martes, 31 de diciembre de 2019

Un incidente sin importancia - Rosa María Sardá


Título: Un incidente sin importancia
Autora: Rosa María Sardá
 

Páginas: 112
 

Editorial: Planeta
 

Precio: 17 euros 

Año de edición: 2019

Este libro se compone de siete cuentos, de tinte autobiográfico, y un poema que sirve de introducción. Después de más de 60 años de carrera como actriz y a sus 78 años, esta obra parece ser el testamento literario de la autora, un volumen muy particular que parece resumir una vida y definir a una mujer. Leerlo ha sido para mí una experiencia muy especial. No podía evitar imaginarme su voz leyendo el texto, con toda la carga de su personalidad. Además, se da la circunstancia de que Rosa María Sardá siempre me ha recordado a una persona muy cercana. Y ahora, después de leer esta obra, me la recuerda todavía más. Pero esa es otra historia.

Volviendo al libro, es un texto muy notable, escrito por la actriz catalana con su consabida ironía y sentido del humor, todo un regalo para la inteligencia. Repasa varios episodios de su niñez de manera novelada, describe a su familia, dedicando especial cariño a sus abuelos, y despliega un humor feroz e incontrolado muy peculiar al describir varias escenas que parecen de Berlanga, como una boda sencillamente genial, y varios cuadros costumbristas de la época bien empapados de particular sentido del humor.

Me parece que este libro es la despedida desde la última vuelta del camino de la vida de una cómica por la que siento una especial debilidad. Una mujer que hay quien dice que ha sido la mejor actriz que había en España. No sé si será una exageración, es posible, pero lo que sí es seguro es que ha sido una de las mejores.

En suma, un libro estupendo, muy bien escrito, con una economía de adjetivos y adverbios muy acertada y un laconismo que convierte al texto en un escrito certero y preciso, que no se permite mencionar nada que pueda rellenar la imaginación del lector sin esfuerzo. No os lo perdáis. 


Rosa María Sardá (Barcelona, 1941) es una actriz, humorista, presentadora y directora teatral española. Pertenece a una familia del mundo del espectáculo, estuvo casada con un actor (un miembro del grupo La Trinca), tiene un hijo actor, su hermano es el presentador Javier Sardá

Actriz autodidacta, comenzó en grupos de teatro aficionados, a los 19 años pasó a formar parte de una compañía profesional y en una etapa posterior, hizo televisión como actriz cómica. A partir de los años 80 comenzó a aparecer en cine como actriz dramática. Ha sido una de las mejores presentadoras de los Premios Goya, cosa que hizo en tres ocasiones.

Ha ganado dos goyas a la mejor actriz secundaria y multitud de galardones de cine y teatro. En los últimos años de su carrera volvió al teatro, con gran éxito. En 2017 renunció a la Cruz de Sant Jordi,​ que le había concedido la Generalidad de Cataluña en 1994.
                  
Rosa María Sardá

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Bajo el hielo - Bernard Minier

                   
Título: Bajo el hielo
Autor: Bernard Minier
 

Páginas: 576
 

Editorial: Roca
 

Precio: 12 euros 
 

Año de edición: 2011 

Esta es una novela policiaca de intriga continuada, de las que no dan tregua al lector. Comienza de una forma extravagante, en una estación eléctrica situada en una montaña en el pirineo francés a 2000 metros de altitud y con un acceso muy complicado; los trabajadores de la central necesitan un funicular para llegar y al hacerlo se encuentran con un hallazgo macabro: el cuerpo de un caballo decapitado y mutilado, como si se hubiese seguido un ritual.

El suceso da pie a una investigación que recae en el comandante de la gendarmería M. Servaz por dos motivos: por lo inquietante y extraño del suceso, que puede ser el origen de otros hechos más graves, y porque el propietario del caballo, un purasangre muy valioso, es un rico y poderoso hombre de negocios. Los temores se confirman y en los días siguientes aparece muerto un hombre de una forma que recuerda a  la del caballo, y a partir de ahí la cosa se complica sobremanera.

Hay otra protagonista de una historia paralela que terminará confluyendo con la primera, una psicóloga especialista en criminología que comienza su trabajo en una prisión-hospital psiquiátrico de máxima seguridad ubicada en una zona cercana y que alberga a criminales psicópatas de alto riesgo. Luego, se van añadiendo otros personajes como la oficial de la policía judicial, la fiscal, el director del establecimiento de reclusión, que van aportando cada vez más misterio a la acción. Va avanzando con gran interés y se crea una atmosfera opresiva rebosante de inquietud que se trasmite muy bien al lector; es una obra de tensión y suspense creciente, un tanto complicada porque los hallazgos de los investigadores se van añadiendo poco a poco, empezando casi de la nada.

Al final en la resolución del caso aumenta mucho la acción, pasa de la intriga a la aventura, al torbellino de sucesos y a la acción al límite. Creo que se pueden encontrar similitudes o guiños a películas clásicas de Hitchcock o de serie negra americana, y el desenlace recuerda algo a las historias de James Bond, la verdad es que el autor se viene un tanto arriba. Pero el conjunto es un buen libro de intriga, que te mantiene continuamente en vilo, muy entretenido y apasionante. 

Bernard Minier nació en Beziers en 1960 en el pirineo francés. Estudió en Tarbes y en Toulouse. Fue un estudiante frustrado de Medicina. La lectura a los ocho años de «Robinson Crusoe» que realizo su maestra le despertó un interés que se convirtió en vocación de escritor. Vivió en España, hizo un viaje bohemio recorriéndola despreocupadamente durante un año y conoció la obra de varios grandes escritores de lengua hispana: Cervantes, Cela, Ortega y Gasset, Sábato, Neruda; según dice él mismo nunca terminó de regresar del todo. Trabajó en el Servicio de Aduanas antes de dedicarse a la literatura. Su obra incluye novelas y cuentos de suspense y serie negra. 

«Bajo el hielo» es su primera novela larga, con la que inicia una serie que protagoniza el comandante Servaz, que ya va por la quinta entrega. Ha sido traducida a doce idiomas y ha recibido el Premio Polar a la mejor novela negra francesa.

 
Bernard Minier

Publicado por John Smith.

domingo, 29 de diciembre de 2019

La leyenda de la testa di moro


Dice una vieja leyenda siciliana que allá por el año 1100, cuando los árabes dominaban la isla, había una joven y bella palermitana que no salía de casa de sus padres, porque temían que algún desaprensivo se aprovechase de ella. La chica estaba todo el día en el balcon cuidando sus plantas.

Un día pasó un joven sarraceno por la calle y se enamoró de ella nada más verla. Trepó hasta el balcón y le declaró apasionadamente su amor. La joven cayó en sus brazos porque ella también se había enamorado. Se hicieron amantes, pero ¡ay!, la felicidad duró poco. Al tercer día, el moro le confesó que tendría que irse pronto porque en casa le esperaban su mujer y sus tres hijos.

Loca de rabia y celos, la chica planeó una terrible venganza por el engaño y cuando su amor estaba dormido, le cortó la cabeza, la enterró dentro de una maceta y plantó en el tiesto una planta de albahaca. A partir de ese día, hablaba con la planta, la cuidaba, la regaba con sus lágrimas y la albahaca crecó y creció, hasta hacerse enorme y desbordar el balcón. Cuando los vecinos le preguntaban qué hacía para tener la planta tan frondosa, ella les contaba su triste historia.

A partir de entonces, los vecinos empezaron a mandar hacer cabezas de moro de terracota para usarlas como macetas. Por eso en Palermo se ven tantas terracotas con cabezas árabes prepraradas para plantas, son las llamadas testas di moro. Siempre es mejor que las hagan de encargo y de terracota.

Testas di moro

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

sábado, 28 de diciembre de 2019

Houdini, Conan Doyle y los espíritus

Conan Doyle y Houdini

La historia de la amistad entre Arthur Conan Doyle (1859-1930), el creador de Sherlock Holmes, y el gran Harry Houdini (1874-1926), el mejor escapista de la historia, es curiosísima y vale la pena ser contada.

En 1920 Doyle asistió a uno de los espectáculos de Houdini, allí se conocieron y se hicieron amigos. Los dos tenían algo en común, habían perdido hacía poco a un ser querido, el escritor a su hijo, el ilusionista a su madre.

Doyle, después de hacerse famoso con sus novelas basadas en el más puro racionalismo, se había interesado por el espiritismo hasta convertirse en uno de sus principales adalides: había fundado una editorial llamada The Physic Press y la librería The Physic Bookshop para editar y vender en Londres libros de espiritismo, ciencias ocultas y fenómenos paranormales. Hacia algunos años, se había tragado un burdo montaje de unas jóvenes que decían haber fotografiado unas hadas del bosque.

Conan Doyle no solo creyó que esta foto era auténtica, sino que la defendió a capa y espada 
                    
El escritor, después de fallecer su primera esposa, se había casado con una médium, Jean Leckie, y toda su vida giraba alrededor del espiritismo. Nos queda la duda de si el hombre era demasiado crédulo o un farsante, la opinión general se inclina por lo primero.

El húngaro Houdini, por su parte, conocía muy bien los trucos del oficio espiritista. Él mismo había dado espectáculos de supuesto espiritismo en los que se movían objetos, gracias a sus trucos de ilusionista, simulaba hablar con los espíritus y revelaba detalles de la vida del público que había averiguado el día anterior visitando el cementerio y el registro civil de la localidad. Aún así, aceptó la invitación y poco después se reunieron los tres para invocar el espíritu de su madre.

Houdini, Jean Leckie y Doyle

Durante aquella noche, en la que hubo golpes en la mesa, luces que titilaban y otros fenómenos, Leckie entró en trance y escribió una carta de la madre del mago dirigida a su hijo, se supone que mientras estaba poseída por su espíritu, pero en ella cometió varios errores que rompieron para siempre la amistad entre el escritor y el mago.

 
Jean Leckie (1906)

La carta estaba escrita en inglés, idioma que nunca aprendió la madre del escapista; estaba encabezada con una cruz al principio, cosa que la mujer de un rabino nunca habría hecho, y llamaba a su hijo Harry, apelativo que nunca  empleó, ya que siempre le llamaba por su nombre de pila, Ehrich. 

Houdini se sintió engañado por su amigo y aireó sus opiniones en la prensa vehementemente, lo que disparó una guerra dialéctica con el escritor. Hubo acusaciones cruzadas, artículos y entrevistas en los diarios... el escapista llegó a publicar un libro titulado «Un mago entre los espíritus», en el que desmontaba todos los trucos de los espiritistas y ofrecía una buena réplica a la «Historia del espiritismo» de Doyle. Inició una cruzada contra los que pretendían habar con el más allá y dió conferencias, escribió textos e hizo todo lo posible para acabar con aquella superchería.

Curiosamente desenmascaró a un joven español, Joaquín Argamasilla, Marqués de Santacara, que con tan sólo 19 años decía tener rayos X en los ojos y era capaz de leer mensajes guardados en cajas. Pero claro, usaba sus propias cajas, hábilmente manipuladas y cuando Houdini le ofreció hacerlo con otras por él preparadas, se negó a hacerlo.  

Houdini y su mujer, Bess

El final de toda la historia es curioso. El mago húngaro le dijo a su mujer Bess que si él fallecía primero se pondría en contacto con ella a toda costa y para poder comprobarlo, le dijo un mensaje clave de diez palabras que solo ellos dos conocerían. Una médium le predijo a Houdini, que moriría en 1925 y se equivocó solo en un año, porque el 31 de octubre de 1926 el gran escapista falleció de una rotura de apéndice.

Bess Houdini ofreció entonces 10 000 dólares a quien le pusiese en contacto con su marido, pero nadie fué capaz de adivinar el llamado «código Houdini». Al cabo de diez años, celebró una última sesión, sin éxito. Apagó entonces una vela que había mantenido encendida simbólicamente junto a una fotografía de su marido y dijo «Diez años son suficientes para esperar a un hombre» y dió la cuestión por concluida. Desde entonces, es tradición que el 31 de octubre los espiritistas celebren sesiones en las que intentan ponerse en contacto con el gran escapista húngaro. Hay gente que sigue creyendo.

Para más información, véanse este enlace, este artículo y el libro «Sherlock Holmes contra Houdini» (2014) de la editorial La Felguera.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.    

viernes, 27 de diciembre de 2019

Viajeros lejanos - Antonio Picazo

 

Título: Viajeros lejanos
Autor: Antonio Picazo
 

Páginas: 272
 

Editorial: Ediciones de el viento
 

Precio: 20,50 euros 
 

Año de edición: 2015

Este libro es una erudita y muy amena recopilación de nada menos que sesenta biografías de grandes viajeros de todos los tiempos y latitudes, desde Erik el Rojo, Ruy González de Clavijo y Juan de la Cosa hasta Lawrence Durrell, Jack Kerouac y Paul Theroux. Sesenta exploradores, navegantes, descubridores, conquistadores, peregrinos, nómadas, comerciantes, aventureros y viajeros de toda laya y condición, reunidos por haber realizado algún viaje extraordinario, curioso o relevante por algún motivo.

Claro que el lector echa de menos algún que otro nombre, es imposible que estén todos a menos que se escriba una enciclopedia de varios tomos, pero la amplitud de conocimientos y criterio del autor llaman la atención. Y desde luego, todos ellos supieron reflexionar acertadamente sobre su periplo.

Aunque parezca mentira, no es demasiado escasa la representación femenina, yo he contado diez mujeres, es decir una sexta parte, que no está nada mal en un mundo pensado para los hombres, en el que explorar tierras desconocidas ha sido (y en parte sigue siendo) primordialmente algo masculino.

A cada viajero se le dedican tres o cuatro páginas, pero el autor, que no en vano es un gran periodista, sabe ir rápidamente al grano y contar tanto lo esencial como detalles anecdóticos poco conocidos. La selección de fotos que acompañan al texto es espléndida, la mayoría de las entradas están acompañadas de dos o tres imágenes, y toda la edición ha sido hecha de manera primorosa y muy cuidada, con una estupenda maquetación y composición, así que el resultado es un libro muy agradable de leer y hojear.

Por cierto ¿cuántos viajeros reconocéis en las 16 fotos de la portada? Si hacer trampa ni mirar el libro, confieso que solo sé el nombre de seis. 

¡Ay, el viaje! El encanto que siempre han tenido y tienen los viajes, sinónimos de distinción, aventura, exploración y aprendizaje. Viajar es algo muy humano, profundamente humano. El hombre, que admite tantas definiciones, bien podría ser definido como el animal que viaja y no andan muy descaminados los que sostienen que hemos sido nómadas en el pasado, así que parte de la población conserva genes que le impulsan al viaje irremediablemente. Desde luego, es cierto que todo el que puede se mueve al menos una vez al año, en vacaciones.

Volviendo al libro, es una obra de muy agradable lectura, escrita con verdadero talento literario, buscando ilustrar a los lectores sintetizando lo más relevante de cada biografía. Un libro muy recomendable para todo tipo de lectores y muy apropiado para tener en la mesilla de noche para leer una o dos vidas viajeras antes de dormir y soñar con viajes llenos de aventura y peripecias.

Antonio Picazo, escritor, viajero y periodista, es colaborador habitual de las principales revistas de viajes. En 1986 recibió el Premio Nacional de Periodismo Don Quijote para reportajes de viajes. Nació en Albacete y ha acabado viajando por casi todo el mundo. Partió de las llanuras manchegas y llegó a las junglas amazónicas, a las estepas sasiática, a las sabanas africanas. 

De lo vivido en aquellos viajes ha publicado varios espléndidos libros de viajes, como Latidos de África, Un viaje lleno de mundos y Viaje a las fuentes del Sol, sobre África, América y Asia respectivamente. 

La primera vez que visitó África, se dijo que nunca más volvería a poner los pies en ningún país africano. Pero, tiempo después decidió regresar porque, como quiera que todos venimos de ese continente, a veces esos orígenes nos reclaman, sobre todo a aquellos que son proclives a ser viajeros que escriben o escritores que viajan.

Sostiene que «El viaje no es una afición ni una opción, es una condición». En este enlace, podéis leer un jugosa entrevista que le hicieron hace no demasiado tiempo.
                 
http://www.vertierra.com/blog/entrevista-con-el-escritor-y-viajero-antonio-picazo-autor-de-viajeros-lejanos/
Antonio Picazo

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

jueves, 26 de diciembre de 2019

Crónica del alba - Ramón J. Sender

                                   
Título: Crónica del alba
Autor: Ramón J. Sender
 
Páginas: 488, 520 y 672
 
Editorial: Alianza
 
Precio: 13,90, 13,50 y  13,50 euros 
 
Año de edición: 2016

Ésta es la novela que está considerada la obra cumbre de Ramón J. Sender, un escritor que publicó novelas muy interesantes, muchas y de gran calidad. Sin embargo, esta serie de nueve novelas, publicadas en 1942 en su exilio mexicano, brilla con luz propia entre sus obras. Apareció en España por primera vez en 1965, después de unas cuantas vicisitudes para sortear la censura franquista y editada en tres tomos, lo que se ha convertido ya en la forma habitual de editar esta obra.

El primer volumen contiene «Crónica del Alba», «Hipógrifo violento» y «La Quinta Julieta», el segundo «El mancebo y los héroes», «La  onza de oro» y «Los niveles del existir», y el tercero, «Los términos del presagio», «La orilla donde los locos sonríen» y «La vida empieza ahora». Nueve novelas de unas 180 páginas cada una que son una delicia.

 Cuenta en primera persona la infancia del protagonista, José Garcés, ex combatiente republicano de la Guerra Civil española, que un campo de prisioneros comienza a rememorar lo que vivió en su pueblo entre los 10 y los 12 años. El nombre del protagonista está compuesto del segundo nombre del autor y del segnudo apellido de su madre, así que estamos ante un autobiografía novelada. Se cuenta en el primer volumen la vida cotidiana de un niño, hijo de un padre muy severo y una madre protectora, que vive con sus fantasías, dudando si ser héroe, santo o poeta, con ansias de libertad y tratando de conquistar a su dama, otra niña llamada Valentina, llevando mientras tanto a cabo todo tipo de travesuras y bajo la mirada del cura del pueblo, Mosén Joaquín, el único que le comprende.

En el segundo volumen, el protagonista ha crecido, ha iniciado la adolescencia y se debate entre la iniciación sexual que le brinda Isabelita y su primer y gran amor platónico, Valentina. En el tercer y último volumen, Garcés ha madurado y comienza a abrirse paso en la vida: primero es mozo de farmacia y finalmente, acaba dedicándose a la ingeniería.

El mundo de la infancia de un niño sensible está magistralmente descrito, el entorno de un pueblo aragonés, también y las relaciones entre el niño y el cura, y entre el niño y Valentina está muy bien dibujadas. El estilo es elegante, ligeramente barroco, realista y profundo psicológicamente, una mezcla muy difícil de conseguir de manera que el resultado sea tan atractivo. 

Iniciada en 1938 o 1939, cuando el autor acababa de exiliarse a París después de que su mujer fuera fusilada por los franquistas y de ser mal visto, como anarquista que era, por sus compañeros comunistas, esta novela es clave en la vida del autor porque supone una particular «búsqueda del tiempo perdido» cuando se ve obligado a abandonar su país, su familia y su vida. Autobiografía profunda, búsqueda de la esencia propia, está serie de novelas dicen mucho del Sender de 30 y 40 años, más que del niño que aparece al principio y constituyen un autoanálisis literario digno de estudio.

Hay dos películas, «Valentina. Crónica del Alba. 1ª parte» y «Crónica del Alba. 2ª parte», dirigidas por Antonio José Betancor y estrenadas en 1982 y 1983 respectivamente. La primera es una gran película, con un espléndido niño-actor como protagonista, llamado Jorge Sanz, y un encantador Anthony Quinn, lleno de años y humanidad, que consigue una interpretación memorable. La segunda no está tan conseguida, pero se deja ver cómodamente.

Una autobiografía novelada que, de paso y como telón de fondo, describe la atmósfera de la España de entonces. Un libro inolvidable, monumental, mítico, que debe estar incluido por derecho propio en cualquier canon de las mejores novelas españolas del siglo XX. Una maravilla.

Ramón José Sender (Chalamera, Huesca, 1902-1982) es uno de mis autores favoritos. Leí «La Tesis de Nancy» en la adolescencia, así que me ha acompañado durante casi toda mi vida. Está un poco olvidado, si no lo conocéis os recomiendo que lo leáis, es estupendo, escribe bien y siempre se aprende algo en sus novelas.

Han aparecido varias reseñas sobre este autor, aquí, en «La antigua Biblos». Llevó una vida romántica y aventurera. Hijo de terratenientes aragoneses que no estaban de acuerdo con su vocación literaria, se fugó con 17 años a Madrid, donde vivió en El Ateneo mientras se dedicaba a leer y escribir. Luchó en la Guerra de Marruecos y en la Guerra Civil. Se exilió en México y no volvió hasta 1969 para ganar el Premio Planeta con «En la vida de Ignacio Morell». Fué desdeniño y durante toda su vida, un lector compulsivo y voraz, un verdadero tragalibros.

Escribió más de 80 novelas, ensayo, poesía y teatro. Aquí podéis encontrar una extensa biografía de este genial, prolífico y comprometido escritor aragonés.
  
Ramón J. Sender
                    
Publicado por Antonio F. Rodríguez.

miércoles, 25 de diciembre de 2019

En el bosque - Ryunosuke Akutawa

Ryunosuke Akutawa

En el bosque

Declaración del leñador interrogado por el oficial de investigaciones de la Kebushi

-Yo confirmo, señor oficial, mi declaración. Fui yo el que descubrió el cadáver. Esta mañana, como lo hago siempre, fui al otro lado de la montaña para hachar abetos. El cadáver estaba en un bosque al pie de la montaña. ¿El lugar exacto? A cuatro o cinco cho, me parece, del camino del apeadero de Yamashina. Es un paraje silvestre, donde crecen el bambú y algunas coníferas raquíticas.

El muerto estaba tirado de espaldas. Vestía ropa de cazador de color celeste y llevaba un eboshi de color gris, al estilo de la capital. Sólo se veía una herida en el cuerpo, pero era una herida profunda en la parte superior del pecho. Las hojas secas de bambú caídas en su alrededor estaban como teñidas de suho. No, ya no corría sangre de la herida, cuyos bordes parecían secos y sobre la cual, bien lo recuerdo, estaba tan agarrado un gran tábano que ni siquiera escuchó que yo me acercaba.

¿Si encontré una espada o algo ajeno? No. Absolutamente nada. Solamente encontré, al pie de un abeto vecino, una cuerda, y también un peine. Eso es todo lo que encontré alrededor, pero las hierbas y las hojas muertas de bambú estaban holladas en todos los sentidos; la victima, antes de ser asesinada, debió oponer fuerte resistencia. ¿Si no observé un caballo? No, señor oficial. No es ese un lugar al que pueda llegar un caballo. Una infranqueable espesura separa ese paraje de la carretera.

Declaración del monje budista interrogado por el mismo oficial 

-Puedo asegurarle, señor oficial, que yo había visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, fue hacia el mediodía, según creo; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. Él marchaba en dirección a Sekiyama, acompañado por una mujer montada a caballo. La mujer estaba velada, de manera que no pude distinguir su rostro. Me fijé solamente en su kimono, que era de color violeta. En cuanto al caballo, me parece que era un alazán con las crines cortadas. ¿Las medidas? Tal vez cuatro shaku cuatro sun, me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba bien armado. Portaba sable, arco y flechas. Sí, recuerdo más que nada esa aljaba laqueada de negro donde llevaba una veintena de flechas, la recuerdo muy bien.

¿Cómo podía adivinar yo el destino que le esperaba? En verdad la vida humana es como el rocío o como un relámpago… Lo lamento… no encuentro palabras para expresarlo…

Declaración del soplón interrogado por el mismo oficial

-¿El hombre al que agarré? Es el famoso bandolero llamado Tajomaru, sin duda. Pero cuando lo apresé estaba caído sobre el puente de Awataguchi, gimiendo. Parecía haber caído del caballo. ¿La hora? Hacia la primera del Kong, ayer al caer la noche. La otra vez, cuando se me escapó por poco, llevaba puesto el mismo kimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted pudo comprobar, llevaba también arco y flechas. ¿Que la víctima tenía las mismas armas? Entonces no hay dudas. Tajomaru es el asesino. Porque el arco enfundado en cuero, la aljaba laqueada en negro, diecisiete flechas con plumas de halcón, todo lo tenía con él. También el caballo era, como usted dijo, un alazán con las crines cortadas. Ser atrapado gracias a este animal era su destino. Con sus largas riendas arrastrándose, el caballo estaba mordisqueando hierbas cerca del puente de piedra, en el borde de la carretera.

De todos los ladrones que rondan por los caminos de la capital, este Tajomaru es conocido como el más mujeriego. En el otoño del año pasado fueron halladas muertas en la capilla de Pindola del templo Toribe, una dama que venía en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él quien mató a este hombre, es fácil suponer qué hizo de la mujer que venía a caballo. No quiero entrometerme donde no me corresponde, señor oficial, pero este aspecto merece ser aclarado.

Declaración de una anciana interrogada por el mismo oficial

-Sí, es el cadáver de mi yerno. Él no era de la capital; era funcionario del gobierno de la provincia de Wakasa. Se llamaba Takehito Kanazawa. Tenía veintiséis años. No. Era un hombre de buen carácter, no podía tener enemigos.

¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, tan intrépida como un hombre. No conoció a otro hombre que a Takehiro. Tiene cutis moreno y un lunar cerca del ángulo externo del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado.

Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¡Quién iba a imaginar que lo esperaba este destino! ¿Dónde está mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo evitar sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana, señor oficial: investigue, se lo ruego, qué fue de mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese bandolero… ¿Cómo se llama? ¡Ah, sí, Tajomaru! ¡Lo odio! No solamente mató a mi yerno, sino que… (Los sollozos ahogaron sus palabras.)

Confesión de Tajomaru

Sí, yo maté a ese hombre. Pero no a la mujer. ¿Que dónde está ella entonces? Yo no sé nada. ¿Qué quieren de mí? ¡Escuchen! Ustedes no podrían arrancarme por medio de torturas, por muy atroces que fueran, lo que ignoro. Y como nada tengo que perder, nada oculto.

Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja. El velo agitado por un golpe de viento descubrió el rostro de la mujer. Sí, sólo por un instante… Un segundo después ya no lo veía. La brevedad de esta visión fue causa, tal vez, de que esa cara me pareciese tan hermosa como la de Bosatsu. Repentinamente decidí apoderarme de la mujer, aunque tuviese que matar a su acompañante.

¿Qué? Matar a un hombre no es cosa tan importante como ustedes creen. El rapto de una mujer implica necesariamente la muerte de su compañero. Yo solamente mato mediante el sable que llevo en mi cintura, mientras ustedes matan por medio del poder, del dinero y hasta de una palabra aparentemente benévola. Cuando matan ustedes, la sangre no corre, la víctima continúa viviendo. ¡Pero no la han matado menos! Desde el punto de vista de la gravedad de la falta me pregunto quién es más criminal. (Sonrisa irónica.)

Pero mucho mejor es tener a la mujer sin matar a hombre. Mi humor del momento me indujo a tratar de hacerme de la mujer sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre. Sin embargo, como no podía hacerlo en el concurrido camino a Yamashina, me arreglé para llevar a la pareja a la montaña.

Resultó muy fácil. Haciéndome pasar por otro viajero, les conté que allá, en la montaña, había una vieja tumba, y que en ella yo había descubierto gran cantidad de espejos y de sables. Para ocultarlos de la mirada de los envidiosos los había enterrado en un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba a un comprador para ese tesoro, que ofrecía a precio vil. El hombre se interesó visiblemente por la historia… Luego… ¡Es terrible la avaricia! Antes de media hora, la pareja había tomado conmigo el camino de la montaña.

Cuando llegamos ante el bosque, dije a la pareja que los tesoros estaban enterrados allá, y les pedí que me siguieran para verlos. Enceguecido por la codicia, el hombre no encontró motivos para dudar, mientras la mujer prefirió esperar montada en el caballo. Comprendí muy bien su reacción ante la cerrada espesura; era precisamente la actitud que yo esperaba. De modo que, dejando sola a la mujer, penetré en el bosque seguido por el hombre.

Al comienzo, sólo había bambúes. Después de marchar durante un rato, llegamos a un pequeño claro junto al cual se alzaban unos abetos… Era el lugar ideal para poner en práctica mi plan. Abriéndome paso entre la maleza, lo engañé diciéndole con aire sincero que los tesoros estaban bajo esos abetos. El hombre se dirigió sin vacilar un instante hacia esos árboles enclenques. Los bambúes iban raleando, y llegamos al pequeño claro. Y apenas llegamos, me lancé sobre él y lo derribé. Era un hombre armado y parecía robusto, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar de ojos estuvo atado al pie de un abeto. ¿La cuerda? Soy ladrón, siempre llevo una atada a mi cintura, para saltar un cerco, o cosas por el estilo. Para impedirle gritar, tuve que llenarle la boca de hojas secas de bambú.

Cuando lo tuve bien atado, regresé en busca de la mujer, y le dije que viniera conmigo, con el pretexto de que su marido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más está decir que me creyó. Se desembarazó de su ichimegasa y se internó en el bosque tomada de mi mano. Pero cuando advirtió al hombre atado al pie del abeto, extrajo un puñal que había escondido, no sé cuándo, entre su ropa. Nunca vi una mujer tan intrépida. La menor distracción me habría costado la vida; me hubiera clavado el puñal en el vientre. Aun reaccionando con presteza fue difícil para mí eludir tan furioso ataque. Pero por algo soy el famoso Tajomaru: conseguí desarmarla, sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer. Obtuve lo que quería sin cometer un asesinato.

Sí, sin cometer un asesinato, yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando ella se arrojó a mis brazos como una loca. Y la escuché decir, entrecortadamente, que ella deseaba mi muerte o la de su marido, que no podía soportar la vergüenza ante dos hombres vivos, que eso era peor que la muerte. Esto no era todo. Ella se uniría al que sobreviviera, agregó jadeando. En aquel momento, sentí el violento deseo de matar a ese hombre. (Una oscura emoción produjo en Tajomaru un escalofrío.)

Pero aunque había tomado esa decisión, yo no lo iba a matar indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié. (Ustedes habrán encontrado esa cuerda al pie del abeto, yo olvidé llevármela.) Hecho una furia, el hombre desenvainó su espada y, sin decir palabra alguna, se precipitó sobre mí. No hay nada que contar, ya conocen el resultado. En el vigésimo tercer asalto mi espada le perforó el pecho. ¡En el vigésimo tercer asalto! Sentí admiración por él, nadie me había resistido más de veinte… (Sereno suspiro.)

Mientras el hombre se desangraba, me volví hacia la mujer, empuñando todavía el arma ensangrentada. ¡Había desaparecido! ¿Para qué lado había tomado? La busqué entre los abetos. El suelo cubierto de hojas secas de bambú no ofrecía rastros. Mi oído no percibió otro sonido que el de los estertores del hombre que agonizaba.

Tal vez al comenzar el combate la mujer había huido a través del bosque en busca de socorro. Ahora ustedes deben tener en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida: apoderándome de las armas del muerto retomé el camino hacia la carretera. ¿Qué sucedió después? No vale la pena contarlo. Diré apenas que antes de entrar en la capital vendí la espada. Tarde o temprano sería colgado, siempre lo supe. Condénenme a morir. (Gesto de arrogancia.)

Confesión de una mujer que fue al templo de Kiyomizu 

-Después de violarme, el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh, cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones no hacían más que clavar en su carne la cuerda que lo sujetaba. Instintivamente corrí, mejor dicho, quise correr hacia él. Pero el bandido no me dio tiempo, y arrojándome un puntapié me hizo caer. En ese instante, vi un extraño resplandor en los ojos de mi marido… un resplandor verdaderamente extraño… Cada vez que pienso en esa mirada, me estremezco. Imposibilitado de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos lo que sentía. Y eso que destellaba en sus ojos no era cólera ni tristeza. No era otra cosa que un frío desprecio hacia mí. Más anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grité alguna cosa y caí desvanecida.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que recuperé la conciencia El bandido había desaparecido y mi marido seguía atado al pie del abeto. Incorporándome penosamente sobre las hojas secas, miré a mi esposo: su expresión era la misma de antes: una mezcla de desprecio y de odio glacial. ¿Vergüenza? ¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo calificar a lo que sentía en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante; me aproximé a mi marido y le dije:

-Takehiro, después de lo que he sufrido y en esta situación horrible en que me encuentro, ya no podré seguir contigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero también exijo tu muerte! Has sido testigo de mi vergüenza! ¡No puedo permitir que me sobrevivas!

Se lo dije gritando. Pero él, inmóvil, seguía mirándome como antes, despectivamente. Conteniendo los latidos de mi corazón, busqué la espada de mi esposo. El bandido debió llevársela, porque no pude encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco estaban. Por casualidad, encontré cerca mi puñal. Lo tomé, y levantándolo sobre Takehiro, repetí:

-Te pido tu vida. Yo te seguiré.

Entonces, por fin movió los labios. Las hojas secas de bambú que le llenaban la boca le impedían hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dio a entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo: «Mátame».

Semiconsciente, hundí el puñal en su pecho, a través de su kimono.

Y volví a caer desvanecida. Cuando desperté, miré a mi alrededor. Mi marido, siempre atado, estaba muerto desde hacía tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos del sol poniente, atravesando los bambúes que se entremezclaban con las ramas de los abetos, acariciaban su cadáver. Después… ¿qué me pasó? No tengo fuerzas para contarlo. No logré matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a una laguna en el valle… ¡Todo lo probé! Pero, puesto que sigo con vida, no tengo ningún motivo para jactarme. (Triste sonrisa.) Tal vez hasta la infinitamente misericorde Bosatsu abandonaría a una mujer como yo. Pero yo, una mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido… qué podía hacer. Aunque yo… yo… (Estalla en sollozos.)

Lo que narró el espíritu por labios de una bruja

-El salteador, una vez logrado su fin, se sentó junto a mi mujer y trató de consolarla por todos los medios. Naturalmente, a mí me resultaba imposible decir nada; estaba atado al pie del abeto. Pero la miraba a ella significativamente, tratando de decirle: «No lo escuches, todo lo que dice es mentira». Eso es lo que yo quería hacerle comprender. Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas muertas de bambú, miraba con fijeza sus rodillas. Daba la impresión de que prestaba oídos a lo que decía el bandido. Al menos, eso es lo que me parecía a mí. El bandido, por su parte, escogía las palabras con habilidad. Me sentí torturado y enceguecido por los celos. Él le decía: «Ahora que tu cuerpo fue mancillado tu marido no querrá saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa? Fue a causa del amor que me inspiraste que yo actué de esta manera». Y repetía una y otra vez semejantes argumentos. Ante tal discurso, mi mujer alzó la cabeza como extasiada. Yo mismo no la había visto nunca con expresión tan bella. ¡Y qué piensan ustedes que mi tan bella mujer respondió al ladrón delante de su marido maniatado! Le dijo: «Llévame donde quieras». (Aquí, un largo silencio.)

Pero la traición de mi mujer fue aún mayor. ¡Si no fuera por esto, yo no sufriría tanto en la negrura de esta noche! Cuando, tomada de la mano del bandolero, estaba a punto de abandonar el lugar, se dirigió hacia mí con el rostro pálido, y señalándome con el dedo a mí, que estaba atado al pie del árbol, dijo: «¡Mata a ese hombre! ¡Si queda vivo no podré vivir contigo!». Y gritó una y otra vez como una loca: «¡Mátalo! ¡Acaba con él!». Estas palabras, sonando a coro, me siguen persiguiendo en la eternidad. ¡Acaso pudo salir alguna vez de labios humanos una expresión de deseos tan horrible! ¡Escuchó o ha oído alguno palabras tan malignas! Palabras que… (Se interrumpe, riendo extrañamente.)

Al escucharlas hasta el bandido empalideció. «¡Acaba con este hombre!». Repitiendo esto, mi mujer se aferraba a su brazo. El bandido, mirándola fijamente, no le contestó. Y de inmediato la arrojó de una patada sobre las hojas secas. (Estalla otra vez en carcajadas.) Y mientras se cruzaba lentamente de brazos, el bandido me preguntó: «¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone? No tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza. ¿Quieres que la mate?…»

Solamente por esa actitud, yo habría perdonado a ese hombre. (Silencio.)

Mientras yo vacilaba, mi esposa gritó y se escapó, internándose en el bosque. El hombre, sin perder un segundo, se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo contemplaba inmóvil esa pesadilla. Cuando mi mujer se escapó, el bandido se apoderó de mis armas, y cortó la cuerda que me sujetaba en un solo punto. Y mientras desaparecía en el bosque, pude escuchar que murmuraba:

«Esta vez me toca a mí». Tras su desaparición, todo volvió a la calma. Pero no. «¿Alguien llora?», me pregunté. Mientras me liberaba, presté atención: eran mis propios sollozos los que había oído. (La voz calla, por tercera vez, haciendo una larga pausa.)

Por fin, bajo el abeto, liberé completamente mi cuerpo dolorido. Delante mío relucía el puñal que mi esposa había dejado caer. Asiéndolo, lo clavé de un golpe en mi pecho. Sentí un borbotón acre y tibio subir por mi garganta, pero nada me dolió. A medida que mi pecho se entumecía, el silencio se profundizaba. ¡Ah, ese silencio! Ni siquiera cantaba un pájaro en el cielo de aquel bosque. Sólo caía, a través de los bambúes y los abetos, un último rayo de sol que desaparecía… Luego ya no vi bambúes ni abetos. Tendido en tierra, fui envuelto por un denso silencio. En aquel momento, unos pasos furtivos se me acercaron. Traté de volver la cabeza, pero ya me envolvía una difusa oscuridad. Una mano invisible retiraba dulcemente el puñal de mi pecho. La sangre volvió a llenarme la boca. Ese fue el fin. Me hundí en la noche eterna para no regresar…

Ryunosuke Akutawa (1892-1927)

Publicado por Antonio F. Rodríguez.