Del gran escritor norteamericano Henry Miller se recuerdan sobre todo sus dos clásicos trópicos: Trópico de cáncer (1934) y Trópico de capricornio (1939), novelas en donde se lleva a cabo una eficaz demolición de las reglas narrativas tradicionales, apostando en su lugar por un torrente de sensualidad, sarcasmo, humor, absurdo y un rechazo visceral de cuanto signifique limitación de los deseos más naturales del hombre. La vida es un remolino de sensaciones que nunca debe ser censurado por las normas hipócritas de la sociedad burguesa. Como era de esperar, la censura cayó sobre los Trópicos como las moscas sobre la miel. Henry Miller se convirtió en un maldito, abandonó los EE. UU. y se fue a vivir a París. La generación beat recogería su testigo a partir de los años 50. Y más tarde, la contracultura, con su alergia al american way of life.
Henry Miller escribió en 1940 este hermoso libro de viajes, El coloso de Marusi, en donde nos cuenta sus andanzas por Grecia. El norteamericano se aburría bajo los cielos plomizos de París. Decidió bajar hasta regiones más cálidas. Resulta casi un tópico el periplo del artista del norte por el sur, en donde descubre un universo luminoso, ardiente y sensual: el retorno a lo primitivo. Un mundo incontaminado. Una especie de paraíso originario, puro y desnudo, amenazado por el progreso industrial. Miller comparte plenamente este rechazo de la civilización moderna como si se tratara de una especie de prehippie. Grecia representa la liberación de los instintos reprimidos por el corsé de jueces, militares y curas.
Nuestro hombre viaja a lugares de leyenda: Atenas, Olimpia, Micenas, Tirinto o Corfú. Se relaciona con otros escritores como Lawrence Durrell, Giorgos Seferis o el inefable George Katsimbalis, cuya alucinante facundia verbal embelesa a Henry Miller, que se queda como hipnotizado ante las parrafadas del griego. Así que el neoyorquino se baña desnudo en las dulces aguas del Egeo, sube durante un día tórrido hasta la incomparable Acrópolis ateniense, que parece flotar mágicamente en el aire inmóvil, o sufre una tormenta en alta mar como si se tratara de un nuevo Ulises. Todo le parece maravilloso, primigenio y encantado. Entra en una especie de comunión telúrica con el territorio griego, su historia y su belleza inmaculada. Lo resume en dos palabras: azul y blanco. Los colores de la bandera nacional helena.
El paisaje griego es eterno. El paisanaje, por su parte, es muy superior al de cualquier otra parte del mundo. Los griegos son ciertamente pobres, pero llevan su miseria con una sobriedad digna del más austero de los filósofos estoicos. Incluso para mendigar son auténticos. Es verdad que a veces hablan más de la cuenta y son bastante mentirosos. Sin embargo, el entusiasta Miller siempre les encuentra alguna justificación. Hasta un asesino que se ha pasado veinte años en la cárcel reconoce su delito con una desenvoltura inexistente en otros lugares. Evidentemente, está un poco alucinado con los indudables encantos de Grecia, lo que le lleva a digresiones un tanto discutibles sobre el carácter griego y otros temas. No soporta a los griegos digamos «modernizados», que están bastante cansados de cuidar cabras y quisieran tener una radio o una máquina de coser, por ejemplo.
A nuestro hombre tampoco le gustan los ingleses, con su aire de estúpida superioridad, los viajeros norteamericanos que suspiran por la comodidad de sus casas suburbanas en Ohio, o los franceses que hacen de la lógica más egoísta la regla infalible para medir las relaciones humanas. Las vidas de los hombres modernos son estériles, vacías e insustanciales. Además, la tecnología lleva inevitablemente a la guerra. Europa ya está envuelta en un terrible conflicto que amenaza con extenderse al mundo entero. En esto, Henry Miller no se equivocó.
En definitiva, esta obra es el itinerario apasionado de un hombre que busca en Grecia, su Grecia, un antídoto contra la civilización burguesa. A lo artificial e hipócrita se contrapone el arrobo de lo sensual y eterno. El transparente paisaje griego, sus gentes, sus colores, sus olores, el hálito que emana de todo ello, es una fuente inagotable de vida para Henry Miller, que se asfixiaba en la gran metrópoli parisina. El coloso de Marusi es un libro de viajes atípico, nada convencional, lleno de magníficas descripciones de cosas y personas, pero repleto también de las diatribas características de su autor, lo que da a sus páginas un aire personal e intransferible. Buscaba el paraíso y lo encontró en Grecia durante unos meses antes del desastre. De lectura más que recomendable.
Henry Miller (1891-1980) fue un escritor norteamericano nacido en Nueva York. Sus padres eran alemanes de religión luterana. No fue un buen estudiante y le gustaba vagabundear por las calles. Simpatizaba con el socialismo. Se casó (lo hizo cinco veces) y trabajó en la Western Union. Sus primeros libros no tuvieron mucho éxito. En 1928 se fue a París. Tuvo amoríos con Anaïs Nin y en 1934 publicó Trópico de cáncer, rápidamente prohibido en Estados Unidos. por obscenidad. Lo mismo sucedió con Trópico de capricornio (1939), quizá su obra maestra. La relación de Henry Miller con su país siempre fue tormentosa.
En 1940 volvió a su patria y se instaló en California. Entre 1949 y 1959 publicó La crucifixión rosada, una especie de memorias noveladas de una sexualidad tan exacerbada que algunos consideraron como pornográficas. En EE. UU. se editaron en 1965, con enorme éxito de público y discrepancias entre la crítica. Fue nominado al Premio Nobel de Literatura en 1973. Siempre activo de cintura para abajo, el otoñal escritor se carteó durante los últimos años de su vida con una sensual modelo de Playboy llamada Brenda Venus. Además de escribir, Miller era un buen acuarelista e hizo algún cameo en el cine. Falleció en Los Ángeles con 88 años.


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