Las dos Elenas
A José Luis Cuevas
—No sé de dónde le salen esas ideas a Elena.
Ella no fue educada de ese modo. Y usted tampoco, Víctor. Pero el hecho es que
el matrimonio la ha cambiado. Sí, no cabe duda. Creí que le iba a dar un ataque
a mi marido. Esas ideas no se pueden defender, y menos a la hora de la cena. Mi
hija sabe muy bien que su padre necesita comer en paz. Si no, en seguida le
sube la presión. Se lo ha dicho el médico. Y después de todo, este médico sabe
lo que dice. Por algo cobra a 200 pesos la consulta. Yo le ruego que hable con
Elena. A mí no me hace caso. Dígale que le soportamos todo. Que no nos importa
que desatienda su hogar por aprender francés. Que no nos importa que vaya a ver
esas películas rarísimas a unos antros llenos de melenudos. Que no nos importan
esas medias rojas de payaso. Pero que a la hora de la cena le diga a su padre
que una mujer puede vivir con dos hombres para complementarse… Víctor, por su
propio bien usted debe sacarle esas ideas de la cabeza a su mujer.
Desde que vio Jules et Jim en un
cine-club, Elena tuvo el duende de llevar la batalla a la cena dominical con
sus padres —la única reunión obligatoria de la familia—. Al salir del cine,
tomamos el MG y nos fuimos a cenar al Coyote Flaco en Coyoacán. Elena se veía,
como siempre, muy bella con el suéter negro y la falda de cuero y las medias
que no le gustan a su mamá. Además, se había colgado una cadena de oro de la
cual pendía un tallado en jadeíta que, según un amigo antropólogo, describe al
príncipe Uno Muerte de los mixtecos. Elena, que es siempre tan alegre y
despreocupada, se veía, esa noche, intensa: los colores se le habían subido a
las mejillas y apenas saludó a los amigos que generalmente hacen tertulia en
ese restaurante un tanto gótico. Le pregunté qué deseaba ordenar y no me
contestó; en vez, tomó mi puño y me miró fijamente. Yo ordené dos pepitos con
ajo mientras Elena agitaba su cabellera rosa pálido y se acariciaba el cuello:
—Víctor, nibelungo, por primera vez me doy
cuenta que ustedes tienen razón en ser misóginos y que nosotras nacimos para
que nos detesten. Ya no voy a fingir más. He descubierto que la misoginia es la
condición del amor. Ya sé que estoy equivocada, pero mientras más necesidades
exprese, más me vas a odiar y más me vas a tratar de satisfacer. Víctor,
nibelungo, tienes que comprarme un traje de marinero antiguo como el que saca
Jeanne Moreau.
Yo le dije que me parecía perfecto, con tal de
que lo siguiera esperando todo de mí. Elena me acarició la mano y sonrió.
—Ya sé que no terminas de liberarte, mi amor.
Pero ten fe. Cuando acabes de darme todo lo que yo te pida, tú mismo rogarás
que otro hombre comparta nuestras vidas. Tú mismo pedirás ser Jules. Tú mismo
pedirás que Jim viva con nosotros y soporte el peso. ¿No lo dijo el Güerito?
Amémonos los unos a los otros, cómo no.
Pensé que Elena podría tener razón en el
futuro; sabía después de cuatro años de matrimonio que al lado suyo todas las
reglas morales aprendidas desde la niñez tendían a desvanecerse naturalmente.
Eso he amado siempre en ella: su naturalidad. Nunca niega una regla para
imponer otra, sino para abrir una especie de puerta, como aquellas de los
cuentos infantiles, donde cada hoja ilustrada contiene el anuncio de un jardín,
una cueva, un mar a los que se llega por la apertura secreta de la página
anterior.
—No quiero tener hijos antes de seis años —dijo
una noche, recostada sobre mis piernas, en el salón oscuro de nuestra casa,
mientras escuchábamos discos de Cannonball Adderley; y en la misma casa de
Coyoacán que hemos decorado con estofados policromos y máscaras coloniales de
ojos hipnóticos: —Tú nunca vas a misa y nadie dice nada. Yo tampoco iré y que
digan lo que quieran—; y en el altillo que nos sirve de recámara y que en las
mañanas claras recibe la luz de los volcanes: —Voy a tomar el café con Alejandro
hoy. Es un gran dibujante y se cohibiría si tú estuvieras presente y yo
necesito que me explique a solas algunas cosas—; y mientras me sigue por los
tablones que comunican los pisos inacabados del conjunto de casas que construyo
en el Desierto de los Leones: —Me voy 10 días a viajar en tren por la
república—; y al tomar un café apresurado en el Tirol a media tarde, mientras
mueve los dedos en señal de saludo a los amigos que pasan por la calle de
Hamburgo: —Gracias por llevarme a conocer el burdel, nibelungo. Me pareció como
de tiempos de Toulouse-Lautrec, tan inocente como un cuento de Maupassant. ¿Ya
ves? Ahora averigüé que el pecado y la depravación no están allí, sino en otra
parte—; y después de una exhibición privada de El ángel exterminador: —Víctor,
lo moral es todo lo que da vida y lo inmoral todo lo que quita vida, ¿verdad
que sí?
Y ahora lo repitió, con un pedazo de sándwich
en la boca:
—¿Verdad que tengo razón? Si un ménage à trois
nos da vida y nos hace mejores en nuestras relaciones personales entre tres de
lo que éramos en la relación entre dos, ¿verdad que eso es moral?
Asentí mientras comía, escuchando el
chisporroteo de la carne que se asaba a lo largo de la alta parrilla. Varios
amigos cuidaban de que sus rebanadas estuvieran al punto que deseaban y luego
vinieron a sentarse con nosotros y Elena volvió a reír y a ser la de siempre.
Tuve la mala idea de recorrer los rostros de nuestros amigos con la mirada e
imaginar a cada uno instalado en mi casa, dándole a Elena la porción de
sentimiento, estímulo, pasión o inteligencia que yo, agotado en mis límites,
fuese incapaz de obsequiarle. Mientras observaba este rostro agudamente
dispuesto a escuchar (y yo a veces me canso de oírla), ese amablemente ofrecido
a colmar las lagunas de los razonamientos (yo prefiero que su conversación
carezca de lógica o de consecuencias), aquel más inclinado a formular preguntas
precisas y, según él, reveladoras (y yo nunca uso la palabra, sino el gesto o
la telepatía para poner a Elena en movimiento), me consolaba diciéndome que, al
cabo, lo poco que podrían darle se lo darían a partir de cierto extremo de mi
vida con ella, como un postre, un cordial, un añadido. Aquel, el del peinado a
lo Ringo Starr, le preguntó precisa y reveladoramente por qué seguía siéndome
fiel y Elena le contestó que la infidelidad era hoy una regla, igual que la
comunión todos los viernes antes, y lo dejó de mirar. Ese, el del cuello de
tortuga negro, interpretó la respuesta de Elena añadiendo que, sin duda, mi
mujer quería decir que ahora la fidelidad volvía a ser la actitud rebelde. Y
este, el del perfecto saco eduardiano, solo invitó con la mirada intensamente
oblicua a que Elena hablara más: él sería el perfecto auditor. Elena levantó
los brazos y pidió un café exprés al mozo.
Caminamos tomados de la mano por las calles
empedradas de Coyoacán, bajo los fresnos, experimentando el contraste del día
caluroso que se prendía a nuestras ropas y la noche húmeda que, después del
aguacero de la tarde, sacaba brillo a nuestros ojos y color a nuestras
mejillas. Nos gusta caminar, en silencio, cabizbajos y tomados de la mano, por
las viejas calles que han sido, desde el principio, un punto de encuentro de
nuestras comunes inclinaciones a la asimilación. Creo que de esto nunca hemos
hablado Elena y yo. Ni hace falta. Lo cierto es que nos da placer hacernos de
cosas viejas, como si las rescatáramos de algún olvido doloroso o al tocarlas
les diéramos nueva vida o al buscarles el sitio, la luz y el ambiente adecuados
en la casa, en realidad nos estuviéramos defendiendo contra un olvido semejante
en el futuro. Queda esa manija con fauces de león que encontramos en una
hacienda de los Altos y que acariciamos al abrir el zaguán de la casa, a
sabiendas de que cada caricia la desgasta; queda la cruz de piedra en el
jardín, iluminada por una luz amarilla, que representa cuatro ríos convergentes
de corazones arrancados, quizá, por las mismas manos que después tallaron la
piedra, y quedan los caballos negros de algún carrusel hace tiempo desmontado,
así como los mascarones de proa de bergantines que yacerán en el fondo del mar,
si no muestran su esqueleto de madera en alguna playa de cacatúas solemnes y
tortugas agonizantes.
Elena se quita el suéter y enciende la
chimenea, mientras yo busco los discos de Cannonball, sirvo dos copas de ajenjo
y me recuesto a esperarla sobre el tapete. Elena fuma con la cabeza sobre mis
piernas y los dos escuchamos el lento saxo del Hermano Lateef, a quien
conocimos en el Gold Bug de Nueva York con su figura de brujo congolés vestido
por Disraeli, sus ojos dormidos y gruesos como dos boas africanas, su barbilla
de Svengali segregado y sus labios morados unidos al saxo que enmudece al negro
para hacerlo hablar con una elocuencia tan ajena a su seguramente ronco
tartamudeo de la vida diaria, y las notas lentas, de una plañidera afirmación,
que nunca alcanzan a decir todo lo que quieren porque solo son, de principio a
fin, una búsqueda y una aproximación llenas de un extraño pudor, le dan un
gusto y una dirección a nuestro tacto, que comienza a reproducir el sentido del
instrumento de Lateef: puro anuncio, puro preludio, pura limitación a los goces
preliminares que, por ello, se convierten en el acto mismo.
—Lo que están haciendo los negros americanos es
voltearle el chirrión por el palito a los blancos —dice Elena cuando tomamos
nuestros consabidos lugares en la enorme mesa chippendale del comedor de sus
padres—. El amor, la música, la vitalidad de los negros obligan a los blancos a
justificarse. Fíjense que ahora los blancos persiguen físicamente a los negros
porque al fin se han dado cuenta de que los negros los persiguen
psicológicamente a ellos.
—Pues yo doy gracias de que aquí no haya negros
—dice el padre de Elena al servirse la sopa de poro y papa que le ofrece, en
una humeante sopera de porcelana, el mozo indígena que de día riega los
jardines de la casota de las Lomas.
—Pero eso qué tiene que ver, papá. Es como si
los esquimales dieran gracias por no ser mexicanos. Cada quien es lo que es y
ya. Lo interesante es ver qué pasa cuando entramos en contacto con alguien que
nos pone en duda y sin embargo sabemos que nos hace falta. Y que nos hace falta
porque nos niega.
—Anda, come. Estas conversaciones se vuelven
más idiotas cada domingo. Lo único que sé es que tú no te casaste con un negro,
¿verdad? Higinio, traiga las enchiladas.
Don José nos observa a Elena, a mí y a su
esposa con aire de triunfo, y doña Elena madre, para salvar la conversación
languideciente, relata sus actividades de la semana pasada, yo observo el
mobiliario de brocado color palo de rosa, los jarrones chinos, las cortinas de
gasa y las alfombras de piel de vicuña de esta casa rectilínea detrás de cuyos
enormes ventanales se agitan los eucaliptos de la barranca. Don José sonríe
cuando Higinio le sirve las enchiladas copeteadas de crema y sus ojillos verdes
se llenan de una satisfacción casi patriótica, la misma que he visto en ellos
cuando el presidente agita la bandera el 15 de septiembre, aunque no la misma
—mucho más húmeda— que los enternece cuando se sienta a fumar un puro frente a
su sinfonola privada y escucha boleros. Mis ojos se detienen en la mano pálida
de doña Elena, que juega con el migajón de bolillo y recuenta, con fatiga,
todas las ocupaciones que la mantuvieron activa desde la última vez que nos
vimos. Escucho de lejos esa catarata de idas y venidas, juegos de canasta,
visitas al dispensario de niños pobres, novenarios, bailes de caridad, búsqueda
de cortinas nuevas, pleitos con las criadas, largos telefonazos con los amigos,
suspiradas visitas a curas, bebés, modistas, médicos, relojeros, pasteleros,
ebanistas y enmarcadores. He detenido la mirada en sus dedos pálidos, largos y
acariciantes, que hacen pelotitas con la migaja.
—…les dije que nunca más vinieran a pedirme
dinero a mí, porque yo no manejo nada. Que yo los enviaría con gusto a la
oficina de tu padre y que allí la secretaria los atendería…
…la muñeca delgadísima, de movimientos
lánguidos, y la pulsera con medallones del Cristo del Cubilete, el Año Santo en
Roma y la visita del presidente Kennedy, realzados en cobre y en oro, que
chocan entre sí mientras doña Elena juega con el migajón…
—…bastante hace una con darles su apoyo moral,
¿no te parece? Te busqué el jueves para ir juntas a ver el estreno del Diana.
Hasta mandé al chofer desde temprano a hacer cola, ya ves qué colas hay el día
del estreno…
…y el brazo lleno, de piel muy transparente,
con las venas trazadas como un segundo esqueleto, de vidrio, dibujado detrás de
la tersura blanca.
—…invité a tu prima Sandrita y fui a buscarla
con el coche pero nos entretuvimos con el niño recién nacido. Está precioso.
Ella está muy sentida porque ni siquiera has llamado para felicitarla. Un
telefonazo no te costaría nada, Elenita…
…y el escote negro abierto sobre los senos
altos y apretados como un nuevo animal capturado en un nuevo continente…
—…después de todo, somos de la familia. No
puedes negar tu sangre. Quisiera que tú y Víctor fueran al bautizo. Es el
sábado entrante. La ayudé a escoger los ceniceritos que van a regalarle a los
invitados. Vieras que se nos fue el tiempo platicando y los boletos se quedaron
sin usar.
Levanté la mirada. Doña Elena me miraba. Bajó
en seguida los párpados y dijo que tomaríamos el café en la sala. Don José se
excusó y se fue a la biblioteca, donde tiene esa rocola eléctrica que toca sus
discos favoritos a cambio de un falso 20 introducido por la ranura. Nos
sentamos a tomar el café y a lo lejos el jukebox emitió un glu-glu y empezó a
tocar Nosotros mientras doña Elena encendía el aparato de televisión, pero
dejándolo sin sonido, como lo indicó llevándose un dedo a los labios. Vimos
pasar las imágenes mudas de un programa de tesoro escondido, en el que un
solemne maestro de ceremonias guiaba a los cinco concursantes —dos jovencitas
nerviosas y risueñas peinadas como colmenas, un ama de casa muy modosa y dos
hombres morenos, maduros y melancólicos— hacia el cheque escondido en el
apretado estudio repleto de jarrones, libros de cartón y cajitas de música.
Elena sonrió, sentada junto a mí en la penumbra
de esa sala de pisos de mármol y alcatraces de plástico. No sé de dónde sacó
ese apodo ni qué tiene que ver conmigo, pero ahora empezó a hacer juegos de
palabras con él mientras me acariciaba la mano:
—Nibelungo. Ni Ve Lungo. Nibble Hon-go. Niebla
lunga.
Los personajes grises, rayados, ondulantes
buscaban su tesoro ante nuestra vista y Elena, acurrucada, dejó caer los
zapatos sobre la alfombra y bostezó mientras doña Elena me miraba,
interrogante, aprovechada de la oscuridad, con esos ojos negros muy abiertos y
rodeados de ojeras profundas. Cruzó una pierna y se arregló la falda sobre las
rodillas. Desde la biblioteca nos llegaban los murmullos del bolero: «nosotros,
que nos queremos tanto» y, quizás, algún gruñido del sopor digestivo de don
José. Doña Elena dejó de mirarme para fijar sus grandes ojos negros en los
eucaliptos agitados detrás del ventanal. Seguí su nueva mirada. Elena bostezaba
y ronroneaba, recostada sobre mis rodillas. Le acaricié la nuca. A nuestras
espaldas, la barranca que cruza como una herida salvaje las Lomas de
Chapultepec parecía guardar un fondo de luz secretamente subrayado por la noche
móvil que doblaba la espina de los árboles y despeinaba sus cabelleras pálidas.
—¿Recuerdas Veracruz? —dijo, sonriendo, la
madre a la hija; pero doña Elena me miraba a mí. Elena asintió con un murmullo,
adormilada sobre mis piernas, y yo contesté:
—Sí. Hemos ido muchas veces juntos.
—¿Le gusta? —doña Elena alargó la mano y la
dejó caer sobre el regazo.
—Mucho —le dije—. Dicen que es la última ciudad
mediterránea. Me gusta la comida. Me gusta la gente. Me gusta sentarme horas en
los portales y comer molletes y tomar café.
—Yo soy de allí —dijo la señora; por primera
vez noté sus hoyuelos.
—Sí. Ya lo sé.
—Pero hasta he perdido el acento —rio,
mostrando las encías—. Me casé de 18 años. Y en cuanto vive una en México
pierde el acento jarocho. Usted ya me conoció, pues madurita.
—Todos dicen que usted y Elena parecen
hermanas.
Los labios eran delgados pero agresivos:
—No. Es que ahora recordaba las noches de
tormenta en el golfo. Como que el sol no quiere perderse, ¿sabe usted?, y se
mezcla con la tormenta y todo queda bañado por una luz muy verde, muy pálida, y
una se sofoca detrás de los batientes esperando que pase el agua. La lluvia no
refresca en el trópico. Nomás hace calor. Y no sé por qué los criados tenían
que cerrar los batientes cada vez que venía una tormenta. Tan bonito que
hubiera sido dejarla pasar con las ventanas muy abiertas.
Encendí un cigarrillo:
—Sí, se levantan olores muy espesos. La tierra
se desprende de sus perfumes de tabaco, de café, de pulpa…
—También las recámaras —doña Elena cerró los
ojos.
—¿Cómo?
—Entonces no había clósets —se pasó la mano por
las ligeras arrugas cercanas a los ojos—. En cada cuarto había un ropero y las
criadas tenían la costumbre de colocar hojas de laurel y orégano entre la ropa.
Además, el sol nunca secaba bien algunos rincones. Olía a moho, ¿cómo le diré?,
a musgo…
—Sí, me imagino. Yo nunca he vivido en el
trópico. ¿Lo echa usted de menos?
Y ahora se frotó las muñecas, una contra otra,
y mostró las venas saltonas de las manos:
—A veces. Me cuesta trabajo acordarme.
Figúrese, me casé de 18 años y ya me consideraban quedada.
—¿Y todo esto se lo recordó esa extraña luz que
ha permanecido en el fondo de la barranca?
La mujer se levantó.
—Sí. Son los spots que José mandó poner la
semana pasada. Se ven bonitos, ¿no es cierto?
—Creo que Elena se ha dormido.
Le hice cosquillas en la nariz y Elena despertó
y regresamos en el MG a Coyoacán.
—Perdona esas latas de los domingos —dijo Elena
cuando yo salía a la obra la mañana siguiente—. Qué remedio. Alguna liga debía
quedarnos con la familia y la vida burguesa, aunque sea por necesidad de
contraste.
—¿Qué vas a hacer hoy? —le pregunté mientras
enrollaba mis planos y tomaba mi portafolios.
Elena mordió un higo y se cruzó de brazos y le
sacó la lengua a un Cristo bizco que encontramos una vez en Guanajuato.
—Voy a pintar toda la mañana. Luego voy a comer
con Alejandro para mostrarle mis últimas cosas. En su estudio. Sí, ya lo
terminó. Aquí en el Olivar de los Padres. En la tarde iré a la clase de
francés. Quizá me tome un café y luego te espero en el cine-club. Dan un
western mitológico: High Noon. Mañana quedé en verme con esos chicos negros.
Son de los Black Muslims y estoy temblando por saber qué piensan en realidad.
¿Te das cuenta que solo sabemos de eso por los periódicos? ¿Tú has hablado
alguna vez con un negro norteamericano, nibelungo? Mañana en la tarde no te
atrevas a molestarme. Me voy a encerrar a leerme Nerval de cabo a rabo. Ni crea
Juan que vuelve a apantallarme con el soleil noir de la mélancolie y llamándose
a sí mismo el viudo y el desconsolado. Ya lo caché y le voy a dar un baño
mañana en la noche. Sí, va a «tirar» una fiesta de disfraces. Tenemos que ir
vestidos de murales mexicanos. Más vale asimilar eso de una vez. Cómprame unos
alcatraces, Víctor nibelunguito, y si quieres vístete del cruel conquistador
Alvarado que marcaba con hierros candentes a las indias antes de poseerlas. Oh
Sade, where is the whip? Ah, y el miércoles toca Miles Davies en Bellas Artes.
Es un poco passé, pero de todos modos me alborota el hormonamen. Compra
boletos. Chao, amor.
Me besó la nuca y no pude abrazarla por los
rollos de proyectos que traía entre manos, pero arranqué en el auto con el
aroma del higo en el cuello y la imagen de Elena con mi camisa puesta,
desabotonada y amarrada a la altura del ombligo y sus estrechos pantalones de
torero y los pies descalzos, disponiéndose a… ¿iba a leer un poema o a pintar
un cuadro? Pensé que pronto tendríamos que salir juntos de viaje. Eso nos
acercaba más que nada. Llegué al periférico. No sé por qué, en vez de cruzar el
puente de Altavista hacia el Desierto de los Leones, entré al anillo y aceleré.
Sí, a veces lo hago. Quiero estar solo y correr y reírme cuando alguien me la
refresca. Y, quizá, guardar durante media hora la imagen de Elena al
despedirme, su naturalidad, su piel dorada, sus ojos verdes, sus infinitos
proyectos, y pensar que soy muy feliz a su lado, que nadie puede ser más feliz
al lado de una mujer tan vivaz, tan moderna, que… que me… que me complementa
tanto.
Paso al lado de una fundidora de vidrio, de una
iglesia barroca, de una montaña rusa, de un bosque de ahuehuetes. ¿Dónde he
escuchado esa palabrita? Complementar. Giro alrededor de la Fuente de Petróleos
y subo por el Paseo de la Reforma. Todos los automóviles descienden al centro
de la ciudad, que reverbera al fondo detrás de un velo impalpable y sofocante.
Yo asciendo a las Lomas de Chapultepec, donde a estas horas solo quedan los
criados y las señoras, donde los maridos se han ido al trabajo y los niños a la
escuela y seguramente mi otra Elena, mi complemento, debe esperar en su cama
tibia con los ojos negros y ojerosos muy azorados y la carne blanca y madura y
honda y perfumada como la ropa en los bargueños tropicales.
Carlos Fuentes, 1964
Publicado por Antonio F. Rodríguez.