Un joven barón del funcionariado austríaco decide pasar unos días en un hotel-balneario de Semmering. No tarda en caer sobre él la maldición de la abulia y el aburrimiento al advertir los pocos estímulos que, para su carácter impetuoso y juvenil, ofrece este lugar recogido y de reposo. Sin apuestas, sin amigos, y, sobre todo, sin la posibilidad de jugar a su afición preferida, el flirteo y la seducción. Las jornadas futuras prometen ser de tediosas y sin interés. Sin embargo, una mañana aparece una madre con su hijo, una mujer madura y seductora que sirve perfectamente a sus intereses.
Stefan Zweig arranca su novela, Ardiente secreto, desde la perspectiva de un aristócrata refinado y banal, presentándolo como un depredador, en un ecosistema que coloca a la mujer en el lugar de la presa. Lo que le interesa al barón (varón, si se me permite el estúpido juego de palabras) es la caza en sí, las trampas, los escarceos, las sutilezas y los atrevimientos que le acercan a la mujer hasta que esta sucumbe a sus deseos carnales. Planteada la cuestión, el problema reside en cómo logra entablar relación con ella sin conocerla. La solución se la proporciona el hijo, un niño preadolescente que acaba de salir de una enfermedad grave. Ambos acuden al balneario a recuperar fuerzas en un entorno propicio para ello. En este ambiente adulto, el niño se siente solo, circunstancia que el barón aprovechará para hacerse su amigo, tratarle como un adulto e infundir en él una cierta vanidad y aspiraciones de superar su etapa de niño.
A partir de ese momento la novela gira hacia la perspectiva del niño. Percibe la existencia de un secreto entre los adultos. Advierte un baile misterioso de acercamientos y alejamientos, que se traducen en un lenguaje ininteligible para él, que es el del cortejo. Entiende que comprender los símbolos de ese lenguaje le ayudará a traspasar la puerta de la adultez, para ser considerado un hombre hecho y derecho. Pero, por más que lo intenta, no consigue comprender qué se esconde tras los ojos brillantes de la madre o la voz ardorosa y susurrante del hombre cuando habla con ella.
Una vez que el barón ha conseguido su objetivo, prescinde de toda atención hacia el niño, lo que conllevará su odio y el inicio de una suerte de guerra fría o contienda de guerrillas, en la que el niño ha comprendido que su presencia resulta molesta, sin alcanzar a entender exactamente en qué punto su papel resulta molesto en la misteriosa ecuación que el hombre y la mujer tratan de resolver. Una y otra vez, el niño se interpone en los encuentros que los amantes desean mantener a solas, bajo una intuición que confunde la aversión hacia el barón, por haberle engañado, fingiendo una amistad que no era verdadera, y el interés sincero por adquirir el conocimiento arcano que lo convierta en un adulto digno de respeto para los mayores.
Para su madre, este adulterio es el último canto del cisne, el último recodo que la separa de una juventud que empieza a alejarse de ella. El juego amoroso es un reto divertido y placentero al que las mujeres suelen ceder tras el correspondiente rito de seducción.
Pero lo más interesante de esta breve, deliciosa e imprescindible novela de Stefan Zweig es el descubrimiento por parte del niño de que el universo de los adultos no es solo un universo de caricias, confort, cariño y protección. Sino que también se compone de mentiras, de engaños, de tretas y subterfugios para alcanzar metas aún ignoradas por una mente infantil. De alguna manera, retrata el paso del niño a la mocedad a través de la decepción y del descubrimiento de que existe un mundo fuera de las fronteras de la niñez que habitaba hasta ahora. Es un mundo cruel, un mundo regido por telas de araña, hilos invisibles que se entrecruzan y separan sin un aparente objeto. Al final, regresar a la niñez puede resultar para el joven protagonista, un consuelo y un descanso no tan despreciable como al principio pudiera pensarse.
De prosa elegante y sugerente, Zweig penetra en la mente de sus personajes para construirlos de dentro a afuera, darles carne, y entregarnos una nouvelle tan inteligente como entretenida. Zweig debería ser rito de paso obligado para cualquier lector. Ardiente secreto es buena muestra de ello.
Stefan Zweig (Viena, 1881–1942) fue un prolífico escritor, biógrafo, novelista y ensayista austriaco. Proveniente de una familia judía acomodada, fue parte del floreciente ambiente cultural europeo de entre siglos. Cosmopolita y humanista, su obra explora la fragilidad psicológica, la pasión y el destino individual. Entre sus obras más célebres se encuentran las novelas Carta de una desconocida (1922), Amok (1922) y Veinticuatro horas en la vida de una mujer (1927).
Destacó también por sus biografías magistrales, como Fouché (1929), María Antonieta (1932) y Erasmo de Rotterdam (1934). Ante el auge del nazismo y el exilio, escribió su conmovedor El mundo de ayer (1942), memoria de la Europa que se perdía. Su obra maestra, Novela de ajedrez (1942), fue escrita en vísperas de su suicidio, desesperado por la barbarie. Zweig combina con maestría el análisis psicológico con un relato ágil y emocionante. En España, la editorial Acantilado se ha afanado expresamente en publicar toda su obra.


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