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sábado, 7 de marzo de 2020

La triste historia de amor del hombre más inteligente del mundo

William James Sidis

Parece que el hombre más inteligente del mundo del que se tiene noticia es el estadounidense William James Sidis (1898-1944), que nació en Nueva York a finales del siglo XIX. Se dice que tenía un cociente intelectual entre 250 y 300, aunque no se conserva ningún test de los que realizó.

Al año y medio, leía el periódico, a los 7 años se inventó un idioma propio, basado en el latín con aportaciones del francés, del alemán y otras lenguas romances. Al año siguiente hablaba nueve idiomas, a los 11 años ingresó en la Universidad de Harvard y acabó completando siete carreras universitarias y hablando 40 idiomas.

Tenía varios problemas. Uno de ellos era que no se concentraba durante mucho tiempo en una sola cosa, escribía un tratado de Termodinámica y a continuación comenzaba a producir artículos de Historia. Otro problema era que era ateo y socialista, fué detenido en una manifestación que celebraba el 1 de mayo, se negó a alistarse en el ejército para combatir en la Primera Guerra Mundial y tenía continuamente problemas de orden público con la policía.

Pero su principal problema era su padre, Boris Sidis, médico, psiquiatra y filósofo de origen ucraniano, que solo hablaba 27 idiomas, perseguido en su país por enseñar a los campesinos a leer. Escribió libros sobre sus ideas acerca de la educación y cuando tuvo a su primer hijo, las aplicó. Creía en una educación basada en el cariño y en la estimulación de la inteligencia. Sostenía que en la inteligencia influían muy poco los factores genéticos y que era decisiva la estimulación temprana.

La madre del pequeño genio era Sarah, una judía rusa que había emigrado a Estados Unidos huyendo de los pogromos, había aprendido el idioma y había conseguido estudiar Medicina en la Universidad de Boston. Ambos progenitores eran brillantes y dseñaron un plan para estimular la inteligencia de su primer hijo y vaya si lo consiguieron.

El problema es que le transmitieron también cierta sensación de ser especial, distinto a los demás y eso le convirtió en un solitario. Rehuía el contacto con la gente, solo se sentía a gusto estudiando y escribiendo; se propuso vivir una vida perfecta, entregada al cultivo de la mente en solitario.
 
La ambición de sus padres, que no dejaban de torturarlo con largas pruebas para la medición de la inteligencia y sesiones pedaógicas, convirtieron su casa en una prisión agobiante y una noche se escapó, harto de ser considerado un conejillo de indias. Pasó un tiempo escondido, lejos de sus padres, desempeñando trabajos esporádicos y muy sencillos. Disfrutó del placer de no tener que dar explicaciones a nadie y de las cosas simples, y después de algún tiempo, volvió cabizbajo a casa.

En una manifestación conoció a Martha Foley, una activista irlandesa a la que le llamó la atención su timidez y el aire de soledad que la acompañaba. Quedó con ella dos veces más pero, pese a su enorme inteligencia, era la primera vez que estaba con una chica, se encontraba muy nervioso, era tímido y no sabía qué hacer ni cómo tratarla. Entonces le pidió consejo a su padre, porque no sabía qué hacer. Boris Sidis estaba muy orgulloso y satisfecho de su creación, un hombre superdotado, detinado a hacer grandes cosas y le aconsejó que no la volviera a ver y se concentrase en sus estudios.

Sidis le hizo caso, dejó de ver a Martha, pero también dejó de verle a él, se encerró en su estudio y se dedicó a estudiar día y noche, sin querer ver a nadie ni descansar. Hasta que le dió una embolia cerebral y murió.

Cuando lo encontraron, una semana después, encontraron entre sus cosas, una foto de Martha Foley, guardada con todo cuidado.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

miércoles, 25 de abril de 2018

Crimen y castigo - Fiódor Dostoievski


Título: Crimen y castigo
Autor: Fiódor Dostoievski

Páginas: 706

Editorial: Cátedra

Precio: 12,90 euros

Año de edición: 2009


En el colegio, siendo un niño, tuve que leer un fragmento y me fascinó. En cuanto pude hincarle el diente en la adolescencia, lo devoré con devoción y ahora, lo he abierto para recordar las sensaciones que me produjo, he empezado a leerlo:

«Una tarde extremadamente calurosa de principios de julio, un joven salió de la reducida habitación que tenía alquilada...»

Y me ha enganchado de tal manera que me lo he vuelto a leer casi entero. Es una novela maravillosa, profunda y embargante, escrita con un talento enorme, que explota un tema muy poco tratado, qué pasa cuando el protagonista (nosotros en cierto modo por mor de la identificación) está en la miseria, se cree por encima del bien y del mal, comete un doble asesinato, mata a una vieja prestamista, odiosa y explotadora, y a su hermana que le sorprende y luego tiene que convivir con el remordimiento del crimen que ha cometido. Al final pasa por todo el proceso de arrepentimiento, confesión, expiación y renacimiento, lo que hace que el lector pase por todo un abanico de emociones y sensaciones.

Una novela tremenda, un descenso a los infiernos interiores que anuncia el título, un texto que conecta con una de las raíces más profundas de nuestra cultura judeo-cristiana: el pecado, la culpa y el remordimiento. Sospecho que esta novela tiene mucho de autobiográfica, es decir no creo que Dostoievski matara a nadie, pero creo que conoció ese tormento de saberse culpable y hay varias circunstancias de su vida que coinciden con la de Raskólnikov, la pobreza desesperada como estudiante, la condena a varios años en Siberia...

Escrita en San Petersburgo a los 45 años, en plena madurez creativa del autor, fué publicada por primera vez por entregas en la revista El mensajero ruso, en 1866, en doce partes, y publicada después como novela completa. Desde el primer momento tuvo un gran éxito, pero no sacó a nuestro atribulado escritor de la ruina económica en la que se encontraba. Su hermano había muerto dejándole una familia que mantener y una deuda de 25 000 rublos y para colmo, la depresión y la ludopatía de nuestro amigo le habían hecho perder grandes cantidades de dinero.

Hay varias versiones cinematográficas, entre las que os recomiendo la dirigida por Josef von Sternberg y protagonizada por el siempre inquietante Peter Lorre en 1935.

Una novela enorme que demuestra que Dostoievski es uno de los grandes, uno de los pocos a los que no resulta excesivo llamar genio, y que hace que la literatura rusa sea todo un mundo en el que se puede estar años buceando. No sé si la habéis leído, supongo que sí, pero si por casualidad no lo habéis hecho os recomiendo que os hagáis un Dostoievski como Dios manda con este libro. Sus más de 600 páginas os sabrán a poco.

Fdor Dostoievski (Moscú, 1821-1881) tuvo un padre autoritario, médico de profesión, y una madre dulce y cariñosa. Cuando tenía 16 años murió su madre de tuberculosis y dos años después, falleció su padre, alcoholizado. Durante muchos años tuvo remordimientos por haber deseado la muerte de su progenitor.

Fue un lector precoz y compulsivo, epiléptico, depresivo, con tendencias obsesivas, ludópata y tenía un carácter apasionado. Reunía dos características que suelen darse en los grandes escritores: un alma atormentada y un talento extraordinario para escribir.

Aunque era un gran escritor, las malas críticas le afectaban demasiado y cayó en la depresión, el juego, el alcohol y la epilepsia. Fue condenado por pertenecer a un grupo subversivo a cinco años de trabajos forzados en Siberia y a servir después en el ejército ruso. Tras seis años de penalidades fue liberado gracias a una amnistía general. Siguió llevando una vida bohemia y desordenada, jugando, bebiendo y escribiendo. Se arruinó varias veces, se convirtió al cristianismo, y murió famoso y reconocido como el gran escritor que era.
       
Fiódor Dostoievski

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

lunes, 18 de septiembre de 2017

El pájaro carpintero - James McBride


Título: El pájaro carpintero
 
Autor: James McBride 

Páginas: 446 

Editorial: Hojalata 

Precio: 22,90 euros 

Año de edición: 2017

Este libro es un buen ejemplo de humor de negros (no confundir con el humor negro) porque se nota que el autor es un afroamericano desde la primera línea con la que arranca esta despiporrante historia contada en clave de humor: «Nací y fuí un hombre de color, no lo olvidéis, pero viví como una mujer de color durante diecisiete años».

Así empieza esta divertida narración, llena de ironía y buen humor, que empieza como una comedia, con la cadena de equívocos que obliga a un negrito de doce años a travestirse, continúa añadiendo las cualidades de una estupenda novela histórica, que cuenta la vida del líder abolicionista John Brown, y acaba siendo además un libro de acción, porque relata con todo lujo de detalles y verbo brillante la batalla final del viejo y sus secuaces.

John Brown, daguerrotipo de 1856

A ratos recuerda una novela picaresca, basada en las peripecias de un pobre huérfano que se busca la vida como puede, pero muy pronto toma fuerza el vigoroso y apasionado relato que se hace del famoso libertador de esclavos, John Brown, una figura que se agiganta página a página, un líder nato que no escuchaba a nadie y sabía muy bien lo que se hacía cuando decía que había que «alborotar a las abejas».

En el último tercio de la novela se describe día a día la toma del arsenal de Harpers Ferry, los vaivenes de la batalla y el desenlace final, con un realismo afilado, casi periodístico, que convierte este texto en una crónica histórica muy interesante.

Lo más interesante de esta obra única y original, para mi gusto, es en primer lugar, lo divertida que es y, en segundo, la suavidad con la que el texto se pasea por los tres géneros principales que toca: el humor, la novela de aventuras y la crónica periodística, con transiciones suaves y sin que nada chirríe.

El lenguaje reproduce el habla de los negros y está plagado de frases suculentas: «Padre dice que no soy el cuchillo más afilado del cajó, «Cuando la gente quiere creerse algo, la verdá no tié ná que hacer», «Aquella mujer era tan fea que atentaba contra la salú pública».

Una maravilla de novela, en la que el desmadre es solo aparente, que retrata muy bien un periodo de la historia de los EE. UU. poco conocido: los años convulsos y violentos previos a la Guerra Civil Estadounidense en los que las bandas de esclavistas y abolicionistas barrían el territorio y se diputaban el control del país.

Solo a un saxofonista negro se le hubiese ocurrido soltar en ese momento histórico a un chico desenvuelto y deslenguado que se ve obligado a disfrazarse de mujer. El resultado es una historia estupenda, divertida y ligera, y a la vez rigurosa e interesante, que recuerda en el tono de «Django desencadenado», una de las mejores películas de Tarantino.  

Uno de los acontecimientos editoriales del año. No os la podéis perder.

John Brown (Torrington, 1850-1859) fué un legendario abolicionista estadounidense que creía que la insurrección armada era el único camino para acabar con la esclavitud. Ganó varias batallas dirigiendo un pequeño ejército de voluntarios. Llegó a tomar el arsenal federal de Harpers Ferry con solo 20 hombres, pero fué capturado, juzgado y ahorcado. Al estallar la Guerra de Secesión en 1651, los confederados marchaban al frente cantando «John Brown's Song».

James McBride (Nueva York, 1957) es un saxofonista y escritor estadounidense. Hijo de una inmigrante judía polaca y de un predicador afroamericano hijo de esclavos, estudió composición musical en el Oberlin College e hizo un máster en periodismo en la Universidad de Columbia.

Como periodista, ha colaborado en  la revista «Rolling Stones»,  «The Washington Post», «The New York Times» y los más prestigiosos diarios estadounidenses. Como saxo tenor, ha tocado en su propia banda de jazz con éxito de público y crítica, y ha ganado varios premios. Ha compuesto temas para un buen número de artistas y ha tocado en una gira con el legendario Little Jimmy Scott.

Como novelista, ha publicado cinco títulos, ha obtenido el National Book Award en 2013 por El pájaro carpintero y en el 2015 el Presidente Obama le entregó la National Humanities Medal. Tiene una página personal muy original.
  
James McBride

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 19 de febrero de 2017

La señorita Brill - Katherine Mansfield


Katherine Mansfield (Wellington, 1888-1923) fué una notable escritora neozelandesa, habitualmente encuadrada dentro del modernismo. Hija de un banquero, pronto supo lo que era el desamor porque su madre hubiese preferido tener un hijo y apenas si le prestaba atención. Violonchelista, bisexual, periodista, rebelde y tuberculosa, su corta vida no fue ni fácil ni feliz. Pero nos dejó varias novelas y una larga lista de relatos inteligentes, penetrantes y sensibles, escrito con una habilidad asombrosa para sugerir sin decir explícitamente. Como éste que os dejo aquí. Que lo disfrutéis. 


La señorita Brill 

Aunque hacía un tiempo maravilloso el azul del firmamento estaba salpicado de oro y grandes focos de luz como uvas blancas bañaban los Jardins Publiques. La señorita Brill se alegró de haber cogido las pieles. El aire permanecía inmóvil, pero cuando una abría la boca se notaba una ligera brisa helada, como el frío que nos llega de un vaso de agua helada antes de sorber, y de vez en cuando caía revoloteando una hoja -no se sabía de dónde, tal vez del cielo-. La señorita Brill levantó la mano y acarició la piel. ¡Qué suave maravilla! Era agradable volver a sentir su tacto. La había sacado de la caja aquella misma tarde, le había quitado las bolas de naftalina, la había cepillado bien y había devuelto la vida a los pálidos ojitos, frotándolos. ¡Ah, qué agradable era volverlos a ver espiándola desde el edredón rojo…! Pero el hociquito, hecho de una especie de pasta negra, no se conservaba demasiado bien. No acababa de ver cómo, pero debía haber recibido algún golpe. No importaba, con un poquito de lacre negro cuando llegase el momento, cuando fuese absolutamente necesario… ¡Ah, picarón! Sí, eso era lo que en verdad sentía. Un zorrito picarón que se mordía la cola junto a su oreja izquierda. Hubiera sido capaz de quitárselo, colocarlo sobre su falda y acariciarlo. Sentía un hormigueo en los brazos y las manos, aunque supuso que debía ser de caminar. Y cuando respiraba algo leve y triste -no, no era exactamente triste- algo delicado parecía moverse en su pecho. 

Aquella tarde había bastante gente paseando, bastante más que el domingo anterior. Y la orquesta sonaba más alegre y estruendosa. Había empezado la temporada. Y aunque la banda tocaba absolutamente todos los domingos, fuera de temporada nunca era lo mismo. Era como si tocasen sólo para un auditorio familiar; cuando no había extraños no les importabamucho cómo tocaban. ¿Y no iba el director con una levitanueva? Habría jurado que era nueva. Frotó los pies y levantó ambos brazos como un gallo a punto de cantar, y los músicos, sentados en el quiosco verde, hincharon los carrillos y atacaron la partitura. 

Ahora hubo un fragmento de flauta -¡hermosísimo!-, como una cadenita de refulgentes notas. Estaba segura de que se repetiría. Y se repitió; la señorita Brill levantó la cabeza y sonrió. 

Solo otras dos personas compartían su asiento «especial»: un anciano caballero con un abrigo de terciopelo, que apoyaba las manos en un enorme bastón tallado, y una robusta anciana, que se sentaba muy rígida, con un rollo de media sobre el delantal bordado. Pero no hablaban. Lo cual en cierto modo fue una desilusión, puesto que la señorita Brill siempre anhelaba un poco de conversación. Pensó que, en verdad, empezaba a tener bastante experiencia en escuchar haciendo ver que no escuchaba, en sentarse dentro de la vida de otra gente durante un instante, mientras los otros charlaban a su alrededor. 

Miró de reojo a la pareja de ancianos. Quizá pronto se fuesen. El último domingo tampoco había resultado tan interesante como de costumbre. Un inglés con su esposa, él con un horripilante panamá y ella con botines. Y la mujer se había pasado todo el rato insistiendo en que debería llevar gafas; diciendo que notaba que las necesitaba; pero que de nada servía hacerse unas porque estaba segura de que se le iban a romper y de que no se le sujetarían bien. Y su marido se había mostrado tan paciente. Le había sugerido de todo: montura de oro, del tipo que se sujeta a las orejas, unas pequeñas almohadillas dentro del puente… Pero no, nada la satisfacía. «Seguro que siempre me resbalarían por la nariz.» La señorita Brill le habría propinado una buena azotaina con muchísimo gusto. 

Los ancianos continuaban sentados en el banco, quietos como estatuas. No importaba, siempre había montones de gente a quien mirar. De un lado para otro, pasando frente a los arriates cuajados de flores, junto al templete de la orquesta, paseaban grupitos y parejas, se detenían a charlar, se saludaban, compraban un ramito de flores a un viejo pordiosero que tenía la canastilla colgada de la barandilla. Algunos niños corrían entre los grupos, empujándose y riendo; chiquillos con grandes lazos de seda blanca atados al cuello, y niñitas, muñequitas francesas, vestidas de terciopelo y puntillas. Y a veces algún pequeño que apenas caminaba aparecía tambaleándose entre los árboles, se detenía, miraba, y de pronto se dejaba caer sentado, ¡flop!, hasta que su mamaíta, calzada con altos tacones, corría a socorrerlo, como una clueca joven, regañándolo. Otros preferían sentarse en los bancos y en las sillas pintadas de verde, pero estos eran casi siempre los mismos un domingo tras otro y -tal como la señorita Brill había advertido a menudo- casi todos ellos tenían algún detalle curioso y divertido. Eran gente rara, silenciosa, en su mayoría ancianos y, por el modo como miraban, parecía que acabasen de salir de alguna habitacioncita oscura o incluso de… ¡de un armario! 

Detrás del quiosco se levantaban esbeltos árboles de hojas amarillentas que pendían hacia el suelo, y al fondo se divisaba el horizonte del mar, y más arriba el cielo azul con nubes veteadas de oro. 

¡Tum-tum-tum, ta-ta-tararí, pachín, pachum, ta-ti-tirirí, pim, pum!, tocaba la banda. 

Dos jovencitas vestidas de rojo pasaron junto a ella y fueron a encontrarse con dos soldados de uniforme azul, y juntos rieron, se emparejaron, y siguieron del brazo. Dos mujeres rollizas, con ridículos sombreros de paja, cruzaron con toda seriedad tirando de sendos borriquillos de hermoso pelaje gris ahumado. Una monja lívida y fría pasó apresuradamente. Una hermosísima mujer perdió su ramillete de violetas mientras se acercaba paseando, y un niñito corrió a devolvérselas, pero ella las tomó y las arrojó lejos, como si estuviesen envenenadas. ¡Vaya por Dios! ¡La señorita Brill no sabía si admirar o no aquel gesto! Y ahora se reunieron exactamente delante de ella una toca de armiño y un caballero vestido de gris. El hombre era alto, envarado, muy digno, y ella llevaba la toca de armiño que había comprado cuando tenía el pelo rubio. Pero ahora todo, el pelo, el rostro, los ojos, era del color de aquel ajado armiño, y su mano, enfundada en un guante varias veces lavado, subió hasta tocarse los labios, y era una patita amarillenta. ¡Oh, estaba tan contenta de volver a verlo… estaba encantada! Había tenido el presentimiento de que iba a encontrarlo aquella tarde. Describió dónde había estado: un poco por todas partes, aquí y allí, y en el mar. Hacía un día maravilloso, ¿no le parecía? ¿Y no le parecía que quizá podían…? Pero él negó con la cabeza, encendió un cigarrillo, y soltó despacio una gran bocanada de humo al rostro de ella, y mientras la mujer continuaba hablando y riendo, apagó la cerilla y siguió caminando. La toca de armiño se quedó sola; y sonrió aún con mayor alegría. Pero incluso la banda pareció adivinar sus sentimientos y se puso a tocar con mayor dulzura, suavemente, mientras el tambor redoblaba repitiendo: «¡Qué bruto! ¡Qué bruto!». ¿Qué iba a hacer? ¿Qué sucedería ahora? Pero mientras la señorita Brill se planteaba estas preguntas la toca de armiño se giró, levantó una mano, como si hubiese visto a algún conocido, a alguien mucho más agradable, por aquel lado, y se dirigió hacia allí. Y la banda volvió a cambiar de música y se puso a tocar a un ritmo más vivo, mucho más alegre, y el anciano matrimonio sentado al lado de la señorita Brill se levantó y desapareció, y un viejo divertidísimo con largas patillas que avanzaba al compás de la música estuvo a punto de caer al tropezar con cuatro muchachas que venían cogidas del brazo. 

¡Oh, qué fascinante era aquello! ¡Cómo le divertía sentarse allí! ¡Le agradaba tanto contemplarlo todo! Era como si estuviese en el teatro. Igualito que en el teatro. ¿Quién habría adivinado que el cielo del fondo no estaba pintado? Pero hasta que un perrito de color castaño pasó con un trotecillo solemne y luego se alejó lentamente, como un perro «teatral», como un perro amaestrado para el teatro, la señorita Brill no terminó de descubrir con exactitud qué era lo que hacía que todo fuese tan excitante. Todos se hallaban sobre un escenario. No era simplemente el público, la gente que miraba; no, también estaban actuando. Incluso ella tenía un papel, por eso acudía todos los domingos. No le cabía la menor duda de que si hubiese faltado algún día alguien habría advertido su ausencia; después de todo ella también era parte de aquella representación. ¡Qué raro que no se le hubiese ocurrido hasta entonces! Y, sin embargo, eso explicaba por qué tenía tanto interés en salir de casa siempre a la misma hora, todos los domingos, para no llegar tarde a la función, y también explicaba por qué tenía aquella sensación de rara timidez frente a sus alumnos de inglés, y no le gustaba contarles qué hacía durante las tardes de los domingos. ¡Ahora lo comprendía! La señorita Brill estuvo a punto de echarse a reír en alto. Iba al teatro. Pensó en aquel anciano caballero inválido a quien le leía en voz alta el periódico cuatro tardes por semana mientras él dormía apaciblemente en el jardín. Ya se había acostumbrado a ver su frágil cabeza descansando en el cojín de algodón, los ojos hundidos, la boca entreabierta y la nariz respingona. Si hubiese muerto habría tardado semanas en descubrirlo; y no le hubiera importado. ¡De pronto el anciano había comprendido que quien le leía el periódico era una actriz. «¡Una actriz!» Su vieja cabeza se incorporó; dos luceritos refulgieron en el fondo de sus pupilas. «Actriz…, usted es actriz, ¿verdad?», y la señorita Brill alisó el periódico como si fuese el libreto con su parte y respondió amablemente: «Sí, he sido actriz durante mucho tiempo».

La orquesta había hecho un intermedio, y ahora retomaba el programa. Las piezas que tocaban eran cálidas, soleadas, y, sin embargo, contenían un algo frío -¿qué podía ser?-; no, no era tristeza -algo que hacía que a una le entrasen ganas de cantar-. La melodía se elevaba más y más, brillaba la luz; y a la señorita Brill le pareció que dentro de unos instantes todos, toda la gente que se había congregado en el parque, se pondrían a cantar. Los jóvenes, los que reían mientras paseaban, empezarían primero, y luego les seguirían las voces de los hombres, resueltas y valientes. Y después ella, y los otros que ocupaban los bancos, también se sumarían con una especie de acompañamiento, con una leve melodía, algo que apenas se levantaría y volvería a dulcificarse, algo tan hermoso… emotivo… Los ojos de la señorita Brill se inundaron de lágrimas y contempló sonriente a los otros miembros de la compañía. «Sí, comprendemos, lo comprendemos», pensó, aunque no estaba segura de qué era lo que comprendían. 

Precisamente en aquel instante un muchacho y una chica tomaron asiento en el lugar que había ocupado el anciano matrimonio. Iban espléndidamente vestidos; estaban enamorados. El héroe y la heroína, naturalmente, que acababan de bajar del yate del padre de él. Y mientras continuaba cantando aquella inaudible melodía, mientras continuaba con su arrobada sonrisa, la señorita Brill se dispuso a escuchar. 

-No, ahora no -dijo la muchacha-. No, aquí no puedo.

-Pero ¿por qué? ¿No será por esa vieja estúpida que está sentada ahí? -preguntó el chico-. No sé para qué demonios viene aquí, si no la debe querer nadie. ¿Por qué no se quedará en su casa con esa cara de zoqueta? 

-Lo más di… divertido es esa piel -rió la muchacha-.Parece una pescadilla frita. 

-Bah, ¡déjala! -susurró el chico enojado-. Dime, ma petite chère… 

-No, aquí no -dijo ella-. Todavía no.

Camino de casa acostumbraba a comprar un trocito de pastel de miel en la pastelería. Era su extra de los domingos. A veces le tocaba un trocito con almendra, otras no. Aunque entre uno y otro existía una gran diferencia. Si tenía almendra era como volver a casa con un pequeño regalo -con una sorpresa-, con algo que habría podido dejar de estar allí perfectamente. Los domingos que le tocaba una almendra corría a su casa y ponía el agua a hervir precipitadamente. 

Pero hoy pasó por la pastelería sin entrar y subió la escalera de su casa, entró en el cuartucho oscuro -su aposento, que parecía un armario- y se sentó en el edredón rojo. Estuvo allí sentada durante largo rato. La caja de la que había sacado la piel todavía estaba sobre la cama. Desató rápidamente la tapa; y rápidamente, sin mirar, volvió a guardarla. Pero cuando volvió a colocar la tapa le pareció oír un ligero sollozo.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.