viernes, 23 de octubre de 2026

España 1936-1950. Muerte y resurrección de la novela - Miguel Delibes

Título: España 1936-1950. Muerte y resurrección de la novela
Autor: Miguel Delibes
 
Páginas: 165 
 
Editorial: Destino
   
Precio: 7,89 euros 
 
Año de edición: 2004

Miguel Delibes fue un gran novelista. Escribió asimismo cuentos tan memorables como La mortaja. Exacto y cabal, sus apreciaciones no tienen vuelta de hoja. En ellas no hay lugar para la retórica o la frivolidad. Don Miguel era un castellano viejo que sabía ir al grano. De manera escueta y ceñida. Comprende siempre, pero nunca elude el juicio razonado. Delibes fue maestro de periodistas. Dirigió El Norte de Castilla. Esto influyó mucho en él, así como la prosa orteguiana del tratado de derecho mercantil de Joaquín Garrigues. La sencillez de su estilo es resultado de una poda cuidadosa: eliminar lo superfluo para que destaque lo importante, libre de un follaje que desorienta y abruma. Para el vallisoletano, como para Baroja, lo lógico era el sostén de lo bello. 

España 1936-1950: Muerte y resurrección de la novela (2004) no es el mejor libro de Delibes. Está formado por notas, conferencias, artículos y algunos retazos sacados del baúl de los recuerdos. Tiene un cierto aire anecdótico. Se publicó cuando el maestro, anciano y enfermo, había dejado de escribir. Una compilación menor. Ahora bien: Delibes sigue siendo Delibes. Y eso se nota.

En estas páginas se ocupa lúcidamente de unos cuantos novelistas grandes y pequeños, esforzados compañeros de pluma, amigos en ciertos casos. Algunos nombres siguen siendo muy conocidos. Otros se han evaporado sin remisión de la memoria. En 1939 termina la guerra civil. Comenzaba el cacicato franquista, que habría de durar cuarenta añitos. Delibes ganó el Nadal en 1948 con La sombra del ciprés es alargada, su primera novela. El juicio que hace de ella es desfavorable: primeriza y torpe. Para la siguiente Aún es de día (1949) su opinión es idéntica. Considera que El camino (1950) es su primer buen libro. Cualquiera que haya leído al vallisoletano coincidirá con este dictamen impecable e implacable. Su lucidez empezaba al parecer por él mismo. 

El torrencial Camilo José Cela no causó una gran impresión a Delibes. Resulta que un día se fueron a comer juntos. Al terminar, Camilo le preguntó a Miguel si le apetecía irse de putas. El circunspecto Delibes le dijo que no, pero que lo esperaría mientras tanto. Cela es un «ruidoso fenómeno», un tipo que hace de sí mismo un espectáculo. Algo así como Salvador Dalí. Preocupado por la gloria, prepotente, fanfarrón. Quizá para esconder un carácter que sabe en el fondo vacilante y débil. Delibes no cree que Cela sea exactamente un novelista. Es un escritor sin género, que «debe salir a lo que salte». Pero le amenazan tres peligros: el amaneramiento, las concesiones escatológicas y los pujos de erudición que lastran algunas de sus creaciones como Judíos, moros y cristianos (1956).

Carmen Laforet es una mujer delicada, mística, rara. Suspicaz. Para algunos, después de la magnífica Nada (1945), Laforet no ha publicado nada de interés. Delibes no lo ve así. La considera una novelista de raza. Pero su inseguridad la perjudicó para ir más allá de su ópera prima. Lástima. 

Rafael Sánchez Ferlosio e Ignacio Aldecoa. Dos grandes del realismo de los años 50. Para Delibes, El Jarama (1956) de Ferlosio es una obra maestra capaz de trascender el realismo hacia una nueva forma de poesía de lo vulgar: «En Ferlosio se da una mezcla de imaginación, observación y sentido del humor que no veo en ninguno de sus coetáneos». Aldecoa, por su sobriedad y contención, es un maestro en el difícil arte del relato corto. Dice Delibes: «En cuatro páginas, Aldecoa infunde aliento a seres de verdad». En cambio, algunas novelas, como la marinera Gran Sol (1963), aparecen lastradas por un exceso de literatura. 

Hay observaciones interesantes sobre Jesús Fernández Santos, el excelente autor de Los bravos (1954), Juan Goytisolo y Ana María Matute. Mención aparte merecen aquellos escritores sobre los que parece haber caído la losa del olvido con pocas posibilidades de resurrección, como José Suárez Carreño, José María Gironella, Luis Romero o Tomás Salvador. Una pena, escribieron libros interesantes, aunque hoy desconocidos, y que Delibes valora como se merecen. 

Conclusión: un ramillete de hermosas semblanzas, con sus momentos de análisis crítico, es lo que ofrece este librito. El autor expone sin rebozo su idea de la novela: «En multitud de ocasiones he dicho que para escribir un buen libro no considero imprescindible conocer París ni haber leído el Quijote, entre otras razones porque Cervantes escribió el Quijote antes de haberlo leído. Captar la esencia del hombre y apresarla entre las páginas de un libro es la misión del novelista». 

Naturalmente, el escritor, como cualquier otro artista, da vida a lo inerte gracias a la chispa de su espíritu, a su talento creador: «El arte subyace en los fríos objetos externos, pero para apresarlo, como en el caso del arpa del poeta, se requiere una chispa que los recate de su inerte pasividad y los ilumine y proyecte». Me quito el sombrero ante reflexiones de este calibre. Lean a Delibes.  

Miguel Delibes

Miguel Delibes (1920-2010) fue un escritor español nacido en Valladolid. El apellido Delibes es de origen francés, ya que Miguel era sobrino nieto del gran compositor decimonónico Léo Delibes. La carrera literaria del vallisoletano empezó en 1948, con La sombra del ciprés es alargada, novela primeriza de la que no se sentía muy satisfecho, y con la que ganó el Premio Nadal. 

A partir de los años 50 sus libros le convirtieron en uno de los grandes escritores españoles del siglo. Es el novelista por excelencia de Castilla, sus tierras y sus gentes. En 1975 ingresó en la Real Academia Española. Siempre vivió en su ciudad natal, le gustaba el campo, la caza menor y la pesca. Era cristiano, profundamente liberal en el mejor sentido de la palabra y un adelantado del ecologismo en España. Falleció con 89 años. 

Publicado por Alberto. 

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