Título: La ley del mus
Autor: Manu Leguineche
Páginas: 325
Editorial: El Prado
Precio: 8,79 euros
Año de edición: 1992
Hoy vamos a hablar de una auténtica enciclopedia del mus, ese maravilloso juego de cartas de origen vasco, divertido, inteligente y sabroso, tan bien pensado que parece imposible idear un juego mejor y más completo con la baraja española de 40 cartas. Un juego que me resulta especialmente entrañable.
Aprendí a jugar en la Facultad de Físicas de la Complutense de Madrid, durante las horas muertas porque no había venido el profesor, las huelgas y algunos ratos libres en la cafetería. Desde el principio, me fascinó lo rápido y astuto que hay que ser, la importancia de ser un poco pillo y lo mucho que se presta a los comentarios jocosos y chascarrillos. Es curioso que es un juego en el que el azar cuenta mucho menos de lo que parece a primera vista, porque en una partida da tiempo casi siempre a tener un rato la suerte de cara y otro, de espaldas. Aunque claro, el buen jugador juega bien hasta sin cartas. En aquella época, creíamos jugar bien, hasta que apareció por allí una pareja que llevaba años jugando juntos y había ganado varios campeonatos. Nos dieron una paliza impresionante, y es que jugaban de manera muy particular. Nunca daban mus, lo dejaban todo al paso y cuando se te ocurría meterte y apostar algo, te daban unos palos de cuidado. Además, no necesitaban pasarse señas, se miraban y por la cara que ponían ya sabían qué cartas tenía el otro. En fin, un juego que casa muy bien con el carácter mediterráneo, de igual manera que el otro gran juego de cartas, el bridge, todo cálculo y memorización, es muy apropiado al carácter anglosajón.
Pero vamos al libro, que es lo que importa. Está escrito por el gran Manu Leguineche, viajero impenitente, gran periodista y buen musolari, y cuenta con un curioso y breve prólogo del rey Juan Carlos I que, arrimando el ascua a su sardina, habla de reyes, diversidad cultural y democracia a propósito del juego. La obra se abre con una serie de capítulos cortos, muy salados y literarios, en los que Leguineche deambula con soltura por varios aspectos culturales del juego, describe los tipos clásicos de jugadores (el segurola, el sentencioso, el nervioso, el risueño, el tenso...), ofrece una panorámica de dichos y sentencias musísticas de trasfondo filosófico y hasta existencial, define las distintas escuelas y formas de juego, menciona a jugadores famosos (como Juan Carlos Onetti, Rodríguez Sahagún, Adolfo Suárez, el Fary, Blas de Otero y Luis Carandell, entre otros) e incluso incursiona en conexiones literarias y filosóficas del llamado «bridge de las tabernas». En la segunda parte, el autor habla de sus partidas con gente importante, relata multitud de anécdotas y sucedidos, y nos habla de cosas tan importantes como, por ejemplo, cómo calentar o enfriar una partida, según convenga, o la importancia del temple y el sentido del humor en el mus. A continuación, expone los diez mandamientos del mus y la diez leyes secreta del juego. El texto se cierra con una última parte que es una antología de textos de otros autores —hasta un total de nueve— sobre el noble deporte del mus, incluyendo un jugoso Tratado de mus, el famoso Romance de los duples (1712) de Don Fructuoso de la Pestaña, Alabardero de la Corte, el Reglamento Oficial de Heraclio Fournier, cómo jugar al mus individual o mus francés y el Reglamento vasco.
En fin, una verdadera enciclopedia del mus, más de 300 páginas dedicadas al juego de cartas más divertido, una obra entretenida, enjundiosa y con mucho fundamento. Una gozada para los jugadores y una curiosidad para lo que no lo son, que pronto se darán cuenta de que se pierden uno de los mejores placeres que hay en la vida: una buena partida de mus entre amigos.
Manu Leguineche (Arrazua, Vizcaya, 1941-2014) comenzó a trabajar a los 16 años en el semanario Gran Vía de Bilbao, a los 17 conoció a Miguel Delibes, por entonces director de El norte de Castilla, y a los 18 comenzó a viajar por el mundo, recorriendo Europa y ejerciendo los más variados oficios. A la tierna edad de 19 años se largó sin avisar a sus padres a cubrir la guerra de Argelia y cuando cumplió los veinte, se sintió preparado para dar una vuelta al mundo con un grupo de periodistas estadounidenses, un viaje que duró dos años.
Sacó tiempo, no se sabe de dónde y estudió algo de Derecho y Filosofía y a los 23 años cubrió como enviado especial del diario Madrid la guerra entre India y Pakistán. A partir de entonces, da la sensación de que durante unos años no se perdió ni un sólo conflicto armado: Vietnam, Líbano, Nicaragua, Chipre, Marruecos, Bangladesh, Camboya, Guinea Ecuatorial, Palestina, Israel, Afganistán...
Mientras tanto hizo Periodismo, pero con tanto viaje no pudo graduarse hasta los treinta años. Su carrera es inabarcable, colaboró en más de cuarenta periódicos, trabajó en radio y televisión (seguramente le recordáis de Informe semanal y En portada), publicó innumerables libros, fundó dos agencias de noticias... Manu sólo hay uno. Para acabar, el enlace de una entrevista y una frase: «Un mapa del mundo que no incluya la utopía no merece una mirada».
Publicado por Antonio F. Rodríguez.


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