Un estudio realizado recientemente por The Economist (véase el gráfico de más abajo) muestra que el número medio de palabras por frases en los superventas más populares ha disminuido de manera llamativa en el último siglo. Si en la década de 1930 ese número medio de palabras/frase estaba por encima de las 20 palabras, actualmente ha bajado hasta alrededor de 12. Ha disminuido aproximadamente un 40 %, lo cual es mucho. Como ejemplos extremos, se citan La cala del francés (1941) de Daphne du Maurier, que tenía una media de 40 palabras por frase, y Romper el círculo (2016) de Colleen Hoover, con 11.
¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué pasa esto? Por un lado, parece que casi todo el mundo, salvo honrosas excepciones, quiere escribir como Hemingway. Se diría que ha triunfado el estilo minimalista y sobrio, de frases sencillas, cortas y claras, mucho más fácil de leer. A mí personalmente me encantan los libros barrocos, a lo Marcel Proust, de frases interminables que nunca acaban en la misma página, pero no parece ser la tendencia general.
Por otro lado, la simplificación del lenguaje no se circunscribe al ámbito literario, hay estudios que concluyen que la longitud de los discursos en el parlamento británico se ha reducido en un 30 % en solo una década.
Hay profesores que notan una creciente dificultad de sus alumnos para comprender el lenguaje de algunos clásicos decimonónicos, como Charles Dickens. Hay quien menciona una deriva general en los medios de comunicación en busca de mensajes sintéticos, de rápido consumo, y desde luego la evolución de las redes sociales y la comunicación digital promueve la fragmentación de la atención y origina una creciente dificultad para mantener la concentración.
Por otro lado, algunos expertos sostienen que la pérdida de la capacidad para procesar prosa compleja conlleva una merma en la habilidad para desarrollar ideas sofisticadas, apreciar matices y conciliar pensamientos contradictorios. Lo que resulta algo especialmente preocupante, porque ya sabemos que el pensamiento impulsivo y rápido conduce frecuentemente a cometer errores, como mostraba Daniel Kahneman en Pensar rápido, pensar despacio.
En cuanto a la longitud de las novelas que se publican últimamente, observo dos claras tendencias. Por un lado, la persistencia de superventas voluminosos, de hasta 600, 800 y en ocasiones 1000 páginas. El ejemplo más llamativo pueden ser las novelas históricas de Santiago Posteguillo, fantásticas, muy documentadas y encantadoramente voluminosas. Parece que hay lectores entregados que, cuando empiezan a disfrutar de una obra, prefieren que el placer dure. Pero creo que esa tendencia se mantiene en un panorama general que gusta de novelas de menos de 200 páginas a ser posible. Los nuevos valores de la literatura no suelen escribir largo. No quiero ser necesariamente apocalíptico, las obras breves tienen también mucho encanto. Decía Delibes que no hay nada tan difícil en literatura como la sencillez y ya dejó sentado hace casi cuatro siglos Baltasar Gracián aquello de «Lo bueno si breve... ». Pero me parece que es un hecho innegable que se está produciendo una deriva hacia los libros cortos de frases cortas, que resulta cuanto menos curiosa. Y creo que ya he escrito mucho. Vale.
Publicado por Antonio F. Rodríguez.

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