domingo, 2 de junio de 2024
En memoria de Paloma Martínez
lunes, 4 de marzo de 2024
Nunca volveré a ver el mundo - Ahmet Altan
Título: Nunca volveré a ver el mundo Autor: Ahmet Altan
Páginas: 184 pág.
Editorial: Debate
Precio: 14,15 euros
Año de edición: 2018
No hace demasiado, reseñábamos el magnífico libro de José Luís Sampedro «Escribir es vivir». Tras leer este pequeño conjunto de reflexiones de Ahmet Altan escritas desde la cárcel como condenado a prisión perpetua, vuelve a cobrar, si cabe, más sentido la contundente afirmación que titula el libro de Sampedro, pues fue la magia de la escritura lo que salvó al autor de volverse loco y sumirse en la desesperación.
Se trata de un libro que contiene 19 pequeños apartados, cada uno de los cuales nos habla de asuntos diversos, manteniendo como hilo conductor la privación total de libertad que sufrió el autor y la ausencia de esperanza de recuperarla desde que la sentencia de perpetuidad fue firme.
El escritor nos narra su arresto, la misma noche que el de su hermano, ambos acusados de lanzar desde sus respectivas columnas de periódico «mensajes subliminales» en contra de Erdogan, las vísperas del atentado fallido de 2016. En un principio, los instalan en una cárcel de máxima seguridad sin posibilidad de verse. En 2017 son condenados a cadena perpetua y es entonces, cuando no le queda más esperanza, cuando racionaliza su situación y decide que debe adoptar una estrategia para luchar contra la desmoralización que supone la ausencia de perspectivas futuras de libertad. Se repite como un mantra que, aunque hayan podido encarcelarle, no lograrán hacer de él un prisionero, porque la esencia de los escritores radica en la capacidad para crear mundos y, mientras lo hacen, no existe más vida que la que recrean. Es lo que tiene que hacer, escribir, crear otras historias que lo alejen de la prisión.
Y así va escribiendo en su mente, porque carece de papel, con la idea de que en cuanto pueda lo hará por escrito, este conjunto de pequeños relatos o reflexiones, que irá más tarde entregando a sus abogados para que los saquen al exterior. De hecho, el libro no se publicó en Turquía.
Escribir es la fórmula para mantenerse fuerte y la búsqueda de la belleza también es su empeño, algo que desde fuera parece imposible que pueda lograrse en una celda de cuatro metros cuadrados, que comparte con dos compañeros que se pasan el día rezando o, posteriormente, en la de tres por tres, cuando lo aíslan y le dejan sin la posibilidad de salir a un trozo de patio más que una hora al día.
Es destacable la belleza de la escritura —una vez más los poetas escribiendo prosa nos maravillan— y nos habla de cómo los espejos, al reflejar nuestro rostro nos hacen explícita nuestra existencia; de sus viajes alrededor de la celda; de su destino —como oráculo o presagio de la víctima—, que había relatado en una novela anterior, en la que el héroe es detenido, y de una notable cantidad de reflexiones que funcionan a modo de sugerencia y nos hacen detener la lectura y recapacitar.
Es una obra estupenda, que nos recuerda las variadas respuestas de los escritores cuando son preguntados acerca del sentido que tiene para ellos escribir. En este caso fue una redención lo que le procuró al autor, que viajó a su interior y lo escribió para no dejarse ir. Cuando le detuvieron manifestó «Pueden tener el poder de encarcelarme, pero nadie tiene el poder de mantenerme en prisión. Soy escritor» y este poderoso libro es la evidencia de que lo logró.
Ahmet Altan (Ankara, 1950) es un periodista y escritor turco, hijo y hermano también de periodistas. Activista desde su condición, criticó muchas situaciones de su país y condenó públicamente el genocidio armenio. Detenido en septiembre de 2016, salió de la cárcel en abril de 2021 tras la condena del Tribunal Europeo de Derechos Humanos a Turquía.
Publicado por Paloma Martínez.
miércoles, 17 de enero de 2024
Vientos amargos - Harry Wu y Carolyn Wakeman
Páginas: 366 pág.
Editorial: Libros del Asteroide
Precio: 20,85 euros
Año de edición: 2008
¿Distopía o realidad? Hace unos años que las distopías —esas ficciones de sociedades totalitarias en las que la ausencia total de libertad es lo esencial— ocupan ya un considerable lugar en las estanterías de las librerías. Cuando leemos este libro, si no supiéramos que lo historia es real, podríamos hacernos la pregunta de si no es una distopía de ficción, pues nos parece que no puede ser cierto tanto despropósito, tanta ignorancia, tanto fanatismo, tanta brutalidad, tanto horror y tanto miedo.
Se trata de las memorias del autor, que sufrió todos los inhumanos padecimientos que el régimen de Mao impuso a una ingente parte de la población, a quienes confinó en campos de «reeducación por el trabajo». La mayoría estudiantes —como es el caso del autor— fueron arrestados acusados de contrarrevolucionarios por haber adoptado las ideas extranjeras; otros, campesinos, acusados de capitalistas ya que eran propietarios de terrenos y bienes —aunque todos sus bienes se redujeran a unas pocas vacas y unos mínimos terrenos—, pero que el régimen los consideraba alineados con las ideas capitalistas y alienados por ellas. La arbitrariedad del régimen de terror que estableció Mao suponía cubrir una cuota de detenciones ejemplarizantes para limpiar las ideas que se desviaran mínimamente de la única línea válida, establecida por él mismo en su Libro rojo y en la cantidad de normas, proclamas y discursos que imponía día a día. El Partido necesitaba demostrar por la fuerza que era el dueño y señor de todo y todos, implantando la dictadura del proletariado, que fue una de las más terribles y que cayó en lo que el propio Partido criticaba de la sociedad tradicional china, ser injusta y de poco equitativa.
Una especificidad del régimen de terror de Mao en los campos de prisioneros fueron las reuniones de estudio de su propio ideario que sufrían los condenados cada día, después de las horas de trabajo extenuante. Asimismo, «made in Mao» eran también las asambleas de crítica y castigos ejemplares a quienes, de entre ellos, se acusaba por desvío de esas ideas. Esas asambleas en las que jefes y compañeros juzgaban y criticaban a los prisioneros y compañeros respectivamente, eran un tormento de humillaciones y castigos, que terminaba siempre con una obligación de auto inculparse y pedir perdón por lo cometido, fuera o no cierto. Autocríticas que engrosaban los expedientes de tal manera que las condenas se superponían, de manera que los así acusados no se podían liberar nunca de tanta culpa, por muchos años que pasaran penándolas.
Viktor Frankl, en su famosa obra «El hombre en busca de sentido», indaga y explica el origen de la fuerza que hizo que algunos de los prisioneros de los campos nazis pudieran sobrevivir a tanto sufrimiento. Harry Wu encontró la motivación para no abandonarse en las enseñanzas de su padre, que le dijo que jamás había que rendirse y que el secreto de vivir es seguir levantándose. Esa necesidad de resistir y salir de las prisiones vivo, enseguida tuvo para él un objetivo añadido, tenía que contarlo, ser heraldo universal de lo terrorífico de aquel régimen. Por eso se entiende la memoria tan detallada de lo que cuenta tras tantos años de sufrimiento. Iba grabando en su memoria lo que sufría y veía para poder contarlo. Así se explica también su valentía cuando finalmente pudo exiliarse a Estados Unidos y desde allí realizó dos peligrosos viajes con periodistas de una cadena de televisión para grabar aquellos campos del horror en los que había vivido y que serían objeto de sendos documentales de denuncia.
Este tipo de lecturas nos sobrecogen y amedrentan. La sensación que nos inunda en todos los casos es de incomprensión del horror que unos hombres pueden imponer, sojuzgando y sometiendo a indecibles sufrimientos a sus congéneres, poblaciones enteras, millones de personas. Se movilizan nuestros resortes mentales para intentar entender lo que al parecer somos incapaces de comprender totalmente acerca de la naturaleza humana. Por mucho que hayamos leído, no acertamos a dar con la clave que explique, que nos explique como humanos.
El relato cuenta un aspecto muy específico del régimen de Mao, pero surgen una serie de temas que, desgraciadamente, estamos viendo en nuestras televisiones en otros escenarios, que están en la base de todas las acciones totalitarias, y que nos hacen reflexionar acerca de cómo opera el fanatismo, la ambición desmedida que pasa por encima de tanto dolor, de tanta muerte como provoca voluntariamente. Nos preguntamos de qué madera están hechos los que dirigen tanta destrucción y de los secuaces que la perpetran y para qué les sirve.
En fin, aunque hayamos leído sobre el tema, aunque duela, es un relato más que necesario.
Harry Wu, 1937-2016, nacido en Shanghái, fue un activista de los derechos humanos y por la memoria histórica de su país de origen. Desarrolló su actividad en Estados Unidos, a donde llegó en 1994 tras veinte años de prisión. Ese mismo año escribió este impresionante testimonio del horror del régimen de Mao. Dado que no era escritor buscó ayuda en la periodista Wakeman, con gran acierto, pues resultó un equilibrio perfecto entre la descripción del horror y la distancia necesaria para permitir que la lectura sea posible.
Publicado por Paloma Martínez.




