«Revisas la taquilla; hay matarratas de sobra. La vida te regala lo que tanto anhelabas». Así empieza esta terrible novela, una historia dura, muy dura, de la que ningún lector sale completamente ileso. Y eso es, en primer lugar, por el tema: las cicatrices que dejan las guerras y todo lo que las acompañan, en la vida de las personas, especialmente la violación, utilizada como un arma más de espoleta retardada. Porque el objetivo no es el sexo, sino marcar, humillar, dejar huella, sembrar de destrozos la vida de la gente.
Este libro comienza siendo la historia de dos mujeres que viven en Barcelona, muy diferentes, que parece al principio que no tienen nada que ver. Hana, de mediana edad, una mujer que trabaja en un restaurante, una inmigrante procedente de la guerra de los Balcanes, una persona a la deriva que sufre dos exilios, el más externo, el geográfico, y el interno, porque emocionalmente vive como una tortuga escondida en su caparazón, con miedo a demasiadas cosas. Y Sara, una chica que acaba de cumplir 18 años, que se siente incomprendida por sus padres, que quiere ser libre y guarda en su interior un secreto que todavía no conoce.
El texto describe la vida cotidiana de las dos en capítulos cortos y alternados, 53 en total, los dedicados a Hana, con título y narrados en segunda y tercera persona; los de Sara numerados y contados en primera persona. El lector va recopilando información poco a poco, gradualmente, a través de los datos que la autora ha ido dejando, como miguitas de pan que marcan un camino, hasta el desenlace, en el que las vidas de estas dos mujeres se conectan. Dos historias de dos personas, una que huye de su pasado y otra que busca su futuro, y que a la postre, se encuentran en el mismo punto.


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