Sebastián Urrutia yace en su cama enfermo, febril, con sensación de gravedad y de estar viviendo sus últimos momentos; entonces, un torrente de recuerdos invade su pensamiento, y los va trasmitiendo en un largo monólogo, mientras es interrumpido por un joven envejecido que representa un reflejo de su consciencia. Urrutia es un sacerdote de derechas, ligado al Opus Dei, poeta modesto sin reconocimiento (es llamativo el interés por la poesía entre los chilenos), amante de la poesía y de la literatura, y crítico literario apreciado y valorado que escribe para periódicos bajo seudónimo.
En su estado de delirio y postración, va desgranando recuerdos de cuatro episodios importantes en su vida: la invitación y estancia en la hacienda de un famoso crítico literario, donde es agasajado mientras conversan sobre literatura y conoce la mísera vida de los campesinos; un largo viaje por Europa, comisionado para estudiar métodos de conservación de iglesias que le lleva por varios países a conocer a otros religiosos y descubrir un método muy extendido: el adiestramiento de halcones para cazar palomas que anidan en las iglesias y las dañan; unas interesantes tertulias literarias en casa de una escritora a las que asiste igual que otros artistas y literatos, unas casa como exponente de cultura y hospitalidad pero en cuyos sótanos se tortura a opositores del régimen, y falta el episodio más sorprendente: un periodo en el que fue reclutado para impartir clases de teoría marxista a la cúpula militar del régimen con el general Pinochet a la cabeza, porque es preciso conocer al enemigo y su pensamiento para poder combatirlo.
Bolaño publicó esta novela tras su visita a Chile en 1999, trata del olvido que lentamente progresa en las historias favoreciendo su deformación y su ocultación, y trata de la falta de culpa de la sociedad, reflejada en un sacerdote católico, culto e ilustrado que debería de tener esa sensación de culpa por su formación; hace pensar en la complicidad de la literatura y la cultura en general con el horror de la dictadura. En palabras del propio Bolaño «es la metáfora de un país infernal, de un país joven que no sabe si es un país o un paisaje».
En el texto abundan las metáforas alusivas a Chile y a su situación en aquellos años, es de señalar los nombres de dos personajes de la novela que se llaman Oido y Odeim (leer sus nombres al revés), la hacienda aislada, la casa de las reuniones literarias, los halcones y palomas, todo escenifica el distanciamiento entre arte y cultura por un lado y la vida real en el país por otro. Hay un desfile de personajes variopintos y situaciones raras que es fácil que sean trasunto de personas y hechos reales que sucedieron allí.
La historia está narrada en primera persona, como parece lógico, enlazando recuerdos, anécdotas y sucesos uno tras otro sin orden cronológico, no hay capítulos ni apartados, tan siquiera hay puntos y aparte, es como si estuviera escrita de un tirón, pero esta aparente densidad no la hace trabada ni incómoda, su lectura es ligera y atrayente.
Roberto Bolaño nació en Santiago de Chile en 1953, y por vaivenes familiares vivió en varias ciudades antes de establecerse en México en 1968. Abandonó pronto los estudios secundarios, desempeñó diversos trabajos a la vez que leía compulsivamente y pronto comenzó a escribir poesía y teatro. Admirador de Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y del poeta Nicanor Parra, fundó junto a otros poetas y escritores el movimiento literario infrarrealista, opuesto a las normas establecidas y los cánones tradicionales y oficiales en poesía. Asiduo a los círculos literarios mexicanos, comenzó a publicar con frecuencia.
Se estableció en Barcelona siguiendo a su madre separada, ejerció diversos oficios de lo más dispares: camarero, botones, basurero, vendedor, vigilante de camping (en la novela Soldados de Salamina, Javier Cercas lo hace figurar como un personaje, vigilante de un camping, que le anima a terminar su novela), viviendo con estrecheces y publicando cada vez mas prosa que poesía; en esta época logró varios premios locales. El éxito y el reconocimiento le llegó en 1998 con la publicación de la novela Los detectives salvajes, con ella ganó los premios Herralde y Rómulo Gallegos. A partir de aquí escribió regularmente en prensa y publicó varias novelas bien acogidas. Pese al éxito y a ser reclamado por diversos medios de comunicación siguió llevando una vida austera y modesta.
Ha escrito poesía, novela, cuentos, ensayos y crítica literaria. En 2003 estando en su apogeo de fama y producción, con varios contratos firmados en diversos países, falleció por fracaso hepático mientras era candidato a un trasplante; algunas de sus obras se editaron de forma póstuma.


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