domingo, 24 de agosto de 2025

Los testigos - Julio Cortázar

Julio Cortázar

Los testigos

Cuando le conté a Polanco que en mi casa había una mosca que volaba de espaldas, siguió uno de esos silencios que parecen agujeros en el gran queso del aire. Claro que Polanco es un amigo, y acabó por preguntarme cortésmente si estaba seguro. Como no soy susceptible le expliqué en detalle que había descubierto la mosca en la página 231 de Olver Twist, es decir que yo estaba leyendo Oliver Twist con puertas y ventanas cerradas, y que el levantar la vista justamente en el momento en que el maligno Sykes iba a matar a la pobre Nancy, vi tres moscas que volaban cerca del cielorraso, y una de las moscas volaba patas arriba. Lo que entonces dijo Polanco es totalmente idiota, pero no vale la pena transcribirlo sin explicar antes cómo pasaron las cosas.

Al principio a mí no me pareció tan raro que una mosca volara patas arriba si le daba la gana, porque aunque jamás había visto semejante comportamiento, la ciencia enseña que eso no es una razón para rechazar los datos de los sentidos frente a cualquier novedad. Se me ocurrió que a lo mejor el pobre animalito era tonto o tenía lesionados los centros de orientación y estabilidad, pero poco me bastó para darme cuenta de que esa mosca era tan vivaracha y alegre como sus dos compañeras que volaban con gran ortodoxia patas abajo. Sencillamente esta mosca volaba de espaldas, lo que entre otras cosas le permitía posarse cómodamente en el cielo raso; de tanto en tanto se acercaba y se adhería a él sin el menor esfuerzo. Como todo tiene su compensación, cada vez que se le antojaba descansar sobre mi caja de habanos se veía precisada a rizar el rizo, como tan bien traducen en Barcelona los textos ingleses de aviación, mientras sus dos compañeras se posaban como reinas sobre la etiqueta «made in Havana» donde Romeo abraza enérgicamente a Julieta. Apenas se cansaba de Shakespeare, la mosca despegaba de espaldas y revoloteaba en compañía de las otras dos formando esos dos insensatos que Pauwels y Bergier se obstinan en llamar brownianos. La cosa era extraña, pero a la vez tenía un aire curiosamente natural, como si no pudiera ser de otra manera; abandonando a la pobre Nancy en manos de Sykes (¿qué se puede hacer contra un crimen cometido hace un siglo?), me trepé al sillón y traté de lidiar más de cerca un comportamiento en el que rivalizaban lo supino y lo insólito. Cuando la señora Fotheringham vino a avisarme que la cena estaba servida (vivo en una pensión), le contesté sin abrir la puerta que bajaría en dos minutos y, de paso, ya que la tenía orientada en el tema temporal, le pregunté cuánto vivía una mosca. La señora Fotheringham, que conoce a sus huéspedes, me contestó sin la menor sorpresa que entre diez y quince días, y que no dejara enfriar el pastel de conejo. Me bastó la primera de las dos noticias para decidirme —esas decisiones son como el salto de la pantera— a investigar y a comunicar al mundo de la ciencia mi diminuto, aunque alarmante descubrimiento.

Tal corno se lo conté después a Polanco, vi en seguida las dificultades prácticas. Vuele boca abajo o de espaldas, una mosca se escapa de cualquier parte con probada soltura aprisionada en un bocal e incluso en una caja de vidrio puede perturbar su comportamiento o acelerar su muerte. De los diez o quince días de vida, ¿cuántos le quedaba a este animalito que ahora flotaba patas arriba en un estado de gran placidez, a treinta centímetros de mi cara? Comprendí que, si avisaba al Museo de Historia Natural, mandarían a algún gallego armado de una red que acabaría en un plaf con mi increíble hallazgo. Si la filmaba (Polanco hace cine, aunque con mujeres), corría el doble riesgo de que los reflectores estropeasen el mecanismo de vuelo de mi mosca, devolviéndolo en una de esas a la normalidad con enorme desencanto de Polanco, de mí mismo y hasta probablemente de la mosca, aparte de que los espectadores futuros nos acusarían sin duda de un innoble truco fotográfico. En menos de una hora (había que pensar que la vida de la mosca corría con una aceleración enorme si se la comparaba con la mía) decidí que la única solución era ir reduciendo poco a poco las dimensiones de mi habitación hasta que la mosca y yo quedáramos incluidos en un mínimo de espacio, condición científica imprescindible para que mis observaciones fuesen de una precisión intachable (llevaría un diario, tomaría fotos, etc.) y me permitieran preparar la comunicación correspondiente, no sin antes llamar a Polanco para que testimoniara tranquilizadoramente no tanto sobre el vuelo de la mosca como acerca de mi estado mental.

Abreviaré la descripción de los infinitos trabajos que siguieron, de la lucha contra el reloj y la señora Fotheringham. Resuelto el problema de entrar y salir siempre que la mosca estuviera lejos de la puerta (una de las otras dos se había escapado la primera vez, lo cual era una suerte; a la otra la aplasté implacablemente contra un cenicero) empecé a acarrear los materiales necesarios para la reducción del espacio, no sin antes explicarle a la señora Fotheringham que se trataba de modificaciones transitorias, y alcanzarle por la puerta apenas entornada sus ovejas de porcelana, el retrato de lady Hamilton y la mayoría de los muebles, esto último con el riesgo terrible de tener que abrir de par en par la puerta mientras la mosca dormía en el cielo raso o se lavaba la cara sobre mi escritorio. Durante la primera parte de estas actividades me vi forzado a observar con mayor atención a la señora Fotheringham que a la mosca, pues veía en ella una creciente tendencia a llamar a la policía, con la que desde luego no hubiese podido entenderme por un resquicio de la puerta. Lo que más inquietó a la señora Fotheringham fue el ingreso de las enormes planchas de cartón prensado, pues naturalmente no podía comprender su objeto y yo no me hubiera arriesgado a confiarle la verdad pues la conocía lo bastante como para saber que la manera de volar de las moscas la tenía majestuosamente sin cuidado; me limité a asegurarle que estaba empeñado en unas proyecciones arquitectónicas vagamente vinculadas con las ideas de Palladio sobre la perspectiva en los teatros elípticos, concepto que recibió con la misma expresión de una tortuga en circunstancias parecidas. Prometí además indemnizarla por cualquier daño, y unas horas después ya tenía instaladas las planchas a dos metros de las paredes y del cielo raso, gracias a múltiples prodigios de ingenio, scotchtape y ganchitos. La mosca no me parecía descontenta ni alarmada; seguía volando patas arriba, y ya llevaba consumida buena parte del terrón de azúcar y del dedalito de agua amorosamente colocados por mí en el lugar más cómodo. No debo olvidarme de señalar (todo era prolijamente anotado en mi diario) que Polanco no estaba en su casa, y que una señora de acento panameño atendía el teléfono para manifestarme su profunda ignorancia del paradero de mi amigo. Solitario y retraído como vivo, sólo en Polanco podía confiar; a la espera de su reaparición decidí continuar el estrechamiento del hábitat de la mosca a fin de que la experiencia se cumpliera en condiciones óptimas. Tuve la suerte de que la segunda tanda de planchas de cartón fuera mucho más pequeña que la anterior, como puede imaginarlo todo propietario de una muñeca rusa, y que la señora Fotheringham me viera acarrearla e introducirla en mi aposento sin tomar otras medidas que llevarse una mano a la boca mientras con la otra elevaba por el aire un plumero tornasolado.

Preví, con el temor consiguiente, que el ciclo vital de mi mosca se estuviera acercando a su fin; aunque no ignoro que el subjetivismo vicia las experiencias, me pareció advertir que se quedaba más tiempo descansando o lavándose la cara, como si el vuelo la fatigara o la aburriera. La estimulaba levemente con un vaivén de la mano, para cerciorarme de sus reflejos, y la verdad era que el animalito salía como una flecha patas arriba, sobrevolaba el espacio cúbico cada vez más reducido, siempre de espaldas, y a ratos se acercaba a la plancha que hacía de cielo raso y se adhería con una negligente perfección que le faltaba, me duele decirlo, cuando aterrizaba sobre el azúcar o mi nariz. Polanco no estaba en su casa.

Al tercer día, mortalmente aterrado ante la idea de que la mosca podía llegar a su término en cualquier momento (era irrisorio pensar que me la encontraría de espaldas en el suelo, inmóvil para siempre e idéntica a todas las otras moscas) traje la última serie de planchas, que redujeron el espacio de observación a un punto tal que ya me era imposible seguir de pie y tuve que fabricarme un ángulo de observación a ras del suelo con ayuda de los almohadones y una colchoneta que la señora Fotheringham me alcanzó llorando. A esta altura de mis trabajos el problema era entrar y salir: cada vez había que apartar y reponer con mucho cuidado tres planchas sucesivas, cuidando no dejar el menor resquicio, hasta llegar a la puerta de mi pieza tras de la cual tendían a amontonarse algunos pensionistas. Por eso, cuando escuché la voz en el teléfono, solté un grito que él y su otorrinolaringólogo calificarían más tarde severamente. Inicié entonces un balbuceo explicativo, que Polanco cortó ofreciéndose a venir inmediatamente a casa, pero como los dos y la mosca no íbamos a caber en un pequeño espacio, entendí que primero tenía que ponerlo en conocimiento de los hechos para que más tarde entrara como único observador y fuera testigo de que la mosca podía estar loca, pero yo no. Lo cité en el café de la esquina de su casa, y ahí, entre dos cervezas, le conté.

Polanco encendió la pipa y me miró un rato. Evidentemente estaba impresionado, y hasta se me ocurre que un poco pálido. Creo haber dicho ya que al comienzo me preguntó cortésmente si yo estaba seguro de lo que le decía. Debió convencerse, porque siguió fumando y meditando, sin ver que ya no quería perder tiempo (¿y si ya estaba muerta, y si ya estaba muerta?) y que pagaba las cervezas para decidirlo de una vez por todas.

Como no se decidía me encolericé y aludí a su obligación moral de secundarme en algo que sólo sería creído cuando hubiera un testigo digno de fe. Se encogió de hombros, como si de pronto hubiera caído sobre él una abrumadora melancolía.

—Es inútil, pibe —me dijo al fin—. A vos a lo mejor te van a creer, aunque yo no te acompañe. En cambio a mí…

—¿A vos? ¿Y por qué no te van a creer a vos?

—Porque es todavía peor, hermano —murmuró Polanco—. Mirá, no es normal ni decente que una mosca vuele de espaldas. No es ni siquiera lógico si vamos al caso.

—¡Te digo que vuela así! —grité, sobresaltando a varios parroquianos.

—Claro que vuela, así. Pero en realidad esa mosca sigue volando como cualquier mosca, sólo que le tocó ser la excepción. Lo que ha dado media vuelta es todo el resto —dijo Polanco—. Ya te podés dar cuenta de que nadie me lo va a creer, sencillamente porque no se puede demostrar y en cambio la mosca está ahí bien clarita. De manera que mejor vamos y te ayudo a desarmar los cartones antes de que te echen de la pensión, no te parece.

Julio Cortázar, 1957 

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

viernes, 22 de agosto de 2025

Historias de Vigàta vol. 2 - Andrea Camilleri

Título: Historias de Vigàta vol. 2                                                                                            Autor: Andrea Camilleri

Páginas: 288

Editorial: Altamarea

Precio: 19,90 euros 

Año de edición: 2023

Tengo una debilidad manifiesta y confesada por este inigualable autor siciliano, un abuelo irónico, socarrón, mordaz y divertido, autor de un buen número de novelas y relatos breves, pese a comenzar a escribir siendo ya mayor.

Una buena parte de su producción la compone la novela negra, en particular la amplia serie dedicada a su inefable personaje, el comisario Montalbano. Otras son ficciones muy bien construidas y aderezadas a partir de sucesos de la pequeña historia o de leyendas locales de su Sicilia natal, habladurías que se trasmiten oralmente; la mayoría se sitúan en el siglo XIX y se refieren a costumbres ancestrales, mitos y tradiciones populares; otras están ambientadas en la época del gobierno fascista y en ellas refleja situaciones que terminan cayendo en el ridículo. No es corriente que la acción trascurra en un tiempo más cercano a los años 70.

En este volumen hay ocho historias cortas, ocho soles de entretenidas historias divertidas y amenas, ambientadas en el pueblo imaginario siciliano de Vigàta: una historia de un timo colosal que afecta a buena parte del pueblo; otra sobre una mujer humilde muy apreciada en el pueblo, comparada con la Virgen y que provoca arrepentimientos; una increíble rivalidad comercial entre vendedores ambulantes; una sorprendente ola de anónimos que invade el pueblo; el rapto de una novia para salvar la oposición de sus padres a la boda, que acaba en esperpento; una historia sobre los zapatos nuevos de un humilde campesino; otra historia rocambolesca sobre aficionados al espiritismo, y una más sobre los avatares de un rico heredero pendiente de casar.

Todas con el sello inconfundible del maestro Camilleri y con sus ingredientes habituales de envidias, enemistades antiguas, ambiciones, celos, infidelidades y el figurar de las fuerzas vivas del pueblo con sus títulos aparentes de honorable, barón, marqués, comendador, cavalieri… Relatos muy amenos, frescos, relajantes, de lectura muy atrayente para leer de un tirón o bien intercalándola con otras lecturas. Es de señalar la traducción de Carlos Claveria que aporta giros y construcción de frases anómalas en castellano, pero que supongo son corrientes en el dialecto siciliano.

Andrea Camilleri

Andrea Camilleri (Porto Empedocle, 1925-2019) fue guionista y director de teatro, radio y televisión antes de dedicarse a la literatura; comenzó a escribir a los 55 años y no paró de escribir hasta el final de sus días, a razón de varios libros por año; incluso cuando comenzó a perder vista, siguió dictando sus obras a una secretaria. Tengo contabilizados 76 libros entre novelas y recopilaciones de relatos, 36 de ellos del comisario Montalbano.  Seguramente es el escritor más comentado en este blog, nos ha proporcionado un buen número de buenos ratos con la lectura de sus libros.

Publicado por John Smith. 

miércoles, 20 de agosto de 2025

El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas - Haruki Murakami

Título: El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas                               Autor: Haruki Murakami

Páginas: 484

Editorial: Tusquets

Precio: 10,92 

Año de edición: 2009

El fin del mundo y un despiadado país delas maravillas (2009, edición original de 1985) es una novela con dos historias que discurren en paralelo y acaban confluyendo de una manera sorprendente y fascinante. Haruki Murakami narra con soltura una compleja historia de fondo filosófico, haciéndola inteligible, y, sobre todo, legible, lo que es muy de agradecer. 

Esta ambiciosa novela es muchas cosas a la vez: una reflexión sobre el laberinto de la identidad, una historia de ciencia ficción, un eficaz relato de terror, una acelerada sucesión de disparatadas peripecias, que parecen sacadas de una película de Harold Lloyd, un conjunto de diálogos dignos del teatro del absurdo, una sugerencia filosófica y una melancólica meditación sobre las postrimerías. Somos nuestra conciencia. Pero si alguien altera nuestra mente la identidad cambiará. Y caeremos en el pozo sin fondo de una realidad nueva e incomprensible. Todo lo sólido se desvanece en el aire. 

El protagonista es un tipo de 35 años que trabaja para una corporación privada, el Sistema, con profundas influencias en el Estado. El Sistema elabora cálculos muy precisos sobre infinidad de asuntos. Y ya se sabe que la información es poder. Otra organización, la Factoría, es rival de la primera en el monopolio del conocimiento. Entre las dos mantienen en silencio una sorda guerra por el poder. Calculadores contra semióticos. Nuestro hombre es un calculador. A los calculadores les han hecho ciertas cosillas en el cerebro para incrementar sus capacidades cognitivas. La idea de Murakami de una alteración artificial de la conciencia recuerda a las propuestas de William Burroughs o Philip K. Dick

Esta es una historia. La otra transcurre en un lugar muy lejano, de una tristeza lánguida, remoto, quizá en el fin del mundo. Una ciudad rodeada de una alta muralla y cuyos habitantes no salen de sus casas. Fuera de la ciudad está el bosque, la ciénaga y el lago. También rebaños de unas hermosas bestias de ojos dorados que pastan en silencio, contemplan tristemente a los hombres y mueren dulcemente en invierno. El río que atraviesa la ciudad está encantado y quieto. Este mundo irreal se confunde con una eternidad que ha vencido al tiempo. A la ciudad llega un hombre. Su sombra se ha quedado fuera, ya que no puede traspasar las murallas. El hombre trabajará como lector de sueños hasta la muerte de su sombra. Sin sombra, se quedará para siempre en la ciudad. Allí no existe el sufrimiento porque las inquietudes desaparecen junto con los recuerdos. Nieva. Una mortaja de un blanco puro envuelve el paisaje. 

Volvemos al Tokio contemporáneo. El calculador se sumerge en las profundidades de la capital, reclamado por un sabio que le pide ayuda para realizar unos cálculos. El sabio es un investigador capaz de controlar los sonidos y de dotar de imágenes al subconsciente más profundo, al yo más recóndito, a los sentimientos más subterráneos. El caso es que también se enfrenta con una raza de monstruos del subsuelo conocidos como los tinieblos (los morlocks de H. G. Wells), que rinden culto a un horrible pez antropomorfo (sí, igual que H. P. Lovecraft) y se meriendan a los incautos. Los tinieblos odian intensamente a los seres humanos. Además, el tiempo del calculador se acaba. Lo que le espera no es exactamente la muerte. En cualquier caso, debe despedirse del mundo sensible.

La novela es larga, de lectura apasionante y su propuesta sobre la escisión entre apariencia y realidad resulta premonitoria (la inteligencia artificial, la biotecnología... ). Murakami se manifiesta como un seguidor del dualismo de Platón: existe un cielo de esencias separado del equívoco universo de las apariencias. Incluso se adelanta en unos años a la estupenda película Matrix (1999), con sus disquisiciones sobre el mundo virtual.

Otros aspectos a destacar: la gracia, el sarcasmo y el humor negro del protagonista (inteligente, melómano, bebedor y peliculero), el surrealismo de sus aventuras eróticas con una amante escultural y comilona, la crítica de una sociedad superficial y repetitiva (el opulento Japón de los ochenta), los misterios de la mente (el hondo cielo, que decía Machado), el infinito como morada del eterno aburrimiento o el intenso lirismo de algunos pasajes que rozan la cursilería sin caer, por fortuna, en ella. Creo que esta novela es recomendable tanto para entretenerse como para pensar. Una buena posibilidad para el verano. 

Haruki Murakami

Haruki Murakami (1949) es un escritor japonés nacido en Kioto. Su familia era culta y estaba entroncada con sacerdotes budistas y samuráis. Haruki estudió literatura y teatro griegos en la Universidad de Waseda. Durante varios años regentó un club de jazz en Tokio llamado El gato Pedro. En la década de los ochenta empezó a escribir y se convirtió en uno de los autores japoneses más populares y difundidos en el extranjero. Desde hace años es candidato habitual al premio Nobel

La obra de Murakami está influida por la cultura occidental, en especial la literatura norteamericana y el posmodernismo. Con tantos detractores como entusiastas, Murakami sigue escribiendo sin parar. Le gusta la música, correr y las novelas policíacas de su admirado Raymond Chandler. Está casado y no tiene hijos. 

Publicado por Alberto.