viernes, 3 de mayo de 2024

Reflexiones sobre la Revolución en Francia - Edmund Burke

Título: Reflexiones sobre la Revolución en Francia                                                               Autor: Edmund Burke

Páginas: 400 pág.

Editorial: Alianza

Precio: 15,95 euros 

Año de edición: 2016

Cuando el 14 de julio de 1789 el pueblo de París asaltó la prisión real de la Bastilla, no sabía que comenzaba el mundo contemporáneo. Los muros del Antiguo Régimen se vinieron abajo con estrépito. Entre los fragores de la lucha nació la democracia. La Revolución Francesa significó la presencia del pueblo en armas. La burguesía ascendió al poder. Su era se prolongó a lo largo de todo el siglo XIX. Un nuevo lenguaje político compuesto por términos como derechos del hombre, parlamento, constitución o sufragio sustituyó al viejo absolutismo por la gracia de Dios. Detrás de las pelucas burguesas, acechaba el gorro frigio de los sans-culottes, el pueblo parisino, los de abajo, los que no tenían nada que perder y todo que ganar. La gran trilogía revolucionaria de libertad, igualdad y fraternidad aterraba a los conservadores. La revolución servía de ejemplo a otros países. Amenazaba con extenderse. Rápidamente llovieron las críticas contra los sucesos inconcebibles de Francia. 

Una de las primeras y más inteligentes críticas contra la Revolución Francesa vino de Inglaterra. En la isla funcionaba un modelo de monarquía parlamentaria desde la Revolución Gloriosa de 1688. No había absolutismo. Estaba comenzando la Revolución Industrial. Inglaterra era distinta al continente. Tenía un sistema de gobierno estable. Nacían los partidos políticos. El poder real estaba limitado por el parlamento. Existía desde 1689 una declaración de derechos que defendía al súbdito inglés frente a los abusos del poder. En Inglaterra estaba sólidamente asentada una tradición política contraria al despotismo. Muchos ingleses liberales simpatizaban con la Revolución Francesa. La consideraban un avance hacia un modelo parecido al suyo. Luis XVI era ahora un monarca constitucional, al igual que el británico. 

Hubo, sin embargo, un liberal que desde el principio no quiso saber nada de la Revolución Francesa. Que la consideró viciada de raíz. Contraria a la tradición inglesa. Peligrosa. Este hombre se llamaba Edmund Burke. Era político e intelectual. Diputado whig en la Cámara de los Comunes. Su clásico libro «Reflexiones sobre la Revolución en Francia» se publicó tempranamente, en 1790. 

Burke se esfuerza en separar el cataclismo de Francia de su venerado modelo inglés de monarquía limitada. En Francia, dice, ha estallado una revolución total que no conoce límites, ya que rechaza el pasado, con su lenta acumulación de siglos de experiencia, en nombre de un racionalismo abstracto que pretende construir algo totalmente nuevo sin respetar la historia. Los revolucionarios franceses han tomado por asalto su propio país. Han eliminado la propiedad de nobleza y clero. No respetan los estamentos tradicionales. El populacho toma las calles. Los reyes franceses son violentados como si fueran criminales. En Francia la tiranía absolutista es sustituida por una tiranía democrática que encubre los intereses de una clase política e intelectual sin escrúpulos y ávida de poder («teólogos de la política», según Burke). El barullo revolucionario, pronostica, acabará en un golpe de mano militar y el poder de un hombre (acertó plenamente: Napoleón). En conclusión: su libertad no es liberal, exclama el enfurecido Burke respecto a la Revolución Francesa, en una frase que se ha hecho célebre.  

El modelo inglés es completamente distinto. Debe mantenerse a toda costa, evitando los cantos de sirena de los revolucionarios franceses y sus admiradores ingleses. Burke lo resume así: 

«El pueblo inglés no imitará las costumbres que nunca ha tenido, ni volverá a aquellas que la experiencia le ha demostrado nocivas. Los ingleses consideran la sucesión hereditaria de su corona como uno de sus derechos, no como uno de sus abusos; como un beneficio, no como un perjuicio; como una seguridad para su libertad, no como un distintivo de servidumbre. Consideran de inestimable valor el marco de su estructura estatal tal como existe, y conciben la imperturbable sucesión de la corona como una prenda de estabilidad y continuidad para todos los principios de la Constitución».

La experiencia histórica inglesa cristalizada en su constitución no escrita es para Burke un modelo cuasi perfecto. Pero no se opone a los cambios. Después de todo, advierte que un estado que carece de los medios para su reforma carece de los medios para su conservación, pero esto no significa cambiar por cambiar, tirando por la borda las experiencias del pasado. Edmund Burke fue conocido como el «profeta del pasado». 

La sociedad es para él un todo orgánico: el conjunto de los vivos, los muertos y los que han de venir. Debe preservarse para no hacer estéril el esfuerzo de los antepasados. La tradición histórica sería ese sedimento del pasado que todavía resulta útil en el presente. El cambio implica restaurar, al igual que se arregla el desperfecto de un edificio viejo y venerable. Burke concibe Inglaterra como una especie de mansión campestre a la que de vez en cuando se le quitan las tejas gastadas del techo. Un alto muro impide que entren los desharrapados. Los prejuicios sociales son necesarios. Todo en orden. 

Lo concreto, lo real, cristaliza en el pretérito, no en un futuro abstracto que nadie sabe cómo puede ser, ya que siempre dependerá de las incertidumbres del presente. Cualquier hombre de Estado ha de ser prudente, concluye Burke, para evitar trastornos sociales innecesarios. Aquí se aprecia la influencia del empirismo inglés (Hume, amigo de Burke) frente al racionalismo continental y sus grandes planes de transformación. Como diría el conde de Romanones: los experimentos, en casa y con gaseosa. Es posible que sea así, pero los que no tienen merienda igual deciden un día asaltar la despensa del ocurrente conde. 

Las «Reflexiones sobre la revolución en Francia» son un compendio del liberalismo conservador. Burke no era un contrarrevolucionario. Detestaba la tiranía y el absolutismo. Tierno Galván lo consideraba un conservador puro tan enemigo de las revoluciones como del inmovilismo de los reaccionarios. No rechazaba los cambios, pero no quería forzarlos. Sin duda, advirtió tempranamente ciertos errores de la Revolución Francesa. El problema es que solo vio los errores, negándole cualquier dimensión positiva. Todo lo enfoca desde su perspectiva de liberal moderado inglés con pretensiones aristocratizantes. Es un punto de vista reduccionista y mezquino. No obstante, su libro, escrito en un hermoso estilo declamatorio, lleno de santa indignación, a la vez grandilocuente y brillante, repleto de frases inolvidables, es uno de los clásicos indiscutibles del pensamiento político. 

Edmund Burke

Edmund Burke (1729-1797) fue un filósofo y político irlandés nacido en Dublín de padre anglicano y madre católica. Estudió en el Trinity College de su ciudad. Le gustaban los clásicos griegos y latinos y era un excelente escritor. El provinciano Burke marchó a Londres en busca de fortuna. Se metió en política. Gran orador, alcanzó una posición relevante entre los whigs o liberales. Hombre de ideas ilustradas, condenó duramente la corrupción política, los abusos en la India y defendió la independencia de las colonias norteamericanas. 

Su encontronazo con los enciclopedistas franceses marcó el rumbo conservador de sus ideas, pero sin abandonar el liberalismo. Burke detestaba sobre todo a Rousseau. De hecho, no quiso ni reunirse con él. También le encandiló la corte francesa de Versalles, sobre todo María Antonieta, «la gracia no comprada de la vida», como llegó a escribir. Burke era un poco snob. 

Al estallar la Revolución Francesa, se posicionó radicalmente en contra de ella. Sus «Reflexiones sobre la revolución en Francia» (1790) defienden a capa y espada el modelo tradicional inglés de monarquía parlamentaria frente a los planes revolucionarios de los demócratas franceses, verdaderas bestias negras del irlandés. También polemizó con Thomas Paine, el autor del célebre «Los derechos del hombre». Acabó rompiendo con los whigs. Burke murió amargado por la muerte de su hijo y la expansión imparable de la Revolución francesa. 

Publicado por Alberto.

jueves, 2 de mayo de 2024

Retahílas - Carmen Martín Gaite

Título: Retahílas                                                                                                                  Autora: Carmen Martín Gaite

Páginas: 216 pág.

Editorial: Siruela

Precio: 18,90 euros 

Año de edición: 2009

Tengo especial debilidad por Martín Gaite, es una autora que ha conseguido con el tiempo ser clásica y muy innovadora. Esta novela es un buen ejemplo de ello, veamos porqué.

Publicada originalmente en 1974, hace ya medio siglo, esta obra reproduce una noche de cháchara entre dos parientes, Eulalia y Germán, tía y sobrino, que no se veían hacía tiempo. que disfrutan del placer de perorar de manera casi interminable en el viejo pazo familiar donde se han encontrado porque la abuela de Eulalia está agonizando y ha querido ir a morirse precisamente allí, a la antigua casa solariega de Louredo, llena de recuerdos e historias de hace años. Las circunstancias, la noche en vela, la intimidad casual, una antigua afinidad y los años pasados, facilitan que los dos se encuentren a gusto y se produzca no un diálogo vivo y muy interactivo, sino largas retahílas de los dos personajes, exactamente seis de cada uno, que les sirven para ir repasando historias y parientes, secretos de familia que van aflorando poco a poco. El lector va reuniendo y encajando las piezas del puzle que se le ofrecen, hasta que desgrana la novela que yace detrás del texto, la gran saga familiar de todos aquellos parientes. 

Ése es el curioso el planteamiento de esta atractiva obra. Los diálogos, o más bien monólogos alternativos, resultan interesantes, envolventes, se len con facilidad a pesar de estar construidos con frases largas, descriptivas y solventes, con digresiones plagadas de detalles y retazos de una historia que alimentan nuestra curiosidad. El texto es casi siempre imprevisible, no hay apenas lugares comunes aquí y lo que podría ser un plúmbeo discurso, es en realidad una cadencia de palabras con ritmo y música, que resulta casi hipnótica y se lee con placer. La novela tiene algo de proustiana, ya que juega continuamente con la memoria, las sensaciones y los recuerdos, el lenguaje algo barroco y fuertemente oral, y despierta los recuerdos del lector con asombrosas coincidencias. Los personajes no solo relatan sucesos del pasado, también reflexionan sobre el olvido, el amor, la voluntad, el libre albedrío, el destino o la suerte y mil ideas más que nos tocan y atañen, porque están en el fondo de la estructura de la vida humana. Y hay descripciones de parientes inolvidables, personas completas, bien construidas y complejas, que parecen más personas de la vida real que caracteres inventados para una novela.

Vamos con algunos ejemplos, para ilustrar todo lo dicho: «En el fondo, al que no ha conocido a sus abuelos yo creo que le falta algo», «Pones cara de loca leyendo esas novelas...»,«No lograba, por ejemplo, saber si eras buena o mala, si eras inteligente o no, si papá te apreciaba o te tomaba a beneficio de inventario», «Juana, que huele a aguardiente y pajar...», «Dicen que hablando se inventa», «... el tiempo está esperando de nosotros que hagamos eso, que no lo miremos como enemigo, y solo entonces nos entrega todo lo que guarda en sus repliegues...», «Vivir es eso, poder producir retahílas, hablar con alguien en confianza», «... las palabras, Lucía, son a veces papel mojado, se busca una mirada que releje la nuestra... », «Hacen bien, lo que dura para siempre no necesita papeles».

En fin, una novela con mucha personalidad, solvente y atractiva, original e innovadora, en la que tan importante es lo que se cuenta como cómo se cuenta. Un diálogo muy curioso entre Eulalia, etimológicamente, la que habla bien, y Germán, que recuerda mucho a la palabra hermano, es decir, una buena conversación familiar, muy bien escrita y con la que se disfruta cada página. Una buena lectura y un libro típico del mundo literario de Martín Gaite, en el que la oralidad y la complejidad de las relaciones humanas son protagonistas.

Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925-2000) es esa viejecita risueña, fumadora y arrugada que nos mira desde fotos en blanco y negro. Fue escritora durante toda su vida, escribió a diario desde los ocho años hasta los 75 con que se murió. Se licenció en Filosofía y Letras en Salamanca, se doctoró en Madrid, a los 28 ganó el Pemio Café de Gijón, lo que le dió una imagen de escritora sólida que la acompañaría durante toda su vida. Se casó con Rafael Sánchez Ferlosio, matrimonio que duraría solo unos años.

Es una de las figuras más premiadas de la literatura española ha ganado, entre otros muchos galardones, el Premio Nadal, el Premio Anagrama de Ensayo, el Nacional de Literatura y el Príncipe de Asturias de las Letras.
    
Es una de esas autoras que todo los que escribe parece tocado por una musa, hasta los formularios que rellena, todo lo que he leído de ella tiene una música muy especial y está empapado de una sabiduría que parece que viene de antiguo.

Carmen Martín Gaite

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

miércoles, 1 de mayo de 2024

La torre inclinada - Virginia Woolf


Título: La torre inclinada                                                                                                        Autora: Virginia Woolf

Páginas: 68 pág.

Editorial: Carpe Noctem

Precio: 9,99 euros 

Año de edición: 2023

Este librito es el texto de la conferencia que impartió la autora en una asociación obrera en mayo de 1940, en plena Segunda Guerra Mundial y en su último año de vida, cuando vivía en una casa de campo al que se había trasladado huyendo de los bombardeos de Londres. La disertación sintetiza su visión del oficio de escritor y se centra sobre la cuestión de cómo influye la clase social de un escritor en las obras que produce.

Woolf señala que la biografía de los grandes escritores británicos del siglo XIX y principios del XX, salvo las honrosas excepciones de Charles Dickens y D. H. Lawrence, sigue un mis o patrón: nacieron en una familia acomodada, estudiaron en Oxford o en Cambridge y, con muy poca experiencia del mundo, mientras otros se ocupaban de las tareas del hogar, escribieron sobre lo humano y lo divino, en particular las clases bajas, sin conocerlas en realidad. Eso les da un cierto aire de familia, detrás del que late la idea de que la filosofía es más importante que la política, se ocupaban de los temas sociales más a nivel teórico que práctico, político. Como resumió acertadamente Auden: «Detrás de nosotros hay vecindarios de estuco y una educación costosa».

En 1914, con la Gran Guerra, esa torre de marfil se tambalea. Aparecen los autores rebeldes y airados, que conocieron la seguridad y ven cómo su mundo tiembla y peligra. Se ven obligados a predicar, a ser políticos y a asumir una nueva vocación. «Todo lo que me gustaría es ser humano» parecen decir. Quieren descender al barro, mancharse en el peligroso oficio de vivir la vida con las manos desnudas e involucrarse. La pieza acaba con un alegato emocionado sobre la capacidad liberadora de la escritura y una perspectiva de lo que pueden ser los autores a partir de entonces.

Estas líneas, bastante breves porque ocupan solo 45 páginas, destacan por su lucidez, su capacidad sintética y su fuerza expresiva. Esta mujer nos ofrece una panorámica a vista de pájaro de la literatura inglesa de su época impagable, con ejemplos demostrativos, metáforas audaces, imágenes contundentes, y una forma de escribir amena y muy persuasiva. Su discurso resulta claro y convincente, parece casi más una clase que una conferencia, y aún hoy en día, cuando han pasado 84 años, es decir, podía estar escrito por nuestra abuela o bisabuela, es una charla interesante y de plena actualidad. ¿Cómo influye la clase social de un autor en lo que escribe? Ésa es la cuestión.

Un ensayo apasionante y estupenda, que deja al lector embelesado y pensando en todas estas cuestiones. Un libro golosina. Sensualidad para las neuronas. Una pequeña joya.

La traducción es de Rafael Accorinti Gorillo, traductor de inglés y francés argentino afincado en Madrid, y el prólogo es de la asturiana Laura Casielles (Pola de Siero, 1986), poeta y escritora.

Virginia Woolf (Londres, 1881-1941) era hija del novelista, historiador, ensayista, biógrafo y montañero Sir Leslie Stephen (1832-1904) y de Julia Prinsep Jackson (1846-1895), una famosa belleza que sirvió de modelo a varios pintores prerrafaelitas. Ambos se casaron siendo viudos y en la familia había hijos de los tres matrimonios. Virginia no fué nunca al colegio, pero recibió clases de varios profesores particulares y de su propio padre, en un hogar frecuentado por escritores e intelectuales, como Alfred Tennyson, Thomas Hardy, Henry James y William Thackeray.

A los 13 años, vió morir a su madre y tuvo su primera depresión. Hay biógrafos que sostienen que sus crisis, debidas a un trastorno dipolar, fueron influidas por los abusos deshonestos que ella y su hermana Vanessa padecieron a manos de sus medio hermanos George y Gerald. Estudió en el King's College de Cambridge y en el King's College de Londres, se instaló en el barrio de Bloomsbury, donde vivían los escritores E. M. Forster y  Lytton Strachey, el economista J. M. Keynes, los filósofos Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein, y otros intelectuales que formaron el llamado círculo de Bloomsbury.

A los 30 se casó con el escritor y economista Leonard Woolf, con el que fundó la famosa editorial Hogarth Press, que publicó su propia obra junto a la de autores como Katherine Mansfield, T. S. Eliot, Freud y otros. Está considerada como una de las figuras más importantes de la literatura del siglo XX y una gran innovadora. La Segunda Guerra Mundial, la destrucción de su casa de Londres en un bombardeo y la fría acogida de uno de sus libros la sumieron en una crisis especialmente profunda y se suicidó llenándose los bolsillos de piedras y metiéndose en un río.

Virginia Woolf

Publicado por Antonio F. Rodríguez.