domingo, 28 de junio de 2020

La noche boca arriba - Julio Cortázar


La noche boca arriba

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde, y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él —porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre— montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pié y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla, y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. «Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado…» Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. «Natural», dijo él. «Como que me la ligué encima…» Los dos rieron, y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaron la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. «Huele a guerra», pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor de la guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada horrible del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

—Se va a caer de la cama —dijo el enfermo de al lado—. No brinque tanto, amigazo.

Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no le iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. «La calzada», pensó. «Me salí de la calzada.» Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como el escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y al la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada mas allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en los muchos prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces, los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.

—Es la fiebre —dijo el de la cama de al lado—. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin ese acoso, sin… Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el suelo, en un piso de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y tuvo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara frente él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada… Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de humo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque otra vez estaba inmóvil en al cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía la muerte, y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.


Julio Cortázar (1914-1984), ese gigante de voz grave y campanuda, ojos claros y aire de niño, aquejado de acromegalia, nació en Bélgica, hijo de un diplomátrico argentino. Vivió durante más de 30 años en París, disfrutando de una vida bohemia, y también en España, Argentina y Suiza. Al final de su vida le fué otorgada la nacionalidad francesa. Está considerado como uno de los grandes de la literatura mundial, escritor original, que alcanza una rara perfección en sus textos, nombre fundamental del llamado realismo mágico, con un toque surrealista y juguetón. Un autor genial e irrepetible.

Julio Cortázar

Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

sábado, 27 de junio de 2020

El preso matemático

Christopher Havens dando una charla en la prisión para celebrar el día 
del número π (14 de marzo) en la prisión (Foto Washington prison service)

¿Puede un preso, condenado por asesinato a una pena de 25 años, aficionarse en la cárcel a los números y convertirse en un matemático de prestigio internacional? Pues el ejemplo de Christopher Havens muestra que sí es posible. Una vez más la realidad supera a la ficción.

Havens descubrió su amor por las matemáticas en una celda de aislamiento, donde tenía todo el tiempo del mundo y nada que hacer más que pensar en los números. Tuvo que aprender Teoría de números de manera completamente autodidacta, lo que le causaba muchos problemas. A veces se atascaba en un punto y le costaba mucho tiempo resolver la situación. Otras, para resolver un problema compraba libros de teoría de números en los que finalmente, no encontraba la solución.

Un día se decidió a escribir una carta a la revista Research in Number Therory en la que reconocía estar estudiando Teoría de números por su cuenta, para su mejora personal, y solicitaba una suscripción anual a la revista y la posibilidad de intercambiar correspondencia con algún matemático para poder progresar.

La carta dió muchas vueltas, hasta que llegó a manos de Umberto Cerruti, un teórico de números que fue profesor de la Universidad de Turín, que aceptó echarle una mano. Pensó que sería uno de tantos casos de aficionados con cierto talento que desarrollan teorías llenas de fallos. Así que le envió un problema para que lo resolviera. Cuál no sería su sorpresa cuando recibió a vuelta de correo una hoja de 120 cm de longitud con una fórmula larga y compleja que calculaba la solución.

Cerruti invitó a Havens a trabajar con él en un problema de fracciones continuas en el que estaba trabajando. Las fracciones continuas, descubiertas por Euclides en el 300 a. C., permiten expresar cualquier número utilizando sucesiones de fracciones de números enteros. Por ejemplo, el famoso número π (3, 141592653...) se puede expresar mediante una lista de decimales infinita, que no sigue ninguna regla, o mediante una elegante sucesión de fracciones, en la que intervienen los números impares y los cuadrados de 1, 2, 3, 4...:


Esas sucesiones de fracciones tienen multitud de aplicaciones, por ejemplo en encriptación de mensajes.

Las aportaciones de Havens a los problemas de Cerruti desembocaron en la publicación de un artículo del recluso en el número de enero de 2020 de la revista Research in Number Theory, que demuestra por primera vez que hay una serie de reglas en las fracciones que continuas que expresan una gran categoría de números.

Después de ser un desastre de alumno en el colegio y un oscuro pasado de drogadicto y delincuente, nuestro hombre ha encontrado en las matemáticas una manera de reconstruir su vida y de pagar su deuda con la sociedad, según sus propias palabras. Añade que «Puede sonar estúpido, pero a lo largo de mi condena me ha acompañado el alma de mi víctima; a ella le estoy dedicando mis mayores logros».

Ahora está desarrollando un proyecto llamado Matemáticas en prisión, en el que enseña Teoría de números a otros reclusos y tiene planeado cursar la licenciatura de Matemáticas cuando salga en libertad y seguir dedicándose a investigar.
 
Curiosamente, no es el único caso. Hay otros similares, como el del matemático francés André Weil (1906-1998), que desarrolló conjeturas enormemente influyentes mientras cumplía condena en una prisión militar en Rouen (Francia).

Menos mal que en Washington D.  C., donde cumple su condena Christopher Havens, está abolida la pena de muerte desde 2018 y hace años que existía una moratoria que impedía apicarla.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

viernes, 26 de junio de 2020

Todo modo - Leonardo Sciascia


Título: Todo modo
Autor: Leonardo Sciascia

Páginas: 176

Editorial: Tusquets

Precio: 7,95 euros 

Año de edición: 1998


Esta impresionante novelita es significativa, además de por su calidad literaria y la valentía de su planteamiento, porque muy pronto adquirió tintes proféticos de la manera más dramática posible. Apareció publicada en 1974 y dibujaba una comunidad de políticos, periodistas y hombres de poder italianos en la que el crimen era posible y casi cotidiano. En 1978, solo cuatro años después, apareció el cadáver de Aldo Moro, el líder de la Democracia Cristiana que había sido primer ministro dos veces, cosido a tiros dentro del maletero de un Renault 4, en el centro de Roma. Era el terrible desenlace de su secuestro a cargo de las Brigadas Rojas, en el que mataron a sus cinco guardaespaldas.

Volviendo a la novela, se abre con dos sesudas citas, al modo de las novelas filosóficas del Siglo de las Luces, y mantiene cierto tono filosófico al estar sembrada de citas y reflexiones sobre el poder y la política, mientras desarrolla una trama de historia policiaca clásica. El protagonista, cuyo nombre el autor olvida mencionar de manera muy cervantina, llega a un apartado hotel-monasterio en el que se reúne para hacer ejercicios espirituales lo más granado de la clase política italiana: líderes de partido, banqueros, jueces... 

El texto mantiene en todo momento un tono lúcido, inteligente e irónico: lo más selecto de los círculos de poder se reúne para ejercitar su espíritu y el resultado son tres asesinatos. Las pesquisas de la policía serán especialmente torpes y desacertadas, la novela finaliza dando a entender que el caso nunca se llegará a resolver, sin embargo el lector descubre fácilmente quién es el asesino.

El título tiene profundas resonancias sobre la Iglesia y su relación con el poder. Está tomado del lema de San Igacio de Loyola, militar y fundador de la orden de  los jesuitas (Todo modo para buscar y hallar la voluntad divina) que sirve para definir qué se hace en unos ejercicios espirituales y puede interpretarse también como que todo vale para la salvación del individuo  y de la propia Iglesia. .

Una espléndida novela de ideas, que mueve a la reflexión, trufada de citas de Pirandello, Voltaire, Pascal, La Rochefoucauld y otros pensadores franceses, en la que se habla de pintura, música y, por supuesto, política. Un fino entretenimiento intelectual en el que la Iglesia juega un papel destacado, lleno de simbolismos y significados. Por ejemplo, el protagonista se presenta como un hombre libre y sin compromisos, que disfruta de movimiento en su automóvil, el prototipo del hombre del siglo XX. Y en seguida se topa con la Iglesia, la política y tres crímenes horribles.

Hay quien tilda de adivino a Sciascia, cuando en realidad era tan solo un sagaz observador de la realidad de su país, que demostró que el futuro es sólo esa parte del presente que no queremos o no somos capaces de percibir. Una novela mítica, un texto clave en la historia del siglo XX porque contiene sus claves más esenciales y dramáticas. Un libro extraordinario.

Hay una versión cinematográfica espléndida dirigida por Elio Petri en 1976, protagonizada nada menos que por Marcello Mastroianni y Gian Maria Volonté, dos monstruos de la interpretación.

 
Fotograma de la película

Leonardo Sciascia (Racalmuto,1921-1989), hijo del administrador de una azufrera, estudió Magisterio y fué maestro durante veinte años en varios pueblos sicilianos.  
Después de su jubilación anticipada a los 50 años, se dedicó al periodismo y a publicar novelas, la mayoría sobre su Sicilia natal y los sicilianos. Llegó a adquirir el papel de intelectual independiente y conciencia crítica de Italia al denunciar sin descanso la corrupción política y los crímenes de la mafia.
               
Fué elegido concejal en Palermo, diputado europeo y diputado en el congreso italiano, en una época en la que ser cargo político y criticar a la mafia era un deporte de riesgo. Solía decir que había que leer El Quijote al menos dos veces. Está reconocido como uno de los mejores escritores italianos del siglo XX y una de las mejores plumas de Sicilia, lo cual es mucho decir porque en esa isla se dan los buenos escritores como las setas. ¿Por qué? Es un enigma.

Leonardo Sciascia

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

jueves, 25 de junio de 2020

Panorama del universo - Varios autores


Título: Panorama del universo
Autores: Varios autores

Páginas: 148

Editorial: CNIG

Precio: 0 euros (en digital)

Año de edición: 2020


Los astrónomos del Observatorio Astronómico Nacional (OAN) de España, bajo la coordinacón de su Director, Rafael Bachiller, han elaborado esta  completa y entretenida introducción a la Astronomía, que recorre de manera amena y divulgativa los aspectos y problemas más importantes de esa ciencia.

Aquí se habla de la Historia de la Astronomía, el Sol, el Sistema Solar, los exoplanetas, la Vía Láctea, las estrellas, las galaxias, los agujeros negros, los púlsares y cuásares, la evolución del universo, la materia y la energía oscuras, las ondas gravitacionales, las últimas técnicas de observación espacial y los más modernos telescopios, entre otras muchas cosas.

El texto mantiene el más exigente rigor científico y técnico, a la vez que resulta muy divulgativo, accesible y fácilmente inteligible para todo tipo de lectores. Está actualizado con los últimos descubrimientos, datos y teorías en la materia y profusamente ilustrado con imágenes a todo color que constituyen un complemento ideal al contenido escrito. 

Constituye, por lo tanto, una fascinante introducción a la Astronomía, una de las ramas de la ciencia a la vez más antigua, pues ya los mesopotámicos observaban el firmamento, y de más efervescente actualidad, pues todos los meses aparecen en los medios de comunicación noticias impactantes sobre cosmología, la materia oscura, los agujeros negros, lejanos planetas y otros temas astronómicos.

Un panorama muy completo y resumido, en menos de 150 páginas, de una disciplina que ha hecho soñar y meditar al ser humano durante siglos, mientras se planteaba las mismas preguntas fundamentales: ¿Cómo es el universo? ¿De qué está compuesto y cuáles son sus leyes y su estructura? ¿Cuál fué su origen y cómo evoluciona? ¿De dónde venimos y a dónde vamos?

Está disponible de manera gratuita y en formato PDF en este enlace:

                            
Edificio del Observatorio Astronómico Nacional, en el Retiro, 
construido en 1790 por encargo de Carlos III
                            
Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

miércoles, 24 de junio de 2020

La hora de los hipócritas - Petros Márkaris


Título: La hora de los hipócritas
Autor: Petros Márkaris

Páginas: 352

Editorial: Tusquets

Precio: 18,95 euros 

Año de edición: 2020
 

Este libro constituye la entrega duodécima de la colección de novelas policíacas protagonizadas por el inspector Jaritos y escritas por el novelista Petros Márkaris. Como es habitual en esta colección, se alterna una intriga policial con una descripción realista de la vida familiar del inspector en un ambiente de clase media griega en la ciudad de Atenas.

En este caso, asistimos a la llegada de su primer nieto, pero Kostas Jaritos no puede disfrutar de ello, pues recibe el aviso de que un empresario importante, Paris Fokidis, ha sido asesinado mediante la explosión de una bomba en su coche.

La primera teoría del inspector es que la autoría es de alguna organización terrorista, pero al poco tiempo  aparece un comunicado al respecto, en el que el  ‘Ejército Nacional de Idiotas’ reivindica el atentado achacándolo a la hipocresía del asesinado. Y además reta a la policía a que encuentre el motivo de dicha hipocresía. Mientras empiezan las pesquisas, se sucederán los asesinatos, todos ellos con un comunicado emitido de forma extraña y que siempre hace referencia al motivo de la hipocresía de las víctimas como razón de estos hechos.

El inspector Jaritos tiene que alternar sus averiguaciones junto a su equipo, con las visitas a su nieto y conseguir allanar las disputas familiares por el nombre elegido para el niño. Una vez más, Márkaris da una lección de narrativa policíaca con trasfondo social, aprovechando este hecho para describir la situación social y económica de la Grecia de la época actual.

Petros Márkaris nació en Turquía en una familia cristiana, de padre armenio, comerciante, y madre griega, ama de casa. Hizo la secundaria en el colegio austriaco San Jorge, en Estambul, y después estudió Economía en Grecia, Turquía, Alemania y Austria, antes de especializarse en la cultura alemana y dedicarse a la traducción de autores como Bertolt Brecht, Thomas Bernhard o Arthur Schnitzler. Muy elogiada ha sido su traducción del «Fausto» de Goethe.

 Márkaris resume así su formación: «Hice mis estudios elementales en una escuela griega, pero después, a partir de mis estudios secundarios hasta mis años de universidad, toda mi formación y mi cultura es alemana». Como miembro de la minoría armenia, durante muchos años no tuvo ninguna ciudadanía; obtuvo la griega después de la caída de la Dictadura de los Coroneles y el retorno de la democracia en 1974, junto con el resto de los armenios que vivían en Grecia. Reside en Atenas desde los años cincuenta.

Comenzó su carrera literaria en 1965, como dramaturgo, con la pieza «Historia de Ali Retzos». Desde entonces ha escrito otras obras de teatro, guiones cinematográficos y su famosa serie detectivesca del comisario Jaritos, cuyas novelas han sido traducidas a numerosos idiomas. Márkaris cuenta que no buscó a Jaritos, un desengañado policía ateniense que le sirve para hacer una representación crítica —que él califica de brechtiana—, de la sociedad actual. «Él vino a mí», dice y explica que después de haber estado escribiendo durante varios años los guiones de la serie televisiva «Anatomía de un crimen», se sintió cansado de ella, pero el canal quería seguir y él accedió a prolongar su trabajo por seis meses, y fue entonces que le vino la idea del comisario.

Para él mismo fue una sorpresa: «Como fui por largo tiempo un activista de izquierdas, no tenía ninguna simpatía por los policías. En Grecia, habían sido sinónimo de fascistas... Pero de pronto, por primera vez, caí en la cuenta que esos pobres policías son pequeños burgueses, que tienen los mismos sueños de que sus hijos puedan estudiar para convertirse en doctores o abogados. Así se comenzó a desarrollar esta construcción: un crimen y una historia familiar contadas paralelamente». Ha colaborado asiduamente con el director de cine Theo Angelopoulos, con el que ha coescrito los guiones de cinco películas.

Petros Márkaris

Publicado por Ana Domingo.