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domingo, 4 de agosto de 2019

Dejar a Matilde- Alberto Moravia

Alberto Moravia (Roma, 1907-1990)


Dejar a Matilde

Un amigo mío camionero ha escrito en el cristal del parabrisas: “Mujeres y motores, alegrías y dolores”. No digo yo que no tenga sus buenas razones para decir que los dolores y las alegrías que le procuran las mujeres tengan más o menos el mismo peso en la balanza de su vida. Digo que, al menos por lo que se refiere a Matilde y a mí, esa balanza andaba muy desequilibrada: por un lado, muy alto, el platillo de las alegrías; por el otro, muy bajo, el platazo de los dolores. De modo que, al final, tras un año de noviazgo de puras peleas, incumplimientos de palabra, bribonadas y traiciones, decidí dejarla a la primera oportunidad. 

La oportunidad llegó pronto, una noche que la había citado en la plaza Campitelli, cerca de su casa: Esa noche Matilde, simplemente, no vino. Advertí entonces, tras una horita de espera, que sentía más alivio que disgusto, y comprendí que había llegado el momento de la separación. Incierto entre un dolor amargo y una satisfacción agraz, medio contento y medio desesperado, me fui a casa y me acosté en seguida. Pero antes de apagar la luz me santigüé, solemne, y dije en voz alta: 

-Esta vez se acabó, vaya si se acabó. 

Este juramento hay que decir que me calmó, porque dormí de corrido nueve horas y sólo me desperté por la mañana cuando mamá vino a avisarme que preguntaban por mí al teléfono. 

Fui al teléfono, al apartamento de enfrente, de una modista amiga. De inmediato, la vocecita dulce de Matilde: 

-¿Cómo estás? 

-Estoy bien -contesté, duro. 

-Perdóname por anoche…, pero no pude, de verdad.

-No importa -le dije-, así que adiós… Nos veremos mañana… Te diré una cosa…

-¿Qué cosa? 

-Una importante. 

-¿Una cosa buena? 

-Según… Para mí sí. 

-¿Y para mí? 

Dije tras un momento de reflexión: 

-Claro, también para ti. 

-¿Y qué cosa es? 

-Te la diré mañana. 

-No, dímela hoy. 

-No me mates… 

-Está bien… ¿Sabes por qué te he telefoneado hoy? Porque hace un día precioso, es fiesta, y podríamos ir en moto al mar. ¿Qué te parece? 

Me quedé incómodo porque no me esperaba esa propuesta tan cariñosa, hecha con una voz tan dulce. Después pensé que, en el fondo, tanto daba hoy como mañana: iríamos a la playa y yo, en lo mejor, le diría que la dejaba y así me vengaría también un poco. Dije: 

-Está bien, dentro de media hora paso a buscarte.

Fui a recoger el ciclomotor y luego, a la hora fijada, me presenté en casa de Matilde y le silbé para llamarla, como de costumbre. Se precipitó en seguida abajo, lo noté; normalmente me hacía esperar Dios sabe cuánto. Mientras corría hacia mí atravesando la plaza, la miré y me di cuenta una vez más de que me gustaba: bajita, dura, morenísima, con la cara ancha por abajo como un gato, la boca sombreada de pelusilla, los ojos negros, astutos y vivos, el pelo muy cortito, tan espeso y tan bajo sobre la frente que evocaba el pelamen de un animal salvaje. Pero pensé: “Desde luego que me gusta, me gusta mucho, pero la dejo”, y advertí con alivio que la idea no me turbaba en absoluto. Cuando la tuve delante, todavía jadeando por la carrera, me preguntó en seguida con voz tierna: 

-¿Qué? ¿Aún estás enfadado por lo de ayer? 

Contesté huraño: 

-Vamos, monta. 

Y ella, sin más, subió al sillín de la moto agarrándose a mí con las dos manos. Salimos. 

Una vez en la vía Cristoforo Colombo, entre los muchos automóviles y motos del día festivo, con el sol que ya quemaba, empecé a pensar sañudamente en lo que debía hacer. 

¿Cuándo tenía que decirle que la dejaba? Al principio pensé que se lo diría en cuanto llegásemos a la playa, para estropearle la excursión y a lo mejor traerla inmediatamente después a Roma: una idea vengativa. Pero después, pensándolo mejor, me dije que, a fin de cuentas, también me estropearía la excursión a mí mismo. Mejor, pensé, disfrutar de la vida y -¿por qué no?- de Matilde hasta cierto momento, digamos que hasta las dos, después de comer. O bien, incluso, esperar al final de la excursión y decírselo mientras regresábamos, por esta misma vía Cristoforo Colombo, sin volverme, así, como por azar. O incluso también esperar a llegar a Roma y decírselo en la puerta de su casa: “Adiós, Matilde. Te digo adiós porque hoy ha sido la última vez que hemos estado juntos”. Entre tantas ideas no sabía cuál escoger; al final me dije que no debía hacer planes; en el momento oportuno, no sabía cuál, se lo diría. Entre tanto Matilde, como si hubiera adivinado mis reflexiones, se apretaba fuerte a mí, e incluso me había cogido con la mano la piel del brazo, como pellizcándome, con ese pellizco que se llama mordisco del asno, y que en ella era una demostración de afecto. La oí, después, decirme al oído con una voz alegre y tierna: 

-¡Eh! ¿Sabes que tienes que ir al peluquero? Con tanto pelo ni hay sitio para un beso. 

Digo la verdad, esas palabras y el pellizco me hicieron cierto efecto. Pero de todas formas pensé: “Sigue, sigue… Ya es demasiado tarde”. 

Una vez en Castelfusano cogí hacia Torvaianica, donde sabía que no había balnearios, que sólo agradan a quienes van al mar a ponerse morenos, sino nada más que matorrales y la playa desierta. Al llegar a un sitio muy solitario, con un monte bajo que pululaba, verde e intrincado, por el declive hasta la tira blanca de la playa, dejé la moto en el borde del camino; y después corrimos juntos a más no poder por los senderos, rodeando los gruesos arbustos batidos por el viento, hasta el mar. La llevaba de la mano, pero este gesto cariñoso lo había impuesto ella; y yo la dejé hacer; así me sentí de nuevo enternecido, como en los buenos tiempos en que la quería. Pero me di cuenta de que seguía decidido a dejarla, y esto me devolvió la confianza. 

-Voy a desnudarme detrás de aquella mata -dijo ella-. No mires. 

Y yo me pregunté si no sería cosa de decírselo ahora; recibiría la ducha fría justo en el momento en que estaba desnuda, llena de la felicidad que le daba aquel sitio tan bonito y la excursión al mar. Pero cuando me volví hacia ella y vi asomar por la mata sus hombros delicados, con los brazos levantados, y quitarse la falda por la cabeza, se me fueron las ganas. Tanto más cuanto que ella decía, siempre con su voz cariñosa: 

-Giulio, no te creas que no me doy cuenta; me estás mirando.

Así fuimos a tumbarnos en la arena, yo boca abajo y ella hacia arriba, con la cabeza en mi espalda como en un cojín. El sol quemaba mi espalda, la arena me quemaba el pecho y su cabeza me pesaba en la espalda, pero era un dulce peso. Ella dijo, tras un largo silencio: 

-¿Por qué estás tan callado? ¿En qué piensas? 

Y yo contesté espontáneamente: 

-Pienso en lo que tengo que decirte.

-Pues dilo. 

Estaba a punto de decirlo de veras cuando ella, voluble como las mariposas que vuelan de una flor a otra y nunca se dejan coger, dijo de pronto: 

-Mira, mientras tanto úntame los hombros, que no quiero quemarme. 

Renuncié una vez más a hablar y, cogiendo el frasquito de aceite, le unté la espalda desde el cuello a la cintura. Al final ella anunció: 

-Me duermo. ¡No me molestes! 

Y me quedé turulato de nuevo, pensando que, en el fondo, no le importaba nada saber lo que quería decirle. 

Matilde durmió quizás una hora; después se despertó y propuso: 

Caminemos a lo largo del mar. Es pronto para bañarse, pero al menos quiero mojarme los pies en el agua. 

Volvió a cogerme de la mano y juntos corrimos a través de la playa hacia la orilla. Las olas eran grandes y ella, siempre de mi mano, empezó a dar carreritas hacia adelante y hacia atrás, según las olas avanzaran o refluyeran, entre un viento que soplaba con fuerza, gritando de alegría cada vez que una ola, más rápida que ella, la embestía y le subía hasta media pierna. No sé por qué, al verla tan feliz, me dieron unas ganas crueles de estropearle la felicidad y grité fuerte, para superar con la voz el estruendo de mar: “Ahora te digo esa cosa”. Pero ella, de forma imprevista, me abrazó repentinamente con fuerza, diciéndome: “Cógeme en brazos y llévame al medio del agua, inténtalo, pero no me dejes caer”. De modo que la cogí en brazos, que pesaba mucho aunque era pequeña, y avancé un poco entre toda aquella confusión de olas que se cruzaban, montaban unas sobre otras y refluían. Mientras tanto me preguntaba por qué ella había hecho este gesto; y concluí diciéndome que, con su intuición femenina, había adivinado que lo que quería decirle no le iba a gustar. Ahora, desvanecido el peligro de oírme decir aquella cosa, me invitaba a volver a la orilla. Volví y la dejé con delicadeza en la arena; me dio un beso en la mejilla, diciendo: 

-Y ahora comemos. 

Abrimos el paquete del almuerzo y comimos los bocadillos de ternera que mi madre me había preparado. Después, durante dos horas, siempre la misma canción. Yo tenía en la punta de la lengua lo que quería decirle, pensaba decírselo porque el momento me parecía favorable, estaba a punto de decirlo cuando ella, de pronto, me hablaba de forma cariñosa o hacía un gesto imprevisto, o incluso me quitaba la palabra de la boca. Varias veces me volvió la idea de una de esas mariposas blancas de la col, que en primavera son las primeras y las más inasibles, feliz de quien consigue echarles mano. Después, cuando ya desesperaba de llegar a mi declaración, me propuso de golpe y porrazo: 

-Bueno, dime ahora esa cosa. 

Estaba a punto de abrir la boca cuando ella gritó:

-No, no me la digas, espera, déjamela adivinar. Veamos: ¿quieres decirme que me quieres mucho? 

-No -respondí. 

-¿Entonces quieres decirme que soy muy mona y te gusto?

-No. 

-Entonces, ¿que nos casaremos pronto? 

-No. 

-Estas son las tres únicas cosas que me interesan -dijo ella sacudiendo la cabeza-. Basta, no quiero saber nada. 

-No, tengo que decirte que… 

Pero ella, tapándome la boca con la mano: 

-Chitón, si quieres que te dé un beso. 

¿Qué podía hacer yo? Me quedé callado; y ella quitó la mano y puso sus labios, en un beso largo que me pareció sincero. 

Al final habíamos hecho de todo: tomado el sol, dormido, un semibaño, habíamos hablado; pero no le había dicho aquella cosa y ya sólo nos quedaba irnos. De modo que nos vestimos cada uno detrás de su mata y yo una vez más, mientras me metía los pantalones, pensé que ese era el momento adecuado. Me levanté y dije con voz natural: 

-Lo que quería decirte, Matilde, es esto: he decidido dejarte. 

Pronunciadas estas palabras miré hacia la mata tras la que ella se ocultaba, pero no vi nada. El viento ahora soplaba más fuerte que nunca y sólo se oían, en aquel lugar desierto, la voz del viento, baja y modulada, y el estruendo del mar. Matilde parecía que no estaba, como si mis palabras la hubieran hecho desvanecerse en el aire, como los torbellinos de arena que el viento levantaba sin tregua de las dunas blancas y empujaba hacia arriba, hacia el monte bajo. Dije: “Matilde”, pero no obtuve respuesta. Grité entonces: ¡Matilde!”, y tampoco contestó. Inquieto, incluso un poco asustado, pensando que, quién sabe, estuviera llorando de dolor, o quizá se hubiera desmayado, me puse a toda prisa la camisa y corrí hacia la mata detrás de la cual debería estar. No estaba: en la arena no vi más que su bolso y sus zapatitos rojos. Pero justo en el momento en que me volvía llamándola, la sentí que se me echaba encima, con violencia hasta el punto de que no pude aguantar en pie y caí boca arriba, con ella. Matilde ahora se sentaba a horcajadas en mi pecho y me decía: 

-Repite lo que has dicho. Vamos, repítelo. 

La arena me soplaba en la cara, punzante; ella reía sin parar y yo por fin contesté flojo: 

-Bueno, no lo repito, pero déjame en paz. 

Pero ella no se levantó en seguida y dijo: 

-¿Y eso era todo? Te digo la verdad, creía que era algo más importante. 

Después me soltó; me levanté yo también y, de repente, advertí que estaba contento de habérselo dicho y de que no lo hubiera tomado en serio y se lo tomara como una de las muchas bobadas que se pueden decir entre enamorados. En resumen, volvimos a subir la pendiente cogidos de la cintura. Y yo le dije que la quería mucho; y ella me contestó ya un poco reservada, porque no se temía que la dejara: “También yo”. Poco después corríamos de nuevo por la vía Cristoforo Colombo. 

Pero al llegar a su casa me dijo, cogiéndome la mano:

-Giulio, ahora es mejor que no nos veamos unos días.

Me sentí casi desfallecer y consternado, exclamé:

-Pero, ¿por qué? 

Y ella, con una buena carcajada: 

-He querido hacer una prueba. Querías dejarme, ¿eh? Y luego, sólo ante la idea de no verme unos días, pones una cara así de triste. Está bien, nos vemos mañana. 

Corrió hacia arriba y yo me quedé como un bobo, mirándola alejarse.


Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 21 de julio de 2019

Paulina y Gumersindo - Francisco Gª. Pavón

 
Francisco García Pavón (Tomelloso, 1919-1989) nos dejó, además de las inefables historias policiacas de Plinio, relatos extraordinarios, como éste, seguamente uno de los mejores que escribió.

Este año se cumple el centenario de su nacimiento, lo que puede se una buena excusa para recordarle y disfrutar una vez más de su arte. 


Paulina y Gumersindo

A Ignaco Aldecoa 
                                                   
            La fachada de la casa era una baja pared enjalbegada y un portón ancho. Nada más. Detrás del portón, un corralazo con higuera y parra, con pozo y macetas y, cosa rara, un bravo desmonte velloso de hierba, solaz de las gallinas. Refiriéndose a él decía Paulina: «Cuando hicieron la casa y la cueva, hace milenta años, quedó ese montón de tierra. Como le nació hierba y amapolas, mi padre dijo: “Lo dejaremos”. Y cuando nos casamos, Gumersindo dijo: “Pues vamos a dejarlo y así tenemos monte dentro de casa”». En el fondo del corralazo, en bajísima edificación, la cocina, la alcoba del matrimonio, la cuadra de Tancredo y un corralito para el cerdo.
Algunas tardes, muchas, íbamos con mamá o con la abuela a visitar a la hermana Paulina. Si era verano, la encontrábamos sentada entre sus macetas, junto al pozo, leyendo algún periódico atrasado de los que le traían las vecinas; o cosiendo.
Al vernos llegar se quitaba las gafas de plata, dejaba lo que tuviese entre manos y nos decía con aquella su sonrisa blanca:
—¿Qué dice esta familieja?
Siempre me cogía a mí primero. Me acariciaba los muslos y apretaba mi cara contra la suya. Recuerdo de aquellos abrazos de costado: su pelo blanquísimo, sus enormes pendientes de oro y la gran verruga rosada de su frente... Olía a arca con membrillos pasados, a aceite de oliva, a paisaje soñado. Y me miraba más con la sonrisa que con sus ojos claros, cansados, bordeados de arrugas rosadas.
Mientras los niños jugábamos en el corralazo o hacíamos alpinismo en el pequeño monte, ella hablaba con mamá. Gustaban de recordar cosas antiguas de gentes muertas, de calles que eran de otra manera, de viñas que ya se quitaron, de montes que ya eran viñas, de romerías a Vírgenes que ya no se estilaban. Y al hablar, con frecuencia levantaba una ceja, o el brazo, como señalando cosas distantes en el tiempo. Y al reír se tapaba la boca con la mano e inclinaba la cabeza («qué cosas aquellas, hija mía»). Si contaba cosas tristes, levantaba un dedo agorero y miraba muy fijamente a los ojos de mamá («... aquello tenía que ser así, tenía que morirse, como nos moriremos todicos»).
En invierno nos recibía en su cocina, bajo la campana de la chimenea, vigilando el cocer de sus pucheros. La llama, que era la única luz de la habitación si estaba sola, despegaba brillos mortecinos de los vasos gordos de la alacena, de un turbio espejo redondo, del cobre colgado. En el silencio de la cocina sólo vivía el latir del despertador, que acrecía hasta batirlo todo cuando había silencio, y llegaba a callarse si todos hablaban. «Si se para el despertador, lo “siento” aunque esté en la otra punta del corralazo o en casa de las vecinas» —decía la hermana Paulina—. En las noches más frías de invierno lo envolvía con una bufanda, no se escarchase. «Cuando no está Gumersindo, es mi única compaña. Me desvelo, lo oigo y quedo tranquila.»
Si hacía frío, jugábamos en la cocina sobre la banca, cubierta de recia tela roja del Bonillo, o en la cuadra de Tancredo.
Al concluir una de sus historias, quedaba unos instantes silenciosa, mirando al fuego, con las manos levemente hacia las llamas... Pero en seguida sonreía, porque le llegaban nuevos recuerdos y, meneando la cabeza y mirando a mamá, empezaba otra relación. Si era de gracias y dulzuras, nos decía: «Acercaros, familieja, y escuchar esto», y tomándonos de la cintura contaba aquello, mirando una vez a uno, otra a otro y otra a mamá... Y si era de sus muertos, concluía el relato en voz muy opaca. Se recogía una lágrima, suspiraba muy hondo —«¡Ay, Señor!»— y quedaba unos segundos mirándose las manos cruzadas sobre el halda... Mamá le decía: «¿Recuerda usted, Paulina?...». Ella sonreía, movía la cabeza y se adentraba con sus palabras añorantes en los azules fondos del recuerdo.
Como se hablaba tanto de república por aquellos días, una tarde nos contó cuando la primera República. Aquella en la que fue el tío abuelo Vicente Pueblas alcalde. Se reunió con sus concejales en el Ayuntamiento a tomar la vara, y lo primero que acordaron fue rezar un Tedéum de gracias por el advenimiento. «Te aseguro que si viene ahora, no cantarán un Tedéum.» Y a la salida de la iglesia, el abuelo Vicente echó un discurso desde el balcón del Ayuntamiento viejo, besó la bandera e invitó por su cuenta a un refresco en su posada.
También nos contaba la «revolución de los consumos». Desde las ventanas de la casa Panadería dispararon «al pueblo indefenso», que luego asaltó los despachos y tiró los papeles. Mataron a tres. Por la noche llegó la tropa desde Manzanares e hicieron hogueras en la calle de la Feria. Y los del Ayuntamiento y los consumistas huyeron entre pellejos de vino, e hicieron prisión en el Pósito Nuevo.
Otras veces contaba lo de la epidemia del cólera: «Los llevaban en carros (a los muertos), como si fueran árboles secos». O cuando mataron a Tajá o a don Francisco Martínez, el padre de las Lauras. O lo del año del hambre, cuando «las pobres gentes se comían los perros y los gatos».
Cuando llegaba la hora de marcharnos, abría la despensa, y mientras buscaba en ella, decía:
—Y ahora, el regalo de la hermana Paulina.
Y mamá:
—Pero Paulina, mujer...
—Tú, calla, muchacha.
Y según el tiempo, sacaba un plato de uvas, o de avellanas, o de altramuces, o de rosquillas de anís, o lo mejor de todo: cotufas, que llamaba rosetas. A veces tostones, que son trigo frito con sal. O cañamones. Si era verano y teníamos sed, nos hacía refrescos de vinagre muy ricos.
Y al vemos comer aquellas cosas con gusto, decía sonriendo:
—¿A que están buenos? ¿Eh, familieja?
Durante muchos años los abuelos, y luego nosotros, los lunes por la mañana presenciábamos el mismo espectáculo. Desde muy temprano y con mucha paciencia, Gumersindo comenzaba sus preparativos. En la puerta de la calle estaba el carrito con Tancredo enganchado. Tancredo era un burro entre pardo y negro, con las orejas horizontales y los ojos aguanosos. Lanas antiguas y grisantas le tapizaban la barriga. En su lomo, de siempre, llevaba grabado a tijera su nombre en mayúsculas: TANCREDO. Lo primero que colocaba Gumersindo en el fondo de las bolsas del carro era la varja. Luego las alforjas repletas, la bota de media arroba, el botijo, los sacos de pienso para Tancredo, las mantas. Cada una de estas cosas se las iba aparando Paulina. Él, silencioso y exacto, las colocaba en su lugar de siempre. Por último, ataba el arado a la trasera, revisaba el farol y quedaba pensativo.
—¿Llevas el vinagre?
—Sí, Paulina.
—¿Y el bicarbonato?
—Sí, Paulina.
—¿Y los puntilleros nuevos?
—Sí, cordera.
—¿Y las tozas?
—Sí, paloma.
Cuando estaba todo, Gumersindo miraba su reloj, se ceñía el pañuelo de hierbas a la cabeza y tomando de las manos a su mujer, le decía como cincuenta años antes:
—No dejes de echar el cerrojo por la noche, no vaya a ser que algún loco quiera abusar de tu soledad.
—Tú vete tranquilo —decía ella sonriendo—, que tu huerto queda a buen seguro.
Gumersindo se acercaba más, le daba dos besos anchos y sonoros y, sin atreverse a mirarla, nervioso, montaba en el carro.
—¡Arre, Tancredo!
Tancredo arrancaba, lerdísimo, calle de Martos abajo, y Paulina, acera adelante, echaba a andar tras él.
—Paulina, ya está bien —le decía él volviendo la cabeza.
Y la hermana Paulina, sonriendo, seguía.
—Paulina, vuélvete.
Pero Paulina continuaba hasta la calle de la Independencia. Todavía allí permanecía un buen rato, hasta que las voces de él —«Paulina, vuélvete»— ya no se oían.
El resto de la semana, hasta el sábado a media tarde que regresaba Gumersindo, Paulina esperaba. Esperaba y preparaba el regreso de Gumersindo. Esperaba y recibía a sus amistades.
Gumersindo, en la soledad de su viñote, a casi diez leguas del pueblo, esperaba también, sin amistades a quien recibir. («Allí solico, luchando contra la tierra, el pobre mío.»)
Cuando el cielo se oscurecía, Paulina, desde la puerta de su cocina, venteaba con los ojos preocupados —«¡Ay, Jesús!»—. Los días de tormenta, pegada a la lumbre, rezaba viejas oraciones entre católicas y saturnales.
Nunca imaginaba a su Gumersindo amenazado de otros enemigos que los atmosféricos. Al hablar del cieno, la nevasca, la helada, la tormenta o el granizo, los personalizaba como criaturas inmensas de bien troquelado carácter. El rayo, sobre todo, era, según Paulina, el gran Lucifer de los que andan perdidos por el campo. «Santa Bárbara, manda tus luces a un jaral sin nadie; / Santa Bárbara, líbralo de todo mal, / quita el rayo del aprisco y del candeal; / mándalo con los infieles / a la otra orilla del mar.» O aquella otra jaculatoria, entre tradicional y de su propia imaginativa: «San Isidro, ampara a mi Gumersindo; / que el agua moje la tierra / y no arrecie en temporal; / la nieve venga en domingo, / en lunes llegue el granizo / a poco de amañanar; / San Isidro, a los pedriscos / ordénalos jubilar...».
Los sábados, hacia las seis de la tarde, Gumersindo asomaba, llevando a Tancredo del diestro, por la calle de la Independencia. Mucho antes ya estaba Paulina en la esquina con los ojos hacia la plaza.
—¿Qué hay, Paulina? ¿Esperando a tu Gumersindo?
—¡Ea! —contestaba casi ruborosa.
—Mira a Paulina esperando a su galán.
—¡Ea!
Así que columbraba el carro, Paulina no contestaba a los saludos. Sus claros ojos, achicados por los años, por los sábados de espera y los lunes de despedida, miraban a lo que ella bien sabía, sin desviarse un punto.
Entre la polvareda que levantaban tantos carros en sábado, aparecía la silueta de Gumersindo, delgadito, enjuto, trayendo del diestro a Tancredo, que buen sabedor de sus destinos, andaba más liviano, con las orejas un poquito alzadas y diríase que una vaga sonrisa en su hocico húmedo.
Antes de que el carro llegase a la esquina de la calle de Martos, Paulina avanzaba por el centro de la carrilada hasta Gumersindo. Tomándole la cara entre las manos, lo besaba como a un niño.
—Vamos, Paulina, vamos. ¿Qué va a decir la gente? —decía él, tímido, empujándola con suavidad. (Él, que olía a aire suelto de otoño y a sol parado; a pámpanos y a mosto, si ya era vendimia.) Daba luego unas palmadas a Tancredo: «¡Ay, viejo!».
Se les veía venir calle de Martos adelante cogidos del bracete —como ella decía—, seguidos de Tancredo, ya confiado a su querencia. Siempre le traía él algún presente: las primeras muestras de la viña, unas amapolas adelantadas, un jilguero, espigas secas de trigo para hacer tostones, un nido de pájaros o un grillo bien guardado en la boina. Cierta vez —siempre lo recordaba ella— le trajo una avutarda, dorada como un águila, que apeó el propio Gumersindo de un majano con un solo tiro de escopeta.
Desuncido el carro y Tancredo en la cuadra, Paulina le sacaba a su hombre la jofaina, jabón y ropa limpia. Con el agua fría del pozo se atezaba y aseaba según su medida, mientras ella le tenía la toalla y se entraba la ropa sucia. Luego, si hacía buen tiempo, se sentaban los dos juntos a una mesita, bajo la parra, a comer los platos que ella pensó durante toda la semana. Y comiendo en amor y compaña, iniciaban la plática que duraría dos días. Él le contaba minuciosamente todos sus quehaceres y accidentes de la semana; en qué trozo de tierra laboró, cómo presentía la cosecha, quiénes pasaron junto a su haza, si le sobró o faltó algún companaje, si hizo frío, calor o humedad. Si tuvo noches claras o «escuras», si habló o no con los labradores de los cortes vecinos, qué le dijeron y cómo respondió él. Dedicaba un buen párrafo al comportamiento de Tancredo; si anduvo de buen talante o lo pasó mal con los tábanos y las avispas. Si se le curó o no aquella matadura que le hiciera la lanza la pasada semana. Si engrasó o no las tijeras de podar, y muy sobre todo, si le alcanzó el vino hasta la hora de la vuelta.
Luego le llegaba el turno a Paulina, que le daba las novedades del pueblo durante la semana. Qué visitas tuvo y de qué se habló. Repaso de enfermedades en curso, muertos y nacimientos entre la vecindad y conocidos. Los miedos que pasó ella el jueves, que se encirró el cielo o se vieron relámpagos por la parte de Alhambra. La preocupación por si le habría puesto poco tocino en el hato o si el vino se habría repuntado con la calina que hizo.
Durante los días que permanecía Gumersindo en el pueblo, nadie nos acercábamos por casa de Paulina: «Como está Gumersindo...». Se veía a la pareja sola, sentada en la puerta si era verano, trabada en sus pláticas. Si en invierno, en la cocina, al amparo del fuego, hablaban mirando las llamas. Las historias de Paulina y Gumersindo eran preferentemente de cosas sucedidas en otros años, relaciones de personas muertas y hechos apenas conservados en la memoria de los viejos. O cuentecillos dulces, pequeñas anécdotas, situaciones breves; a veces meras historias de una mirada o un gesto, de un breve ademán, de un secreto pensamiento que no afloró. Pero ella, por lo menudo y prolijo de su charla, les daba dimensiones imprevistas. (Ahora comprendo que en todas sus historias y pláticas había una sutil malicia, una delgada intención que entonces se me escapaba. Años después, cuando mamá me recordaba las cosas de Paulina, caí en la singular minerva de sus pláticas.)

            Entre la muerte de Gumersindo y Paulina mediaron pocas semanas. No podía ser de otra manera.
Un sábado, Paulina, desde la esquina de la calle de Martos, vio enfilar el carro por Independencia, como siempre, pero algo le extrañó. Gumersindo no venía a pie con Tancredo del diestro, según costumbre de cincuenta años. Impaciente, avanzó calle adelante. Se encontró con el carro a la altura de la casa de Flores. Detuvo a Tancredo. Gumersindo, liado en mantas, casi tumbado, asomaba una mano, en la que llevaba las ramaleras. Venía amarillo, quemado por la fiebre, con los ojos semicerrados.
—¿Qué te pasa?
—Que me llegó la mala, Paulina... El cierzo de ayer se me lió al riñón.
Lo tapó un poco mejor y tomó ella el diestro de Tancredo. Caminaba con sus ojos claros inmóviles. Los vecinos la preguntaban:
—¿Qué pasa, Paulina?
Ella seguía sin responder, mirando a lo lejos, bien sujeto el ronzal del viejo Tancredo.

            No permitió Paulina que nadie lo tocara. Ella lo lavó y amortajó. Ella, con ayuda de otras mujeres, lo echó en la caja. Ella, sin una lágrima, lo miró con sus viejos ojos claros desde que lo encamaron hasta cerrar la caja.
Fue un entierro sin llantos, sin palabras. En el corralazo aguardábamos los vecinos, mirando el pozo, la parra, la higuera, el desmonte cubierto de hierba tierna, el carro desuncido, descansando en las lanzas. Cuando sacaron la caja al coche que aguardaba en la calle, Paulina, ante el asombro de todos, echó a andar tras el féretro. Los curas la miraban embobados, sin dejar de cantar. Nadie se atrevió a disuadirla. Iba sola delante del duelo, con las manos cruzadas, pañuelo de seda negro a la cabeza y los ojos fijos en el arca de la muerte. Así llegó hasta la esquina de Martos con Independencia. Cuando el coche dobló hacia la plaza, ella quedó parada en la esquina y, como siempre, levantó el brazo.
Mamá y otras vecinas quedaron junto a la hermana Paulina, que seguía moviendo la mano, hasta que el entierro y su compaña desembocó en la plaza. Volvió entre los brazos de las vecinas completamente abandonada, llorando, al fin, con un solo gemido interminable, sordo, sin remedio, que acabó con su agonía muchos días después.
            No sé por qué lío de herederos, la casa de Paulina sigue abandonada. Alguna vez me he asomado por el ojo de la cerradura y he visto el corralazo lodado de malas hierbas y cardenchas. Y por más que esfuerzo mi memoria, no consigo rememorar en él la dulce vida de Paulina, sino el quejido sordo, interminable, de animal herido, que sonó en aquella casa hasta el ronquido final de la dulce.


Publicado por Antonio F. Rodríguez.