domingo, 28 de enero de 2024

Un artista del trapecio - Franz Kafka

Franz Kafka

Un artista del trapecio

Un artista del trapecio —como se sabe, este arte que se practica en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más difíciles entre todos los asequibles al hombre— había organizado su vida de tal manera —primero por afán profesional de perfección, después por costumbre que se había hecho tiránica— que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en el trapecio. Todas sus necesidades —por otra parte, muy pequeñas— eran satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y vigilaban debajo. Todo lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos construidos para el caso.

De esta manera de vivir no se deducían para el trapecista dificultades con el resto del mundo. Sólo resultaba un poco molesto durante los demás números del programa, porque como no se podía ocultar que se había quedado allá arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del público se desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista extraordinario, insustituible. Además, era sabido que no vivía así por capricho y que sólo de aquella manera podía estar siempre entrenado y conservar la extrema perfección de su arte.

Además, allá arriba se estaba muy bien. Cuando, en los días cálidos del verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor de la cúpula y el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo, era hasta bello. Su trato humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez trepaba por la cuerda de ascensión algún colega de turné, se sentaba a su lado en el trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y charlaban largamente. O bien los obreros que reparaban la techumbre cambiaban con él algunas palabras por una de las claraboyas o el electricista que comprobaba las conducciones de luz, en la galería más alta, le gritaba alguna palabra respetuosa, si bien poco comprensible.

A no ser entonces, estaba siempre solitario. Alguna vez un empleado que erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo vacío, elevaba su mirada a la casi atrayente altura, donde el trapecista descansaba o se ejercitaba en su arte sin saber que era observado.

Así hubiera podido vivir tranquilo el artista del trapecio a no ser por los inevitables viajes de lugar en lugar, que lo molestaban en sumo grado. Cierto es que el empresario cuidaba de que este sufrimiento no se prolongara innecesariamente. El trapecista salía para la estación en un automóvil de carreras que corría, a la madrugada, por las calles desiertas, con la velocidad máxima; demasiado lenta, sin embargo, para su nostalgia del trapecio.

En el tren, estaba dispuesto un departamento para él solo, en donde encontraba, arriba, en la redecilla de los equipajes, una sustitución mezquina —pero en algún modo equivalente— de su manera de vivir.

En el sitio de destino ya estaba enarbolado el trapecio mucho antes de su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tablas ni colocado las puertas. Pero para el empresario era el instante más placentero aquel en que el trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y en un santiamén se encaramaba de nuevo sobre su trapecio. A pesar de todas estas precauciones, los viajes perturbaban gravemente los nervios del trapecista, de modo que, por muy afortunados que fueran económicamente para el empresario, siempre le resultaban penosos.

Una vez que viajaban, el artista en la redecilla como soñando, y el empresario recostado en el rincón de la ventana, leyendo un libro, el hombre del trapecio le apostrofó suavemente. Y le dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba para su vivir, no un trapecio, como hasta entonces, sino dos, dos trapecios, uno frente a otro.

El empresario accedió en seguida. Pero el trapecista, como si quisiera mostrar que la aceptación del empresario no tenía más importancia que su oposición, añadió que nunca más, en ninguna ocasión, trabajaría únicamente sobre un trapecio. Parecía horrorizarse ante la idea de que pudiera acontecerle alguna vez. El empresario, deteniéndose y observando a su artista, declaró nuevamente su absoluta conformidad. Dos trapecios son mejor que uno solo. Además, los nuevos trapecios serían más variados y vistosos.

Pero el artista se echó a llorar de pronto. El empresario, profundamente conmovido, se levantó de un salto y le preguntó qué le ocurría, y como no recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, lo acarició y abrazó y estrechó su rostro contra el suyo, hasta sentir las lágrimas en su piel. Después de muchas preguntas y palabras cariñosas, el trapecista exclamó, sollozando:

—Sólo con una barra en las manos, ¡cómo podría yo vivir!

Entonces, ya fue muy fácil al empresario consolarlo. Le prometió que en la primera estación, en la primera parada y fonda, telegrafiaría para que instalasen el segundo trapecio, y se reprochó a sí mismo duramente la crueldad de haber dejado al artista trabajar tanto tiempo en un solo trapecio. En fin, le dio las gracias por haberle hecho observar al cabo aquella omisión imperdonable. De esta suerte, pudo el empresario tranquilizar al artista y volverse a su rincón.

En cambio, él no estaba tranquilo; con grave preocupación espiaba, a hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes pensamientos habían empezado a atormentarlo, ¿podrían ya cesar por completo? ¿No seguirían aumentando día por día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó ver en aquel sueño, aparentemente tranquilo, en que habían terminado los lloros, comenzar a dibujarse la primera arruga en la lisa frente infantil del artista del trapecio.

Franz Kafka, 1923

Publicado por Antonio F. Rodríguez 

sábado, 27 de enero de 2024

Roberto Calasso sobre Borges

Roberto Calasso y Jorge Luis Borges

Roberto Calasso (Florencia, 1941-1921), el gran escritor y editor italiano, políglota y hombre de letras hasta la médula, de quien alguien dijo que era una institución cultural formada por una sola persona, escribió unas línea tituladas «¿Qué es lo que hace a Borges un escritor tan especial?» que, desde luego, vale la pena leer.

Aquí tenéis el pequeño artículo:

 «¿Qué es lo que hace a Borges un escritor tan especial?» 

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

viernes, 26 de enero de 2024

Lectura insólita de «El capital» - Raúl Guerra Garrido

 

Título: Lectura insólita de  «El capital»                                                                                  Autor: Raúl Guerra Garrido                        

Páginas: 352 pág.

Editorial: Alianza

Precio: 12,50 euros 

Año de edición: 2007

Con los años, puede valorarse si una novela tiene interés histórico, además de literario. «Lectura insólita de “El capital”» (1977) de Raúl Guerra Garrido es valiosa como novela, pero también como testimonio de su época. El libro, ganador del Premio Nadal en 1976, se publicó en un momento extremadamente delicado para España: Franco había muerto, la democracia se estaba construyendo y los fanáticos de todo pelaje se empeñaban en destruirla cuando aún no existía. El terrorismo azotó brutalmente a la sociedad española durante los convulsos años de la Transición. Las personas asesinadas por los distintos grupos terroristas entre 1976 y 1982 ascienden a 498. De ellas, 340 murieron en atentados de ETA. Los datos, como el algodón, no engañan. 

Esta novela trata del terrorismo de ETA. Pero su mirada es más amplia, aborda con lucidez las raíces de la violencia. La mirada se proyecta sobre una villa guipuzcoana de la comarca del Goierri, Eibain, inventada por el autor, pero trasunto de localidades reales. El escritor se convierte en un investigador social que, magnetófono en ristre, interroga a sus habitantes sobre un suceso desgraciado que mantiene en vilo a todos: el secuestro de un empresario del pueblo por un grupo terrorista, quizá escindido de ETA

País Vasco, mediados de los años 70. De noche. Un grupo de individuos armados y encapuchados saca de su casa a don José María Lizarraga. El señor Lizarraga es un tipo recio, de origen rural, obstinado y trabajador, que supo aprovechar las oportunidades para levantar una importante empresa metalúrgica. Es el prototipo de tantos empresarios vascos que crearon un modelo de mediana empresa, con lo que convirtieron a Guipúzcoa en una de las provincias más prósperas de España. Lizarraga es para muchos un hombre honesto, sencillo, campechano y laborioso: el buen vasco. Otros, sin embargo, le consideran un despiadado explotador capitalista vendido a intereses foráneos: el mal vasco. Además, los trabajadores de su empresa estaban en huelga cuando fue secuestrado. 

Sus captores le desprecian. Quieren que haga autocrítica. Y de paso que pague 50 millones de pesetas por su vida. Para que se entretenga, le dan un resumen de «El capital». Una tortura como cualquier otra. El pobre empresario metido en un zulo se adentra en los tupidos razonamientos del sabio alemán. Qué remedio le queda.    

En el pueblo la noticia cae como una bomba. Los vecinos dan su opinión. El narrador recoge sus declaraciones. Algunas son anónimas, por si acaso. En las entrañas de Eibain algo se está incubando con el secuestro de Lizarraga y el cambio histórico que se aproxima en España. Así que en «Lectura insólita de “El capital"» se repasan los acontecimientos inmediatos (el secuestro, la huelga, rencillas entre vecinos), pero también la historia contemporánea del País Vasco: la emigración a Argentina cuando el siglo era joven, los carlistas, los nacionalistas, los obreros autóctonos y los obreros maketos, la gran influencia del clero, la Segunda República, la Guerra Civil, el franquismo, el estraperlo, las fortunas que se hicieron entonces, la vida de Lizarraga, en donde se mezclan, como en botica, verdades, medias verdades y mentiras, porque, como advierte uno de los interlocutores más lúcidos, el etnólogo Julio Lasa Barriola (¿quizá un guiño a Julio Caro Baroja?): «Se engaña uno a sí mismo si cree poder hacer constar el más sencillo hecho histórico sin un ingrediente especulativo». 

Guerra Garrido presta más atención al mentidero en que se convierte el pueblo por culpa del secuestro que al secuestro mismo. Cada uno entiende la feria como le va: los amigos de Lizarraga, que le esperan en la sociedad gastronómica; la hermana monja, que reza novenas, encerrada en un convento de clausura; el hermano, abogado en Madrid, que dice que la familia no tiene el dinero en efectivo que exigen los terroristas; los viejos nacionalistas católicos asustados por el activismo de los jóvenes extremistas; los obreros adictos a Lizarraga, un hijo de este pueblo que nos da de comer; los obreros enemigos de Lizarraga, un capitalista voraz; los inmigrantes conocidos como «cacereños»; el untuoso director del banco local; el alcalde franquista, que sabe que le queda poco en el cargo.

Todos cuentan sus pequeñas historias que confluyen en la historia grande, como los ríos dan al mar. Las distintas perspectivas permiten el distanciamiento sobre lo que se cuenta. También el relativismo inherente a cualquier trayectoria humana: hay que vivir una época que no se escoge para entender cómo la gente llega a ser lo que es y hacer lo que hace. Héroe o villano, Lizarraga es parte de la historia de su tierra, aunque sea una vida tan pequeña y amenazada. Hay que comprenderlo. Pero los terroristas no quieren comprender nada que se salga de sus esquemas aprendidos en panfletos mal digeridos. Se masca la tragedia. Con talento y buena pluma, Raúl Guerra Garrido la vio venir. Por eso su libro es tan bueno como novela y como documento social. 

Dos palabras para terminar. Es posible que Guerra Garrido haya tenido en cuenta para escribir su libro un hecho trágico: en marzo de 1976, el director gerente de la empresa de máquinas de coser Sigma en Elgoibar, don Ángel Berazadi Uribe, de 58 años, fue secuestrado por un comando de ETA político-militar. Los terroristas exigieron un rescate de 200 millones de pesetas. El cadáver del señor Berazadi apareció en la cuneta de una carretera rural con un tiro en la nuca semanas después. 

Raúl Guerra Garrido

Raúl Guerra Garrido (1935-2022), fue un escritor español nacido en Madrid, pero que residió desde 1960 en el País Vasco. Guerra Garrido era farmacéutico. En 1970 publicó la novela «Cacereño» sobre la emigración económica a Euskadi. En 1976 obtuvo el Premio Nadal con «Lectura insólita de “El capital"», quizá su libro más conocido y elogiado. Ha escrito unas cuantas buenas novelas policíacas, como «La carta» (1990) o «La costumbre de morir» (1981). Con la excelente «El año del wólfram"» (1984) abordó un tema poco conocido: la explotación del tungsteno español para la industria bélica de nazis y aliados. 

Raúl Guerra Garrido nunca dudó en llamar terrorismo al terrorismo, lo que le trajo serios problemas y vivir con escolta una temporada. En 2000 los nacionalsocialistas vascos quemaron su farmacia en San Sebastián. No abandonó la ciudad. Allí falleció a los 87 años. 

Publicado por Alberto.