Un desconocido llamado George A. Romero estrenó en 1968 una película decisiva en la historia del cine fantástico. Contó con un presupuesto ínfimo, unos actores de ocasión y el deseo consciente de subvertir las reglas hasta entonces dominantes en el género terrorífico. Los zombis, unos lúgubres personajes de la mitología afrocaribeña de Haití, fueron trasplantados desde la cálida selva a los oscuros bosques de Pensilvania, convirtiéndose en unos personajes decisivos del gótico norteamericano. Los muertos vivientes han dado lugar a una industria cultural que factura cantidades astronómicas. Pero su origen moderno debe buscarse en esta modesta pesadilla en blanco y negro realizada al más puro estilo artesanal de la serie B. Nos referimos, claro está, a la inigualable La noche de los muertos vivientes. Imitada, parodiada y malinterpretada, la película sigue tan vigente hoy como el día de su estreno.
El señor Romero seguiría una carrera irregular, aunque interesante, en el esforzado negocio de alterar los nervios del respetable público, a veces con toneladas de vísceras y otras de un modo más sutil e inteligente.
Uno de los colaboradores de La noche de los muertos vivientes fue el escritor John A. Russo, coguionista de la película junto con Romero, además de salir como zombi en el reparto. Pero si a su amigo le esperaba el estrellato, Russo acabó por estrellarse, dirigiendo unas cuantas películas casposas totalmente infumables. Sin embargo, también ha cultivado las bellas letras, publicando varias novelas bastante eficaces. Que yo sepa, en castellano está disponible la nada desdeñable El despertar, que trata acerca de un vampiro del siglo XVIII que vuelve a la vida en el Pittsburgh contemporáneo con las consecuencias esperables. En 1974, Russo adaptó al papel La noche de los muertos vivientes. Y los resultados, a mi juicio, son satisfactorios. La edición que comentamos (2016) es excelente. Cuenta con un prólogo del propio Romero. No debería faltar en la estantería de cualquier aficionado al escalofrío.
La noche de los muertos vivientes se mueve entre el terror y la ciencia ficción. Tiene una fuerte carga de crítica social. A pesar de que Romero siempre negó que este trasfondo satírico fuera intencionado, cabe dudar de su afirmación. En la película resulta evidente. Además, las siguientes cintas de Romero intentaron renovar el terror a través de la crítica social. Russo participaba de estas ideas. En su novela aparecen, aunque quizá no con el carácter noctámbulo y perturbador de la pantalla. Hay que tener en cuenta que en este caso primero fue la película y después la novela. Era muy difícil superar con palabras la fuerza expresiva primordial de las imágenes en blanco y negro, en algunos momentos únicamente comparables a las del cine mudo.
No obstante, Russo es un escritor eficiente. Su estilo se compone de frases cortas, redondas y claras. Va al grano desde la primera página. La novela es rápida, dinámica, sin innecesarias digresiones. Se nota el buen oficio de quien frecuenta la pluma. Así, lo que empieza siendo una historia completamente banal, una pareja de hermanos que se dirige a un cementerio rural a poner unas flores en la tumba de su padre, acaba por convertirse en un horror sin concesiones cuando «a lo lejos, le pareció que se movía una sombra extraña, casi como una figura semioculta que avanzara entre las tumbas». No hay necesidad de explicar qué es esa figura tambaleante oscurecida por las sombras del crepúsculo. Dentro de unos instantes la cosa estará que muerde, nunca mejor dicho. Después llegará la huida, el refugio en la casa y las tensiones entre quienes intentan resistir el asedio de los muertos caníbales.
Russo logra condensar el sentido de la película de Romero: el hombre es un lobo para el hombre. En situaciones de emergencia, cuando sumar voluntades es imprescindible para sobrevivir todos, los seres humanos, obcecados por sus egos, prefieren matarse entre ellos. Los muertos vivientes son unos benditos que únicamente siguen su instinto antropófago como cualquier otra fiera: son inocentes, aunque no inofensivos. En cambio, los hombres no son inocentes, ni tampoco inofensivos.
Solo una cosa más. La noche de los muertos vivientes se inspiró también en la gran novela de Richard Matheson Soy leyenda, publicada en 1954. Recomiendo, para los interesados, tres cosas, si no las han hecho ya: leer Soy leyenda, disfrutar con Lanoche de los muertos vivientes y regodearse con la novela de John A.Russo.
John A. Russo (1939) es un escritor, guionista y cineasta estadounidense nacido en Clarion, Pensilvania. Estudió en la Universidad Carnegie Mellon en Pittsburgh y allí conoció a un joven talentudo apasionado por el cine, la fotografía y la pintura llamado George A. Romero. Romero, Russo y otros amiguetes decidieron hacer una película barata en plan amateur. Romero había escrito un cuento llamado Anubis sobre muertos resucitados inspirado en Soy leyenda de Richard Matheson. Russo también aportó sus ideas. Todos pusieron algo de pasta para sacar adelante el proyecto. El resultado fue la magnífica La noche de los muertos vivientes, estrenada en 1968. Russo ha seguido haciendo sus películas, escribiendo sus novelas y hasta apareciendo como actor aquí y allá. Es un personaje dentro del cine independiente norteamericano.



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