miércoles, 22 de abril de 2015

Rojo y negro - Stendhal


Título: Rojo y negro
Autor: Stendhal
 

Páginas: 640
 

Editorial: Alianza

Precio: 10,90 euros
 

Año: 2013

Siempre dudo cuando estoy a punto de reseñar un clásico indiscutible. ¿Vale la pena reseñar lo obvio? ¿Lo de todos conocido y, casi seguro, leído? Quizás sí porque todos tenemos lagunas de lectura, grandes obras que tenemos pendientes por un motivo u otro. Y desde luego, cualquier momento es bueno para sumergirse en un clásico de los de toda la vida y disfrutarlo a fondo.

Pues entonces, vamos a hablar hoy de una de las mejores novelas realistas del siglo XIX, «Rojo y negro» de Stendhal. Escrita en 1830, cuenta las desventuras y peripecias del joven Julian Sorel, hijo de un carpintero, que se esfuerza denodadamente por ascender de clase social. El título del libro alude a los dos colores de los uniformes del ejército (el rojo) y el clero (el negro), los dos estamentos que el protagonista ve como medios para que un joven de origen humilde prospere en la sociedad. Y sirve también para simbolizar el estado del corazón de Sorel, siempre atrapado entre dos sentimientos, dos corrientes opuestas.

La novela está escrita con un estilo transparente, cristalino, conciso, que parece reflejar la realidad con total objetividad, pero sin embargo indaga y describe la psicología del protagonista con penetración y profundidad, tal y como haría cualquier buen obervador. Stendhal tenía la idea de que una novela debía ser como un espejo que alguien lleva por un camino, en el que se refleja todo el entorno con la máxima objetividad. Y esa es precisamente la sensación que deja la lectura de este libro.
         
Su autor, para calentarse y encontrar el tono más adecuado, solía leer durante un rato el Código Civil francés, objetivo, claro y preciso, para encontrar el estilo y la voz que buscaba.

Varios temas se entrecruzan y encuentran un brillante tratamiento en esta obra, como por ejemplo, la descripción de una época histórica concreta, la restauración de la monarquía borbónica en Francia, o el eterno dilema del ser humano, que en la vida cotidiana se debate entre ser fiel a sí mismo o buscar la aprobación de los demás, siendo como es un animal social.

Por último hay que decir que el autor despliega aquí una extraordinaria capacidad de obervación, casi no inventa nada y todo el material que trata está tomado de ejemplos de la vida real, eso sí, convenientemente tratados. Parece, por ejemplo, que la idea de esta novela se basa un suceso real, el crimen del seminarista Antoine Berthet, que asesinó a su amante, de cuyos hijos era preceptor, y acabó condenado a muerte.

En fin, una novela magnífica, deslumbrante, buenísima. Un clásico de esos que gusta a todo tipo de lectores y resulta de una calidad indiscutible. Es un excelente ejemplo de la novela clásica decimonónica y si todavía no la habéis leído, os la recomiendo, tenéis aseguradas doce o catorce horas de placer. 

Tengo muy buen recuerdo de ella y de la época en la que la leí. Tenía entonces menos de veinte años y disfrutaba de esos años en los que se tiene energía para todo y para todo se encuentra tiempo. Leía mucho, estudiaba en la facultad, salía los fines de semana, iba al cine, hacía deporte... me daba tiempo a todo y me lo pasaba muy bien. Fué una buena época. Resultaba inspirador leer entonces cómo el protagonista luchaba para abrirse camino en la vida, cuando me encontraba en un momento en el que varios caminos se abrían prometedores ante mí. Me gustó mucho.

Portada de la edición de 1831

Henri Beyle (Grenoble, 1783-1842), más conocido como Stendhal, es uno de los escritores franceses más grandes de todos los tiempos. Quedó huérfano de madre a los siete años y su padre, abogado en París, fué encarcelado durante el Terror por defender la monarquía, así que el pequeño Henri tuvo que ser criado por su abuelo, un médico al que llamaba padre.

En el colegio sacaba muy buenas notas en Matemáticas y estuvo a punto de ingresar en una Escuela de Ingeniería, pero una enfermedad se lo impidió. Un azar del destino hizo que se perdiera un gran ingeniero, pero a cambio nos dió un novelista de primera, eso sí, que dibujaba su tramas con la precisión de un plano de una gran construcción.

Ingresó en el ejército, estuvo como dragón de las tropas de Napoleón en Italia, donde se dejó fascinar por la música de Rossini y tuvo la primera amante estable conocida. Llegó a ser ayudante de campo de un general y finalmente consiguió un puesto en la administración imperial. Vivió durante un tiempo en Milán y allí escribio su primera obra, «Roma, Nápoles y Florencia», una verdadera declaración de su amor por Italia.

Tuvo secuencialmente una docena de amantes y nunca se casó. Viajó por toda Europa en carias ocasiones, a veces acompañado de su amigo Prosper Merimée, fué vicecónsul de Francia en Civitavecchia durante cuatro años y murió súbitamente de un ictus. En su tumba, en el Cementerio de Monmartre, se puede leer: «Henri Beyle, milanés. Escribió, amó, vivió 59 años, 2 meses». Es un buen resumen de su vida. 

Beyle es conocido, entre otras cosas, por haber dado nombre al llamado síndrome de Stendhal, o estrés del viajero, que es lo que le ocurre a quien se queda estupefacto y sin habla al sentirse abrumado ante un acumulación de obras de arte que superan su capacidad de contemplación, como le pasó a él en Florencia al contemplar la basílica de la Santa Croce.

 
Stendhal. Fragmento del retrato pintado por Johan Olaf Sodemark en 1840

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

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