
Título: La gente del abismo Autor: Jack London
Páginas: 288
Editorial: Gatopardo
Precio: 17,95 euros
Año de edición: 2016
Este es un libro sobre
la miseria. Londres en 1902: medio millón de personas vivían en los abarrotados
slums del East End. La otra cara de la arrogante sociedad victoriana.
Los londinenses «decentes» se estremecían con solo pensar en aquellos barrios
tan alejados de la magnificencia imperial. Una población variopinta bullía por
arroyos sucios e intentaba sobrevivir. No pocos dormían en los bancos del
parque. Los cuchitriles más alucinantes tenían siempre huéspedes. Proscritos de
la sociedad, algunos morían como bestias. Otros más afortunados recalaban en
crueles asilos que parecían inspirados en las novelas de Charles Dickens (la
naturaleza imita al arte). Por siniestras callejuelas neblinosas pululaban
trabajadores de los muelles, deshollinadores, carpinteros, mendigos,
moribundos, bandadas de golfillos, prostitutas, ancianos abandonados, patronas
mugrientas, desocupados, delincuentes y buscavidas.
Jack London se sumergió
en este revuelto mundillo y contó su experiencia en «La gente del abismo»
(1903), un apasionante documento acerca de la pobreza urbana. El americano
tenía amigos londinenses que le desaconsejaban barrios tan peligrosos.
Cualquier caballero evitaba sus calles. London planea su visita como el que va
de expedición al Amazonas (incluso tiene un refugio seguro en casa de una
familia de clase media baja que vive en la zona «elegante» del East End). Para
entender a la gente del abismo, se debe vivir como ellos. Compartir sus miserias.
Quizá también alguna esperanza. El documento social es asimismo un estudio
antropológico sobre los barrios bajos, contando unas cuantas vidas
descabaladas. La literatura enseña la realidad que nadie quiere ver.
El testimonio constituye una denuncia. Disfrazado con harapos, Jack London
cogió aliento y se lanzó, con cierto miedo, a ese territorio comanche. Se
hacía pasar por un marinero sin trabajo.
La capacidad de
observación del americano es portentosa. Con leves pinceladas recrea la
atmósfera de aquel barrio dejado de la mano de Dios. Las fotografías en sepia
que se conservan transmiten como nadie el bullicio barriobajero. Gente mal
vestida. Ceñuda. Vidas sombrías. Se palpa la necesidad, aunque los vecinos
tienen su orgullo de cockneys de pura cepa.
Whitechapel:
callejuelas laberínticas por donde deambulaba Jack el Destripador catorce años
atrás. Oscuras tiendas atestadas de los cachivaches más insólitos. Tabernas en
donde una fauna pintoresca se atiborra de mala cerveza. Zapateros que trabajan
doce o catorce horas en sórdidos y minúsculos talleres. Obreros endomingados
que fuman tranquilamente en pipa a la puerta de sus casas tristes. Cuartuchos
que albergan confusamente varias familias. Gritos y peleas. Mercadillos
dudosos. Muelles cubiertos de bruma. Policías que hacen su ronda agitando
una linterna en la oscuridad. Mezquindad. Roña. Una sinfonía de horribles
olores. Niebla, fango y enfermedades.
La economía descriptiva
de London hace milagros en apenas unas frases: «El panorama que nos ofrecían
todas las travesías y callejones no era otro que el de ladrillos y
miseria (...) el aire nos traía los ruidos obscenos de las riñas y
trifulcas (...) por todas partes veía muros de ladrillo, pavimentos enfangados
y calles atestadas de griteríos». Pío Baroja en «La ciudad de la
niebla» (1909) reflejó con el mismo talento idéntico ambiente.
A medida que va
penetrando en el corazón de las miserias, London conoce a personas de
extracción social humilde zarandeadas por la existencia. De inteligencia
mediana, como la gran mayoría. Gente normal. Un marinero que solo sabe
emborracharse entre barco y barco. O el caso patético de un viejo militar
derrotado que espera su turno en la cola del asilo. Obreros que perdieron a sus
familias, hundiéndose lentamente en la marginalidad. Jóvenes recién llegados a
Londres que no encuentran su sitio. Parados. Nada extraño, ni exótico.
La muerte siempre
estaba al acecho de sus cortas vidas y como pariente de la muerte, la
enfermedad. La mayoría de los compañeros casuales de Jack London están enfermos
de hambre. Los desheredados no podían resistir mucho tiempo la dieta de pan
duro, mantequilla rancia y té flojo. Pobres, pero no vagos. La inmensa mayoría
de los habitantes del East End eran laboriosos (el estereotipo del haragán
miserable es falso). Pero era muy difícil salir del gueto. Los más vulnerables
se morían en silencio. En 1902 los servicios sociales estaban en mantillas.
Primaba el laissez-faire más despiadado.
Una época inmisericorde
con los humillados y ofendidos. El darwinismo social era la vulgata de la
burguesía. En la lucha por la vida los triunfadores lucían altos, guapos,
buenos y preferentemente rubios; los fracasados, cetrinos e innobles, debían
perecer. Sabemos a qué llevó semejante filosofía social reaccionaria. De hecho,
era tan predominante, que un socialista como London no estaba libre de ella.
Teme la multiplicación del proletariado. El mito positivista de la degeneración
hacía estragos. Los individuos de las clases sociales inferiores eran
considerados como seres primitivos y atávicos. Afortunadamente, nuestro autor se
olvida rápidamente de teorías. La realidad son las personas concretas de carne
y hueso con las cuales se cruza. Son iguales a nosotros, advierte, solo que más
desafortunadas. «La gente del abismo» permanece como un clásico en la denuncia
de la injusticia social.
Jack London
Jack London (1876-1916)
es un escritor norteamericano, cuyos orígenes son confusos. Al parecer, su
nombre real era John Griffith Chaney, y es posible que su padre biológico fuera
el astrólogo William Chaney. Lo que sí es seguro es que vino al mundo en
San Francisco. Autodidacta, se formó leyendo libros en una
biblioteca pública. Fue marinero, vagabundo, ostrero, enlatador y pasó una
temporada en la cárcel. También estuvo con su cuñado en Klondike, buscando oro.
No lo encontró, pero su salud se resintió bastante. Contrajo matrimonio.
Fueron sus magníficos
relatos de hombres rudos enfrentados a las inclemencias de la
naturaleza los que le hicieron rico. Sus ideas eran progresistas y socialistas,
aunque Jack London compartía bastantes de las obsesiones racistas de la época.
En 1910 se compró un rancho de mil acres en California. Atesoró unos 15.000 libros. Su muerte
fue tan complicada como sus orígenes: se habló de suicidio, uremia e incluso de
una sobredosis accidental de morfina. Sigue siendo uno de los escritores más
queridos por jóvenes y grandes.
Publicado por Alberto.