Las novelas de asunto prehistórico cuentan con títulos tan interesantes como Los herederos (1955), del premio Nobel William Golding, la serie inaugurada por El clan del oso cavernario (1980), escrita por Jean M. Auel, o Madre Tierra, Padre Cielo (1990) de Sue Harrison, que también inauguró una saga. No es fácil reconstruir un período del que en realidad se sabe tan poco como la prehistoria. No existen fuentes escritas. La población era muy escasa. Los restos hallados en excavaciones no pasan de fragmentos óseos, instrumentos primitivos de piedra o hueso y las primeras manifestaciones artísticas. Es difícil contextualizar correctamente esos fragmentos.
Durante unos tres o cuatro millones de años los homínidos salieron adelante en un entorno terriblemente hostil. El hombre moderno, el homo sapiens sapiens, no tiene más de 100.000 años, y es oriundo de África. La vida del hombre primitivo era solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta, por decirlo con las clásicas palabras de Hobbes. La mentalidad del hombre prehistórico tampoco está nada clara. Desde luego, antes del homo sapiens sapiens, aquellos tipos peludos no eran como nosotros ni de lejos, aunque ahora está de moda poner por las nubes al macizo neandertal (que hasta hace cuatro días era una especie de ogro). Las fabulaciones abundan, con, eso sí, mucha ciencia y bastante cuento.
El caso es que en 1909 se empezó a publicar por entregas una de las mejores novelas prehistóricas. En 1911 se editó en libro. Se trata de En busca del fuego, obra de J. H. Rosny, que es el pseudónimo de dos autores belgas que colaboraron escribiendo fraternalmente: los hermanos Boex. De los dos, el más relevante fue J. H. Rosny «el mayor», considerado como uno de los padres de la novela de ciencia-ficción. Rosny está hoy algo olvidado, aunque sus novelas siguen publicándose de vez en cuando. En busca del fuego es la más popular de todas. Un clásico. Y una gozada.
El argumento es sencillo: tres simpáticos trogloditas, aunque no muy aficionados a la cháchara, se lanzan a recuperar para su clan el temido y venerado fuego, que han perdido. El fuego equivale a calor, luz y ricos alimentos. Es indispensable para la vida. Es vida. Hay que recuperarlo. Así comienza una trepidante sucesión de aventuras que no da tregua al lector y lo entretiene de principio a fin. El ritmo de la novela es portentoso, así como la belleza de sus descripciones, llenas de vida, barrocas, exageradas y de una fuerza plástica inolvidable. El héroe es un troglodita tan fuerte como astuto. Con una maza aplasta alegremente cabezas, no sin antes avisar de que, si quieren guerra, la tendrán (quien avisa no es traidor). A mí me recuerda a los héroes pulp estilo Conan, cortesía de Robert E. Howard.
Avanzando por una sabana interminable, por bosques, lagos y ríos, recorriendo montañas heladas y siniestras ciénagas, enfrentándose a mil peligros y enemigos, nuestros tres amigos pelearán por su vida, que es también la existencia de la horda a la cual pertenecen. La vida es una lucha incesante en la que los hombres ponen a prueba su destreza física e inteligencia. Lo que diferencia al hombre de los animales es esa materia gris en permanente evolución, que permite superar el presente y planificar el futuro. Cuando el hombre deja de vivir en el instante, como los animales, avanza en el camino del progreso. El fuego ilumina ese cambio a mejor.
Esta novela refleja bien los tópicos de su tiempo. El evolucionismo en una versión dogmática, la guerra entre clanes que equivale a una guerra entre razas (aparecen hombres mono antropófagos y unos enanos con muy mala leche) y una naturaleza devoradora, entregada a una lucha permanente. Eran las ideas científicas del momento. Los Rosny se inspiraron fielmente en ellas para pergeñar su novela. Hoy están más pasadas que el cuplé, pero le dan un gran encanto al libro, un tono naif, de cómic, que, bien mirado, le sienta estupendamente. La mezcla de fieras corrupias, razas feroces y aventuras disparatadas hacen de En busca del fuego una verdadera delicia más que recomendable. En 1981, el director de cine francés Jean-Jacques Annaud estrenó la película del mismo nombre, de gran calidad y digna de ver.
J. H. Rosny es el pseudónimo colectivo de los escritores y hermanos belgas, nacidos en Bruselas, Joseph-Henry-Honoré Boex (1856-1940) y Séraphin-Justin-François Boex (1859-1948). Durante muchos años escribieron en comandita, hasta que decidieron hacerlo cada uno por su cuenta hacia 1910.
De los dos, el más conocido es Josep-HenryRosny «el mayor». Se le considera uno de los creadores de la ciencia-ficción moderna. Estudió matemáticas, física, química y ciencias naturales. Escribió novelas prehistóricas, del espacio (introdujo el término «astronáutica») y hasta de vampiros. Además de la belga, tenía la nacionalidad francesa. Recibió la Legión de Honor en 1936. Su obra ha influido en H. G. Wells, Conan Doyle y Richard Matheson, entre otros.


No hay comentarios:
Publicar un comentario