Leo con estupor que el rectorado de la Universidad Complutense de Madrid contempla entre sus planes el cierre de la Facultad de Filosofía:
Hace años que la Filosofía sufre el acoso de la clase política española, que ha reducido muy notablemente su presencia en el bachillerato, no sea que nuestros alumnos aprendan a pensar por sí mismos y a ser críticos.
Por cierto, si alguien quiere firmar una petición para tratar de remediar el desastre filosófico de nuestro sistema educativo, puede hacerlo en este enlace.
Esa Facultad de Filosofía ha resultado clasificada entre las 100 mejores del mundo, concretamente la número 33, en la sexta edición del QS World Universities Ranking. El edificio actual, de estilo modernista, data de 1933 y tuvo que ser reconstruido después de la Guerra Civil porque había quedado destrozado.
Ahora parece que la idea es convertirla enn un Departamento de una Facultad de Filología ampliada, con lo que carecerá de capacidad de gestión y planificación propias, perderá visibilidad, impotancia y verá sus recursos mermados.
Como dijo el rector de la Universidad de Cervera delante del absolutista Fernando VII, «Lejos de nosotros la funesta manía de pensar». No puedo evitar recordar el famoso prólogo, que hizo que el libro estuviese prohibido durante el franquismo, de la maravillosa «Álgebra» del francés Roger Godement (El Havre, 1921), publicado en Francia en 1967 y que tuve la suerte de poder estudiar años más tarde. Aquí tenéis un fragmento:
«Aún a
riesgo de provocar en algunas personas los sentimientos de horror y
consternación que Paolo Ucello ha pintado tan maravillosamente en “La
Profanación de la Hostia”, es necesario que manifestemos, porque la cuestión se
plantea cada vez más y más, nuestro desacuerdo con las numerosas personalidades
que, en la actualidad, piden a los científicos en general y a los matemáticos
en particular que formen los miles de técnicos que necesitamos, según parece,
para sobrevivir.
Tal y como están las cosas, nos parece que en las “grandes”
naciones superdesarrolladas científica y técnicamente en que vivimos, el primer
deber de los matemáticos, y de muchas otras personas, sería proporcionar cosas
que no les piden: hombres capaces de reflexionar por sí mismos, de despreciar
los argumentos falsos y las frases ambiguas, y a los ojos de los cuales la
difusión de la verdad importe muchísimo más que, por ejemplo, la televisión
planetaria en colores y en relieve: Hombres libres, y no tecnócratas-robot. Es
tristemente evidente, que la mejor manera de formar a estos hombres que nos
faltan no es enseñarles ciencias matemáticas y físicas, que son ramas del saber
en que lo normal es aparentar que se ignora hasta la existencia misma de los
problemas humanos, y a las que nuestras altamente civilizadas sociedades
conceden, lo que debería parecer paradójico, el primer lugar. Pero incluso al
enseñar matemáticas se puede, por lo menos, tratar de dar a las personas el
gusto de la libertad y de la crítica, y habituarlas a verse tratadas como seres
humanos dotados de la facultad de comprender».
Roger Godement, 96 años
Publicado por Antonio F. Rodríguez.
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