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miércoles, 31 de julio de 2019

Cómo aprendí a leer - Agnès Desarthe


Título: Cómo aprendí a leer
Autor: Agnés Desarthe
 

Páginas: 165
 
Editorial: Periférica
 

Precio: 16,50 euros 
 

Año de edición: 2014

Este curioso y original ensayo, en forma de libro de memorias, cuenta los recuerdos de infancia de la autora. Una niña francesa que no quiere ir al colegio, no quiere aprender a leer porque le aburre, pero si desea escribir porque ve cómo lo hace su hermano y quiere imitarle.

A partir de ahí se van desgranando una serie de recuerdos, poéticos, primigenios y fascinantes de la primerísima primera infancia de Agnés, tan antiguos que el lector duda si serán realmente recuerdos, si estarán inventados o si serán una sabia mezcla de ambas cosas.

El resultado es fascinante, me gustaría conocer la opinión de un psicólogo infantil, porque me parece un texto de indagación en la memoria y los recuerdos infantiles fascinante, que abre la puerta a un mundo mágico y olvidado que todos llevamos encerrado dentro. La capacidad de evocación de este libro es maravillosa y más de uno se encontrará con recuerdos insospechados que se le vienen a la cabeza. Así que también sirve este libro para leer sobre la propia infancia.

Efectos colaterales aparte, el tema del libro es la paradójica relación de la autora con la lectura. Ella dice que aparentemente y a un nivel superficial, aprendió a leer muy rápido, en unas semanas. Pero que luego inició un largo y tortuoso proceso, porque casi nada de lo que leía le interesaba, un lento avanzar lleno de retrocesos que duró décadas y que acabó por descubrirle su vocación de traductora.

Una historia curiosísima, de una niña que no soporta leer libros sobre personas que no existen, pero fingen existir, y prefiere la fantasía desbocada de lo que sabe desde el principio que es imaginario. «Mejor lo verdadero falso que lo falso verdader, llega a decir.

Pero no quiero desvelar nada más del contenido de este libro maravilloso, mágico diría yo, en el que late la infancia con todo su esplendor, son sus terrores y sus milagros cotidianos, con su felicidad plena y sus terribles desgracias. El arco de su evolución personal llega hasta cómo empezó a trabajar como traductora y proporciona claves interesantísimas sobre ese difícil, por no decir imposible, trabajo.

Una obra fantástica, formidable y muy impresionante, que parece estar a otro nivel diferente de todos los ensayos que hemos leído hasta ahora. Un prodigio de memoria y sinceridad, que habría hecho las delicias de Jean Piaget y que me tenido fascinado desde la primera página.

Una amiga librera me ha contado que lo ha leído varias veces y que en cada ocasión ha encontrado ecos y significados nuevos. No me extraña. Agnés Desarthe, hechicera de la infancia, en este libro cuenta con una lucidez asombrosa todo el proceso que le ha llevado a ser una mala lectora y a la vez una excelente traductora y finalmente, explica por qué. Un libro extraordinario, más allá de lo normal.

Agnés Desarthe (París, 1966) es una escrtora y editora francesa. Hija de judíos procedentes del Líbano y Rusia, su padre era pediatra. Está casada con le cineasta Gérard Desarthe y su hermano es cantante de ópera. 

Comenzó a trabajar como traductora, hasta que una editora la convenció para que publicase sus propias obras. Con su primera novela, titulada «Quelques minutes de bonheur absolu» (1993) deslumbró a la crítica. Con la segunda, «Un secreto sin importancia», ganó el premio Livre Inter 1996 y vendió 50 000 ejemplares en el primer mes.

Ha escrito una larga lista de cuentos para niños, seis novelas y cinco ensayos. En el 2015 entró como miembro de la Orden de la Legion de Honor.

Agnés Desarthe

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

miércoles, 24 de julio de 2019

Sin novedad en el Orient Expréss - Magnus Mills


Título: Sin novedad en el Orient Expréss
Autor: Magnus Mills
 

Páginas: 224
 

Editorial: Mondadori
 

Precio: 15 euros 
 

Año de edición: 2000

Publicada en 1999 en inglés, ésta es la segunda novela de un interesante autor que sorprendió a toda la crítica por ser el primer conductor de autobús británico que con su primera novela ganaba premios y galardones. 

Después de una opera prima tan destacada como «El encierro de las bestias», en esta ocasión el tema se basa en las peripecias de un joven motorista mochilero que está de vacaciones veraniegas en un pequeño pueblo rural de Gran Bretaña, disfrutando de la tranquilidad de la vida provinciana. Sin darse cuenta se ve envuelto en un una serie de chapuzas y pequeños trabajos temporales que le encarga el factotum del pueblo, un caso raro de cacique amable y bienhechor que le envuelve, le manipula y al final no le deja con sus artimañas salir del pueblo.

En la zona, se organiza casi de manera imperceptible una inquietante y amable conspiración para que nuestro motorista se quede. Un entorno social muy curioso, en el que todos se conocen, son amables, tienen sus códigos, abundan los sobreentendidos y los tipos duros de pocas palabras, y todos le fían dinero, en una historia envolvente desarrollada con gran habilidad.

El lenguaje es sencillísimo, yo diría que minimalista, la narración está condimentada con unas pizcas de ironía y humor negro muy sabrosas, y la galería de personajes es inolvidable. el jefe Parker que domina todo el valle y cuyo lema parece ser «trabajo, trabajo y más trabajo», el tonto de la corona de cartón, el viejo cascarrabias, el dueño del pub... todo un fresco de los encantos de la vida en la campiña inglesa.

La novela parece planificada para potenciar dos clímax geniales, que se describen cada uno con una frase corta como un disparo. Uno en la página 160, cuando queda 1/3 de novela, y el otro en el desenlace, tan sorprendente como gamberro. No puedo contar más sin destripar la novela y quitarle toda la gracia; os recomiendo que la leáis porque no tiene desperdicio. 

Magnus Mills (Bimingan, 1954) es un escritor inglés. Creció en Bristol y se graduó en Economía en la Wolverhampton Polytechnic. Fué instalador itinerante de cercas en el norte de Inglaterra y durante doce años conductor de autobús en Londres. Ambas experiencias le sirvieron para escribir sendas novelas de gran éxito. Sobre todo la primera, «El encierro de las bestias» (1998), que fué firme candidata al  Book Prize, el galardón literario más importante para obras en inglés, y al Premio Whitbread. . 

Siendo conductor de autobús estuvo unos años publicando una columna en The Independient, que fué sustituida por «El diario de Bridget Jones».

Magnus Mills

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 19 de mayo de 2019

La historia de la United Fruit Company

 http://web.mit.edu/course/21/21f704/UnitedFruit/UnitedFruit.html

«Cuando Minar C. Keith murió todos los periódicos publicaron su fotografía: un hombre de ojos brillantes con nariz de águila, vientre respetable y una mirada de desasosiego. Minar C. Keith, hijo de un hombre rico, nació en una familia que apreciaba el olor del dinero; eran capaces de oler dinero en cualquier punto del globo. Su tío era Henry Meiggs, el Don Enrique de la Costa Oeste. 

»Su padre tenía grandes empresas madereras y propiedades en Brooklyn; el joven Keith era una astilla de ese palo. (En el cuarenta y nueve Don Enrique había llegado a San Francisco con la fiebre del oro. No se lanzó a buscarlo en las colinas ni se murió de sed revolviendo el polvo de álcali de Death Valley. Él les vendía equipos a los demás. Se quedó en San Francisco y jugó a la política y a las altas finanzas hasta que se embarró demasiado y tuvo que embarcarse de apuro. El barco lo llevó a Chile. En Chile olió dinero.
 
»Era un capitalista yanqui. Construyó el ferrocarril de Santiago a Valparaíso. En las islas Chincha había depósitos de guano. Meiggs sintió que el guano olía a dinero. Con el guano hizo una fortuna, se convirtió en una potencia de la Costa Oeste, manejó cifras, ferrocarriles, ejércitos, la política de los caciques: todos eran para él fichas de una partida de póquer. Cuando la suerte le daba buenas cartas, acumulaba dólares. Financió los increíbles ferrocarriles de los Andes).
 
»Cuando Tomás Guardia llegó a ser dictador de Costa Rica, le escribió a Don Enrique para pedirle que le construyera un ferrocarril; Meiggs estaba trabajando en los Andes, pero un contrato de 75 000 dólares valía la pena,así que mandó llamar a su sobrino Minar Keith. Donde pisaba esta familia no crecía la hierba.

»A los dieciséis años Minar Keith vendía cuellos y corbatas por su cuenta en una sastrería. Después de eso fue capataz de un aserradero y propietario de otro. Cuando su papaíto compró Padre Island, cerca de Corpus Christi, Texas, mandó a Minar a explotar la zona. En Padre Island, Minar se dedicó a la ganadería y a la pesca, pero con eso no se hacía dinero suficientemente rápido, de modo que compró cerdos y los alimentó con carne de novillos y pescado, pero los cerdos no daban dinero fácil, así que cuando lo enviaron a Limón se alegró.

»Limón era uno de los peores focos de peste del Caribe, hasta los nativos se morían de malaria, fiebre amarilla, disentería. Keith subió hasta Nueva Orleans en el vapor John G. Meiggs a contratar mano de obra para la construcción del ferrocarril. Ofreció un dólar por día además de la comida y contrató setecientos hombres. Algunos habían sido filibusteros en las épocas de William Walker. Sólo sobrevivieron veinticinco. Los esqueletos húmedos de whisky de los demás se pudrieron en los pantanos. 

»En un segundo viaje se llevó mil quinientos. Murieron todos, para demostrar quizá que sólo los negros de Jamaica eran capaces de vivir en Limón. Minar Keith no murió. En 1882 había instalados treinta kilómetros de ferrocarril y Keith debía un millón de dólares; el ferrocarril no tenía nada que transportar. Keith hizo plantar plátanos para que el ferrocarril tuviera algo que transportar; para comercializar los plátanos tuvo que meterse en el negocio del transporte; así empezó el comercio de frutas del Caribe.
 
»Ni un momento los trabajadores dejaban de morirse de malaria, fiebre amarilla y disentería. Hasta los tres hermanos de Minar Keith murieron. Pero Minar Keith no murió. Él construyó ferrocarriles, abrió tiendas de ultramarinos en Bluefields, Belice, Limón, compró y vendió caucho, vainilla, carey, zarzaparrilla, compraba todo lo que costara poco y vendía todo lo que pudiese cobrar caro.

»En 1898, en colaboración con la Boston Fruit Company, fundó la United Fruit Company, que desde entonces pasó a ser uno de los consorcios industriales más poderosos del mundo. En 1912 incorporó a su emporio el Ferrocarril Internacional de Centroamérica; todo empezó con los plátanos; en Europa y Estados Unidos la gente había empezado a comerlos, de modo que talaron las selvas de Centroamérica para plantar más y construyeron ferrocarriles para transportarlos, y todos los años más y más barcos de la Gran Flota Blanca partían hacia el norte cargados de plátanos y ésta es la historia del imperio americano del Caribe y del Canal de Panamá y del futuro Canal de Nicaragua y de los marines y los destructores y las bayonetas».

(John Dos Pasos, Paralelo 42)

John Dos Pasos

Para más información,vease este enlace.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

sábado, 19 de enero de 2019

Duelos y quebrantos, otros españolismos y algunos americanismos


El estreno en España de «Roma» (2018), la estupenda película del mexicano Alfonso Cuarón (Ciudad de México, 1961), ha levantado una polvareda de comentarios y reacciones más que notable. El motivo ha sido que la cinta se proyectaba con subtítulos en español, lo que si bien era razonable cuando la protagonista y sus compañeras hablaban en mixteco, resultaba de lo más chocante cuando servía para traducir el español de México a español peninsular, como si de idiomas diferentes se tratase.

La polémica ha dado lugar a textos que vale la pena reseñar, como el estupendo artículo de Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) titulado «Duelos y quebrantos», sobre españolismos y americanismos, la visión deformada y españocéntrica que considera el castellano patrimono español y no de todos los hablantes, y otros extravíos. 

Efectivamente, ni España es el país con mayor número de hispanohablantes de nacimiento, porque por delante parece que están México (124 millones), Estados Unidos (57) y Colombia (50), ni ya el mejor español se habla en Valladolid, sino probablemente en Colombia.

Por otro lado, a veces se encuentran al otro lado el charco soluciones mejores para decir algunas cosas. Por ejemplo, «desempeño» es estupendo para referirse al rendimiento y calidad de resultados de alguien, «egresar» es un buen antónimo de «ingresar», «computador» parece más preciso que «ordenador» y «grabadora» es preferible a «casete» o «magnetófono».

Precisamente otra pieza muy interesante es la recopilación de americanismos que ha publicado «El País», pidiéndole a una docena de escritores latinoamericanos que elijan el que prefieren. Son términos y giros sabrosos, llenos de colorido y expresividad: chamuyar, macana, elay pues, chinchi, muy este,  pajpaku, forme, altiro, raja, tuanis, yuma, chilero, rascuache, chunche, vidajena, huachafo, zafacón, pila, arrecho... palabras y usos que ayudan a retratar la cultura de cada país.

Se dice que en una ocasión el poeta mexicano José Emilio Pacheco, hospedado en un hotel madrileño, llamó a recepción para pedir «Un plomero que componga la tina». El recepcionista no entendió que lo que solicitaba el escritor era un fontanero que arreglase la bañera.

Anécdotas aparte, lo habitual es que se entiendan los localismos por el contexto y no haya problema. Muy al contrario, esa variedad es señal de vitalidad y riqueza de la lengua.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.