Este es un libro terrible. No es un libro agradable. No está especialmente bien escrito. Lo que cuenta es tremendo. Cómo lo cuenta es espeluznante. Pese a los horrores de los que fue responsable, nada parece conmover al autor. Sus pintorescas declaraciones de «que yo también tenía mi corazoncito, no crean» suenan más falsas que un duro de madera. El hecho de dirigir una campaña masiva de aniquilación de inocentes era, desde su perspectiva, un trabajo tan normal como ir a la oficina. Estaba casado, tenía hijos y vivía al lado del matadero que regentaba. Cuando su mundo se derrumbó, intentó huir, pero le atraparon. Tuvo que responder por sus crímenes ante la ley. Lo confesó todo. Fue finalmente colgado en el mismo escenario de sus delitos.
Yo, comandante de Auschwitz, autobiografía de Rudolf Höss, es el testimonio helado de un hombre que quizá fue el mayor asesino de masas del que se tiene conocimiento. Un individuo que como comandante del campo de exterminio de Auschwitz entre 1940 y 1944 supervisó un millón y medio de asesinatos (aunque él afirmó que fueron muchos más). Un señor que siempre encontraba solución para los problemas que se le presentaban en su trabajo. Un buen gestor de recursos humanos, pero completamente inhumano. Un monstruo de eficiencia tecnocrática que se entregó con denuedo a exterminar al prójimo como una necesidad indiscutible. En una entrevista afirmó que nunca tenía pesadillas.
Quizá algunas pinceladas sobre su vida ayuden a entenderlo (más o menos). Nacido en Baden-Baden. Familia autoritaria: disciplina, orden y obediencia a los de arriba. De niño quiso ser misionero. Luchó en la Primera Guerra Mundial pese a ser menor de edad. Tras la guerra, como tantos excombatientes, se vinculó a los paramilitares de extrema derecha. Se unió al partido nazi en 1922. Al año siguiente cometió su primer crimen: golpeó hasta la muerte a un tal Walter Kadow, al que acusaban de ser un soplón. En el asesinato también participó alguien llamado a grandes designios: Martin Bormann. Höss estuvo preso cinco años. Se casó. Tuvo hijos. En 1934 ingresó en las SS. Allí aprendió todo lo que tenía que aprender. En 1940 lo mandaron a Polonia, a un lugar desolado llamado Auschwitz, para que abriera un campo de prisioneros. En el aspecto personal, afirmaba ser un solitario a quien le incomodaba la compañía humana. Un rarito.
Auschwitz funcionaba como un gigantesco matadero industrial con dos objetivos: gasear inmediatamente a las razas «inferiores» y aniquilarlas mediante el trabajo esclavo. El resultado era idéntico en ambos casos: la muerte. El administrador de este infierno era un tipo no muy alto, de ojos claros, rasgos normales, aspecto anodino y voz suave. Muy trabajador y esforzado. Siempre tenía algo que hacer, una nueva cuestión que resolver, otro informe que estudiar y firmar: el crematorio no funciona bien, hay que ampliar las cámaras de gas, debe sustituirse el monóxido de carbono por el insecticida Zyklon B o se espera la visita de alguien importante. Una agenda repleta.
El industrioso Höss se queja a veces del exceso de trabajo y de la incapacidad de sus subordinados. No le preocupa en absoluto lo que hace, sino la mecánica de lo que hace. Todo debe funcionar a la perfección. Estamos ante un hombre sin conciencia. Ni siquiera parece odiar a sus víctimas. Después de todo, el odio, como el amor, es un sentimiento humano. Pero la humanidad parece inasequible para el siniestro comandante. Simplemente, debe matar, porque eso le han dicho sus superiores, y él, como nacionalsocialista de larga data, no ha venido a este mundo a discutir las órdenes, sino a cumplirlas. Y las cumple, vaya si las cumple: a rajatabla. Höss cuenta detalladamente historias aterradoras que deberían hacer llorar a las piedras. Pero su corazón era es más duro que una piedra. Quien tiene un objetivo trascendental no se preocupa por los lloriqueos. La duda no parece hacer mella en esa roca marmórea que era el comandante de Auschwitz.
Rudolf Höss es un observador objetivo y desapasionado de sus propios crímenes. Como si la cosa no fuera con él o contemplara desde muy lejos la matanza. Su completa inhumanidad le permite alcanzar un grado olímpico de distanciamiento respecto de los horrores que ordena y supervisa. Asume sin ambages sus crímenes: las cosas fueron así, yo fui el responsable y ya sé que me van a colgar por ello. Pero, cuidado, hay otros más responsables que yo, un simple ejecutor de órdenes. Mis jefes, por ejemplo. Claudio Magris escribió, con terrible ironía, que Höss fue el cronista más imparcial del Holocausto. En 1945 desapareció. Como si se lo hubiera tragado la tierra. Lo capturaron en marzo de 1946. Le esperaba la horca.
Rudolf Franz FerdinandHöss (1901-1947) fue un militar y genocida alemán, venido a este mundo en Baden-Baden, la pacífica ciudad de los balnearios. El progenitor de Höss era un señor muy serio, muy católico y muy germánico que educó a su vástago con severísima disciplina. Resultado: Rudolf se escapó de casa muy joven y perdió la fe. Con 16 años luchó en la Primera Guerra Mundial y fue condecorado con la Cruz de Hierro. Un joven héroe.
Cuando terminó el conflicto, se metió de lleno en la violencia nacionalista y fue encarcelado por asesinato. En 1928 lo soltaron gracias a una amnistía política y al año siguiente, se casó con una rubia que compartía plenamente el ideario de su señor esposo. Tuvieron cinco hijos. En 1934 se unió a las SS y le destinaron al campo de concentración de Dachau. También estuvo en Sachsenhausen. Esos fueron sus estudios, en los que se graduó con nota. En 1940 organizó en la Polonia ocupada un nuevo campo de siniestra memoria: Auschwitz. Como comandante de Auschwitz, supervisó un programa de exterminio que apenas tiene paralelo en la historia. En 1946 fue detenido, juzgado y ejecutado en la horca al año siguiente. Nunca se arrepintió.

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