Mostrando entradas con la etiqueta terror. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta terror. Mostrar todas las entradas

jueves, 7 de noviembre de 2019

Cementerio de animales - Stephen King

 
Título: Cementerio de animales
Autor: Stephen King
  
Páginas: 488
  
Editorial: Punto de lectura
    
Precio: 14,95 euros
   
Año de edición: 2019

Siguiendo con los títulos de la lista Savater, me he animado a probar esta novela publicada en 1983 por Stephen King, del que confieso que no había leído nada hasta ahora. Y me ha encantado, es de lo mejorcito que leído en el género de terror. Muy inquietante. 

Vaya por delante que, en mi opinión, es un hábil escritor de superventas, es decir tiene esa habilidad casi mágica y difícilmente explicable de los autores de grandes éxitos que te impulsan a seguir leyendo, tienes la sensación de estar leyendo cuesta abajo y lo difícil es interrumpir la lectura.

Esa virtud, la aplica a contar historias de terror, que realmente resultan inquietantes. King es un maestro en manipularlas fobias y deseos del lector y, desde luego, no es buena idea leer sus libros de noche y estando solo. Maneja muy bien el tempo de la narración; no tiene prisa, sobre todo al principio, y va describiendo la vida cotidiana y familiar de una familia, mientras va sembrando aquí y allá retazos de información que luego utilizará más adelante.

El estilo es muy sencillo, plano y aparentemente anodino, pero tiene mucha más miga de lo que parece a primera vista. Se adapta como un guante al propósito del libro, convenciéndonos de que se trata de una historia real al describir hechos y situaciones de manera simple, creíble y objetiva. 

Pero lo que mejor hace este hombre es gestionar la trama. Durante todo el texto, el libro está salpicado de detalles siniestros que van intranquilizando al lector. Durante mucho tiempo, uno no sabe cuál es el origen delos fenómenos terroríficos y mantener en esa incertidumbre al lector el máximo tiempo posible suele ser muy eficaz. Durante la primera mitad del libro, lo horroroso llega poco a poco y en oleadas, con intervalos de tranquilidad. En la segunda mitad, los acontecimientos se precipitan poco a poco y King juega a anticiparlos, como en esa frase estupenda, fría y ominosa, con la que arranca unos de los capítulos intermedios: «Louis Creed pensaría después que, el último día realmente feliz de su vida fué el 24 de marzo de 1984». A partir de ahí la progresión hacia el clímax que cierra el libro es imparable y hay lugar para unas cuantas sorpresas no muy agradables y para la traca final.

Una obra muy conseguida, un clásico de la literatura de terror, una obra maestra de un género especialmente difícil, que os recomiendo sin dudar, al final el crescendo del horror es tan fuerte que uno tiene que tomar distancia, bajar el nivel de sugestión y tomar los últimos capítulos con mucha calma. Una novela extraordinaria.

Stephen King (Portland, Maine, 1947), hijo de un marino mercante, creció en una familia sin figura paterna, porque su padre abandonó el hogar cuando él tenía dos años. Empezó a escribir en el colegio cuentos e historietas basadas en las películas que veía y en cómics, las imprimía en la máquina que usaba su hermano para editar un periódico escolar y los vendía entre sus compañeros.

A los 13 años descubrió una caja llena de libros de terror y de ciencia ficción de su padre, los devoró y aquellas historias le causaron una notable impresión, especialmente un volumen de H. P. Lovecraft, que se convertiría en una de sus mayores influencias. Esa caja de libros, junto a la película El pozo y el péndulo, basada en un relato de Poe, le marcaron profundamente, y comenzó a escribir historias de terror y a enviarlas a revistas literarias.

Le publicaron su primer relato a los 18 años. Estudió literatura inglesa en la Universidad de Maine, se casó con una escritora, comenzó a dar clases de inglés y siguió enviando relatos de horror a revistas especializadas, en una época en la que vivía en una autocaravana y pasaba penurias económicas.

En 1978, su primera novela, «Carrie», fué llevada a la gran pantalla y le proporciono éxito, fama y dinero. Desde entonces se ha dedicado solo a escribir y ha encadenado un éxito con otro («El resplandor», «La milla verde», «Cujo»... ) hasta convertirse en un auténtico autor de superventas y el escritor de terror en activo mejor considerado.
                 
Stephen King

Publicado por Antonio F. Rodríguez.        

martes, 17 de septiembre de 2019

En la cripta - H. P. Lovecraft


Título: En la cripta
Autor: H. P. Lovecraft

Páginas: 232 

Editorial: Alianza

Precio: 9 euros

Año de edición: 2007


Este volumen reúne nueve cuentos, de longitud muy variable,  escritos por el genio de Providence entre 1920 y 1933. La selección forma una pequeña antología de su producción, muy representativa y con un nivel medio muy, muy alto. Hay varios cuentos memorables por su belleza y porque resultan realmente inquietantes. No es un libro muy recomendable para leer solo y de noche, sobre todo si uno es un poco impresionable. 

Los cuentos escogidos muestran la evolución del autor, desde los primeros relatos escritos entre 1920 y 1926, con excelentes variaciones con matices muy originales de los clásicos cuentos de terror, como por ejemplo «En la cripta», «El grabado en la casa» y «Aire frío», hasta los tres relatos que datan del periodo 1926-1933, tres textos muy bien construidos («La llamada de Cthulhu», «El color surgido del espacio» y «El ser en el umbral»), excelentes ejemplos de cuentos de horror cósmico basado en antiguos panteones de dioses del terror, tan espantosos como olvidados.

Incluso hay cuento de 1923, «Las ratas de las paredes», que me gusta mucho, porque simboliza la evlución del autor. El relato empieza como un cuento clásico de terror, sobre una idea tan original como efectiva, y acaba como los relatos más típicos del ciclo de Cthulhu.

En estas piezas aparece varias veces el símbolo de la puerta, clave en el imaginario de este genial autor. Una puerta antigua y olvidada, que si se abre da acceso a las más ominosas criaturas y hace que el mundo cotidiano que conocemos empiece a disolverse y desaparecer en el vaho maligno de sus arcanos.

Una seleción de relatos extraordinarios de uno de los grandes maestros del género de terror, en la que se hacen evidentes su creatividad y su maestría. Como autor de cuentos de miedo al estilo clásico, Lovecraft es muy bueno, pero cuando ideó su propia mitología, de dioses abominables y  horrorosos, es algo muy especial. 

Siempre es buena idea volver a releer a Lovecraft.

Howard Philips Lovecraft (Providence, 1890-1937) fué un escritor estadounidense, especializado en historias de terror. Nació en una familia acomodada y elitista venida a menos. Su padre murió cuando él era muy pequeño y su madre le sobreprotegió, impidiendo además que se mezclase con los que no eran de su clase.

Creció así como un niño enfermizo, aislado, solitario e inteligente. Fué niño prodigio; a los dos años recitaba poesías, a los tres aprendió a leer, a los seis años comenzó a escribir cuentos y a los dieciséis ya escribía una columna sobre Astronomía en el Providence Tribune. Devoró la inmensa biblioteca de su abuelo y no fué al colegio debido a que siempre estaba enfermo. Le  educaron en casa su madre y sus dos tías.

Escribió más de 70 historias de longitud muy variada, desde el relato corto a la novela, y una veintena larga de relatos en colaboración con otros escritores. Racista, clasista y xenófobo, volcó sus fobias en su literatura y creó un nuevo tipo de relatos de terror, basados en dioses antiguos y temibles, horrorosos, que duermen en el olvido hasta que algún humano despistado los despierta sin querer. 

Creó todo un ciclo mítico imaginario de dioses terroríficos y lideró un movimiento literario a su alrededor, en el que colaboró un buen grupo de escritores, los llamados Mitos de Cthulhu

Murió a los 47 años, victima de un cáncer intestinal y de la enfermedad de Bright.

Howard Philips Lovecraft

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 16 de junio de 2019

Cómo funciona el terror en la literatura

Janet Leigh en la escena de la ducha de Psicosis de Hitchcock

Hace poco encontré una entrada antigua titulada «Cómo funciona el horror y por qué pocos autores saben utilizarlo», en el blog «El espejo gótico» que me resultó de lo más interesante.

En ella los autores, basándose en «Introducción a la literatura fantástica» de Tzvetan Todorov y en «El horror sobrenatural en la literatura» de H.P. Lovecraft, identifican un factor clave que hace que un relato de horror funcione de verdad, lo que Todorov llama incertidumbre. Hay que conseguir que el lector se sumerja en una historia en la que dude de si lo que ocurre es algo fuera de lo normal o no, a ser posible identificándose con los protagonistas, que tienen la misma duda. 

La certidumbre, tanto de que hay una explicación como de lo contrario, rompe el hechizo y cuanto más tiempo se mantenga el interés del lector en esa situación de incertidumbre, mucho mejor. La sensación de no saber bien ni entender qué esta pasando, es sumamente inquietante y genera una sensación de angustia e incertidumbre que va alimentando poco a poco nuestros más profundos temores.

Parece sencillo, pero es muy difícil mantener el equilibrio necesarioentre una trama que tiene que ser realista y convincente, y la presencia de algo que siembra poco a poco la duda racional y la mantiene a lo largo de buena parte de la historia.

Eso se logra en una de mis películas de terror favoritas, «The Ring (La señal)» (2002), que consigue que durante casi toda la película el espectador intuya algo, pero no sabe bien qué está pasando y el porqué de todo lo que ve, lo que resulta francamente desasosegante.. 

Otro tipo de incertidumbre más profunda constituye la esencia de una de las cosas qe más miedo da. Los seres que no están ni inanimados ni animados por el soplo de la vida: los cadáveres que se mueven, los muertos vivientes, los muñecos que cobran vida, los objetos que se desplazan solos... Para el yo, el enfrentarse al otro constituye afrontar una singularidad, una posible amenaza y una pérdida de control, es una situación ligeramente estresante. Pero si ese otro está en la frontera entre lo vivo y lo inanimado, la duda y la sorpresa son espeluznantes.

El análisis que se hace en esa entrada me parece muy acertado. Sin embargo, voy a echar mi cuarto a espadas, proponiendo algún que otro mecanismo adicional que suele funcionar muy bien.

Otro truco consiste en no describir directamente nunca al monstruo, hablar de su presencia indirectamente, cuanto más indirectamente, mejor, y dar tiempo a que sea el subconsciente del lector el que rellene ese hueco de información con  sus peores pesadillas. Es algo que maneja muy bien el maestro Lovecraft y que es casi una regla en las películas de terror: la criatura no se muestra hasta el final de la cinta y en una secuencia muy rápida que apenas si da tiempo a ver.

Por otro lado, Sigmund Freud definió en un artículo titulado «Lo siniestro» (1919) el significado profundo del término alemán heimlich (lo ominoso, lo siniestro) como algo que causa angustia y horror extremos, y que en realidad es lo familiar que se ha vuelto extraño porque lo hemos olvidado, y regresa del pasado. Esa combinación de extrañeza y familiaridad inconsciente es lo que hace tan terrorífico el que lo más cercano, cotidiano y benévolo (como los niños, la pareja o la madre) dan tanto miedo cuando se vuelven malignos. Así ocurre, por ejemplo, en largometrajes como «El orfanato» (2007) y en «El otro» (1972).

Por último, hay una pulsión ancestral que late en el fondo del ser humano: el rechazo a lo extraño, al miembro de otra tribu, al extranjero. Un truco que ponía en práctica de nuevo el maestro Lovecraft cuando hablaba de razas inferiores, monstruosas y deformes, degeneradas hasta la monstruosidad, y que se explota cuando en una película el persnaje que representa la maldad habla en un idioma extranjero e ininteligible, que resulta amenazante y misterioso.

Creo que todos estos factores se pueden utilizar para que funcione un relato de terror, aunque no siempre se pueden poner en juego varios a la vez en un mismo texto, y hay que tener mucha habilidad para mezclar algunos de ellos. Pero en cualquier caso, coincido en que la incertidumbre es el más importante y esencial. Y desde luego, no es nada fácil de gestionar.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

viernes, 3 de mayo de 2019

La dama del bosque - Abraham Merritt


Título: La dama del lago
Autor: Abraham Merritt

Páginas: 111

Editorial: Eneida
 
Precio: 9,95 euros

Año de edición: 2015


Este librito reúne tres relatos de extensión media (unas 30 páginas) de corte fantástico, escritos de manera persuasiva que facilitan la complicidad del lector y que se deje seducir y llevar por un rato hasta un mundo en el que todo es posible.

«La dama del bosque» es una narración de trasfondo ecológico en la que una misteriosa y extraña criatura femenina, medio divina y medio terrorífica, protege un bosque de la tala y es capaz de llegar a matar por ello.

En «Tres líneas de francés antiguo» se cuenta un caso de sugestión muy real, demasiado real, que pone los pelos de punta y hace que se tambaleen los cimientos de nuestra racionalidad.

Por último, el relato titulado «Los habitantes del pozo» es un espléndido ejemplo de historia de terror cósmico, en el que se juega con la imaginación del lector mediante el hábil expediente de mencionar durante un buen número de páginas a los seres temidos sin llegar a describirlos hasta el final, y aún así, hacerlo muy por encima.

Un buen libro de fantasía, escrito por uno de los autores clásicos, que vale la pena conocer, escrito con una prosa elegante, gótica y, a veces, asfixiante, que sabe manipular con pericia la mente del lector para inquietarle y persuadirle de que en los límites de la realidad habita la duda, de que hay cosas que pueden ser posibles y es mejor no llegar a conocer y de que la seguridad y confianza en la que vivimos habitualmente es, en cierto modo, artificial y convencional.

Abraham Merritt (Beverly, 1884-1943) fué un escritor estadounidense de fantasía y ciencia ficción. Nació en un pequeño pueblo de Nueva Jersey, pero cuando tenía diez años su familia se mudó a Filadelfia. Comenzó a estudiar Derecho en la Universidad de Pensilvania, pero tuvo que dejar la carrera por problemas económicos.

A los diecinueve años comenzó a trabajar como periodista, lo que le permitió conocer a científicos e investigadores a través de los que conoció el método científico y se formó de manera autodidacta y algo irregular; reunió una amplia biblioteca sobre ocultismo y plantas alucinógenas utilizadas en rituales de brujería. y hechizos.

A los veinte años y debido a un oscuro asunto con implicaciones políticas, fue «invitado» a abandonar el país, oportunidad que aprovechó para realizar trabajos arqueológicos en el Yucatán. Esa campaña influyó en su obra, dotándola de un cierto «aire arqueológico»

Compaginó una brillante carrera como periodista (llegó a ser el periodista mejor pagado de país) con la escritura de fantasía y ciencia ficción sobre mundos, razas, mitologías y civilizaciones míticas y misteriosas, en un estilo que se considera precursor de Lovecraft y los Mitos de Cthulhu. Publicó ocho novelas y varios volúmenes de cuentos.

Abraham Merritt

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

martes, 26 de febrero de 2019

Cuentos - Arthur Machen


Título: Cuentos
Autor: Arthur Machen

Páginas: 230

Editorial: Siruela

Precio: 9,50 euros

Año de edición:1987

Seis relatos largos seis están incluidos en este pequeño volumen tan mono y aparentemente inofensivo. Pero ¡cuidado! no hay que confiarse, porque son textos muy cuidados que en los que Machen ejecuta como muy pocos  el antiguo y noble arte de crear paso a paso, línea a línea y palabra a palabra una atmósfera inquietante y sugerente, que va sugestionando al lector hasta llevarle a un terreno incómodo, en el que habita el horror.

Por eso son relatos largos, de más de sesenta páginas, billetes para un viaje seguro e inevitable hacia lo ominoso y terrible, hacia el más profundo de los horrores: el que no se nombra, habita en nuestro interior y se despierta cuando se sabe llamar de la manera adecuada.

Por añadidura, en «El pueblo blanco» se encuentra un interesante disquisición sobre el bien y el mal, el pecado y la santidad; en «Los niños de la charca» se presenta el siempre eficaz recurso de un pasado terrible, que vuelve, y también tenemos una curiosa crítica y refutación del psicoanálisis, más emocional que eficaz, pero necesaria para convencernos de que en lo inconsciente habitan criaturas y cosas inmanejables, que vale la pena dejar en paz.

Machen es uno de los maestros del horror cósmico, del terror absoluto, de lo sobrenatural. Escritor lento, de ritmo largo, que invoca la sugestión y casi hipnotiza desde estas páginas, escritas hace más de un siglo. Una obra muy recomendable, para leer mejor acompañado que en un lugar solitario.

Arthur Machen (Caerleon, 1865-1947) fué un escritor inglés, nacido en un pueblecito del sur de Gales. HIjo de un pastor anglicano, creció en su rectoría, recibió una formación clásica e intentó ingresar en medicina, pero afortunadamente (para nosotros) suspendió el examen de ingreso.

Pasó una temporada malviviendo en Londres tratando de trabajar como periodista, corrector de pruebas de imprenta y profesor particular, mientras escribía por las noches y daba largos paseos por la ciudad. Publicó varios libros antes de encontrar un trabajo en una editorial como traductor. Vertió al inglés obras como «El heptamerón» de Margarita de Angulema y las «Memorias» de Casanova, traducciones que siguen siendo modélicas y que influyeron en su estilo.

Se casó y al poco tiempo recibió varias herencias que le permitieron dedicarse por completo a escribir, su auténtica vocación. Fué actor profesional, ilusionista, enviudó y se casó por segunda vez, fué periodista y al final de su vida... consiguió e éxito y la reputación de ran exritor que siempre había perseguido.

Es uno de los grandes clásicos de terror inglés. precursor de H. P. Lovecraft y su terror místico y primigenio.

Arthur Machen

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 20 de enero de 2019

La lotería - Shirley Jackson

Shirley Jackson

Shirley Jackson (San Francisco, 1916-1965) fue una escritora estadounidense especializada en el género de terror. Fue muy popular durante en vida y últimamente los críticos están reconociendo su talento como merece. Ha influido notablemente en autores como Stephen King y otros autores de historias de terror. Su relato más famoso es «La lotería» , publicado en 1948.

La lotería

La mañana del 27 de junio amaneció clara y soleada con el calor lozano de un día de pleno estío; las plantas mostraban profusión de flores y la hierba tenía un verdor intenso. La gente del pueblo empezó a congregarse en la plaza, entre la oficina de correos y el banco, alrededor de las diez; en algunos pueblos había tanta gente que la lotería duraba dos días y tenía que iniciarse el día 26, pero en aquel pueblecito, donde apenas había trescientas personas, todo el asunto ocupaba apenas un par de horas, de modo que podía iniciarse a las diez de la mañana y dar tiempo todavía a que los vecinos volvieran a sus casas a comer.

Los niños fueron los primeros en acercarse, por supuesto. La escuela acababa de cerrar para las vacaciones de verano y la sensación de libertad producía inquietud en la mayoría de los pequeños; tendían a formar grupos pacíficos durante un rato antes de romper a jugar con su habitual bullicio, y sus conversaciones seguían girando en torno a la clase y los profesores, los libros y las reprimendas. Bobby Martin ya se había llenado los bolsillos de piedras y los demás chicos no tardaron en seguir su ejemplo, seleccionando las piedras más lisas y redondeadas; Bobby, Harry Jones y Dickie Delacroix acumularon finalmente un gran montón de piedras en un rincón de la plaza y lo protegieron de las incursiones de los otros chicos. Las niñas se quedaron aparte, charlando entre ellas y volviendo la cabeza hacia los chicos, mientras los niños más pequeños jugaban con la tierra o se agarraban de la mano de sus hermanos o hermanas mayores.

Pronto empezaron a reunirse los hombres, que se dedicaron a hablar de sembrados y lluvias, de tractores e impuestos, mientras vigilaban a sus hijos. Formaron un grupo, lejos del montón de piedras de la esquina, y se contaron chistes sin alzar la voz, provocando sonrisas más que carcajadas. Las mujeres, con descoloridos vestidos de andar por casa y suéteres finos, llegaron poco después de sus hombres. Se saludaron entre ellas e intercambiaron apresurados chismes mientras acudían a reunirse con sus maridos. Pronto, las mujeres, ya al lado de sus maridos, empezaron a llamar a sus hijos y los pequeños acudieron a regañadientes, después de la cuarta o la quinta llamada. Bobby Martin esquivó, agachándose, la mano de su madre cuando pretendía agarrarlo y volvió corriendo, entre risas, hasta el montón de piedras. Su padre lo llamó entonces con voz severa y Bobby regresó enseguida, ocupando su lugar entre su padre y su hermano mayor. La lotería -igual que los bailes en la plaza, el club juvenil y el programa de la fiesta de Halloween- era dirigida por el señor Summers, que tenía tiempo y energía para dedicarse a las actividades cívicas.

El señor Summers era un hombre jovial, de cara redonda, que llevaba el negocio del carbón, y la gente se compadecía de él porque no había tenido hijos y su mujer era una gruñona. Cuando llegó a la plaza portando la caja negra de madera, se levantó un murmullo entre los vecinos y el señor Summers dijo: «Hoy llego un poco tarde, amigos». El administrador de correos, el señor Graves, venía tras él cargando con un taburete de tres patas, que colocó en el centro de la plaza y sobre el cual instaló la caja negra el señor Summers. Los vecinos se mantuvieron a distancia, dejando un espacio entre ellos y el taburete, y cuando el señor Summers preguntó: «¿Alguno de ustedes quiere echarme una mano?», se produjo un instante de vacilación hasta que dos de los hombres, el señor Martin y su hijo mayor, Baxter, se acercaron para sostener la caja sobre el taburete mientras él revolvía los papeles del interior.

Los objetos originales para el juego de la lotería se habían perdido hacía mucho tiempo y la caja negra que descansaba ahora sobre el taburete llevaba utilizándose desde antes incluso de que naciera el viejo Warner, el hombre de más edad del pueblo. El señor Summers hablaba con frecuencia a sus vecinos de hacer una caja nueva, pero a nadie le gustaba modificar la tradición que representaba aquella caja negra. Corría la historia de que la caja actual se había realizado con algunas piezas de la caja que la había precedido, la que habían construido las primeras familias cuando se instalaron allí y fundaron el pueblo. Cada año, después de la lotería, el señor Summers empezaba a hablar otra vez de hacer una caja nueva, pero cada año el asunto acababa difuminándose sin que se hiciera nada al respecto. La caja negra estaba cada vez más gastada y ya ni siquiera era completamente negra, sino que le había saltado una gran astilla en uno de los lados, dejando a la vista el color original de la madera, y en algunas partes estaba descolorida o manchada. El señor Martin y su hijo mayor, Baxter, sujetaron con fuerza la caja sobre el taburete hasta que el señor Summers hubo revuelto a conciencia los papeles con sus manos. Dado que la mayor parte del ritual se había eliminado u olvidado, el señor Summers había conseguido que se sustituyeran por hojas de papel las fichas de madera que se habían utilizado durante generaciones.

Según había argumentado el señor Summers, las fichas de madera fueron muy útiles cuando el pueblo era pequeño, pero ahora que la población había superado los tres centenares de vecinos y parecía en trance de seguir creciendo, era necesario utilizar algo que cupiera mejor en la caja negra. La noche antes de la lotería, el señor Summers y el señor Graves preparaban las hojas de papel y las introducían en la caja, que trasladaban entonces a la caja fuerte de la compañía de carbones del señor Summers para guardarla hasta el momento de llevarla a la plaza, la mañana siguiente. El resto del año, la caja se guardaba a veces en un sitio, a veces en otro; un año había permanecido en el granero del señor Graves y otro año había estado en un rincón de la oficina de correos y, a veces, se guardaba en un estante de la tienda de los Martin y se dejaba allí el resto del año.

Había que atender muchos detalles antes de que el señor Summers declarara abierta la lotería. Por ejemplo, había que confeccionar las listas de cabezas de familia, de cabezas de las casas que constituían cada familia, y de los miembros de cada casa. También debía tomarse el oportuno juramento al señor Summers como encargado de dirigir el sorteo, por parte del administrador de correos. Algunos vecinos recordaban que, en otro tiempo, el director del sorteo hacía una especie de exposición, una salmodia rutinaria y discordante que se venía recitando año tras año, como mandaban los cánones. Había quien creía que el director del sorteo debía limitarse a permanecer en el estrado mientras la recitaba o cantaba, mientras otros opinaban que tenía que mezclarse entre la gente, pero hacía muchos años que esa parte de la ceremonia se había eliminado. También se decía que había existido una salutación ritual que el director del sorteo debía utilizar para dirigirse a cada una de las personas que se acercaban para extraer la papeleta de la caja, pero también esto se había modificado con el tiempo y ahora solo se consideraba necesario que el director dirigiera algunas palabras a cada participante cuando acudía a probar su suerte. El señor Summers tenía mucho talento para todo ello; luciendo su camisa blanca impoluta y sus pantalones tejanos, con una mano apoyada tranquilamente sobre la caja negra, tenía un aire de gran dignidad e importancia mientras conversaba interminablemente con el señor Graves y los Martin.

En el preciso instante en que el señor Summers terminaba de hablar y se volvía hacia los vecinos congregados, la señora Hutchinson apareció a toda prisa por el camino que conducía a la plaza, con un suéter sobre los hombros, y se añadió al grupo que ocupaba las últimas filas de asistentes.

-Me había olvidado por completo de qué día era -le comentó a la señora Delacroix cuando llegó a su lado, y las dos mujeres se echaron a reír por lo bajo-. Pensaba que mi marido estaba en la parte de atrás de la casa, apilando leña -prosiguió la señora Hutchinson-, y entonces miré por la ventana y vi que los niños habían desaparecido de la vista; entonces  recordé que estábamos a veintisiete y vine corriendo.

Se secó las manos en el delantal y la señora Delacroix respondió:

-De todos modos, has llegado a tiempo. Todavía están con los preparativos.

La señora Hutchinson estiró el cuello para observar a la multitud y localizó a su marido y a sus hijos casi en las primeras filas. Se despidió de la señora Delacroix con unas palmaditas en el brazo y empezó a abrirse paso entre la multitud. La gente se apartó con aire festivo para dejarla avanzar; dos o tres de los presentes murmuraron, en voz lo bastante alta como para que les oyera todo el mundo: «Ahí viene tu mujer, Hutchinson», y, «Finalmente se ha presentado, Bill». La señora Hutchinson llegó hasta su marido y el señor Summers, que había estado esperando a que lo hiciera, comentó en tono jovial:

-Pensaba que íbamos a tener que empezar sin ti, Tessie.

-No querrías que dejara los platos sin lavar en el fregadero, ¿verdad, Joe? -respondió la señora Hutchinson con una sonrisa, provocando una ligera carcajada entre los presentes, que volvieron a ocupar sus anteriores posiciones tras la llegada de la mujer.

-Muy bien -anunció sobriamente el señor Summers-, supongo que será mejor empezar de una vez para acabar lo antes posible y volver pronto al trabajo. ¿Falta alguien?

-Dunbar -dijeron varias voces-. Dunbar, Dunbar.

El señor Summers consultó la lista.

-Clyde Dunbar -comentó-. Es cierto. Tiene una pierna rota, ¿no es eso? ¿Quién sacará la papeleta por él?

-Yo, supongo -respondió una mujer, y el señor Summers se volvió hacia ella.

-La esposa saca la papeleta por el marido -anunció el señor Summers, y añadió-: ¿No tienes ningún hijo mayor que lo haga por ti, Janey?

Aunque el señor Summers y todo el resto del pueblo conocían perfectamente la respuesta, era obligación del director del sorteo formular tales preguntas oficialmente. El señor Summers aguardó con expresión atenta la contestación de la señora Dunbar.

-Horace no ha cumplido aún los dieciséis -explicó la mujer con tristeza-. Me parece que este año tendré que participar yo por mi esposo.

-De acuerdo -asintió el señor Summers. Efectuó una anotación en la lista que sostenía en las manos y luego preguntó-: ¿El chico de los Watson sacará papeleta este año?

Un muchacho de elevada estatura alzó la mano entre la multitud.

-Aquí estoy -dijo-. Voy a jugar por mi madre y por mí.

El chico parpadeó, nervioso, y escondió la cara mientras varias voces de la muchedumbre comentaban en voz alta: «Buen chico, Jack», y, «Me alegro de ver que tu madre ya tiene un hombre que se ocupe de hacerlo».

-Bien -dijo el señor Summers-, creo que ya estamos todos. ¿Ha venido el viejo Warner?

-Aquí estoy -dijo una voz, y el señor Summers asintió.

Un súbito silencio cayó sobre los reunidos mientras el señor Summers carraspeaba y contemplaba la lista.

-¿Todos preparados? -preguntó-. Bien, voy a leer los nombres (los cabezas de familia, primero) y los hombres se adelantarán para sacar una papeleta de la caja. Guarden la papeleta cerrada en la mano, sin mirarla, hasta que todo el mundo tenga la suya. ¿Está claro?

Los presentes habían asistido tantas veces al sorteo que apenas prestaron atención a las instrucciones; la mayoría de ellos permaneció tranquila y en silencio, humedeciéndose los labios y sin desviar la mirada del señor Summers. Por fin, este alzó una mano y dijo, «Adams». Un hombre se adelantó a la multitud. «Hola, Steve», le saludó el señor Summers. «Hola, Joe», le respondió el señor Adams. Los dos hombres intercambiaron una sonrisa nerviosa y seca; a continuación, el señor Adams introdujo la mano en la caja negra y sacó un papel doblado. Lo sostuvo con firmeza por una esquina, dio media vuelta y volvió a ocupar rápidamente su lugar entre la multitud, donde permaneció ligeramente apartado de su familia, sin bajar la vista a la mano donde tenía la papeleta.

-Allen -llamó el señor Summers-. Anderson… Bentham.

-Ya parece que no pasa el tiempo entre una lotería y la siguiente -comentó la señora Delacroix a la señora Graves en las filas traseras-. Me da la impresión de que la última fue apenas la semana pasada.

-Desde luego, el tiempo pasa volando -asintió la señora Graves.

-Clark… Delacroix…

-Allá va mi marido -comentó la señora Delacroix, conteniendo la respiración mientras su esposo avanzaba hacia la caja.

-Dunbar -llamó el señor Summers, y la señora Dunbar se acercó con paso firme mientras una de las mujeres exclamaba: «Animo, Janey», y otra decía: «Allá va».

-Ahora nos toca a nosotros -anunció la señora Graves y observó a su marido cuando este rodeó la caja negra, saludó al señor Summers con aire grave y escogió una papeleta de la caja. A aquellas alturas, entre los reunidos había numerosos hombres que sostenían entre sus manazas pequeñas hojas de papel, haciéndolas girar una y otra vez con gesto nervioso. La señora Dunbar y sus dos hijos estaban muy juntos; la mujer sostenía la papeleta.

-Harburt… Hutchinson…

-Vamos allá, Bill -dijo la señora Hutchinson, y los presentes cercanos a ella soltaron una carcajada.

-Jones…

-Dicen que en el pueblo de arriba están hablando de suprimir la lotería -comentó el señor Adams al viejo Warner. Este soltó un bufido y replicó:

-Hatajo de estúpidos. Si escuchas a los jóvenes, nada les parece suficiente. A este paso, dentro de poco querrán que volvamos a vivir en cavernas, que nadie trabaje más y que vivamos de ese modo. Antes teníamos un refrán que decía: «La lotería en verano, antes de recoger el grano». A este paso, pronto tendremos que alimentarnos de bellotas y frutos del bosque. La lotería ha existido siempre -añadió, irritado-. Ya es suficientemente terrible tener que ver al joven Joe Summers ahí arriba, bromeando con todo el mundo.

-En algunos lugares ha dejado de celebrarse la lotería -apuntó la señora Adams.

-Eso no traerá más que problemas -insistió el viejo Warner, testarudo-. Hatajo de jóvenes estúpidos.

-Martin… -Bobby Martin vio avanzar a su padre.- Overdyke… Percy…

-Ojalá se den prisa -murmuró la señora Dunbar a su hijo mayor-. Ojalá acaben pronto.

-Ya casi han terminado -dijo el muchacho.

-Prepárate para ir corriendo a informar a tu padre -le indicó su madre.

El señor Summers pronunció su propio apellido, dio un paso medido hacia adelante y escogió una papeleta de la caja. Luego, llamó a Warner.

-Llevo sesenta y siete años asistiendo a la lotería -proclamó el señor Warner mientras se abría paso entre la multitud-. Setenta y siete loterías.

-Watson… -el muchacho alto se adelantó con andares desgarbados. Una voz exhortó: «No te pongas nervioso, muchacho», y el señor Summers añadió: «Tómate el tiempo necesario, hijo». Después, cantó el último nombre.

-Zanini…

Tras esto se produjo una larga pausa, una espera cargada de nerviosismo hasta que el señor Summers, sosteniendo en alto su papeleta, murmuró:

-Muy bien, amigos.

Durante unos instantes, nadie se movió; a continuación, todos los cabezas de familia abrieron a la vez la papeleta. De pronto, todas las mujeres se pusieron a hablar a la vez:

-Quién es? ¿A quién le ha tocado? ¿A los Dunbar? ¿A los Watson?

Al cabo de unos momentos, las voces empezaron a decir:

-Es Hutchinson. Le ha tocado a Bill Hutchinson.

-Ve a decírselo a tu padre -ordenó la señora Dunbar a su hijo mayor.

Los presentes empezaron a buscar a Hutchinson con la mirada. Bill Hutchinson estaba inmóvil y callado, contemplando el papel que tenía en la mano. De pronto, Tessie Hutchinson le gritó al señor Summers:

-¡No le has dado tiempo a escoger qué papeleta quería! Te he visto, Joe Summers. ¡No es justo!

-Tienes que aceptar la suerte, Tessie -le replicó la señora Delacroix, y la señora Graves añadió:

-Todos hemos tenido las mismas oportunidades.

-Vamos, Tessie, cierra el pico! -intervino Bill Hutchinson.

-Bueno -anunció, acto seguido, el señor Summers-. Hasta aquí hemos ido bastante deprisa y ahora deberemos apresurarnos un poco más para terminar a tiempo.

Consultó su siguiente lista y añadió:

-Bill, tú has sacado la papeleta por la familia Hutchinson. ¿Tienes alguna casa más que pertenezca a ella?

-Están Don y Eva -exclamó la señora Hutchinson con un chillido-. ¡Ellos también deberían participar!

-Las hijas casadas entran en el sorteo con las familias de sus maridos, Tessie -replicó el señor Summers con suavidad-. Lo sabes perfectamente, como todos los demás.

-No ha sido justo -insistió Tessie.

-Me temo que no -respondió con voz abatida Bill Hutchinson a la anterior pregunta del director del sorteo-. Mi hija juega con la familia de su esposo, como está establecido. Y no tengo más familia que mis hijos pequeños.

-Entonces, por lo que respecta a la elección de la familia, ha correspondido a la tuya -declaró el señor Summers a modo de explicación-. Y, por lo que respecta a la casa, también corresponde a la tuya, ¿no es eso?

-Sí -respondió Bill Hutchinson.

-Cuántos chicos tienes, Bill? -preguntó oficialmente el señor Summers.

-Tres -declaró Bill Hutchinson-. Está mi hijo, Bill, y Nancy y el pequeño Dave. Además de Tessie y de mí, claro.

-Muy bien, pues -asintió el señor Summers-. ¿Has recogido sus papeletas, Harry?

El señor Graves asintió y mostró en alto las hojas de papel.

-Entonces, ponlas en la caja -le indicó el señor Summers-. Coge la de Bill y colócala dentro.

-Creo que deberíamos empezar otra vez -comentó la señora Hutchinson con toda la calma posible-. Les digo que no es justo. Bill no ha tenido tiempo para escoger qué papeleta quería. Todos lo han visto.

El señor Graves había seleccionado cinco papeletas y las había puesto en la caja. Salvo estas, dejó caer todas las demás al suelo, donde la brisa las impulsó, esparciéndolas por la plaza.

-¡Escúchenme todos! -seguía diciendo la señora Hutchinson a los vecinos que la rodeaban.

-¿Preparado, Bill? -inquirió el señor Summers, y Bill Hutchinson asintió, después de dirigir una breve mirada a su esposa e hijos.

-Recuerden -continuó el director del sorteo-: Saquen una papeleta y guárdenla sin abrir hasta que todos tengan la suya. Harry, tú ayudarás al pequeño Dave.

El señor Graves tomó de la manita al niño, que se acercó a la caja con él sin ofrecer resistencia.

-Saca un papel de la caja, Davy -le dijo el señor Summers. Davy introdujo la mano donde le decían y soltó una risita-. Saca solo un papel -insistió el señor Summers-. Harry, ocúpate tú de guardarlo.

El señor Graves tomó la mano del niño y le quitó el papel de su puño cerrado; después lo sostuvo en alto mientras el pequeño Dave se quedaba a su lado, mirándolo con aire de desconcierto.

-Ahora, Nancy -anunció el señor Summers. Nancy tenía doce años y a sus compañeros de la escuela se les aceleró la respiración mientras se adelantaba, agarrándose la falda, y extraía una papeleta con gesto delicado-. Bill, hijo -dijo el señor Summers, y Billy, con su rostro sonrojado y sus pies enormes, estuvo a punto de volcar la caja cuando sacó su papeleta-. Tessie…

La señora Hutchinson titubeó durante unos segundos, mirando a su alrededor con aire desafiante y luego apretó los labios y avanzó hasta la caja. Extrajo una papeleta y la sostuvo a su espalda.

-Bill… -dijo por último el señor Summers, y Bill Hutchinson metió la mano en la caja y tanteó el fondo antes de sacarla con el último de los papeles.

Los espectadores habían quedado en silencio.

-Espero que no sea Nancy -cuchicheó una chica, y el sonido del susurro llegó hasta el más alejado de los reunidos.

-Antes, las cosas no eran así -comentó abiertamente el viejo Warner-. Y la gente tampoco es como en otros tiempos.

-Muy bien -dijo el señor Summers-. Abran las papeletas. Tú, Harry, abre la del pequeño Dave.

El señor Graves desdobló el papel y se escuchó un suspiro general cuando lo mostró en alto y todos comprobaron que estaba en blanco. Nancy y Bill, hijo, abrieron los suyos al mismo tiempo y los dos se volvieron hacia la multitud con expresión radiante, agitando sus papeletas por encima de la cabeza.

-Tessie… -indicó el señor Summers. Se produjo una breve pausa y, a continuación, el director del sorteo miró a Bill Hutchinson. El hombre desdobló su papeleta y la enseñó. También estaba en blanco.

-Es Tessie -anunció el señor Summers en un susurro-. Muéstranos su papel, Bill.

Bill Hutchinson se acercó a su mujer y le quitó la papeleta por la fuerza. En el centro de la hoja había un punto negro, la marca que había puesto el señor Summers con el lápiz la noche anterior, en la oficina de la compañía de carbones. Bill Hutchinson mostró en alto la papeleta y se produjo una reacción agitada entre los congregados.

-Bien, amigos -proclamó el señor Summers-, démonos prisa en terminar.

Aunque los vecinos habían olvidado el ritual y habían perdido la caja negra original, aún mantenían la tradición de utilizar piedras. El montón de piedras que los chicos habían reunido antes estaba preparado y en el suelo; entre las hojas de papel que habían extraído de la caja, había más piedras. La señora Delacroix escogió una piedra tan grande que tuvo que levantarla con ambas manos y se volvió hacia la señora Dunbar.

-Vamos -le dijo-. Date prisa.

La señora Dunbar sostenía una piedra de menor tamaño en cada mano y murmuró, entre jadeos:

-No puedo apresurarme más. Tendrás que adelantarte. Ya te alcanzaré.

Los niños ya tenían su provisión de piedras y alguien le puso en la mano varias piedrecitas al pequeño Davy Hutchinson. Tessie Hutchinson había quedado en el centro de una zona despejada y extendió las manos con gesto desesperado mientras los vecinos avanzaban hacia ella.

-¡No es justo! -exclamó.

Una piedra la golpeó en la sien.

-¡Vamos, vamos, todo el mundo! -gritó el viejo Warner. Steve Adams estaba al frente de la multitud de vecinos, con la señora Graves a su lado.

-¡No es justo! ¡No hay derecho! -siguió exclamando la señora Hutchinson. Instantes después, todo el pueblo cayó sobre ella.

Shirley Jackson


Publicado por Antonio F. Rodríguez.