lunes, 28 de septiembre de 2020

Territorio de luz - Yuko Tsushima

  

Título: Territorio de luz                                                                                                      Autora: Yujo Tsushima

Páginas: 208

Editorial: Impedimenta
 
Precio: 19,50 euros  

Año de edición: 2020

Esta novela japonesa, recién publicada en español y escrita en 1979, cuenta en forma de diario, la odisea cotidiana de una mujer tokiota, una bibliotecaria, casada y con un hija pequeña, de tres años, que ve cómo su marido se va y trata de llevar una vida por sí misma, en una sociedad y un ambiente profundamente masculinos.

La protagonista es una mujer cuyo nombre no conocemos, así que puede ser una mujer genérica, cualquier japonesa alrededor de la treintena en el país nipón de finales de los años 70. No es una heroína, ni siquiera es una mujer fuerte. Es una japonesa normal, con sus defectos y debilidades, una pobre mujer solitaria y tímida, como tímidos son los japoneses, a la que cualquier cosa le cuesta un esfuerzo sobrehumano. Alquila un apartamento lleno de luz (de ahí el título de la novela), con una terraza y a pesar de las dificultades, a menudo encuentra un punto de poesía en su vida, un toque conmovedor y emocionante como un haiku: un color de plata, una hoja movida por el viento o las estrellas, que se ven mejor cuando más frío hace.

Hay muchos detalles de la cultura japonesa, que llaman la atención y proporcionan una introducción indirecta a ese mundo: hay bares que guardan una botella de licor para cada cliente con su nombre; se describe la rudeza cortante de los japoneses, agazapada bajo una cubierta de cortesía muy formal; la novia de su exmarido, una striper y un profesor la llaman para convencerla de que no va a encontrar nada mejor que su ex...

El texto se lee muy bien, deprisa. Está escrito con un estilo muy sencillo, terso y luminoso, simple y transparente, de una aparente facilidad que esconde una profunda elaboración y un talento natural para contar lo complicado de manera simple.

No hay planteamiento, nudo y desenlace, es una de esas historias en las que no pasa nada o pasa de todo, según se mire. Un argumento que no se puede contar fácilmente, habría que decir que simplemente es una mujer que vive y ése es uno de los encantos de este libro. Es una ventana privilegiada a la que asomarse y ver un trozo de la vida de una persona, con sus claroscuros, sus sinsabores y sus alegrías.

Los trece capítulos en los que se divide la novela acaban a menudo con un final abierto, sugerente, que invita a imaginar cómo puede continuar la historia. Y el libro se cierra con otra mudanza. Es pues, una narración entre dos traslados, que cubre un año en la vida de una mujer; el relato de cómo vivió la protagonista en un ático luminoso, con los elementos y todo el contexto en contra.

Una novela espléndida, realista y sensible, uno de los libros del año, emocionante y delicado como una flor, bellamente escrito y con el aliciente de ponernos en contacto con parte de una cultura tan alejada y atractiva como la japonesa.

Yuko Tsushima (Mitaka, 1945-2016) fué una escritora japonesa, hija del famoso novelista Osamu Dazai, que se suicidó cuando ella tenía solo un año. Publicó su primer relato mientras estudiaba en la Universidad Shirayuri de Tokio y a los 24 años vió la luz su primer libro de cuentos.

Ha ganado prestigiosos premios, como el Premio Izumi Kyōka de literatura , el Premio Noma Anual para nuevos talentos, el Premio Noma de Literatura, el Premio Yomiuri o el Premio Tanizaki. The New York Times denominó a Tsushima «como una de las escritoras más importantes de su generación».

Es una autora que suele escribir desde una perspectiva feminista, sobre mujeres que tratan de ordenar su vida frente a las presiones de la sociedad y a familia. Varias veces ha citado a  Tennessee Williams como uno de los autores que más le ha influido.

Yuko Tsushima

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 27 de septiembre de 2020

La hectárea - Giovanni Guareschi


La hectárea

Margherita —dije, mientras me sentaba a la mesa—, ¿te acuerdas de aquel terreno del que te hablé el año pasado?

—No —respondió Margherita—, ¿por qué?

—Porque lo he comprado.

Margherita me miró estupefacta; y explicó a los niños:

—No le bastan los disgustos que se busca como periodista; ¡ahora quiere tener más como granjero!

Le dije que no había por qué exagerar la cosa.

—Es un terreno de una hectárea —precisé.

Pero eso, en vez de tranquilizar a Margherita, aumentó su excitación.

—Hace seis o siete años que en los periódicos no se habla más que de hectáreas, y él va y preci­samente compra una hectárea de terreno.

Este es uno de los famosos razonamientos de Margherita; ya me había habituado a esa clase de lógica, pero aquella vez no pude evitar el enfadarme y la invité a no decir tonterías.

—¿Tonterías? —replicó Margherita—. Ocupaciones de tierras, discusiones sobre los latifundios y las reformas agrarias, inundaciones y demás; dime: ¿están o no están mezcladas las hectáreas en todos los líos políticos que se refieren al campo?

Aquella noche la cosa quedó así, porque me retiré de la lucha. Pero al día siguiente, Margherita me preguntó:

—Y esa hectárea, ¿dónde está?

Después quiso saber si en el terreno crecía hierba y si había alguna planta.

Y así llegó el día en que oí a la Pasionaria que hablaba por teléfono con su amiguita y le explicaba:­

—No, mañana no puedo. Mañana vamos a ver la hectárea de papá…

Nos detuvimos en el restaurante del pueblo y nos sentamos a la mesa para comer algo. En la estancia contigua a aquella en que nos hallábamos había gente que bebía y charlaba. Entró un recién llegado y dijo:

—Parece ser que ha venido el que compró el pequeño terreno del cruce.

—¿Qué pinta tiene? —preguntó alguien.

—No lo he visto. Pero, tal como están las cosas, solo puede tener pinta de estúpido.

—Ya —añadió un tercero—. Si ha pagado por ese terreno del tamaño de un pañuelo más del doble de lo que vale, a la fuerza tiene que ser un estúpido.

Intervino un viejo:

—No, no. Todo lo más, un pobre desgraciado. Quién sabe cómo lo habrán pescado.

—Si uno no entiende de estas cosas, es mejor que se quede en casa y se dedique a lo suyo —res­pondió el de antes—. Para mí, es un estúpido.

—Naturalmente —saltó otro—. Será uno de esos macacos de la ciudad que en cuanto hacen una excursión al campo les da por la manía del aire puro, la vida sencilla y otras imbecilidades. Entonces, compran un pedazo de tierra y después lo venden por la mitad de lo que pagaron.

Rieron. Después, uno dijo:

—¡Menuda mercancía! A lo mejor, en la ciudad, para ir al retrete tienen que salir fuera del barrio, porque en el suyo no lo hay, y después, cuando vienen al campo, empiezan en seguida a decir que sin termo y sin baño con agua caliente y fría no pueden vivir. En la ciudad llevan la vida más tonta y retirada posible, y cuando están aquí se las dan de grandes señores, toman el té en el jardín y, si asoman la nariz por la taberna, se las dan de demócratas, pagan la bebida a todos y jue­gan a los bolos con los campesinos. Apuesto el cuello a que esos que han comprado el terreno del cruce se construyen su casita con baño y termosi­fón y un jardín con sombrilla para tomar el té.

—Sí, tienes razón; verás como edifican una casa.

—Veremos a la señora ir de un lado a otro en bragas, como si fuera a la playa.

Rieron otra vez. Después, uno comenzó de nuevo:

—¡Desgraciados! Son los horteras de siempre, de la ciudad; esos que en cuanto tienen un huerto, se creen propietarios y vienen en automóviles lle­nos de amigos de la ciudad para ver un campo de tréboles.

—¡Lo que nos vamos a reír si hace la casa! —exclamó un jovencito—. El que ha sido capaz de pagar tanto dinero por ese terreno, debe de ser de esos que aquí, a cuatro pasos del Po, construye un chalet al estilo suizo.

—Sí, ya conozco a esa gente. Construyen la casa; después, de vez en cuando, aparecen de im­proviso: «Por favor, trasládeme esa puerta un poco más allá… Tapie esa ventana y abra una a la otra parte… Derribe esta pared y levante otra ahí…» A esos tipos les gusta que se diga de ellos que son originales y que están un poco chiflados… ¡Des­pués, cuando llega la hora de pagar, se dan cuenta de lo que vale todo eso!

Intervino el viejo:

—Al fin y al cabo, el comprador tiene razón; si tiene dinero, puede gastárselo como mejor le parezca…

—¡Dinero! ¿Qué dinero quieres que tenga? Si fuera un verdadero señor, no vendría aquí a cons­truir una casa. Ni habría comprado un terreno que no llega siquiera a una hectárea. Ese debe de ser un tipo de medio pelo…

Margherita movió la cabeza.

—Y ahora, ¿qué vas a hacer? ¿Volverás a vender la hectárea? —preguntó.

—No, Margherita. En cuanto tenga dinero, construiré una casa con baño, termosifón y un pequeño jardín con flores. Y de vez en cuando, mientras duren las obras, apareceré por aquí y diré: «Por favor, esa puerta trasládenla medio metro más a la derecha… Cierre esa ventana y abra otra en la pared de enfrente…» Es el destino de nosotros, los de medio pelo…

Margherita suspiró y después dijo que, a pesar de todo, aquello no le disgustaba.

—En el fondo, es bonito poder estar lejos de la ciudad, disfrutando de esta paz, entre esta gente tan sencilla y cordial. Entre esta gente que nos comprende…

Giovanni Guareschi (1908-1958)

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

sábado, 26 de septiembre de 2020

Quijotes y Sanchos - Carlos Tuñón

 

¿Si pudieras ser otra persona, quién te gustaría ser? ¿Cómo se puede ser un quijote hoy en día? ¿Eres más Quijote o Sancho? Estas trascendentales preguntas y otras similares se plantean al espectador en esta recreación teatral, muy inmersiva y participativa, que nos propone el Teatro de la Abadía en esta época de pandemia.
 
La excusa es una supuesta versión anónima del clásico de Cervantes, adaptada y con anotaciones, encontrada  en una librería de Tokyo y que da pie para iniciar esta sin par aventura.
 
Cada sesión está limitada a solo 20 personas y cada una recibe una caja con un walkman y un casete (sí, una cinta como las de antes, algo viejuno y anacrónico) y algunos parcos materiales para recorrer el madrileño barrio de Chamberí durante un par de horas guiadas por la envolvente voz de un estupendo elenco de actores. 
 
La cinta dura 90 minutos, en algunos momentos pide al espectador que detenga la reproducción, y tiene dos caras de 45 min, la A para salir a la aventura, como Don Quijote, y recorrer el barrio de Chamberí y la B para volver al punto de partida, por veredas conocidas y acompañados de Sancho.
 
Una propuesta arriesgada, juguetona y muy interactiva, sin que nadie pueda sentirse violento, muy apropiada para esta situación de precauciones sanitarias que vivimos. No he tenido la suerte de asistir a, o mejor dicho recorrer, este montaje, pero las críticas son muy buenas y conociendo a los artífices de este artefacto teatral, Carlos Tuñón como director y el cuarteto formado por Gon Ramos, Luis Sorolla, el mismo Carlos Tuñón y un anónimo japonés, responsables de los textos, os aseguro que la experiencia valdrá la pena. He podido ver varias de sus obras y están llenas de talento innovador.

La obra se representa (es un decir) en el Teatro de La Abadía, a las 19:00 desde el 24 de septiembre hasta el 18 de octubre y me parece tan original y prometedora, que me atrevo a recomendarla (si vivís en Madrid) sin haberla visto. Yo no me la pierdo, desde luego.
 
Para más información, véase este enlace

Quijotes y sanchos

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

viernes, 25 de septiembre de 2020

La azucena roja - Anatole France

  

Título: La azucena roja                                                                                                      Autor: Anatole France

Páginas: 207

Editorial: Club Internacional del Libro
 
Precio: 5,50 euros  

Año de edición: 1984

Después de traer aquí varios libros publicados hace poco, vamos a por un clásico, que siempre está bien volver de vez en cuando a los valores seguros. «La azucena roja» es una de las obras maestras que nos dejó un autor que fué el prototipo francés de hombre de letras, completamente dedicado a la literatura, intelectual comprometido y con un dominio del lenguaje extraordinario.

Efectivamente, Anatole France es un gran narrador, que escribe con precisión, sencillez y claridad, a la vez que con una riqueza de matices y detalles apabullante. Su estilo no llega nunca a ser barroco, está siempre al servicio de lo que quiere contar y resulta verdaderamente espléndido. Por suerte, el español es un idioma muy próximo al francés y parece que ninguna de las cualidades del lenguaje original se pierde en la traducción.

El título de esta novela, «Le lys rouge» en francés, que debería ser más bien «El lirio rojo», alude al símbolo de la ciudad de Florencia y cuenta una historia de amor, apasionado y turbulento, que se desarrolla a caballo entre París y la capital toscana. El tema es la pasión como desgracia, como fuente de problemas y factor de profunda perturbación («la divina enfermedad»), visión que refleja la experiencia del autor, que estuvo envuelto toda su vida en amores turbulentos. La pasión se describe aquí como algo maravilloso y excelso, sí, pero también como algo demasiado poderoso e inseparablemente unido a los celos y al tormento.

Es la historia de un romance apasionado, que lo tiene todo a su favor menos ¡ay! los interiores de la naturaleza masculina que a veces se desboca teniéndolo todo a su favor y lleva la aventura al desastre. Un tema interesante que en manos de este autor se convierte en una filigrana. Los personajes están bien perfilados y la figura de la protagonista, Thérèse Montessuy, está llena de interés.

Por otro lado, los diálogos son brillantes, chispeantes, ingeniosos y rápidos. Resultan muy creíbles, reflejan el juego de esgrima verbal de la aristocracia francesa y describen toda una clase social. El estilo es espléndido, ya lo hemos dicho, y la narración es muy ágil, inteligente y vivaz, así que exige del lector la máxima concentración para no perder detalle. El autor maneja la elipsis dosificándola muy bien, sin abusar de ella y en los momentos oportunos.

El texto nos deja frases notables, como: «Toda idea falsa es peligrosa, porque implica desdén hacia la realidad», «Los movimientos armoniosos son la música de los ojos», «Una mujer es franca cuando no dice mentiras inútiles», «Nunca se es bondadoso cuando se ama», «Queremos ser amados y cuando nos aman, o nos aburren o nos torturan», «La desgracia es nuestra mejor maestra» o «El sueño es frecuentemente la revancha de las cosas que despreciamos».

Y curiosamente, el autor intercala en boca de uno de sus personajes un juicio y balance de la figura de Napoleón, al que no deja muy favorecido al decir que no era un intelectual, sino simplemente un militar eficaz y un político.

En suma, un clásico espléndido, que ha envejecido muy bien y se disfruta párrafo a párrafo. Una gran novela.

 
Anatole France
 
Jacques Anatole Thibaut (París, 1844-1924), más conocido por su pseudónimo literario Anatole France, fué un escritor francés, hijo de un librero y erudito, que tenía su establecimiento a orillas del río Sena. El pequeño Anatole creció entre libros, en una librería frecuentada por críticos, escritores, intelectuales y bibliófilos. Fué un lector voraz y desmedido desde muy pequeño y consagró toda su vida a la literatura. Se convirtió en una especie de sacerdote laico dedicado a la única fé verdadera: las letras.
 
Estudió Filología, claro, comenzó a trabajar en la librería de su padre y a los 32 años fué nombrado bibliotecario del Senado. Comenzó a escribir poesía parnasiana, teatro y crítica literaria con cierto éxito, pero pronto destacó su maestría como novelista con su primera novela «El crimen de Silvestre Bonnard» (1881).
 
Apoyó a Zola en el caso Dreyfus y devolvió su Legión de Honor cuando le fue retirada al autor de «Yo acuso». Participó en la fundación de la Liga de los Derechos del Hombre y se comprometió en causas como de la separación de la Iglesia y el Estado, los derechos sindicales y la supresión de los presidios militares.

Publicó más de cuarenta títulos, fue elegido miembro de la Academia Francesa en 1896 y en 1921, recibió el Premio Nobel de Literatura. En 1922 todos sus libros fueron incluidos en el índice de obras prohibidas de la iglesia católica, lo que consideró «una distinción». A pesar de su notable rendimiento, es curioso que su cerebro tenía dos tercios del volumen normal. Parece que en esto, el tamaño tampoco importa.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.