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domingo, 8 de marzo de 2026

Los lanceros del Himalaya

No, no es la imagen del rodaje de una película, es una imagen real y actual. En ella puede verse a un grupo de soldados chinos entrenándose en la montaña con escudos antidisturbios y lanzas. ¿Por qué? Porque en la frontera chino-india está prohibido el uso de armas de fuego a menos de 2 km de distancia de la Línea de Control Real (LAC), una línea límite provisional y de trabajo que evidencia la falta de acuerdo en muchos puntos de la frontera.

China e India mantienen disputas fronterizas desde hace mucho tiempo, pero desde 1996 los soldados defienden sus territorios con lanzas, palos y piedras, ya que ambos países firmaron un acuerdo para evitar una escalada armamentística en la zona. Hay que recordar que los dos tienen armamento nuclear.

La frontera de marras tiene unos 4000 km de longitud, atraviesa el Himalaya y está considerada la más peligrosa del mundo. Los problemas provienen de las líneas fronterizas definidas por las autoridades coloniales británicas, que no tuvieron en cuenta ni límites naturales y etnográficos ni el acuerdo de las poblaciones de ambas partes. La LAC fue establecida tras el alto al fuego de la guerra sino-india de 1962, que dejó varios miles de soldados muertos de amos bandos. En esa guerra, China ocupó zonas que todavía reclama la India. Esa línea no fue aceptada por ambos países hasta 1993. Y lo más curioso es que a las dos potencias nucleares les interesa enfrentarse a palos; los dos países quieren dejar claras sus pretensiones y defender lo que consideran sus territorio, pero no les interesa entrar en guerra.

En este vídeo puede verse un combate peculiar que tuvo lugar en 2020, con el resultado de más de 20 muertos en cada bando.


Publicado por Antonio F. Rodríguez.

viernes, 20 de febrero de 2026

Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo - Rosa Sala Rose

Título: Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo
Autora: Rosa Sala Rose
 
Páginas: 509
 
Editorial: Acantilado
 
Precio: 20 euros 
 
Año de edición: 2003

Publicado en el año 2003, el Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo, escrito por la germanista Rosa Sala Rose, es uno de los mejores libros para entender la mitología nazi, sus orígenes y sus desastrosas consecuencias. No es nada fácil resumir en 500 páginas el alucinante panorama simbólico de una ideología que desencadenó la mayor tragedia del siglo XX. El nazismo tuvo una innegable capacidad de fascinación. Era un movimiento de masas con una decidida impronta mesiánica y redentorista, lo que le aproximaba sin duda a los credos religiosos. De esta forma, como religión política, el nazismo se expresó a través una larga serie de elementos mitológicos y simbólicos, a menudo de carácter cuasisagrado, estudiados a fondo en este diccionario: antorcha, arma milagrosa, Grial, esvástica, Parsifal, sangre y tierra, victoria final o crepúsculo de los dioses.

Y es que los nazis tenían un paraíso a la vuelta de la esquina: el reich de los mil años; un mesías: Adolf Hitler (que en algunos momentos especialmente delirantes sustituyó a Dios); santos y mártires como Horst Wessel o los caídos en el patético putsch de Múnich en 1923; unos seres demoníacos dedicados a boicotear el proyecto milenario ario: los judíos y sus instrumentos, como el comunismo, la masonería o el capital financiero, e incluso un sacramento de comunión obligatoria: la pureza de la sangre nórdica, única creadora de cultura y formas perfectas, apolíneas y luminosas (soñar el mito y formar un tipo, decía el ideólogo Rosenberg). Este abigarrado panorama de creencias irracionales, teorías pseudocientíficas y oscuras liturgias es el que Rosa Sala desentraña con gran conocimiento, precisión conceptual y excelente pluma. 

Como escribe Rafael Argullol en su prólogo, «lo valiente es comprender». Comprender implica racionalizar aquello que por definición es irracional. El nazismo tenía dos caras: por un lado, el rostro de una ideología moderna y secular de una terrible eficiencia tecnocrática y destructiva (lo que Sala Rose llama «los vistosos ropajes de la ciencia»); pero, por el otro, presenta también el aspecto de un culto místico a la naturaleza entendida al modo darwinista, que se configura en una cosmovisión dualista, apocalíptica y maniquea, por utilizar de nuevo palabras de la autora. Así que, ordenados alfabéticamente, se repasan una serie de jalones para entender la geografía «delirante y perversa» del nacionalsocialismo. Esas imágenes definieron al credo nazi y representaron su esencia antes del derrumbe de 1945. Poco queda hoy de todo aquello, excepto algunas ruinas, libros ilegibles, cuadros malos, esculturas ridículas y crímenes inolvidables. 

Algunos ejemplos. Los nazis creían con fervor en la victoria final. Claro que a partir de 1943 la tal victoria se daba de bruces con la cruda realidad: Alemania retrocedía en todos los frentes y cada noche sus ciudades ardían como antorchas, con lo que perecían miles de personas. Pero para la religión nazi era impensable que el «bien» (ellos) fuera derrotado por el «mal» (casi todos los demás, excepto Japón e Italia, hasta la espantada de 1943). Así que únicamente quedaba creer contra toda lógica, aguantar y soñar con un milagrito descendido del Walhalla, paraíso germánico que fue repintado para la ocasión. 

Para conseguir la victoria final, los nazis confiaban en armas milagrosas (nótese la pintoresca mixtura entre fe y tecnología) que, en el último momento, darían la victoria a Alemania. Pero las armas milagrosas llegaron tarde y eran demasiado pocas. Así que, como consuelo, quedaba un final de ópera wagneriana, el crepúsculo de los dioses, entre nubes de humo, crujir de dientes y millones de muertos. El perturbado Goebbels llegó a glorificar la misma destrucción de su país. La escenografía nazi se las arregló para durar hasta que cayó el telón. 

De esta manera, la autora analiza, entre otras muchas entradas, la curiosa batalla nazi (siempre el belicismo) contra el tabaquismo (el führer no fumaba, al contrario que sus archienemigos Stalin, Churchill, y Roosevelt) o la estrambótica oposición al asfalto, que para los nazis simbolizaba los peligros de la gran ciudad, con su cosmopolitismo, cabarets y judíos, frente a la pureza rubia del mundo rural, anclado en tradiciones inmemoriales de sangre y tierra. Frente al anonimato urbano, el arraigo del terruño. Una idea romántica que hacía furor en una Alemania cada vez más urbana e industrializada. Frente al ario rural y campesino estaba el judío cosmopolita, sofisticado y urbano. 

El judío representa en la cosmovisión nazi toda la suma de errores, horrores y pecados capitales. Lo mismo son comunistas que capitalistas, reaccionarios que revolucionarios, ricos que pobres. Pero todos los judíos quieren, al parecer, hacerle la puñeta al señor Hitler y sus providenciales designios de gloria nórdica. Representan el humanismo abstracto, la modernidad, frente a la obsesión identitaria y etnocéntrica característica de los nazis. En definitiva: son el mal. 

Aquellos que quieran tener una visión ordenada del «cuerpo histórico, filosófico y aun psicológico del nazismo» (Argullol) deberían leer este magnífico libro. Cada entrada del diccionario lleva a otra y se puede empezar su lectura tanto por el principio como por el final. El volumen se completa con un glosario de nombres realmente útil para orientarse entre tantos payasos, locos y asesinos. Conclusión: una aportación española ya clásica en el inagotable archipiélago bibliográfico sobre el nazismo. Excelente. 

Rosa Sala Rose
 
Rosa Sala Rose (1969) es una ensayista y traductora española nacida en Barcelona de padre español y madre alemana. Rosa Sala es licenciada en filología germánica por la Universidad de Barcelona, además de doctora en filología románica por la misma universidad. Traductora de autores clásicos como Goethe o Thomas Mann, es también una gran estudiosa de la cultura alemana, con títulos imprescindibles como el Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo (2003), El misterioso caso alemán. Un intento de entender Alemania a través de sus letras (2007) o El marqués y la esvástica (2014), escrito en colaboración con Plàcid García-Planas. Rosa Sala se dedica asimismo a la promoción cultural. 
 
Publicado por Alberto.

jueves, 15 de enero de 2026

Contra los partidos políticos - Simone Weil

Título: Contra los partidos políticos
Autora: Simone Weil
 
Páginas: 72
 
Editorial: Altamarea
 
Precio: 10,90 euros 
 
Año de edición: 2024
 
Cuatro virtudes llaman la atención del lector cuando lee a esta autora singular: su lucidez, la claridad de sus ideas, el rigor inapelable de sus razonamientos y su claridad expositiva. Cualidades solo al alcance de los grandes ensayistas. En este caso, Weil construye una diatriba estupendamente bien construida contra los partidos políticos, tal y como los conocemos en occidente.
 
Primero, expone que los partidos políticos son esencialmente totalitarios, luchan denodadamente por su supervivencia y por la aniquilación del adversario, lo que no es muy democrático que digamos. Por otro lado, más que dedicarse a formar a la población y a convencerla con argumentos, se dedican a encender y alimentar pasiones, que mueven más fácilmente a la población que los argumentos. De todo ello, concluye que las democracias funcionarían mucho mejor sin partidos, con una relación directa entre políticos y votantes.
 
La verdad es que la lógica de esta autora es contundente y su pensamiento avanza con la potencia de una apisonadora y con la ligereza de los textos bien escritos. No le falta razón cuando completa un retrato tan negativo de las facciones políticas. En España, por ejemplo, incumplen flagrantemente la Constitución, que en su artículo 6 establece que «Su estructura interna y funcionamiento deben ser democráticos»
 
Hay muchas frases que vale la pena resaltar, como por ejemplo: «Un partido político es una máquina de fabricación de pasión colectiva», «Al entrar en un partido se renuncia a buscar únicamente el bien público y la justicia», «La verdad son los pensamientos que surgen en la mente de una criatura pensante deseosa única, total y exclusivamente de la verdad», «La mentira y el error son los pensamientos de quienes no desean la verdad o de quienes desean la verdad y algo más», «¿Cómo desear la verdad si no se sabe nada de ella?», «Hay que admitir que el mecanismo espiritual y mental propio de los partidos políticos lo introdujo en la Historia la Iglesia Católica en su lucha contra la herejía», «De todas maneras, hay mucha gente dada a los estupefacientes», «La conclusión es que la institución de los partidos políticos constituye un mal casi puro».
 
Por añadidura, la autora nos ofrece comentarios muy interesantes sobre El contrato social de Rousseau. El volumen se completa con otro pequeño ensayo, o artículo, de esta fascinante mujer, con algunas reflexiones sobre la revuelta, relativas a cómo se comportó Francia durante la Segunda Guerra Mundial y una serie de ideas acerca de cómo organizar la resistencia y coordinarla con los aliados.
 
En fin, un librito muy agradable y fácil de leer, que constituye una excelente introducción a esta autora tan interesante. Como decíamos, combina un lenguaje claro y sencillo, que parece divulgativo, con una lucidez deslumbrante y un mensaje claro y penetrante. Una maravilla. Hay que leer más a Simone Weil.
 
La impecable traducción del francés es obra del poeta y traductor uruguayo, afincado en ArgentinaAníbal Díaz Gallinal.
 
Simone Weil (París, 1909-1943) fue una filósofa, activista y mística francesa. Nació en una familia judía, intelectual y laica. Su padre era médico y su hermano mayor, un matemático brillante. Estudió Filosofía y Literatura en la Universidad de la Sorbona, obtuvo las mejores calificaciones, por delante de Simone de Beauvoir y empezó una carrera como profesora en varios liceos de la capital francesa.
 
En los años 30 visitó Alemania y describió con lucidez en varios artículos hacia dónde se dirigía ese país. Su compromiso político la llevó a contribuir a la formación de obreros con charlas y conferencias, a publicar artículos y a acoger en su casa a judíos que huían del nazismo. También acogió a Trotsky en su casa y mantuvo polémicas con él hasta altas horas de la madrigada sobre los métodos lícitos para hacer la revolución. A los 25 años huyó de París y trabajo, primero en la Renault y luego como agricultora en Marsella.
 
Pacifista radical, sindicalista revolucionaria, filósofa de altura, supo compatibilizar su actividad pública y sus posturas con un misticismo profundo. Luchó contra el levantamiento de Franco en la  columna Durruti y en el frente de Aragón. Se sintió cómplice de las atrocidades cometidas en el bando republicano. Murió de tuberculosis a los 34 años. Nos dejó 21 libros de ensayos, artículos y memorias. Albert Camus dijo de ella que era «el único gran espíritu de nuestro tiempo».
 
Simone Weil
  
Publicado por Antonio F. Rodríguez.

viernes, 24 de octubre de 2025

Fascismo y populismo - Antonio Scurati

Título: Fascismo y populismo
Autor: Antonio Scurati
 
Páginas: 104
 
Editorial: Debate
 
Precio: 12,90 euros
 
Año de edición: 2024

Antonio Scurati es uno de los escritores italianos más reconocidos de estos últimos años. Su monumental serie de novelas sobre Mussolini ha tenido un gran éxito. Como mandamás de su país entre 1922 y 1943, el Duce fue uno de los grandes histriones del siglo veinte. El patriarca del fascismo inauguró una nueva forma de hacer política en la era de las masas. La política de la antipolítica, de la estética, del ademán provocador y de la violencia (retórica, gestual y física). En este sentido, el orgulloso Mussolini fue un precursor. Un genio de la peor política. Hasta Hitler, hombre parco en elogios, reconoció que la camisa parda nunca hubiera existido sin la camisa negra. 

En este breve ensayo, Fascismo y populismo (2024), Antonio Scurati aborda la posible supervivencia de algunos rasgos del fascismo histórico en el populismo actual. La demagogia del presente no es fascista, pero conserva ecos del fascismo. En Italia el fascismo es visto con bastante indulgencia. Scurati no se asombra de que la derecha radical italiana, heredera del fascismo, haya alcanzado el poder con la pequeñita y rubia Giorgia Meloni, que no es Mussolini, aunque los dos apellidos empiecen por m. Para las nuevas generaciones, el fascismo no significa nada. El recuerdo candente de una derrota catastrófica fue decisivo en el consenso antifascista que se agrietó hace ya décadas. En realidad, la era fascista desapareció en 1945. Pero sobreviven ciertas innovaciones discursivas y de imagen ensayadas por Mussolini.  

Mussolini era periodista. Sabía simplificar, agredir y acuñar grandes eslóganes. No se trataba de pensar. Había que actuar de manera decidida contra los malos: los rojos. La violencia estaba en el corazón del fascismo. Era su razón de ser, su lógica interna, su espíritu. No todos los violentos eran fascistas, pero todos los fascistas estaban dispuestos a usar la violencia como medio y como fin. Como medio para alcanzar el poder y luego conservarlo. Nunca de manera estática. Los fascistas siempre querían ir más allá, ampliando su poder hasta el infinito. Por esa razón la violencia era un fin en sí mismo.

Alguien definió acertadamente el fascismo como el triunfo de la bofetada sobre la ley. Los fascistas convirtieron la violencia en una terapia curativa sobre un cuerpo enfermo. Era tan necesaria como una operación quirúrgica. Administrarla equivalía a cortar una infección. Demostrar preocupación por la salud era una conducta buena y noble. La violencia es moral porque salva a la sociedad. Los fascistas creían que el mundo era de los sanos y los fuertes. Los primeros compinches de Mussolini eran veteranos de la Primera Guerra Mundial. Muchos de ellos, criminales profesionales. La violencia era su vida. 

Populismo. El autor resalta que Mussolini inventó el absolutismo moderno. Si el rey absoluto era el Estado, el dictador fascista se identificaba con el pueblo. El pueblo soy yo, clamaba Mussolini. Pretendía tener línea directa con la providencia, saber lo que quería para Italia y lo que querían los italianos. La democracia populista del fascismo era un teatro de masas en donde las marionetas aplaudían frenéticas al líder clarividente que nunca se equivocaba. Pero el líder era un táctico sin estrategia. Arrastraba al pueblo y se dejaba arrastrar por él. Las grandes palabras, los gestos tremebundos, escondían dudas y vacilaciones. Mussolini era un globo hinchado por las ilusiones de una masa enfervorizada. El desastre llegó. El globo acabó pinchando. 

El gran líder tiene un gesto fuerte, decidido y viril. La rotundidad del cuerpo manifiesta propósitos sólidos. El cuerpo es un símbolo. Scurati recuerda el trágico fin de Mussolini. Su cadáver fue destrozado por aquellos que antes se rendían ante sus botas. Del Duce caído todos hicieron literalmente leña. El derrumbe del fascismo significó la destrucción física de su fundador. Acabado el espectáculo, de los aplausos se pasó al pateo. 

¿Queda en la actualidad algo de todo esto? Por desgracia, mucho. El populismo simplifica. Se basa en eslóganes, fake news e insultos en las redes sociales. La racionalidad desaparece con los zascas. El maniqueísmo es inevitable. Antes los enemigos eran comunistas, judíos, masones o simples liberales. Ahora son los inmigrantes, sobre todo musulmanes. El miedo y su consecuencia, el odio, son connaturales al populismo reaccionario. Tampoco el parlamentarismo, inherente a la democracia liberal, es de su gusto. La democracia populachera es más directa: consiste en asaltar el parlamento, en vaciarlo de contenido, e incluso de diputados si se puede. Después de todo, dicen, todos sabemos que los políticos son unos ladrones, solo saben parlotear y etc., etc.

Y queda el hombre fuerte, el Mussolini de nuestros días. Existen varios candidatos. Quizá sea Trump el más mussoliniano de todos: mentón levantado con chulería, gestos grotescos y desabridos, aires de matón de verbena, seguridad pueblerina, división del mundo entre buenos y malos e identificación de su porte macizo con la dureza de unos EE. UU. primigenios. De nuevo, la política del cuerpo y del gesto. Este librito de Scurati se leerá con provecho como recordatorio del fascismo y como advertencia de lo que tenemos encima, que no es el fascismo, pero a veces se le parece. Recomendable. 

Antonio Scurati

Antonio Scurati (1969) es un escritor italiano nacido en Nápoles. La carrera de Scurati fue en principio académica, ya que es graduado en filosofía por la Universidad de Milán, para luego obtener el doctorado en teoría y análisis del texto en la Universidad de Bérgamo. Ha sido profesor en estas mismas universidades de escritura creativa, entre otras especialidades, además de autor de varios ensayos. Su gran éxito vino con Hijo del siglo (2020), una voluminosa y apasionante novela sobre la vida y milagros de Mussolini. Scurati sigue trabajando sobre el personaje.  

Publicado por Alberto.