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jueves, 12 de junio de 2025

Subir a por aire - George Orwell

Título: Subir a por aire                                                                                              Autor: George Orwell

Páginas: 264

Editorial: Destino

Precio: 7,64 euros

Año de edición: 2006

El británico George Orwell fue uno de los escritores más representativos del siglo XX con sus grandes sátiras políticas 1984 y Rebelión en la granja. Su sentido testimonio sobre la guerra civil española (luchó en el bando republicano), Homenaje a Cataluña, es una joya literaria, aunque se ha puesto en duda su precisión histórica. De cualquier manera, Orwell entendió como nadie el tiempo en que le tocó vivir y advirtió de los peligros que le acechaban: guerras, totalitarismos y liberticidios varios. 

Existe también un Orwell periodista, ensayista y crítico literario de excepcional penetración. Y un novelista relativamente poco conocido, pero interesante, que contó con realismo las existencias oscuras de vagabundos, mineros en huelga, aspirantes a escritor, camareros o la hija de un reverendo. La vida corriente de los perdedores. 

Subir a por aire (1939) es un excelente ejemplo de novela costumbrista con toques nostálgicos, un poco a lo Marcel Proust. El protagonista buscará el tiempo perdido a lo largo de un corto viaje sentimental. El caso es que George Bowling es un tipo de mediana edad que vive en una casita suburbana con su familia. Está bastante gordo y tiene poco pelo. Bowling vende seguros. Su vida es la previsible en un hombre de clase media sin pretensiones: pequeñas alegrías, preocupaciones ordinarias y alguna que otra mentirijilla. Cuando recibe un poco de dinero inesperado, decide volver al escenario de sus años mozos. Él ha cambiado, claro, pero en sus recuerdos no está gordo y sigue siendo el chiquillo rubicundo que correteaba por una idílica aldea inglesa. Luego vendrían las decepciones, los hijos y los kilos. 

Al pacífico Bowling le disgusta el presente. Se sobresalta al sentir el rugido de los aviones sobre su cabeza. Todos los barrios por donde pasa le parecen iguales. La comida plástica e incolora de la cafetería sabe a cualquier cosa. Una homogeneidad enervante va eliminando de manera implacable cualquier toque personal. Alarmantes ideas sobre el futuro torturan su mente: se aproxima un mundo de acero y hormigón armado, con hombres de uniforme negro y porras, campos de concentración y kilómetros de alambradas. Todo esto llegará incluso aquí, a la dulce Inglaterra, piensa apesadumbrado. 

Pero mientras ese futuro de pesadilla amenaza, todavía cabe disfrutar del viaje, que es corto en el espacio, pero profundo en el tiempo, ya que se adentra hasta finales del siglo XIX. Bowling nació en 1893. Esa época parece otro mundo. Todavía no existían los aviones ni los automóviles. La gente viajaba a caballo, en carromatos o diligencias. La barraca de feria era la atracción de los días de fiesta. En los pueblos las gentes se conocían por sus nombres, se alumbraban con candiles y leían almanaques con dibujos en vez de fotografías. Reinaba Victoria, emperatriz de la India. No existía el impuesto sobre la renta. El anonimato moderno era desconocido por esos rincones de la vieja Inglaterra. Bowling es consciente de que el recuerdo embellece el pasado. Quizá de niño fue muy feliz, pero en aquel tiempo dorado, como en todos, también existían el dolor, el sufrimiento y la muerte. No conviene idealizar demasiado lo que se fue para siempre. 

Subir a por aire es una novela magnífica. El retrato nostálgico que ofrece de la Inglaterra victoriana resulta admirable, aunque nunca acrítico. Orwell era demasiado inteligente para refugiarse en el pasado ante un presente inquietante y un futuro espeluznante. No era ningún reaccionario, sino un liberal de izquierdas a la altura de las circunstancias. La libertad es decir sin miedo que dos más dos son cuatro. No existe receta más cabal contra las mentiras que engendran las tiranías. George Bowling, como George Orwell, siente el embrujo del pasado, lo reconoce, lo supera y sigue adelante. Recomendable cien por cien. 

George Orwell

George Orwell (1903-1950) fue el pseudónimo del novelista inglés Eric Arthur Blair, nacido en Motihari, Raj Británico, en pleno apogeo del imperialismo. Su padre era funcionario del gobierno colonial de la India. Con dos años Eric volvió a Inglaterra. Tuvo malas experiencias en las escuelas de élite en donde estudió. En Eton hizo amistad con otros intelectuales en ciernes. 

Orwell fue policía en Birmania, rechazó los abusos del imperialismo y escribió su primera novela, Los días de Birmania (1934), basada en sus experiencias. En los años 30 se convirtió al antifascismo, participando en la guerra civil española en las milicias del POUM. Orwell fue un férreo enemigo del comunismo de Stalin y de cualquier totalitarismo. Durante la Segunda Guerra Mundial se dedicó al periodismo y las labores de propaganda. Sus dos obras maestras, Rebelión en la granja (1945) y 1984 (1949), son crueles y geniales parodias del comunismo soviético. Orwell murió de tuberculosis a los 46 años. 

Publicado por Alberto. 

miércoles, 5 de junio de 2024

La casa de Matriona. Nunca cometemos errores - Alexander Solzhenitsin

Título: La casa de Matriona. Nunca cometemos errores                                                      Autor: Alexander Solzhenitsin

Páginas: 199 pág.

Editorial: Seix Barral

Precio: 6,90 euros 

Año de edición: 1984

Me parece que Solzhenitsin es uno de los Premios Nobel menos leídos en España, probablemente debido a varios motivos: la eficacia de la censura soviética, ya que era uno de los disidentes más importantes, lo que ha hecho que llegasen pocas obras suyas; el que sus obras fueran poco conocidas y las más famosa, «Archipiélago Gulag», es un ladrillo infumable de más de 800 páginas, aunque tiene un capítulo maravilloso que vale la pena leer, titulado «El arresto», y que a nuestro país llegasen en primer lugar traducciones de las versiones en inglés y francés de sus novelas. Por eso, fue una excelente noticia que Seix Barral publicase en 1968 esta traducción directa del original en ruso realizada al alimón por dos especialistas, Julia Pericacho y Xavier Fierro, que hicieron un trabajo impecable.

Se trata de dos novelas cortas, dos nouvelles, de 87 y 110 páginas, respectivamente, deliciosas en su sencillez y buena muestra del talento de su autor. En la primera, «La casa de Matriona», un profesor de matemáticas busca un destino solitario y apartado, en un pequeño pueblo, para escapar del mundanal ruido. Allí le envían para hospedarse a casa de una tal Matriona, una viuda, ya mayor, que ha perdido a sus seis hijos, vive sola y resulta ser todo un personaje: algo ruda, perezosa y trabajadora a la vez, golpeada por mil desgracias, pero siempre animosa. La descripción de la psicología de esta mujer resulta deliciosa. La de su casa, también, una isba, una granja de madera con cinco capas da cartón como aislante, una estufa de obra, una cabra, un gato cojo, ratones y cucarachas. Entre el maestro y la granjera se establecerá una relación curiosa, basada en la distancia y la contención, pero afectuosa en cualquier caso.

En la segunda, titulada «No cometemos errores», un atribulado e inexperto oficial del ejército ruso con todos los defectos de la juventud, incluyendo el idealismo, la compasión excesiva y el apego fanático al reglamento, dirige y organiza una estación de tren en la que tiene que asignar locomotora y vía a todo tipo de convoyes que van llegando, en el caos que supone estar en plena Segunda Guerra Mundial, donde lo habitual son las situaciones estrambóticas y no previstas. El pobre hombre, que en sus ratos libres lee «El capital» y prepara un resumen,  se tendrá que enfrentar a más de un dilema y correrá aventuras insospechadas.

El estilo es sencillo, directo y eficaz. Continuamente, el autor parece preocupado con contar la historia que tiene entre manos de la manera más clara y rápida posible, sin entretenerse en florituras ni buscar escribir demasiado «bonito». Lo que consigue es que el lenguaje se vuelva transparente, que ni se note ni se vea, y el lector se sumerja rápidamente en la historia.

El texto está salpicado de detalles de la vida cotidiano en la Rusia rural y expresiones autóctonas curiosas, como la costumbre de llamar a la nieve «moscas blancas», pensar que si te pillas el pie con la puerta, es que vas a tener visita, o algunos refranes curiosos: «Guárdate del sastre y del pastor», «La moza lista se casa después de san Koprov, la tonta, después de san Pedro» (san Pedro es en junio y san Koprov en octubre, en medio están las faenas más duras del campo). ¡Ah! Y también contiene una curiosa alusión a la Guerra civil española.

Los dos cuentos son excelentes, no se con cuál me quedaría si tuviese que elegir. Una obra muy recomendable para conocer a un gran escritor, sencillo y profundo a la vez, de prosa elegante y suavemente poética. Una maravilla, un autor que bien merece ser más conocido. En su caso, el disidente ha eclipsado al escritor, otro efecto secundario negativo de los regímenes autoritarios.

Este libro es un poco difícil de encontrar. Habría que buscarlo en bibliotecas y en Iberlibro. Véase ¿Cómo encontrar un libro?.

Alexander Solzhenitsyn o Solzhenitsin (Kislovodsk, 1918-2008), escritor e historiador ruso, obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1970. Estudió Matemáticas y Física, participó en la Segunda Guerra Mundial y fué condenado en 1945 a ocho años de trabajos forzados y desterrado perpetuamente por escribir opiniones antiestalinistas a un amigo. Estuvo en varios campos de trabajo, entre otros en uno en el que los científicos disidentes se dedicaban a investigar bajo estricta vigilancia. 

Liberado en 1956, comenzó a publicar libros sobre sus experiencias y acerca de la situación en su país. Escritor de éxito, vigilado y perseguido por el KGB, se convirtió en el disidente más famoso de la Unión Soviética. Su obra magna, el monumental «Archipiélago Gulag», es un extenso y minucioso reportaje, con más de doscientos testimonios, que describe la maquinaria represiva estalinista desde los métodos de detención y tortura hasta los campos de «reeducación», los pavorosos gulag.

Alexander Solzhenitsin con 48 años (foto Eduard Gladkov)

Publicado por Antonio F. Rodríguez.