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sábado, 31 de mayo de 2025

Esclavas que llevaban mapas de trenzas paa escapar

¿Sabíais que los esclavos americanos llevaban dibujados son las trenzas del pelo esquemas para poder escapar? Parece que esa técnica se originó en Colombia, en el siglo XVI, en el marco de los levantamientos liderados por Benkos Biohó, cuando se le ocurrió que las mujeres podían llevar mensajes secreto dibujados con las trenzas pegadas al cuero cabelludo, las llamadas trenzas de raíz. Las mujeres salían a veces dela plantación para hacer recados, tenían recorridos más amplios que los hombres y no despertaban tantas sospechas.

Hay que pensar que a los esclavos no se les permitía aprender a leer y a escribir, así que los primeros mensajes eran iconos y una especie de jeroglíficos. Luego se dieron cuenta de la utilidad de dibujar planos para escapar de las plantaciones, los llamados canerows (filas de caña) para orientarse en los inmensos campos de caña. Eran auténticos mapas esquemáticos, en los que, por ejemplo, una trenza enrollada representaba una montaña, un dibujo sinuoso, un río y una trenza gruesa, un destacamento de soldados. También llevaban en el pelo objetos de oro para sobrevivir y semillas, para ser plantadas si conseguían huir y establecerse.

Era un método ideal, porque era muy difícil que el amo blanco se diera cuenta de que había algo escrito en el pelo de las mujeres, sobre todo si iba cubierto con un pañuelo. 

Las trenzas de raíz permiten dibujar prácticamente cualquier forma que se desee, como puede verse en estas imágenes. 

Para más información, véanse este enlace y éste.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

sábado, 26 de abril de 2025

Lo que nos hace humanos

He encontrado en la cuenta de Facebook de National Geographic una anécdota muy bonita. Un estudiante le pregunto a la famosa antropóloga Margaret Mead qué consideraba ella que era el primer signo de civilización, esperando que la respuesta fuera alguna herramienta, un instrumento primitivo de música o algo relacionado con la creación artística. Sin embargo, Mead le dijo que un fémur curado, como el de la foto. 

Le explicó que en el reino animal, cuando un ejemplar se rompe un hueso como ése, muere porque o no puede cazar o no puede escapar de sus depredadores, y tampoco puede desplazarse al mismo ritmo que sus congéneres. Pero un hueso reparado significa que alguien se quedó, que alguien cuidó de la persona herida, se preocupó por ella y le dedicó tiempo y atención suficientes hasta que se curó. Por lo tanto, el primer signo de civilización no es ninguna invención, es la compasión, es el ayudar a otros en momentos de dificultad. En esa actitud es donde comienza realmente la civilización humana.

Una historia preciosa, pero... que parece ser completamente falsa. Cuando Gideon Lasco, un despierto antropólogo y médico filipino, encontró la historia en la red y le sonó demasiado extraña, tal y como cuenta en un artículo. La anécdota se ha convertido en un meme que ha circulado en internet de manera imparable. Una de sus primeras versiones procede de la revista Forbes. Sin embargo, no hay ninguna fuente fiable que acredite que Mead dijo eso en sus clases y conferencias. La primera vez que apareció el cuento fue en 1980, pero cuando se le preguntó directamente a la antropóloga en una entrevista cuándo una cultura se convierte en una civilización, su respuesta fue muy diferente. Dijo que se suele hablar de civilización cuando aparecen grandes ciudades, división del trabajo y algún tipo de registro escrito.

Por otro lado, los huesos fracturados y luego soldados suelen hablar más de guerra y violencia que de cuidados. Además, hay ejemplos de huesos reparados en chimpancés jóvenes y el «comportamiento médico» se encuentra en bastantes especies: monos que curan las heridas de otros aplicando insectos, lobos y elefantes que se automedican comiendo hierbas... hay muchos ejemplos. Finalmente, el concepto de «civilización» es problemático y difícil de definir.

Sin embargo, la popularidad de relatos apócrifos y la difusión de memes revela una de los aspectos más característicos y esenciales del ser humano: nuestra necesidad de contarnos unos a otros historias interesantes y evocadoras, que nos enseñen cosas y nos emocionen.

Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

martes, 7 de enero de 2025

Prehistorias de mujeres - Marga Sánchez Romero

Título: Prehistorias de mujeres                                                                                            Autora: Marga Sánchez Romero

Páginas: 296

Editorial: Destino

Precio: 20,90 euros

Año de edición: 2024

Siempre hemos admitido como algo obvio, que la mujer prehistórica permanecía en la cueva casi todo el día, cuidando de la prole y preparando la comida para el hombre, que era el que salía a cazar. Pero en realidad, nunca ha habido pruebas concluyentes de que eso fuera así siempre y ese esquema es más bien el resultado de proyectar sobre el pasado nuestros estereotipos e ideas preconcebidas. Parece ser que en los albores de la civilización, las labores de recolección de frutas y comida, la crianza y la caza, eran tareas bastante compartidas por hombres y mujeres.

Así lo demuestra este sesudo y completísimo libro, bien fundamentado desde el punto de vista científico y escrito en tono divulgativo, claro y explicativo. A lo largo de 19 jugosos capítulos, se desmontan un gran número de tópicos infundados y gratuitos que ocultan la contribución de la mujer en el desarrollo de la humanidad en la Prehistoria. Y se hace con claridad, paso a paso y basando cada conclusión en argumentos, hallazgos y pruebas claros y concluyentes. Se explica cómo la ideología netamente patriarcal del siglo XIX influyó en el nacimiento y desarrollo de la Arqueología, que apareció en ese siglo. Prestando especial atención los hallazgos en la península Ibérica, se repasa el papel de las féminas en tareas como la caza, la guerra, el cuidado de la prole, la lactancia, la alimentación, los cuidados sanitarios y las actividades tecnológicas, como la artesanía lítica o la metalurgia. Y en todos esos aspectos hay sorpresas, que acaban por convencernos de que el relato tradicional sobre el papel de los géneros en la Prehistoria tiene poco fundamento. Las mujeres desempeñaron un rol clave en todos esos campos, muy diferente al que podríamos imaginar de primera intención, porque todos hemos incorporado sesgos importantes en cuanto al reparto de tareas según el género.

El texto es muy claro, ameno y divulgativo. Se lee a gran velocidad y resulta muy inteligible. Por añadidura, se aprenden muchas cosas y detalles de Prehistoria y Arqueología, y al final, el lector tiene claro que hay que tener en cuenta los puntos de vista feministas absolutamente en todos los campos, porque donde menos se espera, salta la libre de los sesgos y prejuicios.

Un tratado muy serio y riguroso, yo diría que de lectura obligatoria, para ensanchar la mente y expandir esquemas mentales. Una obra necesaria e iluminadora. Un ensayo estupendo.

Esta edición incluye un prólogo introductorio y explicativo del coruñés Miguel Ángel Cagijal Vera, historiador del arte y divulgador cultural conocido como el Barroquista. Al final del libro, se incluye una selecta bibliografía capítulo por capítulo. La obra está ilustrada con 25 figuras en blanco y negro, que sirven para ejemplificar y mostrar algunas de las ideas expuestas, a menudo con fotos de restos y piezas arqueológicas. y por añadidura, se incluye al principio una línea cronológica para que el lector se oriente temporalmente.

Aquí podéis ver la presentación de 77 minutos, muy completa, que realizó la autora en el Museo de Altamira hace aproximadamente un año:

Margarita Sánchez Romero (Madrid, 1971) es una arqueóloga y escritora, catedrática de Prehistoria en la Universidad de Granada. Creció en Antequera, estudió Historia en la Universidad de Granada y se doctoró con una tesis sobre la evolución desde el Neolítico hasta la época Iberorromana en el poblado de Los Castillejos, en la Peña de los Gitanos (Granada).

Ha disfrutado de una beca en la Universidad de Durham y ha realizado estancias de investigación y docencia en las universidades de Bergen (Noruega), Helsinki (Finlandia), Hull (Reino Unido), La Habana (Cuba), Comahue y Lujan (Argentina), Los Lagos (Chile) o Puebla (México). Ha dirigido el Instituto Universitario de Estudios de las Mujeres y de Género de la Universidad de Granada​ y directora general de Bienes Culturales de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. Sus principales líneas de investigación son la arqueología de las mujeres, de las relaciones de género y de la infancia. 

Marga Sánchez Romero

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

sábado, 13 de mayo de 2023

Un ataque de risa legendario

¿Ha habido ataques de risa históricos, que han marcado una época? Pues parece que sí. El 30 de enero de 1962, tres niñas internas de un colegio misionero a orillad del Lago Victoria, en Kashasha, en la actual Tanzania, comenzaron a bromear y reír de tal manera, que sufrieron un ataque de risa nerviosa incontenible e imparable. Poco a poco, se fueron contagiándo sus compañeras y al terminar el día, 95 delas 159 alumnas del centro, entre 12 y 18 años, no podían parar de reñir. 

La situación pasó de castaño a oscuro cuando iban pasando las horas y los días y las carcajadas incontrolables se guían y seguían. A algunos profesores también les entró la risa y pronto vieron que no se podía dar clase en aquellas condiciones. La hilaridad se propagaba sin control, se extinguía y volvía a aparecer en oleadas. Había niñas que llegaron a estar 16 días riendo sin parar. El 18 de marzo, el centro se vio obligado a cerrar y las alumnas volvieron a sus casas.

Imagen del famoso ataque de risa de Tanzania

La epidemia de risa se extendió a Nshamba, un pueblo en el que residían varias de las chicas y entre abril y mayo, más de 200 personas, la mayoría adolescentes y jóvenes, tuvieron ataques de risa incontrolables, en un fenómeno histérico, que a veces se alternaba con episodios de llanto. La escuela de Kashasha volvió a abrir el 21 de mayo, pero tuvo que volver a cerrar a finales de junio. Se produjeron varios brotes en otras escuelas y poblaciones cercanas, de manera que finalmente 14 colegios tuvieron que cerrar y más de mil personas se vieron afectadas. El fenómeno se extinguió completamente 18 meses después de haberse iniciado.

Este es el ataque de risa colectiva más extendido sobre el que hay documentación. Técnicamente se denomina brote de histeria colectiva o enfermedad psicogénica de masas. La antropóloga Inès Pasqueron de Fommervault lo estuvo estudiando y concluyó que las normas socioculturales jugaron un papel esencial en la aparición del episodio. Encontró que en la región de Kashasha, la risa impulsiva en público está mal vista, no debe ocurrir en público y hay que retenerla «dentro del corazón» (moyoni). Es imperativo aprender a controlarla, especialmente en el caso de las mujeres.

En esa sociedad, las jóvenes solteras deben ser vergonzosas, tímidas y sofocar sus risa. Parece que el ideal femenino es una persona discreta y sumisa, que no puede permitirse soltar una carcajada en público. Probablemente, la risa tiene una esencia subversiva y cuando es más inoportuna, es cuando es más probable que se descontrole de modo imparable. Recuerdo que eran frecuentes y deliciosos los ataques de risa en el colegio de curas en el que estudié, un centro de estricta disciplina en el que aquello estaba completamente prohibido. Curioso fenómeno.

Visto en Una antropóloga en la Luna. Para más información, véase este enlace y este otro. Y he aquí un vídeo sobre el fenómeno (en inglés).
 

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 7 de mayo de 2023

Héctor Padula, fotógrafo de las yanomami

Un grupo de yanomamis (foto Héctor Padula)

Hay hechos concretos que disparan epifanías únicas y nos cambian la vida. Eso le ocurrió a Héctor Padula, un médico venezolano recién licenciado, cuando asistió a una conferencia de Kenneth Gibson sobre sus experiencias en la selva con los yanomami. En la primera foto se veía un muro verde impenetrable, la selva oscura y misteriosa, y un angosto camino en el que internaba el médico explorador. Nada más verla, Padula pensó: «quiero hacer eso».

La selva amazónica venezolana (foto Héctor Padula)

Poco después, en 1984 nuestro hombre visitaba por primera vez la Amazonía y, desde 1986 a 1989, vivió y sobrevivió tres años en la selva, con los yamomamis, en el marco de un proyecto de la Universidad Central de Venezuela, llamado Parima Culebra - Médicos de la Selva, que duraría 16 años.

Provisto de dos cámaras, una Olympus OM2 y una Canon A1, registró una colección de fotografías maravillosas, que retratan ese mundo misterioso y fascinante, oculto bajo un espeso tapiz de árboles entre los 20 y los 60 metros de altura, oscuro, frondoso y bajo un océano de masa verde. Todo empezó con la dificultad de hacer fichas de los pacientes, porque los yanomami no querían que figurase en ellas su nombre. Creen que si alguien lo pronuncia después de que hayan muerto, el difunto se ve obligado a volver desde el lugar en el que se encuentra, un sitio donde no hay sufrimiento. Para evitar que se perturbe su descanso, estos indígenas matan al que pronuncio el nombre y así liberan al fallecido.

La solución fue hacer fichas clínicas con una foto, como medio de identificación. Así empezó a fotografiar a esos habitantes del bosque, y en poco tiempo se hizo con una fabulosa colección de negativos, 800 retratos. Para poder hablar entre ellos de sus pacientes, os médicos los rebautizaron con nombres en clave (Liszt, Beethoven, Caritos...) y así podían preguntarse entre ellos «¿Qué tal está Mozart?» sin temor a ser oídos.

(Foto Héctor Padula)

(Foto Héctor Padula)

El resultado final es una historia curiosísima, contada en esta entrevista y en esta otra, y unas fotos maravillosas. Esta es la historia de un hombre que se encontró a sí mismo en la jungla y que en ella fue feliz.

Héctor Padula con los yanomami (foto Héctor Padula)

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

viernes, 7 de octubre de 2022

El banquete humano: una historia cultural del canibalismo - Luis Pancorbo

 

Título: El banquete humano: una historia cultural del canibalismo                                    Autor: Luis Pancorbo

Páginas: 349 pág.

Editorial: Siglo XXI

Precio: 20,50 euros

Año de edición: 2008

«El banquete humano» (2008) de Luis Pancorbo es un estupendo reportaje sobre el canibalismo. Ya saben, la sana costumbre que tienen ciertos individuos de comerse a otros congéneres con condimentos varios o en crudo, a lo bestia. Entramos en el terreno del tabú. Nadie reconoce de buena gana ser un caníbal. Sin embargo, parece que estamos ante una costumbre ancestral que se remonta a los orígenes de la humanidad. Durante miles de años muchos humanos no han desdeñado darle un bocado al vecino, sobre todo si estaba gordito y lustroso.

Las pruebas son inequívocas: los hombres prehistóricos ya practicaban el canibalismo. El hallazgo de huesos rotos y roídos en diversos yacimientos confirma que los homínidos comían carne humana y succionaban con avidez la sustanciosa médula de los huesos. También gustaban del cerebro, quizá con el serio propósito de incrementar su coeficiente intelectual. Los neandertales, nuestros primos cercanos, se comían unos a otros. Otros especímenes más primitivos, también. El caso es que cuando faltaba la caza o la recolección raleaba, los antepasados peludos empezaban a mirar de reojo al compañero y relamerse. Más allá de la comilona, quizá hubiera de por medio algún ritual de corte místico.

El canibalismo es un fenómeno histórico y universal. Los pueblos mal llamados primitivos devoraban carne humana. En África, Oceanía, Asia... Las mitologías religiosas sancionan viejas costumbres presuntamente inspiradas por seres sobrenaturales. Estos mitos están plagados de historias macabras sobre personajes descuartizados y devorados cuya sangre fertiliza la tierra. De esta forma, se garantiza el eterno renacimiento de la naturaleza. Los dioses mueren y renacen como lo hacen los ciclos naturales de la vida y la muerte. Sin duda, existe un canibalismo ritual dotado de una carga de trascendencia. La sangre es vida. Su derramamiento mantiene el equilibrio de las fuerzas cósmicas. La sociedad vive gracias al sacrificio e ingesta de aquellos entregados a los dioses. Así pues, el canibalismo es una costumbre repulsiva, pero integrada en los ritos de refinadas civilizaciones.

Los sacrificios humanos y el canibalismo ritual fueron una verdadera manía entre los pueblos mesoamericanos. Resultan inútiles los intentos de historiadores relativistas por negar o quitar importancia a este fenómeno, calificándolo de algo extraordinario. Por ejemplo, las pruebas de canibalismo entre los aztecas son abrumadoras. Para este pueblo, el sacrificio de prisioneros y el consumo de su carne eran algo cotidiano. Devoraban el corazón y otras partes del cuerpo. Las tajadas consideradas como más exquisitas eran degustadas por los notables. Las paredes de los templos aztecas tenían una costra maloliente formada por la sangre cuajada de los inmolados. Los cráneos eran colocados en estructuras monumentales en el centro de las ciudades. Cuando los españoles llegaron a Tenochtitlán no daban crédito a lo que veían sus ojos.

Claro que siempre puede decirse que los conquistadores exageraban para así justificar sus crueldades. Parece más legítimo pelear frente a una horda de caníbales chorreantes de sangre humana que hacerlo contra una civilización pacífica. Ciertamente, muchos testimonios son de segunda mano. No obstante, las fuentes coinciden en lo esencial. Los cada vez más abundantes hallazgos arqueológicos no dejan lugar a dudas: sacrificios masivos acompañados de antropofagia humana ritual eran habituales entre los amerindios. Esta realidad no empaña otros logros artísticos o científicos. Los mayas sacrificaban gente a sus dioses, pero asimismo descubrieron el cero y una numeración de posición admirada por los matemáticos modernos. No todo en la historia es blanco o negro. De todas formas, las teorías que tratan de negar el canibalismo de los pueblos extraeuropeos como una invención de los imperialistas o algo parecido son sencillamente insostenibles. Hoy están completamente desacreditadas.

Este completo panorama del canibalismo por continentes y pueblos es muy atractivo. Luis Pancorbo no deja tampoco de lado la cuestión teórica, examinando las interpretaciones que se han dado del asunto. Freud indicaba que la horda primitiva que practica la endogamia tenía la costumbre de matar y devorar al padre. Este hecho mítico quedó grabado a fuego en el imaginario colectivo de muchas civilizaciones. La rebelión implica asesinato, ingestión, herencia y poder. Para Marvin Harris, representante del materialismo cultural, el consumo de carne humana suponía un aporte proteínico extra. Nadie desdeña un buen mordisco durante una hambruna. Bien está alabar a los dioses, siempre que las tripas estén satisfechas.

Incluso la comunión cristiana admite una lectura en clave canibalesca. De acuerdo con la transubstanciación, el pan y el vino de la eucaristía son la carne y la sangre de Cristo. Con todo el simbolismo que se quiera, se trata de una teofagia. Los aztecas también practicaban la ingesta de algunos de sus dioses en una peculiar forma de comunión. Los sacerdotes mexicanos elaboraban las figuras divinas con una especie de harina. Con un dardo les daban «muerte». Seguidamente, repartían en pequeños trocitos el dios entre los fieles. El rito eucarístico de la comunión significa en cualquier religión participar de la fuerza e inmortalidad del dios. Algo muy parecido manifiesta algún que otro caníbal menos refinado cuando se merienda a su enemigo: es para adquirir su vigor. Aunque la carne del adversario sea realmente dura. 

En fin, un libro claro, bien escrito y entretenido. Con muchas anécdotas interesantes sobre un tema a la vez fascinante y desagradable. Por supuesto, los caníbales vocacionales que quedan en el mundo moderno son enfermos mentales, psicópatas o sectarios. Nada que ver con remotas tribus amazónicas, pueblos perdidos en la selva de Borneo o cazadores-recolectores africanos aficionados a la caza del pigmeo.

Luis Pancorbo
 
Luis López del Pecho (Burgos, 1946) es conocido profesionalmente como Luis Pancorbo. Periodista, viajero y antropólogo, fue corresponsal en Italia y Suecia. Su magnífica serie de documentales antropológicos «Otros pueblos» se empezó a emitir en 1983 y alcanzó los 130 episodios. El objetivo de la serie era el conocimiento de las costumbres de la familia humana evitando cualquier etnocentrismo. No obstante, el documentalista debe asumir cierto grado de relativismo cultural: «Cuando he filmado cómo los yanomami beben un puré de plátanos sobre el que arrojan las cenizas de sus muertos, soy consciente de que una parte de los espectadores puede verlos como salvajes». Luis Pancorbo ha recibido varios premios, entre ellos el Ondas (1986). Su copiosa obra escrita incluye libros de viajes, de divulgación antropológica, novelas y varias traducciones. 

Publicado por Alberto.