Peter Straub, desaparecido no hace mucho, es sin duda uno de los grandes nombres de la narrativa terrorífica. Por desgracia, ha quedado algo marginado por la larga sombra de su amigo Stephen King, con quien colaboró en un par de novelas. A la hora de indagar en nuestros terrores favoritos hay que decir que Peter Straub fue un maestro en nada inferior al rey. Tenía una facilidad excepcional para insertar lo sobrenatural dentro de un contexto realista. Sabía extraer el pertinente retrato social sin detrimento de la eficacia exigida a un narrador de cuentos de miedo. Y trazaba personajes de bulto redondo, auténticos, creíbles, siempre atenazados por ese algo indefinible pero monstruoso que amenaza con devorarlos. Todas estas virtudes aparecen con nota en su mejor novela, Fantasmas (Ghost Story), publicada en 1979 y pronto saludada como un clásico irrepetible del género fantástico.
Fantasmas es efectivamente una historia de fantasmas. De fantasmas clásicos y de fantasmas de carne y hueso. De criaturas que se mueven en el limbo entre la vida y la muerte. Que son capaces de fingir su humanidad sin llegar a perder del todo su índole repugnante. Seres malignos que aparecen y desaparecen, dejando a su paso un rastro terrible de muerte. Straub no abandona el relato de fantasmas tradicional. Al contrario. Indaga en él, se recrea en sus tópicos, lo homenajea. Hay páginas que podrían haber sido escritas por Henry James o Nathaniel Hawthorne. Pero de manera impecable va trascendiendo lo clásico para penetrar en dominios nuevos. Fantasmas es un cuento de aparecidos y mucho más. Da otra vuelta de tuerca al género. Lo moderniza, sin perder su esencia, que tanto encanto le da. El resultado es excelente.
El argumento es el siguiente. En Milburn, un tranquilo pueblo de la zona rural de Nueva York, unos señores de edad madura han creado una sociedad de tan solo cinco miembros para contarse cuentos de fantasmas. Como se ve, el asunto no puede ser más clásico. Así comienza Fantasmas y así empiezan innumerables cuentos de miedo. El guiño que dedica el autor a los aficionados es explícito. Busca complicidad con el lector y la consigue.
Los fantasmas dejan de ser cuento. Acosan realmente a los abuelos. No son fantasmas convencionales. Parecen más bien recuerdos atormentados, pesadillas, alucinaciones y el miedo omnipresente a la muerte. Uno de los miembros de la sociedad cae fulminado durante una fiesta que celebra en su casa. Al año siguiente, otro se arroja de cabeza a un río helado. Los tres que quedan intuyen que su fin está cerca. Deben pedir ayuda.
Nadie mejor para auxiliarlos que Don Wanderley, profesor fracasado, escritor de novelas de miedo y sobrino del primer fallecido. Don también ha tenido algunas experiencias espeluznantes. Además, su hermano murió en circunstancias extrañas en Ámsterdam. Decide irse a Milburn. Allí empieza a atar cabos. Una mujer misteriosa parece estar en el centro del misterio. Alma es etérea e irreal. No tiene pasado. Se acerca, te enamora y te mata. Algo terrible emana de ella. Don la conoció como estudiante, pero ha cambiado varias veces de personalidad. Bruja, loca o fantasma, la joven da miedo. Hasta aquí, el argumento.
Fantasmas es una novela de suspense psicológico que se toma su tiempo en arrancar. Una vez que penetramos en ella, se lee estupendamente. Engancha al lector y no lo suelta hasta el final. En eso, Fantasmas tiene su embrujo, lo que está muy bien en un relato de terror. El ambiente de la novela es frío y ominoso. Milburn es una ciudad encantada. El cielo es gris. Cae la nieve. Con el atardecer las sombras se vuelven amenazantes. Dentro de las casas la atmósfera es más cálida, aunque su seguridad resulta ilusoria.
Los seres de ultratumba son capaces de invadir los confortables hogares burgueses para destruir a sus moradores. Nada los detiene. El interior de las personas no es nada agradable. La aridez de sus almas las hace vulnerables a ciertas sombras. Los secretos turbios del pasado nunca mueren. Sobreviven como restos pútridos que aún conservan algo de vida (si eso es vida). Estos fantasmas son implacables y buscan venganza. Atacan desde dentro y desde fuera. Son terribles. Una enfermedad mortal. En esta novela, como en todas las buenas historias de terror, el nexo entre el frío exterior y la desolación interior es la putrefacción. La muerte.
Creo que Fantasmas merece leerse. Pocas veces se alcanza un grado tan elevado de eficacia narrativa dentro del género terrorífico. Straub quiso escribir la gran novela de fantasmas y nadie dice que no lo haya conseguido. En este caso, el talento estuvo a la altura, o casi, de la ambición. Claro que sobran páginas. Algunos pasajes se alargan demasiado. Gravita en ocasiones cierta pesadez. La tijera salvadora hubiera venido bien de vez en cuando. Pese a todo, esta obra tiene innumerables aspectos favorables. Atmósfera lograda. Capacidad para evocar los horrores en un ambiente somnoliento. Ambigüedad moral. Y, ante todo, algunos momentos dan auténtico miedo. Miedo de verdad. De ese que obliga a levantar la vista del papel y mirar a tu alrededor por si acaso, que nunca se sabe. De lectura obligada para el verano.
Peter Straub (1943-2022) fue un novelista norteamericano especializado en terrores varios. Nació en Milwaukee y estudió en las Universidades de Madison-Wisconsin y Columbia. Durante un corto período de tiempo fue profesor universitario. Luego viviría varios años en Irlanda. Empezó a escribir. Publicó varios libros de poesía. En 1979 su novela Fantasmas recibió el apoyo de la crítica y el público. Fue llevada al cine en 1981 por el director John Irvin con el título de Historia macabra (1981).
Otras de sus novelas, La obsesión de Julia (1976), dio lugar a la película Círculo de la muerte (1977) protagonizada por Mia Farrow. Otras novelas de este autor son Koko (1988), sobre un asesino en serie, y Perdidos (2003). Peter Straub era buen amigo de Stephen King y firmaron juntos dos libros: El talismán (1984) y Casa negra (2001). También ha escrito ensayos, antologías y cuentos. Straub falleció en Nueva York en 2022 con 79 años.


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