El 31 de diciembre de 1936 fue el último día en la turbulenta vida de don Miguel de Unamuno. Desde hacía meses una cruenta guerra civil desgarraba España. En Salamanca, capital de los sublevados, arreciaba la represión. El filósofo al principio se había adherido a los sublevados, ya que los creía salvadores de la civilización cristiana y occidental. Pero la sangre pronto anegó cualquier esperanza de una paz rápida. Unamuno, el hombre más libre de España según Andrés Trapiello, no tardó en estallar contra los franquistas. El 12 de octubre de 1936 les dijo a la cara: «Venceréis, pero no convenceréis». Inmediatamente fue destituido del rectorado y confinado en su domicilio hasta su muerte. Hay quien dice que esa muerte no fue natural. Que se trató de un asesinato. Uno más en la lista del general Franco. Otro Lorca.
Luis García Jambrina convirtió al pensador bilbaíno en un detective con la agudeza de Sherlock Holmes en su novela El primer caso de Unamuno (2024). En la que ahora comentamos, El último caso de Unamuno (2026), se investigan dos asuntos: la postrera investigación de don Miguel y la extraña muerte del propio Unamuno, poco después. Así que García Jambrina nos da dos crímenes por uno. Una oferta literaria difícil de rechazar tratándose de una novela de intriga. Unamuno, con su aire de búho inquisitivo, resulta pertinente como investigador aficionado. No nos olvidemos que el vasco era ante todo un pensador, o sentidor como él decía, que buscaba sin descanso la verdad. Así que nuestro sabio metido a detective persigue la realidad de las cosas. Ya sea enarbolando su pluma como un caballero andante la lanza, trajinando entre libros o husmeando por aquí y por allá.
1936 fue un mal año para Unamuno. Para todos los españoles en verdad. Muchos muertos salpicaron el atormentado paisaje celtibérico. Cadáveres ensangrentados aparecían tirados en cualquier camino, ante las tapias acribilladas de un cementerio, amontonados en una fosa común. En Salamanca no hubo guerra: hubo matanza. Cayeron amigos y conocidos de don Miguel. Algunos desaparecieron sin dejar ni rastro. La «hidra inquisitorial aúlla más que nunca» escribió desesperado nuestro filósofo. Hasta que un buen día se rebeló ante tanta ignominia y quizá con su gesto selló su destino.
Unos meses antes de la muerte de Unamuno, un catedrático de la universidad de Salamanca apareció colgado en el despacho de su casa. Se trataba de un caballero liberal y católico. De esas gentes de orden que no querían ni fascismo ni comunismo. Exactamente igual que don Miguel. La viuda cree que su marido ha sido asesinado. Un buen católico jamás se hubiera suicidado. Más bien lo suicidaron. Sus sospechas caen en el vacío. Decide pedirle ayuda a Unamuno. Tras algunas dudas (no está el horno para bollos con la guerra civil) el rector acepta investigar el turbio asunto.
La muerte de Unamuno tuvo un testigo. Se llamaba Bartolomé Aragón. Era un profesor fascista que rápidamente abandonó el fusil por la propaganda. El tal Aragón es universalmente desconocido hoy en día. Únicamente aparece cuando se escribe acerca del fallecimiento del bilbaíno. Al parecer, el filósofo sufrió una especie de derrame cerebral cuando estaba hablando con Aragón. Esta es la versión oficial. Se quedó aparentemente dormido al lado del brasero de cisco. El fuego comenzó a lamer sus zapatillas. Un olor raro se extendió por la estancia. Bartolomé Aragón se levantó estupefacto. Comenzó a gritar como un poseso ¡yo no he sido!, ¡yo no he sido!, abandonando apresuradamente el domicilio de Unamuno, que fue enterrado al día siguiente.
Pues bien: el abogado Manuel Rivera, buen amigo de Unamuno, será quien investigue la sospechosa muerte del maestro. En sus pesquisas contará con la ayuda de Teresa Maragall, una veterana anarquista catalana a quien don Miguel adoraba. Teresa ya no es joven. Pero tiene valor, las ideas muy claras y el gatillo fácil contra los enemigos de la idea. No está dispuesta a que la muerte de su amigo quede impune, ni a que los fascistas se aprovechen de ella. No es fácil investigar una muerte sospechosa que bien pudiera ser un crimen cuando los criminales dominan Salamanca. Hay que andar con pies de plomo. Tener un cuidado exquisito. Saber exactamente con quién hablar y de qué. La vida no vale nada en ese momento.
El último caso de Unamuno destaca por su buena escritura. Es una novela entretenida. Cumple con nota el principio de la buena literatura de intriga: el detective se va descubriendo a sí mismo a medida que investiga. Posee además una base histórica muy trabajada. Luis García Jambrina conoce al dedillo la figura de Unamuno y su circunstancia. Se nota la seguridad con la que aborda ciertos asuntos espinosos (la represión en la ciudad del Tormes, las actuaciones poco presentables de ciertos individuos, el comportamiento de la iglesia católica poniéndose de canto ante el terror). La atmósfera está muy conseguida: una Salamanca helada por el frío y el miedo, repleta de soplones y fascistas, en la que nadie confía en nadie, con sombras huidizas en las esquinas, un goteo permanente de víctimas cruelmente sacrificadas y viudas humilladas vestidas de negro.
De momento, sin embargo, no todo está perdido. Por sus calles aún pasea, muchas veces solo, un anciano venerable de pelo blanco como la nieve, con un curioso atuendo de pastor protestante, sombrero oscuro, sin corbata, gruesos anteojos en cuyo fondo bucean unos ojos pequeños, cansados e inquisitivos, y barba rematada en punta. Don Quijote revivido. Este hombre está dispuesto a que resplandezca la verdad. No conoce el miedo ni la desesperanza. Ante su imponente figura retroceden las tinieblas. De lectura más que recomendable.
Luis García Jambrina (1960) es un escritor y profesor universitario español nacido en Zamora. Durante años fue crítico literario del diario ABC. Actualmente dirige la revista Cuadernos de la Cátedra Miguel de Unamuno que edita la Universidad de Salamanca. Además de su labor docente, el profesor García Jambrina ha escrito numerosas novelas como El manuscrito de piedra (2008), La sombra de otro (2014), El manuscrito de fuego (2018) o Así en la guerra como en la paz (2023). Ha convertido en protagonistas de sus libros a Fernando de Rojas y Miguel de Unamuno. También es autor de cuentos, teatro y ensayos. Ha editado a autores como Claudio Rodríguez, Pere Gimferrer, José Manuel Caballero Bonald y, por supuesto, Miguel de Unamuno.
En 2020 colaboró con el cineasta Manuel Menchón en el documental Palabras para un fin del mundo. Al año siguiente, ambos publicaron el libro La doble muerte de Unamuno. Tanto el libro como el documental ponen en duda las versiones tradicionales acerca de la muerte de Miguel de Unamuno.


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