
Título: El banquete humano: una historia cultural del canibalismo Autor: Luis Pancorbo
Páginas: 349 pág.
Editorial: Siglo XXI
Precio: 20,50 euros
Año de edición: 2008
«El banquete humano» (2008) de Luis Pancorbo es
un estupendo reportaje sobre el canibalismo. Ya saben, la sana costumbre que
tienen ciertos individuos de comerse a otros congéneres con condimentos varios
o en crudo, a lo bestia. Entramos en el terreno del tabú. Nadie reconoce de
buena gana ser un caníbal. Sin embargo, parece que estamos ante una costumbre
ancestral que se remonta a los orígenes de la humanidad. Durante miles de años
muchos humanos no han desdeñado darle un bocado al vecino, sobre todo si estaba
gordito y lustroso.
Las pruebas son inequívocas: los hombres
prehistóricos ya practicaban el canibalismo. El hallazgo de huesos rotos y
roídos en diversos yacimientos confirma que los homínidos comían carne humana y
succionaban con avidez la sustanciosa médula de los huesos. También gustaban
del cerebro, quizá con el serio propósito de incrementar su coeficiente
intelectual. Los neandertales, nuestros primos cercanos, se comían unos a
otros. Otros especímenes más primitivos, también. El caso es que cuando faltaba
la caza o la recolección raleaba, los antepasados peludos empezaban a mirar de
reojo al compañero y relamerse. Más allá de la comilona, quizá hubiera de por
medio algún ritual de corte místico.
El canibalismo es un fenómeno histórico y
universal. Los pueblos mal llamados primitivos devoraban carne humana. En
África, Oceanía, Asia... Las mitologías religiosas sancionan viejas costumbres
presuntamente inspiradas por seres sobrenaturales. Estos mitos están plagados
de historias macabras sobre personajes descuartizados y devorados cuya sangre
fertiliza la tierra. De esta forma, se garantiza el eterno renacimiento de la
naturaleza. Los dioses mueren y renacen como lo hacen los ciclos naturales de
la vida y la muerte. Sin duda, existe un canibalismo ritual dotado de una carga
de trascendencia. La sangre es vida. Su derramamiento mantiene el equilibrio de
las fuerzas cósmicas. La sociedad vive gracias al sacrificio e ingesta de
aquellos entregados a los dioses. Así pues, el canibalismo es una costumbre
repulsiva, pero integrada en los ritos de refinadas civilizaciones.
Los sacrificios humanos y el canibalismo ritual
fueron una verdadera manía entre los pueblos mesoamericanos. Resultan inútiles
los intentos de historiadores relativistas por negar o quitar importancia a
este fenómeno, calificándolo de algo extraordinario. Por ejemplo, las pruebas
de canibalismo entre los aztecas son abrumadoras. Para este pueblo, el
sacrificio de prisioneros y el consumo de su carne eran algo cotidiano.
Devoraban el corazón y otras partes del cuerpo. Las tajadas consideradas como
más exquisitas eran degustadas por los notables. Las paredes de los templos
aztecas tenían una costra maloliente formada por la sangre cuajada de los
inmolados. Los cráneos eran colocados en estructuras monumentales en el centro
de las ciudades. Cuando los españoles llegaron a Tenochtitlán no daban crédito
a lo que veían sus ojos.
Claro que siempre puede decirse que los
conquistadores exageraban para así justificar sus crueldades. Parece más
legítimo pelear frente a una horda de caníbales chorreantes de sangre humana
que hacerlo contra una civilización pacífica. Ciertamente, muchos testimonios
son de segunda mano. No obstante, las fuentes coinciden en lo esencial. Los
cada vez más abundantes hallazgos arqueológicos no dejan lugar a dudas: sacrificios
masivos acompañados de antropofagia humana ritual eran habituales entre los
amerindios. Esta realidad no empaña otros logros artísticos o científicos. Los
mayas sacrificaban gente a sus dioses, pero asimismo descubrieron el cero y una
numeración de posición admirada por los matemáticos modernos. No todo en la
historia es blanco o negro. De todas formas, las teorías que tratan de negar el
canibalismo de los pueblos extraeuropeos como una invención de los
imperialistas o algo parecido son sencillamente insostenibles. Hoy están
completamente desacreditadas.
Este completo panorama del canibalismo por
continentes y pueblos es muy atractivo. Luis Pancorbo no deja tampoco de lado
la cuestión teórica, examinando las interpretaciones que se han dado del
asunto. Freud indicaba que la horda primitiva que practica la endogamia tenía
la costumbre de matar y devorar al padre. Este hecho mítico quedó grabado a
fuego en el imaginario colectivo de muchas civilizaciones. La rebelión implica
asesinato, ingestión, herencia y poder. Para Marvin Harris, representante del
materialismo cultural, el consumo de carne humana suponía un aporte proteínico
extra. Nadie desdeña un buen mordisco durante una hambruna. Bien está alabar a
los dioses, siempre que las tripas estén satisfechas.
Incluso la comunión cristiana admite una
lectura en clave canibalesca. De acuerdo con la transubstanciación, el pan y el
vino de la eucaristía son la carne y la sangre de Cristo. Con todo el
simbolismo que se quiera, se trata de una teofagia. Los aztecas también
practicaban la ingesta de algunos de sus dioses en una peculiar forma de
comunión. Los sacerdotes mexicanos elaboraban las figuras divinas con una
especie de harina. Con un dardo les daban «muerte». Seguidamente, repartían en
pequeños trocitos el dios entre los fieles. El rito eucarístico de la comunión
significa en cualquier religión participar de la fuerza e inmortalidad del
dios. Algo muy parecido manifiesta algún que otro caníbal menos refinado cuando
se merienda a su enemigo: es para adquirir su vigor. Aunque la carne del
adversario sea realmente dura.
En fin, un libro claro, bien escrito y
entretenido. Con muchas anécdotas interesantes sobre un tema a la vez
fascinante y desagradable. Por supuesto, los caníbales vocacionales que quedan
en el mundo moderno son enfermos mentales, psicópatas o sectarios. Nada que ver
con remotas tribus amazónicas, pueblos perdidos en la selva de Borneo o cazadores-recolectores
africanos aficionados a la caza del pigmeo.
Luis Pancorbo
Luis López del Pecho (Burgos, 1946) es conocido
profesionalmente como Luis Pancorbo. Periodista, viajero y antropólogo, fue
corresponsal en Italia y Suecia. Su magnífica serie de documentales
antropológicos «Otros pueblos» se empezó a emitir en 1983 y alcanzó los 130
episodios. El objetivo de la serie era el conocimiento de las costumbres de la
familia humana evitando cualquier etnocentrismo. No obstante, el
documentalista debe asumir cierto grado de relativismo cultural: «Cuando he
filmado cómo los yanomami beben un puré de plátanos sobre el que arrojan
las cenizas de sus muertos, soy consciente de que una parte de los espectadores
puede verlos como salvajes». Luis Pancorbo ha recibido varios premios,
entre ellos el Ondas (1986). Su copiosa obra escrita incluye libros de viajes,
de divulgación antropológica, novelas y varias traducciones.
Publicado por Alberto.