lunes, 23 de marzo de 2015

Pedro Páramo - Juan Rulfo


Título: Pedro Páramo
Autor: Juan Rulfo

Páginas: 272
 

Editorial: Cátedra

Precio: 8,20 euros
 
Año de edición: 2004 (8ª edición)

Dicen que una de las grandezas de la literatura, del cine, de la pintura, del arte en general, es la de convertir lo cotidiano es algo mágico, de ser capaz de explicar las sensaciones, los sentimientos, los sueños y que nos sintamos identificados con lo nos están contando. Que toda esa creación nos envuelva y nos transporte hasta lugares o espacios desconocidos increíbles, de creernos únicos y especiales por ese instante. Por eso son muy pocos los llamados a conseguirlo, por eso es tan cara la gracia de los que la poseen.

Quizás el lenguaje sea uno de los instrumentos más difíciles con los que trabajar, un código que ha inventado el hombre, al que le ha aplicado unas reglas para que todos nos entendamos, una herramienta complicada de doblegar y manejar, más intangible, que un pincel, una cámara o un trozo de mármol, no lo sé.

Pero cuando se consigue subvertir el orden acordado de ese código, pero desde dentro de sus reglas, cuando se juega con sus ingredientes, como un cocinero imaginativo juega con los ingredientes de un plato tradicional hasta conseguir otro radicalmente distinto, el resultado nos rompe los esquemas, nos ilumina y nos conmueve.

Desde que los juglares cantaran aquellas gestas en el medievo donde se ganaban la vida, de poblado en poblado para divertir a reyes, nobles o al pueblo llano con sus chanzas y sus historias, nuestra lengua, el castellano, ha sufrido una serie de hitos, lo han acariciado autores, capaces de exprimir y de sacarle resultados nunca alcanzados antes. Cervantes, Garcilaso, Quevedo, Galdós, García Márquez, Rulfo, etc.

Y es cierto que con lo que sueña cualquier escritor que se precie es conseguir interesar por lo que escribe, por cómo lo escribe y si es posible innovar con ambas cosas, con el contenido y con la forma. 

«Y su voz era secreta, casi apagada, como si hablara consigo misma... Mi madre». 

La novela que nos ocupa, entera, se mueve en el terreno de lo onírico, desde que empezamos a leerla hay síntomas, de que algo raro pasa, desde que Juan Preciado le pregunta al arriero que encuentra por el camino a su llegada a Comala, Abundio, por doña Eduviges, nos parece que los personajes flotan y se mueven en un marco espacio-tiemporal desconocido.

Todo el libro está escrito con un estilo depurado, con un gran manejo del lenguaje, que resulta ser como una suave melodía, muy lírico, muy poético, engastando términos mejicanos, americanismos, contantemente dentro del texto (tiliches, papalotes, chicote...). Se altera constantemente el orden de las frases, los diálogos, las voces de los personajes. Dentro un mismo fragmento tiempos y situaciones distintas se entremezclan, sin aparente conexión entre ellos, hasta que una frase o una descripción relaciona y da sentido a todo ese puzle.

Dentro de las pocas pistas, de las pocas ayudas, que nos ofrece Rulfo, para seguir su hilo conductor está su división en fragmentos, apenas separados, por dos espacios en blanco. Ningún capítulo, ninguna numeración se atisba, nada que nos de un respiro en el transcurrir de la historia. 

Proponemos un juego y es leer alguno de esos fragmentos sueltos, como relatos breves y tengo que decir que todos tienen sentido, en especial el último del libro, el que cierra la novela, que podría ser uno de los grandes relatos del realismo mágico a la altura, verbi gratia, de «Continuidad de los parques» de Cortázar.

Debió ser un tipo muy extraño, muy lúcido, así me lo atestigua alguien que apenas lo vió un par de veces, muy metódico y un gran fotógrafo. Su novela se compone de 69 fotografías, 69 párrafos, si no me he equivocado al contarlos, que unidos dan lugar a un libro, distinto, a una película muy original, ambientada en cualquier pueblo de México, o del mundo. Sus personajes son retazos de seres humanos, almas desangeladas que rumian sus pesares en un limbo en forma de pueblo, a quienes Rulfo debió conocer en algún momento, hasta distosionarlos y aplicarles su imaginación, su inventiva y convertirlos en habitantes de Comala. Comala es la orilla de la que parte la barca de Caronte al cruzar la laguna Estigia donde el alma deja todos sus recuerdos: 

«mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa.» 

Escribir es quizás el más ingrato de los oficios, pasarse el día entero sentado para radactar apenas dos líneas, como decía Gabo, y después estar dispuesto a borrarlo todo porque no te gusta y entregarlo sin que te guste y no leerlo cuando se publica porque te avergüenzas de aquella frase, tan cursi y que te inviten a una tertulia a hablar de tu libro para que te hagan determinadas preguntas cuando te horrorizan que se dirijan a ti sobre ese librillo. Y querer llamar al editor para que te deje el manuscrito y rectificarlo o querer reeditarlo si ha habido ventas que merezcan reeditarlo, o empezar a pensar en el próximo libro cuando aún no te has repuesto del anterior, es todo un ejercicio de valentía torera, hay que ser muy valiente para caer otra vez en lo mismo; pasar las mañanas encerrado, como un opositor mientras en la calle florece la primavera y se llenan las terrazas de gente y tu estás con el retrato de un personaje, que es gordo, que se quedó huérfano de pequeño, que encima es un antihéroe, y tienes que darle un tono de voz, un halo de gracia, engastarlo en la trama, dotarlo de pulso narrativo, y te acuerdas de tu vecino, que más o menos es así, y empiezas a describirlo, solo que con otro nombre…

Quizás es lo que le debió ocurrir a Rulfo para haberlo dicho todo en dos obras, quien para alguien lacónico es mucho y es todo.

Juan Rulfo

Publicado por Gregorio Camacho.

domingo, 22 de marzo de 2015

Una carta que nunca llegó a Rusia - Vladimir Nabokov


Hoy os traigo un relato del gran Vladimir Nabokov (San Petersburgo, 1899-1977), ese escritor ruso-estadounidense que hablaba francés, inglés y ruso a la perfección, capaz de escribir cuentos y novelas de una gran inteligencia, y a la vez mantener esa imagen de viejecito ingenio y despistado, que cazaba mariposas.

Espero que os guste.


Una carta que nunca llegó a Rusia


Mi adorable, mi muy querida y lejana, me imagino que no habrás olvidado nada en los más de ocho años que dura ya nuestra separación, si es que aún consigues recordar a aquel guarda canoso con su librea azul que ni se molestaba siquiera en mirarnos cuando hacíamos novillos para encontrarnos en aquellas mañanas heladas de San Petersburgo, en el Museo Suvorov, tan polvoriento, tan pequeño, tan semejante a una suntuosa caja de rapé. ¡Con qué ardor nos besábamos a espaldas de aquel granadero engominado! Y más tarde, cuando por fin nos liberábamos de aquellas antigüedades polvorientas y salíamos a la luz, cómo nos deslumbraba el resplandor de plata del parque Tavricheski y qué extraño resultaba oír los gruñidos alegres, ávidos, profundos de los soldados, que se lanzaban unánimes a las órdenes de su comandante, resbalando por el suelo helado, embistiendo con su bayoneta a un muñeco de paja con casco alemán en medio de una calle de San Petersburgo.

Sí, ya sé que en otra de mis cartas te he jurado que no volvería a mencionar el pasado, especialmente las naderías de nuestro pasado en común, porque se supone que nosotros, los escritores exiliados, tenemos una especie de pudor altanero en nuestra forma de expresarnos y sin embargo aquí estoy, despreciando, desde la primera línea de mi carta, el derecho a toda sublime imperfección y destrozando con epítetos vanos el recuerdo, ese recuerdo que tú rozabas con tanta gracia y ligereza. Pero no es del pasado, mi amor, de lo que quiero hablarte.

Es de noche. Por la noche se percibe con especial intensidad la inmovilidad de los objetos: la lámpara, los muebles, las fotografías en sus marcos sobre mi mesa. De cuando en cuando, el agua borbotea y chasquea en sus tuberías ocultas como si una serie de lamentos subiera por las paredes de la garganta de la casa. Por las noches salgo a dar un paseo. Los reflejos de las farolas rezuman brillos intermitentes sobre el helado asfalto de Berlín cuya superficie parece una película de grasa negra en cuyas arrugas se hubieran recostado los charcos. Aquí y allá, una luz granate brilla sobre alguna alarma de incendios. Una columna de cristal, llena de una líquida luz amarilla, se yergue junto a la parada del tranvía y, por alguna extraña razón, experimento una sensación tan melancólica, tan placentera cuando, de noche, ya tarde, pasa por delante un tranvía a toda velocidad, vacío, con un chirrido al tomar la curva. A través de sus ventanas se ven con toda claridad las filas de asientos marrones iluminadas entre las cuales se abre camino a contramarcha, un revisor solitario, con su negra cartera colgando al costado, tambaleándose ligeramente, como si estuviera un poco borracho.

Mientras paseo por alguna calle silenciosa y oscura, me gusta oír cómo algún hombre regresa a casa. El hombre no resulta visible en la oscuridad, y nunca sabes de antemano qué puerta se abrirá a la vida y condescenderá a dejarse penetrar por el chirrido de una llave, para después girar y detenerse luego, retenida por el contrapeso, para acabar cerrándose de golpe; la llave chirriará de nuevo desde dentro y, en las profundidades al otro lado del cristal de la puerta, un débil resplandor se rezagará durante un minuto maravilloso.

Pasa un coche sobre columnas de luz húmeda. Es negro, con una raya amarilla bajo las ventanillas. Irrumpe ronco con su bocina en los oídos de la noche y su sombra cruza bajo mis pies. Ahora la calle está totalmente desierta, salvo por un gran danés cuyas patas rascan la acera mientras pasea con una bella joven distraída y sin sombrero que lleva un paraguas abierto. Cuando pasa bajo la farola granate (a su izquierda, sobre la alarma de incendios) sólo una parte, negra y tensa, de su paraguas se ilumina de húmedo rojo.

Y más allá de la curva, sobre la acera -¡y de qué forma tan inesperada!-, la fachada de un cine se arruga con diamantes. Dentro, en su pantalla rectangular y pálida como la luna, se ve a unos mimos más o menos hábiles: la inmensa cara de una joven, con trémulos ojos grises y labios negros cruzados verticalmente por grietas relucientes se acerca desde la pantalla y no deja de crecer mientras detiene sus ojos contemplando la nada de la sala oscura, y una maravillosa lágrima, brillante y larga se desliza por una de sus mejillas. En alguna ocasión (¡momento celestial!) aparece incluso la vida de verdad, ignorante de que está siendo filmada: un grupo de gente que asoma por azar, unas aguas que brillan, un árbol que cruje silenciosa aunque perceptiblemente.

Más lejos, en la esquina de una plaza, una prostituta corpulenta vestida con pieles negras pasea despacio, deteniéndose de cuando en cuando delante de un escaparate ferozmente iluminado, donde una mujer de cera muy pintarrajeada expone a los paseantes de la noche sus enaguas de papel esmeralda y la seda brillante de sus medias color de melocotón. Me gusta observar a esta plácida puta de mediana edad, mientras se le acerca un hombre maduro con bigote que llegó por la mañana de Papenburg en viaje de negocios (primero pasa por delante y luego se vuelve a mirarla un par de veces). Ella le llevará sin apresurarse hasta una habitación del edificio cercano, que, a la luz del día, apenas se distingue de los otros edificios, igualmente ordinarios. Un viejo portero, educado e impasible, hace guardia toda la noche en el vestíbulo de entrada apenas iluminado. En lo alto de una empinada escalera otra mujer igualmente impasible, abrirá con sabia despreocupación una habitación desocupada y recibirá su pago por ello.

¡Y no sabes qué maravilloso es el estruendo con el que el tren, todo iluminado y riéndose por las ventanillas, atraviesa el puente por encima de la calle! Probablemente no vaya más allá de los suburbios, pero en ese preciso momento la oscuridad bajo el vano negro del puente se llena con una música tan poderosamente metálica que no puedo sino imaginarme las tierras soleadas hacia las que partiré en cuanto me haya procurado esos marcos extras que anhelo con tanta ligereza y despreocupación.

Me encuentro tan alegre que a veces me gusta ir a ver a la gente que baila en el café de mi barrio. Muchos de mis compañeros exiliados denuncian con indignación (una indignación no exenta de un punto de placer) las abominaciones de la moda, entre las que incluyen los bailes actuales. Pero la moda es una criatura de la mediocridad humana, de un cierto nivel de vida, es la vulgaridad de la igualdad, y denunciarla significaría admitir que la mediocridad puede crear algo (ya sea una forma de gobierno o un nuevo tipo de peinado) por lo que merezca la pena preocuparse. Y ni qué decir tiene que estos llamados bailes modernos nuestros son cualquier cosa menos modernos: la moda y la locura de los mismos se remonta a los días del Directorio, porque entonces como ahora los vestidos de las mujeres se llevaban pegados al cuerpo y los músicos eran negros. La moda respira a través de los siglos: la crinolina en forma de bóveda, de moda a mediados del XIX, no era sino la máxima inhalación del aliento de la moda, seguida por una exhalación: faldas estrechas, bailes apretados. Nuestros bailes, después de todo, son muy naturales y bastante inocentes y, a veces -en las salas de baile de Londres-, absolutamente elegantes en su monotonía. Todos recordamos lo que Pushkin escribió acerca del vals: «Monótono y loco». Todo viene a acabar en lo mismo. En cuanto al deterioro de la moral... Esto es lo que leí en las memorias de D'Agricourt: «No conozco nada más depravado que el minué y sin embargo nadie se opone a que se baile en nuestras ciudades».

Y así me divierto observando, en los cafés damants de aquí, cómo las parejas «desaparecen veloces ante mis ojos», por volver a citar a Pushkin. Los ojos maquillados de formas divertidas brillan de pura satisfacción, con alegría sencillamente humana. Los pantalones negros se tocan y se enredan con las medias ligeras. Los pies giran hacia un lado y se vuelven hacia el otro. Y mientras, al otro lado de la puerta, me espera mi fiel noche, noche solitaria, con sus reflejos húmedos, sus coches ruidosos y sus corrientes de viento enfebrecido.

En una noche de ésas, en el cementerio ortodoxo ruso que está a las afueras de la ciudad, una anciana de setenta años se suicidó en la tumba de su marido recientemente fallecido. Fui allí por puro azar a la mañana siguiente y el guarda, un veterano mutilado de la campaña de Denikin, que caminaba con muletas que crujían al mínimo movimiento de su cuerpo, me enseñó la cruz blanca de la que se había colgado la anciana y los jirones amarillos que se habían quedado prendidos en el lugar donde los cabos de la soga («totalmente nueva», dijo amablemente) se rozaban. Pero lo más misterioso y encantador de todo, sin embargo, eran las huellas en forma de medialuna de sus tacones, diminutas como las de un niño, abandonadas en la tierra húmeda junto a la losa. «Pisoteó un poco el césped, pobrecilla, pero por lo demás no ha estropeado nada», observó el guarda tranquilamente y, mirando aquellos jirones amarillos y aquellos lugares en que la tierra estaba un poco hundida, me di cuenta de repente de que se puede distinguir una sonrisa inocente incluso en la muerte. Probablemente, mi amor, la razón principal por la que te escribo esta carta es para contarte ese final tan fácil, tan dulce. La noche de Berlín quedó así resuelta.

Escucha: soy feliz, absoluta o idealmente feliz. Mi felicidad es una especie de desafío. Mientras deambulo por las calles, plazas y caminos junto al canal, sintiendo distraído los labios de la humedad a través de mis suelas gastadas, llevo orgulloso sobre los hombros mi inefable felicidad. Los siglos pasarán uno tras otro, los escolares bostezarán ante la historia de nuestras revoluciones y miserias; todo pasará, pero mi felicidad, mi amor, mi felicidad permanecerá, en el reflejo húmedo de una farola, en la curva precavida de los escalones de piedra que descienden hasta las aguas negras del canal, en la sonrisa de una pareja que baila, en todo aquello con lo que Dios tan generosamente circunda la soledad humana.


Publicado por Antonio F. Rodríguez.

sábado, 21 de marzo de 2015

Sobre americanismos y españolismos

 http://matadornetwork.com/es/

Acabo de conocer una web estupenda, Matador, dedicada a los viajes que, entre otros datos muy interesantes para todo tipo de viajeros, incluye secciones muy interesantes sobre americanismos y españolismos, es decir esas frases hechas o términos en castellano que son propias de un país determinado y que los hablantes de otros países no entienden por más que hablen el mismo idioma.

Por ejemplo, ahí podemos encontrar unas cuantas frases en español que sólo los peruanos entienden, en una especie de miniguía del español peruano.

http://matadornetwork.com/es/mini-guia-para-entender-el-raro-espanol-de-los-peruanos/

También algunas expresiones típicamente colombianas.

http://matadornetwork.com/es/mini-guia-para-entender-el-raro-espanol-de-los-colombianos/

De unos cuanto países hispanohablantes:


http://matadornetwork.com/es/mini-guia-para-entender-el-raro-espanol-de-los-chilenos/ 
             
http://matadornetwork.com/es/mini-guia-para-entender-el-raro-idioma-de-los-cubanos/ 

Incluso, unas cuantas expresiones que demuestran que también en España le damos un giro al idioma, de manera que también nosotros resultamos inteligibles a veces para otros hipanohablanrtes:

http://matadornetwork.com/es/mini-guia-para-entender-el-raro-espanol-de-los-espanoles/
36 expresiones que sólo los españoles entendemos a la primera

Una minienciclopedia de americanismos y españolismos, que resulta divertda y retrata a la perfección la riqueza y variedad del castellano, una lengua que compartimos más de 400 millones de hispanohablantes. Hace tiempo que el español no es patrimonio de los españoles, sino de la comunidad de todos los que lo hablamos.

Matador es una web sobre viajes y viajeros, abierta en el 2006, con más de doce millones al mes de visitantes únicos, que agrupa a un buen grupo de prestigisos escritores, editores, fotógrafos y cámaras dedicados en cuerpo y alma al moble vicio de viajar. Tiene multitud de recursos a cual más interesante y las páginas que se referencian aquí sobre el lenguaje son sólo una pequeña parte de todo lo que se puede encontrar en esa página web.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

viernes, 20 de marzo de 2015

Contrapunto - Aldous Huxley

 

Título: Contrapunto
Autor: Aldous Huxley

Páginas: 568
 
Editorial: Edhasa

Precio: 10,95 euros

Año de edición: 1988

Mi madre me había recomendado varias veces «Contrapunto», una novela buenísima, me decía, y sin embargo, la verdad es que nunca le hice mucho caso hasta ahora, que por fin le he hincado el diente.

Dos ideas fundamentales constituyen la primera impresión que uno se lleva de esta obra. La primera, que es un texto complejo y difícil, denso, estructurado en 37 capítulos, cada uno compuesto por dos o tres partes, en las que se habla de diferentes personajes hasta componer un entramado de 24 personas que se interrrelacionan entre sí, sin que haya un protagonista claro. Confieso que he tenido que ir anotando los nombres que iban apareciendo y sus relaciones para no perderme.

La segunda, la profundidad y calidad de esta novela, inteligente y brillante, ante la que no cabe duda que nos encontramos con una de las grandes novelas del siglo XX, una novela decisiva, publicada en 1924 y que está considerada la mejor de Huxley desde un punto de vista literario, su obra maestra.

El texto está concebido como un intento de trasladar a la narrativa el concepto musical de contrapunto, contando la historia de varios personajes en párrafos intercalados que contrastan entre sí y realzan el efecto de lo que percibe el lector. Un recurso que después se ha empleado mucho. Eso se logra de manera muy notable contando las peripecias de varios matrimonios, en los que se dan todo tipo de variaciones en la relación de pareja.

Pero esta novela es mucho más que eso, tiene una enorme riqueza de lenguaje debida a una tremenda riqueza de ideas, llenas de matices y variaciones. Aquí se expone la dualidad clásica en los hombres que ven a unas mujeres como madres de sus hijos y las respetan, y a otras como chicas para divertirse; la eterna añoranza de los tiempos pasados, en los que había educación y respeto; el desarrollo sostenible y los problemas de la industrialización; se habla de ciencia, de arte, de lagartijas, de Bach y Beethoven, se llega a dar incluso una demostración matemática de la existencia de Dios, muy discutible, como es natural, y otra musical, que casi resulta más convincente; se hace una crítica demoledora del gran poeta Shelley; se completa una deconstrucción y crítica de la clase alta británica, y muchos otros temas de lo más interesante.

Huxley utiliza un narrador omnisciente, que le permite meterse en el interior de todos los personajes según le place, y a la vez se mete a sí mismo en la novela, mediante un personaje interpuesto, Philip, que en un par de capítulos piensa cómo escribir una novela basada en la idea de contrapunto y da muchas pistas sobre cómo está armado el texto. Y cuando parfece que ya nos hacemos una idea de cómo es el libro, llega la sorpresa: un asesinato. Pero voy a contar absolutamente nada más, es mejor que lo leais vosotros mismos.

Una novela de ideas amenizada, con profusión de diálogos brillantes que reproducen la esgrima dialéctica que se usa en las fiesta de la alta sociedad inglesa, con una galería amplísima de personajes muy bien dibujados, con relieve y complejidad. Una obra capital con la que he disfrutado una barbaridad que da pena que se acabe, a pesar de su longitud y que recomiendo sin duda a todo lector intrépido que no sienta vértigo ante una montaña de casi seiscientas páginas de letra pequeña y nombres propios, en la que todos los párrafos exigen la máxima concentración. Una novela excepcional. Mmi madre tenía razón.
       
Aldous Leonard Huxley (Godalming, 1894-1963) fué un brillante escritor británico que emigró a los Estados Unidos. Nació en una familia de biólogos, poetas y novelistas de primera fila. Su madre, una de las primeras mujeres que estudió en Oxford, murió cuando Huxley tenía 14 años. 

Se educó en Eton, el más elitista y selecto colegio de Inglaterra, y a los 16 años sufrió una queratitis punctata, una grave enfermedad ocular que lo dejó prácticamente ciego, con una visión muy limitada. Aprendió a leer y a tocar el piano con el método Braille, y cuando recuperó algo de visión, decidió estudiar Literatura inglesa en Oxford.

Fué profesor en Eton, escribió poemas, novelas y ensayos, ejerció como crítico teatral y colaboró en las más prestigiosas revistas. A los 38 años escribió el libro que le haría más famoso, «Un mundo feliz», en sólo cuatro semanas. VIajó por medio mundo y visitó tres veces España, país que recorrió con calma para conocerlo en profundidad.

Murió de un cáncer de lengua el 22 de noviembre de 1963 en California, el mismo día que fallecieron J. F. Kennedy en Dallas y C. S. Lewis en Oxford. Era un hombre de una cultura realmente enciclopédica, una de los pocos que se han leído la Enciclopedia Britanica de cabo a rabo y además, han entendido todo.

Aldous Huxley

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

jueves, 19 de marzo de 2015

El anacronópete - Enrique Gaspar


Título: El anacronópete 
Autor: Enrique Gaspar

Páginas: 208

Editorial: Minotauro 

Precio: 20 euros

Año de edición: 2005

Es habitual asociar la idea de los viajes en el tiempo con el gran H. G. Wells y su novela «La máquina del tiempo», publicada en 1895. Sin embargo, ocho años antes el madrileño Enrique Gaspar, comediante y diplomático, se le adelantó con «El anacronópete» (1887), una divertida novela sobre la misma idea publicada en Barcelona por la editorial Daniel Cortezo y Cª., muy bien ilustrada por el catalán Francesc Soler, uno de los mejores de la época. 

El libro nos hace viajar a la Comuna de París, la China antigua, los últimos días de Pompeya, la Conqusta de Granada y el Diluvio universal, en una historia con mucho ritmo, que encadena peripecias de lo más curioso, llena de aventuras, historias de amor y celos, unos diálogos espléndidos, toques de crítica social y mucho sentido del humor. Está organizada en tres actos, probablemente para poder transformarla luego en obra de teatro o en zarzuela, lo cual habría sido ya la bomba. Qué pena que nuestro pionero de la ciencia-ficción muriera tan pronto y no le diera tiempo.

El título es original y está bien traído. «Anacronópete» viene de tres tres raíces griegas: «ana», que significa atrás, «cronos», tiempo y «petes», el que vuela. Las tres forman un nombre que define perfectamente la función y objetivo de la máquina: volar hacia atrás en el tiempo. El invento se debe en la novela a un científico español, claro, Sindulfo García, que está en todo: como los que viajan en el tiempo en su máquina rejuvenecen, inventa tambien el «Flúido García» que conserva el tiempo y resuelve el problema.

Un libro sorprendente y genial, ameno y divertido, que parece el primeros sobre la idea de una nave capaz de viajar en el tiempo. La edición de la editorial Minotauro (2005) está agotada, pero hay otra de la editorial Trasantier (2014) disponible y además, se puede leer en línea y descargar en está página del proyecto «Internet Archive»:
  
«El anacronópete»
   
El anacronópete en pleno vuelo temporal

Por último, hay que decir que un grupo de entusiastas ha eitado una nueva edición, corregida, con notas y las ilustraciones originales, que tiene un aspecto estupendo. Toda la información en: http://elanacronopete.com/.

Enrique Gaspar y Rimbau (Madrid, 1842-1902), diplomático y escritor español, escribió obras de teatro, zarzuelas y novelas. Hijo de actores, nació en Madrid y a la muerte de su padre se fué a Valencia con su madre y sus dos hermanos. Allí empezó a estudiar Humanidades, pero no acabó la carrera.

A los 13 años escribió su primera zarzuela, a los 14 era redactor de La Ilustración, a los 15 su madre protagonizó su primera comedia y a los 21 volviá a Madrid para ser escritor. Criticó los valores burgueses, fué un pionero del teatro social y un feminista, se casó con una bella aristócrata e ingresó en el cuerpo diplomático. Estuvo destinado en Grecia, Francia, China, Hong Kong y Macao.

Durante ese tiempo siguió escribiendo y publicando artículos, poesías y cuentos en la prensa española, en «Blanco y Negro», «La Época» y «La Ilustración Española». Cuando murió su mujer se retiró a Olorón-Saint-Marie, un pueblecito de la Aquitania (Francia), domde murió a los 60 años.

Enrique Gaspar

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

miércoles, 18 de marzo de 2015

La tierra convulsa - Ramiro Pinilla


Título: La tierra convulsa
Autor: Ramiro Pinilla

Páginas: 752

Editorial: Tusquets

Precio: 23 euros 

Año de edición: 2004 (6ª edición) 

«La tierra convulsa» es la primera parte de la trilogía «Valles verdes, colinas rojas» de Ramiro Pinilla (Bilbao, 1923 - Baracaldo, 2014). Es uno de los iconos del sentimiento vasco hecho literatura y representa el simbolismo vascón sin ningún tapujo ni reparo.
       
Un club de lectura en internet hizo que me animase a leer la que considero una de las obras cumbres de la literatura española en lo que va de siglo. Hacía tiempo que le tenía ganas al inicio de esta trilogía, y la reciente defunción de Ramiro Pinilla inclinó la balanza de mis lecturas pendientes hacia ella. 
       
La conocí cuando me la compararon con la tetralogía de la Guerra Civil de Gironella y la trilogía de Arturo Barea. Sin embargo, «Valles verdes, colinas rojas» parece más un «Cien años de soledad» a la española y convertido en saga. 
          
El inicio de la novela está ambientado a finales del siglo XIX y con ello, aunque pueda resultar sorprendente, el autor consigue remontarse a lo que podría ser el origen del pueblo vasco tal y como se entiende ahora, o al menos ese es el planteamiento que Ramiro Pinilla nos quiere hacer de su cultura. Una cultura que ha permanecido inalterada desde el principio de la creación, y sólo fue desvirtuada en el momento de la llegada de la minería, la industria y los grandes capitales. 
         
Es curioso, a colación de los parecidos antes citados, que el autor comience la novela usando como narrador a un niño, igual que hizo Arturo Barea, con todo lo que eso supone de original punto de vista, en este caso, con el aliciente añadido de adentrarse en la psicología del chico.

Las palabras «aita» y «ama» vendrán acompañadas de los complejos de Electra y Edipo  en la niñez, y pasada esta primera etapa de la vida, el comportamiento vasco, a ojos de Pinilla, queda de nuevo encasillado en una psicología definida. Un sinfín de leyendas vascas y conductas ancestrales, como la capacidad innata de resolver todo a base de apuestas, concretan el primitivismo del pensamiento vascón. 
      
Esta novela es el prometedor inicio de una trilogía que permite conocer una de nuestras culturas más singulares, una cultura con la que convivimos y que no se ha resignado nunca a perder sus señas de identidad ni a pasar desapercibida.

 Ramiro Pinilla

Publicado por Jesús Rojas.