Entre los escritores del exilio de 1939, Segundo Serrano Poncela se ha quedado en un rincón oscuro y marginal. Nadie parece acordarse de él. Mientras que Max Aub, Sender, Ayala o Barea son clásicos que se reeditan y traducen, Serrano Poncela no acaba de salir de su casi anonimato, pese a la notable calidad de su obra. Madrileño de nacimiento, se hizo escritor durante el exilio. De hecho, moriría sin regresar a España. Su producción fue variada y abundante: relatos, crítica literaria, impecables ensayos, novelas. Fue un escritor de categoría zarandeado por la historia y desaparecido de la escena. En su caso habría que adaptar la inapelable sentencia de Andrés Trapiello, porque perdió la guerra y perdió en los manuales de literatura. Como decimos, hoy es una sombra maldita. Un episodio oscuro de la guerra civil tuvo mucho que ver con esa relegación.
El libro que aquí comentamos se editó en España allá por 1972. La edición original es de 1959. Un olor a crisantemo está formado por cuatro relatos. El último de ellos da título al volumen. Son cuentos largos, francamente buenos y que dejan en el lector las ganas de seguir frecuentando a Serrano Poncela. Tienen una gran seguridad estilística, atmósferas enrarecidas, personajes de gran densidad psicológica e incluso un cierto aire de misterio. El universo que describen es bastante pesimista. Gentes que se han quedado en la orilla, viendo pasar los acontecimientos, solitarios y olvidados, sin muchas esperanzas y con un estoicismo que les lleva a la resignación. La tristeza impregna estos cuentos como un puñado de ceniza fría.
El primero, «Solo de guitarra», cuenta los amores entre dos personajes humildes: un pobre jorobado que es oficial de sastre y una costurera. Serrano Poncela no da demasiados detalles, pero la historia parece transcurrir en una ciudad del sur de España. Moisés, el jorobado, toca la guitarra, con la que mantiene una relación casi erótica: las curvas del instrumento, su calidez, la recogida intimidad de la música que disipa brevemente la soledad de una existencia apagada. Gracias a un amigo conocerá a la hermosa María Magdalena. La esperanza del amor se abre en su alma como un rayito de luz.
«La copa quebrada» nos lleva a una decadente ciudad caribeña. Un viajero se fija en una anciana blanca y apergaminada que entra en un caserón con escudo en la fachada. Completamente vestida de negro, parece un fantasma escapado de otra época. Pero tiene una historia fascinante. Varios lugareños confían al viajero sus recuerdos sobre esa mujer misteriosa. Como todos los recuerdos, son contradictorios, discontinuos, engañosos y no dicen toda la verdad, aunque nos permitan en cierta medida reconstruir el pasado. «La copa quebrada» es un relato de ambiente fantasmagórico verdaderamente conseguido, casi de novela gótica en algunos momentos. Hay un gran contraste: la ciudad deslumbrante de sol y con olor a podredumbre; el interior del caserón en donde el tiempo se ha detenido: habitaciones en penumbra, muebles cubiertos con fundas, el tic-tac de un reloj que golpea en el silencio.
«La máscara» es un cuento más divertido, aunque su protagonista, un pintor que desaparece en América después de una absurda peripecia que casi acaba en desastre, es, de nuevo, un personaje engañado y fracasado. Alvarito Brummel no hace nada en su vida. Es el clásico señorito. Solo le gusta pintar. Un día de carnaval madrileño conoce a una bella mujer disfrazada. El seductor acabará seducido, convirtiéndose en el instrumento inconsciente de un plan entre maquiavélico y castizo. «La máscara» es un cuento de antología.
Por último, «Un olor a crisantemo» transcurre en un ambiente noctámbulo y prostibulario. Un tipo borroso se refugia en una casa de lenocinio, que dirían los antiguos. Allí conoce a una prostituta con la que compartirá noche y cama. Es un cuento de una enorme tristeza, con personajes vacíos y amargura omnipresente. Serrano Poncela resume el sentido del cuento en una frase: «se reflejaban en el espejo y parecían dos muertos».
En definitiva, unos cuentos magníficos de un escritor que merece ser recuperado. No se los pierdan.
Segundo Serrano Poncela (1912-1976) fue un escritor español nacido en Madrid. Estudió filosofía y letras para acabar licenciándose en derecho. La época de Serrano Poncela fue proclive al radicalismo ideológico. Como miembro de las Juventudes Socialistas, Segundo perteneció durante la Segunda República al ala radical del PSOE afín a Francisco Largo Caballero. Uno de sus mejores amigos era Santiago Carrillo, ya en la órbita comunista. Cuando estalla la guerra civil, estos jóvenes socialistas «bolchevizados» acabarán bajo obediencia estalinista.
Noviembre de 1936: Madrid está asediado por las tropas franquistas, Santiago Carrillo es nombrado consejero de orden público de la Junta de Defensa de Madrid y Segundo Serrano Poncela, delegado de Carrillo en la Dirección General de Seguridad. Se decidió evacuar a los presos. Unos 2500 fueron ejecutados en los alrededores de Madrid; última parada: Paracuellos y Torrejón. La firma de Serrano Poncela figuraba en varias listas de prisioneros sacados de las cárceles y luego ejecutados. Una historia macabra.
Después de la guerra civil, Serrano Poncela se exilió, rompió con los comunistas y escribió una carta furiosa contra sus excamaradas, calificando a Carrillo de «modelo de perfidia», nada menos. Segundo acusaba a Santiago de haberle metido en el PCE y luego no dejarlo salir. En fin: uno no puede dejar de pensar en las cosas de la mafia. Fuera de la política, Serrano Poncela se concentró en tareas intelectuales y literarias. Profesor en universidades de Santo Domingo, Puerto Rico y Venezuela. Autor de sobresalientes ensayos como El pensamiento de Unamuno (1953) o Antonio Machado, su mundo y su obra (1954), varios volúmenes de cuentos y tres excelentes novelas: Habitación para hombre solo (1963), El hombre de la cruz verde (1973) y La viña de Nabot (1979), publicada póstumamente). Serrano Poncela murió en Caracas en 1976.


No hay comentarios:
Publicar un comentario