El gran escritor argentino Osvaldo Soriano abandonó su país en 1976, con el comienzo de la dictadura militar. Los exiliados suelen pasar revista al pasado inmediato buscando las causas del desastre que les llevó a tierra extraña. Mario Vargas Llosa se preguntaba cuándo se jodió el Perú. Soriano también se pregunta cuándo se jodió la Argentina. Y encuentra una respuesta: Argentina se fue al garete cuando la violencia se apoderó del país. El fanatismo de algunos se impuso al miedo y silencio de la mayoría. Un mecanismo infernal se puso en marcha. Nadie quiso o supo pararlo. Los milicos sacarían las conclusiones pertinentes.
La novela No habrá más penas ni olvido (el título procede de una letra de tango de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera) se publicó por primera vez en 1978, cuando su autor residía en Bélgica. No pudo publicarse en Argentina hasta 1983. Cuenta un episodio imaginario sucedido hacia 1974. El pueblo de Colonia Vela es tranquilo, adormilado y provinciano. Nunca pasa nada. Soriano nos va presentando tranquilamente a sus habitantes. Gente corriente: el delegado municipal, un curioso personaje que se dedica a fumigar los campos en una desvencijada avioneta, los caciques del peronismo, los policías bonachones, el tendero, las abuelas que miran desde detrás de los visillos, el loco del pueblo, el estanciero cargado de millones, los estudiantes jóvenes, los sindicalistas y el gallego. Todos se conocen, nadie se odia, la convivencia es la norma. Hasta que un mal día, como una llamarada, despierta la violencia.
El desastre empieza con una querella dentro del peronismo. El delegado municipal Eugenio Fuentes es un viejo justicialista que ahora coquetea con los jóvenes de izquierdas. Se pone en el punto de mira de sus compañeros peronistas de derechas. Comienzan a acusarle de «bolche», subversivo e infiltrado. De peronista leal pasa a ser un rojo. Le exigen que abandone la delegación municipal. Se niega. Echa mano de una escopeta. Sus enemigos avisan a unos matones para «convencerle» de que debe renunciar. Empiezan a menudear los disparos. Se han abierto las puertas del infierno.
Osvaldo Soriano plantea su novela como una tragicomedia del absurdo repleta de piruetas. La narración tiene un crescendo logradísimo: cada arrebato lleva a una decisión peor que la anterior, despertando una reacción feroz en una espiral sin fin. Cuando domina el sinsentido es inútil acusar a nadie de tirar la primera piedra. Las consecuencias son siempre imprevisibles. Alguien arroja la chispa a la yesca acumulada durante décadas. Empieza el incendio. No se apaga. Quizá sea esa la verdadera irresponsabilidad, en vez del chispazo, que puede ser fortuito o una estupidez. Colonia Vela arde por la ambición, el idealismo mal entendido y el desconcierto de casi todos. Lo más delirante es que enemigos irreconciliables comparten un mismo ídolo: el general Perón. Matan y mueren por un mito.
No habrá más penas ni olvido es una novela de gran virtuosismo técnico. Los fulgurantes cambios de perspectiva ofrecen un panorama casi simultáneo de lo que sucede en cada momento. Las situaciones hilarantes se combinan con las violentas en momentos de gran dramatismo. El estilo es seco, directo, con predominio del diálogo. El sentido de la novela se resume en tres palabras: «un día peronista». Colonia Vela funciona por tanto como metáfora de las tensiones políticas que estaban desgarrando Argentina por esos años. El desenfado de Soriano hace todavía más doloroso lo que cuenta. A mí me recuerda al mejor Kurt Vonnegut.
En 1983 el director Héctor Olivera llevó al cine No habrá más penas ni olvido en una película del mismo nombre protagonizada por Federico Luppi. La cinta es magnífica y ganó el Oso de Plata en el Festival de Berlín. No se la pierdan. Y tampoco la novela, que lo merece.
Osvaldo Soriano (1943-1997) fue un escritor y periodista argentino nacido en Mar del Plata. Su padre era inspector de Obras Sanitarias y su infancia fue errante. Soriano abandonó sus estudios en secundaria. Tuvo varios oficios (embalador de manzanas, sereno). Empezó su carrera de periodista en medios locales y con 26 años dio el salto a Buenos Aires. En la capital trabajó como reportero. En 1974 publicó su primera novela Triste, solitario y final, que tuvo una buena acogida crítica.
En 1976 los militares tomaron el poder en Argentina y Osvaldo Soriano se exilió en Bruselas. No volvería a su país hasta 1984. En el destierro siguió escribiendo. En 1978 publicó No habrá más penas ni olvido, saludada como una obra maestra por Julio Cortázar. A esta novela le siguieron otras, como: Cuarteles de invierno (1980), A sus plantas rendido un león (1986) o El ojo de la patria (1992). Osvaldo Soriano también escribió cuentos, guiones cinematográficos y fue un gran aficionado al fútbol. Falleció prematuramente a los 54 años por un cáncer de pulmón.


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