viernes, 30 de junio de 2023

La cópula - Salvador Rueda

 

Título: La cópula                                                                                                                Autor: Salvador Rueda  

Páginas: 192 pág.

Editorial:
Cátedra

Precio: 12,50 euros

Año de edición: 2014

Es toda una rareza esta peculiar novela erótico-modernista, publicada en el lejano 1906. «La cópula», del poeta Salvador Rueda, se centra exclusivamente en la voluptuosidad, en el sexo como fuerza vital que anima la Naturaleza, pero en absoluto es pornográfica. En sus páginas no hay lugar para escenas sórdidas, macabras o crueles. Es un libro cándido, ingenuo, de un escritor que cree ser un sacerdote del culto natural a la fecundidad. Para la España de su tiempo, supuso un escándalo: un texto profundamente pagano, panteísta, de exaltación de la tierra como madre nutricia de todos los seres vivos. Las fuerzas naturales empujan a las criaturas al sexo y la reproducción. No existe el pecado. Al contrario, el sacramento máximo de la religión natural es creced y multiplicaos. El sexo es la vida. Salvador Rueda pergeñó a su manera un evangelio de la vida buena, natural, sin interferencias culturales, religiosas o morales, en la que la única exigencia es entregarse a las delicias del amor. Un verdadero paraíso romántico sin culpa o pecado original.

El argumento de la novela es lo de menos. En Andalucía vive un señor de origen árabe, llamado don Ezequiel, dedicado al comercio de piedras preciosas. Es viudo. Tiene una hija, Rosalía, hermosa como un rubí. Rosalía se enamora de un empleado de su padre, David, que es un tipo grande como el David de Miguel Ángel, hermoso, marmóreo, poco inteligente y de una potencia erótica impresionante. Un garañón con una vitalidad portentosa. Y no hay más que los encuentros y desencuentros de estos dos personajes, nuevos Dafnis y Cloe, hasta llegar a la culminación, al éxtasis de la cópula. 

La novela se compone de una sucesión de escenas de un intenso lirismo. Dominan las sensaciones, los deseos, el placer, el erotismo, el brillo irisado de las piedras preciosas, la belleza de unos cuerpos que parecen salidos del escoplo de Praxíteles, las sedas, los muebles suntuosos o las rientes fuentes con sus chispeantes murmullos, por decirlo con el estilo retórico de Salvador Rueda. De todos modos, la belleza artificial, creada por la mano del hombre, es inferior a la exuberancia multiforme de la vida natural obra de Dios (si es que Dios no es en verdad la misma Naturaleza). Sea como sea, en «La cópula» no hay lugar para cosas corrientes, ordinarias, como pregoneros que dan voces o burros con alforjas. Rosalía y David son dos dioses olímpicamente ajenos a todo lo que no sean sus goces. Felices, bienaventurados y puros de corazón.

Para dotar a su novela con las consiguientes dosis de exotismo, Salvador Rueda echa mano de un ambiente arábigo muy artificial. Las voluptuosidades del amor resultan más excelsas entre unos personajes que parecen salidos de las mil y una noches. Ella es morena clara, lánguida, soñadora, de boca de fresa roja como el granate y gusta de vestir a la morisca, ligeramente. Él es grandullón, de chilaba, barba negra y cerrada, ojos oscuros del desierto y tocado con un fez. Parecen muñecos comprados en una subasta a los que don Salvador disfrazara con los trapos que tenía olvidados por su casa, convirtiéndolos en el califa Shahriar y la bella Sherezade triscando por los riscos de Granada. El artista, después de todo, ha de ser imaginativo. El modernismo inventó un Oriente pleno de colores, aromas y placeres emancipado de la represiva moral judeocristiana. Un mundo de colorines frente a la oscuridad de las naves de las catedrales. Salvador Rueda nos ofrece su particular versión orientalizante en cómodas páginas, con un tono algo subido y a la vuelta de la esquina, cerca de la Alhambra. 

Así que es una novela de tesis: todo en la Naturaleza vive, engendra y se multiplica gracias a los goces fragantes del amor. Los seres humanos, como criaturas naturales que son, también participan de esta exuberancia, no pueden ser una excepción. Incluso la muerte implica vida para infinidad de modestas criaturas. Todos formamos parte de un universo entregado a la perpetua renovación de sí mismo mediante la atracción sexual. Pues nada, señores: a pasarlo bien se ha dicho. «La cópula» no es una obra maestra. Su prosa hinchada y declamatoria, alambicada, hoy nos resulta irremediablemente pasada de moda. Sin embargo, después de cien años desde su publicación, es un libro singular, raro entre los raros, y de regocijante lectura. Ahí va un aperitivo:

«Amaba lo virginal, pero en la Naturaleza, y más propiamente que lo virginal, lo brioso, lo salvaje, lo primitivo, el agua, las rocas, los insectos, el rocío, lo saludable, lo pujante, el sensualismo grande y maravilloso de la Madre Inmortal».

Salvador Rueda

Salvador Rueda (1857-1933) fue un poeta y escritor español, nacido en Benaque (Málaga) y considerado como uno de los precursores del modernismo. Sus padres eran humildes campesinos. Su formación fue autodidacta. Se dedicó a mil pintorescos oficios antes de convertirse en oficial primero del Cuerpo facultativo deArchiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Salvador Rueda fue apadrinado en sus años mozos por el poeta de moda entonces, don Gaspar Núñez de Arce. Fue muy popular, viajó por América y le coronaron nada menos que como poeta de la raza en 1910 en La Habana. Salvador Rueda falleció en Málaga en 1933, en las condiciones más modestas.

Su obra es cuantiosa (novelas, cuentos, obras teatrales). Pero la gran aportación del malagueño fue dentro de la lírica, ya que introdujo novedades métricas que luego utilizarían los poetas modernistas, como Villaespesa o Juan Ramón Jiménez. De hecho, Rueda siempre reivindicó su condición de precursor modernista frente a Rubén Darío. Pese a todo, su obra, luminosa y sensual, llena de colorido, no alcanza el nivel del nicaragüense. Salvador Rueda es hoy una curiosidad medio olvidada, pero se siguen leyendo algunos de sus poemas clásicos, como el espléndido soneto que le dedicó a una sandía: «Cual si de pronto se entreabriera el día/despidiendo una intensa llamarada/por el acero fúlgido rasgada/mostró su carne roja la sandía». 

Publicado por Alberto.