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viernes, 17 de julio de 2015

La ciudad y los perros - Mario Vargas Llosa

       
Título: La ciudad y los perros
Autor: Mario Vargas Llosa
 
Páginas: 488

Editorial: Alfaguara

Precio: 19,90 euros

 
Año: 2004

Si hay algo de lo que sabe hablar Vargas Llosa es de la soledad del ser humano, de su posición frente al poder y de la desolación de quien lo sufre si no sabe adaptarse a las circunstancias, a las maquinaciones del poder ejercido por los políticos, por los militares, por los padres o por los más fuertes.

La ciudad y los perros, es una novela coral. Con su peculiar estilo de retazos, de pinceladas sueltas, dejando destellos de vida de uno y otro personaje en tiempos verbales distintos, presente, pasado y futuro se van entremezclando en una sucesión de párrafos a los que es difícil cogerle el aire, a las primeras de cambio. Va trufando frases aisladas, pensamientos, monólogos, dentro de la descripción de una escena, que te hace frenar o volver atrás en la narración para comprobar quien habla, y si el que habla es el adolescente antes de entrar en el colegio  o una vez salió o durante su estancia. De claras influencias faulknerianas, sobresale la voz en primera persona de varios personajes (Boa, el Jaguar, Alberto) que toman el control del libro hasta hacer posible que nos identificarnos con ellos, con las circunstancias que los llevaron al colegio, con su vida anterior y a través de sus soliloquios, de sus reflexiones vamos tomando el pulso de la narración.
   
Esta novela es el Perú y sus circunstancias, representadas dentro de la vida de un colegio militar. Dentro de la niebla y las miserias del Leoncio Prado, el autor empieza a retratar a una serie de personajes desarraigados, antitéticos, forzados a convivir en una especie de coctelera tortuosa donde sólo impera la ley de los fuertes, de los pillos, de los escaqueos frente a los castigos, de las escapadas, de los arrestos de fines de semana.

En una de sus novelas más peruanas, junto a «Conversación en la catedral»Don Mario acude constantemente a sus calles, a sus avenidas, a sus barrios míticos, a las conversaciones de la calle, a palabras invariablemente  peruanas, a la playa, a las tascas, al pisco, las cuadras, la cristina, la vicuña, la Malpapeada... que llegan a ser personajes tan principales en la novela como los propios protagonistas.

Es un autor que ha estado crónicamente preocupado por el poder, en El Estado, en la familia o en un Colegio Militar, aquí nos habla del poder en sus múltiples variantes y de cómo el carácter, la personalidad te posicionan en esa escala de poder, te ubican, hasta llegar a condenarte o a salvarte, y de la habilidad de quienes siempre saben ejercerlo, gambeteando los lances que te acechan en su conquista. El Leoncio Prado, el Colegio, es un teatro donde se representa la vida del Perú, vista bajo unos espejos cóncavo-convexos, donde una suerte de críos sobreviven bajo las amenazas de  los más «viriles», los más crueles, donde se impone un «subpoder» que escapa de la jerarquía oficial o que esta no quiere ver, para hacer de los críos más «hombres» . Espectros de alumnos que malviven en literas contiguas, entre prácticas castrenses, robos de exámenes, arrestos de fines de semana y novatadas a los perros del primer año. Donde se aceptan las reglas resignadamente y  los inadaptados, los débiles acaban pagando muy caro su desapego.

«El cabello crecía lentamente sobre los craneos y también la codicia de la calle».

Acaba uno de leer el libro con la sensación de que la vida sigue, a pesar de todo, a pesar de que haya un joven teniente que ha cumplido con su deber como militar y ciudadano y que acaba siendo trasladado a unos de los confines del país, a pesar del asesinato de un alumno, a pesar del mayor,  de Gamboa, de Huarina, de Vallano, de la Pies Dorados.... la vida sigue por Miraflores, por La Perla, por Diego Ferré, por el Callao...

Mario Vargas Llosa

Publicado por Gregorio Camacho.

lunes, 23 de marzo de 2015

Pedro Páramo - Juan Rulfo


Título: Pedro Páramo
Autor: Juan Rulfo

Páginas: 272
 

Editorial: Cátedra

Precio: 8,20 euros
 
Año de edición: 2004 (8ª edición)

Dicen que una de las grandezas de la literatura, del cine, de la pintura, del arte en general, es la de convertir lo cotidiano es algo mágico, de ser capaz de explicar las sensaciones, los sentimientos, los sueños y que nos sintamos identificados con lo nos están contando. Que toda esa creación nos envuelva y nos transporte hasta lugares o espacios desconocidos increíbles, de creernos únicos y especiales por ese instante. Por eso son muy pocos los llamados a conseguirlo, por eso es tan cara la gracia de los que la poseen.

Quizás el lenguaje sea uno de los instrumentos más difíciles con los que trabajar, un código que ha inventado el hombre, al que le ha aplicado unas reglas para que todos nos entendamos, una herramienta complicada de doblegar y manejar, más intangible, que un pincel, una cámara o un trozo de mármol, no lo sé.

Pero cuando se consigue subvertir el orden acordado de ese código, pero desde dentro de sus reglas, cuando se juega con sus ingredientes, como un cocinero imaginativo juega con los ingredientes de un plato tradicional hasta conseguir otro radicalmente distinto, el resultado nos rompe los esquemas, nos ilumina y nos conmueve.

Desde que los juglares cantaran aquellas gestas en el medievo donde se ganaban la vida, de poblado en poblado para divertir a reyes, nobles o al pueblo llano con sus chanzas y sus historias, nuestra lengua, el castellano, ha sufrido una serie de hitos, lo han acariciado autores, capaces de exprimir y de sacarle resultados nunca alcanzados antes. Cervantes, Garcilaso, Quevedo, Galdós, García Márquez, Rulfo, etc.

Y es cierto que con lo que sueña cualquier escritor que se precie es conseguir interesar por lo que escribe, por cómo lo escribe y si es posible innovar con ambas cosas, con el contenido y con la forma. 

«Y su voz era secreta, casi apagada, como si hablara consigo misma... Mi madre». 

La novela que nos ocupa, entera, se mueve en el terreno de lo onírico, desde que empezamos a leerla hay síntomas, de que algo raro pasa, desde que Juan Preciado le pregunta al arriero que encuentra por el camino a su llegada a Comala, Abundio, por doña Eduviges, nos parece que los personajes flotan y se mueven en un marco espacio-tiemporal desconocido.

Todo el libro está escrito con un estilo depurado, con un gran manejo del lenguaje, que resulta ser como una suave melodía, muy lírico, muy poético, engastando términos mejicanos, americanismos, contantemente dentro del texto (tiliches, papalotes, chicote...). Se altera constantemente el orden de las frases, los diálogos, las voces de los personajes. Dentro un mismo fragmento tiempos y situaciones distintas se entremezclan, sin aparente conexión entre ellos, hasta que una frase o una descripción relaciona y da sentido a todo ese puzle.

Dentro de las pocas pistas, de las pocas ayudas, que nos ofrece Rulfo, para seguir su hilo conductor está su división en fragmentos, apenas separados, por dos espacios en blanco. Ningún capítulo, ninguna numeración se atisba, nada que nos de un respiro en el transcurrir de la historia. 

Proponemos un juego y es leer alguno de esos fragmentos sueltos, como relatos breves y tengo que decir que todos tienen sentido, en especial el último del libro, el que cierra la novela, que podría ser uno de los grandes relatos del realismo mágico a la altura, verbi gratia, de «Continuidad de los parques» de Cortázar.

Debió ser un tipo muy extraño, muy lúcido, así me lo atestigua alguien que apenas lo vió un par de veces, muy metódico y un gran fotógrafo. Su novela se compone de 69 fotografías, 69 párrafos, si no me he equivocado al contarlos, que unidos dan lugar a un libro, distinto, a una película muy original, ambientada en cualquier pueblo de México, o del mundo. Sus personajes son retazos de seres humanos, almas desangeladas que rumian sus pesares en un limbo en forma de pueblo, a quienes Rulfo debió conocer en algún momento, hasta distosionarlos y aplicarles su imaginación, su inventiva y convertirlos en habitantes de Comala. Comala es la orilla de la que parte la barca de Caronte al cruzar la laguna Estigia donde el alma deja todos sus recuerdos: 

«mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa.» 

Escribir es quizás el más ingrato de los oficios, pasarse el día entero sentado para radactar apenas dos líneas, como decía Gabo, y después estar dispuesto a borrarlo todo porque no te gusta y entregarlo sin que te guste y no leerlo cuando se publica porque te avergüenzas de aquella frase, tan cursi y que te inviten a una tertulia a hablar de tu libro para que te hagan determinadas preguntas cuando te horrorizan que se dirijan a ti sobre ese librillo. Y querer llamar al editor para que te deje el manuscrito y rectificarlo o querer reeditarlo si ha habido ventas que merezcan reeditarlo, o empezar a pensar en el próximo libro cuando aún no te has repuesto del anterior, es todo un ejercicio de valentía torera, hay que ser muy valiente para caer otra vez en lo mismo; pasar las mañanas encerrado, como un opositor mientras en la calle florece la primavera y se llenan las terrazas de gente y tu estás con el retrato de un personaje, que es gordo, que se quedó huérfano de pequeño, que encima es un antihéroe, y tienes que darle un tono de voz, un halo de gracia, engastarlo en la trama, dotarlo de pulso narrativo, y te acuerdas de tu vecino, que más o menos es así, y empiezas a describirlo, solo que con otro nombre…

Quizás es lo que le debió ocurrir a Rulfo para haberlo dicho todo en dos obras, quien para alguien lacónico es mucho y es todo.

Juan Rulfo

Publicado por Gregorio Camacho.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Pastoral americana - Philip Roth


Título: Pastoral americana
Autor: Philip Roth

Páginas: 512

Editorial: Debolsillo
 
Precio: 8,95 euros
 
Año de edición: 2009
 

¿Y qué tiene de malo la vida de los Levov? ¿Qué hay en este mundo menos reprensible que la vida de los Levov? Con esta  pregunta retórica, ¿o no?, termina después de más de quinientas páginas, «Pastoral Americana»

Los Levov son una familia americana, de clase acomodada de Newark (Nueva Jersey), con una próspera industria en el sector del guante. El padre, Seymour, apodado el Sueco, es alto, guapo, destacado atleta universitario, buen padre de familia y judío. La madre, Dawn, hija de un fontanero, fue Miss New Jersey en 1949, gran esposa, ama de casa y católica. Todo es ideal, pero…la hija, Merry, representa la válvula de escape de la conciencia de la familia y, se podría decir que, de toda una generación, de una forma de vida y de una sociedad, la occidental, la americana, la sociedad «bien», que tapa sus neurosis con grandes mansiones, vinos caros y colegios privados.

Philip Roth (Newark, 1933) hace un ejercicio de introspección psicológica encomiable en esta novela, va trepanando, como un escultor, hasta ir quitando capas y reduciendo a sus personajes a un armazón básico, sin apenas ropajes, hasta un juicio sumario cuyo único juez es el lector. ¿Es tan idílico el paisaje?, el éxito en los negocios, en la escuela, ante los amigos ¿lo es todo? ¿la cultura y la intelectualidad son una garantía de felicidad? ¿qué antídoto hay frente a la soledad?. 

Todas esas preguntas van rondando la cabeza del lector sugestionado por Roth, quien en su tarea de demiurgo, va tejiendo una cosmogonía paralela a la real, a la oficial, a la satisfactoria, a la que sale en las revistas de decoración. Todo ello con el telón de fondo de una serie de acontecimientos enloquecidos y cruciales, en una época concreta, muy identificables, como es la de la Guerra de Vietnam y el Caso Watergate, una época que acaba incidiendo en la conducta de los personajes e influyendo decididamente en sus vidas y que posteriormente daría paso a una forma de vida nueva y a una cadena de protestas sociales. 

Roth realiza la crónica de una época de los Estados Unidos, a través de una serie de personajes que se quedan sin muletas a las que asirse, que han invertido toda su ilusión y sus esfuerzos  en un modelo de vida que no tiene todas las respuestas, que no promete la felicidad, pese a que parezca lo contrario. En pleno apogeo de la revolución industrial y del sistema capitalista, todos sus «modelos de ciudadanos ideales» hacen agua y naufragan, y el lector va siendo cómplice de ese análisis profundo. 

En un libro donde aparecen los grandes temas universales, las grandes preguntas, los clásicos, el Sueco Levov, a modo de moderno Odiseo, tiene que aventurarse a conquistar un montón de cosas que creía conquistadas: su mujer, su hija, que desaparece del hogar familiar a los dieciséis años tras cometer un acto delictivo, sus padres, sus amigos, mientras todos se sientan en la mesa ante el gran pavo de Acción de Gracias, que constituye la «Pastoral americana», el día en el que comen judíos con católicos, irlandeses con italianos, sin preguntarse por su origen como ciudadanos de un mundo nuevo en el país de las oportunidades.

Sin entrar en listas ni en apuestas, podemos decir que este libro tiene detrás a un autor de mucho fuste, perfectamente asentado en su profesión, que controla completamente el oficio, un gran narrador y creador de personajes de gran complejidad y personalidad. 

Estructurada en tres partes, esta obra empieza como un libro de memorias del omnipresente Nathan Zuckerman, para pasar en su segunda y tercera parte, para mi la mejor, a dar voz a un narrador en tercera persona que nos describe un elenco de personajes que giran alrededor del Sueco y su familia, utilizando párrafos muy largos, frases muy reflexivas y descripciones pormenorizadas de paisajes, casas y situaciones. Hacia el final de la tercera parte parece desenredarse el jeroglífico, aparecen las respuestas a preguntas aparentemente sin respuesta, que nadie va a responder jamás porque la vida es un gran jeroglífico, como todos presuponen, porque las soluciones son tan variadas como caras tiene un poliedro, donde cada apuesta es una vida en sí sin retorno posible y donde los errores se pagan en años transcurridos.

«Pastoral Americana», a parte de una crónica de la América rica y todopoderosa, puede ser también una crónica vital del ser humano de cualquier lugar, en la que afloran los sentimientos, las pasiones de la vida y las dudas. Detrás de ella, se esconde aparte de un forjador del lenguaje, un gran observador del ser humano, que ensambla frases rotundas («Todos tenemos hogar. Es ahí donde todo sale mal», «Uno cree que puede proteger a una familia y resulta que ni siquiera puede protegerse a sí mismo») con conversaciones triviales ante el té con pastel de la tarde.
   
Philip Roth

Publicado por Gregorio Camacho.