El irlandés John Connolly es uno de los más interesantes escritores de thrillers de las últimas décadas. Sus novelas, protagonizadas por el sufriente y duro detective Charlie Parker, son de una gran eficacia narrativa, intensas, duras y sarcásticas. Puro noir. Connolly añade a sus historias unas generosas dosis de terror sobrenatural. De esta forma, el mal, multiforme, siempre está presente en sus páginas. Puede manifestarse a través de malvados criminales, lugares malditos o sombras de origen desconocido y que vale más no conocer. La frontera que separa este mundo del otro es tenue, frágil e insegura. A los seres del otro lado a menudo les gusta darse un garbeo por el mundo de los vivos. Las consecuencias son espeluznantes. A veces sangrientas.
Hijos de Eva (2026) es la última novela de este autor publicada en España. Nuestro detective está en la cincuentena, vive solo, tiene una hija adolescente y no se lleva mal con su exmujer. El recuerdo lacerante de un pasado de muerte lo tortura. Pero sigue adelante. Tiene sus amigos, un amor otoñal y la visita fantasmal de un ser querido muerto hace mucho. Las sombras desaparecen definitivamente cuando el olvido las remata. Mientras tanto, siguen vigilando e incordiando. Cuando un matrimonio que viaja de noche cerca de la casa de Parker ve a una niña pequeña atravesar la carretera se les ponen los pelos de punta. Bajan del auto. Buscan a la niña. No la encuentran. Salen pitando. Aquel lugar no es recomendable. Mucho menos a las tantas de la madrugada.
La historia de Hijos de Eva es a grandes rasgos la siguiente: una escultora sin demasiado éxito pide a Charlie Parker que encuentre a su novio, un exsoldado, que ha desaparecido sin dejar ni rastro. Huyó despavorido de algo. A la vez, se desata una cadena de macabros asesinatos. Las víctimas aparecen desolladas, con los ojos arrancados, el pecho abierto y sin corazón. Un tipo pequeñajo que trabaja para un narco mexicano viaja por las carreteras norteamericanas, acompañado de una curiosa mujer apergaminada y de pocas palabras. Las visitas de esta extraña pareja no traen nada bueno. Quieren arreglar cuentas con unos delincuentes que han secuestrado a unos niños. El narco mexicano de marras exige venganza. Sin piedad. Un asunto turbio.
Así que Charlie Parker, sin moverse demasiado de su residencia de Maine, investiga por su cuenta lo que sucede. El embrollo está relacionado con el tráfico ilegal de tesoros arqueológicos. Ya se sabe que muchos ricos prefieren tener el museo en su casa que pagar una entrada como todo hijo de vecino. El negocio del saqueo del pasado da dinero, mucho dinero. También causa problemas, graves problemas. Porque hay criaturitas que llevan durmiendo durante mucho tiempo y no conviene despertarlas. Si se levantan, lo hacen con mal café, y deseosas de zarandear al insensato. Ya se sabe: creí el hogar apagado y revolví las cenizas. Me quemé la mano.
Charlie Parker sigue la pista, le muelen a palos, discute interminablemente con la policía. Está algo cansado. No duerme bien. Nota que su cuerpo no aguanta tanto como antes. En una palabra: se advierte el principio de la decadencia. Da igual: sigue adelante. Tiene compadres, coraje y ganas de aclarar las cosas. El mal no triunfará, si él puede evitarlo. Al menos de momento.
En definitiva, los aficionados a John Connolly disfrutarán y también los demás. Los capítulos son cortos. El estilo sencillo, flexible y conciso. A medida que los personajes se aproximan, la trama se acelera. Hay tiros, asesinatos, explosiones, mafiosos, sicarios, mitología de ultratumba, muertos que no descansan en paz y vivos que desearían estar muertos, un vistazo sarcástico al arte moderno, un panorama nada agradable de la sociedad yanqui y una reivindicación de las viejas culturas indígenas. Hijos de Eva es una buena opción para entretenerse durante un par de tardes libres. No parece mal plan. Recomendable.
John Connolly (1968) es un escritor irlandés nacido en Dublín. Durante sus años mozos, trabajó en muchas cosas: camarero, periodista, funcionario y dependiente. Estudió en el Trinity College y la Universidad de Dublín. Su primera novela, Todo lo que muere (1999), tuvo un gran éxito de crítica y público. Fue el inicio de una serie protagonizada por el detective Charlie Parker, un expolicía que, tras el brutal asesinato de su mujer e hija, decide investigar por su cuenta. Charlie Parker no le hace ascos a personajes siniestros que, sin embargo, le son fieles caiga quien caiga. El bien y el mal luchan en sus novelas, que tienen siempre un acertado matiz sobrenatural. Se trata de thrillers fantasmagóricos, realmente interesantes y muy entretenidos. John Connolly lleva publicados unos treinta libros.


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