Sigmund Freud escribió Moisés y la religión monoteísta en un momento de enorme angustia. Europa estaba amenazada por la barbarie nazi y Austria a punto de ser ocupada por los ejércitos de Hitler. En Viena, hogar de Freud, miles de personas, judías y no judías, temían por su suerte. El médico vienés, admirado universalmente, preveía el advenimiento de una era de primitivismo en la que los judíos serían las víctimas propiciatorias. Como judío secular y no practicante, Freud abordó en este libro las raíces religiosas del llamado pueblo elegido. Está formado por tres partes. Las dos primeras se publicaron en una revista austriaca antes de la invasión nazi de 1938. La última parte salió en Londres. Freud se había refugiado en la capital británica, para fallecer allí en 1939. El fundador del psicoanálisis era consciente del carácter hondamente polémico de su estudio, agradeciendo haber podido culminarlo sin impedimentos gracias a la libertad inglesa. La isla era como un oasis en medio de una intolerancia creciente.
Moisés y la religión monoteísta comienza con una afirmación sorprendente: Moisés, el padre de la religión judía, el hombre que condujo a su pueblo a la tierra prometida de Canaán, el héroe del Éxodo y gran legislador, no era en realidad judío, sino egipcio. La encantadora leyenda bíblica acerca del cesto con el niño recogido del Nilo por la hija del faraón, sugiere sin duda una parte de la verdad, pero no toda. Existen otras leyendas míticas sobre héroes fundacionales que también incluyen lactantes abandonados en las aguas de un río. Basta con pensar en Rómulo y Remo, a la deriva por el Tíber.
No. Freud es rotundo. Moisés debía de ser un egipcio de alta cuna e incluso sangre real. Insiste en un dato para él crucial: el Éxodo podría haber tenido lugar hacia el siglo XIV antes de Cristo. Esta fecha aproximada coincide con el reinado del faraón Akenatón. Como se sabe, este faraón herético se enfrentó con la religión tradicional de Amón, su clero y el politeísmo egipcio plagado de dioses zoomorfos, supersticiones y rituales mágicos. El culto a Atón, en cambio, fue el primer credo monoteísta y universal: existe un Dios único que alumbra a todos a través de los rayos ecuménicos del sol que da la vida. Akenatón fue, por tanto, el verdadero fundador del monoteísmo. Este cambio religioso coincidió con un Egipto engrandecido y convertido en un imperio. Pero aquella revolución religiosa fracasó tras la muerte del faraón. Nunca fue verdaderamente popular entre el pueblo egipcio. El nombre de Akenatón fue proscrito. Las arenas del olvido cubrieron su nombre.
Moisés, discípulo de Akenatón, le dio a las tribus semíticas de Egipto una nueva fe, una identidad, unas leyes y las condujo por los áridos senderos de la península del Sinaí hacia la tierra prometida. Pero murió violentamente. Quizá porque su credo abstracto era demasiado complejo para un puñado de pastores primitivos. Moisés desapareció para retornar siglos después como padre del pueblo judío. El intermedio fue la religión de Yahvé, un Dios infernal de las profundidades volcánicas, que sin embargo tuvo la virtud de unificar a las dispersas huestes de Israel. Sin embargo, la tradición mosaica, mantenida por los levitas y luego por los profetas, acabaría siendo la fe de Israel: un credo monoteísta basada en un Dios universal sin nombre ni imagen, que hizo un pacto con Israel, el pueblo elegido. La religión mosaica ha permitido a la comunidad hebrea sobrevivir durante milenios. Constituye la raíz del cristianismo y el Islam.
Freud aplica su escalpelo psicoanalítico a las creencias religiosas. La horda primitiva estaba dominada por un macho poderoso y castrador. Cuando sus hijos le dieron muerte y se lo comieron, fue sustituido en el mando, aunque sus sucesores parricidas le imitaron. Moisés murió a manos del pueblo que él eligió. Pero este aparente final no significó su eclipse, sino el triunfo, ya que la fe monoteísta se conservó en la tradición y acabaría encarnándose en el pueblo de Israel. Lo reprimido siempre vuelve después de un periodo de latencia. Es el esquema clásico del desarrollo de las neurosis. Para el ateo Freud, la religión era la forma colectiva de la neurosis individual: muerte del padre, represión del recuerdo de esa muerte primordial y retorno de lo negado, que del inconsciente vuelve a lo consciente (del ello al yo). La muerte de Moisés no evitó a la larga su hegemonía espiritual. El gran padre acabará confundiéndose con el Dios padre universal, a medida que la religión se intelectualiza y purifica de elementos supersticiosos. El monoteísmo ético es para Freud el eterno retorno del inconsciente reprimido, de ese gran padre castrador proveniente de los albores de la humanidad.
Moisés y la religión monoteísta es un libro clásico de uno de los mayores sabios del siglo XX. Claro que muchas de las hipótesis de Freud no pasan de ser suposiciones sin quizá la suficiente base empírica. Pero la fuerza de sus explicaciones, la belleza de una prosa impecable en su desnudez analítica y su capacidad de sugerir más allá de lo evidente, penetrando en los rincones más oscuros de la psique, hacen de este librito una joya imprescindible, cuya lectura es obligada para cualquiera. Maravilloso.
Sigmund Freud (1856-1939) fue un médico neurólogo austriaco, padre del psicoanálisis y uno de los intelectuales más relevantes del siglo XX. Nació en la localidad de Freiberg, en Moravia, en el seno de una familia de ascendencia hebrea. El segundo nombre de Freud era Salomón, pero él nunca lo utilizó. La familia emigró a Viena y Sigmund estudió medicina en su universidad, sufriendo el antisemitismo, luego amplió estudios en París. En 1881 se licenció como médico. Empezó a investigar diversas patologías, utilizó la cocaína con fines terapéuticos y obtuvo un gran reconocimiento científico. En 1886 se casó y abrió un consultorio médico en Viena, con su correspondiente diván, por supuesto.
Se convirtió en un reconocido médico que trataba brillantemente las neurosis y los procesos histéricos que sufrían sus pacientes. Pronto ideó un método de investigación conocido como psicoanálisis, sobre la base de la importancia del inconsciente en nuestra mente y la posibilidad de curar los traumas psíquicos y las enfermedades mentales. En 1899 se publicó su libro capital La interpretación de lossueños. Sus ideas comenzaron a divulgarse, convirtiendo a Freud en una celebridad. Tuvo muchos discípulos, como Carl Gustav Jung, Ernest Jones o Alfred Adler. Dentro de la escuela psicoanalítica se desataron cismas, que terminaron a veces en rupturas personales. Freud siguió publicando innumerables artículos y libros. Le encantaba fumar puros y acabó por sufrir un cáncer de paladar que le causó grandes sufrimientos, sin disminuir su vigor intelectual. En 1938 abandonó Viena ante la invasión nazi y se refugió en Londres. Murió en 1939, a los 83 años.


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