lunes, 4 de noviembre de 2013

El país de las últimas cosas - Paul Auster


Título: El país de las últimas cosas
Autor: Paul Auster

Páginas: 208

Editorial: Anagrama

Precio: 7,50 euros 

Año de edición: 1994 (17ª edición)

He leído muchas cartas, fuera y dentro de la literatura. En el ámbito de las letras, «Carta al padre» de Kafka tal vez sea la más popular de todas, pero recientemente he tenido ocasión de leer «El país de las últimas cosas», un excepcional relato epistolar de ciencia-ficción, que bien podría competir en popularidad, salvando las distancias, con la ideada por el escritor clásico austrohúngaro.

Paul Auster (Nueva Jersey, 1947), en su misiva, encarna a Anna Blume para escribir una carta a su novio. Ella es una chica de diecinueve años, inmigrante, en busca de su hermano en una ciudad inhóspita.

Los desmanes del medio que el autor describe son fruto del culto a la muerte que guardan sus habitantes. El inevitable trance biológico, final por el que toda persona ha de pasar, alcanza un protagonismo exacerbado en esa sociedad. Tanta es la idolatría a la defunción que el asesinato es considerado casi una obra de arte y ante todo, un negocio. Empiezan a abundar clínicas de eutanasia, clubes para el asesinato y sectas destructivas.

La novela, de concepción apocalíptica, guarda numerosos aspectos en común con otras distopías, especialmente con las clásicas. Aparte de su fundamento, firme, genuino y bien estructurado, Auster hace una ligera alusión a «Fahrenheit 451» y «1984» al comprometer a los mandatarios políticos por el desconocimiento del entorno y la vida de sus ciudadanos, y eximir a éstos de responsabilidad. No deja de ser un pasaje aislado, incluso evitable para el transcurso de la historia, del que ha querido dejar constancia, como «recadito» a la última clase privilegiada que queda en el mundo occidental: la clase política.

Más allá de la historia narrada, siguiéndo apoyandose en clásicos de la literatura como «El Quijote» o la ya mencionada novela de Bradbury, queda implícito el propósito de reflejar la importancia de los buenos libros para evitar la deshumanización de la sociedad. Hay quemas de volúmenes, usados como leña, que se narran como dramáticas destrucciones. Se aprovecha la ocasión para hablar del interés de algunos ejemplares y a la vez, para renegar de otros, como los relatos rosas, los discursos políticos y los libros de texto, de manera similar a cómo Cervantes ridiculizó las novelas de caballería.

«El país de las últimas cosas» es una excelente composición que ahonda en principios que ya trataron otros grandes de la literatura.

Paul Auster

Publicado por Jesús Rojas.

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