Pero no faltará el famoso faro como lugar de encuentro –estaremos a orillas del Mediterráneo una vez más–, ni los viajes en ciclomotor que, yo creo que con el paso del tiempo, ahora me resultan muy vintage.

Se nos anula el factor sorpresa de no conocer quiénes son los buenos y quiénes los malos, pero a los que ya hemos leído otras cosas de
Clara Sánchez, en esta ocasión que además se trata de una segunda parte, nos permite entrar en la historia «más a saco», por lo que me lo he tomado como otra manera de leerla y, francamente, me ha gustado.

Clara Sánchez

Publicado por Jesús Rojas.

domingo, 17 de noviembre de 2019

Anécdota pecuniaria - J. M. Machado de Assis

https://es.wikiquote.org/wiki/Machado_de_Assis
Joaquim María Machado de Assis (Brasil, 1839-1908)

Anécdota pecuniaria

Se llama Falcão mi hombre. Aquel día –catorce de abril de 1870– quien entrase a su casa, a las diez de la noche, lo vería paseándose por el comedor, en mangas de camisa, pantalón negro y corbata blanca, refunfuñando, gesticulando, suspirando, evidentemente afligido. A veces se sentaba; otras, se apoyaba en la ventana, mirando hacia la playa, que era la de Gamboa. Pero, en cualquier lugar o actitud se demoraba poco tiempo.

–Hice mal –decía él–, muy mal. ¡Tan amigos que éramos! ¡Tan amorosa que fue siempre conmigo! ¡Iba llorando, pobrecita! Hice mal, muy mal… ¡Al menos que sea feliz!

Si yo dijera que este hombre vendió una sobrina, no me creerán; si caigo más bajo y menciono el precio, diez contos de reis, me darán la espalda con desprecio e indignación. Sin embargo, basta ver esta mirada felina, estos dos labios, maestros del cálculo, que incluso cerrados parecen estar contando algo, para adivinar en seguida que el rasgo capital de nuestro hombre es la voracidad del lucro. Entendámonos: ¡él cultiva el arte por el arte, no ama el dinero por lo que le puede dar, sino por lo que es en sí mismo! Que nadie pretenda verlo usufructuar de las grandes comodidades de la vida. No tiene una cama blanda, ni una mesa fina, ni carruaje, ni blasones. No se gana dinero para derrocharlo, decía él. Vive de migajas; todo lo que acumula es para la contemplación. Va muchas veces hasta la caja de caudales, que está en la alcoba, con el único fin de hartar sus ojos en la contemplación de las barras de oro y en los manojos de títulos. Otras veces, impulsado por un refinamiento de su erotismo pecuniario, los contempla en su memoria. En este particular, todo lo que yo pueda decir estaría por debajo de la elocuencia con que hablaría cualquiera de las cosas que él mismo podría afirmar o hacer en 1857.

Ya entonces millonario, o casi, encontró en la calle dos niños conocidos suyos, que le preguntaron si un billete de cinco mil reis que les había dado un tío, era verdadero. Circulaban por entonces algunos billetes falsos y los niños lo recordaron mientras paseaban. Falcão iba con un amigo. Tomó trémulo el billete, lo examinó bien, lo miró de un lado, luego de otro…

–¿Es falso? –preguntó con impaciencia uno de los niños.

–No, es verdadero.

–Devuélvamelo –dijeron al unísono los niños.

Falcão dobló el billete lentamente, sin quitarle los ojos de encima; después lo reintegró a los pequeños, y volviéndose hacia su amigo, que lo aguardaba, le dijo con el mayor candor del mundo:

–Da gusto ver dinero, aunque no sea de uno.

A tal punto llegaba su amor al dinero: hasta la contemplación desinteresada. ¿Qué otro motivo podía tener para detenerse frente a las vidrieras de los cambistas, cinco, diez, quince minutos, lamiendo con los ojos las pilas de libras y francos, tan prolijitos y amarillos? El mismo sobresalto con que tomó el billete de cinco mil reis, era un rasgo sutil, era el terror ante el posible billete falso. A nadie odiaba tanto como a los falsificadores de monedas, no porque fueran criminales, sino por lo perjudiciales que resultaban, porque desmoralizaban el dinero bueno.

El lenguaje de Falcão bien valdría un estudio. Cierto día, en 1864, volviendo del entierro de un amigo, aludió al esplendor del cortejo, exclamando con entusiasmo: “¡Sostenían el cajón tres mil contos!” y, como uno de los oyentes no le entendiese de inmediato, Falcão concluyó de la extrañeza del otro que en el fondo dudaba de él, y detalló: “Fulano cuatrocientos, Zutano seiscientos… Sí, señor, seiscientos; hace dos años, cuando disolvió la sociedad con el suegro, ya andaban por más de quinientos…” Y así prosiguió, demostrando, sumando y concluyendo: “¡Exactamente, tres mil contos!”.

No era casado. Casarse era despilfarrar el dinero. Pero los años pasaron, y a los cuarenta y cinco empezó a sentir cierta necesidad moral, que no comprendió en seguida, y que era la nostalgia de la paternidad. No la falta de una mujer, no la de parientes, sino la de un hijo o hija, que para él sería como recibir un patacón de oro. Desgraciadamente, para cosechar tales beneficios ahora debería haber acumulado el capital en el momento debido, no podía empezar recién para ganarlo más tarde. Le quedaba la alternativa de la lotería; la lotería le dio el premio grande.

Murió su hermano y tres meses después su cuñada, dejando huérfana una hija de once años. Él la quería mucho, al igual que a otra sobrina, hija de una hermana viuda; las besaba una y otra vez cuando las visitaba; llegaba incluso al delirio de llevarles, una y otra vez, galletitas. Vaciló un poco, pero finalmente recogió a la huérfana; ella era la hija anhelada. No cabía en sí de la alegría; durante las primeras semanas, casi no salía de su casa, siempre a su lado, oyendo sus cuentos y festejándole todas sus ocurrencias.

Se llamaba Jacinta, y no era linda; pero tenía la voz melodiosa y era de modales suaves. Sabía leer y escribir, empezaba a aprender música. Trajo el piano consigo, el método y algunos ejercicios; no pudo traerse al profesor, porque el tío entendió que era mejor ir practicando lo que había aprendido, y un día… más tarde… Once años, doce años, trece años, cada año que pasaba creaba un nuevo vínculo que ataba al viejo solterón a la hija adoptiva, y viceversa. A los trece, Jacinta dirigía la casa; a los diecisiete era señora absoluta de todo. No abusó de su poder; era naturalmente modesta, frugal, medida.

–¡Un ángel! –decía Falcão a Paco Borges.

Este Paco Borges tenía cuarenta años, y era propietario de un depósito portuario de mercaderías. Iba a jugar con Falcão por la noche. Jacinta presenciaba los partidos. Tenía por entonces dieciocho años; no estaba más linda, pero decían todos que “se estaba poniendo muy atractiva”. Era menuda, y al dueño del depósito le encantaban las mujeres pequeñas. Sus sentimientos fueron correspondidos y la atracción se transformó en amor.

–¡Comencemos! –decía Paco Borges al entrar, luego de los saludos.

Las cartas eran la sombrilla de los dos enamorados. No jugaban por dinero; pero Falcão tenía tal sed de lucro, que contemplaba las propias fichas y las contaba cada diez minutos, para ver si ganaba o perdía. Cuando perdía, se apoderaba de él un desaliento incurable, y él se replegaba poco a poco en el silencio. Si la suerte se empeñaba en perseguirlo, terminaba el partido y se levantaba de la mesa tan melancólico y ciego, que la sobrina y su novio podían tomarse de las manos una, dos, tres veces, sin que él advirtiese nada.

Esto ocurría en 1869. A principios de 1870 Falcão propuso a Paco Borges una venta de acciones. No las tenía, pero olfateó una gran baja, y calculaba ganarle de una sola vez treinta o cuarenta contos a Paco. Éste le respondió diplomáticamente que andaba pensando en proponerle lo mismo. Dado que ambos querían vender y ninguno de ellos comprar, podían unirse y proponer la venta a un tercero. Encontraron al tercero, y cerraron trato a sesenta días. Falcão estaba tan contento al volver del negocio, que el socio le abrió su corazón y le pidió la mano de Jacinta. Fue lo mismo que si, de repente, empezara a hablar en turco. Falcão lo miró, pasmado, sin entender. ¿Que le diese su sobrina? Pero entonces…

–Sí, te confieso que deseo ardientemente casarme con ella, y a ella… pienso que también le agradaría casarse conmigo.

–¡De ninguna manera! –interrumpió Falcão–. No, señor; es una niña, no estoy de acuerdo.

–Pero escúchame…

–No tengo nada que escuchar, no quiero.

Regresó a su casa irritado y aterrorizado. La sobrina se desvivió queriendo saber qué le ocurría, finalmente él le contó todo, y la llamó desagradecida. Jacinta empalideció; amaba a los dos, y los veía tan unidos que no se imaginó nunca ante la disyuntiva de tener que contraponer sus afectos. A solas en su cuarto, lloró largamente; después le escribió una carta a Paco Borges rogándole por las cinco llagas de Nuestro Señor Jesucristo que no provocase ningún escándalo ni se peleara con el tío; le decía que esperase y le juraba un amor eterno.

No se pelearon los dos amigos; pero los encuentros fueron haciéndose más esporádicos y fríos. Jacinta no se reunía con ellos en el comedor, o si lo hacía se retiraba en seguida. El terror de Falcão era enorme. Él amaba a su sobrina con un amor de perro, que persigue y muerde a los extraños. La quería para sí, no como hombre, sino como padre. La paternidad natural infunde fuerzas para consumar el sacrificio de la separación; la paternidad de Falcão era impostada y, tal vez por eso mismo, más egoísta. Nunca había pensado en perderla; ahora, empero, eran treinta mil los recaudos que tomaba para evitarlo, ventanas cerradas, advertencias a la criada negra, una vigilancia perpetua, un incesante control de gestos y palabras, una auténtica caza de brujas.

Entre tanto el sol, modelo de todo funcionario, continuó sirviendo puntualmente a los días, uno a uno, hasta llegar a los dos meses del plazo convenido para la entrega de las acciones. Éstas debían bajar, según las previsiones de los dos; pero las acciones, como las loterías y las batallas, se burlan de los cálculos humanos. En aquel caso, además de burla, hubo crueldad, porque ni bajaron ni se mantuvieron estables, sino que repuntaron hasta convertir el esperado lucro de los cuarenta contos en una pérdida de veinte.

Fue entonces cuando Paco Borges tuvo una ocurrencia genial. En la víspera, cuando Falcão, abatido y mudo, paseaba por el comedor su desencanto, Borges le propuso costear solo todo el déficit, si él accedía a darle la mano de su sobrina. A Falcão se le encendieron los ojos.

–¿Que yo…?

–Exactamente –interrumpió el otro riendo.

–No, no…

No quiso; tres o cuatro veces rechazó el ofrecimiento. La primera impresión había sido de alegría, eran diez contos que no se irían de su bolsillo. Pero la idea de separarse de Jacinta era insoportable y la rechazó. Durmió mal. De mañana, encaró la situación, ponderó las cosas, consideró que, entregándole al otro su sobrina, no perdía totalmente, mientras que de no proceder así, los diez contos se esfumaban irremediablemente. Y, además, si ella lo quería y él la quería a ella ¿por qué razón separarlos? Todas las hijas se casan, y los padres se contentan viéndolas felices. Corrió a casa de Paco Borges y llegaron a un acuerdo.

–Hice mal, muy mal –vociferaba él la noche del casamiento–. ¡Tan amigos que éramos! ¡Tan amorosa que fue siempre conmigo! Iba llorando, pobrecita… Hice mal, muy mal.

Había cesado el terror de los diez contos; empezaba el hastío de la soledad. A la mañana siguiente, fue a visitar a la pareja. Jacinta no se limitó a ofrecerle un buen almuerzo, sino que, además, lo llenó de mimos y atenciones; pero ni éstos ni el almuerzo le restituyeron la alegría. Al contrario, la felicidad de la pareja lo entristeció más. Al regresar a su casa no encontró la carita tierna de Jacinta. Nunca más volvería a oír sus canciones de niña y muchacha; no sería ella quien le haría el té, quien habría de traerle, por la noche, cuando él quisiese leerlo, el viejo tomo gastado de Saint–Clair de las Islas, dádiva de 1850.

–Hice mal, muy mal…

Para remediar el daño hecho, transfirió el juego de cartas a la casa de la sobrina, y allá iba, por la noche, a vérselas con Paco Borges. Pero la fortuna cuando flagela a un hombre, le desbarata todas sus bazas. Cuatro meses más tarde, los recién casados se fueron a Europa; la soledad tomó las dimensiones de la extensión del mar. Falcão tenía por entonces cincuenta y cuatro años. Ya aceptaba con más resignación el casamiento de Jacinta; tenía, incluso, el plan de ir a vivir con ellos, ya sea gratuitamente, o mediante una pequeña retribución, que calculó que sería mucho más económica que el gasto que le demandaba vivir solo. Todo se esfumó; ahí está él otra vez en la situación en que se encontraba ocho años antes, con la diferencia de que la suerte le había arrancado la copa entre dos tragos.

Así estaban las cosas cuando cayó en su casa otra sobrina. Era la hija de su hermana viuda, que, al borde de la muerte, le pedía encarecidamente que se ocupase de ella. Falcão no prometió nada, porque un cierto instinto lo llevaba a no prometer jamás nada a nadie, pero lo cierto es que recibió a la sobrina tan pronto como su hermana cerró los ojos. No tuvo recelos de ningún tipo; por el contrario, le abrió las puertas de su casa con el júbilo de un alma enamorada, y casi bendijo la muerte de su hermana. Volvía a recuperar a la hija perdida.

“Ésta ha de cerrar mis ojos”, se decía.

No era fácil. Virginia tenía dieciocho años, sus facciones eran hermosas y originales; era esbelta y atractiva. Para evitar que se la arrebataran, Falcão empezó por donde había terminado la primera vez: ventanas cerradas, advertencias a la criada negra, salidas contadas, sólo con él y mirando hacia el suelo. Virginia no se mostró enfadada.

–Nunca fui ventanera –decía ella–, y me parece muy feo que una muchacha viva pendiente de lo que ocurre en la calle.

Otro recaudo de Falcão fue no traer a su casa sino hombres de cincuenta años para arriba o casados, cuando eran menores. Por último, dejó de inquietarse por la baja de las acciones. Y todo eso era innecesario porque la sobrina no se ocupaba de otra cosa que de él y de la casa. A veces, como la vista del tío comenzaba a disminuir mucho, le leía ella misma alguna página del Saint–Clair de las Islas. Para suplantar a los compañeros de mesa, cuando faltaban, aprendió a jugar a las cartas, y sabiendo que a su tío le gustaba ganar, siempre lograba perder. Llegaba más lejos: cuando perdía mucho, simulaba estar ofuscada o triste, con el único propósito de darle a su tío una pizca más de placer. Él entonces se reía con ganas, se burlaba de ella, le decía que su nariz era larga, pedía un pañuelo para enjugarle las lágrimas; pero no dejaba de contar sus fichas de diez en diez minutos, y si alguna caía al suelo (eran granos de maíz) bajaba la vela para recogerla.

Tres meses más tarde, Falcão se enfermó. La molestia no fue grave ni larga; pero el terror de la muerte se apoderó de su espíritu, y fue entonces cuando pudo advertirse hasta qué punto llegaba su apego a la muchacha. Cada visitante que llegaba era recibido con rispidez, o por los menos con sequedad. Los íntimos padecían más, porque él les decía brutalmente que todavía no era un cadáver, que la presa todavía estaba viva, que los buitres se equivocaban de olor, etcétera. Virginia, en cambio, nunca tuvo que sufrir un solo instante de mal humor. Falcão la obedecía en todo, con pasividad de niño, y cuando reía era porque ella lo hacía reír.

–Vamos, tome su remedio, déjese de rezongos, usted es ahora mi hijo…

Falcão sonreía y bebía el preparado. Ella se sentaba al borde de la cama, le narraba cuentos, vigilaba el reloj para darle a horario los caldos o la carne de gallina, le leía el sempiterno Saint–Clair. Llegó la convalecencia. Falcão salió a dar algunos paseos, en compañía de Virginia. La prudencia con que ésta, dándole el brazo, iba mirando las piedras de la calle, cuidándose de encarar los ojos de algún hombre, le encantaba a Falcão.

“Ésta ha de cerrar mis ojos”, se repetía. Un día llegó a pensarlo en voz alta:

–¿No es cierto que tú habrás de cerrar mis ojos?

–¡No diga tonterías!

Allí mismo, en la calle, él se detuvo, le estrechó fuertemente las manos, agradecido, no sabiendo qué decir. Si tuviese la facultad de llorar, seguramente en aquel instante sus ojos se habrían humedecido. De vuelta en casa, Virginia corrió a su habitación a releer una carta que le entregara en la víspera una tal doña Bernarda, amiga de su madre. Estaba fechada en Nueva York y traía por toda firma este nombre: Reginaldo. Uno de los párrafos decía así:

Parto de aquí en el vapor del día 25. Espérame. No sé todavía si iré a verte en seguida o no. Tu tío debe acordarse de mí; me vio en casa de mi tío Paco Borges, el día del casamiento de tu prima…

Cuarenta días después desembarcaba este Reginaldo, llegado de Nueva York, con treinta años cumplidos y trescientos mil dólares. Veinticuatro horas después visitó a Falcão, que lo recibió apenas con educación. Pero Reginaldo era fino y práctico; dio con la cuerda principal de su interlocutor y la hizo tañer. Le habló de los prodigiosos negocios de los Estados Unidos, las hordas de monedas que corrían de uno a otro de los océanos que bañaban sus costas. Falcão lo escuchó deslumbrado y le pedía más y más información. Entonces el otro le hizo un extenso recuento de las compañías y bancos, acciones, saldos de finanzas públicas, riquezas particulares, organización municipal de Nueva York; le describió los grandes palacios consagrados al comercio…

–Realmente es un gran país –decía Falcão de cuando en cuando. Y luego de tres minutos de reflexión–, pero, por lo que usted cuenta, sólo hay oro.

–Oro, sólo, no; hay mucha plata y papel; pero allí papel y oro es la misma cosa. Y ni qué hablar de monedas de otras naciones. Le mostraré una colección que traigo. Mire: para ver lo que es aquello basta fijarse en mí: fui allá pobre, tenía veintitrés años; al cabo de siete años, traigo seiscientos contos.

Falcão se estremeció:

–Yo, a su edad, –confesó–, apenas si llegaba a cien.

Estaba encantado. Reginaldo le dijo que necesitaba dos o tres semanas para contarle los milagros del dólar.

–¿Cómo dice usted que se llama?

–Dólar.

–¿Me creerá si le digo que nunca vi esa moneda?

Reginaldo sacó del bolsillo del chaleco un dólar y se lo mostró. Falcão, antes de tenerlo en su mano, lo atrapó con los ojos. Como estaba un poco oscuro, se incorporó y fue hasta la ventana para examinarlo bien de ambos lados; después lo restituyó a su dueño, elogiando mucho el dibujo y la acuñación, agregando que nuestros antiguos patacones eran también muy lindos.

Las visitas se repitieron. Reginaldo resolvió pedir la mano de la muchacha. Ésta, empero, le dijo que era preciso obtener primero la anuencia del tío; no se casaría contra su voluntad. Reginaldo no se desanimó. Se empeñó en redoblar sus atenciones para con Falcão; abarrotó al tío de Virginia de dividendos fabulosos.

–A propósito, nunca me mostró su colección de monedas –le dijo un día Falcão.

–Venga mañana a mi casa.

Falcão fue. Reginaldo le mostró la colección metida en un mueble cuyos cuatro lados eran de vidrio. La sorpresa de Falcão fue extraordinaria; esperaba encontrar una cajita con un ejemplar de cada moneda, y encontró montañas de oro, plata, bronce y cobre. Falcão les echó una ojeada general y colectiva; después empezó a observarlas en detalle. Sólo reconoció las libras, los dólares y los francos; pero Reginaldo las nombró todas: florines, coronas, rublos, dracmas, pesos, rupias, toda la numismática del trabajo, concluyó poéticamente.

–Pero ¡qué paciencia la suya para juntar todo esto! –dijo él.

–No fui yo quien las juntó –replicó Reginaldo–; la colección pertenecía al expolio de un personaje de Filadelfia. Me costó una bagatela: cinco mil dólares.

En verdad, la colección valía más. Falcão salió de allí con la colección en el alma; le habló de ella a su sobrina e imaginariamente desordenó y volvió a ordenar las monedas, como un amante revuelve los cabellos de la amada para volver a acariciarlos otra vez. Esa noche soñó que era un florín, que un jugador lo arrojaba a la mesa del lansquenet, y que él traía consigo, hacia el bolsillo del jugador, más de doscientos florines. A la mañana siguiente, para consolarse, fue a contemplar las primeras monedas que tenía en la caja de caudales; pero no encontró el consuelo que buscaba. El mejor de los bienes es el que no se posee. Días después, estando en el comedor de su casa, le pareció ver una moneda en el suelo. Se agachó para recogerla; no era una moneda, era una simple carta. La abrió distraídamente y la leyó asombrado: era de Reginaldo y estaba dirigida a Virginia…

–¡Basta! –me interrumpe el lector–; adivino lo demás. Virginia se casó con Reginaldo, las monedas pasaron a manos de Falcão, y eran falsas…

No, señor, eran verdaderas. Hubiera sido más ético que, para castigo de nuestro hombre, fuesen falsas; pero ¡ay de mí!, yo no soy Séneca, no paso de un Suetonio que contaría diez veces la muerte de César, si él resucitase diez veces, pues no retornaría a la vida sino para volver al imperio.


Publicado por Antonio F. Rodríguez.