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domingo, 19 de febrero de 2023

¡Al rincón, quita calzón! - Ricardo Palma

 

¡Al rincón, quita calzón!

El liberal obispo de Arequipa Chávez de la Rosa, a quien debe esa ciudad, entre otros beneficios, la fundación de la Casa de expósitos, tomó gran empeño en el progreso del seminario, dándole un vasto y bien meditado plan de estudios, que aprobó el rey, prohibiendo sólo que se enseñasen derecho natural y de gentes.

Rara era la semana por los años de 1796 en que su señoría ilustrísima no hiciera por lo menos una visita al colegio, cuidando de que los catedráticos cumplan con su deber, de la moralidad de los escolares y de los arreglos económicos.

Una mañana encontróse con que el maestro de latinidad no se había presentado en su aula, y por consiguiente los muchachos, en plena holganza, andaban haciendo de las suyas.

El señor obispo se propuso remediar la falta, reemplazando por ese día al profesor titular.

Los alumnos habían descuidado por completo aprender la lección. Nebrija y el Epítome habían sido olvidados por completo.

Empezó el nuevo catedrático por hacer declinar a uno musa, musæ. El muchacho se equivocó en el acusativo del plural, y el Sr. Chávez le dijo:

―¡Al rincón! ¡Quita calzón!

En esos tiempos regía por doctrina aquello de que la letra con sangre entra, y todos los colegios tenían un empleado o bedel, cuya tarea se reducía a aplicar tres, seis y hasta doce azotes sobre las posaderas del estudiante condenado a ir al rincón.

Pasó a otro. En el nominativo de quis vel quid ensartó un despropósito, y el maestro profirió la tremenda frase:

―¡Al rincón! ¡Quita calzón!

Y ya había más de una docena arrinconados, cuando le llegó su turno al más chiquitín y travieso de la clase, uno de esos tipos que llamamos revejidos, porque a lo sumo representaba tener ocho años, cuando en realidad doblaba el número.

―¿Quid est oratio? ―le interrogó el obispo.

El niño o conato de hombre alzó los ojos al techo (acción que involuntariamente practicamos para recordar algo, como si las vigas del techo fueran un tónico para la memoria) y dejó pasar cinco segundos sin responder. El obispo atribuyó el silencio a ignorancia, y lanzó el inapelable fallo:

―¡Al rincón! ¡Quita calzón!

El chicuelo obedeció, pero rezongando entre dientes algo que hubo de incomodar a su ilustrísima.

―Ven acá, trastuelo. Ahora me vas a decir qué es lo que murmuras.

―Yo, nada, señor… nada ―y seguía el muchacho gimoteando y pronunciando a la vez palabras entrecortadas.

Tomó a capricho el obispo saber lo que el escolar murmuraba, y tanto le hurgó que, al fin, le dijo el niño:

―Lo que hablo entre dientes es que, si su señoría ilustrísima me permitiera, yo también le haría una preguntita, y había de verse moro para contestármela de corrido.

Picóle la curiosidad al buen obispo, y sonriéndose ligeramente, respondió:

―A ver, hijo, pregunta.

―Pues con venia de su señoría, y si no es atrevimiento, yo quisiera que me dijese cuántos Dominus vobiscum tiene la misa.

El Sr. Chávez de la Rosa, sin darse cuenta de la acción, levantó los ojos.

―¡Ah! ―murmuró el niño, pero no tan bajo que no lo oyese el obispo―. También él mira al techo.

La verdad es que a su señoría ilustrísima no se le había ocurrido hasta ese instante averiguar cuántos Dominus vobiscum tiene la misa.

Encantólo, y esto era natural, la agudeza de aquel arrapiezo, que desde ese día le cortó, como se dice, el ombligo.

Por supuesto, que hubo amnistía general para los arrinconados.

El obispo se constituyó en padre y protector del niño, que era de una familia pobrísima de bienes, si bien rica en virtudes, y le confirió una de las becas del seminario.

Cuando el Sr. Chávez de la Rosa, no queriendo transigir con abusos y fastidiado de luchar sin fruto con su Cabildo y hasta con las monjas, renunció en 1804 el obispado, llevó entre los familiares que lo acompañaron a España al cleriguito del Dominus vobiscum, como cariñosamente llamaba a su protegido.

Andando los tiempos, aquel niño fue uno de los prohombres de la independencia, uno de los más prestigiosos oradores en nuestras Asambleas, escritor galano y robusto, habilísimo político y orgullo del clero peruano.

¿Su nombre?

¡Qué! ¿No lo han adivinado ustedes?

En la bóveda de la catedral hay una tumba que guarda los restos del que fue Francisco Javier de Luna-Pizarro, vigésimo arzobispo de Lima, nacido en Arequipa en diciembre de 1780 y muerto el 9 de febrero de 1855.

Ricardo Palma (Lima, 1833-1919)

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 27 de marzo de 2022

El miedo - Leonardo Sciascia

           Leonardo Sciascia (Foto Fondazione Leonardo Sciascia)

El miedo

Era la típica kermés de las ciudades de provincia del sur: con su elección de la miss, su orquesta de jazz, su presentador de televisión y sus cantantes, su certamen de poesía; y además, para acabar de rematarlo, una exposición de arte sacro.

Los periodistas se habían desplazado casi todos en avión hasta Palermo y Catania; y habían llegado al lugar de la fiesta después de un par de horas de tren; un par de horas lentas en las que continuamente el campo de un verde tenue se abría como un abanico y de improviso se cerraba entre cordales arcillosos en la enrocada desolación de las haciendas. Ahora deambulaban por la ciudad en grupos, fotografiando iglesias barrocas y niños harapientos, y comentaban con amarga ironía el presupuesto, de una decena de millones, de la fiesta; en una ciudad que ofrecía, en los barrios populares, cuadros de una miseria atroz; en la que una cuarta parte de la población estaba inscrita en el registro de los pobres; que tenía sus colegios, casi todos los colegios entre básica y secundaria, en viejos conventos.

La fiesta tenía programa para toda una semana. Se abría con la exposición de arte sacro, picassadas sobre la última cena y el descenso de la cruz. Luego venía la elección de la miss. Y luego el certamen de poesía. Tres días para los enviados de prensa: el resto del programa, un festival de viejas y nuevas canciones, de viejas y nuevas voces, quedaba en exclusiva para los autóctonos; y sobre todo ese cuarto de población inscrito en el registro de los pobres: pues en su munificencia la comisión organizadora había decidido que el festival se celebrase en la calle.

La segunda noche, la de la elección de la miss, un banco local ofreció a las autoridades, a la comisión y a los periodistas Una cena: en el nuevo hotel de la ciudad (con todas las comodidades salvo agua), que disponía de un espacioso salón comedor y una buena cocina.

Los periodistas se sentaron al lado de las esposas de los funcionarios del banco y de la prefectura y de los señores de la comisión: la conversación giró en torno a ciudades extranjeras, balnearios y novelas de éxito. La mujer del viceprefecto, que en verano había estado en España, se sentó junto al corresponsal de un gran periódico del norte que de España conocía cada ciudad, cada pueblo, cada costumbre, cada comida; y no solo porque su oficio lo llevara de vez en cuando, casi regularmente, hacia esas tierras en busca, para el gran periódico en el que trabajaba, de color local y antifascismo (pues un poco de color local y de antifascismo son ingredientes de algunos de los periódicos del norte); sino porque en España había hecho la guerra, la guerra de España, la de Franco contra los rojos, como solía llamarla la mujer del viceprefecto. Y quedó maravillada, la señora, y ligeramente indignada, cuando el periodista puntualizó que él en la guerra había combatido contra Franco, de la parte de los rojos. «Un hombre tan simpático, tan distinto» se lamentó para sí la señora. Luego pensó que los hechos de esa guerra tampoco eran tan claros; y el periodista, que por entonces debía de ser un chaval, por inexperiencia y por furor juvenil podía haberse equivocado a la hora de elegir el bando por el cual combatir. La juventud de los hombres (la de las mujeres mucho menos) está llena de errores, y a un hombre simpático no debe de condenárselo por esos errores. De modo que la señora continuó con el relato de su viaje: en automóvil, se entiende; por la vía Apia, para más precisión; y bajo un sol de justicia. Por suerte había paradores: buenos platos, refrigerio, reposo, y por pocas pesetas. Las horas más calientes del día, en los paradores; las mañanas y las tardes, en la carretera. Es bonito viajar en automóvil, solo que a veces ocurren pequeños incidentes, pequeñas averías, los fastidiosos pinchazos. Ellos (ella, su marido el viceprefecto, y la pareja de amigos que viajaba con ellos) habían tenido una avería a cincuenta kilómetros de Madrid, antes de llegar a Guadalajara; a más de cincuenta kilómetros, pensándolo bien. El viceprefecto pensó que ese nombre, Guadalajara, seguía siendo causa de calamidades para los italianos: de los italianos puros como él, claro está; pero la señora, por delicadeza, no refirió al periodista esa consideración de su marido. Total: que tuvieron que remolcarlos con una pareja de bueyes hasta el pueblo más cercano, que tenía un nombre curioso y una deliciosa placita: una placita de primer acto de El barbero de Sevilla. Un nombre curioso: sonaba como Trinquete.

― Trijeque ―dijo con improvisada turbación el periodista.

La mujer percibió en su voz una emotiva alteración, lo miró con estupor y dijo:

― Sí, Trijeque… Pero usted…

― Una placita fortificada, la fuente…

― Sí.

― Había un café bajo los pórticos…

― Todavía está: nos tomamos un café que no estaba mal, casi como el de Italia… Pero usted…

La señora sentía curiosidad, en esa placita de primer acto vislumbraba una historia de amor, como de película de guerra.

― Pasé mucho miedo en esa placita ―dijo el periodista, pero le pareció que no eran cosas de ir contándole a la señora del viceprefecto y se volvió hacia el señor que tenía enfrente, con aspecto de funcionario de banca: desde hacía unos minutos seguía su conversación con atención.

― ¿Miedo? ―preguntó la señora.

― Miedo, sí ―dijo el periodista mirando al funcionario de banca―. El miedo de cuando no se le ve la cara al peligro, de cuando se intuye la insidia, la emboscada, la muerte: El miedo sin objeto, como una dilatación vacía del ser…

El funcionario de banca asintió moviendo la cabeza, con una sonrisa de comprensión.

― Trijeque era tierra de nadie: un pueblo abandonado, vacío. Llegamos una patrulla de siete hombres: de noche, un cielo tachonado de estrellas; el agua de la fuente tenía un sonido irreal, y acentuaba la sensación de frío; era marzo…

― Nueve de marzo ―dijo el funcionario de banca.

― Sí ―dijo el periodista, sin comprender el sentido de esa puntualización, absorto como estaba en el recuerdo―, sí, creo que era nueve de marzo… Salimos a la placita casi de puntillas: un silencio mortal, nuestros murmullos resonaban como en un calabozo de piedra. Bajo los pórticos, todos los comercios estaban abiertos, incluso el café. Entré encendiendo la linterna, recorría la barra y los estantes con el ojo de luz: solo había dos o tres botellas. Mis compañeros me susurraron algo, yo dije que quería llevarme una botella, susurrando en todo momento. Fui detrás de la barra y agarré una botella: coñac, el omnipresente coñac. Me llevé otra: estaba mejor. Tío Pepe…

― Excelente vino ―dijo la señora.

― Excelente vino… Y en ese momento percibí el peligro, la muerte… No puedo decir que notara nada sospechoso, ningún crujido, ningún ruido: nada, solo el asalto repentino de la inquietud, del miedo… Apagué la linterna y decidí salir de detrás de la barra, con cuidado, la botella en una mano y la linterna en la otra. Tras rodear el banco llegué a la puerta, me encontré fuera de un salto, me eché a un lado, me guardé la linterna en el bolsillo y saqué la pistola. Dentro del café se oyó un ruido: ahora sí que era un ruido, definido, de alguien que se movía con cautela entre las mesas y las sillas. Di otro salto y me escondí detrás de las columnas del pórtico, mirando hacia la puerta del café. Agucé la mirada entre la oscuridad de la placeta. Mi patrulla no se veía, no se oía. Sin abandonar el reparo de la columna, como a cubierto de una mira que pudiera verme desde el umbral del café, empecé a retroceder hacia la fuente: cuando toqué el borde, frío como el hielo, sentí, y digo sentí, así, sin una razón concreta, que detrás de la columna que me había servido de parapeto, al otro lado, había alguien. Y entonces…

― Dio la vuelta a gatas a la fuente para esconderse detrás de ella, y desde allí pasar al otro lado del pórtico ―dijo el funcionario de banca.

― ¡Cielo santo! ―dijo el periodista― pero usted…

― Su miedo era yo ―dijo el funcionario de banca―. Y le aseguro que tenía buenos motivos para tener miedo: habría podido matarlo dentro del café; y también fuera, desde detrás de la columna…

― ¡Cielo santo! ―repitió el periodista poniéndose en pie.

El funcionario de banca se levantó también. La señora del viceprefecto fue testigo del apretón de manos entre los dos hombres, que casi estaban llorando. «Qué cosas tiene la vida», pensó la señora; y entonces le preguntó al funcionario de banca:

― Pero usted estaba con Franco, ¿no?

― Sí, con Franco: voluntario, voluntario de verdad.

― Ahora ya… ―dijo el periodista extendiendo las manos, como dando a entender que todo había terminado.

― Sí, ahora ya… ―dijo como un eco el funcionario de banca, repitiendo también su gesto.

Se pasaron el resto de la comida hablando de la guerra de España, dejando a la señora totalmente al margen. Luego se fueron a pasear por la ciudad, hasta el amanecer: la ciudad vacía y silenciosa como aquella noche, 9 de marzo de 1937en Trijeque. Pero cuando se saludaron ante la puerta del hotel, el periodista dijo (pues se habían contado la vida entera: el trabajo, la familia, las ideas):

― Éramos mejores cuando estábamos a punto de dispararnos.

Y era cierto.

Leonardo Sciascia, 1962 

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

viernes, 29 de mayo de 2020

Los niños del Borgo Vecchio - Giosué Calaciura

                 
Título: Los niños del Borgio Vecchio
Autor: Giosué Calaciura
 
Páginas: 163

Editorial: Periférica
 
Precio: 16,50 euros
 
Año de edición: 2019

Esta novela, dura y bella al mismo tiempo, terrible y poética, cuenta la historia de tres niños, tres amigos, Mimmo, Cristofaro y Celeste, que viven en el barrio de Borgo Vecchio, en Palermo, una zona del casco viejo cercana al puerto, de calles estrechas y oscuras, viejas como la  historia. Un barrio en el que la policía no suele entrar y cuando entra, los perros la huelen desde lejos, empiezan a ladrar y los vecinos les tiran de todo desde las ventanas hasta que se van: fruta, basura, papeles, botellas, inmundicias.

Se trata de una historia de maduración, los tres chicos crecerán en un ambiente hostil y brutal, descrito en una narración poética, metafórica y también muy realista, que no sustrae al lector ninguna de las tremendas realidades que acosan a los niños: prostitución, violencia doméstica, delincuencia callejera... y sin embargo está narración tiene algo de mágico, de cuento para niños que nos deja fascinados por su belleza.

A ratos nos recuerda los cuadros naïf, la pintura de Chagall y el estilo de Erri de Luca, pero con una vuelta de tuerca de dureza y un toque, solo una pizca, de realismo mágico que haga soportable la realidad. Y a pesar de ello, el barrio y su vida cotidiana están espléndidamente recogidos en estas páginas. Hay, por ejemplo, una maravillosa descripción de cómo el perfume del pan recién hecho va penetrando de casa en casa y de sus efectos. La narración se va desarrollando en un proceso casi de narración detenida. Hay una acción y el autor se recrea en describirla atmósfera, los personajes, los colores... todo, hasta saltar a otro momento y así sucesivamente. Lo que ocurre ene esta novela puede resumirse en una página, pero no así los detalles, detalles que en este caso lo son todo.

Una novela bellísima, metafórica y realista al mismo tiempo, que ha capturado el alma de la vida de un barrio de Palermo con un juego brillante de prestidigitación. No os la perdáis. 

Giosué Calaciura (Palermo, 1960) es un periodista y escritor siciliano. Hijo de un periodista palermitano y de una maestra, siempre ha estado muy ligado a la capital siciliana.

Ha escrito en el diario  L'Ora de esa ciudad y cuando cerró en 1994, abrió el restaurante Le mura dell'Itria (Los muros de Itria), que se convirtió en lugar de encuentro de escritores y periodistas. En 1998 escribió la primera de las 12 novelas que ha publicado hasta ahora. Ha ganado los premios Selezione Campiello (2002) y Volponi (2017).

Ha seguido colaborando en prensa y radio. Desde el año 2000 vive en Roma.

Giosué Calaciura

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 22 de diciembre de 2019

Leer, viajar, estar vivos - Pepa Calero


Título: Leer, viajar, estar vivos 
Autora: Pepa Calero
 
Páginas: 100 

Editorial: Casiopea
 
Precio: 15 euros 
 
Año de edición: 2019

Este libro nace de la fascinación intelectual de la autora por el viaje literario, por la experiencia que supone para una lectora consumada como es ella, visitar las ciudades en las que vivieron sus escritores favoritos, viajando sola, con sus libros en la mochila y dejándose empapar por la atmósfera y las sugerencias del viaje.

¿Se puede conocer algo de la vida de unos intelectuales que murieron hace 50 o 90 años a través de los lugares en los que estuvieron? ¿queda algo del espíritu o de la forma de pensar de esos autores en las calles, las plazas y las casas de sus ciudades? Un racional, una persona positivista y práctica probablemente pensaría que no, pero yo creo que sí, que un viaje así vale mucho la pena.

Tengo un amigo que dice que las ciudades se leen con los pies, y Azorín decía que «para saber, andar y leer», así que hay más paralelismos y similitudes de lo que parece a primera vista entre lo que pasa en nuestra mente cuando leemos y cuando viajamos. 

Pero yendo al grano, cuando leemos a un autor, cuando conocemos retazos de su vida y opiniones, vemos algunas de sus citas y nos llega todo un abanico de información a través de los más variados canales (cine, TV, prensa, Internet, opiniones...) sobre él, nos formamos, aunque no queramos, una idea de cómo era y de cómo era su mundo. Cada uno es en buena parte hijo de la época y el lugar en que le ha tocado vivir, y aunque visitemos una ciudad, un paisaje y una sociedad años más tarde, algo queda de la cultura de aquella época, de las claves de aquella sociedad. Dicen que las piedras nos hablan de la historia y yo creo que, en cierto sentido, así es.

La experiencia de recordar a un autor, incluso leerlo, mientras vemos lo mismo que el vió unos años antes es de lo más sugerente. Un proceso similar en cierto modo a volver a leer de nuevo un libro ya leído, una forma de revisitar los recuerdos que guardamos en la memoria de un escritor, matizarlos y reinterpretarlos.

Al cruzar toda esa información se nos ocurrirán muchas ideas, recibiremos impresiones nuevas, veremos por primera vez matices insospechados, liberaremos datos que permanecen en nuestro inconsciente... haremos un viaje en la literatura y en el tiempo inolvidable. Y mientras ahorramos para poder hacer una viaje así, podemos realizar algo parecido, de manera vicaria, leyendo este estupendo y fascinante libro. 

La autora mezcla con acierto citas, pensamientos, recuerdos e impresiones. Nos lleva a la Viena de los cafés, de Stefan Zweig, Joseph Roth y Arthur Schnitzler, al Trieste de Claudio Magris, a la acogedora y muy judía Varsovia de Isaac Bashevis Singer, al Budapest de Sándor Márai, a la bella ciudad de Praga, recordando a Franz Kafka, Jan Neruda y Rainer Maria Rilke, al Salzburgo de Mozart, visita incluida a la casita en las afueras en la que Zweig escribió algunas de sus mejores novelas, al Berlin de Alfred Döblin, a la Lisboa de Pessoa y Tabucchi y a la ciudad azul, al Tánger de los años 50, la más europea de las urbes africanas y a la memoria de su más ilustre vecino, Paul Bowles.

Un recorrido literario fascinante, inspirador y muy sugestivo, que puede servir tanto para motivar al lector para conocer a un autor al que todavía no ha leído, como para volver a disfrutar, de una manera nueva e indirecta, de un autor ya leído.

Y una manera de adentrarse en la cultura europea, en la entrañable y vieja Europa, esa Europa con la que muchos soñamos, llave y esencia de una cultura universal, humanista, ilustrada, tolerante e integradora. Una Europa que floreció con especial esplendor en el periodo de entreguerras y que se puede resumir en unas cuantas imágenes: el café centroeuroeo, los grandes ríos del continente, sus boques y montañas, el restaurante mediterráneo, el sol y la luz españoles, las ciudades italianas, las islas griegas, las cúpulas de Estambul...

Todo eso y mucho más forma un mundo amalgamado al que este libro puede servir de puerta de entrada y resumen sintético. Un libro maravilloso de un subgénero, el de los viajes literarios, que puede dar muchísimo de sí como se ve en estas páginas. Muy recomendable para todo tipo de buenos lectores y viajeros.

Podéis leer las primeras páginas en este enlace.

Pepa Calero nació en un pueblo de La Mancha en los años 60. Es matrona, psicóloga, escritora, viajera y lectora empedernida. Su primera novela, «El parto de Clara», sobre la vivencia emocional de una gestante. Ha ganado varios premios y estuvo colaborando en la sección de viajes de la revista cultural El Terral hasta su cierre. Allí empezó a darle vueltas a la posibilidad de escribir un libro de viajes literarios. Un día leyó esta cita de Mark Twain:

«Dentro de veinte años estarás más decepcionado de las cosas que no hiciste que de las que hiciste. Así que desata amarras y navega alejándote de los puertos conocidos. Aprovecha los vientos alisios en tus velas. Explora. Sueña. Descubre».

Se sentó y empezó a escribirlo. 
 
Pepa Calero

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 15 de diciembre de 2019

500 años de La Habana - Javier Mariscal y Mauricio Vicent


Título: 500 años de La Habana
Autores: Javier Mariscal y Mauricio Vicent

Páginas: 288

Editorial: Lectura plus

Precio: 30 euros

Año de edición: 2019

Si todavía no conocéis Cuba y su capital, La Habana, os recomiendo que penséis ahora mismo cuándo ir, porque es una pena que conozcáis uno de los países con más encanto del mundo y una de las ciudades más bellas. Hay una vieja canción que cantaba Luis Aguilé que dice «Cuando salí de Cuba dejé enterrado mi corazón». Yo la conocía y la cantaba de niño, y no llegué a entender en profundidad su significado hasta que no visité La Habana. Porque es un lugar con alma que te roba el corazón.

La Habana, llena de color, ritmo  música, humanidad y amistad, de gente encantadora y vida. Una ciudad alegre y dura a la vez, en una tierra tropical en la que la vida parece más fácil  y con una situación en la que cualquier cosa, hasta lo más sencillo, es un problema de difícil solución. La Habana tiene un encanto irresistible.

Y ahora que se cumplen cinco siglos desde su fundación, se publica este espléndido álbum que resume su historia, desde su fundación el 16 de noviembre de 1519, con una misa a la sombra de una ceiba, estupendamente ilustrado por Javier Mariscal, uno de mis dibujantes favoritos, y con textos de Mauricio Vicent, que parece haber pasado los mejores años de su vida en la capital cubana.

Siglo XVIII

¿Pueden un periodista y un dibujante describir cabalmente una ciudad con 500 años de historia? Pues ya lo creo que sí, aquí lo hacen con mucho criterio y conocimiento. La obra arranca con la situación geográfica de la isla y su capital. Situada en el centro del Mar Caribe y con un puerto tan protegido que la entrada se cerraba por la noche con una cadena, era realmente la puerta de acceso por mar al continente americano y se convirtió en poco tiempo en la ciudad más rica de todo América. Así lo atestigua el antiguo Cementerio de Colón, con sus fabulosos mausoleos de mármol, auténticos palacios en miniatura.

Años 50
 
Después se cuentan sus orígenes, su fundación y surgimiento, la evolución de sus sucesivas fortificaciones, cómo se trazó la antigua ciudad, se repasa la arquitectura de sus más antiguos edificios, la vida cotidiana a través de los años, el tráfico de esclavos, la economía de la isla, el azúcar y el tabaco, las haciendas, los ingenios, las guerras y revueltas, la independencia...
 
El Malecón, años 50

Todo un recorrido histórico, trufado de citas, que se continúa con una descripción de aspectos culturales y sociológicos, como el papel de los chinos en la ciudad, el mestizaje, las religiones afrocubanas, los barrios, la arquitectura, La Habana estadounidense de los años 40 y 50, la revolución y los colores de la ciudad.

La Habana Vieja

Un recorrido espléndido y enciclopédico, en el que lo mejor son los dibujos de Mariscal, que creo que han sabido capturar la belleza de la ciudad y se han convertido en los protagonistas del libro, de manera que el texto ilustra los dibujos, no al revés. Y no es que lo escrito sea malo, no, lo que ocurre es que el material visual es fascinante y transmite mucha más información de lo que puede parecer a primera vista.
 
Vista de la entrada a la bahía

Un libro fabuloso, realizado por encargo de la Agencia Española de Cooperación Inernacionalpara el Desarrollo (AECID) y el Ministerio de Cultura y Deporte español, imprescindible para cualquier biblioteca que se precie, pero que va a ser un poco difícil de conseguir porque se ha realizado una edición limitada. Daos prisa antes de qe se agote, yo ya he encargado el mío.

Mauricio Vicent

Mauricio Vicent (Madrid, 1963) es licenciado en Psicología y ha realizado estudios de Derecho. Ha sido corresponsal en Cuba de «El País», corresponsal de la cadena SER, de Radio France International y de otros medios de prensa europeos.

En 1998 obtuvo el premio al mejor trabajo periodístico en el extranjero que concede el Club Internacional de Prensa de España. Fue finalista del Premio de Periodismo Cirilo Rodríguez en 1999. En 2011 dirigió su primer documental, «Baracoa, 500 años después», con guión y argumento de su autoría. En 2014 publicó con Norman Foster el libro «Havana: Autos & Architecture», editado por Ivory press y en 2016, en colaboración con Juan Padrón, «Crónicas de La Habana».

Javier Mariscal
   
Javier Mariscal (Valencia, 1950) es un diseñador español multidisciplinario, que trabaja en una amplia gama de técnicas y soportes. Cursó estudios de diseño en la Escuela Elisava de Barcelona pero pronto lo dejó para convertirse en autodidacta.

Empezó a dedicarse al cómic underground. En 1979 diseñó el logotipo Bar Cel Ona, lo que le dió mucha popularidad, y en 1989 Cobi es elegido como mascota para los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, lo que le lanzó a la fama y el éxito internacional. A partir de entonces ha realizado diseños de gran aceptación, ha pintado, esculpido, diseñado y dibujado con éxito y reconocimiento. En el 2010 realizó los dibujos de la película «Chico y Rita» de Fernando Trueba, recopilados en un álbum del mismo título.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.