sábado, 28 de febrero de 2026

Napoleón y el espectro - Charlotte Brontë

Charlotte Brontë

Napoleón y el espectro

Bien, como les iba diciendo, el Emperador se fue a dormir.

—Chevalier, baja la persiana y cierra la ventana antes de irte.

El valet obedeció. Luego tomó el candelero y salió del cuarto. Unos minutos después, el Emperador sintió que su almohada le resultaba bastante incómoda y se levantó para sacudirla un poco. Entonces percibió un leve crujido en la cabecera de la cama. Prestó atención pero, cuando volvió a recostarse, todo estaba en silencio.

Aún no había logrado relajarse totalmente cuando sintió necesidad de beber. Se inclinó un poco, apoyándose en el codo, y tomó un vaso de limonada de una mesa pequeña que había junto a la cama. Bebió una gran cantidad y se refrescó. Al volver a colocar el vaso en su lugar, sintió un profundo gemido en el ropero que se hallaba en un rincón del cuarto.

—¿Quién anda ahí? —gritó el Emperador, tomando su revólver—. Hable o le vuelo la tapa de los sesos.

El único efecto que generó esta amenaza fue una risa breve y pronunciada, y luego le siguió un silencio absoluto.

El Emperador se levantó de un salto, se puso rápidamente su robe-de-chambre, que había dejado en el respaldo de una silla, y se dirigió con valentía hacia el ropero embrujado. Algo crujió cuando abrió la puerta. Avanzó hacia adelante con el arma en la mano. No apareció nadie —ni un alma ni una sustancia—; el crujido evidentemente había sido provocado por la caída de un abrigo, que colgaba de un gancho en la puerta. Algo avergonzado de sí mismo, regresó a la cama.

Cuando estaba a punto de cerrar los ojos otra vez, se oscureció de pronto la luz de las tres velas de cera que se hallaban en un candelabro de plata sobre la repisa de la chimenea. El Emperador miró hacia arriba: una sombra negra y opaca la tapaba. Sudando de terror, Napoleón extendió la mano para alcanzar el cordón de la campana, pero algún ser invisible se la arrebató y en ese mismo momento desapareció la sombra amenazante.

—¡Bah! —exclamó el Emperador—. Sólo fue una ilusión óptica.

—¿Sí? —susurró cerca de su oído una voz apagada, con tono grave y misterioso—. ¿Fue una ilusión, Emperador de Francia? ¡No! Lo que usted oyó y vio es una triste realidad, una advertencia. ¡Levántese! ¡Usted, que enarboló el estandarte del águila! ¡Despiértese! ¡Usted, que blandió el cetro de lirios! Sígame, Napoleón, y verá más.

Cuando la voz dejó de oírse, el Emperador percibió con asombro una figura. Pertenecía a un hombre alto y delgado, vestido con una levita azul, ribeteada con encaje de oro. Llevaba una corbata negra muy ajustada, con dos pequeños broches colocados debajo de las orejas. Tenía la cara pálida, la lengua le sobresalía de entre los dientes, y los ojos, vidriosos y enrojecidos, se salían de sus cuencas de modo temible y prominente.

¡Mon Dieu! —exclamó el Emperador—. ¿Qué es lo que veo? ¿De dónde ha venido, espectro?

La aparición no dijo nada pero avanzó un poco y, levantando el dedo, le hizo señas a Napoleón para que lo siguiera. El Emperador, bajo el influjo de una fuerza misteriosa, que le anuló la capacidad de pensar y de actuar por sí mismo, obedeció en silencio. La pared sólida del cuarto se abrió cuando se acercaron y, luego de atravesarla, se cerró tras ellos con un ruido similar al de un trueno. La oscuridad hubiera sido absoluta de no ser por la débil luz que brillaba alrededor del fantasma y permitía ver las paredes húmedas de un largo corredor abovedado. Avanzaron por allí con silenciosa celeridad. Una brisa fría y refrescante subía rápidamente por la bóveda, con el sonido de un lamento, anunciando que se acercaban al exterior; el Emperador se ajustó un poco más su camisón holgado. Enseguida salieron y Napoleón advirtió que se hallaba en una de las calles principales de París.

—Estimable espíritu —dijo, temblando con el aire frío de la noche—, permítame regresar a ponerme un abrigo. Volveré enseguida.

—Avance —respondió su compañero, implacable.

A pesar de la creciente indignación que le provocó una especie de ahogo, el Emperador se sintió obligado a obedecer.

Siguieron por las calles desiertas hasta que llegaron a una casa imponente construida en las orillas del Sena. Aquí, el espectro se detuvo: las puertas se abrieron para recibirlos y ambos entraron en un amplio vestíbulo de mármol, cubierto en parte por una cortina. A través de sus pliegues semitransparentes se podía ver una luz intensa que brillaba con un lustre deslumbrante. Delante de esta cortina, había una hilera de figuras femeninas lujosamente vestidas. Llevaban en la cabeza guirnaldas con las más bellas flores, pero tenían la cara oculta por horribles máscaras que representaban calaveras humanas.

—¿Qué significa toda esta mascarada? —gritó el Emperador, haciendo un esfuerzo para deshacerse de esas cadenas mentales que lo limitaban contra su voluntad—. ¿Dónde estoy, y por qué me trajo hasta aquí?

—Silencio —le contestó el guía, con esa lengua negra y sangrienta sobresaliendo aun más de su boca—. Haga silencio, si quiere evitar la muerte inmediata.

El Emperador habría respondido —su coraje natural era capaz de superar el temor transitorio que lo había dominado al comienzo—, pero en ese momento una melodía extravagante, sobrenatural, fue aumentando el volumen detrás de la inmensa cortina, que iba y venía, hinchándose lentamente hacia afuera como agitada por una conmoción interna o una lucha entre fuertes vientos. En ese mismo instante, penetró en ese vestíbulo embrujado una mezcla abrumadora de olores de cuerpos putrefactos, combinada con las fragancias más finas de Oriente. Ahora se oía a la distancia el murmullo de muchas voces, y algo lo tomó del brazo desde atrás, con ansiedad.

Se dio vuelta rápidamente. Sus ojos se encontraron con el rostro familiar de Marie-Louise.

—¿Qué sucede? ¿Tú también en este sitio infernal? —le preguntó—. ¿Qué te trajo hasta aquí?

—¿Puedo hacerte la misma pregunta? —respondió la Emperatriz, sonriendo.

Napoleón no dijo nada; el asombro se lo impidió.

Ya no había ninguna cortina entre la luz y él. Había desaparecido como por arte de magia, y una araña extraordinaria colgaba encima de su cabeza. A su alrededor, había un grupo numeroso de mujeres, lujosamente vestidas pero sin las máscaras de calaveras humanas, y, entre ellas, una cantidad similar de caballeros, contentos y animados. Todavía se oía la música, pero era evidente que provenía de una orquesta ubicada cerca de él. Aún se percibía un agradable olor a incienso, aunque no estaba mezclado con ningún hedor.

¡Mon Dieu! —exclamó el Emperador—. ¿Cómo sucedió todo esto? ¿Dónde diablos está el espectro?

—¿El espectro? —contestó la Emperatriz—. ¿A qué te refieres? ¿No sería mejor que salieras del cuarto y fueras a descansar?

—¿Que salga del cuarto? ¿Por qué? ¿Dónde estoy?

—En mi salón privado, rodeado de algunos cortesanos que invité a un baile esta noche. Entraste hace unos minutos en camisón, con los ojos fijos y bien abiertos. Supongo, por tu asombro, que caminabas sonámbulo.

Inmediatamente, el Emperador sufrió un ataque de catalepsia, y siguió en ese estado toda la noche y gran parte del día siguiente.

 Charlotte Brontë

Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

viernes, 27 de febrero de 2026

En busca del fuego - J. H. Rosny

Título: En busca del fuego
Autor: J. H. Rosny
 
Páginas: 219
 
Editorial: RBA
 
Precio: 4,42 euros 
 
Año de edición: 2005

Las novelas de asunto prehistórico cuentan con títulos tan interesantes como Los herederos (1955), del premio Nobel William Golding, la serie inaugurada por El clan del oso cavernario (1980), escrita por Jean M. Auel, o Madre Tierra, Padre Cielo (1990) de Sue Harrison, que también inauguró una saga. No es fácil reconstruir un período del que en realidad se sabe tan poco como la prehistoria. No existen fuentes escritas. La población era muy escasa. Los restos hallados en excavaciones no pasan de fragmentos óseos, instrumentos primitivos de piedra o hueso y las primeras manifestaciones artísticas. Es difícil contextualizar correctamente esos fragmentos. 

Durante unos tres o cuatro millones de años los homínidos salieron adelante en un entorno terriblemente hostil. El hombre moderno, el homo sapiens sapiens, no tiene más de 100.000 años, y es oriundo de África. La vida del hombre primitivo era solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta, por decirlo con las clásicas palabras de Hobbes. La mentalidad del hombre prehistórico tampoco está nada clara. Desde luego, antes del homo sapiens sapiens, aquellos tipos peludos no eran como nosotros ni de lejos, aunque ahora está de moda poner por las nubes al macizo neandertal (que hasta hace cuatro días era una especie de ogro). Las fabulaciones abundan, con, eso sí, mucha ciencia y bastante cuento. 

El caso es que en 1909 se empezó a publicar por entregas una de las mejores novelas prehistóricas. En 1911 se editó en libro. Se trata de En busca del fuego, obra de J. H. Rosny, que es el pseudónimo de dos autores belgas que colaboraron escribiendo fraternalmente: los hermanos Boex. De los dos, el más relevante fue J. H. Rosny «el mayor», considerado como uno de los padres de la novela de ciencia-ficción. Rosny está hoy algo olvidado, aunque sus novelas siguen publicándose de vez en cuando. En busca del fuego es la más popular de todas. Un clásico. Y una gozada. 

El argumento es sencillo: tres simpáticos trogloditas, aunque no muy aficionados a la cháchara, se lanzan a recuperar para su clan el temido y venerado fuego, que han perdido. El fuego equivale a calor, luz y ricos alimentos. Es indispensable para la vida. Es vida. Hay que recuperarlo. Así comienza una trepidante sucesión de aventuras que no da tregua al lector y lo entretiene de principio a fin. El ritmo de la novela es portentoso, así como la belleza de sus descripciones, llenas de vida, barrocas, exageradas y de una fuerza plástica inolvidable. El héroe es un troglodita tan fuerte como astuto. Con una maza aplasta alegremente cabezas, no sin antes avisar de que, si quieren guerra, la tendrán (quien avisa no es traidor). A mí me recuerda a los héroes pulp estilo Conan, cortesía de Robert E. Howard.

Avanzando por una sabana interminable, por bosques, lagos y ríos, recorriendo montañas heladas y siniestras ciénagas, enfrentándose a mil peligros y enemigos, nuestros tres amigos pelearán por su vida, que es también la existencia de la horda a la cual pertenecen. La vida es una lucha incesante en la que los hombres ponen a prueba su destreza física e inteligencia. Lo que diferencia al hombre de los animales es esa materia gris en permanente evolución, que permite superar el presente y planificar el futuro. Cuando el hombre deja de vivir en el instante, como los animales, avanza en el camino del progreso. El fuego ilumina ese cambio a mejor. 

Esta novela refleja bien los tópicos de su tiempo. El evolucionismo en una versión dogmática, la guerra entre clanes que equivale a una guerra entre razas (aparecen hombres mono antropófagos y unos enanos con muy mala leche) y una naturaleza devoradora, entregada a una lucha permanente. Eran las ideas científicas del momento. Los Rosny se inspiraron fielmente en ellas para pergeñar su novela. Hoy están más pasadas que el cuplé, pero le dan un gran encanto al libro, un tono naif, de cómic, que, bien mirado, le sienta estupendamente. La mezcla de fieras corrupias, razas feroces y aventuras disparatadas hacen de En busca del fuego una verdadera delicia más que recomendable. En 1981, el director de cine francés Jean-Jacques Annaud estrenó la película del mismo nombre, de gran calidad y digna de ver.  

J. H. Rosny, el mayor

J. H. Rosny es el pseudónimo colectivo de los escritores y hermanos belgas, nacidos en Bruselas, Joseph-Henry-Honoré Boex (1856-1940) y Séraphin-Justin-François Boex (1859-1948). Durante muchos años escribieron en comandita, hasta que decidieron hacerlo cada uno por su cuenta hacia 1910.

De los dos, el más conocido es Josep-HenryRosny «el mayor». Se le considera uno de los creadores de la ciencia-ficción moderna. Estudió matemáticas, física, química y ciencias naturales. Escribió novelas prehistóricas, del espacio (introdujo el término «astronáutica») y hasta de vampiros. Además de la belga, tenía la nacionalidad francesa. Recibió la Legión de Honor en 1936. Su obra ha influido en H. G. Wells, Conan Doyle y Richard Matheson, entre otros.  

Publicado por Alberto.