viernes, 27 de mayo de 2022

El fascismo - Stanley G. Payne

 

Título: El fascismo                                                                                                             Autor: Stanley G. Payne

Páginas: 320 pág.

Editorial: Alianzal

Precio: 13,95 euros

Año de edición: 2014

Fascismo es un término banal y confuso utilizado constantemente en el debate público. En general, «fascismo» es sinónimo de violencia. Sin duda, el fascismo era violento. Pero no toda la violencia ha de ser fascista. Ciertas experiencias comunistas representaron la «compulsión infinita». A menudo, se identifica sin más al fascismo con la derecha. O se detectan ciertos tics fascistas en la izquierda. Se han inventado términos absurdos como «feminazi». El neoliberalismo o el populismo han sido declarados fascistas. También el islamismo. Se ha especulado incluso con un fascismo eterno, arquetípico, al margen de la Historia y omnipresente. En mi opinión, solo un enfoque histórico del fascismo en su época permite entenderlo, diferenciarlo de otros movimientos políticos y advertir ciertos rasgos fascistas en la ultraderecha actual. 

El destacado hispanista norteamericano Stanley G. Payne publicó en 1980 este ensayo comparativo y analítico sobre el fascismo. Es un trabajo imprescindible, muchas veces reeditado. Payne estudia el origen del fascismo, las características comunes de los distintos fascismos, que conforman el fascismo genérico, las diferencias entre movimientos y regímenes fascistas, la identidad no idéntica entre el fascismo y la derecha y las interpretaciones del fascismo, insistiendo en la necesidad de un estudio empírico de esta ideología. 

La era fascista abarcó entre 1918 y 1945. Los primeros fascistas eran nacionalistas contrarrevolucionarios que habían luchado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Estaban familiarizados con la violencia. Despreciaban las normas parlamentarias. Odiaban y exageraban la amenaza roja. La utopía fascista quería convertir la sociedad civil en un cuartel. De ahí su obsesión militarista, el culto a la violencia sistemática y la importancia del liderazgo. Un fascista italiano de 1920 era un ser violento, uniformado con camisa negra y armado con porra y pistola. Muy posiblemente, veterano de guerra. Este soldado político rechazaba la sociedad burguesa por blandengue, a los izquierdistas por antipatriotas y exigía un régimen nacionalista, totalitario y caudillista que terminara con el «barullo» parlamentario. El carisma mesiánico de un líder salvaría a la patria. En 1922 Mussolini, el Duce, tomó el poder en Italia. Había fundado el fascismo en 1919. Ese fue el primer fascismo. El genuino. El que dio el nombre a la cosa.  

Hitler se convirtió en canciller de Alemania en 1933. El fascismo alemán se llamaba nacionalsocialismo. Era un credo más intenso y radical que el fascismo de Mussolini. Poseía además un rasgo esencial que lo diferenciaba del fascismo italiano. Los nacionalsocialistas creían en la absoluta superioridad de la raza «aria» y en la naturaleza satánica de los judíos. Esta demonología racista era ajena al fascismo italiano (miles de judíos italianos fueron fascistas hasta 1938) y fue el motor del genocidio. 

Debe entenderse que los fascistas eran nacionalistas radicales que reproducían rasgos característicos de sus sociedades nacionales. Pese a su innegable aire de familia, tenían sus diferencias, a veces importantes. Por ejemplo, los nazis alemanes rechazaban el cristianismo histórico en nombre de un pseudocientifismo racista y pagano. Los fascistas italianos y españoles eran católicos. Los fascistas rumanos, devotos ortodoxos. No obstante, Payne elabora un mínimo fascista que compartían todos estos movimientos: antiliberalismo, antimarxismo, anticonservadurismo, caudillismo, ejército del partido y totalitarismo. Todos diferentes, todos iguales. 

Los fascistas decían ser revolucionarios. Sin embargo, en Alemania e Italia llegaron al gobierno en coalición con la derecha clásica. El fascismo en el poder olvidó rápidamente su antigua demagogia anticapitalista. Los regímenes fascistas eran inequívocamente de derechas. Payne insiste sin embargo en diferenciar entre la derecha conservadora y el fascismo. Los objetivos imperialistas y totalitarios de los fascistas diferían de los de la derecha tradicional, más cauta y moderada en este aspecto. La cultura política fascista era revolucionaria, no conservadora. Resumen: los fascistas pactaron con los conservadores para alcanzar el gobierno y los conservadores intentaron instrumentalizar a los fascistas en su beneficio. Tira y afloja. Quizá ahora pase algo parecido entre la derecha democrática y la derecha radical. La experiencia de la Historia no engaña. 

Payne también repasa las interpretaciones que se han dado del fascismo: desde simples impulsos homicidas de personalidades autoritarias hasta una revolución de las clases medias, pasando por el fascismo como agente del capitalismo chovinista. En definitiva, comprender el fascismo es contar su historia. El período de entreguerras y la crisis universal del liberalismo fueron el semillero del fascismo. Su fulminante, el miedo al comunismo. La revolución fascista consistía en una contrarrevolución antimarxista que comenzaba destruyendo hasta la raíz la democracia parlamentaria.  

El fascismo se jactaba de su irracionalismo, pero tenía sus ideas, derivadas del pensamiento de Nietzsche, Sorel, Darwin, Pareto y Spengler. Su monstruoso modelo de una sociedad darwinista, totalitaria y etnocéntrica rompía con la tradición humanista. Para los fascistas no existían derechos universales ni obligaciones morales más allá de la nación o la raza. El individuo debía someterse. Goebbels proclamó que el año 1789 sería borrado de la Historia. Los fascistas eran antiilustrados por partida doble: antiliberales y antimarxistas. Ahora bien, el fascismo era asimismo un nacionalismo plebiscitario moderno, o al menos modernista. Pero pese al delirio tecnológico fascista, las autopistas nazis llevaban al pasado, cuando no a un lugar peor. El «idealismo» hitleriano engendró los peores asesinos de masas.   

De un libro de historia del que se aprende tanto como de este solo puede darse un veredicto positivo: excelente. Valen más estas 300 páginas del profesor Payne que miles de parrafadas demagógicas presuntamente «antifascistas».

Stanley G. Payne (U. de Wisconsin)

Stanley George Payne (1934) es un historiador norteamericano centrado en el estudio de la España contemporánea. De origen texano, Payne publicó en 1965 el primer estudio científico sobre la Falange Española. El libro debió editarse en París debido a la censura franquista. A este, le seguirían muchos otros sobre el fascismo, la dictadura franquista, las fuerzas armadas, la Segunda República, la Guerra Civil y el catolicismo español. También ha escrito ensayos divulgativos. Payne es uno de los hispanistas más relevantes. Con cerca de 90 años, el profesor Payne sigue en activo. 

Publicado por Alberto.

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