domingo, 29 de marzo de 2026

Pimienta - Naguib Mahfuz

Naguib Mahfuz

Pimienta

En el café «La Felicidad» hay muchas cosas interesantes. Una de ellas, Pimienta, un chico de doce años o poco más. Su verdadero nombre es Taha Sanqar, pero se le conoce por Pimienta. Está en el café desde las primeras horas de la mañana hasta la noche, para acercar la candela a los que quieren fumar un narguilé.

Ya se sabe que los motes no son injustificados, pero este está especialmente bien puesto: el muchacho es vivo, ágil, acude como una avispa antes de que el cliente haya acabado de llamarlo. No para en todo el tiempo de moverse ni de hablar.

Trabaja allí desde hace un año por una piastra al día, además de su narguilé, y una taza de té por la mañana y otra después de la comida. Con esto está más que satisfecho. Se siente orgulloso cada vez que piensa que se gana el sustento y puede disponer de una piastra; así que, como él dice: «Yo, feliz y contento».

No por eso cree que está todo hecho. Su meta inmediata está en el día en que el patrón lo autorice a llenar y servir los narguilés, trabajo que supone el ascenso de «chico» a «mozo»… después… ¡Quién puede predecir adónde llegará!

Consecuente con su ambición, ejercita sin parar sus cuerdas vocales, voceando las consumiciones. Y es que en un café popular una buena garganta es tan importante como en una academia de canto.

Una de las cosas que más le gustan a Pimienta del café «La Felicidad» es la tertulia de estudiantes que se reúne allí las tardes de los días de fiesta y en vacaciones. Se acomodan en un rincón. Charlan. Juegan al chaquete. Beben té y jengibre. Son gentes del pueblo, pobres, igual que los demás clientes, pero los estudios se les han subido a la cabeza; se sienten superiores y mantienen las distancias. Han dejado de vestir el yillab, aunque alguno siga llevando calzado de madera.

Se reúnen a pasar el rato. Mientras sorben su té o su jengibre, uno cualquiera de ellos lee en alto un periódico vespertino. Los otros lo escuchan. A continuación se lanzan a comentarlo y discutirlo larga y apasionadamente.

Una tarde Pimienta entendió por primera vez lo que decían, y se llevó una gran alegría. Acababan de leer, entre otras cosas, la noticia del juicio incoado contra un alto funcionario acusado de corrupción.

Automáticamente se encendieron los comentarlos…

—¡Este ha caído en manos de la ley por casualidad! ¡Hay otros muchos que deberían estar en la cárcel, pero la justicia hace la vista gorda!

…y fueron haciéndose más directos y menos contenidos:

—El mal no está sólo en los funcionarios; hay otros… ya me entienden, peores y todavía más canallas. ¡En este país, si estuviera bien equilibrada la balanza de la Justicia, estarían llenas las cárceles y vacíos los palacios!

Rivalizaban en sacar a relucir nombres, en despellejarlos y en rebozarlos por el lodo, con voces alteradas, fuera de sí:

—Fíjense en Fulano, sin ir más lejos… ¿saben cómo ha amasado su inmensa fortuna?… (y acto seguido enumeraban los atropellos y los robos con que había conseguido hacer dinero. Se daban tantos detalles que parecía estar contándolo el propio secretario o administrador del interesado).

No dejaron de hacer la disección de ningún personaje importante. Las vidas se interpretaban a gusto del consumidor. Se barajaban defectos. La frase que servía de trampolín era:

—¿Y saben cómo ha amasado su fortuna Fulano?…

Todo lo demás salía después.

Uno de ellos concluyó, furibundo:

—¡En este país el robo está permitido!

Pimienta entendió la frase sin dificultad, aunque había sido dicha en lengua culta. Le gustó. Una pasión enterrada revivió en su interior: ¡Qué bien suena eso de que éste es un país de ladrones! ¡Caramba, de modo que el robo está permitido aquí! Pimienta… lleva lo de robar en la sangre; ha sido criado a pechos del robo. Es a lo que está acostumbrado desde la cuna: su madre, que trabaja como vendedora de manzanas, se dedica en los ratos libres a «encontrar» alguna que otra gallina «perdida», y su padre, el tío Sanqar, vendedor ambulante de cacahuetes, es muy aficionado a llevarse la ropa tendida en los patios, y tiene una habilidad especial para escurrir el bulto. A pesar de todas estas «ayudas», la familia no prospera.

Aquella noche tuvo un final desagradable para Pimienta. Cuando volvió a su casa, mejor dicho, a la habitación donde vivían todos, encontró a su madre levantada todavía, preocupada y desconsolada, rodeada de sus hijas, llorosas. El chico se asustó al encontrarse con aquello. Antes de darle tiempo a preguntar, su madre le explicó: «Un policía se ha llevado a tu padre». Pimienta comprendió la situación. Se acercó a su hermana mayor, y ésta le dijo algo más: que lo habían denunciado por robar unas camisas y unos calzones, y que se lo habían llevado a la comisaría. Después de un momento de silencio añadió que, por lo menos, tenía cárcel para unos cuantos meses, o quizá años.

Pimienta no veía a su padre casi nunca: por la noche ya estaba dormido cuando éste volvía de sus vagabundeos, y por la mañana salía para el café antes de que su padre se hubiese levantado. A pesar de esto, contagiado por el ambiente, se puso triste y lloró.

De pronto recordó lo que había oído por la tarde y se acercó a contárselo a su madre: … que el país estaba lleno de ladrones, y que el robo era legal… La mujer no estaba para fantasías; lo apartó, le chilló agriamente que se callara, y acabó pegándole una bofetada.

Al despertar a la mañana siguiente, Pimienta había olvidado el día anterior; como si hubiese nacido de nuevo. Se fue para el café, con su paso rápido, sin distraerse.

No era la primera vez que metían a su padre en la cárcel.

Naguib Mahfuz 

Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

sábado, 28 de marzo de 2026

Novelas breves de frases cortas

Un estudio realizado recientemente por The Economist (véase el gráfico de más abajo) muestra que el número medio de palabras por frases en los superventas más populares ha disminuido de manera llamativa en el último siglo. Si en la década de 1930 ese número medio de palabras/frase estaba por encima de las 20 palabras, actualmente ha bajado hasta alrededor de 12. Ha disminuido aproximadamente un 40 %, lo cual es mucho. Como ejemplos extremos, se citan La cala del francés (1941) de Daphne du Maurier, que tenía una media de 40 palabras por frase, y Romper el círculo (2016) de Colleen Hoover, con 11.

Gráfico del nº medio de palabras/frase en los superventas de la lista publicada por The New York Times  

¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué pasa esto? Por un lado, parece que casi todo el mundo, salvo honrosas excepciones, quiere escribir como Hemingway. Se diría que ha triunfado el estilo minimalista y sobrio, de frases sencillas, cortas y claras, mucho más fácil de leer. A mí personalmente me encantan los libros barrocos, a lo Marcel Proust, de frases interminables que nunca acaban en la misma página, pero no parece ser la tendencia general.

Por otro lado, la simplificación del lenguaje no se circunscribe al ámbito literario, hay estudios que concluyen que la longitud de los discursos en el parlamento británico se ha reducido en un 30 % en solo una década.

Hay profesores que notan una creciente dificultad de sus alumnos para comprender el lenguaje de algunos clásicos decimonónicos, como Charles Dickens. Hay quien menciona una deriva general en los medios de comunicación en busca de mensajes sintéticos, de rápido consumo, y desde luego la evolución de las redes sociales y la comunicación digital promueve la fragmentación de la atención y origina una creciente dificultad para mantener la concentración.

Por otro lado, algunos expertos sostienen que la pérdida de la capacidad para procesar prosa compleja conlleva una merma en la habilidad para desarrollar ideas sofisticadas, apreciar matices y conciliar pensamientos contradictorios. Lo que resulta algo especialmente preocupante, porque ya sabemos que el pensamiento impulsivo y rápido conduce frecuentemente a cometer errores, como mostraba Daniel Kahneman en Pensar rápido, pensar despacio.

En cuanto a la longitud de las novelas que se publican últimamente, observo dos claras tendencias. Por un lado, la persistencia de superventas voluminosos, de hasta 600, 800 y en ocasiones 1000 páginas. El ejemplo más llamativo pueden ser las novelas históricas de Santiago Posteguillo, fantásticas, muy documentadas y encantadoramente voluminosas. Parece que hay lectores entregados que, cuando empiezan a disfrutar de una obra, prefieren que el placer dure. Pero creo que esa tendencia se mantiene en un panorama general que gusta de novelas de menos de 200 páginas a ser posible. Los nuevos valores de la literatura no suelen escribir largo. No quiero ser necesariamente apocalíptico, las obras breves tienen también mucho encanto. Decía Delibes que no hay nada tan difícil en literatura como la sencillez y ya dejó sentado hace casi cuatro siglos Baltasar Gracián aquello de «Lo bueno si breve... ». Pero me parece que es un hecho innegable que se está produciendo una deriva hacia los libros cortos de frases cortas, que resulta cuanto menos curiosa. Y creo que ya he escrito demasiado. Vale.

Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

viernes, 27 de marzo de 2026

Un olor a crisantemo - Segundo Serrano Poncela

Título: Un olor a crisantemo
Autor: Segundo Serrano Poncela
 
Páginas: 254
 
Editorial: Seix Barral
 
Precio: 6 euros 
 
Año de edición: 1972

Entre los escritores del exilio de 1939, Segundo Serrano Poncela se ha quedado en un rincón oscuro y marginal. Nadie parece acordarse de él. Mientras que Max Aub, Sender, Ayala o Barea son clásicos que se reeditan y traducen, Serrano Poncela no acaba de salir de su casi anonimato, pese a la notable calidad de su obra. Madrileño de nacimiento, se hizo escritor durante el exilio. De hecho, moriría sin regresar a España. Su producción fue variada y abundante: relatos, crítica literaria, impecables ensayos, novelas. Fue un escritor de categoría zarandeado por la historia y desaparecido de la escena. En su caso habría que adaptar la inapelable sentencia de Andrés Trapiello, porque perdió la guerra y perdió en los manuales de literatura. Como decimos, hoy es una sombra maldita. Un episodio oscuro de la guerra civil tuvo mucho que ver con esa relegación. 

El libro que aquí comentamos se editó en España allá por 1972. La edición original es de 1959. Un olor a crisantemo está formado por cuatro relatos. El último de ellos da título al volumen. Son cuentos largos, francamente buenos y que dejan en el lector las ganas de seguir frecuentando a Serrano Poncela. Tienen una gran seguridad estilística, atmósferas enrarecidas, personajes de gran densidad psicológica e incluso un cierto aire de misterio. El universo que describen es bastante pesimista. Gentes que se han quedado en la orilla, viendo pasar los acontecimientos, solitarios y olvidados, sin muchas esperanzas y con un estoicismo que les lleva a la resignación. La tristeza impregna estos cuentos como un puñado de ceniza fría. 

El primero, «Solo de guitarra», cuenta los amores entre dos personajes humildes: un pobre jorobado que es oficial de sastre y una costurera. Serrano Poncela no da demasiados detalles, pero la historia parece transcurrir en una ciudad del sur de España. Moisés, el jorobado, toca la guitarra, con la que mantiene una relación casi erótica: las curvas del instrumento, su calidez, la recogida intimidad de la música que disipa brevemente la soledad de una existencia apagada. Gracias a un amigo conocerá a la hermosa María Magdalena. La esperanza del amor se abre en su alma como un rayito de luz. 

«La copa quebrada» nos lleva a una decadente ciudad caribeña. Un viajero se fija en una anciana blanca y apergaminada que entra en un caserón con escudo en la fachada. Completamente vestida de negro, parece un fantasma escapado de otra época. Pero tiene una historia fascinante. Varios lugareños confían al viajero sus recuerdos sobre esa mujer misteriosa. Como todos los recuerdos, son contradictorios, discontinuos, engañosos y no dicen toda la verdad, aunque nos permitan en cierta medida reconstruir el pasado. «La copa quebrada» es un relato de ambiente fantasmagórico verdaderamente conseguido, casi de novela gótica en algunos momentos. Hay un gran contraste: la ciudad deslumbrante de sol y con olor a podredumbre; el interior del caserón en donde el tiempo se ha detenido: habitaciones en penumbra, muebles cubiertos con fundas, el tic-tac de un reloj que golpea en el silencio. 

«La máscara» es un cuento más divertido, aunque su protagonista, un pintor que desaparece en América después de una absurda peripecia que casi acaba en desastre, es, de nuevo, un personaje engañado y fracasado. Alvarito Brummel no hace nada en su vida. Es el clásico señorito. Solo le gusta pintar. Un día de carnaval madrileño conoce a una bella mujer disfrazada. El seductor acabará seducido, convirtiéndose en el instrumento inconsciente de un plan entre maquiavélico y castizo. «La máscara» es un cuento de antología. 

Por último, «Un olor a crisantemo» transcurre en un ambiente noctámbulo y prostibulario. Un tipo borroso se refugia en una casa de lenocinio, que dirían los antiguos. Allí conoce a una prostituta con la que compartirá noche y cama. Es un cuento de una enorme tristeza, con personajes vacíos y amargura omnipresente. Serrano Poncela resume el sentido del cuento en una frase: «se reflejaban en el espejo y parecían dos muertos».  

En definitiva, unos cuentos magníficos de un escritor que merece ser recuperado. No se los pierdan. 

Segundo Serrano Poncela

Segundo Serrano Poncela (1912-1976) fue un escritor español nacido en Madrid. Estudió filosofía y letras para acabar licenciándose en derecho. La época de Serrano Poncela fue proclive al radicalismo ideológico. Como miembro de las Juventudes Socialistas, Segundo perteneció durante la Segunda República al ala radical del PSOE afín a Francisco Largo Caballero. Uno de sus mejores amigos era Santiago Carrillo, ya en la órbita comunista. Cuando estalla la guerra civil, estos jóvenes socialistas «bolchevizados» acabarán bajo obediencia estalinista. 

Noviembre de 1936: Madrid está asediado por las tropas franquistas, Santiago Carrillo es nombrado consejero de orden público de la Junta de Defensa de Madrid y Segundo Serrano Poncela, delegado de Carrillo en la Dirección General de Seguridad. Se decidió evacuar a los presos. Unos 2500 fueron ejecutados en los alrededores de Madrid; última parada: Paracuellos y Torrejón. La firma de Serrano Poncela figuraba en varias listas de prisioneros sacados de las cárceles y luego ejecutados. Una historia macabra.  

Después de la guerra civil, Serrano Poncela se exilió, rompió con los comunistas y escribió una carta furiosa contra sus excamaradas, calificando a Carrillo de «modelo de perfidia», nada menos. Segundo acusaba a Santiago de haberle metido en el PCE y luego no dejarlo salir. En fin: uno no puede dejar de pensar en las cosas de la mafia. Fuera de la política, Serrano Poncela se concentró en tareas intelectuales y literarias. Profesor en universidades de Santo Domingo, Puerto Rico y Venezuela. Autor de sobresalientes ensayos como El pensamiento de Unamuno (1953) o Antonio Machado, su mundo y su obra (1954), varios volúmenes de cuentos y tres excelentes novelas: Habitación para hombre solo (1963), El hombre de la cruz verde (1973) y La viña de Nabot (1979), publicada póstumamente). Serrano Poncela murió en Caracas en 1976. 

Publicado por Alberto.