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sábado, 31 de octubre de 2026

Wojtek, el oso que luchó en la II Guerra Mundial

 

Wojtek, que significa soldado feliz, fue un oso que luchó con el ejército polaco en la batalla de Montecassino. Transportaba cajas de munición que pesaban 45 kg para alimentar a las baterías de artillería. Por su denodado trabajo en esa batalla fue nombrado cabo.

Pero su historia comenzó en 1942, cuando un grupo de soldados polacos que recorrían Irán se encontraron un chico persa que tenía un pequeño oso pardo. El cachorro estaba desnutrido y hambriento. Su madre probablemente había muerto a mano de cazadores. Los soldados compraron el simpático cachorro, lo llevaron al 22.ª Compañía de Abastecimiento de Artillería del II Cuerpo Polaco y lo cuidaron como si fuera una mascota. 

El animal se acostumbró a convivir con los humanos y se encariñó con el soldado que le daba el biberón y dormía con él. Pero creció y creció, hasta pesar más de 90 kg. Comía fruta, mermelada, miel y jarabe. Se aficionó a la cerveza, aprendió a desfilar con los soldados, saludaba llevándose una pata a la cabeza. También fumaba, o más bien, comía, cigarrillos, tomaba café por las mañanas, le encantaba ducharse y se acostaba al lado de sus compañeros de armas para darles calor en las frías noches de invierno. Todos estaban encantados con él y como no estaba permitido tener animales en el ejército polaco, le alistaron como soldado. En Montecassino, aprendió a transportar cajas de munición simplemente observando a los soldados que hacían ese trabajo.

Cuando se licenció, fue trasladado al Edimburgo, donde lo visitaban periodistas y exsoldados polacos y disfrutaba de los cigarrillos y la cerveza que le daban. Le gustaba oir hablar en polaco y siempre se mostraba amigable. Allí murió a los 21 años, cuando pesaba ya 500 kg. Hay varias estatuas en su recuerdo repartidas por Europa. Esta es la extraña historia del oso soldado.

Monumento a Wojtek en Żagań, Polonia 

 
Estatua de Wojtek en Edimburgo, Escocia

Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

domingo, 19 de julio de 2026

Félix de Azara, un español precursor de Darwin

Félix de Azara

Curiosamente, hubo en España un precursor de Darwin y su Teoría de la Evolución, un hombre poco conocido y casi completamente olvidado. Era Félix de Azara (Barbuñales, Huesca, 1742-1821), hermano del obispo de Barcelona y del diplomático José Nicolás de Azara. Fue militar, ingeniero, explorador, cartógrafo, antropólogo y naturalista.

En 1977 se embarcó para América con la misión de cartografiar el continente y delimitar la frontera de los dominios de la corona española. Sin embargo, como hombre enciclopédico e inquieto, mientras mapeaba el Nuevo Mundo y en sus ratos libres, comenzó a estudiar la fauna que encontraba, recogiendo multitud de detalles, entre otros, la zona en la que vivía cada animal. Llegó a tener registradas centenares de especies. Conocía la obra de Buffon y al encontrar lo que creía errores, se dedicó a corregirla. Fue entonces cuando se dio cuenta de que había especies muy parecidas a las descritas por el sabio francés, pero con pequeñas variaciones debidas a cambios para adaptarse el entorno específico en el que vivían. Azara las llamo creaciones sucesivas y mutaciones internas. No formuló una teoría completa, pero dejo sus impresiones plasmadas en sus escritos.

Darwin conoció su obra, llegó a escribir lo siguiente: «Azara es una autoridad principal en la historia natural de Sudamérica». Y se sabe que los libros de Azara acompañaron a Darwin en su famoso viaje a bordo del Beagle.

El HMS Beagle

Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

domingo, 28 de junio de 2026

La isla de los Faisanes, una rareza fronteriza

Cerca de la desembocadura del río Bidasoa, entre Irún y Hendaya, se encuentra una pequeña isla, la isla de los Faisanes, que es una verdadera rareza fronteriza, porque seis meses al año, de febrero a julio, ambos inclusive, es española y otros seis, de agosto a enero, es de soberanía francesa. En la foto de más arriba, puede verse a la izquierda, Francia, a la derecha, España y en el centro, la isla de los Faisanes, el condominio fronterizo (territorio de soberanía compartida por dos o más países) más pequeño del planeta.

Se trata de un pequeño banco de arena, de unos 220 m de largo por unos 40 de ancho, con algo menos de 7000 m2 de superficie, cubierta de hierba, matas, algunos árboles y un monolito conmemorativo de la forma del Tratado de los Pirineos (1659), que tuvo lugar allí.

Durante mucho tiempo, ese islote fue fuente de conflictos inacabables entre los pescadores franceses y españoles que desarrollaban sus trabajos en ambas orillas del río, frontera natural entre ambos países. Por eso, en el siglo XIX se decidió, mediante el Tratado de Bayona (1856), establecer una soberanía compartida y rotatoria cada seis meses. Ya no hay pescadores ni litigios, pero el estatuto de la isla, permanece. Curiosamente, ese territorio no pertenece a ningún ayuntamiento, provincia ni comunidad autónoma españolas. Los comandantes navales de Bayona y San Sebastián ejercen alternativamente el gobierno de la isla, que consiste mayoritariamente en cuestiones de jardinería y mantenimiento. El traspaso de jurisdicción entre los dos comandantes se realiza en la isla mediante una solemne ceremonia militar. 

No está permitido el acceso del público al islote. Y la etimología de su nombre es curiosa: no es que haya habido faisanes en la isla; los romanos la llamaban Isla de Paso y en francés, el topónimo derivó primero a Île des Paussans y luego a Île des Faussans, que se tradujo al español como Isla de los Faisanes.

Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

sábado, 6 de junio de 2026

El Buen Maharajá y los niños polacos

Durante la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética y Polonia firmaron en 1941 el acuerdo Sikorski-Mayski, que suponía la liberación de decenas de miles de prisioneros de guerra encerrados en las cárceles y campos de prisioneros soviéticos. Entre esos presos liberados, había miles de niños, la mayoría huérfanos, pero otros, simplemente habían perdido el contacto con sus padres y no podían encontrarlos. Nadie quería acoger a esos niños —los MENA de la época—: la Polonia ocupada por los nazis no los quería, la URSS, tampoco y el resto de potencias, miraba para otro lado.

En esa situación, un barco con unos 700 niños polacos quedó a la deriva en el mar Arábigo. Nadie quería acogerlos. Habían atravesado Irán y habían conseguido embarcarse en un transporte. El Imperio Británico, la potencia dominante en la zona, le cerró todos los puertos de la India. No es nuestro problema, dijeron. Sin comida ni medicinas y casi sin agua, el tiempo se les estaba agotando. 

Pero entonces, la noticia llegó al palacio de Makarpura, en Guyarat (India), la residencia privada más grande del mundo, cuatro veces mayor en superficie que el palacio de Buckingham. El gobernante era Digvijaysinhji Ranjitsinhji Jadeja (1895-1966), Maharajá de Nawanagar, a la sazón uno de los mejores jugadores de críquet del mundo y un cliente habitual de la joyería Cartier de París. A pesar de sus riquezas, era un príncipe menor. Los británicos controlaban los puertos, el comercio y el ejército. Le convenía obedecer y callar. Sus asesores y todo el mundo le decían que convenía no meterse en líos. 

Pero él les dijo: «Los británicos pueden controlar muchas cosas, pero no controlan mi conciencia. Los niños serán bien recibidos en mi palacio». Convenció a la Cruz Roja de que los menores podían ser acogidos en su reino hasta que mejorase la situación y pudiesen volver a su país. Cuando los funcionarios británicos protestaron, les contestó: «Si los fuertes se niegan a salvar a estos niños, yo, el débil, haré lo que ustedes no hacen». Cuando al fin llegaron los críos, los recibió de rodillas para estar a su altura y, con la ayuda de los intérpretes que había conseguido, les dijo: «Ustedes ya no son huérfanos. Ahora son mis hijos. Yo soy su bapu (padre)». 

Y hablaba en serio. Creó una pequeña Polonia en la India. Trajo maestros polacos, cocineros, músicos que les cantasen canciones de su tierra, sacerdotes católicos y médicos que les atendiesen. Creó una biblioteca de libros en polaco. Se aprendió los nombres de todos ellos, los iba a ver a menudo, celebraba sus cumpleaños y trataba de consolarles por todo lo que habían perdido. Hizo todo lo posible para que se sintiesen como en su casa. Allí los chavales disfrutaban de la vida al aire libre, la playa y el clima. Acampaban y jugaban al fútbol, al hockey y al voleibol. Y en Navidad, tenían un árbol y regalos, como en Europa.

Cuando acabó la guerra, tuvieron que volver a Polonía y muchos se fueron llorando. Se convirtieron en médicos, ingenieros, maestros, albañiles... y no olvidaron. En Varsovia hay una plaza que se llama la plaza del Buen Maharajá, hay colegios que llevan su nombre, existe un monumento dedicado a su memoria y el gobierno polaco le concedió la Cruz de Comendador de la Orden del Mérito de Polonia. Aún hoy en día, aquellos chicos —bueno, los que viven, ya octogenarios— se reúnen y les cuentan a quienes quieran oírles que hubo una vez un príncipe indio que, cuando todos cerraban sus puertas, vio a unos pobres niños en apuros y les dijo «Sois mis hijos». Y el mundo cambió para siempre. 

 
Digvijaysinhji Ranjitsinhji Jadeja, el Buen Maharajá

 Publicado por Antonio F. Rodríguez.