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| Hans el listo con su tabla de trabajo |
A principios del siglo XX, una época de prodigios e invenciones fantásticas, un caballo recorrió Alemania fascinando con sus habilidades a propios y extraños, a adultos y niños. Le llamaban Hans el Listo (Clever Hans) y era capaz de realizar operaciones matemáticas sencillas, decir la hora, el día que era, distinguir las notas musicales, reconocer las letras y resolver problemas sencillos.
El caballo era propiedad de Wilhelm von Osten, un profesor de matemáticas y entrenador de caballos aficionado, algo místico y aficionado a la frenología, que le fue enseñando poco a poco las cuatro reglas y algunas habilidades, a veces tan complejas como responder a la siguiente cuestión: «Si el octavo día del mes cae en martes, ¿cuál es la fecha del viernes siguiente?» Hans contestaba dando golpes con el casco en una tabla y las preguntas podían ser tanto orales como escritas.
El caso levantó tal expectación que se formó una comisión investigadora para esclarecer la verdad de todo aquello y, tras múltiples pruebas y ensayos, encontraron que el caballo solo era capaz de responder las preguntas si su entrenador conocía la respuesta y además estaba presente. Concluyeron que von Osten actuaba de buena fe, que había enseñado a su caballo y creía de verdad que era inteligente.
Y en realidad era un jamelgo muy listo, pero de una forma diferente a la que pensaba su dueño. El caballo era capaz de interpretar el lenguaje corporal y los signos involuntarios de nerviosismo de su amo, y dejaba de dar patadas justo cuando alcanzaba la respuesta correcta. El asunto fue tan sonado que se acuñó la expresión efecto Clever Hans para denominar las situaciones en las que un experimentador contamina involuntariamente un experimento al realizar señales involuntarias sutiles como gestos, posturas, tonos de voz, movimientos corporales, etcétera, que el sujeto de experimentación interpreta correctamente, ya sea consciente o inconscientemente.
Una historia curiosísima, en la que el amo intentó enseñar algo a su pupilo y el alumno, en su afán por complacerle, acabó engañándole, demostrando ser más astuto que él y dejándolo en ridículo.
Publicado por Antonio F. Rodríguez.


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