La llamada (2024), brillante
crónica de la periodista argentina Leila Guerriero, cuenta
una historia alucinante cuyos efectos se prolongan a lo largo del tiempo (como
las ondas concéntricas causadas por una piedra arrojada al agua). Una mujer muy
joven desaparece. Nadie vuelve a verla ni viva ni muerta. Todos
pensaban que nunca regresaría. De repente, reaparece. Ahora bien:
su resurrección no implica el final, sino el principio de un nuevo drama.
Cunde la sospecha. Las habladurías. Muchas personas quedaron enredadas en los
sucesos que narra La llamada, al igual que las cerezas dentro de un
saco. Cada vida quedó inextricablemente vinculada a otra vida en
uno u otro momento. El resultado es una crónica desgarradora sobre lo que pudo
haber pasado. Y también una reflexión muy hermosa sobre el significado del
compromiso y la amistad.
En 1976 una joven de veinte años fue
secuestrada en Buenos Aires. Se llamaba Silvia Labayru (o Labayrú). Era una
mujer alta, rubia y de ojos azules. De una belleza impresionante. Su familia
era de clase alta, conservadora y con antecedentes militares. Silvia
había vivido en EE. UU.. Viajó por Europa. Hablaba
perfectamente francés e inglés. Tenía muchas amigas y admiradores. Apenas
salida de la adolescencia, esta muchacha patricia se declaraba sionista y
pronorteamericana. Sin embargo, se radicalizó ideológicamente. A principios
de los años 70 la revolución estaba en el aire. Bastaba con vivir con
intensidad, respirar hondo y los propósitos revolucionarios entraban
dentro de uno con fuerza embriagadora. Muchos jóvenes creyeron
sinceramente en la violencia para cambiar las cosas. Mal
camino.
Silvia Labayru coqueteó con estas ideas. Acabó
por coger la pistola (confiesa que no sabía usarla). Se integró en el
grupo guerrillero Montoneros. Hacía labores de investigación, seguimiento
y propaganda. No mató directamente a nadie. Pero las informaciones que
recopilaba eran útiles para perpetrar atentados. Un día la atraparon los
milicos. Y la llevaron a la ESMA, antro de tortura en donde desaparecieron unos
5000 argentinos. Silvia Labayru estaba embarazada de cinco meses.
Han pasado muchas décadas. Silvia Labayru es
actualmente una elegante señora de clase media-alta que vive a caballo entre
Madrid y Buenos Aires. Tiene nietos. Convive con un psicoanalista. Su
personalidad es arrolladora, inteligente y algo caótica. Cuenta con frialdad y
distanciamiento sus experiencias en la ESMA. No ha dudado en participar
como testigo en varios juicios contra los represores. Valora muy críticamente
su breve experiencia revolucionaria. Admite que la represión de los militares y
la violencia guerrillera no se pueden comparar. En un aspecto es taxativa: la
insurgencia armada no valió de nada, excepto para justificar el terror de los
uniformados. Desde luego, no cae en la cómoda idealización del pasado. Ni el
suyo ni el de sus compañeros.
Leila Guerriero se reúne con Silvia Labayru,
familiares, compañeros y amigos para intentar averiguar la verdad, siempre
relativa y resbaladiza. El caso es que SIlvia fue torturada en la ESMA, tuvo a
su hija entre rejas y trabajó para sus captores. La violaron repetidamente. Con
algunos de sus carceleros, como el terrible teniente de navío Alfredo Astiz,
llegó a tener no una amistad, imposible en aquella situación, sino una cierta
confianza. Pese a su fama, el marino era el menos brutal; al menos con ella.
Astiz estaba especializado en infiltrarse en grupos de opositores a la
dictadura. Se hizo amigo de la Madres de la Plaza de Mayo con el pseudónimo de
Gustavo Niño. En una de sus encuentros fue acompañado por Silvia, que se hacía
pasar por su hermana. Ambos se parecían: altos, bien parecidos, rubios. Varias
personas, entre ellas dos monjas, resultaron secuestradas. Las asesinaron.
Aunque parezca delirante, Silvia logró reunirse
con sus familiares estando presa. Su hija fue entregada a los abuelos, cuando
lo normal era que fuera robada. En 1978 la dejaron marchar para España. Quizá
la respuesta a una llamada influyera para bien en su liberación. La
gran mayoría de los desaparecidos fueron liquidados. Un grupo selecto de presos
se dejó utilizar por los militares para salvar su pellejo y el de sus
familiares. Los represores, al parecer, pensaban que unas pocas de sus víctimas
eran recuperables. Abandonarían las ideas subversivas y se convertirían en
buenos argentinos. Una terapia de choque casi sin supervivientes. La
experiencia de estos elegidos serviría de fábula moral acerca del triunfo del
bien sobre el mal. Una verdadera locura. Cuando Silvia se refugió en España,
muchos de sus excompañeros le dieron la espalda: traidora, amiga de los
milicos, manipuladora. Quedó excluida del grupo de exiliados políticos. Fueron
pocos quienes no deseaban juzgarla después de lo que había
sufrido.
Este es el dilema moral que plantea La llamada: el héroe muere; el traidor sobrevive, gracias precisamente a
su traición. Un razonamiento maniqueo que hace abstracción
de las circunstancias concretas que sufrió cada persona, adentrándose
peligrosamente en la mitificación del pasado. En una situación extrema es quizá
imposible juzgar (además, ¿quién te otorga derecho a juzgar al prójimo
siendo un simple mortal, con las mismas flaquezas de aquellos a
quienes condenas?). No juzguéis y no seréis juzgados.
Lean este excelente libro. Es un ejemplo del
mejor periodismo. La trayectoria de Silvia Labayru resume las vicisitudes de
una generación que quiso cambiar la historia para acabar siendo triturada por ella.
Pese a todo, los valores de idealismo, compromiso y lucha contra la injusticia
que llevaron erróneamente a la violencia siguen en pie. La llamada entretiene
como reportaje, fascina como retrato humano y moral y obliga a pensar.
Recomendable.