martes, 28 de abril de 2026

Los matrimonios bostonianos - E. D. Rothblum y K. A. Brehony

Título: Los matrimonios bostonianos
Autoras: Esther D. Rothblum y Kathleen A. Brehony (eds.)
 
Páginas: 416
 
Editorial: Flores raras
  
Precio: 20,95 euros 
 
Año de edición: 2022
 
Conocí este libro hace ya algunos años, en su versión inglesa publicada en 1993. Me interesó mucho, pero decidí esperar a que se tradujera al español, algo que entonces juzgué inminente, pero que ha tardado nueve años. Puedo leer libros en inglés con algunas dificultades, es una tarea que me lleva más del doble de tiempo que leer la misma obra en español. Así que, como hay tanto que leer, hace años que devoro solamente textos en castellano. Me había olvidado ya de este título, cuando el otro día me lo encontré en la librería Berkana y me lo compré inmediatamente.
 
El término matrimonio bostoniano surgió en Nueva Inglaterra, en el siglo XIX, para denominar la convivencia de dos mujeres solteras, independientes y cultas que compartían su vida cotidiana, en una relación que no solía incluir el sexo, pero sí a menudo un intenso vínculo romántico. Eran mujeres profesionales y librepensadoras, que no dependían económicamente de ningún hombre y que preferían tener a otra mujer como compañera en la vida. Durante mucho tiempo no se consideraba que formasen una pareja sentimental, por aquella idea de que el amor tiende naturalmente hacia el sexo, pero últimamente hay consenso en pensar que en esas relaciones había amor y. por lo tanto, lesbianismo. Las autoras incluyen en sus artículos las relaciones románticas entre mujeres casadas, habitualmente vistas con naturalidad por sus maridos de muy buena gana y generalizan los estudios las relaciones románticas y sin sexo entre mujeres, de ahí el subtítulo del libro: «El romanticismo asexual de las lesbianas contemporáneas».
 
La expresión matrimonio bostoniano se acuñó a raíz de la novela Las bostonianas (1885) de Henry James y ese tipo de relación se dio tanto en la costa este de Estados Unidos como en la Inglaterra victoriana (1837-1901) y eduardiana (1901-1910). Es curioso que en esas sociedades tan puritanas y estrictas se dieran esas conductas sin que se formase un escándalo. Por un lado, en la sociedad británica de los clubs masculinos, la camaradería entre caballeros y los maridos parapetados detrás de The Times en los desayunos, las damas estaban bastante abandonadas y es lógico que estrecharan lazos entre ellas. Por otro lado, se pensaba que el sexo era lo que ocurría entre un hombre y una mujer, lo que hicieran las señoras entre ellas, probablemente no tenía tanta importancia. En fin, es un tema curiosísimo y peculiar donde los haya. De lo más interesante, porque analizando los comportamientos menos habituales se aprende bastante. 
 
Esta obra no es un ensayo unitario, sino que en realidad consiste en una recopilación de 20 artículos o pequeños ensayos escritos por un total de 13 autoras sobre los matrimonios bostonianos. Están organizados en cuatro partes: un introducción de 3 artículos escritos por las editoras, que dan unidad al conjunto y centran el tema en cuestión; 5 artículos teóricos que abordan diversos aspectos a nivel conceptual; 9 historias personales que permiten poner los pies en el suelo y hablar de casos reales y tangibles, y 3 artículos de discusión, en los que se debaten cuestiones que surgen de manera natural de todo lo anterior, como por ejemplo ¿qué es exactamente y en profundidad un matrimonio bostoniano? o ¿hasta qué punto hay sociedades esencialmente patriarcales que fomentan el que las relaciones afectivas entre mujeres sean asexuadas?. El volumen se completa con las semblanzas de las autoras y cada capítulo está acompañado de las correspondientes referencias bibliográficas.
 
Un libro que me parece interesantísimo, porque profundiza desde varios enfoques, el psicológico, el sociológico, el meramente narrativo, el de las experiencias, etcétera, en esas relaciones de mujeres que son «algo más que amigas», de esos vínculos en los que hay una intensidad y una ilusión especiales. Los ensayos aquí reunidos son amenos, fácilmente inteligibles por el público en general y, al mismo tiempo, profundos y esclarecedores. Una lectura tan agradable como interesante. Muy recomendable. La traducción del inglés ha sido realizada por Miguel Sánchez Ibáñez, de la Universidad de Valladolid.
 
Esther D. Rothblum, licenciada en Psicología Clínica por la Universidad de Rutgers (Nueva Jersey) es actualmente profesora de estudios de la mujer en la Universidad de San Diego (California). Ha sido editora de la Revista de Estudios Lésbicos y de más de 20 ensayos sobre temas LGTB, como el Manual Oxford de salud mental de minorías de sexo y género (2020), así como presidenta de la Sociedad para el Estudio Psicológico de Asuntos LGTB.
 
Kathleen A. Brehony estudió Psicología Clínica en la Universidad Católica de América (Washington D. C.), es profesora universitaria de Psicología y Espiritualidad, tiene una consulta de psicoterapia en Norfolk y ha publicado varios títulos de psicología, como Awakening at Midlife (1996)
 
Esther D. Rothblum y Kathleen A. Brehony
 
Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

lunes, 27 de abril de 2026

Las jefas - Esther García Llovet

Título: Las jefas
Autora: Esther García Llovet
 
Páginas: 160
 
Editorial: Anagrama
  
Precio: 17,96 euros 
 
Año de edición: 2026
 
El Primo trabaja como responsable de mantenimiento y chico para todo en el Zen Gardens, un hotel de lujo en Villajoyosa (Alicante), un resort excesivo y decadente que parece un parque temático: jungla, animales, varios ambientes... Allí sigue y protege a tres chicas, tres adolescentes malcriadas y de vuelta de todo, Romana Romano y la gemelas Navarro. Está enamorado de la pequeña, Petit, hace cualquier cosa por satisfacer sus deseos, como el más ridículo pagafantas. El establecimiento tiene su fauna animal y su fauna humana, el viejo de la 301 que le chantajea, el barman engominado que se pasa de listo, etc.
 
Ese es el planteamiento de esta vertiginosa, divertida y sorprendente novela, en las que se suceden las escenas surrealistas y cada párrafo contiene una nueva sorpresa. Un estrambótico carrusel de situaciones extravagantes, un delirio de narración, muy kitsch, trepidante y desmadrada. Un despiporre. Un puzle narrativo asombroso, construido a base de flashes, pequeñas microescenas que el lector ha de ir encajando para entender la historia general que aquí se cuenta.
 
El estilo es vertiginoso, construido con frases cortas y contundentes, que aprovechan muchos tópicos y códigos de la cultura pop, sintéticas y casi conceptistas, con una densidad de información muy alta y ninguna explicación. Las narraciones de esta autora son como trenes a los que hay que subirse en marcha. El texto está organizado en 40 capítulos muy cortos, de dos o tres páginas cada uno, que se leen cómodamente.

Unas cuantas citas pueden ayudar a una idea más ajustada del peculiar estilo de esta mujer: «Al Primo siempre le sorprende lo rápido que pasan del estado letárgico al eufórico», «A lo que no se puede contar. A eso llamo salvaje», «A la gente le encanta poder pagar por lo que está prohibido», «... bromas pesadas sobre dar un palo al agua o dar un palo a un banco... », «Esa es la magia de la noche. Que todo está muy lejos hasta que está demasiado cerca», «La gente con pasta no suda ni se moja con la lluvia», «Sé que no te gusta la gente, pero quieres gustarle a todo el mundo. Eso sé», «... pero hay algo que los guapos ni saben ni sospechan, y es que los feos se enamoran tan loca, desesperada y apasionadamente como ellos», «Yo no me despido nunca. Despedirse es de tristes o de niños». Además, en este enlace se pueden leer las primeras páginas y así comprobar el estilo rápido, sintético y casi sincopado de García Llovet, una autora con mucha personalidad y profundamente original

Esta novela cierra la trilogía sobre los enclaves turísticos del este peninsular, después de Spanish Beauty (2022) y Los guapos (2024). Una novela negra muy especial, todo ritmo y vorágine, inteligente, moderna, de una escritora que no se parece a nada de lo que hayáis podido leer, una autora de culto que va conquistando adeptos poco a poco. A mí me encanta, me hace reír su desparpajo y atrevimiento. Os recomiendo que la probéis.
 
Esther García Llovet (Málaga, 1963) es una escritora española. Licenciada en Psicología clínica, también tiene estudios de dirección de cine. Ha trabajado como guionista de documentales y ha escrito reportajes para El País y Qué leer.
 
En 2000, empezó a escribir como consecuencia de la profunda impresión que le causó la literatura de Roberto Bolaño. Desde entonces ha publicado 10 novelas y varios relatos. La crítica ha subrayado la influencia en su obra del lenguaje cinematográfico y de los escritores realistas estadounidenses, en especial, Raymond Carver. 
 
Esther García Llovet
 
Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

domingo, 26 de abril de 2026

Reverdecer - Adolfo Bioy Casares

Adolfo Bioy Casares

Reverdecer 

Seguía mirando el sepulcro, porque estaba resuelto a no moverse hasta que se alejaran las hermanas de la pobre Emilia y porque en el instante en que se volviera, para salir del cementerio, entraría en el mundo donde ya no podría encontrarla. No se resignaba a emprender el regreso platicando pías trivialidades con esas mujeres, ni se dejaría engañar por la esperanza, tan deplorablemente inútil, de buscar en ellas algún rasgo en que su amiga perdurara. Las mujeres partieron por fin; él estaba por irse, cuando descubrió, a una distancia que sarcásticamente calificó de respetuosa, al hombre de las pompas fúnebres, con el aire contrito, servil, implacable, que ya le conocía. Desde la noche del accidente, lo vio merodeando por los alrededores de la casa de Emilia, en un automóvil negro. Ahora pretendería, probablemente, venderle algún álbum de fotografías y de recortes o algún adorno para la tumba; pero lo aterraba la posibilidad de que el individuo, en el afán de ponderar el trabajo de la empresa, le comunicara pormenores macabros. Lo que estaba ahí debajo no era Emilia y para acercarse a ella no había en toda la tierra un lugar más incongruente que ese rectángulo de mármol, con el nombre y la cruz. Mientras él viviera, sin embargo, traería flores. Alguien debería hacerlo y la persona indicada era él. La persona indicada, reflexionó con orgullo, y la única, pues en la vida y en la muerte de Emilia estaba solo. Con dolor en el corazón, recordó que en alguna época había anhelado una seguridad como la que ahora tenía: la seguridad de que nada pudiera ocurrir. Juntos habían leído los versos de un poeta francés:

Por poco que te muevas,
despiertan mis angustias,

y él había exclamado: Es verdad. ¿Cómo pedir a un ser tan vivo como Emilia, que permaneciera quieta a su lado, que no fuera inconstante? No pidió nada, pero el milagro de fidelidad ocurrió. Tal vez por eso ahora se hallaba en medio de una soledad tan extrema, sin nadie para compartir el dolor. El cansancio de los últimos días lo llevó a pensar en imágenes; poco menos que soñando despierto, se vio a sí mismo como un jardinero de tumbas. «Todos los viernes pondré aquí un ramo de rosas», murmuró, «para compensar las calas que traerán esas mujeres».

Cuando advirtió que el individuo había partido, lentamente emprendió el camino de vuelta. Cruzó lugares abiertos y desolados, bajó hasta la plaza y a la sombra de los árboles de la calle Artigas, en la tibieza del aire y en un olor de hojas presintió la todavía lejana primavera. Un piano, en una de las casas próximas, tocaba una marcha, circense y trivial, que no oía desde hacía tiempo. Recordó a Argüello, o Araujo ¿cómo se llamaba su antecesor? Era este un personaje borroso, que nunca lo inquietó. Por lo que había colegido, la conoció a Emilia cuando ella tenía menos de veinte años, y probablemente se valió de la circunstancia. Nada concreto le había dicho Emilia contra ese primer amor —era incapaz de ello—, pero sin lugar a dudas le dio a entender que en su vida había contado poco. El episodio no tenía otro significado que el de probar lo ciega y lo cruda que era la juventud.

Se detuvo para cruzar la calle. Miró su casa: el frente de imitación piedra, la angosta y oscura puerta de madera, los dos balcones laterales, los de arriba (en previsión de un piso alto); se admiró de que alguna vez todo eso le hubiera parecido alegre. Abrió la puerta y entró como en un sepulcro.

Aquella tarde no pudo renunciar a una convicción absurda. Cuando llamaban a la puerta, acudía temblando de esperanza. A pesar de que había llevado una vida retirada, se encontró con que tenía numerosos amigos, y a pesar de las particularidades de su luto, las visitas se sucedían a las visitas. Él recordaba otras, de un ayer que había quedado muy cerca y muy lejos: ni bien cerraba los ojos, creía ver a Emilia, llegando un poco atrasada, agitada por haber corrido, y creía sentir en el rostro la frescura de su piel; pero nada fuera de lo regular ocurrió hasta el viernes por la mañana, cuando acudió al cementerio, con un ramo de rosas blancas. Apenas ajado, como si estuviera allí desde la víspera, encontró sobre la tumba un ramo de rosas rojas. Por dos motivos el hecho le extrañó: porque se le hubieran anticipado con la ofrenda, las hermanas, y porque desafiando las convenciones, hubieran elegido flores de color. Opinó que el azar era capaz de todo. Transcurrieron siete días y olvidó el asunto. El viernes acudió a la tumba, con sus rosas blancas. Ahí encontró, por cierto, un nuevo ramillete de rosas rojas.

Aunque resolvió no pensar más, caviló bastante por aquellos días, hasta la mañana del jueves, en que tuvo una inspiración. Apresuradamente se dirigió a un puesto, donde compró flores. En Rivadavia subió a un taxímetro. Muy pronto había depositado su ofrenda y estaba un poco perplejo, sin saber qué hacer. Mientras erró por el cementerio, los minutos pasaron con señalada lentitud. Descorazonado, cruzó el pórtico y en la soleada escalinata se detuvo un instante; se volvió, para dar otra oportunidad al destino, y en el fondo de la alameda oblicua divisó con estupor la escena que toda la mañana había previsto y esperado: el hombre colocando en la tumba las rosas rojas.

Su repugnancia de las cosas de la muerte, un tanto neurótica y obsesiva, lo había llevado a tomar por empleado de pompas fúnebres al hombre que rondaba en un automóvil negro, por la casa de Emilia, en los días del accidente. Ahora recordaba una fotografía de Araujo, que había mirado distraídamente años atrás. El hombre era Araujo.

Si no quería que lo sorprendieran ahí, debía alejarse cuanto antes. Aún se demoró un poco. Partió luego, caminando despacio. Todo el día esperó; esperó sin inquietud, como quien está seguro. A las diez de la noche llamaron a la puerta. Antes de abrir, sabía con quien iba a encontrarse. Araujo le dijo:

—Caminando se conversa mejor. Sobre todo, caminando de noche. ¿No quiere dar una vuelta?

Por Bacacay y por Avellaneda bajaron hasta Donato Álvarez; rodearon la plaza Irlanda; volvieron al oeste por Neuquén. Durante horas caminaron y hablaron plácidamente de la mujer que habían querido. Araujo explicó:

—No le llevo flores de muertos, porque me parecen una afrenta para Emilia. ¡En ella la vida era evidente! —Después de una pausa agregó—: Tenía algo sobrenatural, sin embargo.

Él pensó: «Yo no lo había advertido, pero es verdad». Aunque aparentemente contradictoria con algunas afirmaciones anteriores, encontró que no era menos cierta otra observación de Araujo:

—Porque era sobrenatural, debemos ahora conformarnos. Tal vez nunca perteneció a este mundo.

En algún momento lo molestó que alguien la hubiera conocido mejor que él y no estuvo lejos de los celos. Araujo debió de adivinar el sentimiento, porque declaró:

—No podemos juzgarla como a las otras mujeres. Emilia estaba en un plano distinto. Era de luz y de aire.

Se despidieron. Vio partir a Araujo en el automóvil negro: entró en la casa, encendió el calentador, preparó unos mates. Quería meditar sobre el descubrimiento de esa noche: porque otro la había querido, él no estaba solo, la memoria de Emilia se ensanchaba y más allá de la tumba continuaba el milagro de la vida.

Adolfo Bioy Casares, 1959

Publicado por Antonio F. Rodríguez.  

sábado, 25 de abril de 2026

Drogba, el futbolista que paró una guerra

Didier Drogba

Didier Drogba, apodado El Elefante por su fuerza y grandeza —mide 1,89 m y pesa 91 kg—, es un futbolista marfileño que jugaba de delantero, máximo goleador de la selección de Costa de Marfil y máximo goleador africano de la historia en la Liga de Campeones de la UEFA con 44 goles. Un gran jugador, poderoso no solo dentro del campo, sino también fuera, gracia a su carácter y personalidad.

Estamos en 2005, Costa de Marfil se ha clasificado por primera vez en su historia para un campeonato mundial de fútbol. Drogba es el capitán del equipo y un verdadero ídolo en su país. Pero no está satisfecho: su país está en guerra desde hace tres años. El sur, más próspero y cristiano, bajo control del ejército, se enfrenta al norte, mayoritariamente musulmán, en manos rebeldes. 

Drogba reúne a sus compañeros de la selección y graba un vídeo, en el que dice «Hoy os suplicamos de rodillas» y se arrodilla, sus compañeros le imitan. Luego grita: «¡Perdonaos unos a otros! No permitáis que nuestra rica tierra sea devastada por una guerra. Deponed las armas y organizad elecciones». Después, él y sus compañeros cantan y bailan.  Él era el único capaz de unir a su país y detener la guerra civil. Poco después, las dos partes acordaron un alto el fuego. Éste es el vídeo. 


Publicado por Antonio F. Rodríguez.